A fuerza de arrastre

Echegaray, José Parte número

A fuerza de arrastrarse
José Echegaray
Farsa cómica en prosa en un prólogo y tres actos
Reparto

Prólogo
La escena representa la sala baja de una casa muy pobre, en una aldea. Puerta en el centro que da al campo. A un lado, una verja con algún tiesto de flores. Se ven el cielo y árboles. Un sofá, un sillón, algunas sillas, etc., todo pobrísimo, viejo y desvencijado. Una mesa de pino; sobre ella, una palmatoria con un cabo de vela sin encender. Es la caída de la tarde.


Escena primera
PLÁCIDO, en la puerta, mirando hacia fuera.
PLÁCIDO.-Sí, la puesta del sol es muy hermosa, ¡admirable! ¡La Naturaleza ama el lujo..., ¡como yo! Pero ella es rica, puede derrochar tesoros. ¡Yo soy pobre, mis tesoros son éstos! (Viniendo al interior.) Paredes enyesadas y sucias. Muebles que se deshacen en polilla. Una mesa que vino en línea recta de aquel pinar. Y para alumbrarnos esta noche, un cabo de vela: hay que economizarlo; que si no, nos quedamos a oscuras. ¡Oh sol, párate y sigue alumbrando, que me quedo sin palmatoria! (Ríe con risa forzada. Va a sentarse, el mueble cruje y él se levanta.) ¡No puedo sentarme, que me quedo sin muebles! ¡Oh! Pero, en cambio, mi reja es un jardín. Lo cuida Blanca. ¡Qué linda es, y qué buena! ¿Y para qué le sirve la bondad? Para traerme esas flores, que siempre están asomadas a la ventana como queriendo volverse al campo. ¿Y para qué le sirve su hermosura, envuelta en miserables trapos de campesina pobre? En Madrid, ya sería otra cosa. ¡Madrid! ¡Oh! Si yo fuera muy rico, me la llevaría a Madrid..., sí, Blanca conmigo..., y después la pasearía en triunfo por Europa. Pero ahora, lindamente ataviada, está para pasearla en triunfo. ¡A la vaquería o al corral! ¡Cuando más, a la era! ¡Aunque se rompa! (Dejándose caer en el sofá.) Estoy cansado. Cansado porque no lucho; pero no lucharé. Yo he de subir: no sé cómo, como pueda... ¡Arriba, como pueda! Bien a bien, o mal a mal. Hola, ¿quién es?
Escena II
PLÁCIDO y el Tío LESMES.
LESMES.-Soy yo, a la gracia de Dios.
PLÁCIDO.-¡Ah! El tío Lesmes. Buenas tardes.
LESMES.-Buenas han sido, que el camino no se me ha hecho largo. En su carro me tomó el tío Roque; tiene muy buenas entrañas y muy buenas mulas.
PLÁCIDO.-¿Estuviste en el pueblo?
LESMES.-Pues estuve, que por eso he vuelto.
PLÁCIDO.-¿Y diste mi carta a don Rufino?
LESMES.-Se la di, que por eso vengo. Digo, a traerle a su merced la contestación.
PLÁCIDO.-Pues venga.
LESMES.-Si no la traigo.
PLÁCIDO.-¿Pues no has dicho que la traías?
LESMES.-La traigo y no la traigo.
PLÁCIDO.-Explícate.
LESMES.-Así por escrito, no la traigo; que a don Rufino no le gusta escribir..., porque dice: «que lo escrito... son compromisos».
PLÁCIDO.-Bueno, ¿y qué te dijo?
LESMES.-Que vaya usted y que verá si le gusta... eso..., lo que va usted a llevarle; y que si le gusta y usted se conforma con el poco dinero que tiene, que lo comprará, como le ha comprado a usted otras cosas. «Que voluntad no le falta.» No le crea; lo que más le falta es voluntad. Es un tío usurero. ¡Es un tío marrajo!
PLÁCIDO.-Bueno; gracias Lesmes. ¿Y cuándo he de ir?
LESMES.-Pues verá usted. Tiene usted que salir ahora, al anochecer, y llegará usted a las doce. Estas noches de verano da gusto caminar.
PLÁCIDO.-¿Y por qué no mañana?
LESMES.-Porque don Rufino así lo dispuso.
PLÁCIDO.-¿Y por qué lo dispuso así?
LESMES.-Ya. A la cuenta porque tiene que irse temprano de viaje y no volverá en quince días.
PLÁCIDO.-Está bien. Te repito las gracias.
LESMES-Pues con Dios. (Se va y vuelve.) ¡Ah!..., tengo que darle una buena noticia. Que se casa mi chico.
PLÁCIDO.-¿Se casa? ¿Y con quién?
LESMES.-Con Pacorra.
PLÁCIDO.-¡Guapa moza!
LESMES.-Como guapa, sí que es guapa. Unas carnes y una color... ¡Ni Tomasa, la carnicera, tiene la color más encendida! Así es que mi chico está todo él encendido.
PLÁCIDO.-¿Y cuándo es la boda?
