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Breve historia
casi real
María Esther de Miguel
Se llamaba Sacramento Álvarez. Era alto y flaco, y de puro
encorvado parecía un garabato. Era, además, el cuidador
del cementerio en ese pueblo de mala muerte donde hasta la muerte
podía ser una novedad. Aquel día, Sacramento Álvarez
quedó agotado: había muerto Luisa Rossi, la rubia
enfermera de la clínica, y acontecimientos como ése,
claro está, incidían en su labor.
El tuvo ocasión de escuchar las dispersas voces que propagaron
la noticia: una intoxicación, parece que diagnosticaron los
médicos; exceso de barbitúricos, repitieron vecinos
menos piadosos, aunque algunos agregaron: un descuido, quizá.
Pero el rumor unánime y subterráneo musitó:
suicidio. A Sacramento Álvarez sólo le quedó
la pena de saber que ya no vería más a esa muchachita
frágil que todos los domingos, apenas asomaba el alba, se
acercaba hasta el cementerio para perderse entre sus minúsculos
senderos, un ramo de rosas en las manos y una mirada triste en los
ojos claros rumbeando, precisamente, para el lado ese al que la
habían llevado por la mañana, un lugar cercano a la
venerable bóveda de los Fernández Duval.
Vaya pues con la coincidencia, pensó ese día y al
siguiente, cuando regresó para retirar las flores que, marchito
su esplendor de un día, proclamaban la fugaz persistencia
de lo efímero. Porque, miren que en su momento el pueblo
habló y habló de esos dos: de la enfermera rubia y
del doctorcito aquel, recuerda Sacramento Álvarez. Y si no
insistieron más en la cosa, fue por el alto cargo del hombre,
por la prudencia de su propia mujer, y por ese accidente en el que
ambos murieron unos meses atrás, poniendo así fin
al vértigo de conjeturas.
"Aquí reposan los restos del doctor Elbio Fernández
Duval, médico ejemplar, y los de su mujer, María Teresa,
esposa abnegada", decía la leyenda al pie de las dos
estatuas que la solidaridad de la gente levantó en el lugar.
Por pura costumbre, Sacramento Álvarez volvió a leer
la inscripción ese día; pero algo insólito
llamó su atención primero, solicitó su asombro
luego y concluyó alarmándolo: desde la vecina tumba
de Luisa Rossi, un leve trazo de pisadas nacía, se prolongaba
y concluía justo frente a la estatua del doctor Fernández.
Ajá, musitó, ya casi repuesto, como haciéndose
cargo de la cosa, más intrigado que sorprendido ante los
dobles y entremezclados rastros que desde la grava, el pasto húmedo
y la callejuela polvorienta, parecían deshacer, con agresivo
desparpajo, la intimidad de un secreto.
Ni por un momento Sacramento Álvarez pensó que la
influencia del tinto, al cual era adicto, lo volvía propenso
a divagar; tampoco se imaginó víctima de alguna fantasía:
simplemente se supo depositario de un secreto y se quedó
callado, sin decir ni mu ese día ni los días siguientes.
De algún modo, su silencio fue el homenaje o la colaboración
que pudo brindar a los enamorados urgidos a concluir con tres vidas
para poder entenderse sin mañosos estorbos. Y hasta compadeció
a la otra, a la mujer de Fernández, de rostro inmutable,
en vida, como las ondulaciones de su traje de mármol entonces.
Durante algunos meses las cosas siguieron tranquilas, dentro de
su sigilosa ambigüedad, hasta que se aproximó el primer
aniversario de los Fernández Duval.
Conocedor de las circunstancias lugareñas, Sacramento Álvarez
supo que para esa fecha la gente sacudiría sus hábitos
letárgicos y se volcaría con flores, placas y discursos
en el cementerio. La tarea de él consistiría, entendió,
en extremar cuidados a fin de que la vieja grieta por la que tantas
habladurías se habían colado, no volviera a abrirse:
así lo exigía el eterno reposo de sus muertos, dictaminó.
Limpió una tumba y la otra, repasó baldosas, mármoles
y césped una vez y otra vez y, en el anochecer de esa víspera,
hasta marchó de una sepultura a otra -de una sombra a la
otra, habría que decir para ser más exactos-, murmurando
quién sabe qué; aconsejando prudencia, pienso yo.
No obstante, a la mañana siguiente, como sabiendo de antemano
que mal pueden dos enamorados acatar los consejos de un viejo, apenitas
el sol apuntó en la satura con que cielo y trigo cercaban
al pueblo por el lado del horizonte, Sacramento Álvarez cargó
con sus elementos de limpieza y marchó hacia el rincón
de sus desvelos, adelantándose al más madrugador de
los pobladores. No sería por él, no, que el secreto
se propagaría a los cuatro vientos, comunicando el extraño
intercambio sentimental que noche a noche allí se cumplía.
Pero, al llegar al lugar, Sacramento Álvarez sonrió
enternecido, casi con agradecimiento, podría decirse, a esos
dos enamorados que, pese a sus conjeturas maliciosas, se habían
abstenido del encuentro o, por lo menos, evitaron dejar rastros
que alertaran a la gente del pueblo. Ante el sendero impecable,
apenitas salpicado con alguna gota de rocío, supo que estaban
de más sus cuidados. Y ya se volvía a su casa a fin
de ponerse el traje reservado para ocasiones como ésa, en
que debía presentarse con toda su dignidad, cuando descubrió
algo que esta vez sí lo enterneció de veras: las manos
de María Teresa Fernández, encogidas sobre su falda
de mármol, estaban sucias de tierra, salpicadas de grava
y, en sus rodillas, restos de césped atestiguaban el largo
trajinar de quien se había adelantado a los propios afanes
de él, de Sacramento Álvarez.
del libro "EL OTRO LADO DEL TABLERO". M. E. de Miguel.
© 1997 Editorial Planeta, Argentina.
María Esther de Miguel: nació en Larroque, Entre Ríos.
Se ha desempeñado en la docencia y en el periodismo. Obtuvo:
el Premio Emecé de novela, 1961 por "La hora undécima";
Premio Fondo Nacional de la Artes y Municipal, 1965 por "Los
que comimos a Solís", Primer Premio Municipal y Premio
de Cultura de la Provincia de Entre Ríos, 1980 por "Espejos
y Daguerrotipos", Premio Feria del Libro, 1994, Premio Silvina
Bullrich, 1995, Premio Nacional de Literatura, 1997 por "La
amante del Restaurador", y Premio Planeta 1996 por "El
general, el pintor y la dama", así como Palma de Plata
del Pen Club, el Konex de Platino para cuento y el Premio Dupuytrén.
Ha sido directora del fondo Nacional de las Artes. Entre sus obras,
se pueden nombrar, además de las anteriormente citadas: "Pueblamérica"
(1973). novela, "Jaque a Paysandú" (1983). novela,
"Dos para arriba, uno para abajo" (1986). cuentos; "Las
batallas secretas de Belgrano" (1995). novela, "En el
otro lado del tablero" (1997), cuentos.
Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia
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