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La muerte de
Ivan Ilich
León Tolstoi
1
Durante una pausa en el proceso Melvinski, en el vasto edificío
de la Audiencia, los miembros del tribunal y el fiscal se reunieron
en el despacho de Ivan Yegorovich Shebek y empezaron a hablar del
célebre asunto Krasovski. Fyodor Vasilyevich declaró
acaloradamente que no entraba en la jurisdicción del tribunal,
Ivan Yegorovich sostuvo lo contrario, en tanto que Pyotr Ivanovich,
que no había entrado en la discusión al principio,
no tomb pane en ella y echaba una ojeada a la Gaceta que acababan
de entregarle.
-¡Señores! -exclamó¡Ivan Rich ha muerto!
-¿De veras?
-Ahí está. Léalo -dijo a Fyodor Vasilyevich,
alargándole el periódico que, húmedo, olía
aún a la tinta reciente.
Enmarcada en una orla negra figuraba la siguiente noticia: «Con
profundo pesar Praskovya Fyodorovna Golovina comunica a sus parientes
y amigos el fallecimiento de su amado esposo Ivan Ilich Golovin,
miembro del Tribunal de justicia, ocurrido el 4 de febrero de este
año de 1882. El traslado del cadáver tendrá
lugar el viernes a la una de la tarde.»
Ivan Ilích había sido colega de los señores
allí reunidos y muy apreciado de ellos. Había estado
enfermo durante algunas semanas y de una enfermedad que se decía
incurable. Se le había reservado el cargo, pero se conjeturaba
que, en caso de que falleciera, se nombraría a Alekseyev
para ocupar la vacante, y que el puesto de Alekseyev pasaría
a Vinnikov o a Shtabel. Así pues, al recibir la noticia de
la muerte de Ivan Ilich lo primero en que pensaron los señores
reunidos en el despacho fue en lo que esa muerte podría acarrear
en cuanto a cambios o ascensos entre ellos o sus conocidos.
« Ahora, de seguro, obtendré el puesto de Shtabel o
de Vinnikov -se decía Fyodor Vasilyevich -. Me lo tienen
prometido desde hace mucho tiempo; y el ascenso me supondrá
una subida de sueldo de ochocientos rublos, sin contar la bonificación.»
«Ahora es preciso solicitar que trasladen a mi cuñado
de Kaluga -pensaba Pyotr Ivanovich-. Mi mujer se pondrá muy
contenta. Ya no podrá decir que no hago maldita la cosa por
sus parientes.»
-Yo ya me figuraba que no se levantaría de la cama -dijo
en voz alta Pyotr Ivanovich-. ¡Lástima!
-Pero, vamos a ver, ¿qué es lo que tenía?
-Los médicos no pudieron diagnosticar la enfermedad; mejor
dicho, sí la diagnosticaron, pero cada uno de manera distinta.
La última vez que lo vi pensé que estaba mejor.
-¡Y yo, que no pasé a verlo desde las vacaciones! Aunque
siempre estuve por hacerlo.
-Y qué, ¿ha dejado algún capital?
-Por lo visto su mujer tenía algo, pero sólo una cantidad
ínfima.
-Bueno, habrá que visitarla. ¡Aunque hay que ver lo
lejos que viven!
-O sea, lejos de usted. De usted todo está lejos.
-Ya ve que no me perdona que viva al otro lado del río -dijo
sonriendo Pyotr Ivanovich a Shebek. Y hablando de las grandes distancias
entre las diversas partes de la ciudad volvieron a la sala del Tribunal.
Aparte de las conjeturas sobre los posibles traslados y ascensos
que podrían resultar del fallecimiento de Ivan Ilich, el
sencillo hecho de enterarse de la muerte de un allegado suscitaba
en los presentes, como siempre ocurre, una sensación de complacencia,
a saber: «el muerto es él; no soy yo».
Cada uno de ellos pensaba o sentía: «Pues sí,
él ha muerto, pero yo estoy vivo.» Los conocidos más
íntimos, los amigos de Ivan Ilich, por así decirlo,
no podían menos de pensar también que ahora habría
que cumplir con el muy fastidioso deber, impuesto por el decoro,
de asistir al funeral y hacer una visita de pésame a la viuda.
Los amigos más allegados habían sido Fyodor Vasilyevich
y Pyotr Ivanovich. Pyotr Ivanovich había estudiado Leyes
con Ivan Ilich y consideraba que le estaba agradecido.
Habiendo dado a su mujer durante la comida la noticia de la muerte
de Ivan Ilich y cavilando Sobre la posibilidad de trasladar a su
cuñado a su partido judicial, Pyotr Ivanovich, sin dormir
la siesta, se puso el frac y fue a casa de Ivan Ilich.
A la entrada vio una carroza y dos trineos de punto. Abajo, junto
a la percha del vestíbulo, estaba apoyada a la pared la tapa
del féretro cubierta de brocado y adornada de borlas y galones
recién lustrados.
Dos señoras de luto se quitaban los abrigos. Pyotr Ivanovich
reconoció a una de ellas, hermana de Ivan Ilich, pero la
otra le era desconocida, Su colega, Schwartz, bajaba en ese momento,
pero al ver entrar a Pyotr Ivanovich desde el escalón de
arriba, se detuvo a hizo un guiño como para decir: «Valiente
lío ha armado Ivan Ilich; a usted y a mí no nos pasaría
lo mismo.»
El rostro de Schwartz con sus patinas a la inglesa y su cuerpo flaco
embutido en el frac, tenía su habitual aspecto de elegante
solemnidad que no cuadraba con su carácter jocoso, que ahora
y en ese lugar tenía especial enjundia; o así le pareció
a Pyotr Ivanovich.
Pyotr Ivanovich dejó pasar a las señoras y tras ellas
subió despacio la escalera. Schwartz no bajó, sino
que permaneció donde estaba. Pyotr Ivanovich sabía
por qué: porque quería concertar con él dónde
jugarían a las cartas esa noche. Las señoras subieron
a reunirse con la viuda, y Schwartz, con labios severamente apretados
y ojos retozones, indicó a Pyotr Ivanovich levantando una
ceja el aposento a la derecha donde se encontraba el cadáver.
Como sucede siempre en ocasiones semejantes, Pyotr Ivanovich entró
sin saber a punto fijo lo que tenía que hacer. Lo único
que sabía era que en tales circunstancias no estaría
de más santiguarse. Pero no estaba enteramente seguro de
si además de eso había que hacer también una
reverencia. Así pues, adoptó un término medio,
Al entrar en la habitación empezó a santiguarse y
a hacer como si fuera a inclinarse. Al mismo tiempo, en la medida
en que se lo permitían los movimientos de la mano y la cabeza,
examinó la
habitación. Dos jóvenes, sobrinos al parecer -uno
de ellos estudiante de secundaria-, salían de ella santiguándose.
Una anciana estaba de pie, inmóvil, mientras una señora
de cejas curiosamente arqueadas le decía algo al oído.
Un sacristán vigoroso y resuelto, vestido de levita, lefa
algo en alta voz con expresión que excluía toda réplica
posible. Gerasim, ayudante del mayordomo, cruzó con paso
ingrávido por delante de Pyotr Ivanovich esparciendo algo
por el suelo. Al ver tal cosa, Pyotr Ivanovich notó al momento
el ligero olor de un cuerpo en descomposición. En su última
visita a Ivan Rich, Pyotr Ivanovich había visto a
Gerasim en el despacho; hacía el papel de enfermero a Ivan
Ilich le tenía mucho aprecio. Pyotr Ivanovich continuó
santiguándose a inclinando levemente la cabeza en una dirección
intermedia entre el cadáver, el sacristán y los ¡conos
expuestos en una mesa en el rincón. Más tarde, cuando
le pareció que el movimiento del brazo al hacer la señal
de la cruz se había prolongado más de lo conveniente,
cesó de hacerlo y se puso
a mirar el cadáver.
El muerto yacía, como siempre yacen los muertos, de manera
especialmente grávida, con los miembros rígidos hundidos
en los blandos cojines del ataúd y con la cabeza sumida para
siempre en la almohada. Al igual que suele ocurrir con los muertos,
abultaba su frente, amarilla como la cera y con rodales calvos en
las sienes hundidas, y sobresalía su nariz como si hiciera
presión sobre el labio superior. Había cambiado mucho
y enflaquecido aún más desde la última vez
que Pyotr Ivanovích lo había visto; pero, como sucede
con todos los muertos, su rostro era más agraciado y, sobre
todo, más expresivo de lo que había sido en vida.
La expresión de ese rostro quería decir que lo que
hubo que hacer quedaba hecho y bien hecho. Por añadidura,
ese semblante expresaba un reprothe y una advertencia para los vivos.
A Pyotr Ivanovich esa advertencia le parecía inoportuna o,
por lo menos, inaplicable a él. Y como no se sentía
a gusto se santiguó de prisa una vez más, giró
sobre los talones y se dirigió a la puerta -demasiado a la
ligera según él mismo
reconocía, y de manera contraria al decoro.
Schwartz, con los pies separados y las manos a la es palda, le esperaba
en la habitación de paso jugando con el sombrero de copa.
Una simple mirada a esa figura jocosa, pulcra y elegante bastó
para refrescar a Pyotr Ivanovích. Diose éste cuenta
de que Schwartz estaba por encima de todo aquello y no se rendía
a ninguna influencia deprimente. Su mismo aspecto sugería
que el incidente del funeral de Ivan Ilich no podía ser motivo
suficiente para juzgar infringido el orden del día, o, dicho
de otro modo, que nada podría
impedirle abrir y barajar un mazo de naipes esa noche, mientras
un criado colocaba cuatro nuevas bujías en la mesa; que,
en realidad, no había por qué suponer que ese incidente
pudiera estorbar que pasaran la velada muy ricamente. Dijo esto
en un susurro a Pyotr Ivanovich cuando pasó junto a él,
proponiéndole que se reuniesen a jugar en casa de Fyodor
Vasilyevich. Pero, por lo visto, Pyotr Ivanovich no estaba destinado
a jugar al vint esa noche. Praskovy a Fyodorovna (mujer gorda y
corta de talla que, a pesar de sus esfuerzos por evitarlo, había
seguido ensanchándose de los hombros para abajo y tenía
las cejas tan extrañamente arqueadas como la señora
que estaba junto al féretro), toda de luto, con un velo de
encaje en la cabeza, salió de su propio cuarto con otras
señóras y, acompañándolas a la habitación
en que estaba el cadáver, dijo:
-El oficio comenzará en seguida. Entren, por favor.
Schwartz, haciendo una imprecisa reverencia, se detuvo, al parecer
sin aceptar ni rehusar tal invitación.
Praskovya Fyodorovna, al reconocer a Pyotr Ivanovich, suspiró,
se acercó a él, le tomó una mano y dijo:
-Sé que fue usted un verdadero amigo de Ivan Ilich... -y
le miró, esperando de él una respuesta apropiada a
esas palabras.
Pyotr Ivanovich sabía que, por lo mismo que había
sido necesario santiguarse en la otra habitación, era aquí
necesario estrechar esa mano, suspirar y decir: «Créame...»
Y así lo hizo. Y habiéndolo hecho tuvo la sensación
de que se había conseguido el propósito deseado: ambos
se sintieron conmovidos.
-Venga conmigo. Necesito hablarle antes de que empiece -dijo la
viuda-. Déme su brazo.
Pyotr Ivanovich le dio el brazo y se encaminaron a las habitaciones
interiores, pasando junto a Schwartz, que hizo un guíño
pesaroso a Pyotr Ivanovich. «Ahí se queda nuestro vint.
No se ofenda si encontramos a otro jugador. Quizá podamos
ser cinco cuando usted se escape -decía su mirada juguetona.
Pyotr Ivanovich suspiró aún más honda y tristemente
y Praskovya Fyodorovna, agradecida, le dio un apretón en
el brazo. Cuando llegaron a la sala tapizada de cretona color de
rosa y alumbrada por una lámpara mortecina se sentaron a
la mesa: ella en un sofá y él en una otomana baja
cuyos muelles se resintieron convulsamente bajo su cuerpo. Praskovya
Fyodorovna estuvo a punto de advertirle que tomara otro asiento,
pero juzgando que tal advertencia no correspondía debidamente
a su condición actual cambió
de aviso. Al sentarse en la otomana Pyotr Ivanovich recordó
que Ivan Ilich había arreglado esa habitación y le
había consultado acerca de la cretona color de rosa con hojas
verdes. Al ir a sentarse en el sofá (la sala entera estaba
repleta de muebles y chucherías) el velo de encaje negro
de la viuda quedó enganchado en el entallado de la mesa.
Pyotr Ivanovich se levantó para desengancharlo, y los muelles
de la otomana, liberados de su peso, se levantaron al par que él
y le dieron un empellón. La viuda, a su vez, empezó
a
desenganchar el velo y Pyotr Ivanovich volvió a sentarse,
comprimiendo de nuevo la indócil otomana. Pero la viuda no
se había desasido por completo y Pyotr volvió a levantarse,
con lo que la otomana volvió a sublevarse a incluso a emitir
crujidos. Cuando acabó todo aquello la viuda sacó
un pañuelo de batista limpio y empezó a llorar. Pero
el lance del velo y la lucha con la otomana habían enfriado
a Pyotr Ivanovich, quien permaneció sentado con cara de vinagre.
Esta situación embarazosa fue interrumpida por Sokolov, el
mayordomo de Ivan Ilich, quien vino con el aviso de que la parcela
que en el cementerio había
escogido Praskovya Fyodorovna costaría doscientos rublos.
Ella cesó de llorar y mirando a Pyotr Ivanovich con ojos
de víctima le hizo saber en francés lo penoso que
le resultaba todo aquello. Pyotr Ivanovich, con un ademán
tácito, confirmó que indudablemente no podía
ser de otro modo.
-Fume, por favor -dijo ella con voz a la vez magnánima y
quebrada; y se volvió para hablar con Sokolov del precio
de la parcela para la sepultura.
Mientras fumaba, Pyotr Ivanovich le oyó preguntar muy detalladamente
por los precios de diversas parcelas y decidir al cabo con cuál
de ellas se quedaría. Sokolov salió de la habitación.
-Yo misma me ocupo de todo -dijo ella a Pyotr Ivanovich apartando
a un lado los álbumes que había en la mesa. Y al notar
que con la ceniza del cigarrillo esa mesa corría peligro
le alargó al momento un cenicero al par que decía-:
Considero que es afectación decir que la pena me impide ocuparme
de asuntos prácticos.
Al contrario, si algo puede... no di go consolarme, sino distraerme,
es lo concerniente a él.
Volvió a sacar el pañuelo como si estuviera a punto
de llorar, pero de pronto, como sobreponiéndose, se sacudió
y empezó a hablar con calma:
-Hay algo, sin embargo, de que quiero hablarle. Pyotr Ivanovich
se inclinó, pero sin permitir que se amotinasen los muelles
de la otomana, que ya habían empezado a vibrar bajo su cuerpo.
-En estos últimos días ha sufrido terriblemente.
-¿De veras? -preguntó Pyotr Ivanovich.
-¡Oh, sí, terriblemente! Estuvo gritando sin cesar,
y no durante minutos, sino durante horas. Tres días seguidos
estuvo gritando sin parar. Era intolerable. No sé cómo
he podido soportarlo. Se le podía oír con tres puertas
de por medio. ¡Ay, cuánto he sufrido!
-¿Pero es posible que estuviera consciente durante ese tiempo?
-preguntó Pyotr Ivanovich.
-Sí -murmuró ella-. Hasta el último momento.
Se despidió de nosotros un cuarto de hora antes de morir
y hasta dijo que nos lleváramos a Volodya de allí.
El pensar en los padecimientos de un hombre a quien había
conocido tan íntimamente, primero como chicuelo alegre, luego
como condiscípulo y más tarde, ya crecido, como colega
horrorizó de pronto a Pyotr Ivanovich, a pesar de tener que
admitir con desgana que tanto él como esa mujer estaban fingiendo.
Volvió a ver esa frente y esa nariz que hacía presión
sobre el labio, y tuvo miedo.
«¡Tres días de horribles sufrimientos y luego
la muerte! ¡Pero si eso puede también ocurrirme a mí
de repente, ahora mismo!» -pensó, y durante un momento
quedó esp antado. Pero en seguida, sin saber por qué,
vino en su ayuda la noción habitual, a saber, que eso le
había pasado a Ivan Ilich y no a él, que eso no debería
ni podría pasarle a él, y que pensar de otro modo
sería dar pie a la depresión, cosa que había
que evitar, como demostraba claramente el rostro de Schwartz. Y
habiendo reflexionado de esa suerte, Pyotr Ivanovich se tranquilizó
y empezó a pedir con interés detalles de la muerte
de Ivan Ilich, ni más ni menos
que si esa muerte hubiese sido un accidente propio sólo de
Ivan Ilích, pero en ningún caso de él.
Después de dar varios detalles acerca de los dolores físicos
realmente horribles que había sufrido Ivan Ilich (detalles
que Pyotr Ivanovich pudo calibrar sólo por su efecto en lòs
nervios de Praskovya Fyodorovna), la viuda al parecer juzgó
necesario entrar en materia.
-¡Ay, Pyotr Ivanovich, qué angustioso! ¡Qué
terriblemente angustioso, qué terriblemente angustioso! -Y
de nuevo rompió a llorar.
Pyotr Ivanovich suspiró y aguardó a que ella se limpiase
la nariz. Cuando lo hizo, dijo él:
-Créame... -y ella empezó a hablar otra vez de lo
que claramente era el asunto principal que con él quería
ventilar, a saber, cómo podría obtener dinero del
fisco con motivo de la muerte de su marido. Praskovya Fyo dorovna
hizo como sí pidiera a Pyotr Ivanovich consejo acerca de
su pensión, pero él vio que ella ya sabía eso
hasta en sus más mínimos detalles, mucho más
de lo que él sabía; que ella ya sabía todo
lo que se le podía sacar al fisco a consecuencia de esa muerte;
y que lo que quería saber era si se le podía sacar
más.
Pyotr Ivanovich trató de pensar en algún medio para
lograrlo, pero tras dar vueltas al caso y, por cumplir, criticar
al gobierno por su tacañería dijo que, a su parecer,
no se podía obtener más. Entonces ella suspiró
y evidentemente empezó a buscar el modo de deshacerse de
su visitante. Él se dio cuenta de ello, apagó el cigarrillo,
se levantó, estrechó la mano de la señora y
salió a la antesala.
En el comedor, donde estaba el reloj que tanto gustaba a Ivan Ilich,
quien lo había comprado en una tienda de antigüedades,
Pyotr Ivanovich encontró a un sacerdoto y a unos cuantos
conocidos que habían venido para asistir al oficio, y vio
también a la hija joven y guapa de Ivan Ilich, a quien ya
conocía. Estab a de luto riguroso, y su cuerpo delgado parecía
aún más delgado que nunca. La expresión de
su rostro era sombría, denodada, casi iracunda. Saludó
a Pyotr Ivanovich como sí él tuviera la culpa de algo.
Detrás de ella, con la misma expresión agraviada,
estaba un juez de instrucción conocido de Pyotr Ivanovich,
un joven rico que, según se decía, era el prometido
de la muchacha. Pyotr Ivanovich se inclinó
melancólicamente ante ellos y estaba a punto de pasar a la
cámara mortuoria cuando de debajo de la escalera surgió
la figura del hijo de Ivan Ilich, estudiante de instituto, que se
parecía increiblemente a su padre. Era un pequeño
Ivan Ilich, igual al que Pyotr Ivanovich recordaba cuando ambos
estudiaban Derecho. Tenía los ojos llorosos, con una expresión
como la que tienen los muchachos viciosos de trece o catorce años.
Al ver a Pyotr Ivanovich, el muchacho arrugó el ceño
con empacho y hosquedad. Pyotr Ivanovich le saludó con una
inclinación de cabeza y entró en la cámara
mortuoria. Había empezado el
oficio de difuntos: velas, gemidos, incienso, lágrimas, sollozos.
Pyotr Ivanovich estaba de pie, mirándose sombríamente
los zapatos, No miró al muerto una sola vez, ni se rindió
a las influencias depresivas, y fue de los primeros en salir de
allí. No había nadie en la antesala. Gerasim salió
de un brinco de la habitación del muerto, revolvió
con sus manos vigorosas entre los amontonados abrigos de pieles,
encontró el de Pyotr Ivanovich y le ayudó a ponérselo.
-¿Qué hay, amigo Gerasim? -preguntó Pyotr Ivanovich
por decir algo-. ¡Qué lástima! ¿Verdad?
-Es la voluntad de Dios. Por ahí pasaremos todos -contestó
Gerasim mostrando sus dientes blancos, iguales, dientes de campesino,
y como hombre ocupado en un trabajo urgente abrió de prisa
la puerta, llamó al cochero, ayudó a Pyotr Ivanovich
a subir al trineo y volvió de un salto a la entrada de la
casa, como pensando en algo que aún tenía que hacer.
A Pyotr Ivanovich le resultó especialmente agradable respirar
aire fresco después del olor del incienso, el cadáver
y el ácido carbólíco.
-¿A dónde, señor? -preguntó el cochero.
-No es tarde todavía... Me pasaré por casa de Fyodor
Vasilyevich.
Y Pyotr Ivanovich fue allá y, en efecto, los halló
a punto de terminar la primera mano; y así, pues, no hubo
inconveniente en que entrase en la partida.
2
La historia de la vida de Ivan Ilich había sido sencillí
sima y ordinaria, al par que terrible en extremo.
Había sido miembro del Tribunal de justicia y había
muerto a los cuarenta y cinco años de edad. Su padre había
sido funcionario público que había servido en diversos
ministerios y negociados y hecho la carrera propia de individuos
que, aunque notoriamente incapaces para desempeñar cargos
importantes, no pueden ser despedidos a causa de sus muchos años
de servicio; al contrario, para tales individuos se inventan cargos
ficticios y sueldos nada ficticios de entre seis y diez mil rublos,
con los cuales viven hasta una avanzada edad.
Tal era Ilya Yefimovich Golovin, Consejero Privado e inútil
miembro de varios organismos inútiles.
Tenía tres hijos y una hija. Ivan Ilich era el segundo. El
mayor seguía la misma carrera que el padre aunque en otro
ministerio, y se acercaba ya rápidamente a la etapa del servicio
en que se percibe automáticamente ese sueldo. El tercer hijo
era un desgraciado. Había fracasado en varios empleos y ahora
trabajaba en los ferrocarriles. Su padre, sus hermanos y, en particular,
las mujeres de éstos no sólo evitaban encontrarse
con él, sino que olvidaban que existía salvo en casos
de absoluta necesidad. La hija estaba casada con el barón
Greff, funcionario de Petersburgo del mismo género que su
suegro. Ivan Ilich era le
phénix de la famille, como decía la gente. No era
tan frío y estirado como el hermano mayor ni tan frenético
como el menor, sino un término medio entre ambos: lis to,
vivaz, agradable y discreto. Había estudiado en la Facultad
de Derecho con su hermano menor, pero éste no había
acabado la carrera por haber sido expulsado en el quinto año.
Ivan Ilich, al contrario, había concluido bien sus estudios.
Era ya en la facultad lo que sería en el resto de su vida:
capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el
cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él,
era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban
como tal. No había sido servil ni de muchacho ni de hombre,
pero desde sus años
mozos se había sentido atraído, como la mosca a la
luz, por las gentes de elevada posición social, apropiándose
sus modos de obrar y su filosofía de la vida y trabando con
ellos relaciones amistosas. Había dejado atrás todos
los entusiasmos de su niñez y mocedad, de los que apenas
quedaban restos, se había entregado a la sensualidad y la
soberbia y, por último, como en las clases altas, al liberalismo,
pero siempre dentro de determinados límites que su instinto
le marcaba puntualmente.
En la facultad hizo cosas que anteriormente le habían parecido
sumamente reprobables y que le causaron repugnancia de sí
mismo en el momento mismo de hacerlas; pero más tarde, cuando
vio que tales cosas las hacía también gente de alta
condición social que no las juzgaba rui nes, no llegó
precisamente a darlas por buenas, pero sí las olvidó
por completo o se acordaba de ellas sin sonrojo.
Al terminar sus estudios en la facultad y habilitarse para la décima
categoría de la administración pública, y habiendo
recibido de su padre dinero para equiparse, Ivan Ilich se encargó
ropa en la conocida sastrería de Scharmer, colgó en
la cadena del reloj una medalla con el lema respice finem, se despidió
de su profesor y del príncipe patrón de la facultad,
tuvo una cena de despedida con sus compañeros en el restaurante
Donon, y con su nueva maleta muy a la moda, su ropa blanca, su traje,
sus utensilios de afeitar y adminículos de tocador, su manta
de viaje, todo ello adquirido en las mejores tiendas, partió
para una de las provincias donde, por influencia de su padre, iba
a ocupar el cargo de ayudante del gobernador para servicios especiales.
En la provincia Ivan Ilich pronto se agenció una posición
tan fácil y agradable como la que había tenido en
la Facultad de Derecho. Cumplía con sus obligaciones y fue
haciéndose una carrera, a la vez que se divertía agradable
y decorosamente. De vez en cuando salía a hacer visitas oficiales
por el distrito, se comportaba dignamente con sus superiores e inferiores
-de lo que no podía menos de enorgullecersey desempeñaba
con rigor y honradez incorruptible los menesteres que le estaban
confiados, que en su mayoría tenían que ver con los
disidentes religiosos.
No obstante su juventud y propensión a la jovialidad frívola,
era notablemente reservado, exigente y hasta severo en asuntos oficiales;
pero en la vida social se mostraba a menudo festivo e ingenioso,
y siempre benévolo, correcto y bon enfant, como decían
de él el gobernador y su esposa, quienes le trataban como
miembro de la familia.
En la provincia tuvo amoríos con una señora deseosa
de ligarse con el joven y elegante abogado; hubo también
una modista; hubo asimismo juergas con los edecanes que visitaban
el distrito y, después de la cena, visitas a calles sospechosas
de los arrabales; y hubo, por fin, su tanto de coba al gobernador
y su esposa, pero todo ello efectuado con tan exquisito decoro que
no cabía aplicarle calificativos desagradables.
Todo ello podría colocarse bajo la conocida rúbrica
francesa: Il faut que jeunesse se passe. Todo ello se llevaba a
cabo con manos limpias, en camisas limpias, con palabras francesas
y, sobre todo, en la mejor sociedad y, por ende, con la aprobación
de per sonas de la más distinguida condición.
De ese modo sirvió Ivan Ilich cinco años hasta que
se produjo un cambio en su situación oficial. Se crearon
nuevas instituciones judiciales y hubo necesidad para ellas de nuevos
funcionarios. Ivan Ilich fue uno de ellos. Se le ofreció
el cargo de juez de instrucción y lo aceptó, a pesar
de que estaba en otra provincia y le obligaba a abandonar las relaciones
que había establecido y establecer otras. Los amigos se reunieron
para despedirle, se hicieron con él una fotografía
en grupo y le regalaron una pitillera de plata. E Ivan Ilich partió
para su nueva colocación.
En el cargo de juez de instrucción Ivan Ilich fue tan comme
il faut y decoroso como lo había sido cuando estuvo de ayudante
para servicios especiales: se ganó el respeto general y supo
separar sus deberes judiciales de lo atinente a su vida privada.
Las funciones mismas de juez de instrucción le resultaban
muchísimo más interesantes y atractivas que su trabajo
anterior. En ese trabajo anterior lo agradable había sido
ponerse el uniforme confeccionado por Scharmer y pasar con despreocupado
continente por entre los solicitantes y funcionarios que, aguardando
temerosos la audiencia con el gobernador, le envidiaban por entrar
directamente en el despacho de éste y tomar el té
y fumarse un cigarrillo con él. Pero personas que
dependían directamente de él había habido pocas:
sólo jefes de policía y disidentes religiosos cuando
lo enviaban en misiones especiales, y a esas personas las trataba
cortésmente, casi como a camaradas, como haciéndoles
creer que, siendo capaz de aplastarlas, las trataba sencilla y amistosamente.
Pero ahora, como juez de instrucción, Ivan Ilich veía
que todas ellas -todas ellas sin excepción-,incluso las más
importantes y engreídas, estaban en sus manos, y que con
sólo escribir unas palabras en una hoja de papel con cierto
membrete tal o cual individuo importante y engreído sería
conducido ante él en calidad de acusado o de testigo; y que
si decidía que el tal individuo no se sentase lo tendría
de pie ante él contestando a sus preguntas. Ivan Ilich nunca
abusó de esas atribuciones; muy al contrario, trató
de suavizarlas; pero la conciencia de poseerlas y la posibilidad
de suavizarlas constituían para él el interés
cardinal y el atractivo de su nuevo cargo. En su trabajo, especialmente
en la instrucción de los sumarios, Ivan Ilich adoptó
pronto el método de eliminar todas las circunstancias ajenas
al caso y de condensarlo, por complicado que fuese ,
en forma que se presentase por escrito sólo en sus aspectos
externos, con exclusión completa de su opinión personal
y, sobre todo, respetando todos los formalismos necesarios. Este
género de trabajo era nuevo, e Ivan Ilich fue uno de los
primeros funcionarios en aplicar el nuevo Código de 1864.
Al asumir el cargo de juez de instrucción en una nueva localidad
Ivan Ilich hizo nuevas amistades y estableció nuevas relaciones,
se instaló de forma diferente de la anterior y cambió
perceptiblemente de tono. Asumió una actitud de discreto
y digno alejamiento de las autoridades provinciales, pero sí
escogió el mejor círculo de juris tas y nobles ricos
de la ciudad y adoptó una actitud de ligero descontento con
el gobierno, de liberalismo moderado e ilustrada ciudadanía.
Por lo demás, no alteró en lo más mínimo
la elegancia de su atavío, cesó de afeitarse el mentón
y dejó crecer libremente la barba.
La vida de Ivan Ilich en esa nueva ciudad tomó un cariz muy
agradable. La sociedad de allí, que tendía a oponerse
al gobernador, era buena y amistosa, su sueldo era mayor y empezó
a jugar al vint, juego que por aquellas fechas incrementó
bastante los placeres de su vida, pues era diestro en el manejo
de las cartas, jugaba con gusto, calculaba con rapidez y astucia
y ganaba por lo general.
Al cabo de dos años de vivir en la nueva ciudad, Ivan Ilich
conoció a la que había de ser su esposa.
Praskovya Fyodorovna Mihel era la muchacha más atractiva,
lista y brillante del círculo que él frecuentaba.
Y entre pasatiempos y ratos de descanso de su trabajo judicial Ivan
Ilich entabló relaciones ligeras y festivas con ella.
Cuando había sido funcionario para servicios especiales Ivan
Ilich se había habituado a bailar, pero ahora, como juez
de instrucción, bailaba sólo muy de tarde en tarde.
También bailaba ahora con el fin de demostrar que, aunque
servía bajo las nuevas instituciones y había ascendido
a la quinta categoría de la administración pública,
en lo tocante a bailar podía dar quince y raya a casi todos
los demás. Así pues, de cuando en cuando, al final
de una velada, bailaba con Praskovya Fyodorovna, y fue sobre todo
durante esos bailes cuando la conquis tó. Ella se enamoró
de él. Ivan Ilich no tenía intención clara
y precisa de casarse,
pero cuando la muchacha se enamoró de él se dijo a
sí mismo: «Al fin y al cabo ¿por qué
no casarme?»
Praskovya Fyodorovna, de buena familia hidalga, era bastante guapa
y tenía algunos bienes. Ivan Ilich hubiera podido aspirar
a un partido más brillante, pero incluso éste era
bueno. Él contaba con su sueldo y ella -así lo esperaba
éltendría ingresos semejantes. Buena familia, ella
simpática, bonita y perfectamente honesta. Decir que Ivan
Ilich se casó por estar enamorado de ella y encontrar que
ella simpatizaba con su noción de la vida habría sido
tan injusto como decir que se había cas ado porque el círculo
social que frecuentaba daba su visto bueno a esa unión. Ivan
Ilich se casó por ambas razones: sentía sumo agrado
en
adquirir semejante esposa, a la vez que hacía lo que consideraban
correcto sus más empingorotadas amistades.
Y así, pues, Ivan Ilich se casó.
Los preparativos para la boda y el comienzo de la vida matrimonial,
con las caricias conyugales, el flamante mobiliario, la vajilla
nueva, la nueva lencería... todo ello transcurrió
muy gustosamente hasta el embarazo de su mujer; tanto así
que Ivan Ilich empezó a creer que el matrimonio no sólo
no perturbaría el carácter cómodo, placentero,
alegre y siempre decoroso de su vida, aprobado por la sociedad y
considerado por él como natural, sino que, al contrario,
lo acentuaría. Pero he aquí que, desde los primeros
meses del
embarazo de su mujer, surgió algo nuevo, inesperado, desagradable,
penoso e indecoroso, imposible de comprender y evitar.
Sin motivo alguno, en opinión de Ivan Ilich -de gaieté
de coeur como se decía a sí mismo-, su mujer comenzó
a perturbar el placer y decoro de su vida. Sin razón alguna
comenzó a tener celos de él, le exigía atención
constante, le censuraba por cualquier cosa y le enzarzaba en disputas
enojosas y groseras.
Al principio Ivan Ilich esperaba zafarse de lo molesto de tal situación
por medio de la misma fácil y decorosa relación con
la vida que tan bien le había servido anteriormente: trató
de no hacer caso de la disposición de ánimo de su
mujer, continuó viviendo como antes, ligera y agradablemente,
invitaba a los amigos a jugar a las cartas en su casa y trató
asimismo de frecuentar el club o visitar a sus conocidos. Pero un
día su mujer comenzó a vituperarle con tal brío
y palabras tan soeces, y siguió injuriándole cada
vez que no atendía a sus exigencias, con el fin evidente
de no cejar hasta que él cediese, o sea, hasta que se quedase
en casa víctima del mismo aburrimiento que ella sufría,
que Ivan Ilich se asustó. Ahora
comprendió que el matrimonio -al menos con una mujer como
la suyano siempre contribuía a fomentar el decoro y la amenidad
de la vida, sino que, al contrario, estorbaba el logro de ambas
cualidades, por lo que era preciso protegerse de semejante estorbo.
Ivan Ilich, pues, comenzó a buscar medios de lograrlo. Uno
de los que cabía imponer a Praskovya Fyodorovna eran sus
funciones judiciales, e Ivan Ilich, apelando a éstas y a
los deberes anejos a ellas, empezó a bregar con su mujer
y a defender su propia independencia.
Con el nacimiento de un niño, los intentos de alimentarlo
debidamente y los diversos fracasos en conseguirlo, así como
con las dolencias reales e imaginarias del niño y la madre
en las que se exigía la compasión de Ivan Ilich -aunque
él no entendía pizca de ello-, la necesidad que sentía
éste de crearse una existencia fuera de la familia se hizo
aún más imperiosa.
A medida que su mujer se volvía más irritable y exigente,
Ivan Ilich fue desplazando su centro de gravedad de la familia a
su trabajo oficial. Se encariñaba cada vez más con
ese trabajo y acabó siendo aún más ambicioso
que antes.
Muy pronto, antes de cumplirse el primer aniversario de su casamiento,
Ivan Ilich cayó en la cuenta de que el matrimonio, aunque
aportaba algunas comodidades a la vida, era de hecho un estado sumamente
complicado y difícil, frente al cual -si era menester cumplir
con su deber, o sea, llevar una vida decorosa aprobada por la sociedadhabría
que adoptar una actitud precisa, ni más ni menos que con
respecto al trabajo oficial.
Y fue esa actitud ante el matrimonio la que hizo suya Ivan Ilich.
Requería de la vida familiar únicamente aquellas comodidades
que, como la comida casera, el ama de casa y la cama, esa vida podía
ofrecerle y, sobre todo, el decoro en las formas externas que la
opinión pública exigía. En todo lo demás
buscaba deleite y contento, y quedaba agradecido cuando los encontraba;
pero si tropezaba con resistencia y refunfuño retrocedía
en el acto al mundo privativo y enclaustrado de su trabajo oficial,
en el que hallaba satisfacción.
A Ivan Ilich se le estimaba como buen funcionario y al cabo de tres
años f ue ascendido a Ayudante Fiscal. Sus nuevas obligaciones,
la importancia de ellas, la posibilidad de procesar y encarcelar
a quien quisiera, la publicidad que se daba a sus discursos y el
éxito que alcanzó en todo ello le hicieron aún
más agradable el cargo.
Nacieron otros hijos. Su esposa se volvió más quejosa
y malhumorada, pero la actitud de Ivan Ilich frente a su vida familiar
fue barrera impenetrable contra las regañinas de ella.
Después de siete años de servicio en esa ciudad, Ivan
Ilich fue trasladado a otra provincia con el cargo de Fiscal. Se
mudaron a ella, pero andaban escasos de dinero y a su mujer no le
gustaba el nuevo domicilio.
Aunque su sueldo superaba al anterior, el coste de la vida era mayor;
murieron además dos de los niños, por lo que la vida
de familia le parecía aún más desagradable.
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