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El trasbordador
espacial
El gran mérito de Julio Verne consiste en haber imaginado
desde el siglo pasado lo que estaría ocurriendo en esta época
en materia científica y tecnológica. Sus escritos
contenían referencias a lo que en su era fue catalogado como
fantasías y hoy constituyen concretas realidades. El Transbordador
Espacial o Space Shuttle es una prueba de ello. Qué lejos
están los días de los primeros vehículos automotores,
cuando en los diarios del mundo entero se afirmaba que el ser humano
no había sido diseñado por la naturaleza para soportar
velocidades superiores a los treinta kilómetros por hora
!!. En este siglo que terminará en menos de dos años,
hemos sido testigos del desarrollo de vehículos en los que
la familia entera se desplaza a más de cien kilómetros
por hora, trenes de gran velocidad que alcanzan los trescientos
kph, aviones que duplican la velocidad del sonido -340 metros por
segundo, en promedio- (y con ello producen un estruendo que rompe
vidrios en la viviendas bajo su ruta), y naves que escapan a la
fuerza de gravedad del planeta y giran alrededor de él cada
noventa minutos, a veintiocho mil kilómetros por hora.
La cohetería es una disciplina de este siglo y sus mayores
avances han ocurrido en su segunda mitad. A finales de la década
de los años cincuenta, el 4 de octubre de 1957 entró
en órbita el primer satélite artificial, mérito
que corresponde a la URSS, con su SPUTNIK 1. El 3 de noviembre lanzarían
el SPUTNIK 2, y el 1º de febrero del año siguiente los
EE.UU. lanzaron su Explorer 1, comenzando así la carrera
espacial, que ahora lleva poco más de cuarenta y un años.
En 1961 comienzan los vuelos tripulados. Primero fue Yuri Gagarin,
cosmonauta ruso lanzado al espacio el 12 de abril, luego los estadounidenses
Alan Sheppard -el 5 de mayo- y Virgil Grissom -21 de julio-. Los
tres anteriores simplemente recorrieron unos cuantos miles de kilómetros
al borde de nuestra atmósfera y regresaron, sin dar la vuelta
al planeta. Corresponde a John Glenn el mérito de orbitar
tres veces a la Tierra, el 20 de febrero de 1962, (el mismo astronauta
que en octubre de 1998, con más de setenta años de
edad, salió al espacio nuevamente, esta vez por ocho días).
Desde aquellos primeros y tímidos intentos a nuestros días
han ocurrido grandes avances y algunas tragedias. En 1965 ocurrió
la primera cita espacial, con el encuentro de las naves GEMINI 6
y 7. En 1966 se dio el primer acoplamiento mecánico en el
espacio, entre un vehículo AGENA y el Géminis 8. Varios
hombres han estado sobre nuestro satélite lunar, a partir
de aquel histórico alunizaje de Neil Armstrong y Edwin Buzz
Aldrin, el 21 de julio de 1969, (con Michael Collins orbitando la
Luna en el Apolo 11, en el que regresaron a la Tierra). Antes se
sucedieron los viajes de las naves Apolo 8, en diciembre del 68
orbitó diez veces a la Luna, el Apolo 9 practicó el
acople del módulo de servicio y el módulo lunar orbitando
a la Tierra, en marzo del 69, y el Apolo 10 ocho semanas después,
realizó el ejercicio en órbita lunar, llegando a 15
kilómetros de la superficie de nuestro satélite natural.
Aquellos viajes extraplanetarios implicaban la utilización
de muchos elementos (tres etapas con cohetes), de los cuales únicamente
se recuperaba la cápsula en que viajaba la tripulación,
y ésta quedaba para pieza de museo. Se impuso entonces la
necesidad de emplear una tecnología que permitiera la reutilización
de los cohetes y de la nave. Nace el transbordador espacial u orbitador.
Es una nave con alas Delta, de 37 metros de largo, 24 metros de
ancho y cerca de 100 toneladas de peso básico. Tiene, además
del compartimiento que ocupa la tripulación (cabina de mando
en la planta alta, alojamiento y servicios en la porción
inferior), una bodega de casi 5 metros de ancho por 18 de largo,
donde lleva su carga útil -generalmente satélites-
y el brazo mecánico articulado, de 16 metros, para el apropiado
manejo de su valiosa carga. La tecnología del Space Shuttle
permite la reutilización de los dos cohetes laterales (que
regresan sostenidos por paracaídas), el tanque exterior si
se desintegra al reingresar a nuestra atmósfera. Cada uno
de los transbordadores puede realizar varias misiones al espacio.
El transbordador espacial Columbia (hay otros, llamados Challenger
y Discovery), realizó su primer viaje el 12 de abril de 1981,
y desde entonces han salido ochenta misiones y doscientos astronautas,
de distintas nacionalidades y campos profesionales.
Aparte del desastre ocurrido el 28 de enero de 1986 al vehículo
Challenger, cuando por una fuga de combustible a través de
una empacadura circular defectuosa, en la base de uno de sus cohetes
laterales, la nave explotó y sus siete tripulantes perecieron
al chocar contra el océano la cápsula en que se hallaban,
ningún otro accidente ha podido empañar la Historia
del transbordador espacial. En 1988 se reanudaron las misiones y
hasta ahora han servido para colocar muchos satélites en
órbitas bajas y altas, para realizar experimentos en condiciones
de ingravidez y hasta para reparar el telescopio espacial y recuperar
otros artefactos para ser reacondicionados en tierra. Su labor ha
sido sumamente positiva.
Los soviéticos tuvieron su propio transbordador espacial,
bautizado Burän, (que significa Ventisca) el cual tiene un
diseño muy similar al del orbitador norteamericano e hizo
su único vuelo en 1988, sin tripulantes. La desintegración
de la URSS y los altos costos de este proyecto, han forzado a suspenderlo.
Los franceses trabajan en su transbordador, llamado Hermes, (nombre
de un Dios mitológico), con capacidad para cuatro toneladas
de carga útil, el cual intentarán poner en órbita
con su cohete Ariel 5. Y Japón está diseñando
el Hope, ( que significa Esperanza) y esperan ponerlo a funcionar
para comienzos del siglo próximo. Uno de los posibles usos
de estos transbordadores, es de tipo comercial para transportar
pasajeros a alturas y velocidades superiores a las que actualmente
caracterizan a los aviones normales. Se pudiera viajar en media
hora desde Nueva York a Tokio, a altitudes de más de cien
kilómetros, donde la fricción de la atmósfera
se reduce al mínimo. Y desde hace tiempo se trabaja arduamente
en el diseño de una nave que no requiera de cohetes y tanque
exteriores, como el actual transbordador. La próxima meta
de la Ciencia y la Tecnología espaciales es producir un vehículo
autosuficiente, que pueda realizar docenas de viajes hacia órbitas
bajas, en condiciones similares a las de un avión comercial
de pasajeros, sin aditamentos desechables o recuperables y reutilizables.
Ello exige mejores y más compactos motores y un combustible
más poderoso, que ocupe menos volumen en la masa total de
la nave. Quizás nuestros hijos o nietos lo disfruten y en
un futuro no muy lejano pueda viajarse como turista a la Luna, y
las fotos de esas travesías serán colocadas en el
álbum familiar que guarda los recuerdos gráficos de
nuestros viajes de hoy a la playa o a la montaña.
Para poder vencer la fuerza de gravedad y alcanzar altitudes donde
la fuerza gravitacional universal le permita circunvolar el planeta
sin necesidad de utilizar sus motores, las naves espaciales deben
producir una enorme potencia de despegue. El vehículo debe
desarrollar muy altas velocidades desde el lanzamiento para poder
alcanzar una órbita alrededor de la Tierra. Mientras gire
en torno al planeta tiene carácter de satélite artificial.
Si quisiera continuar alejándose, deberá lograr velocidades
de once kilómetros por segundo, para escapar de la atracción
del planeta e ingresar al campo gravitacional del Sol. Si ese vehículo
pudiera alcanzar una velocidad de 42 kilómetros por segundo,
ello le permitiría escapar de la fuerza de atracción
solar y vagaría por el espacio más allá de
nuestro sistema planetario. (Cualquier objeto que gire alrededor
de la Tierra es denominado Satélite, los demás en
el espacio del Sistema Solar y hasta fuera de él, se llaman
Sondas).
