Este domingo continuaremos profundizando sobre la necesidad de ser una Iglesia abierta y misionera. La necesidad de profundizar en esta reflexión se hace necesario especialmente en el camino hacia nuestro primer “Sínodo Diocesano” que celebraremos en 2007. El ser una Iglesia que profundice en la conversión y comunión para ser abierta y misionera es un rasgo indispensable que debemos asumir los cristianos en este inicio de siglo. El abrirnos al mundo para evangelizarlo requiere una actitud fundamental: “amar al mundo”. Si no amamos esta historia, a estos hombres y mujeres que forman parte de nuestra realidad, difícilmente podremos evangelizarlos. El que no ama no puede evangelizar.
Esta actitud tiene inmediatas consecuencias espirituales y pastorales. Es una antigua tentación que reaparece en la historia que vive la Iglesia, con distintos ropajes. La tentación de “grupismos” o bien opciones pastorales exclusivas, actitudes cerradas que han terminado muchas veces en formas sectarias. Son los que se sienten mejores, los salvadores y los que siempre miran al mundo y a los que no son de ellos, como sospechosos. De esta especie que son estilos integristas, en nuestros días, los hay de derecha, de izquierda o con otras motivaciones, pero siempre enraizados en la soberbia.
Es fundamental entender que el hecho que la Iglesia posea los tesoros de la revelación, no impide que podamos encontrar en el mundo muchos valores, presencias de Dios, “las semillas del Verbo”.
El texto del Evangelio de este domingo (Mt. 16,13-20), nos señala por un lado que al igual que el apóstol Pedro la Iglesia siempre debe confesar: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Acompañados con la certeza que nos dio el Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder de la Muerte no prevalecerá contra ella” (Mt.16,18). La Iglesia entiende su identidad, vocación y misión en la confesión de la persona de Jesucristo, su Señor y Maestro.
En este tiempo vamos realizando un camino como Diócesis preparándonos hacia el Sínodo. En la mayoría de las Comunidades en cada fiesta patronal, en los triduos o novenas de preparación he visto con satisfacción como se tomó el tema de “la conversión a Jesucristo en camino al Sínodo”. Seguramente esto no sea una noticia llamativa en nuestra sociedad misionera, y sin embargo estos procesos que implican evangelizarnos para evangelizar, se hacen silenciosos, pero consistentes y profundos, y van “generando cambios” que mejorarán la calidad de vida, compromiso en los valores y opciones sociales y ciudadanas en nuestra Provincia.
Creo oportuno repasar un texto del documento “Jesucristo, Señor de la Historia”, que expresa esta dimensión de la Iglesia que desde su conversión a Jesucristo busca ser abierta y servir a la humanidad. Este documento fue escrito por los obispos argentinos con motivo del año jubilar y nos decía: “La Iglesia se sabe enviada por Jesucristo vivo al encuentro de los seres humanos de todos los tiempos. La Iglesia del tercer milenio, arraigada en los sentimientos de Cristo Jesús, quiere experimentar como suyos los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de este nuevo tiempo; desea ardientemente sentirse íntima y realmente solidaria del género humano en esta etapa del camino. Esta vocación a la compañía y la solidaridad es la que se expresa cuando afirmamos que la Iglesia es el Pueblo de Dios peregrino. Pero por el mismo hecho de ser peregrina, sabe también que sus hijos cometen errores, caen, se resisten a la conversión. Por eso reconoce que debe estar dispuesta a pedir perdón y a renovarse permanentemente bajo el impulso del Espíritu Santo. Sin embargo, la Iglesia es siempre, con sus luces y sus sombras, signo e instrumento de Salvación para todos los hombres” (21).
Como Iglesia Diocesana hacia el Sínodo este es un tiempo de gracia y es bueno repetir con el documento citado: “Dejemos que Dios nos reconcilie en nuestras familias, comunidades y sociedad. ¡no nos resistamos a cambiar lo que debe ser transformado!” Seguramente una Iglesia que busca convertirse más a Jesucristo, el Señor, podrá ser más abierta y misionera, servir y acompañar nuestra realidad provincial, para generar una sociedad con valores más humanos y cristianos que la hagan vivible.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez