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Cuentos para
niños
Índice
Cuentos para niños
Historia de un cuento
A un crítico de diez años que encuentra mis cuentos
«my vomitos»
- I -
- II -
- III -
- IV -
Las dos madres
A un antiguo discípulo en el día de la suya
Periquillo Sin Miedo
(Cuento popular)
- I -
- II -
La camisa del hombre feliz
(Cuento)
- I -
- II -
Las tres perlas
(Leyenda imitada del alemán)
¡Porrita componte!...
Cuentos para niños
Coloma, Luis
Cuentos para niños
Coloma, Luis
[5]
Historia de un cuento
A un crítico de diez años que encuentra mis cuentos
«my vomitos» (1) [7]
- I -
Sembrad en los niños la idea,
aunque no la entiendan: los años
se encargarán de descifrarla en
su entendimiento y hacerla florecer
en su corazón.
Había en casa de mis padres un bonito jardín, que
separaba la cuadra y cochera del resto del edificio. Levantábase
en el centro una glorieta circular, y salían de ella varias
callecitas sombreadas por parras y rosales, que iban a terminar
en preciosos arriates, caprichosamente cerrados con verjas. En uno
de éstos, en que no habían sembrado planta ninguna,
guardaba yo dos cabritas, regalo de mi abuela, de quien siempre
fui el nieto predilecto.
Estos inofensivos animalitos tenían un enemigo [8] encarnizado
en la persona de D.ª Mariquita, anciana ama de llaves, que
desempeñaba este cargo en mi casa hacía veintidós
años. Según ella, nada bueno podía esperarse
de unos animalitos, que tenían con el diablo el peligroso
punto de contacto de poseer como él cuernos y rabo.
Mis relaciones con D.ª Mariquita no eran muy cordiales: la
disciplina doméstica, quebrantada a veces por mis cabras,
y sobre todo, un individuo de la raza felina, un gato pardo, llamado
Pilitón, en quien tenía ella puestos sus cinco sentidos,
eran entre nosotros la manzana de la discordia. Solía yo
cogerle por una pata sin el menor miramiento, y haciéndole
sentar sobre sus cuartos traseros, le preguntaba muy serio:
-Pilitón... ¿quieres ir a la escuela?
Pisábale entonces el rabo con disimulo, y Pilitón
mayaba furiosamente.
-¿Lo ves? -gritaba yo a D.ª Mariquita- ¿lo ves
como Pilitón es un flojo que no quiere estudiar?...
Doña Mariquita corría detrás de mí,
llamándome Nerón, y yo me refugiaba en cualquier asilo,
mientras el señor Pilitón se atusaba los bigotes,
erizados de cólera [9] por mi falta de respeto a las conveniencias
sociales.
Un día vino a verme mi amigo Juan Manuel, y entre los dos
cometimos una iniquidad horrible, que tuvo a poco providencial castigo:
atamos al rabo de don Pilitón un triquitraque de a dos cuartos,
y le prendimos fuego. El pobre animal huyó desatentado a
refugiarse entre las enaguas de su dueña, que a poco más
se inflaman, como se inflamó su cólera al ver chamuscado
el rabo de su gato.
Presentose a mi madre pidiendo justicia, y en un enérgico
discurso probó hasta la evidencia mi complicidad en el atentado;
y extendiéndose luego sobre el influjo de las malas compañías,
vaticinó mi pronta e inevitable muerte en lo alto de un patíbulo,
si continuaba siendo el Orestes de aquel maléfico Pilades,
tan aficionado a la pirotecnia.
Asustó a mi madre la profecía, y me sentenció
a tres días de encierro, en un cuarto que llamaban la alcoba
oscura. Durante mi cautiverio ocuparon varias ideas mi mente: pensé
primero hacer una cuelga general de amas de llaves, pendientes todas
de rabos de gatos: proyecté después escribir un libro
como Silvio Pellico, que llevase por título [10] Mis prisiones;
y decidí, por último, dedicarme a la cetrería,
cazando moscas, que con un papelito puesto por cola, hacía
volar por el cuarto.
Esta aventura me hizo variar mis relaciones diplomáticas
con el señor Pilitón: dejé la franca política
de los beduinos del Sahara, y sin haber leído a Maquiavelo,
adopté la astuta y tortuosa política florentina. Hacíale
mil caricias y fiestas delante de su dueña, y me las pagaba
todas juntas cuando lo cogía a solas. Doña Mariquita
era poco filóloga: por eso las quejas de don Pilitón
eran oídas, mas no entendidas.
Un día (día aciago por cierto), cosía doña
Mariquita, sentada junto a una ventana que daba al jardín:
Pilitón reposaba tranquilamente a su lado, y colocada entre
ambos había una cestita de mimbres, en que se hallaban las
llaves del comedor, la calceta de D.ª Mariquita, y... unos
cuantos cigarrillos de papel. Porque, fuerza es confesarlo: doña
Mariquita tenía la debilidad, extraña en su sexo,
de fumar como un coracero.
Yo me acerqué a don Pilitón, para hacerle mis acatamientos,
y conquistarme así la benevolencia de su dueña, que
tenía en depósito [11] una bandeja de riquísimos
piñonates, regalo de unas monjas que socorría mi madre.
No sé lo que por mí pasó entonces; pero sin
duda debió de ser tentación del enemigo. Es lo cierto,
que, sin saber cómo, se introdujo mi mano en la cestita,
y se apoderó de uno de aquellos cigarrillos, sin que don
Pilitón ni su dueña cayesen en la cuenta.
Corrí entonces al jardín, a esconderme en el cercado
de mis cabras, para fumar, sin testigos, el cigarrillo de D.ª
Mariquita, primero que se posaba en mis labios. ¡Pero cuál
no sería mi sorpresa, cuál no sería mi terror,
cuando al aplicarle un fósforo, que de paso cogí en
la cocina, vi salir una atroz llamarada, que me chamuscó
las narices!... Caí sentado del susto, y creí por
un momento que el Vesubio vomitaba sus llamas y su lava por la punta
del cigarro.
Acudió a mis gritos Tomás el cochero, y la misma D.ª
Mariquita llegó presurosa, preguntando qué me sucedía.
Mi horror natural a la mentira me hizo confesar mi culpa, al mismo
tiempo que mi desgracia. Asombrada D.ª Mariquita, abrió
uno a uno sus cigarros, y encontró en dos de ellos una poquita
de pólvora, hábilmente colocada en la cabecilla. [12]
Hiciéronse pesquisas para averiguar quién era el bárbaro
nihilista que, apuntando a las narices de D.ª Mariquita, había
chamuscado las mías, y resultó al fin culpable mi
amigo Juan Manuel, que, huésped el día antes en mi
casa, había aplicado sus conocimientos pirotécnicos
a los cigarros de la pacífica vieja.
Doña Mariquita, que tenía la cara más fea que
he visto, y el alma más hermosa que he conocido, perdonó
generosamente al culpable: me puso un pañito de árnica
en la quemadura, y aquella noche, después de rezar conmigo
esas mismas oraciones que tantas veces he rezado yo contigo, me
contó el siguiente cuento, mientras el sueño no acudía
a mis ojos, espantado por el gran escozor que mortificaba mis narices.
[13]
- II -
(2)
Pues señor, que era vez y vez, y el bien que viniere para
mí se quede, y el mal para quien lo fuere a buscar, de dos
compadres, uno rico y otro pobre. El rico se llamaba D. Juan, y
el pobre, Juanete a secas.
El rico tenía más pellas que un cebón, por
lo que la gente del barrio le llamaba D. Juan Botija: hablaba recio,
como la campana gorda [14] de la iglesia; pisaba fuerte, como el
que pisa en lo suyo; rara vez se descubría, y, sin embargo,
todos los sombreros se inclinaban a su paso; fumaba puros, y vivía
en una casa propia, con cancela y fuente en el patio.
El pobre parecía que las curianas lo chupaban de noche; hablaba
quedito, como la esquila del campanario; su andar era de puntillas,
como el que pisa en lo ajeno; siempre con el sombrero en la mano,
y nadie se cuidaba de contestar a su saludo; fumaba colillas, y
vivía en un sombrajo que había hecho allá en
las afueras del pueblo.
Don Juan Botija cantaba repantigado en una butaca, después
de haber comido por un regimiento:
¡Fumar, comer, beber,
que vengan rebujinas,
dejar que vaya el pobre
a dar contra una esquina!
Juanete cantaba, tomando a la puerta de su sombrajo una ración
del sol, mientras se escarbaba los dientes con el rabo de la paleta:
El hombre que nace pobre
con el frío es comparado;
todos le huyen el cuerpo
no les pegue un resfriado. [15]
Don Juan Botija tenía su mujer, y Juanete tenía la
suya. La del rico era alta, seca, amarilla como una vela de sebo,
de pocas palabras y menos caridad. La del pobre era chica, regordeta,
vivaracha, capaz de contarle los pelos al diablo, y de jugarle una
pasada al lucero del alba: se llamaba Catalina; pero le decían
la Chata, porque tenía las narices en conversación
con las cejas.
Pues vamos a que un día señá Catalina la Chata,
que andaba, como quien dice, con el hambre a puñetazos, se
tocó el pañolón y fue a pedirle por caridad
a su compadre Juan Botija, que le diera a la mano para sembrar un
cojumbralito. El señó Juan Botija, era un D. Alejandro
en puño, a quien, si no se le daba en el codo no abría
la mano, y por más que su comadre le gimió y le lloró,
sólo pudo conseguir que le tirase a la cara dos cuartos,
diciéndole:
Chata, barata,
narices de gata;
toma dos cuartos
para batata.
A la Chata, que tenía malas pulgas, le dio un brinco en el
cuerpo la soberbia, y chilló más quemada que el taco
de un mortero: [16]
-¡Oiga V., so deslenguado! se mete V. sus dos cuartos donde
le quepan, y a mí no me viene poniendo motes... ¿Estamos?...
¡El diablo del hombre, que parece una sandía con patas!...
¡Bien podía V. quitarse el don Juan, que lo tiene jilvanao,
y quedarse con el Botija solo!
Y la Chata, echando chiribitas por aquella boca, tomó dos
dedos de luz y cuatro de traspón, y con el pañolón
tirado atrás, y echándose fresco con el delantal,
se volvió camino de su sombrajo.
Juanete estaba sentado a la puerta, mirando a unos gorriones que
un poco más allá jugaban al toro, picando una ruedecita
de zanahoria que brillaba al sol. Conforme vio venir a su mujer
tan sofocada, le dijo con sorna:
-¡Te lo dije; te lo dije, que sacarías lo que el negro
del sermón: la cabeza caliente y los pies fríos!
-¿El qué me dijiste tú, Juan Lanas? -contestó
Catalina, que traía ganas de pegarla con alguien.- ¿Qué
me dijiste tú, que no sirves más que para ocupar una
silla y desocupar un plato?
-Ni ocupo sillas ni desocupo platos, porque ni sillas ni platos
tengo. [17]
-¿Y quién tiene la culpa, grandísimo flojo;
que, por no trabajar, ni te lames los labios cuando los tienes secos?
-Mira, que si tú tienes ganas de rabiar, yo la tengo de morder;
conque compra un cordel y ahórcate, y punto en boca.
-¡No me da la real gana; y a mí no me alzas tú
el gallo!
-Lo que te voy a alzar van a ser las quijadas de una guantáa.
-¿Tú a mí, grandísimo pillo?
Y Catalina, ciega de coraje, le estampó a su marido en la
cabeza un pucherete, que fue a caer sano y salvo en medio de los
gorriones: éstos echaron a huir, gritando: «¡Ya
se armó la gorda!» y Catalina fue a recoger su puchero.
-¡Ay, Juanete de mi alma; mira lo que me he encontrado! -gritó
a su marido, enseñándole aquella ruedecita de zanahoria
con que los gorriones jugaban, que era ni más ni menos que
una monedilla de cinco duros.
En qué los gastaremos, en qué no los gastaremos; ya
iban a agarrarse de nuevo marido y mujer, cuando Catalina se los
guardó en la faltriquera diciendo:
-Déjame a mí, que con estos cinco duros [18] me he
de traer para acá todas las talegas de ese condenado Juan
Botija.
Y enseguida echa mano a un zagalejo de bayeta colorada, le saca
un paño, y se pone a hacer con él un gorro para Juanete:
así que estuvo listo, se lo pone a su marido en la cabeza,
y le dio los cinco duros.
-Ahora mismo -le dijo- te vas al Capilé (3) de la calle de
San Sebastián, y pagas una comida de lo mejor: luego te vas
con tu gorro colorado a casa de tu compadre, y lo convidas a comer
contigo...
En este momento pasaba por delante del sombrajo un hortelano, que
con su burrita cargada de hortalizas iba para el pueblo, y Catalina
siguió hablando muy quedito. A Juanete debió de gustarle
lo que su mujer le dijo, porque los ojillos se le encandilaron,
se encasquetó su gorro colorado, con el que, tan seco y amarillo
como era, parecía un fósforo de cabecilla encarnada,
y se vino para el pueblo a cumplir lo que su mujer le había
mandado.
El señó Juan Botija, que a pesar de sus talegas era
más ruin y avaricioso que un judío, [19] se dio con
un canto en los pechos al ver que iba a sacar la tripa de mal año
a costa de su compadre, y cogiendo su castora, se fue con Juanete
caminito del Capilé. En la puerta de éste, y debajo
de la pintura de un plato con un par de huevos fritos, y otro con
una gallina asada con plumas y cresta, había este letrero:
Entrar, beber, holgarse,
y al tiempo de pagar
no incomodarse. (4)
-¿Sabe V., compadre -dijo señó Juan Botija-
que sería un gusto si el letrerillo éste fuese de
verdad?
-Puede que para algunos lo sea -contestó Juanete con mucho
misterio.
Aquello fue un festín de arroz y gallo muerto, y cuando ya
señó Juan Botija tuvo que desabrocharse el chaleco,
y Juanete que aflojarse la faja, se levantaron, y sin decir oste
ni moste, tomaron el camino de la puerta.
-Compadre, ¿no paga V.? -dijo señó Juan Botija,
con tanta boca abierta, al ver que pasaban por delante del amo sin
que les reclamase el dinero. [20]
-Déjese V. de tonterías -contestó Juanete,
sin decir que la comida estaba ya pagada.
-Compadre, que nos van a llevar a la casilla.
-Hombre, no sea V. inocente. ¿Ve V. este gorro colorado?
-Sí que lo veo.
-Pues el que lo lleve puesto, bien puede ir a cualquiera parte,
seguro de que no han de cobrarle ni un maravedí.
-¿Es de veras lo que V. me dice, compadre?
-¿Pues no lo acaba V. de ver, alma de miércoles?
-Compadre, es menester que me venda V. ese gorro.
-Ni que V. lo piense, compadre.
-Mire V., que le doy dos onzas por él.
-Ni que me diera V. cuatro.
-Compadre, ¿sirven dos mil reales?
-Si quiere V. gorro, ha de darme cuatro mil.
-Compadre, eso es muy caro.
-Pues de ahí no bajo un ochavo.
-Venga V. por ellos, compadre.
Y los dos se fueron a casa de señó Juan [21] Botija,
que entregó a Juanete los cuatro mil reales, y se quedó
con su gorro colorado, creyendo que con él tenía ya
al Rey cogido por un bigote.
Dejemos a Juanete, que reventando de risa, fue a buscar a su mujer,
y entre los dos hicieron un hoyo al pie de una higuera, donde enterraron
los cuatro mil reales, y vamos a señó Juan Botija,
que con su gorro colorado encasquetado, y puesto encima el sombrero
para no llamar la atención, se fue para la confitería,
dispuesto a darse de rosita una atraquina de marca mayor.
Lo de merengues, lo de peras de dulce, lo de mazapanes y lo de almendrados
que aquel buen hombre se metió en el cuerpo, no es para contado,
sino para visto. Así que ya se lo tocaba con el dedo, le
hizo un guiño a la confitera, se quitó el sombrero
para dejar asomar el gorro colorado, y volvió la espalda.
La confitera se echó a reír de aquellos telégrafos
que no entendía, y dejó que se fuera con Dios, porque
como era hombre de dineros, en otra ocasión podría
cobrarle.
Malillo fue el negocio que hice yo comprando mi gorrito, decía
señor Juan Botija, guardándolo bajo siete llaves,
después de [22] cepillarlo por mor de la polilla. ¡Ahí
es nada el capital que se me entra por las puertas! Pues ¿dónde
me deja V. ese tonto de Juanete, que por tristes cuatro mil reales
me ha vendido esta mina de oro?
Y todos los días diarios iba a la confitería, se ponía
reventando, echaba al aire el gorro colorado, y se iba sin pagar
un cuarto. Pues, señor, que una noche en que señó
Juan Botija se comía una batata que no le cabía en
la boca, le dijo la confitera:
-Conque, D. Juan, ¿Cuándo paga V. esa cuentecilla?...
Don Juan se quedó con la batata en la mano y la boca abierta,
y por toda respuesta se quitó el sombrero, echando al aire
el gorro colorado.
-No se asuste V. -replicó la confitera- que no es puñalada
de pícaro.
-Pero, señora, ¿no ve V. el gorro que tengo puesto?
-Ya lo veo, que no soy ciega.
-Pues el que traiga puesto este gorro, no tiene que pagar nada,
ni aquí ni en ninguna parte.
-Está V. loco, señor... ¿De dónde ha
sacado V. eso? [23]
-De cuatro mil reales que me ha costado el tal gorrito.
-Con lo que yo no tengo nada que ver.
-¿Sí?... pues espere V. ahí sentada a que venga
yo a pagarle los dulces.
-¡Lo veremos!... ¡Pues no faltaba más, sino que
estuviese aquí una pobre ganándose la vida, para que
vinieran a robarla los señores de levita!
-¡Señora, señora, no me falte V.!... ¡los
dulces que yo como están ya pagados!
-¡Mentira, mentira!
-¡Señora!
-¡Sí, señor, mentira, mentira podrida; y ha
de ir V. a la cárcel por ladrón, o pierdo yo el nombre
que tengo!
Señó Juan Botija pierde los estribos, echa mano a
una batea de merengues, y se los estampa en la cabeza a la confitera:
ésta chilla, se alborota el barrio, acuden los municipales,
hacen que señó Juan Botija afloje los cordones de
la bolsa, y me lo llevan a su casa para encerrarlo por loco.
Que si, como fue rico, hubiera sido pobre, duerme en la cárcel
aquella noche. [25]
- III -
Pues vamos a Juanete y a su mujer, que se iban poniendo gordos como
pelotas, con los cuatro mil reales del compadre Juan Botija. La
señá Catalina, que tenía más trastienda
que un almacén de comestibles, y más intención
que un toro de ocho años, había mercado en la recova
dos conejitos blancos, iguales como los ojos de la cara: metió
uno de ellos en un jaulón de cañas, y dando el otro
a su marido, le cantó esta cartilla:
-En el punto y hora en que señó Juan Botija se nos
entre por las puertas, coges este conejo, te escurres por la puerta
del corral, y vas a esconderte en el estercolero de enfrente; y
en cuanto veas que saco yo el [26] del jaulón y lo dejo ir,
te vienes para acá, teniendo mucho cuidado no se te escape
el conejo que has de llevarte. ¿Estás impuesto?
-Ya está acá -contestó Juanete.
Pues, señor, que estaba éste una tarde tomando el
fresco a la puerta de su sombrajo, cuando se ve venir al compadre
Juan Botija, echando fuego por aquellos ojos, y con las narices
más abiertas que un torillo osco. ¡Pies para qué
os quiero! echa mano a su conejo blanco, se escurre por la puerta
del corral, y va a esconderse en el estercolero de enfrente, mientras
Catalina seguía cosiendo como si tal cosa, cantando para
disimular:
Glorioso San Pantaleón,
santazo de cuerpo entero,
y no como otros santitos
que no se ven en el suelo.
-¡Dios guarde a V., comadre! -dijo Juan Botija, apareciendo
en la puerta con un garrote gordo como mi brazo.
-Venga V. con Dios, compadre.
-¿Dónde está el grandísimo pillo de
su marido de V.?...
-Oiga V., compadre, hablemos bien, que el hablar bien no cuesta
dinero.
-¿Dónde está ese diablo de hombre? [27]
-¡Avemaría Purísima, y qué alboroto!
-replicó Catalina...- Ha ido a la barbería y estará
afeitándose.
-Pues allá voy...
-Espérese V., hombre de Dios, y lo mandaré a llamar
en un instante.
Y diciendo esto Catalina, saca el conejo del jaulón, lo agarra
por el morrillo, y grita a las orejas del animalito:
-Anda corriendo a la barbería, y dile a tu amo que lo está
esperando aquí su compadre.
Dicho esto, suelta al conejo en el suelo, toca dos veces las palmas,
diciendo: «¡Ya estás de vuelta!» y el animalito
empinó el rabo, se echó atrás las orejas, y
apretó a huir como un cohete.
-¿Y volverá ese conejo, comadre?-preguntó Juan
Botija, que con los ojos poníos y la boca abría, presenció
toda aquella maniobra.
-¿Pues no ha de volver?... Usted verá como se viene
para acá con Juanete, en cuanto le dé la razón.
En aquel momento apareció éste por el lado del pueblo,
acariciando al otro conejo blanco; y señó Juan Botija,
que tenía unos [28] sentidos muy tupidos, lo tomó
por el que poco antes había visto en manos de Catalina.
-¡Compadre, es menester que V. me venda ese conejo! -exclamó,
yéndosele el santo al cielo, y sin acordarse ya del gorro
colorado.
-Vaya con mi compadre, que es como Mariquita Pantoja: todo lo que
ve se le antoja.
-Dos onzas le doy a V. ahora mismo, y me llevo el conejo.
-Ni que fueran cuatro.
-Compadre, mil reales.
-¿Da V. los mil y quinientos?...
-Vayan allá...
El señó Juan Botija soltó mil y quinientos
reales, y con su conejo blanco agarrado por las patas, tomó
el camino de su casa, rumiando para su coleto:
-¡Pues señor, hice un viaje a las Indias! Ya puedo
ir despidiendo al farruco, que se lleva tres duros de salario y
come como un sabañón, y quedarme sólo con este
mandaderito de cuatro patas, que con dos cuartos de lechuga y un
jaulón de cañas, tiene casa y comida. ¡No; si
soy yo tonto, y no sé dónde me aprieta el zapato!
Conforme llegó señó Juan Botija a su casa,
[29] le plantó al criado su salario en la mano y le dijo
que se fuera con Dios. De seguida ata un paquete de billetes de
banco al cuello del conejito, y le dice más serio que un
cuarto de especies:
-Anda al Ayuntamiento; pregunta por el alcalde, y dile que ahí
lleva el dinero de la contribución; y menéate, porque
tienes después que ir al Banco a cobrar este recibito.
El conejo volvió las espaldas, y diciendo: «¡Anda
que te coja un toro!» echó a correr para su madriguera,
donde hizo con los billetes una camita, para siete conejitos chicos
que al otro día le trajo la cigüeña; porque no
era conejo, sino coneja.
Mientras tanto, señó Juan Botija, paseo arriba, paseo
abajo, esperaba la vuelta del mandadero.
-Verá V. -decía asomándose a la ventana- si
va a estar cerrado el Banco cuando llegue a cobrar el recibo.
Pero dieron las tres, y las cuatro, y las cinco, y el conejo no
volvía: señó Juan Botija cogía moscas
y se tiraba de los pelos.
-¡Ese pillo de mi compadre me ha engañado! -exclamó,
echando mano a la escopeta, y tomando la escalera abajo. [30]
Su mujer que le vio salir de aquella manera, se le agarró
a los faldones de la levita, gritando:
-¡Juan, que te pierdes; que te pierdes, Juan!
Pero Juan, sin encomendarse a Dios ni al diablo, le descerrajó
un tiro, que la dejó en el sitio sin que dijese ¡Jesús!,
y apretó a correr para el sombrajo de su compadre.
-¡Compadre, vengo a matarlo a V.! -le gritó a Juanete,
echándose la escopeta a la cara.
-Nos mataremos, compadre- replicó éste, agarrando
con una mano la paleta y empuñando con la otra la navaja.
Catalina quiso meterse por medio; pero su marido le tiró
una puñalada, y la pobrecita vino al suelo, gritando: «¡soy
muerta!» y echando un mar de sangre por aquel pecho.
-Compadre, nos quedamos iguales -dijo Juan Botija, bajando la escopeta.
Usted ha matado a su mujer y yo a la mía.
-Como quiera es el trabajillo que me costará a mí
el resucitarla -contestó Juanete.
Y sacando del bolsillo una trompetita, pitó tres veces junto
a la oreja de su mujer. ¡Hijo de mi alma, aquello fue como
la trompeta [31] del día del juicio!... porque al primer
trompetazo abrió señá Catalina un ojo, al segundo
el otro, y al tercero se puso en pie de un respingo, buena y sana,
y entera y verdadera.
-¡Compadre, por el amor de Dios, deme usted esa trompetita!
-exclamó Juan Botija, con los pelos en pie de susto.
-¡Que se vaya V. de aquí!
-Compadre, que si no me la da V. me llevan al palo.
-Pues fastídiese V.
-Compadre, todo lo que tengo es suyo, si me da esa trompeta.
-Pues toma y daca.