LESMES.-Eso va para largo. Mi muchacho va ahora a servir al rey, y tiene que volver, y tiene que morirse su tía, que ha prometido darle unas tierras así que se muera... ella, su tía. ¿Estamos?
PLÁCIDO.-Mucho tienes que esperar.
LESMES.-Aquí tenemos calma y esperamos a que Dios quiera. Pero siempre quiere. Esperamos la lluvia, y al fin llueve, si por nuestros pecados no hay sequía. Y esperamos la espiga, y al fin sale más dorada que el sol. Y a luego esperamos la siega. ¡Qué remedio! La vida se ha hecho para esperar, que todo llega. Como llegarán mis nietos, y ya verá usted qué guapos. Conque, con Dios, don Plácido; queda usted convidado para la boda y para el bautizo. (Se va y vuelve.) Cásese, don Plácido, cásese, y que no haya sequía... Quede con Dios..., y mantenerse firme, que está usted un poco esmirriado... ¡Ea, hasta la vuelta..., con Dios..., con Dios!
Escena III
PLÁCIDO; después, CLAUDIO y JAVIER, hermano de BLANCA.
PLÁCIDO.-Ese bestia es feliz: se contenta con lo que tiene a su alcance. Es feliz Blanca con traerme unas cuantas flores, que yo luego tiro al suelo cuando ella se va. Esas flores son felices conque les llegue un rayo de sol. (Dando un puñetazo en la mesa.) Y hasta creo que es feliz esta mesa estúpida, que, afirmando sus cuatro patas, se queda donde la ponen, sin desear ir a otra parte. ¡Yo, no; yo me ahogo aquí; yo quiero ir a otra parte, donde se brille, donde se luche, donde se goce!
CLAUDIO.-¿Estabas declamando? ¿Piensas hacerte actor?
PLÁCIDO.-Pienso hacerme diablo; ¡que los diablos me lleven!
JAVIER-A eso venimos.
PLÁCIDO.-¿Y adónde me lleváis?
JAVIER.-Si somos diablos, ¿adónde te hemos de llevar? Al infierno.
CLAUDIO.-A Madrid, quiere decir éste.
PLÁCIDO.-¿Con bromitas venís?
JAVIER.-YO no bromeo. Yo voy a Madrid. Conque a ver si os animáis. A Madrid; y me llevo a mi hermana Blanca, que es toda mi familia.
PLÁCIDO.-¿Pero cómo es eso?
JAVIER.-Me tienes envidia, una envidia rabiosa, te lo conozco en el tono.
PLÁCIDO.-Sí; rabiosa.
JAVIER.-Como ése.
CLAUDIO.-Como yo: rabiosa.
JAVIER.-Pues verás. Pero sentémonos.
PLÁCIDO.-Sentémonos, pero con tino.
JAVIER.-Tú sabes que mis padres, sin ser ricos, estaban bien acomodados y hacían buen papel en Madrid.
CLAUDIO.-Como mi familia.
PLÁCIDO.-Como la mía. Ni estado llano, ni estado noble; vanidad y poco dinero. Para gastar, marqueses; para ganar, ni obreros. Querer tocar las nubes y no tener torres a que subir. Llevar plomos en los pies y alas en el deseo. ¡Aleteo plomizo!
CLAUDIO.-Aleteo plomizo. Así somos los tres.
JAVIER.-¡Cuántas veces hemos hablado de esto mismo desde que nos conocimos en la Universidad!
CLAUDIO.-Tres carreras empezadas...
PLÁCIDO.-Y ninguna concluída.
JAVIER.-Tres naufragios y los tres de cabeza a Retamosa del Valle.
PLÁCIDO.-Adelante.
JAVIER.-Las tentaciones de mi familia eran grandes, porque la mayor parte de sus amigos eran personas de gran posición. La madrina de Blanca eran una gran señora: doña Mercedes, la hermana del marqués de Retamosa del Valle.
PLÁCIDO.-¡Gran personaje! Hombre político de primera, senador, marqués y una fortuna colosal: todo lo que alcanza la vista es suyo.
CLAUDIO.-¡Si no fuera más que eso! Dicen que tiene más de veinte millones de pesetas.
JAVIER.-¡Más, mucho más! Pues con esa gente alternábamos. Mi padre quiso hacer gran fortuna en poco tiempo; jugó a la Bolsa, se arruinó y se murió de pena. Y mi pobre madre, de pena se murió también. Tuve que abandonar la carrera, y aquí me vine con Blanca a un casucho casi tan lujoso como éste.
PLÁCIDO.-Esa es la historia antigua. Ya la conocíamos, y se parece mucho a la nuestra. Pero dijiste que ibas a Madrid. ¿Es que ha cambiado tu fortuna? ¿Te ha caído la lotería?
JAVIER.-Nada de eso. Es que me propuse salir de este villorrio: la voluntad puede mucho.
PLÁCIDO.-A ver cómo pudo.
JAVIER.-Ya os he dicho que doña Mercedes fue la madrina de Blanca. Blanca y la hija del marqués eran niñas, se encontraban en casa de doña Mercedes y eran amiguitas.
PLÁCIDO.-¡Sí, Josefina, la hija única, la heredera millonaria! Pero dicen que es fea, casi contrahecha, la columna vertebral desviada, el alma torcida, egoísta, voluntariosa, mal educada, antipática...; y ella, un mal engendro, rica..., y Blanca, un ángel y un sol, ¡pobre!... ¡Así es el mundo!... ¡A él sí que se le torció el espinazo!... ¡Hay que enderezarlo o romperlo!
CLAUDIO.-Pero ¿cómo? Eso es lo que tienes que decir, que lamentarse se lamenta cualquiera.
PLÁCIDO.-(A JAVIER.) Sigue..., Sigue.
JAVIER.-Pues aprovechando esas antiguas relaciones, que los marqueses habrán olvidado de seguro, pero que yo no olvido, le escribí al marqués pidiéndole protección.
CLAUDIO.-Ya.
JAVIER.-Y no me hizo caso.
CLAUDIO.-Claro.
JAVIER.-Y le volví a escribir una carta que partía los corazones. ¿Qué digo los corazones? ¿Habéis visto que está partido el poste kilométrico de la salida del pueblo? Pues fue que sobre él dejé la carta un momento mientras encendía un cigarro. (Riendo.)
CLAUDIO.-(Riendo.) Buena carta.
PLÁCIDO.-¡Buena, buena! ¿Y el marqués de Retamosa del Valle?
JAVIER.-Nada.
PLÁCIDO.-Más duro que el marmolillo.
JAVIER.-¡Le escribí hasta cinco cartas! Y como si se las hubiera escrito al emperador de la China. Al fin conseguí que Blanca le escribiera a Josefina. Me costó trabajo, mucho trabajo, porque Blanca es orgullosa; pero la convencí de que iba a tirarme al río si no me sacaban de Retamosa..., y escribió ¡como ella sabe!
PLÁCIDO.-Sí sabe, sí.
JAVIER.-Esta vez, triunfo completo. El marqués me da colocación en su periódico, uno de los primeros de la corte: El Faro del Porvenir, y ése es mi faro. La colocación es modesta, pero lo que yo quiero es ir allá. Y Josefina protegerá a Blanca, la llevará alguna vez al teatro, y en coche. ¡En fin, que veo luz!
CLAUDIO.-Yo sigo a oscuras. No tengo la suerte que tú. Ni tengo hermana bonita, ni madrina rica, ni protector marmolillo.
JAVIER.-Calla, hombre, que cuando yo sea algo ya te daré la mano.
CLAUDIO.-(Por PLÁCIDO.) ¿Y a ése?
JAVIER.-También. Os protegeré a todos.
PLÁCIDO.-Yo me protejo a mí.
CLAUDIO.-¿Tú tendrás amigos en Madrid?
PLÁCIDO.-Ninguno.
JAVIER.-Pues, entonces...
PLÁCIDO.-(A JAVIER.) Tengo mis planes. Antes que tú, estaré en Madrid.
CLAUDIO.-¿Con qué recursos cuentas?
PLÁCIDO.-Realizaré cuanto tengo.
CLAUDIO.-(Riendo.) Levántate, Javier, que le vamos a estropear los muebles y tiene que hacer almoneda.
JAVIER.-(Levantándose y riendo.) ¡Es verdad!
PLÁCIDO.-Todavía tengo algo, que se lo venderé a don Rufino. Es un cuadro, allá de los tiempos de nuestras grandezas. En París me darían por él quince mil pesetas, porque es de uno de nuestros grandes pintores modernos. A don Rufino lo menos le sacaré tres mil, porque él no consiente que se le escape la firma. Poco es, pero con tres mil pesetas se puede hacer el viaje y vivir allí algunos meses.
CLAUDIO.-Vamos, que tú también eres feliz: ¡todos vosotros!
PLÁCIDO.-(A CLAUDIO.) Y tú también, porque tú vienes conmigo.
CLAUDIO.-¿Yo..., has dicho que yo?... ¿A Madrid contigo? Enciende, enciende ese cabo (A JAVIER.), que está oscuro y quiero verle la cara a ver si bromea. (JAVIER enciende el cabo. PLÁCIDO pasea muy nervioso, CLAUDIO le sigue y le trae a la luz y le mira de frente. Ya es noche cerrada.) Pues parece que lo dice de veras.
PLÁCIDO.-Y tan de veras. Los tres allá y los tres unidos; y los tres a luchar. Os necesito.
JAVIER.-Magnífico.
CLAUDIO.-Me parece que estoy soñando.
PLÁCIDO.-Los tres marchando a la par, podemos hacer mucho. En otros tiempos, menos mezquinos que estos en que vivimos, el camino a mis ambiciones estaba trazado. ¡Tiempos de férreas armaduras, de pesados lanzones y de tajantes espadas! ¡Formaría una partida de bandoleros si era preciso: yo, el capitán! Hoy, tres. Dentro de poco, quince. Algunos meses más tarde cincuenta. Con el robo, o llamémosle botín, mantendría una mesnada, me pondría al servicio de un conde o de un duque, y al fin sería duque o conde, y quién sabe si llegaría a emperador o rey.
