|
[Se duerme
MIRANDA.]
¡Ven aquí, mi siervo, ven! Estoy presto.
Acércate, Ariel, ven.
Entra ARIEL.
ARIEL
¡Salud, gran amo! ¡Mi digno señor, salud!
Vengo a cumplir tu deseo, ya sea volar,
nadar, lanzarme al fuego, sobre nube ondulante
cabalgar. Con tus poderosas órdenes
dirige a tu Ariel y sus fuerzas.
PRÓSPERO
Espíritu, ¿llevaste a cabo fielmente
la tempestad que te mandé?
ARIEL
A la letra. A bordo
del navío real, llameaba espanto
por la proa, por el puente, por la popa,
por todos los camarotes. A veces me dividía,
ardiendo por muchos sitios: flameaba
en las vergas, el bauprés, el mastelero,
y después me unía. El relámpago de Júpiter,
heraldo del temible trueno, nunca fue
tan raudo e instantáneo. Fuegos y estallidos
del sulfúreo alboroto parecían asediar
al poderoso Neptuno y hacer que temblasen
sus olas altivas, y aun su fiero tridente.
PRÓSPERO
¡Mi gran espíritu!
¿Quién fue tan firme y constante, que no
acusara el efecto del tumulto?
ARIEL
No hubo quien no
sintiera la fiebre de los locos, ni obrara
enajenado. Todos, menos los marineros,
se echaron al mar espumoso saltando del barco,
que ardía con mi fuego. Fernando, el hijo del rey,
con los pelos de punta (más juncos que pelos),
fue el primero en lanzarse, gritando: «¡El infierno
está vacío! ¡Aquí están los demonios!»
PRÓSPERO
¡Bien por mi espíritu!
Pero, ¿eso no fue junto a la costa?
ARIEL
Muy cerca, mi amo.
PRÓSPERO
¿Y están todos a salvo, Ariel?
ARIEL
Ni un pelo ha sufrido,
y no hay mancha en sus ropas flotadoras,
ya más nuevas que nunca. Tal como ordenaste,
los dispersé por grupos en la isla.
Al hijo del rey le hice llegar a tierra,
donde quedó enfriando el aire de suspiros,
sentado en un rincón lejano de la isla
con los brazos en este triste nudo.
PRÓSPERO
Dime qué hiciste
con el navío real, los marineros.
¿Y el resto de la escuadra?
ARIEL
El navío del rey está escondido
en buen puerto, en la cala profunda
donde una medianoche me hiciste traer
rocío de las Bermudas borrascosas.
A los marineros los metí bajo cubierta;
durmiendo quedaron, merced a un hechizo
y sus fatigas. El resto de la escuadra,
a la que dispersé, ya se ha reunido
y navega por la mar Mediterránea
con triste rumbo a Nápoles, creyendo
que vieron naufragar el navío del rey
y morir a su augusta persona.
PRÓSPERO
Ariel, cumpliste mi encargo con esmero,
pero aún queda trabajo. ¿Qué hora es?
ARIEL
Más del mediodía.
PRÓSPERO
Al menos dos horas más. De aquí a las seis
hemos de emplear valiosamente el tiempo.
ARIEL
¿Aún más labor? Ya que tanto me exiges,
déjame recordarte lo que has prometido
y aún no me has dado.
PRÓSPERO
¡Vaya! ¿Protestando?
¿Tú qué puedes reclamarme?
ARIEL
Mi libertad.
PRÓSPERO
¿Antes de tiempo? Ya basta.
ARIEL
Te lo ruego, recuerda
que te he prestado un gran servicio;
no te digo mentiras, ni cometo errores,
y te sirvo sin queja ni desgana. Prometiste
descontarme un año entero.
PRÓSPERO
¿Olvidas d e qué tormento te libré?
ARIEL
No.
PRÓSPERO
Sí, y crees una fatiga
pisar el fondo cenagoso del océano,
correr sobre el áspero viento del norte,
hacerme encargos en las venas de la tierra
cuando el hielo la endurece.
ARIEL
Yo no, señor.
PRÓSPERO
¡Mientes, ser maligno! ¿Te olvidas
de la inmunda bruja Sícorax, encorvada
por la edad y la vileza? ¿Te olvidas de ella?
ARIEL
No, señor.
PRÓSPERO
Pues sí. ¿Dónde nació? Habla, dilo.
ARIEL
En Argel, señor.
PRÓSPERO
¿Ah, sí? Una vez al mes
tengo que contarte lo que has sido,
pues lo olvidas. La maldita bruja Sícorax,
por múltiples maldades y hechizos que no son
para oídos humanos, fue, como ya sabes,
desterrada de Argel. Por algo que hizo
no la ejecutaron. ¿No es verdad?
ARIEL
Sí, señor.
PRÓSPERO
A esta bruja de ojos morados la trajeron
ya preñada, dejándola aquí los marineros.
Tú, mi esclavo, como a ti mismo te llamas,
fuiste siervo suyo y, al ser tan sensible
para cumplir sus órdenes soeces,
negándole obediencia, te encerró,
con la ayuda de agentes poderosos
y en su cólera más incontenible,
en un pino partido, en cuyo hueco
doce años con dolor permaneciste
prisionero. Mas murió en ese espacio
y te dejó allí, dando más quejas
que giros una rueda de molino.
Entonces, salvo el hijo que ella parió aquí,
un pecoso engendro, ningún humano
había honrado esta isla.
ARIEL
Sí, su hijo Calibán.
PRÓSPERO
¡Torpe! ¿Quién, si no? Calibán,
que ahora está a mi servicio. Bien sabes
el tormento que sufrías cuando te hallé.
Tus gemidos hacían aullar al lobo y apiadarse
al oso furibundo: un tormento
para los condenados que Sícorax
no podía deshacer. Fue mi magia,
cuando llegué y te oí, lo que abrió
aquel pino y te libró.
ARIEL
Te lo agradezco, amo.
PRÓSPERO
Si vuelves aquejarte, parto un roble
y te clavo en sus nudosas entrañas
para que pases aullando doce inviernos.
ARIEL
Perdóname, amo.
Seré dócil a tus órdenes y cumpliré
gentilmente como espíritu.
PRÓSPERO
Si lo haces, dentro de dos días serás libre.
ARIEL
¡Bien por mi noble amo! ¿Qué quieres
que haga? Dilo. ¿Qué deseas?
PRÓSPERO
Transfórmate en ninfa marina.
Hazte invisible a todos, menos
a ti y a mí. Vamos, toma esa forma
y vuelve entonces. ¡Vamos, sé diligente!
Sale [ARIEL].
Despierta, hija mía, despierta.
Has dormido bien. Despierta.
MIRANDA
Lo asombroso de tu historia
me dio sueño.
PRÓSPERO
Sacúdetelo. Ven. Vamos a hacer
visita a Calibán, mi esclavo,
que nunca nos dio respuesta amable.
MIRANDA
Padre, es un infame al que detesto.
PRÓSPERO
Sí, pero le necesitamos. Enciende
el fuego, trae la leña y nos hace
trabajos muy útiles. ¡Eh, esclavo! ¡Calibán!
¡Responde, montón de tierra!
CALIBÁN, dentro
¡Ya tenéis bastante leña!
PRÓSPERO
¡Vamos, sal ya! Tengo otro encargo para ti.
¿Cuándo saldrás, tortuga?
Entra ARIEL, en forma de ninfa marina.
¡Bella aparición! Primoroso Ariel,
te hablo al oído.
ARIEL
Así lo haré, señor.
Sale.
PRÓSPERO
¡Sal ya, ponzoñoso esclavo,
engendro del demonio y tu vil madre!
Entra CALIBÁN.
CALIBÁN
¡Así os caiga a los dos el vil rocío
que, con pluma de cuervo, barría mi madre
de la ciénaga malsana! ¡Así os sople un viento
del sur y os cubra de pústulas!
PRÓSPERO
Por decir eso, tendrás calambres esta noche
y punzadas que ahogan el aliento. Los duendes,
que obran en la noche, clavarán
púas en tu piel. Tendrás más aguijones
que un panal, cada uno más punzante
que los de las abejas.
CALIBÁN
Tengo que comer. Esta isla
es mía por mi madre Sícorax,
y tú me la quitaste. Cuando viniste,
me acariciabas y me hacías mucho caso,
me dabas agua con bayas, me enseñabas
a nombrar la lumbrera mayor y la menor
que arden de día y de noche. Entonces te quería
y te mostraba las riquezas de la isla,
las fuentes, los pozos salados, lo yermo y lo fértil.
¡Maldito yo por hacerlo! Los hechizos de Sícorax
te asedien: escarabajos, sapos, murciélagos.
Yo soy todos los súbditos que tienes,
yo, que fui mi propio rey; y tú me empocilgas
en la dura roca y me niegas
el resto de la isla.
PRÓSPERO
¡Esclavo archiembustero, que respondes
al látigo y no a la bondad! Siendo tal basura,
te traté humanamente, y te alojé
en mi celda hasta que pretendiste
forzar la honra de mi hija.
CALIBÁN
¡Ja, ja! ¡Ojalá hubiera podido!
Tú me lo impediste. Si no, habría poblado
de Calibanes esta isla.
MIRANDA
¡Odioso esclavo,
en quien no deja marca la bondad
y cabe todo lo malo! Me dabas lástima,
me esforcé en enseñarte a hablar y cada hora
te enseñaba algo nuevo. Salvaje, cuando tú
no sabías lo que pensabas y balbucías
como un bruto, yo te daba las palabras
para expresar las ideas. Pero, a pesar
de que aprendiste, tu vil sangre repugnaba
a un alma noble. Por eso te encerraron
merecidamente en esta roca,
mereciendo mucho más que una prisión.
CALIBÁN
Me enseñaste a hablar, y mi provecho
es que sé maldecir. ¡La peste roja te lleve
por enseñarme tu lengua!
PRÓSPERO
¡Fuera, engendro!
Tráenos leña, y más te vale no tardar,
que hay más trabajo. ¿Te encoges de hombros,
infame? Si descuidas o haces tu labor
de mala gana, te torturo con calambres,
te meto el dolor en los huesos. Rugirás tanto
que hasta las bestias temblarán de oírte.
CALIBÁN
No, te lo suplico. -
[Aparte] He de obedecer. Su magia es tan potente
que vencería a Setebos, el dios de mi madre,
convirtiéndole en vasallo.
PRÓSPERO
¡Fuera, esclavo, vete!
Sale CALIBÁN.
Entran FERNANDO y ARIEL, invisible, tocando y cantando.
ARIEL Canción.
A estas playas acercaos
de la mano.
Saludo y beso traerán
silencio al mar.
Bailad con gracia y donaire;
los elfos canten
el coro. ¡Atentos!
Coro, disperso: ¡Guau, guau!
Ladran los perros.
[Coro, disperso]: ¡Guau, guau!
Callad. Oiréis
al pomposo Chantecler
cantando quiquiriquí.
FERNANDO
¿De dónde sale esta música? ¿Del aire
o de la tierra? Ha cesado. Sin duda suena
por un dios de la isla. Sentado en la playa,
llorando el naufragio de mi padre, el rey,
esta música se me insinuó desde las aguas,
calmando con su dulce melodía
su furia y mi dolor. La he seguido desde allí,
o, más bien, me ha arrastrado. Mas cesó.
No, vuelve a sonar.
ARIEL Canción.
Yace tu padre en el fondo
y sus huesos son coral.
Ahora perlas son sus ojos;
nada en él se deshará,
pues el mar le cambia todo
en un bien maravilloso.
Ninfas por él doblarán.
Coro: Din, don.
Ah, ya las oigo: Din, don, dan.
FERNANDO
La canción evoca a mi ahogado padre.
Esto no es obra humana, ni sonido
de la tierra. Ahora lo oigo sobre mí.
PRÓSPERO
Abre las cortinas de tus ojos
y dime qué ves ahí.
MIRANDA
¿Qué es? ¿Un espíritu?
¡Ah, cómo mira alrededor! Créeme, padre:
tiene una hermosa figura. Pero es un espíritu.
PRÓSPERO
No, muchacha: come y duerme, y sus sentidos
son como los nuestros. Este joven caballero
estaba en el naufragio y, si no estuviese
alterado del dolor (estrago de la belleza),
podríamos llamarle apuesto. Ha perdido
a sus amigos y va errante en su busca.
MIRANDA
Yo le llamaría ser divino,
pues nada vi tan noble aquí, en la tierra.
PRÓSPERO [aparte]
Está resultando como lo concebí. -
[A ARIEL] Espíritu, gran espíritu,
en dos días te libraré por esto.
FERNANDO [viendo a MIRANDA]
Sin duda, la diosa
por quien suena esta música. - Ten a bien
decirme si habitas esta isla
e instruirme sobre el modo como debo
proceder estando aquí. Mi primera súplica,
aunque última, es: ¡Oh, maravilla!,
¿eres o no una muchacha?
MIRANDA
Maravilla, ninguna,
pero sí una muchacha.
FERNANDO
¡Mi idioma! ¡Dios santo!
Sería el primero de todos sus hablantes
si estuviera allí donde se habla.
MIRANDA
¿Cómo? ¿El primero?
¿Qué serías si te oyera el rey de Nápoles?
FERNANDO
Un pobre solitario que se asombra
de oírte hablar del rey. Él me oye,
y porque me oye, lloro. Ahora el rey soy yo,
y mis ojos, desde entonces sin reflujo,
vieron el naufragio de mi padre.
|
|