El transbordador tiene en su popa los tres motores más poderosos
que el hombre ha diseñado y construido, (213 toneladas métricas
c/u), que funcionan con millones de litros de combustible líquido
(Nitrógeno y Oxígeno), almacenados en el inmenso tanque
exterior, que a 40 Km de altitud se desprende y se desintegra (el
único elemento no reusable del conjunto). Cada motor principal
está construido para 55 usos, su fuerza equivale a la de
64.000 motores de ocho cilindros, de vehículos normales,
y colocan al transbordador fuera de nuestra atmósfera en
poco más de ocho minutos. Pero además de esos tres
motores fijos requiere, para vencer la fuerza de gravedad, del empuje
de dos cohetes colocados a sus lados, que funcionan con combustible
sólido en forma simultanea a los tres ya mencionados, con
lo que "sacan" al space shuttle hasta una altitud en la
que poco influye nuestra fuerza de gravedad y en ella es sujeto
de la Fuerza de Gravitación Universal, por lo que puede orbitar
al planeta sin encender motores, indefinidamente. Los dos cohetes
que ayudan a impulsar al orbitador regresan suspendidos de paracaídas
y son reutilizados en posteriores misiones.
Al momento del despegue, la baja temperatura del combustible líquido
mantenido en el tanque exterior hace que se forme hielo en las paredes
del transbordador, pero inmediatamente después de encender
los cinco poderosos motores, la temperatura es tan alta que es necesario
rociar un millón de litros de agua al foso de la plataforma
de despegue, para evitar que se fundan algunas partes del equipo
involucrado. Los gases de la combustión durante los primeros
segundos son de tal magnitud, que la nube que forman ocupa tres
kilómetros de amplitud.
Además de los grandes motores mencionados, cada transbordador
(Columbia, Discovery, Endeavour y Atlantis -el Challenger explotó
en 1986), cuenta con cuarenta y cuatro pequeños cohetes que
eyectan gas comprimido, permitiendo realizar maniobras relacionadas
con su posicionamiento en el espacio, a efectos de corregir la ruta,
o acoplarse con otro vehículo. Cada vez que un cohete es
accionado, el vehículo gira unos pocos centímetros
por el efecto del chorro de gas liberado, y como están distribuidos
tanto en la Proa (porción delantera) como en la Popa (porción
trasera) del vehículo, permiten maniobrar en cualquier dirección.
La precisión es imprescindible cuando se trata de realizar
ciertas maniobras, como acoplarse con la Estación Orbital
rusa MIR, viajando a 28.962 kilómetros por hora y a más
de doscientos kilómetros de distancia respecto del planeta.
Esta estación rusa, por cierto, lleva más de doce
años prestando servicio en el espacio alrededor de nuestro
planeta y en poco tiempo será reemplazada por una Estación
Orbital más grande y moderna, de carácter internacional,
que ya está siendo ensamblada. Recientemente fueron transportados
al espacio donde será armada, dos de sus porciones, una por
parte de los rusos y otra por parte de los estadounidenses. La Estación
MIR estaba diseñada para ser desechada el año pasado,
pero a pesar de que ya pasó su tiempo de vida programado
y de un choque por un mal acoplamiento, que le ocasionó algunos
daños, los rusos la mantienen en funcionamiento, ya que cuesta
250 millones de dólares anuales, en tanto que cada misión
del transbordador consume más de 500 millones de dólares.
En esa estación se han impuesto records de permanencia en
el espacio, 416 días es el máximo hasta ahora, y un
mismo cosmonauta ha visto transcurrir dos Navidades estando en la
MIR. Cuando la Estación MIR reingrese a nuestra atmósfera
va a producir un extraordinario espectáculo visual, -si ocurre
de noche-, una de las mayores "estrellas fugaces" que
la humanidad haya visto.
Por supuesto que, luego de tan prolongados períodos sin experimentar
la gravedad terrestre, los músculos se atrofian y estos cosmonautas
deben ser trasladados en camilla a su regreso, ya que sus piernas
no los pueden sostener. Los problemas de la atrofia muscular y de
la pérdida de calcio en los huesos, son parte de las interrogantes
que se plantean los científicos enfrentados al reto de realizar
viajes a planetas distantes, cuya duración sería de
años. Mención aparte merecen los problemas derivados
del aislamiento, para el equilibrio mental de los viajeros espaciales,
acostumbrados como cualquiera de nosotros a una interrelación
-social y ambiental- múltiple y constante.
Dentro del transbordador hay una atmósfera controlada en
todos sus elementos; presión, humedad, temperatura, y el
aire se renueva cada siete minutos. Se utiliza mucha agua en las
labores a bordo, y el agua que se desecha es expulsada al exterior,
donde queda flotando en forma de pequeñas partículas
de hielo, ya que en el espacio las temperaturas son muy bajas. Actualmente
se estudia la manera de producir, mediante bioingeniería,
bacterias capaces de digerir la ropa interior desechable que usen
los astronautas, para reducir el volumen de lo que se va acumulando
en forma de basura en travesías que tienden a alargarse en
el tiempo. Las tripulaciones también aumentan su número,
de dos en la primera misión, ya alcanza a siete en misiones
normales del transbordador. Todo es controlado por cinco computadoras
idénticas a bordo, cada maniobra es chequeada por las computadoras
propias y por las que están en el Centro de Control en tierra.
Hay 3.200 kilómetros de cables que conectan miles de circuitos
en cada una de esas maravillosas naves. Frecuentemente se realizan
maniobras sin la participación de los tripulantes, las computadoras
se encargan de realizar los miles de cálculos necesarios
y toman las decisiones en centésimas de segundos, sin molestar
ni preocupar a los astronautas. Para que ello sea posible, 300 programadores
han elaborado específicas instrucciones para cada misión
(420.000 líneas escritas para cada vuelo), y para evitar
errores, cada misión se ensaya "virtualmente",
antes del lanzamiento real correspondiente.
En el espacio la fuerza de gravedad terrestre se reduce a casi nada,
por lo que los astronautas -y cualquier objeto en el transbordador-
flotan. Esto obliga a diseños especiales en lo concerniente
a los equipos y utensilios para comer, bañarse, orinar y
evacuar, dormir, etc. Hubo inclusive una licitación singular
para determinar cual refresco enlatado iría al espacio, ya
que la lata debía llenar ciertos requisitos referidos a la
ingravidez del ambiente dentro del orbitador.
Para regresar, el transbordador debe desacelerar gradualmente hasta
alcanzar cada vez órbitas más bajas y por último
ser atraído por nuestra gravedad. Recordemos que por Gravitación
Universal está girando alrededor de la Tierra a más
de 28.000 Kph y realiza una vuelta en torno al planeta cada hora
y media. El mayor peligro del reingreso lo representa el intenso
calor que genera el choque del vehículo con millones de moléculas
gaseosas, que eleva la temperatura a 1.650 grados centígrados.
Los meteoritos al entrar a nuestra atmósfera se queman y
desintegran, produciendo el fenómeno de las hermosas "estrellas
fugaces", que podemos ver de noche. Para reducir el efecto
del extremo calor, el vehículo espacial es recubierto con
34.000 baldosas de alta resistencia térmica, cada una diferente
a las demás, diseñada para adaptarse a una específica
área del fuselaje externo. Como las partes que más
se calientan son el morro alrededor de la cabina y los bordes de
las alas delta, estas áreas se recubren con 9.000 baldosas
de carbono reforzado. El resto de las baldosas son de sílice
(vidrio), y todas son colocadas a mano, con una pega especial y
permitiendo un pequeño espacio entre ellas para que la dilatación
y contracción por los cambios de temperatura no las rompan.
Es tal su velocidad al ingresar a la baja atmósfera que se
producen dos ondas de choque, al romper la barrera del sonido. El
transbordador se transforma entonces en un gigantesco planeador,
a 4.800 Kph. Recorre ese último trayecto piloteado manualmente,
disminuyendo progresivamente su velocidad, hasta tocar pista a 300
Kph, en la Base Andrews, situada en el estado occidental de California,
USA. Allí se le coloca encima de un avión 747 y es
llevado de vuelta al estado de Florida, para ponerlo en forma y
lanzarlo en su próxima misión al espacio.
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