CLAUDIO.-Para eso no cuentes conmigo.
JAVIER.-Ni conmigo tampoco: no sirvo.
PLÁCIDO.-Ni yo. Las armaduras pesan mucho para los aventureros de hoy. Además, los petos y los espaldares son rígidos, no dejan libertad al espinazo para doblarse. Hoy los procedimientos para medrar son otros, requieren gran flexibilidad. Quien tenga genio, elocuencia o saber, que suba a saltos. Nosotros tenemos que subir lentamente. ¿Conocéis la fábula del inmortal autor de Los amantes de Teruel?
CLAUDIO.-¿Cuál?
PLÁCIDO.-La que se titula El águila y el caracol.
JAVIER.-No la recuerdo.
PLÁCIDO.-Es muy breve. El águila real que anida en eminente roca, ve cierto día que un caracol de la honda vega había logrado llegar hasta su altura, y le pregunta, sorprendida:
«¿Cómo con ese andar tan perezoso
tan arriba subiste a visitarme?»
«Subí, señora-contestó el baboso-,
¡a fuerza de arrastrarme!»
¿Podemos ser águilas?, pues a volar. ¿No podemos?, ¡pues seamos babosos, pero arriba!
JAVIER.-¡Este piensa lo que piensa!
CLAUDIO.-Y sabe lo que dice.
JAVIER.-¡A Madrid!
CLAUDIO.-A Madrid, y tú nos mandas.
PLÁCIDO.-Convenido. A luchar. ¡Lucha prosaica, vulgar, mezquina! No esperéis nada grande. ¡No entraremos ciertamente en la ciudad troyana!
CLAUDIO.-Como entremos en una plaza de tres mil pesetas, a mí me basta.
PLÁCIDO.-A mí, no.
JAVIER.-Sea lo que el ministro disponga.
CLAUDIO.-¿Conque me llevas?
PLÁCIDO.-Te llevo.
CLAUDIO.-(A JAVIER.) ¡Pues acompáñame, para que entre los dos convenzamos a mi pobre abuela! ¡La pobre lo va a sentir mucho!
JAVIER.-Vamos allá.
CLAUDIO.-Y luego volveremos para rematar nuestro plan.
PLÁCIDO.-Hasta luego.
CLAUDIO.-Hasta luego.
JAVIER.-Adiós.
CLAUDIO.-(Aparte.) Este Plácido hará carrera: tiene talento.
JAVIER.-(Aparte.) Y poca aprensión.
CLAUDIO.-(Aparte.) Bien mirado, nosotros tampoco tenemos mucha. (Salen riendo CLAUDIO y JAVIER.)
Escena IV
PLÁCIDO; después, BLANCA.
PLÁCIDO.-Lo que importa es salir de aquí. Estos horizontes, con ser tan anchos, me ahogan. Y Blanca también viene con nosotros: me alegro. ¡Pobre Blanca! Blanca... <
BLANCA.-Buenas noches. ¿No está mi hermano?
PLÁCIDO.-Se fue ahora mismo. Ha dicho que le esperes.
BLANCA.-Se me hizo tarde. Me fui, como de costumbre, por el camino de la ermita. Y distraída y pensando..., me alejé... y la noche se vino encima. Hoy no traigo flores. ¿Para qué? No te gustan: siempre las encuentro por aquí... tiradas y marchitas... Además..., ya no podré traerte más flores... (Tristemente.) ¿Te lo ha dicho mi hermano?
PLÁCIDO.-Sí... ya sé que os vais a Madrid. ¡Poco contenta que irás a la corte!
BLANCA.-¡Contenta! Tú sabes que no. Lo dices porque te gusta atormentarme.
PLÁCIDO.-Pero no niegues que vas contenta. Irás con frecuencia al palacio del marqués: quizá te quedes a vivir con Josefina...
BLANCA.-¡Bonito porvenir! Yo no sé si Josefina habrá cambiado; pero cuando era niña..., ¡criatura más antipática no se puede encontrar! Se complacía en atormentarme. ¡Más lágrimas me ha hecho verter.
PLÁCIDO.-Eres ingrata, porque esta vez bien te ha servido.
BLANCA.-Es verdad. La pobre ha hecho lo que ha podido por nosotros y le debo gratitud: habrá cambiado. Pero está de Dios que lo mismo sus agravios que sus favores me cuesten lágrimas. (Llora bajito.)
PLÁCIDO.-(Aparte.) ¡Pobrecilla! (Alto.) Vamos, que ya te consolarás cuando en aquellos salones tan espléndidos luzcas hermosos trajes.
BLANCA.-¿Hermosos trajes? ¿Y con qué dinero los compro?
PLÁCIDO.-Josefina te regalará alguno de los suyos. ¡Es riquísima!
BLANCA.-¡Ah! (Con cierto orgullo.) «No tenemos la misma medida»: me vendrían estrechos. Además, mis trajes son los míos. Muy pobres, pero se moldearon en mi cuerpo. Quiero estameña que arrope mi propio calor, no blondas que se empeñó en amarillear el calor ajeno.
PLÁCIDO.-¡Eres altiva! Malos vicios llevas a la corte.
BLANCA.-Menos malos si no dejan hueco a los que allí pudiera recoger. ¡Pero te has empeñado en atormentarme esta noche! Yo venía angustiada: durante todo el paseo estuve llorando. Pensé encontrarte triste y te encuentro burlón. Yo creo que te regocija la idea que ya no vamos a vernos más.
PLÁCIDO.-Si tanto te apena el irte, ¿por qué le escribiste aquella carta a Josefina?
BLANCA.-Pensé que no haría caso, como no habían hecho caso de las cartas de mi hermano. Y Javier se empeñó... «que yo destruía con mi orgullo su porvenir...» ¡Qué sé yo..., debilidades..., tonterías..., que luego se pagan!
PLÁCIDO.-De todas maneras, resulta que entre tu hermano y yo, prefieres a tu hermano. Con él te vas..., y yo..., el pobre Plácido..., aquí se queda.
BLANCA.-¿De modo que tú no quieres que me marche a Madrid? (Con alegría.)
PLÁCIDO.-Yo no mando en ti, Blanca.
BLANCA.-(Con ansia amorosa.) Pero ¿te da mucha pena que me vaya?
PLÁCIDO.-Ya lo estás viendo.
BLANCA.-Pues. si lo sientes tanto, ¿por qué no me pides que me quede?
PLÁCIDO.-¡Ah! Tú obedecerás a tu hermano.
BLANCA.-Más te obedecería a ti si estuviese segura de que me quieres mucho.
PLÁCIDO.-Finges que lo dudas para tener un pretexto y marcharte: ¡ir a la corte, vivir entre el lujo y el placer, oír galanterías y, al fin y al cabo, casarte con un duque! Y el pobre Plácido, allá, que se muera en el pueblo.
BLANCA.-¡Me vas a volver loca! ¡Yo, riquezas; yo, lujos; yo, galanes! Mira, Plácido, dime de verdad, con todo tu corazón: «Quédate», y desobedezco a mi hermano y «me quedo».
PLÁCIDO.-¿Serías capaz?
BLANCA.-¡Prueba..., prueba!... ¿A que no pruebas?
PLÁCIDO.-Voy a probar: «Quiero que te quedes.»
BLANCA.-Pues suceda lo que quiera, no voy a Madrid.
PLÁCIDO.-Ahora veremos si cuando venga Javier te atreves a decírselo.
BLANCA.-Ahora lo veremos.
Escena V
PLÁCIDO, BLANCA, CLAUDIO y JAVIER.
CLAUDIO.-Ya hemos convencido a la pobre vieja. (Entrando muy alegres.)
JAVIER.-(A BLANCA.) Hola..., ¿has venido tú?
BLANCA.-Sí..., a buscarte... Estuve paseando... hacia la ermita..., y la tarde estaba muy hermosa..., y me dió mucha pena el pensar que voy a dejar todo esto... ¡Mucha pena!... ¡Tú no lo sabes bien! Conque pensé una cosa, y te lo voy a decir.
JAVIER.-¿Qué pensaste?
BLANCA.-También me da mucha pena decírtelo..., porque eres mi hermano y te quiero... Hay días malos en que todo da pena.
JAVIER.-Pues mira tú, para mí es hoy un gran día.
CLAUDIO.-Y para todos nosotros, y para ése. (Por PLÁCIDO.)
BLANCA.-Para ése no.
PLÁCIDO.-Sigue..., sigue... ¿No te atreves a explicarle a tu hermano lo que has pensado?
BLANCA.-Sí me atrevo, Plácido. Oye: tú conoces a Marta; es tina buena mujer y muy honrada.
JAVIER.-Sí lo es. ¿Y qué?
BLANCA.-Tiene dos hijas: son unas buenas chicas.
JAVIER.-Sí lo son.
BLANCA.-Y no hay nadie más en la familia.
CLAUDIO.-Sí hay: el cochinito y la vaca.
JAVIER.-(Riendo.) Es verdad.
BLANCA.-Pues yo sé que si yo le dijese a Marta: «Mi hermano se va a Madrid a probar fortuna; pero yo no quiero ni servirle de estorbo ni serle gravosa, de modo que si tú no tienes inconveniente me quedaré en vuestra casa, os ayudaré como pueda, y os daré como ayuda lo poco que tenga», ¿comprendes? Yo sé que si le dijese esto a Marta se pondría muy contenta.
JAVIER.-¡Pero yo me pondría muy furioso! ¿qué disparate es éste?
BLANCA.-(Medio llorando, pero con energía.) Lo he resuelto.
JAVIER.-¡Pero Blanca!
BLANCA.-(Llorando más, pero decidida.) Lo he resuelto.
JAVIER.-Pero ¿por qué?
BLANCA.-¡Porque soy así; pero lo he resuelto, lo he resuelto! (Llorando desesperadamente.)
JAVIER.-Eres una mala hermana.
BLANCA.-Tienes razón, y lloraré todo lo que tú quieras, y te pediré perdón de rodillas; pero tú te marcharás y de rodillas me quedaré.
JAVIER.-¡Blanca!
CLAUDIO.-¡Esta chica se ha vuelto loca! Lo comprendería si se quedase Plácido..., porque se sabe lo que se sabe...; ¡pero si nos vamos los tres!
BLANCA.-¿Cómo?... ¿Qué estás diciendo?... ¿Que Plácido...? A ver, repítelo.
JAVIER.-Viene con nosotros a Madrid.
BLANCA.-Pero ¿es verdad?
PLÁCIDO.-(Riendo.) ¡Tonta!... ¡Si todo ha sido una broma!... Los tres, y tú con nosotros, a Madrid.
BLANCA.-¿Una broma?
PLÁCIDO.-Sí.
BLANCA.-(Aparte, a PLÁCIDO. Entre tanto, JAVIER y CLAUDIO hablan y ríen.) Ha sido una broma muy cruel y demasiado larga. Yo no hubiera tenido corazón para darte esa pena.
PLÁCIDO.-Es verdad. Perdóname.
BLANCA.-(Entre enojada y risueña.) Harás fortuna en Madrid: sabes fingir.
PLÁCIDO.-¿No estás contenta?
BLANCA.-Sí lo estoy; pero mejor hubiera sido que nos quedásemos.
JAVIER.-(A BLANCA.) Conque, a ver, ¿qué resuelves?
BLANCA.-¡Qué remedio...,. si te empeñas..., si me lo mandas!...
JAVIER.-¡Qué docil eres!
CLAUDIO.-Si has de llegar a las doce a casa de don Rufino, ya puedes emprender la caminata.
PLÁCIDO.-(Resueltamente.) Es verdad. Lo que ha de hacerse, ha de hacerse pronto. Vuelvo en seguida. (Sale un momento.)
BLANCA.-¿Adónde va?
CLAUDIO.-A procurarse fondos para el viaje.
BLANCA.-No comprendo.
JAVIER.-(En broma.) Tiene un tesoro escondido.
CLAUDIO.-¡Un tesoro!
BLANCA.-Estáis de broma..., hoy todo el mundo está de broma.
JAVIER.-Un cuadro..., ¡una pintura admirable!, ¡restos de su riqueza!
CLAUDIO.-Don Rufino, el anticuario..., o el usurero, se lo compra.
JAVIER.-Lo menos da tres mil pesetas.
CLAUDIO.-Pero ¿qué cuadro es ése?
JAVIER.-No sé.
CLAUDIO.-Ni nos importa.
BLANCA.-¿Será...? ¡No puede ser! ¡Por nada de este mundo lo vendería!
PLÁCIDO.-(Dispuesto para el viaje, con el sombrero y un cuadro envuelto en un lienzo.) Ya estoy en marcha. Hasta mañana. Adiós, Blanca; perdóname. (El cabo de vela se apaga; la salida queda a oscuras, por la puerta y la verja entra la luna.)
BLANCA.-¿Qué llevas ahí?
PLÁCIDO.-Un cuadro que me compra don Rufino.
BLANCA.-¿Qué cuadro es?
PLÁCIDO.-Nada..., lo único que tengo..., es precioso... Adiós, que se hace tarde.
BLANCA.-No; espera. No te veo la cara; pero en el tono de voz hay algo que me hiere.
PLÁCIDO.-La miseria hiere siempre. Adiós.
BLANCA.-(Deteniéndole.) No... Responde: ¿es un retrato?
PLÁCIDO.-¿Qué quieres que sea?... ¿Qué otra cosa tengo?... ¿Qué puedo vender?... ¡Como no venda mi alma!
BLANCA.-¿Es aquel retrato tan hermoso que me enseñaste un día?
PLÁCIDO.-¡Sí muy hermoso! ¡Ella era muy hermosa!
BLANCA.-¿Es el retrato de tu madre?
PLÁCIDO.-¡Claro! ¿Para qué están las madres? ¡Para salvar a los hijos! Adiós... (Se desprende de BLANCA y sale corriendo.)
BLANCA.-¡No...; eso, no!... ¡Plácido..., Plácido!... ¡No lo vendas!... ¡Es una mala acción! ¡Es peor que si vendieses tu alma!... ¡Plácido!... ¡No me oye..., no me oye!...
CLAUDIO.-Pero ¿qué tiene esta chica?
JAVIER.-Blanca, ¿qué tienes?
BLANCA.-¡Ay Dios mío! ¡Dios mío! ¡Mal empieza el viaje!... Antes me hizo llorar!... ¡Ahora vende el retrato de su madre! ¡Os digo que me da mucha pena! ¡Que me da mucho miedo!
Acto primero
Salón muy lujoso. Puertas laterales y puertas al fondo. Es de día.
Escena primera
DON CIPRIANO (Marqués de Retamosa del Valle) y JOSEFINA (su hija). JOSEFINA es como
se la ha descrito en el prólogo; el Marqués tiene aires de gran personaje; vanidoso y vacío; su edad, unos cuarenta y cinco o cincuenta años. El Marqués aparece sentado; está preocupado e inquieto. Su hija, en pie, muy nerviosa y como un gato.
JOSEFINA.-¿Qué tienes, papá? Estás inquieto; no me atiendes.
MARQUÉS.-Hija, tengo muchas cosas en qué pensar y muy serias: la política, el periódico..., disgustos y cavilaciones.
JOSEFINA.-Para un hombre superior como tú, ¿qué es todo eso?
MARQUÉS.-Bueno, se puede ser superior y tomar muy a pecho cosas inferiores.
JOSEFINA.-¿Y no puedes atender a tu hija ni un momento?
MARQUÉS.-Vamos, di lo que quieras; ya te oigo.
JOSEFINA.-Que yo también tengo disgustos; que yo no puedo vivir así; que, como tú sabes, estoy muy delicada, que sufro mucho de los nervios y que entre todos me van a matar... Luego, mucho afligirse: «¡Pobre Josefina! ¡Pobre Josefina!...» ¡Pero Josefina ya se murió!
MARQUÉS.-Antes moriré yo.
JOSEFINA.-Eso sería lo regular... Es decir, lo sentiría mucho... Pero ya verás como no sucede.
MARQUÉS.-Vamos a ver qué te pasa; dilo de una vez.
JOSEFINA.-¡Que Blanca tiene un carácter imposible! ¡Que se goza en hacerme daño! ¡Que es una ingrata!
MARQUÉS.-Tú tienes la culpa. Tú te empeñaste en que los protegiese a ella y a su hermano, en que ella se quedase a vivir contigo. Él parece un buen chico: dócil, agradecido y respetuoso... Blanca..., no sé. Guapa, es muy guapa, no cabe duda.
JOSEFINA.-¡Eso es! Porque es guapa, o porque os figuráis que es guapa, ella ha de ser aquí la reina y yo la esclava.
MARQUÉS.-¡Pero Josefina!
JOSEFINA.-Y yo no sé qué hermosura encontráis en Blanca. A mí me parece muy basta y muy ordinaria.
MARQUÉS.-¡Y qué! ¿Qué es lo que hace?
JOSEFINA.-Contrariarme en todo. No servirme en nada. Basta que le mande una cosa para que no la haga y para que tome aires de princesa agraviada. ¿Pues qué se ha figurado que es en esta casa?
MARQUÉS.-Mal hecho.
JOSEFINA.-Ya lo creo. Mira, papaíto, es un picotear constante. Estoy dándole un encargo a Plácido, ese escribiente que has tomado hace poco...
MARQUÉS.-Por recomendación de Blanca y de su hermano y por empeño tuyo.
JOSEFINA.-¿Mío?
MARQUÉS.-Sí; te lo presentó Javier y quedaste encantada.
JOSEFINA.-Porque es muy fino; ya se conoce que ha recibido una gran educación. ¡Y muy obsequioso, y muy servicial, y muy simpático!
MARQUÉS.-Es verdad; el mejor de todos ellos, el más agradecido y el que sabe el puesto que debe ocupar.
JOSEFINA.-Bueno; pero si de Plácido no me quejo. Me quejo de Blanca. Decía que estoy dándole un encargo a Plácido, y llega Blanca, siempre llega a punto, y para contrariarme le echa con cualquier pretexto; que le llamas tú o que hace falta... En fin, cualquier mentira.
MARQUÉS.-Eso no me parece que tiene importancia. ¿Quieres concluir, hija? Que yo también tengo mis ocupaciones.
JOSEFINA.-¿Ves tú Tomás? El criado de confianza de la casa, que casi no es criado, es el que más me mima...; me mimó desde que tenía doce años. Pues desde que vino Blanca, me atiende menos; y eso que ella le trata con un despego...; es muy orgullosa.
MARQUÉS.-(Con impaciencia.) ¿Hay más?
JOSEFINA.-Tú mismo, mi padre, el que debía protegerme, siempre le das la razón a esa mujer.
MARQUÉS.-(Cada vez más impaciente.) Pero ¿cuándo?
JOSEFINA.-Ayer mismo. Yo escogí una tela para mi vestido de baile, Blanca me escogió otra, y tú, tú, ¡mi padre!, le diste a ella la razón. Todo para humillarme. Te lo digo muy seriamente. Que se quede aquí Blanca y mándame a un convento. O que me lleve Tomás a Retamosa. Blanca, en tu palacio; tu hija, en la aldea.
MARQUÉS.-¿Quieres dejarme en paz?
JOSEFINA.-¡Qué desdichada soy!
MARQUÉS.-(Colérico.) ¿Qué quieres que haga? ¿Que eche a Blanca? Ahora mismo.
JOSEFINA.-¡Eso, no! ¡De ningún modo! Sin ella me aburriría mortalmente.
MARQUÉS.-¿Pues qué?
JOSEFINA.-Que la llames y delante de mí la riñas.
MARQUÉS.-¿Y me dejarás tranquilo?
JOSEFINA.-Sí; pero has de reñirla fuerte, ¡hasta que llore!
MARQUÉS.-Ahora, verás. (Toca un timbre y aparece un CRIADO.) Que venga al momento la señorita Blanca. (Sale el CRIADO.)
JOSEFINA.-¡Buen principio! ¡La señorita Blanca! Señorita... La llamas como pudieras llamarme a mí.
MARQUÉS.-(Fuera de sí.) ¿Qué quieres? ¿Que mande a los criados que la traigan arrastrando?
JOSEFINA.-Con decir: «Que venga Blanca», era bastante. Cada cual en su sitio.
MARQUÉS.-Si cada cual estuviera en su sitio, estarías en tu cuarto y me dejarías en paz. ¡Como si no tuviera yo en qué pensar! ¡Que criatura más insoportable!
JOSEFINA.-¡Ay Dios mío!... ¡Dios, mío, cómo me tratas! ¡Y por ella..., por ella! (Rompe a llorar con rabieta de niña mal educada.)
Escena II
MARQUÉS, JOSEFINA Y BLANCA, por la derecha; Tomás, por el fondo.

BLANCA.-¿Qué tienes? ¿Qué tienes, Josefina? (Acercándose cariñosa.)
JOSEFINA.-¡Déjame!... ¡Aparta!
BLANCA.-(Al MARQUÉS.) Pero ¿está enojada conmigo?
MARQUÉS.-(En tono severo.) Blanca... Josefina está muy delicada, mejor dijera muy enferma, y es preciso que todos en esta casa procuren tener con ella aquellas consideraciones que su estado requiere. (Va tomando tono de discurso.)
BLANCA.-Yo procuro...
MARQUÉS.-(Siempre discurseando.) No basta procurar. Cuando la voluntad es recta y el deseo es sincero, se consigue aun sin procurarlo. Y usted, más que persona alguna, tiene esta sagrada obligación, ya que no por recuerdos de la infancia que debieran bastar, por deudas bien recientes de gratitud, que en pechos bien nacidos ni se borran ni palidecen nunca.
BLANCA.-Señor marqués, no creo haber merecido esas frases..., que me parecen duras, muy duras.
MARQUES.-Pues usted es mujer de buen sentido, nada agregaré a lo dicho.
JOSEFINA.-(Aparte.) ¡Pues ni por ésas llora! ¡Tiene un carácter!
MARQUÉS.-(A BLANCA.) Puede usted retirarse. Llévese usted a Josefina; asuntos graves reclaman mi atención. (BLANCA quiere hablar.) Basta.
JOSEFINA.-Me siento muy mala, muy mala. ¡Qué opresión! ¡Qué desvanecimiento!
BLANCA-Josefina...
JOSEFINA.-No... Tú, de ningún modo; me dejarías caer. Que venga Tomás.
MARQUÉS.-Que venga. (Toca un timbre.) Que venga Tomás.
(Aparte.) Y con él una legión de diablos. (JOSEFINA hace monadas de niña enferma. BLANCA, inmóvil.)
TOMÁS.-(Es un hombre de poco más de cuarenta años. Fino y correcto, pero con un fondo de insolencia, Viste entre señor y criado. Al MARQUÉS.) ¿Llamaba usted?
MARQUÉS.-Ayude usted a la señorita a ir a su cuarto. No está buena.
TOMÁS.-Sí, señor. (Sostiene a JOSEFINA y la ayuda a salir.) ¿Qué tiene la niña? ¿Está enferma?
JOSEFINA.-Muy enferma. (Salen JOSEFINA y TOMÁS.)
BLANCA.-Señor marques, yo no soy ingrata. Yo agradezco en el alma todas las bondades de usted. Lo que hace por mi hermano, lo que hace por mí; pero comprendo que no soy simpática a Josefina y yo no puedo seguir en esta casa.
MARQUÉS.-¿Marcharse? De ningún modo; no lo permito. ¿Quién sufre entonces a mi hija?
BLANCA.-Yo no tengo esa obligación.
MARQUÉS.-La tiene usted. ¡Pues no faltaba más! Si usted se marcha, que Javier no cuente nunca conmigo.
BLANCA.-Señor marqués...
MARQUÉS.-Yo soy severo, a la par que bondadoso. Y cuando el marqués dice una cosa, el marqués cumple consigo mismo sosteniéndola. Sírvase usted retirarse.
BLANCA.-Permítame usted...
TOMÁS.-(En la puerta.) Dice la señorita Josefina que vaya Blanca. (Da unos pasos hacia BLANCA.) Que vaya usted.
MARQUÉS.-Vaya usted.
BLANCA.-(Dobla la cabeza con desaliento.) Obedezco al padre y a la hija. (Va a salir delante de TOMÁS, pero éste se anticipa y sale sin hacer caso a BLANCA.) Todo sea por mi hermano. (Sale.)

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