El Evangelio de este domingo (Mt.13,44-52), nos presenta algunas parábolas que nos hablan del asombro y de la alegría de aquellos que desde la experiencia de la fe descubren “el Reino de Dios”. Nos dice el mismo Señor, que dicha experiencia es como encontrar un tesoro de gran valor y por el cual uno es capaz de vender todo lo que tiene para conseguirlo. También compara al Reino con una perla de gran valor: “Y al encontrar una (perla) de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró” (Mt.13,46).
Desde ya que debe surgirnos la pregunta básica, pero esencial a nuestra condición de cristianos: ¿qué lugar ocupa Cristo y ese Reino que Él nos anuncia en nuestra vida? Podemos entender este mensaje y acceder a este Reino, solamente cuando nos encontramos con el Señor y la puerta que nos permite tener esta experiencia que nos alegra y nos da paz, es la fe. El “tesoro” de los Apóstoles y de los discípulos que alegró definitivamente sus vidas fue encontrarse con el rostro de Jesús resucitado. Ese rostro que los Apóstoles contemplaron después de la resurrección era el mismo de aquel Jesús con quien habían vivido unos tres años y que ahora los se manifestaba mostrándoles “las manos y el costado”. Ciertamente no fue fácil creer. Los discípulos de Emaús creyeron sólo después de un laborioso itinerario del Espíritu (Lc.24,13-35). En realidad aunque vieron ytocaron su cuerpo, solo la fe pudo franquear el misterio de aquel rostro ... A los discípulos, como haciendo un primer balance de su misión, Jesús les pregunta quien dice la gente, que es Él. De hecho recibió varias respuestas que no llegaban a acertar. Algunos dijeron Juan Bautista, otros Elías... Hoy podríamos dar respuestas variadas: un personaje importante del pasado, quizás otros incluso pueden manifestar que es Dios y hombre, pero recitado como una fórmula sin implicancias reales en su propia vida. Solo Pedro acierta la respuesta en el grupo de los Apóstoles: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt.16,16). ¿Cómo llegó Pedro a esta fe? ...Mateo nos da una indicación clarificadora: “No te ha revelado esto la carne, ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo” (Mt.16,17). La fe y la apertura al camino de la gracia que Dios obra nos permite acceder a tener una comprensión de Jesús resucitado y del Reino que Él anuncia.
Hoy hablamos de una “crisis de civilización”. El materialismo y consumismo de continentes que desde antiguo tienen raíces cristianas y que con su poder económico influyen actualmente en nuestra América Latina, han hecho entrar en crisis su propia identidad. En la misma constitución fallida de Europa intencionalmente se eliminó toda mención a sus raíces cristianas. El materialismo y la falta de compromiso en nuestra fe y convicciones dejan espacios a planteos religiosos entre ritualistas, sin compromisos con la realidad y casi siempre alienantes. En nuestra América Latina, Argentina y Misiones, percibimos que hay una fuerte religiosidad y que perduran raíces consistentes en la fe que pueden ser la base para profundizar la Evangelización de la Iglesia. Esto será posible si los cristianos nos disponemos a hacernos planteos de fondo sobre nuestro compromiso: ¿Somos capaces de vender todo con tal de no perder esa perla de gran valor, que es Cristo y su Reino?
Volver a preguntarnos lo esencial del cristianismo siempre será novedoso y el encontrarnos con Jesucristo nos permitirá experimentar lo que nos enseña la parábola que nos habla del “tesoro”. Es cierto que supuestamente somos muchos los cristianos que debemos asumir los desafíos de nuestra realidad, pero lamentablemente a veces no se nota demasiado. En este domingo en que el Señor nos habla del Reino de Dios. Quizá tengamos que preguntarnos cosas muy básicas: ¿los cristianos sabemos que tomamos parte de este Reino o creemos que este tema es exclusivamente para algunos piadosos o piadosas?
En nuestra realidad un tanto difícil, tendremos que pedir el don de la “Fe” para “ver” y necesariamente deberemos buscar “el tesoro” (el Reino de la Parábola), porque el tesoro está.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez