|
MIRANDA
¡Qué dolor!
FERNANDO
Sí, y con él el de sus nobles; entre ellos,
el Duque de Milán y su buen hijo.
PRÓSPERO [aparte]
El Duque de Milán
y su mejor hija podrían desmentirte
si fuera el momento. No más verse
y ya suspiran. Primoroso Ariel,
serás libre por esto. - Oídme, señor:
me temo que os habéis equivocado; oídme.
MIRANDA
¿Por qué se pone tan áspero mi padre?
Éste es el tercer hombre que he visto
y el primero que me hechiza. ¡La compasión
incline a mi padre de mi lado!
FERNANDO
Ah, si eres doncella,
y a nadie has dado aún tu corazón,
yo te haré reina de Nápoles.
PRÓSPERO
Esperad, señor, oídme.
[Aparte] Se han rendido el uno al otro, mas yo
frenaré su presteza, no sea que ganar tan fácil
convierta en fácil el premio. -
[A FERNANDO] Óyeme, te ordeno
que me escuches. Usurpas un nombre
que no es tuyo, y has venido a esta isla
como espía, para quitármela a mí,
que soy su dueño.
FERNANDO
¡No, por mi honor!
MIRANDA
El mal no puede residir en este templo.
Si el maligno viviera en casa tan hermosa,
el bien lo expulsaría.
PRÓSPERO
Sígueme. - Tú no le defiendas: es un traidor. -
Te voy a encadenar los pies y el cuello.
Beberás agua de mar; te alimentarás
de moluscos de agua dulce, raíces resecas
y cáscaras de bellota. ¡Sígueme!
FERNANDO
¡No! No voy a soportar este trato
mientras mi enemigo no tenga más poder.
Desenvaina, y un hechizo le detiene.
MIRANDA
Querido padre,
no le juzgues con tanto rigor,
pues es noble, y nada cobarde.
PRÓSPERO
¡Cómo! ¿Me va a instruir el pie?.
Envaina ya, traidor, que alardeas,
pero no atacas, con esa conciencia
tan culpable. No sigas en guardia,
pues con mi vara puedo desarmarte
y hacer que sueltes la espada.
MIRANDA
Padre, te suplico...
PRÓSPERO
¡Fuera! ¡No te cuelgues de mi ropa!
MIRANDA
Apiádate, padre. Yo respondo por él.
PRÓSPERO
¡Silencio! Si dices otra palabra,
te reñiré, y aun te odiaré. ¡Cómo!
¿Abogada de impostor? ¡Calla!
Porque sólo has visto a él y a Calibán
te crees que no hay otros como él. ¡Necia!
Al lado de otros hombres, él es un Calibán,
y a su lado, ellos son ángeles.
MIRANDA
Mis sentimientos son humildes.
No deseo ver a un hombre más apuesto.
PRÓSPERO [a FERNANDO]
Vamos, obedece.
Tus fibras han vuelto a su infancia
y no tienen fuerza.
FERNANDO
Es verdad.
Como en un sueño, mi ánimo está encadenado.
La muerte de mi padre, esta debilidad,
el naufragio de mis amigos y las amenazas
del que ahora me somete no son una carga
mientras una vez al día, desde mi cárcel,
pueda ver a esta muchacha. Dispongan los libres
del resto del mundo. En mi cárcel
ya tengo bastante espacio.
PRÓSPERO [aparte]
Surte efecto. - Vamos. -
Mi gran Ariel, buen trabajo. Sígueme:
voy a darte otra misión.
MIRANDA [a FERNANDO]
No te inquietes. Mi padre es mucho mejor
de lo que parece hablando. Lo que le has visto
es insólito.
PRÓSPERO [a ARIEL]
Serás libre como el viento de montaña.
Pero mis órdenes cumple con esmero.
ARIEL
A la letra.
PRÓSPERO [a FERNANDO]
¡Vamos, sígueme!
[A MIRANDA] Y tú no le defiendas.
Salen.
II.i Entran ALONSO, SEBASTIÁN, ANTONIO, GONZALO, ADRIÁN
y FRANCISCO.
GONZALO [a ALONSO]
Alegraos, Majestad, os lo ruego. Tenéis
motivo para el gozo, como todos: salvarnos
cuenta más que lo perdido. La desgracia
que sufrimos es corriente: cada día, esposas
de marinos, dueños de barcos, mercaderes
también tienen motivo de dolor, y este milagro,
el de haber sobrevivido, muy pocos podrán
contarlo entre millones. Conque, señor,
sopesad sabiamente el dolor con el alivio.
ALONSO
Callad, os lo ruego.
SEBASTIÁN [aparte a ANTONIO]
El consuelo es para él un caldo frío.
ANTONIO [aparte a SEBASTIÁN]
Pero este consolador no va a soltarle.
SEBASTIÁN [aparte a ANTONIO]
Mirad, le da cuerda al reloj de su ingenio. Muy pronto sonará.
GONZALO
Señor...
SEBASTIÁN
La una. Contad.
GONZALO
Si a cada desventura se le da posada,
al posadero le cae...
SEBASTIÁN
Más de un duro.
GONZALO
Más de un duro desconsuelo. Decís más verdad
de la que pretendíais.
SEBASTIÁN
Y vos respondéis con más ingenio del que yo creía.
GONZALO [a ALONSO]
Así que, señor...
ANTONIO
¡Uf! ¡Éste no frena la lengua!
ALONSO [a GONZALO]
Os lo ruego, basta.
GONZALO
Bueno, he dicho. Aunque...
SEBASTIÁN [aparte a ANTONIO]
No, si seguirá hablando.
ANTONIO [aparte a SEBASTIÁN]
Apostemos algo a quién canta primero, Adrián o él.
SEBASTIÁN
El viejo gallo.
ANTONIO
El gallito.
SEBASTIÁN
Conforme. ¿Qué nos jugamos?
ANTONIO
Reírse el que gane.
SEBASTIÁN
¡Hecho!
ADRIÁN
Aunque esta isla parece desierta...
ANTONIO
¡Ja, ja,ja!
SEBASTIÁN
Ya estáis pagado.
ADRIÁN
... inhabitable y casi inaccesible...
SEBASTIÁN
Sin embargo...
ADRIÁN
Sin embargo...
ANTONIO
¡Tenía que decirlo!
ADRIÁN
... su templanza es sin duda suave, fina y placentera.
ANTONIO
Templanza era una moza placentera.
SEBASTIÁN
Y fina, como tan doctamente ha dicho.
ADRIÁN
El aire que sopla es sutil.
SEBASTIÁN
Cual si tuviera pulmones, y podridos.
ANTONIO
O si los perfumara una ciénaga.
GONZALO
Aquí hay de todo para vivir.
ANTONIO
Cierto, salvo medios de vida.
SEBASTIÁN
De eso hay poco o nada.
GONZALO
¡Qué lozana y frondosa está la hierba! ¡Qué
verde!
ANTONIO
Sí, el suelo está pardo.
SEBASTIÁN
Con un matiz de verde.
ANTONIO
No se le escapa nada.
SEBASTIÁN
No, tan sólo la realidad.
GONZALO
Pero lo más prodigioso, y es casi increíble...
SEBASTIÁN
Como tantos prodigios.
GONZALO
... es que nuestra ropa, habiéndose empapado en el mar, no
obstante siga estando tan nueva y radiante. Más
que manchada de agua salada, parece recién teñida.
ANTONIO
Si hablara uno de sus bolsillos, ¿no le diría que
miente?
SEBASTIÁN
Sí, o se embolsaría la verdad.
GONZALO
Creo que nuestra ropa está tan nueva como cuando la estrenamos
en África, en la boda de la hija del rey,
la bella Claribel, con el rey de Túnez.
SEBASTIÁN
Buena boda, y nos ha ido muy bien al regreso.
ADRIÁN
A Túnez nunca la honró semejante modelo de reina.
GONZALO
No desde los tiempos de la viuda Dido.
ANTONIO
¿Viuda? ¡Mala peste! ¿De dónde sale lo
de «viuda»? ¡La viuda Dido!
SEBASTIÁN
También podría haber dicho «el viudo Eneas».
¡Señor, cómo os lo tomáis!
ADRIÁN
¿Decís la viuda Dido? Eso me da que pensar. Era de
Cartago, no de Túnez.
GONZALO
Señor, Túnez era Cartago.
ADRIÁN
¿Cartago?
GONZALO
Os lo aseguro. Cartago.
ANTONIO
Sus palabras hacen más que el arpa milagrosa.
SEBASTIÁN
Levantan la muralla, y aun las casas .
ANTONIO
Ahora, ¿qué imposible se le resistirá?
SEBASTIÁN
Creo que se llevará esta isla en el bolsillo y se la regalará
a su hijo cual si fuera una manzana.
ANTONIO
Y sembrando las pepitas en el mar, producirá nuevas islas.
GONZALO
Pues sí.
ANTONIO
Ya era hora.
GONZALO [a ALONSO]
Señor, decíamos que nuestra ropa parece tan nueva
ahora como cuando estábamos en Túnez en la boda
de vuestra hija, ahora reina.
ANTONIO
La más excelsa que llegó allí.
SEBASTIÁN
Salvo, con perdón, la viuda Dido.
ANTONIO
¿La viuda Dido? ¡Ah, sí, la viuda Dido!
GONZALO
Señor, ¿no está mi jubón tan nuevo como
el día en que lo estrené? Bueno, hasta cierto punto.
ANTONIO
Un punto que no ha perdido.
GONZALO
Cuando lo llevé en la boda de vuestra hija.
ALONSO
Me embutís en el oído esas palabras
contra mi gana de oírlas. Ojalá nunca hubiera
casado a mi hija allá, pues al regreso
pierdo a mi hijo y creo que también a ella:
vive tan lejos de Italia que nunca
volveré a verla. ¡Ah, tú, mi heredero
de Nápoles y Milán! ¿Qué extraño
pez
te ha devorado?
FRANCISCO
Señor, quizá esté vivo. Le vi cómo batía
las olas y cabalgaba sobre ellas.
Seguía a flote y rechazaba la embestida
de las aguas, afrontando el oleaje.
Su audaz cabeza descollaba sobre olas
en combate y, remando con brazos vigorosos,
alcanzó la costa, que se inclinaba
sobre un pie desgastado por el mar
cual si quisiera ayudarle. Estoy seguro
de que llegó vivo a tierra.
ALO NSO
No, no; nos ha dejado.
SEBASTIÁN
Bien puedes felicitarte por la pérdida.
A nuestra Europa no favoreciste con tu hija,
sino que se la echaste a un africano.
Estará desterrada de tus ojos,
que ahora tienen buen motivo para el llanto.
ALONSO
Calla, te lo ruego.
SEBASTIÁN
Todos nos postramos ante ti, rogándote
que desistieras, y hasta la pobre muchacha
dudaba entre negarse u obedecer,
de qué lado inclinarse. Me temo que a tu hijo
lo hemos perdido para siempre. Este asunto
ha creado más viudas en Milán y Nápoles
que supervivientes hay para aliviarlas.
La culpa es tuya.
ALONSO
Y también la mayor pérdida.
GONZALO
Mi señor Sebastián,
a vuestra verdad le falta delicadeza
y oportunidad. Hurgáis en la herida,
cuando debierais ponerle una venda.
SEBASTIÁN
Bien dicho.
ANTONIO
Y como un médico.
GONZALO [a ALONSO]
Señor, el estar vos tan sombrío
nos traerá mal tiempo a todos.
SEBASTIÁN
¿Mal tiempo?
ANTONIO
Espantoso.
GONZALO
Señor, si yo colonizara esta isla...
ANTONIO
La sembraría de ortigas.
SEBA STIÁN
O de malvas o acederas.
GONZALO
... y fuese aquí el rey, ¿qué haría?
SEBASTIÁN
No emborracharse por falta de vino.
GONZALO
En mi Estado lo haría todo al revés
que de costumbre, pues no admitiría
ni comercio, ni título de juez;
los estudios no se conocerían, ni la riqueza,
la pobreza o el servicio; ni contratos,
herencias, vallados, cultivos o viñedos;
ni metal, trigo, vino o aceite;
ni ocupaciones: los hombres, todos ociosos,
y también las mujeres, aunque inocentes y puras;
ni monarquía...
SEBASTIÁN
Mas dijo que sería el rey.
ANTONIO
El final de su Estado se olvida del principio.
GONZALO
La naturaleza produciría de todo
para todos sin sudor ni esfuerzo. Traición,
felonía, espada, lanza, puñal o máquinas
de guerra yo las prohibiría: la naturaleza
nos daría en abundancia sus frutos
para alimentar a mi pueblo inocente.
SEBASTIÁN
¿Sus súbditos no se casarían?
ANTONIO
No, todos ociosos: todos putas y granujas.
GONZALO
Señor, mi gobierno sería tan perfecto
que excedería a la Edad de Oro.
SEBASTIÁN
¡Dios salve a Su Majestad!
ANTONIO
¡Viva Gonzalo!
GONZALO
Y.. ¿Me escucháis, señor?
ALONSO
Os lo ruego, basta. No decís nada.
GONZALO
Tenéis razón, Majestad. Lo hacía para darles
pie a estos señores, que son de pulmones tan activos y
sensibles que siempre se ríen por nada.
ANTONIO
Nos reíamos de vos.
GONZALO
Que en esta especie de bobada no soy nada a vuestro lado. Así
que seguid riéndoos por nada.
ANTONIO
¡Buen golpe!
SEBASTIÁN
Si hubiera sido con el filo.
GONZALO
Sois hombres de gran temp le. Sacaríais a la luna de su esfera
si estuviera en ella cinco semanas sin
cambiar.
Entra ARIEL [invisible] tocando una música solemne.
SEBASTIÁN
Exacto, y con su luz iríamos a cazar pájaros.
|
|