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Miguel de Unamuno
LA TÍA TULA
PRÓLOGO
(QUE PUEDE SALTAR EL LECTOR DE NOVELAS)
«Tenía uno [hermano] casi de mi edad, que era el que
yo más quería, aunque a todos tenía gran amor
y ellos a mí; juntábamonos entrambos a leer vidas
de santos... Espantábanos mucho el decir en lo que leíamos
que pena y gloria eran para siempre. Acaecíanos estar muchos
ratos tratando desto, y gustábamos de decir muchas veces
¡para siempre, siempre, siempre! En pronunciar esto mucho
rato era el Señor servido, me quedase en esta niñez
imprimido el camino de la verdad. De que vi que era imposible ir
adonde me matasen
por Dios, ordenábamos ser ermitaños, y en una huerta
que había en casa procurábamos, como podíamos,
hacer ermitas poniendo unas piedrecillas, que luego se nos caían,
y ansí no hallábamos remedio en nada para nuestro
deseo; que ahora me pone devoción ver cómo me daba
Dios tan presto lo que yo perdí por mi culpa.
»Acuérdome que cuando murió mi madre quedé
yo de edad de doce años, poco menos; como yo comencé
a entender lo que había perdido, afligida fuime a una imagen
de Nuestra Señora y supliquéla fuese mi madre con
muchas lágrimas. Paréceme que aunque se hizo con simpleza,
que me ha valido, pues conocidamente he hallado a esta Virgen Soberana
en cuanto me he encomendado a ella y, en fin, me ha tornado a sí.»
(Del capítulo I de la Vida de la santa Madre Teresa de Jesús,
que escribió ella misma por mandado de su confesor.)
«Sea [Dios] alabado por siempre, que tanta merced ha hecho
a vuestra merced, pues le ha dado mujer, con quien pueda tener mucho
descanso. Sea mucho de enhorabuena, que harto consuelo es para mí
pensar que le tiene. A la señora doña María
beso siempre las manos muchas veces; aquí tiene una capellana
y muchas. Harto quisiéramos poderla gozar; mas si había
de ser con los trabajos que por acá hay, más quiero
que tenga allá sosiego, que verla acá padecer.»
(De una carta que desde Ávila, a 15 de diciembre de 1581,
dirigió la santa Madre, y Tía, Teresa de Jesús,
a su sobrino don Lorenzo de Cepeda, que estaba en Indias, en el
Perú, donde se casó con doña María de
Hinojosa, que es la señora doña María de que
se habla en ella.)
En el capítulo II de la misma susomentada Vida, se dice de
la santa Madre Teresa de Jesús que era moza «aficionada
a leer libros de caballerías» --los suyos lo son, a
lo divino-- y en uno de los sonetos, de nuestro Rosario de ellos,
la hemos llamado:
Quijotesa a lo divino, que dejó asentada nuestra España
inmortal, cuya es la empresa:
«sólo existe lo eterno; ¡Dios o nada!»
Lo que acaso alguien crea que diferencia a santa Teresa de Don Quijote,
es que este, el Caballero --y tío, tío de su inmortal
sobrina--, se puso en ridículo y fue el ludibrio y juguete
de padres y madres, de zánganos y de reinas; pero ¿es
que santa Teresa escapó al ridículo? ¿Es que
no se burlaron de ella? ¿Es que no se estima hoy por muchos
quijotesco, o sea ridículo, su instituto, y aventurera, de
caballería andante, su obra y su vida?
No crea el lector, por lo que precede, que el relato que se sigue
y va a leer es, en modo alguno, un comentario a la vida de la santa
española. ¡No, nada de esto! Ni pensábamos en
Teresa de Jesús al emprenderlo y desarrollarlo; ni en Don
Quijote. Ha sido después de haberlo terminado, cuando aun
para nuestro ánimo, que lo concibió, resultó
una novedad este parangón, cuando hemos descubierto las raíces
de este relato novelesco. Nos fue oculto su más hondo sentido
al emprenderlo. No hemos visto sino después, al hacer sobre
él examen de conciencia de autor, sus raíces teresianas
y quijotescas. Que son una misma
raíz.
¿Es acaso este un libro de caballerías? Como el lector
quiera tomarlo... Tal vez a alguno pueda parecerle una novela hagiográfica,
de vida de santos. Es, de todos modos, una novela, podemos asegurarlo.
No se nos ocurrió a nosotros, sino que fue cosa de un amigo,
francés por más señas, el notar que la inspiración
--¡perdón!-- de nuestra nivola Niebla era de la misma
raíz que la de La vida es sueño, de Calderón.
Mas en este otro caso ha sido cosa nuestra el descubrir, después
de concluida esta novela que tienes a la vista, lector, sus raíces
quijotescas y teresianas. Lo que no quiere decir, ¡claro está!,
que lo que aquí se cuenta no haya podido pasar fuera de España.
Antes de terminar este prólogo queremos hacer otra observación,
que le podrá parecer a alguien quizá sutileza de lingüista
y filólogo, y no lo es sino de psicología. Aunque
¿es la psicología algo más que lingüística
y filología?
La observación es que así como tenemos la palabra
paternal y paternidad que derivan de pater, padre, y maternal y
rnaternidad, de mater, madre, y no es lo mismo, ni mucho menos,
lo paternal y lo maternal, ni la paternidad y la maternidad, es
extraño que junto a fraternal y fraternidad, de frater, hermano,
no tengamos sororal y sororidad, de soror, hermana. En latín
hay sorius, a, um, lo de la hermana, y el verbo sororiare, crecer
por igual y juntamente.
Se nos dirá que la sororidad equivaldría a la fraternidad,
mas no lo creemos así. Como si en latín tuviese la
hija un apelativo de raíz distinta que el de hijo, valdría
la pena de distinguir entre las dos filialidades.
Sororidad fue la de la admirable Antígona, esta santa del
paganismo helénico, la hija de Edipo, que sufrió martirio
por amor a su hermano Polinices, y por confesar su fe de que las
leyes eternas de la conciencia, las que rigen en el eterno mundo
de los muertos, en el mundo de la inmortalidad, no son las que forjan
los déspotas y tiranos de la tierra, como era Creonte.
Cuando en la tragedia sofocleana Creonte le acusa a su sobrina Antígona
de haber faltado a la ley, al mandato re gio, rindiendo servicio
fúnebre a su hermano, el fratricida, hay entre aquéllos
este duelo de palabras:
«A.--No es nada feo honrar a los de la misma entraña.
»Cr.--¿No era de tu sangre también el que murió
con tra él?
»A.--De la misma, por madre y padre...
»Cr.--¿Y cómo rindes a este un honor impío?
»A.--No diría eso el muerto...
»Cr.--Pero es que le honras igual que al impío...
»A.--No murió su siervo, sino su hermano.
» Cr.--Asolando esta tierra, y el otro defendiéndola...
»A.--El otro mundo, sin embargo gusta de igualdad ante la
ley.
»Cr.--¿Cómo ha de ser igual para el vil que
para el no ble?
»A.--Quién sabe si estas máximas son santas
allí abajo...»
(Antígona, versos 511-521.)
¿Es que acaso lo que a Antígona le permitió
descubrir esa ley eterna, apareciendo a los ojos de los ciudadanos
de Tebas y de Creonte, su tío, como una anarquista, no fue
el que era, por terrible decreto del Hado, hermana carnal de su
propio padre, Edipo? Con el que había ejercido officio de
sororidad también.
El acto sororio de Antígona dando tierra al cadáver
insepulto de su hermano y librándolo así del furor
regio de su tío Creonte, parecióle a este un acto
de anarquista. «¡No hay mal mayor que el de la anarquía!»,
declaraba el tirano. (Antígona, verso 672.) ¿Anarquía?
¿Civilización?
Antígona, la anarquista según su tío, el tirano
Creonte, modelo de virilidad, pero no de humanidad; Antígona,
hermana de su padre Edipo y, por lo tanto, tía de su hermano
Polinices, representa acaso la domesticidad religiosa, la religión
doméstica, la del hogar, frente a la civilidad política
y tiránica, a la tiranía civil, y acaso también
la domesticación frente a la civilización. Aunque
¿es posible civilizarse sin haberse domesticado antes? ¿Caben
civilidad y civilización donde no tienen como cimietos domesticidad
y domesticación?
Hablamos de patrias y sobre ellas de fraternidad universal, pero
no es una sutileza lingüística el sostener que no pueden
prosperar sino sobre matrias y sororidad. Y habrá barbarie
de guerras devastadoras, y otros estragos, mientras sean los zánganos,
que revolotean en torno de la reina para fecundar y devorar la miel
que no hicieron, los que rijan las colmenas.
¿Guerras? El primer acto guerrero fue, según lo que
llamamos Historia Sagrada, la de la Biblia, el asesinato de Abel
por su hermano Caín. Fue una muerte fraternal, entre hermanos;
el primer acto de fraternidad. Y dice el Génesis que fue
Caín, el fratricida, el que primero edificó una ciudad,
a la que llamó del nombre de su hijo --habido en una hermana--
Henoc. (Gén., IV, 17). Y en aqueIla ciudad, polis, debió
empezar la vida civil, política, la civilidad y la civilización.
Obra, como se ve, del fratricida. Y cuando siglos más tarde,
nuestro Lucano, español, llamó a las guerras entre
César y Pompeyo plusquam civilia, más que civiles
--lo dice en el primer verso de su Pharsalia-- quiere decir fraternales.
Las guerras más
que civiles son las fraternales.
Aristóteles le llamó al hombre zoon politicon, esto
es, animal civil o ciudadano --no político, que esto es no
traducir-- animal que tiende a vivir en ciudades, en mazorcas de
casas estadizas, arraigadas en tierra por cimientos, y ese es el
hombre y, sobre todo, el varón. Animal civil, urbano, fraternal
y... fratricida.--Pero ese animal civil, ¿no ha de depurarse
por acción doméstica? Y el hogar, el verdadero hogar,
¿no ha de encontrarse lo mismo en la tienda del pastor errante
que se planta al azar de los caminos? Y Antígona acompañó
a su padre, ciego y errante, por los senderos del desierto, hasta
que desapareció en Colono.
¡Pobre civilidad, fraternal, cainita, si no hubiera la domesticidad
sororia!...
Va, pues, el fundamento de la civilidad, la domesticidad, de mano
en mano, de hermanas, de tías. O de esposas de espíritu,
castísimas, como aquella Abisag, la sunamita de que se nos
habla en el capítulo I del libro I de los Reyes, aquella
doncella que le llevaron al viejo rey David, ya cercano a su muerte,
para que le mantuviese en la puesta de su vida, abrigándole
y calentándole en la cama, mientras dormía. Y Abisag
le sacrificó su maternidad, permaneció virgen por
él --pues David no la conoció-- y fue causa de que
más luego Salomón, el hijo del pecado de David con
la adúltera Betsabé, hiciese matar a Adonías,
su hermanastro, hijo de David y de Hagit, porque pretendió
para mujer a Abisag, la última reina con David,
pensando así heredar a este su reino.
Pero a esta Abisag y a su suerte y a su sentido pensamos dedicar
todo un libro que no será precisamente una novela. Ni una
nivola.
Y ahora el lector que ha leído este prólogo --que
no es necesario para inteligencia en lo que sigue--
puede pasar a hacer conocimiento con la tía Tula, que si
supo de santa Teresa y de Don Quijote, acaso no supo ni de Antígona
la griega ni de Abisag la israelita.
En mi novela Abel Sánchez intenté escarbar en ciertos
sótanos y escondrijos del corazón, en ciertas catacumbas
del alma, adonde no gustan descender los más de los mortales.
Creen que en esas catacumbas hay muertos, a los que lo mejor es
no visitar, y esos muertos, sin embargo, nos gobiernan. Es la herencia
de Caín. Y aquí, en esta novela, he intentado escarbar
en otros sótanos y escondrijos. Y como no ha faltado quien
me haya dicho que aquello era inhumano, no faltará quien
me lo diga, aunque en otro sentido, de esto. Aquello pareció
a alguien inhumano por viril, por fraternal; esto lo parecerá
acaso por femenil, por
sororio. Sin que quepa negar que el varón hereda feminidad
de su madre y la mujer virilidad de su padre.
¿O es que el zángano no tiene algo de abeja y la abeja
de zángano? O hay, si se quiere, abejos y zánganas.
Y nada más, que no debo hacer una novela sobre otra novela.
En Salamanca, ciudad, en el día de los Desposorios de Nuestra
Señora del año de gracia milésimo novecen tésimo
y vigésimo.
I
Era a Rosa y no a su hermana Gertrudis, que siempre salía
de casa con ella, a quien ceñían aquellas ansiosas
miradas que les enderezaba Ramiro. O, por lo menos, así lo
creían ambos, Ramiro y Rosa, al atraerse el uno al otro.
Formaban las dos hermanas, siempre juntas, aunque no por eso unidas
siempre, una pareja al parecer indisoluble, y como un solo valor.
Era la hermosura espléndida y algún tanto provocativa
de Rosa, flor de carne que se abría a flor del cielo a toda
luz y todo viento, la que lle vaba de primera vez las miradas a
la pareja; pero eran luego los ojos tenaces de Gertrudis los que
sujetaban a los ojos que se habían fijado en ellos y los
que a la par les ponían raya. Hubo quien al verlas pasar
preparó algún chicoleo un poco más subido de
tono; mas tuvo que contenerse al tropezar con el reproche de aquellos
ojos de Gertrudis, que
hablaban mudamente de seriedad. «Con esta pareja no se juega»,
parecía decir con sus miradas silenciosas.
Y bien miradas y de cerca aún despertaba más Gertrudis
el ansia de goce. Mientras su hermana Rosa abría espléndidamente
a todo viento y toda luz la flor de su encarnadura, ella era como
un cofre cerrado y sellado en que se adivina un tesoro de ternuras
y delicias secretas.
Pero Ramiro, que llevaba el alma toda a flor de los ojos, no creyó
ver más que a Rosa, y a Rosa se dirigió desde luego.
--¿Sabes que me ha escrito? --le dijo esta a su hermana.
--Sí, vi la carta.
--¿Cómo? ¿Que la viste? ¿Es que me espías?
--¿Podía dejar de haberla visto? No, yo no espío
nunca, ya lo sabes, y has dicho eso no más que por decirlo...
--Tienes razón, Tula; perdónamelo.
--Sí, una vez más, porque tú eres así.
Yo no espío, pero tampoco oculto nunca nada. Vi la carta.
--Ya lo sé; ya lo sé...
--He visto la carta y la esperaba.
--Y bien, ¿qué te parece-- de Ramiro?
--No le conozco.
--Pero no hace falta conocer a un hombre para decir lo que le parece
a una de él.
--A mí, sí.
--Pero lo que se ve, lo que está a la vista...
--Ni de eso puedo juzgar sin conocerle.
--¿Es que no tienes ojos en la cara?
--Acaso no los tenga así ...; ya sabes que soy corta de vista.
--¡Pretextos! Pues mira, chica, es un guapo mozo.
--Así parece.
--Y simpático.
--Con que te lo sea a ti, basta.
--Pero ¿es que crees que le he dicho ya que sí?
--Sé que se lo dirás al cabo, y basta.
--No importa; hay que hacerle esperar y hasta rabiar un poco...
--¿Para qué?
--Hay que hacerse valer.
--Así no te haces valer, Rosa; y ese coqueteo es cosa muy
fea.
--De modo que tú...
--A mí no se me ha dirigido.
--¿Y si se hubiera dirigido a ti?
--No sirve preguntar cosas sin sustancia.
--Pero tú, si a ti se te dirige, ¿qué le habrías
contestado?
--Yo no he dicho que me parece un guapo mozo y que es simpático,
y por eso me habría puesto a estudiarle...
--Y entretanto si iba a otra...
--Es lo más probable.
--Pues así, hija, ya puedes prepararte...
--Sí, a ser tía.
--¿Cómo tía?
--Tía de tus hijos, Rosa.
--¡Eh, qué cosas tienes! --y se quebró la voz.
--Vamos, Rosita, no te pongas así, y perdóname --le
dijo dándole un beso.
--Pero si vuelves...
--¡No, no volveré!
--Y bien, ¿qué le digo?
--¡Dile que sí!
--Pero pensará que soy demasiado fácil...
--¡Entonces dile que no!
--Pero es que...
--Sí, que te parece un guapo mozo y simpático. Dile,
pues, que sí y no andes con más coqueterías,
que eso es feo. Dile que sí. Después de todo, no es
fácil que se te presente mejor partido. Ramiro está
muy bien, es hijo solo...
--Yo no he hablado de eso.
--Pero yo hablo de ello, Rosa, y es igual.
--¿Y no dirán, Tula, que tengo ganas de novio?
--Y dirán bien.
--¿Otra vez, Tula?
--Y ciento. Tienes ganas de novio y es natural que las tengas. ¿Para
qué si no te hizo Dios tan guapa?
--¡Guasitas no! ,
--Ya sabes que yo no me guaseo. Parézcanos bien o mal, nuestra
carrera es el matrimonio o el convento; tú no tienes vocación
de monja; Dios te hizo para el mundo y el hogar..., vamos, para
madre de familia...
No vas a quedarte a vestir imágenes. Dile, pues, que sí.
--¿Y tú?
--¿Cómo yo?
--Que tú, luego...
--A mí déjame.
Al día siguiente de estas palabras estaban ya en lo que se
llaman relaciones amorosas Rosa y Ramiro.
Lo que empezó a cuajar la soledad de Gertrudis.
Vivían las dos hermanas, huérfanas de padre y madre
desde muy niñas, con un tío materno, sacerdote, que
no las mantenía, pues ellas disfrutaban de un pequeño
patrimonio que les permitía sostenerse en la holgura de la
mo destia, pero les daba buenos consejos a la hora de comer, en
la mesa, dejándolas, por lo demás, a la guía
de su buen natural. Los buenos consejos eran consejos de libros,
los mismos que le servían a don Primitivo para formar sus
escasos sermones.
«Además --se decía a sí mismo con muy
buen acierto don Primitivo--, ¿para qué me voy a meter
en sus inclinaciones y sentimientos íntimos? Lo mejor es
no hablarlas mucho de eso, que se les abre demasiado los ojos. Aunque...
¿abrirles? ¡Bah!, bien abiertos los tienen, sobre todo
las mujeres. Nosotros los hombres no sabemos una palabra de esas
cosas. Y los curas, menos. Todo lo que nos dicen los libros son
pataratas.
¡Y luego, me mete un miedo esa Tulilla...! Delante de ella
no me atrevo..., no me atrevo... ¡Tiene unas preguntas la
mocita! Y cuando me mira tan seria, tan seria..., con esos ojazos
tristes --los de mi hermana, los de mi madre. ¡Dios las tenga
en su santa gloria!--. ¡Esos ojazos de luto que se le meten
a uno en el corazón...! Muy serios, sí, pero riéndose
con el rabillo. Parecen decirme: "¡No diga usted más
bobadas, tío!" ¡El demonio de la chiquilla! ¡Todavía
me acuerdo el día en que se empeñó en ir, con
su hermana, a oírme aquel sermoncete; el rato que pasé,
Jesús Santo! ¡Todo se me volvía apartar mis
ojos de ella por no cortarme; pero nada, ella tirando de los míos!
Lo mismo, lo mismito me pasaba con su santa madre, mi hermana, y
con mi santa madre, Dios las tenga en su gloria. Jamás pude
predicar a mis anchas delante de ellas, y por eso les tenía
dicho que no fuesen a oírme. Madre iba, pero iba a hurtadillas,
sin decírmelo, y se ponía detrás de la columna,
donde yo no la viera, y luego no me decía nada de mi sermón.
Y lo mismo hacía mi hermana. Pero yo sé lo que esta
pensaba, aunque tan cristiana, lo sé. "¡Bobadas
de hombres!" Y lo
mismo piensa esta mocita, estoy de ello seguro. No, no, ¿delante
de ella predicar? ¿Yo? ¿Darle consejos?
Una vez se le escapó lo de ¡bobadas de hombres!, y
no dirigiéndose a mí, no; pero yo le entiendo...»
El pobre señor tenía un profundísimo respeto,
mezclado de admiración, por su sobrina Gertrudis. Tenía
el sentimiento de que la sabiduría iba en su linaje por vía
fe menina, que su madre había sido la providencia inteligente
de la casa en que se crió, que su hermana lo había
sido en la suya, tan breve. Y en cuanto a su otra sobrina, a Rosa,
le bastaba para protección y guía con su hermana.
«Pero qué hermosa la ha hecho Dios, Dios sea alabado
--se decía--; esta chica o hace un gran matrimonio, con quien
ella quiera, o no tienen los mozos de hoy ojos en la cara.»
Y un día fue Gertrudis la que, después que Rosa se
levantó de la mesa fingiendo sentirse algo
indispuesta, al quedarse a solas con su tío, le dijo:
--Tengo que decirle a usted, tío, una cosa muy grave. --Muy
grave..., muy grave... --y el pobre señor se azaró,
creyendo observar que los rabillos de los ojazos tan serios de su
sobrina reían maliciosamente.
--Sí, mu y grave.
--Bueno, pues desembucha, hija, que aquí estamos los dos
para tomar un consejo.
--El caso es que Rosa tiene ya novio.
--¿Y no es más que eso?
--Pero novio formal, ¿eh?, tío.
--Vamos, sí, para que yo los case.
--¡Naturalmente!
--Y a ti, ¿qué te parece de él?
--Aún no ha preguntado usted quién es...
--¿Y qué más da, si yo apenas conozco a nadie?
A ti, ¿qué te parece de él?, contesta.
--Pues tampoco yo le conozco.
--Pero ¿no sabes quién es, tú?
--Sí, sé cómo se llama y de qué familia
es y...
--¡Basta! ¿Qué te parece?
--Que es un buen partido para Rosa y que se querrán.
--Pero ¿es que no se quieren ya?
--Pero ¿cree usted, tío, que pueden empezar queriéndose?
--Pues así dicen, chiquilla, y hasta que eso viene como un
rayo...
--Son decires, tío.
--Así será; basta que tú lo digas.
--Ramiro..., Ramiro Cuadrado...
--Pero ¿es el hijo de doña Venancia, la viuda? ¡Acabáramos!
No hay más que hablar.
--A Ramiro, tío, se le ha metido Rosa por los ojos y cree
estar enamorado de ella...
--Y lo estará, Tulilla, lo estará...
--Eso digo yo, tío, que lo estará. Porque como es
hombre de vergüenza y de palabra, acabará por cobrar
cariño a aquella con la que se ha comprometido ya. No le
creo hombre de volver atrás.
--¿Y ella?
--¿Quién? ¿Mi hermana? A ella le pasará
lo mismo.
--Sabes más que san Agustín, hija.
--Esto no se aprende, tío.
--¡Pues que se casen, los bendigo y sanseacabó!
--¡O sanseempezó! Pero hay que casarlos y pronto. Antes
que él se vuelva...
--Pero ¿temes tú que él pueda volverse ...?
--Yo siempre temo de los hombres, tío.
--¿Y de las mujeres no?
--Esos temores deben quedar para los hombres. Pero sin ánimo
de ofender al sexo... fuerte, ¿no se dice así?, le
digo que la constancia, que la fortaleza está más
bien de parte nuestra...
--Si todas fueran como tú, chiquilla, lo creería así,
pero...
--¿Pero qué?
--¡Que tú eres exceptional, Tulilla!
--Le he oído a usted más de una vez, tío, que
las excepciones confirman la regla.
--Vamos, que me aturdes... Pues bien, los casaremos, no sea que
se vuelva él... o ella...
Por los ojos de Gertrudis pasó como la sombra de una nube
de borrasca, y si se hubiera podido oír el silencio habríanse
oído que en las bóvedas de los sótanos de su
alma resonaba como un eco repetido y que va perdiéndose a
lo lejos aquello de «o ella ...» .
II
Pero ¿qué le pasaba a Ramiro, en relaciones ya, y
en relaciones formales, con Rosa, y poco menos que entrando en la
casa? ¿Qué dilaciones y qué frialdades eran
aquéllas?
--Mira, Tula, yo no le entiendo; cada vez le entiendo menos. Parece
que está siempre distraído y como si estuviese pensando
en otra cosa --o en otra persona, ¡quién sabe!-- o
temiendo que alguien nos vaya a sorprender de pronto. Y cuando le
tiro algún avance y le hablo, así como quien no quiere
la cosa, del fin que deben tener nuestras relaciones, hace como
que no oye y como si estuviera atendiendo a otra...
--Es porque le hablas como quien no quiere la cosa. Háblale
como quien la quiere...
--¡Eso es, y que piense que tengo prisa por casarme!
--¡Pues que lo piense! ¿No es acaso así?
--Pero ¿crees tú, Tula, que yo estoy rabiando por
casarme?
--¿Le quieres?
--Eso nada tiene que ver...
--¿Le quieres, di?
--Pues mira...
--¡Pues mira, no! ¿Le quieres? ¡Sí o no!
Rosa bajó la frente con los ojos, arrebolóse toda
y llorándole la voz tartamudeó:
--Tienes unas cosas, Tula; ¡pareces un confesor!
Gertrudis tomó la mano de su hermana, con otra le hizo levantar
la frente, le clavó los ojos en los ojos y le dijo:
--Vivimos solas, hermana...
--¿Y el tío?
--Vivimos solas, te he dicho. Las mujeres vivimos siempre solas.
El pobre tío es un santo, pero un santo de libro, y aunque
cura, al fin y al cabo hombre.
--Pero confiesa...
--Acaso por eso sabe menos. Además, se le olvida. Y así
debe ser. Vivimos solas, te he dicho. Y ahora lo que debes hacer
es confesarte aquí, pero confesarte a ti misma. ¿Le
quieres?, repito.
La pobre Rosa se echó a llorar.
--¿Le quieres? --sonó la voz implacable.
Y Rosa llegó a fingirse que aquella pregunta, en una voz
pastosa y solemne y que parecía venir de las lontananzas
de la vida común de la pureza, era su propia voz, era acaso
la de su madre común.
--Sí, creo que le querré... mucho..., mucho... --exclamó
en voz baja y sollozando.
--¡Sí, le querrás mucho y él te querrá
más aún!
--¿Y cómo lo sabes?
--Yo sé que te querrá.
--Entonces, ¿por qué está distraído?,
¿por qué rehúye el que abordemos lo del casorio?
--¡Yo le hablaré de eso, Rosa, déjalo de mi
cuenta!
--¿Tú?
--¡Yo, sí! ¿Tiene algo de extraño?
--Pero...
--A mí no puede cohibirme el temor que a ti te cohíbe.
--Pero dirá que rabio por casarme.
--¡No, no dirá eso! Dirá, si quiere, que es
a mí a quien me conviene que tú te cases para facilitar
así el que se me pretenda o para quedarme a mandar aquí
sola; y las dos cosas son, como sabes, dos disparates.
Dirá lo que quiera, pero yo me las arreglaré.
Rosa cayó en brazos de su hermana, que le dijo al oído:
--Y luego, tienes que quererle mucho, ¿eh?
--¿Y por qué me dices tú eso, Tula?
--Porque es tu deber.
Y al otro día, al ir Ramiro a visitar a su novia, encontróse
con la otra, con la hermana. Demudósele el semblante y se
le vio vacilar. La seriedad de aquellos serenos ojazos de luto le
concentró la sangre toda en el corazón.
--¿Y Rosa? --preguntó sin oírse.
--Rosa ha salido y soy yo quien tengo ahora que hablarte.
--¿Tú? --dijo con labios que le temblaban.
--¡Sí, yo!
--¡Grave te pones, chica! --y se esforzó en reírse.
--Nací con esa gravedad encima, dicen. El tío asegura
que la heredé de mi madre, su hermana, y de mi abuela, su
madre. No lo sé, ni me importa. Lo que sí sé
es que me gustan las cosas sencillas y derechas y sin engaño.
--¿Por qué lo dices, Tula?
--¿Y por qué rehúyes hablar de vuestro casamiento
a mi hermana? Vamos, dímelo, ¿por qué?
El pobre mozo inclinó la frente arrebolada de vergüenza.
Sentíase herido por un golpe inesperado.
--Tú le pediste relaciones con buen fin, como dicen los inocentes.
--¡Tula!
--¡Nada de Tula! Tú te pusiste con ella en relaciones
para hacerla tu mujer y madre de tus hijos...
--¡Pero qué de prisa vas...! --y volvió a esforzarse
en reírse.
--Es que hay que ir de prisa, porque la vida es corta.
--¡La vida es corta!, ¡y lo dice a los veintidós
años!
--Más corta aún. Pues bien, ¿piensas casarte
con Rosa, sí o no?
--¡Pues qué duda cabe! --y al decirlo le temblaba el
cuerpo todo.
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