El Evangelio de este domingo (Mt. 14,13-21), nos presenta la multiplicación de los panes que realiza el Señor. El texto señala como la gente seguía a Jesucristo: “Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y compadeciéndose de ella, curó a los enfermos. Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: “Éste es un lugar desierto y ya se hace tarde, despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos”. Pero Jesús les dijo: “No es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos” (Mt.14,14-16). En realidad continúa señalando que “todos comieron hasta saciarse”. Si bien el texto tiene una clara significación eucarística, ampliamente expresado en el capítulo 6 según San Juan, también podemos señalar la preocupación y compasión del Señor y los Apóstoles por la situación concreta de la población, en este caso los enfermos y el hambre.
Inevitablemente desde la acción evangelizadora de la Iglesia aparecen situaciones humanas que en sí mismas son ineludibles y generan la necesidad de buscar caminos y respuestas que lleven a superar el flagelo de la pobreza y la exclusión a tantos hermanitos nuestros en pleno siglo XXI.
En momentos en que se está preparando la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano que será en el 2007, es bueno recordar las preocupaciones expresadas en el documento de Santo Domingo en 1992 y la vigencia del flagelo de la pobreza en América Latina. El texto reflexionaba: “Las estadísticas muestran con elocuencia que en la última década las situaciones de pobreza han crecido tanto en números absolutos como en relativos. Miramos el empobrecimiento de nuestro pueblo no sólo como un fenómeno económico y social, registrado y cuantificado por las ciencias sociales. Lo miramos desde dentro de la experiencia de mucha gente con la que compartimos, como pastores, su lucha cotidiana por la vida. La política de corte neoliberal que predomina hoy (1992), en América Latina y el Caribe profundiza aún más las consecuencias negativas de estos mecanismos” (179).
En aquellos años muchos argentinos de orientación neoliberal y hasta ese momento no afectados por el sistema, criticaban estos diagnósticos que eran hechos desde el magisterio social de la Iglesia y fundamentalmente desde la experiencia del compartir cotidiano con nuestra gente.
Pasaron varios años y hoy como ayer sabemos que no agrada que se señale que la pobreza continúa gravemente instalada en nuestra realidad, aún cuando reconocemos que hemos salido de la profunda crisis institucional de diciembre de 2001. No quiero remitirme tanto al dato estadístico que en temas graves como la desnutrición nos colocan siempre en no menos de un quinto lugar. Quiero señalar pinceladas de la realidad que son fruto del caminar, escuchar y compartir con la gente. Es evidente la multiplicación de barrios y barrios en las grandes y no tan grandes ciudades de nuestra Diócesis, sobre todo Posadas y Oberá. El neoliberalismo de los 90 se caracterizaba por no poner el trabajo como motor social y de desarrollo. En el mejor de los casos subsidiaba la pobreza y la exclusión con asistencialismo. Cuando uno le pregunta a mucha gente de nuestros barrios de que vive, las respuestas se reiteran que sobreviven con diversas formas subsidiadas, planes sociales con diversos nombres o sea “asistencialismo-dependencia”. Otros logran alcanzar algunas changas. También sobreviven con la solidaridad familiar y maneras de ayudas mutuas. Esta realidad es elocuente y lamentablemente debemos señalar que el esquema neoliberal de los 90 “subsiste”, porque el trabajo real, productivo, que da de comer y dignifica a la persona y a las familias es escaso o inexistente sobre todo en los crecientes cordones urbanos de nuestras ciudades. Lo contradictorio es que si bien es cierto que estadísticamente hay un crecimiento económico y de consumo, como toda estadística puede ser engañosa, por estar abultada en un sector y magra para muchos otros que siguen en la inequidad y exclusión. Esto también pasó en los 90.
En medio del fragor del próximo tiempo electoral, será conveniente que los votantes exijamos que los candidatos más que gestos e imagen, presenten propuestas para revertir el flagelo de la pobreza. Es cierto que si en un proyecto no hay una profunda valoración de “la persona” y del “bien común”, dichos proyectos terminan naufragando.
En medio de esta realidad en cada Capilla de barrio, resuenan los problemas, cuando nuestra gente se acerca con sus dolores del corazón y con sus sufrimientos. También se acerca la mendicidad y la pobreza que desfiguran siempre la dignidad humana y pone al descubierto nuestras respuestas precarias. Próximos a celebrar a San Cayetano queremos pedir su intercesión por el trabajo, por el pan y la paz en nuestra familia y sociedad.
En este domingo el Señor les dice a los Apóstoles y hoy a los cristianos y sobre todo a quienes tienen y quieren tener las riendas del País: “Denles ustedes de comer”. El amor, la solidaridad, la honestidad y la justicia pueden ayudar a que se de el milagro de que todos nuestros hermanos estén incluidos.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez