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Historia
Inmediata
"... Hemos guardado un silencio bastante parecido a la estupidez
..."
(Proclama insurrecional de la Junta Tuitiva en la ciudad de La
Paz, 16 de julio de 1809).
INTRODUCCIÓN:
CIENTO VEINTE MILLONES DE NIÑOS EN EL CENTRO DE LA TORMENTA
La división
internacional del trabajo consiste en que unos países se
especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo,
que hoy llamamos América Latina, fue precoz: se especializó
en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento
se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes
en la garganta. Pasaron los siglos y América Latina perfeccionó
sus funciones. Este ya no es el reino de las maravillas donde
la realidad derrota a la fábula y la imaginación
era humillada por los trofeos de la conquista, los yacimientos
de oro y las montañas de plata. Pero la región sigue
trabajando de sirvienta. Continúa existiendo al servicio
de las necesidades ajenas, como fuente de reservas del petróleo
y el hierro, el cobre y la carne, las frutas y el café,
las materias primas y los alimentos con destino a los países
ricos que ganan consumiéndolos, mucho más de lo
que América Latina gana produciéndolos. Son mucho
más altos los impuestos que cobran los compradores que
los precios que reciben los vendedores; y al fin y al cabo, como
declaró en julio de 1968 Covey T. Oliver, coordinador de
la Alianza para el progreso, "hablar de precios justos en
la actualidad es un concepto medieval. Estamos en plena época
de la libre comercialización..."
Cuanta más libertad se otorga a los negocios, más
cárceles se hace necesario construir para quienes padecen
los negocios.
Nuestros sistemas de inquisidores y verdugos no sólo funcionan
para el mercado externo dominante; proporcionan también
caudalosos manantiales de ganancias que fluyen de los empréstitos
y las inversiones extranjeras en los mercados internos dominados.
"Se ha oído hablar de concesiones hechas por América
latina al capital extranjero, pero no de las concesiones hechas
por los Estados Unidos al capital de otros países ... es
que nosotros no damos concesiones", advertía, allá
por 1913, el presidente norteamericano Woodrow Wilson.
Él estaba seguro: "Un país -decía- es
poseído y dominado por el capital que en él se haya
invertido". Y tenía razón. Por el camino hasta
perdimos el derecho de llamarnos americanos, aunque los haitianos
y los cubanos ya habían asomado a la historia, como pueblos
nuevos, un siglo antes que los peregrinos del Mayflower se establecieran
en las costas de Plymouth. Ahora América es, para el mundo,
nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a
lo sumo, una sub América, una América de segunda
clase, de nebulosa identificación.
Es América Latina, la región de las venas abiertas.
Desde el descubrimiento hasta nuestros días, todo se ha
trasmutado siempre en capital europeo o, más tarde, norteamericano,
y como tal se ha acumulado y se acumula en los lejanos centros
de poder. Todo: la tierra, sus frutos y sus profundidades ricas
en minerales, los hombres y su capacidad de trabajo y de consumo,
los recursos naturales y los recursos humanos. El modo de producción
y la estructura de clases de cada lugar han sido sucesivamente
determinados, desde fuera, por su incorporación al engranaje
universal del capitalismo. A cada cual se le ha asignado una función,
siempre en beneficio del desarrollo de la metrópoli extranjera
de turno, y se ha hecho infinita la cadena de las dependencias
sucesivas, que tiene mucho más de dos eslabones, y que
por cierto también comprende, dentro de América
Latina, la opresión de los países pequeños
por sus vecinos mayores y, fronteras adentro de cada país,
la explotación que las grandes ciudades y los puertos ejercen
sobre sus fuentes internas de víveres y mano de obra. (Hace
cuatro siglos, ya habían nacido dieciséis de las
veinte ciudades latinoamericanas más pobladas de la actualidad).
Para quienes conciben la historia como una competencia, el atraso
y la miseria de América Latina no son otra cosa que el
resultado de su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre
que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos:
la historia del subdesarrollo de América Latina integra,
como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial.
Nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria
ajena; nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para
alimentar la prosperidad de otros: los imperios y sus caporales
nativos. En la alquimia colonial y neocolonial, el oro se transfigura
en chatarra, y los alimentos se convirtieron en veneno.
Potosí,
Zacatecas y Oruro Preto cayeron en picada desde la cumbre de los
esplendores de los metales preciosos al profundo agujero de los
socavones vacíos, y la ruina fue el destino de la pampa
chilena del salitre y de la selva amazónica del caucho;
el nordeste azucarero de Brasil, los bosques argentinos del quebracho
o ciertos pueblos petroleros del lago Maracaibo tienen dolorosas
razones para creer en la mortalidad de las fortunas que la naturaleza
otorga y el imperialismo usurpa. La lluvia que irriga a los centros
del poder imperialista ahoga los vastos suburbios del sistema.
Del mismo modo, y simétricamente, el bienestar de nuestras
clases dominantes -dominantes hacia dentro, dominadas desde fuera-
es la maldición de nuestras multitudes condenadas a una
vida d bestias de carga.
La brecha se extiende. Hacia mediados del siglo anterior, el nivel
de vida de los países ricos del mundo excedía en
un cincuenta por ciento el nivel de los países pobres.
El desarrollo desarrolla la desigualdad: Richard Nixon anunció,
en abril de 1969, en discurso ante la OEA, que a fines del siglo
veinte el ingreso per capita en Estados Unidos sería quince
veces más alto que el ingreso en América Latina.
La fuerza del conjunto del sistema imperialista descansa en la
necesaria desigualdad de las partes que lo forman, y esa desigualdad
asume magnitudes cada vez más dramáticas. Los países
opresores se hacen cada vez más ricos en términos
absolutos, pero mucho más en términos relativos,
por el dinamismo de la disparidad creciente. El capitalismo central
puede darse el lujo de crear y creer sus propios mitos de opulencia,
pero los mitos nos se comen, y bien lo saben los países
pobres que constituyen el basto capitalismo periférico.
El ingreso promedio de un ciudadano norteamericano es siete veces
mayor que el de un latinoamericano y aumenta a un ritmo diez veces
más intenso. Y los promedios engañan, por los insondables
abismos que se abren, al sur del río Bravo, entre los muchos
pobres y los pocos ricos de la región. En la cúspide,
en efecto, seis millones de latinoamericanos acaparan, según
las Naciones Unidas, el mismo ingreso que ciento cuarenta millones
de personas ubicadas en la base de la pirámide social.
Hay sesenta millones de campesinos cuya fortuna asciende a veinticinco
centavos de dólar por día; en el otro extremo los
proxenetas de la desdicha se dan el lujo de acumular cinco millones
de dólares en sus cuentas privadas de Suiza o Estados Unidos,
y derrochan en la ostentación y el lujo estéril
¾ofensa y desafío¾ y en las inversión
total, los capitales que América Latina podría destinar
a la reposición, ampliación y creación de
fuentes de producción y trabajo.
Incorporadas desde siempre a la constelación del poder
imperialista, nuestras clases dominantes no tienen el menor interés
en averiguar si el patriotismo podría resultar más
rentable que la traición o si la mendicidad es la única
forma posible de la política internacional. Se hipoteca
la soberanía porque "no hay otro camino"; las
coartadas de la oligarquía confunden interesadamente la
impotencia de una clase social con el presunto vacío de
destino de cada nación.
Josué de Castro declara: "Yo, que he recibido un premio
internacional de la paz, pienso que, infelizmente, no hay otra
solución que la violencia para América Latina".
Ciento veinte millones de niños se agitan en el centro
de esta tormenta. La población de América latina
crece como ninguna otra; en medio siglo se triplicó con
creces. Cada minuto muere un niño de enfermedad o hambre,
pero en el año 2000 habrá seiscientos cincuenta
millones de latinoamericanos, y la mitad tendrá menos de
quince años de edad: una bomba de tiempo.
Entre los doscientos ochenta millones de latinoamericanos que
hay, a fines de 1970, cincuenta millones de desocupados o sub
ocupados y cerca de cien millones de analfabetos; la mitad de
los latinoamericanos vive apiñados en viviendas insalubres.
Los tres mayores mercados de América Latina ¾Argentina,
Brasil y México¾ no alcanzan a igualar, sumados,
la capacidad de consumo de Francia o de Alemania occidental, aunque
la población reunida de nuestros tres grandes excede largamente
a la de cualquier país europeo. América Latina produce
hoy día, en relación con la población, menos
alimentos que antes de la última guerra mundial, y sus
exportaciones per capita han disminuido tres veces, a precios
constantes, desde la víspera de la crisis de 1929. El sistema
es muy racional desde el punto de vista de sus dueños extranjeros
y de nuestra burguesía de comisionistas, que ha vendido
el alma al Diablo a un precio que hubiera avergonzado a Fausto.
Pero el sistema es tan irracional para todos los demás
que cuanto más se desarrolla más agudiza sus desequilibrios
y sus tensiones, sus contradicciones ardientes. Hasta la industrialización,
dependiente y tardía, que cómodamente coexiste con
el latifundio y las estructuras de la desigualdad, contribuye
a sembrar la desocupación en vez de ayudar a resolverla.
Se extiende la pobreza y se concentra la riqueza en esta región
que cuenta con inmensas legiones de brazos caídos que se
multiplican sin descanso. Nuevas fábricas se instalan en
los polos privilegiados de desarrollo -Sao Paulo, Buenos Aires,
la ciudad de México- pero menos mano de obra se necesita
cada vez. El sistema no ha previsto esta pequeña molestia:
lo que sobra es gente. Y la gente se reproduce. Se hace el amor
con entusiasmo y sin precauciones. Cada vez queda más gente
a la vera del camino, sin trabajo en el campo, donde el latifundio
reina con sus gigantescos eriales, y sin trabajo en la ciudad,
donde reinan las máquinas: el sistema vomita hombres. Las
misiones norteamericanas esterilizan masivamente mujeres y siembran
píldoras, diafragmas, espirales, preservativos y almanaques
marcados, pero cosechan niños; porfiadamente, los niños
latinoamericanos continúan naciendo, reivindicando su derecho
natural a obtener un sitio bajo el sol en estas tierras espléndidas
que podrían brindar a todos lo que a casi todos niegan.
A principios de noviembre de 1968, Richard Nixon comprobó
en voz alta que la Alianza para el Progreso había cumplido
siete años de vida y, sin embargo, se habían agravado
la desnutrición y la escasez de alimentos en América
Latina. Pocos meses antes, en abril, George W. Ball escribía
en Life: "Por lo menos durante las próximas décadas,
el descontento de las naciones más pobres no significará
una amenaza de destrucción del mundo. Por vergonzoso que
sea, el mundo ha vivido, durante generaciones, dos tercios pobre
y un tercio rico. Por injusto que sea, es limitado el poder de
los países pobres". Ball había encabezado la
delegación de los Estados Unidos a la Primera Conferencia
de Comercio y Desarrollo en Ginebra, y había votado contra
nueve de los doce principios generales aprobados por la conferencia
con el fin de aliviar las desventajas de los países subdesarrollados
en el comercio internacional.
Son secretas las matanzas de la miseria en América Latina;
cada año estallan, silenciosamente, sin estrépito
alguno, tres bombas de Hiroshima sobre estos pueblos que tienen
la costumbre de sufrir con los dientes apretados.
Esta violencia sistemática, no aparente pero real, va en
aumento: sus crímenes no se difunden en la crónica
roja, sino en las estadísticas de la FAO. Ball dice que
la impunidad es todavía posible, porque los pobres no pueden
desencadenar la guerra mundial, pero el Imperio se preocupa: incapaz
de multiplicar los panes, hace lo posible por suprimir a los comensales.
"Combata la pobreza, ¡mate a un mendigo!", garabateó
un maestro del humor negro sobre un muro de la ciudad de La Paz.
¿Qué se proponen los herederos de Malthus sino matar
a todos los próximos mendigos antes de que nazcan? Robert
McNamara, el presidente del Banco Mundial que había sido
presidente de la Ford y Secretario de Defensa, afirma que la explosión
demográfica constituye el mayor obstáculo para el
progreso de América Latina y anuncia que el Banco Mundial
otorgará prioridad, en sus préstamos, a los países
que apliquen planes para el control de la natalidad. McNamara
comprueba con lástima que los cerebros de los pobres piensan
un veinticinco por ciento menos, y los tecnócratas del
Banco Mundial (que ya nacieron) hacen zumbar las computadoras
y generan complicadísimos trabalenguas sobre las ventajas
de no nacer: "Si un país en desarrollo que tiene una
renta media per capita de 150 a 200 dólares anuales logra
reducir su fertilidad en un 50 por ciento en un período
de 25 años, al cabo de 30 años su renta per capita
será superior por lo menos en un 40 por ciento al nivel
que hubiera alcanzado de lo contrario, y dos veces más
elevada al cabo de 60 años", asegura uno de los documentos
del organismo. Se ha hecho célebre la frase de Lyndon Johnson:
"Cinco dólares invertidos contra el crecimiento de
la población son más eficaces que den dólares
invertidos en el crecimiento económico". Dwight Eisenhower
pronosticó que si los habitantes de la tierra seguían
multiplicándose al mismo ritmo no sólo se agudizaría
el peligro de la revolución, sino que además se
produciría "una degradación del nivel de vida
de todos los pueblos, el nuestro inclusive".
Los Estados Unidos no sufren, fronteras adentro, el problema de
la explosión de la natalidad, pero se preocupan como nadie
por difundir e imponer, en los cuatro puntos cardinales, la planificación
familiar. No sólo el gobierno; también Rockefeller
y la Fundación Ford padecen pesadillas con millones de
niños que avanzan, como langostas, desde los horizontes
del Tercer Mundo. Platón y Aristóteles se habían
ocupado del tema antes que Malthus y McNamara; sin embargo, en
nuestros tiempos, toda esta ofensiva universal cumple una función
bien definida: se propone justificar la muy desigual distribución
de la renta entre los países y entre las clases sociales,
convencer a los pobres de que la pobreza es el resultado de los
hijos que no se evitan y poner un dique al avance de la furia
de las masas en movimiento y rebelión.
Los dispositivos intrauterinos compiten con las bombas y la metralla,
en el sudeste asiático, en el esfuerzo por detener el crecimiento
de la población de Vietnam. En América Latina resulta
más higiénico y eficaz matar a los guerrilleros
en los úteros que en las sierras o en las calles. Diversas
misiones norteamericanas han esterilizado a millares de mujeres
en la Amazonía, pese a que ésta es la zona habitable
más desierta del planeta. En la mayor parte de los países
latinoamericanos, la gente no sobra: falta. Brasil tiene 38 veces
menos habitantes por kilómetro cuadrado que Bélgica;
Paraguay, 49 veces menos que Inglaterra; Perú, 32 veces
menos que Japón. Haití y El Salvador, hormigueros
humanos de América Latina, tienen una densidad de población
menor que la de Italia. Los pretextos invocados ofenden la inteligencia;
las intenciones reales encienden la indignación. Al fin
y al cabo, no menos de la mitad de los territorios de Bolivia,
Brasil, Chile, Ecuador, Paraguay y Venezuela está habitada
por nadie. Ninguna población latinoamericana crece menos
que la del Uruguay, país de viejos, y sin embargo ninguna
otra nación ha sido tan castigada, en los años recientes,
por una crisis que parece arrastrarla al último círculo
de los infiernos. Uruguay está vacío y sus praderas
fértiles podrían dar de comer a una población
infinitamente mayor que la que hoy padece, sobre su suelo, tantas
penurias. Hace más de un siglo, un canciller de Guatemala
había sentenciado proféticamente:
"Sería curioso que del seno mismo de los Estados Unidos,
de donde nos viene el mal, naciese también el remedio".
Muerta y enterrada la Alianza para el Progreso, el Imperio propone
ahora, con más pánico que generosidad, resolver
los problemas de América Latina eliminando de antemano
a los latinoamericanos.
En Washington tienen ya motivos para sospechar que los pueblos
pobres no prefieren ser pobres. Pero no se puede querer el fin
sin querer los medios: quienes niegan la liberación de
América Latina, niegan también nuestro único
renacimiento posible, y de paso absuelven a las estructuras en
vigencia.
Los jóvenes se multiplican, se levantan, escuchan: ¿qué
les ofrece la voz del sistema? El sistema habla un lenguaje surrealista:
propone evitar los nacimientos en estas tierras vacías;
opina que faltan capitales en países donde los capitales
sobran pero se desperdician; denomina ayuda a la ortopedia deformante
de los empréstitos y al drenaje de riquezas que las inversiones
extranjeras provocan; convoca a los latifundistas a realizar la
reforma agraria y a la oligarquía a poner en práctica
la justicia social. La lucha de clases no existe -se decreta-
más que por culpa de los agentes foráneos que la
encienden, pero en cambio existen las clases sociales, y a la
opresión de unas por otras se la denomina el estilo occidental
de vida. Las expediciones criminales de los marines tienen por
objeto restablecer el orden y la paz social, y las dictaduras
adictas a Washington fundan en las cárceles el estado de
derecho y prohíben las huelgas y aniquilan los sindicatos
para proteger la libertad de trabajo.
¿Tenemos todo prohibido, salvo cruzarnos de brazos? La
pobreza no está escrita en los astros; el subdesarrollo
no es el fruto de un oscuro designio de Dios. Corren años
de revolución, tiempos de redención. Las clases
dominantes ponen las barbas en remojo, y a la vez anuncian el
infierno para todos. En cierto modo, la derecha tiene razón
cuando se identifica a sí misma con la tranquilidad y el
orden, es el orden, en efecto, de la cotidiana humillación
de las mayorías, pero orden al fin: la tranquilidad de
que la injusticia siga siendo injusta y el hambre hambrienta.
Si el futuro se transforma en una caja de sorpresas, el conservador
grita, con toda razón: "Me han traicionado".
Y los ideólogos de la impotencia, los esclavos que se miran
a sí mismos con los ojos del amo, no demoran en hacer escuchar
sus clamores. El águila de bronce del Maine, derribada
el día de la victoria de la revolución cubana, yace
ahora abandonada, con las alas rotas, bajo un portal del barrio
viejo de La Habana. Desde Cuba en adelante, también otros
países han iniciado por distintas vías y con distintos
medios la experiencia del cambio: la perpetuación del actual
orden de cosas es la perpetuación del crimen.
Los fantasmas de todas las revoluciones estranguladas o traicionadas
a lo largo de la torturada historia latinoamericana se asoman
en las nuevas experiencias, así como los tiempos presentes
habían sido presentidos y engendrados por las contradicciones
del pasado. La historia es un profeta con la mirada vuelta hacia
atrás: por lo que fue, y contra lo que fue, anuncia lo
que será.
Por eso en este libro, que quiere ofrecer una historia del saqueo
y a la vez contar cómo funcionan los mecanismos actuales
del despojo, aparecen los conquistadores en las carabelas y, cerca,
los tecnócratas en los jets, Hernán Cortés
y los infantes de marina, los corregidores del reino y las misiones
del Fondo Monetario Internacional, los dividendos de los traficantes
de esclavos y las ganancias de la General Motors. También
los héroes derrotados y las revoluciones de nuestros días,
las infamias y las esperanzas muertas y resurrectas: los sacrificios
fecundos. Cuando Alexander von Humboldt investigó las costumbres
de los antiguos habitantes indígenas de la meseta de Bogotá,
supo que los indios llamaban quihica a las víctimas de
las ceremonias rituales. Quihica significaba puerta: la muerte
de cada elegido abría un nuevo ciclo de ciento ochenta
y cinco lunas.
PRIMERA PARTE
LA POBREZA DEL HOMBRE COMO RESULTADO DE LA RIQUEZA DE LA TIERRA
FIEBRE DEL ORO
FIEBRE DEL
ORO, FIEBRE DE LA PLATA: El signo de la cruz en las empuñaduras
de las espadas
Cuando Cristóbal Colón se lanzó a atravesar
los grandes espacios vacíos al oeste de la Ecúmene,
había aceptado el desafío de las leyendas.
Tempestades horribles jugarían con sus naves, como si fueran
cáscara de nuez, y las arrojarían a las bocas de
los monstruos; la gran serpiente de los mares tenebrosos, hambrienta
de carne humana, estaría la acecho. Solo faltaban mil años
para que los fuegos purificadores del Juicio Final arrasaran el
mundo, según creían los hombre del siglo XV, y el
mundo era entonces el mar Mediterráneo con sus costas de
ambigua proyección hacia el África y Oriente. Los
navegantes portugueses aseguraban que el viento del oeste traería
cadáveres extraños y a veces arrastraba leños
curiosamente tallados, pero nadie sospechaba que el mundo sería,
asombrosamente multiplicado.
América no solo carecía de nombre. Los noruegos
no sabían que la habían descubierto hacía
largo tiempo, y el propio Colón murió, después
de sus viajes, todavía convencido de que había llegado
al Asia por la espalda. En 1492, cuando la bota española
se clavó por primera vez en las arenas de las Bahamas,
el Almirante creyó que estas islas eran una avanzada de
Japón. Colón llevaba consigo un ejemplar de libro
de Marco Polo, cubierto de anotaciones en los márgenes
de las páginas. Los habitantes de Cipango decía
Marco Polo, "poseen oro en enorme abundancia y las minas
donde lo encuentran no se agotan jamás... También
hay en esta isla de perlas del más puro gran tamaño
y sobrepasan en valor a las perlas blancas". La riqueza de
Cipango había llegado a oídos del Gran Khan Kublai,
había despertado en su pecho el deseo de conquistarla:
él había fracasado. De las fulgurantes páginas
de Marco Polo se echaban al vuelo islas en el mar de la India
con montañas de oro y perlas, y doce clases de especias
en cantidades inmensas, además de la pimienta blanca y
negra.
La pimienta, el jengibre, el clavo de olor, la nuez moscada y
la canela eran tan codiciados como la sal para conservar la carne
en invierno sin que se pudriera y ni perdiera sabor. Los Reyes
Católicos de España decidieron financiar la aventura
del acceso directo a las fuentes, para liberarse de la onerosa
cadena de intermediarios y revendedores que acaparaban el comercio
de las especias y las plantas tropicales, las muselinas y las
armas blancas que provenían de las misteriosas regiones
del oriente. El afán de metales preciosos, medio pago para
el tráfico comercial, impulsó también la
travesía de los mares malditos. Europa entera necesitaba
plata; ya casi estaban exhaustos los filones de Bohemia, Sajonia
y Tiro.
España vivía el tiempo de la reconquista. 1492 fue
el año del descubrimiento de América, el nuevo mundo
nacido de aquella equivocación de consecuencias grandiosas.
Fue también el año de la recuperación de
Granada, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, que habían
superado con su matrimonio el desgarramiento de sus dominios,
abatieron a comienzos de 1492 el último reducto de la religión
musulmana en el suelo español. Había costado casi
ocho siglos recobrar lo que se había perdido en siete años,
y la guerra de reconquista había agotado el tesoro real.
Pero esta era una guerra santa, la guerra cristiana contra el
Islam, y no es casual, además, que en ese mismo año,
1492, ciento cincuenta mil judíos declarados fueron expulsados
del país.
España adquiría realidad como nación alzando
espadas cuyas empuñaduras dibujaban el signo de la cruz.
La reina Isabel se hizo madrina de la Santa Inquisición.
La hazaña del descubrimiento de América no podría
explicarse sin la tradición militar de guerra de cruzadas
que imperaba en la Castilla medieval, y la Iglesia no se hizo
rogar para dar carácter sagrado a las conquistas de las
tierras incógnitas del otro lado del mar. El papa Alejandro
VI, que era valenciano, convirtió a la reina Isabel en
dueña y señora del Nuevo Mundo. La expansión
del reino de Castilla ampliaba el reino de Dios sobre la tierra.
Tres años
después del descubrimiento, Cristóbal Colón
dirigió en persona la campaña militar contra los indígenas
de la Dominicana. Un puñado de caballeros, doscientos infantes
y unos cuantos perros especialmente adiestrados para el ataque diezmaron
a los indios. Más de quinientos, enviados de España,
fueron vendidos como esclavos en Sevilla y murieron miserablemente.
Pero algunos teólogos protestaron y la esclavización
de los indios fue formalmente prohibida al nacer el siglo XVI. En
realidad, no fue prohibida sino bendita: antes de cada entrada militar,
los capitanes de conquista debían leer a los indios, ante
escribano público, un extenso y retórico Requerimiento
que los exhortaba a convertirse a la santa fe católica: "Si
no lo hiciereis, o en ello dilación maliciosa pusiereis,
certificados que con la ayuda de Dios yo entraré poderosamente
contra vosotros y vos haré guerra por todas las partes y
manera que yo pudiere, y os sujetaré al yugo y obediencia
de la Iglesia y de Su Majestad y tomaré vuestras mujeres
e hijos y los haré esclavos, y como tales los venderé
y dispondré de ellos como Su Majestad mandare, y os tomaré
vuestros bienes y os haré todos los males y daños
que pudiere..." (Daniel Vidart, ideología y realidad
de América, Montevideo, 1968).
América era el vasto imperio del Diablo, de redención
imposible o dudosa, pero la fanática misión contra
la herejía de los nativos se confundía con la fiebre
que desataba, en las huestes de las conquistas, el brillo de los
tesoros del Nuevo Mundo, Bernal Díaz del Castillo, fiel compañero
de Hernán Cortés en la conquista de México,
escribe que han llegado a América "por servir a Dios
y a Su Majestad y también por haber riquezas".
Colón quedó deslumbrado, cuando alcanzó el
atolón de San Salvador, por la colorida transparencia del
Caribe, el paisaje verde, la dulzura y la limpieza del aire, los
pájaros espléndidos y los mancebos "de buena
estatura, gente muy hermosa" y " harto mansa" que
allí habitaba. Regaló a los indígenas "
unos bonetes colorados y unas cuentas de vidrio que se ponían
al pescuezo, y otras cosas muchas de poco valor con que hubieron
mucho placer y quedaron tanto nuestros que era maravilla".
Les mostró las espadas. Ellos no las conocían, las
tomaban por el filo, se cortaban. Mientras tanto, cuenta el Almirante
en su diario de navegación, "yo estaba atento y trabajaba
de saber si había oro, y vide que algunos de ellos traían
un pedazuelo colgando en un agujero que tenían a la nariz,
y por señas pude entender que yendo al Sur o volviendo a
la isla por el Sur, que estaba allí un Rey que tenía
grandes vasos ello, y tenía muy mucho". Porque "del
oro se hace tesoros, y con él quien lo tiene hace cuanto
quiere en el mundo y llega a que echa las ánimas al Paraíso".
En su tercer viaje Colón seguía creyendo que andaba
por el mar de la China cuando entro en las costas de Venezuela;
ello no le impidió informar que desde allí se extendía
una tierra infinita que subía hacia el Paraíso Terrenal.
También Américo Vespucio, explorador del litoral de
Brasil mientras nacía el siglo XVI, relataría a Lorenzo
de Médicis: "Los árboles son de tanta belleza
y tanta blandura que nos sentíamos estar en el Paraíso
Terrenal... " . con despecho escribía Colón a
los reyes, desde Jamaica, en 1503: " cuando yo descubrí
las indias, dije que eran el mayor señorío rico que
hay en el mundo. Yo dije del oro, las perlas, piedra preciosas,
especierías... "
Una sola bolsa de pimienta valía, en el medioevo, más
que la vida de un hombre, pero el oro y la plata eran las llaves
que el Renacimiento empleaba para abrir las puertas del paraíso
en el cielo y las puertas del mercantilismo capitalista en la tierra.
La epopeya de los españoles y los portugueses en América
combinó la propagación de la fe cristiana con la usurpación
y el saqueo de las riquezas nativas. El poder europeo se extendía
para abrazar el mundo. Las tierras vírgenes, densas de selvas
y de peligros, encendían la codicia de los capitanes, los
hidalgos caballeros y los soldados en harapos lanzados a la conquista
de los espectaculares botines de guerra: creían en la gloria,
"el sol de los muertos", y en la audacia. "A los
osados ayuda tortura", decía Cortés. El propio
Cortés había hipotecado todos sus bienes personales
para equipar la expedición a México. Salvo contadas
excepciones como fue el caso de Colón o Magallanes, las aventuras
no eran costeadas por el Estado, sino por los conquistadores mismos,
o por los mercaderes y banqueros que los financiaban.
Nació el mito de El dorado, el monarca bañado en oro
que los indígenas inventaron para alejar a los intrusos:
desde Gonzalo Pizarro hasta Walter Raleigh, muchos lo persiguieron
en vano por las selvas y las aguas del Amazonas y el Orinoco.
El espejismo del "cerco que manaba plata" se hizo realidad
en 1545, con el descubrimiento de Potosí, pero antes habían
muerto vencidos por el hambre y por la enfermedad o atravesados
a flechazos por los indígenas, muchos de los expedicionarios
que intentaron, infructuosamente, dar alcance al manantial de la
plata remontando el río Paraná.
Había, sí, oro y plata en grandes cantidades, acumulados
en la meseta de México y en el altiplano andino. Hernán
Cortés reveló para España, en 1519, la fabulosa
magnitud del tesoro azteca de Moctezuma, y quinde años después
llegó a Sevilla el gigantesco rescate, un aposento lleno
de oro y dos de plata, que Francisco Pizarro hizo pagar al inca
Atahualpa antes de estrangularlo. Años antes, con el oro
arrancado de las Antillas había pagado la Corona de servicios
de los marinos que habían acompañado a Colón
en su primer viaje.
Finalmente, la población de las islas del Caribe dejó
de pagar tributos, porque desapareció: los indígenas
fueron completamente exterminados en los lavaderos de oro, en la
terrible tarea de revolver las arenas auríferas con el cuerpo
a medias sumergido en el agua, o roturando los campos hasta más
allá de la extenuación, con la espada doblada sobre
los pesados instrumentos de labranza traídos desde España.
Muchos indígenas de la Dominicana se anticipaban al destino
impuesto por sus nuevos opresores blancos: mataban a sus hijos y
se suicidaban en masa. El cronista oficial Fernández de Oviedo
interpretaba así, a mediados del siglo XVI, el holocausto
de los antillanos: muchos de ellos, por su pasatiempo, se mataron
con ponzoña por no trabajar, y otros se ahorcaron por sus
manos propias" .
Retornaban
los dioses con las armas secretas
A su paso por Tenerife, durante su primer viaje, había
presenciado Colón una formidable erupción volcánica.
Fue como un presagio de todo lo que vendría después
en las inmensas tierras nuevas que iban a interrumpir la ruta
occidental hacia el Asia. América estaba allí, adivinaba
desde sus costas infinitas; la conquista se extendió, en
oleadas, como una marea furiosa. Los adelantados sucedían
a los almirantes y las tripulaciones se convertían en huestes
invasoras. Las bulas del Papa habían hecho apostólica
concesión de África a la corona de Portugal, y a
la corona de Castilla habían otorgado las tierras "desconocidas
como las hasta aquí descubiertas por vuestros enviados
y las que se han de descubrir en lo futuro...". América
había sido donada a la reina Isabel. En 1508, una nueva
bula concedió a la corona española, a perpetuidad,
todos los diezmos recaudados en América: el codiciado patronato
universal sobre la Iglesia del Nuevo Mundo incluía el derecho
de presentación real de todos los beneficios eclesiásticos.
El Tratado de Tardecillas, suscrito en 1494, permitió a
Portugal ocupar territorios americanos más allá
de la línea divisoria trazada por el Papa, y en 1530 Martín
Alfonso de Souza fundó las primeras poblaciones portuguesas
en Brasil, expulsando a los franceses. Ya para entonces los españoles,
atravesando selvas infernales y desiertos infinitos, habían
avanzado mucho en el proceso de la exploración y la conquista.
En 1513, el Pacífico resplandecía ante los ojos
de Vasco Núñez de Balboa; en el otoño de
1522, retornaban a España los sobrevivientes de la expedición
de Hernando de Magallanes que habían unido por primera
vez ambos océanos y habían verificado que el mundo
era redondo al darle la vuelta completa; tres años antes
habían partido de la isla de Cuba, en dirección
a México, las diez naves de Hernán Cortés,
y en 1523 Pedro de Alvarado se lanzó a la conquista de
Centroamérica: Francisco Pizarro entró triunfante
en el Cuzco, en 1533, apoderándose del corazón del
imperio de los incas; en 1540, Pedro de Valdivia atravesaba el
desierto de Atacama y fundaba Santiago de Chile. Los conquistadores
penetraban en el Chaco y revelaban el Nuevo Mundo desde el Perú
hasta las bocas del río más caudaloso del planeta.
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