El señó Juan Botija soltó cuanto llevaba encima,
toma su trompeta y echa a correr hacia su casa, que el miedo le
daba alas, mientras Juanete, que de risa se le rajaba la boca, sacó
a Catalina del pecho una vejiga de carnero llena de sangre, que
era donde le había tirado la puñalada.
Pues vamos a señó Juan Botija, que llega a su casa
sudando como un pato, y se pone a tocar la trompetita junto a la
oreja de su mujer. Pero ¡qué había de resucitar,
si estaba más muerta que mi abuela!
-¡Bruto, rebruto! -exclamaba Juan Botija, [32] dándose
de puñetazos. ¡Todo esto me sucede por tonto, retonto!...
¡Pero no se me escapará de esta hecha ese tunante ladronazo!
Y arrancándose cada mechón de pelo que parecía
una zalea merina, coge un saco, se monta a caballo, corre a galope
para el sombrajo de su compadre, y llega en el momento en que éste
cenaba con su mujer.
-¡Ya caíste, gran pícaro! -exclama, echándole
mano al gañote y zampándole en el saco, sin andarse
con chiquitas: luego lo atraviesa en su caballo, y hala, hala, toma
el camino del Tajo de Ronda, por donde pensaba despeñarlo.
Al llegar al Tajo ya se iba viniendo la noche encima, y Juan Botija
puso a su compadre a la orillita, mientras iba él a dar un
pienso a su caballo, y a echar un trago en un ventorrillo, que por
detrás de una cortina de olivos asomaba la veleta. No bien
sintió Juanete por las pisadas que ya su compadre se había
alejado, empieza a gritar:
-¡Pues, señor, que es fuerte cosa esta! ¡He dicho
que no me caso con la hija del rey, y no me caso!
Y al cabo de un ratito añadía: [33]
-¡He dicho que no me caso con la hija del rey, y aunque se
empeñen frailes descalzos, no me caso con ella!
Y dale que le darás, no salía de esta canción.
Pues vamos a que un pastor que por allí cerca guardaba sus
cabras, oyó las voces de Juanete, y pensando que aquello
fuese una tropelía, le ayudó a salir del saco.
-¿Qué es lo que le pasa a V., hombre? -le dijo.
-¿Qué me ha de pasar, señor?... que aquí
me llevan en este saco a casarme con la hija del rey, y yo digo
que no doy el sí aunque me hagan pavesas.
-¿Y dice V. que el que vaya en ese saco se casa con la hija
del rey?
-¡Y que es bromilla!
-De modo que, si yo me voy dentro, me casaré con ella.
-¿Pues no le he dicho a V. que sí?...
-Compañero de mi alma -exclamó el pastor tirando el
zurrón y el cayado; -quédese V. con mis cabras, que
yo iré en lugar de V. a casarme con la hija del rey.
-Andando -replicó Juanete.
Y más pronto que la vista me mete al [34] pastor dentro del
saco, y echa a correr con las cabras, a tiempo que Juan Botija volvía
del ventorrillo. Éste, que venía calamocano, se echa
a cuestas el saco en que el pastor soñaba ya con coronas
y palacios, y ¡cataplum! lo despeña por el Tajo abajo,
gritando:
-¡Toma y vuelve por otra, grandísimo tuno!
Juan Botija se quedó mirando cómo el cuerpo del que
él creía su compadre, iba dejando por entre aquellos
pedruscos, aquí un brazo, allí una pierna y más
allá la cabeza; y sin decir siquiera ¡que Dios te haya
perdonado! porque tenía mala sangre, tomó el camino
del pueblo.
La noche venía encima, y Juan Botija tiritaba más
de miedo que de frío, porque sentía allá dentro
un gusanillo, que era su propia conciencia, que le decía:
-¡Ah tunante! ¿para qué sirven el juez y el
escribano, sino para hacer justicia?... ¡Asesino! ¡asesino!...
Y allá, de los profundos del Tajo, parecía como si
el eco repitiese también: ¡Asesino! ¡asesino!...
A Juan Botija se le pusieron los pelos de punta, y montó
la escopeta, como si a aquella [35] voz la hicieran callar las balas.
Con más miedo que vergüenza iba el pobre hombre caminando
por entre aquellas breñas, cuando al revolver de un atajo
se topó de manos a boca con su compadre Juanete, que venía
trayendo su zurrón al hombro y sus cabras por delante.
-¡Jesucristo! -exclamó señó Juan Botija,
haciendo la señal de la cruz, por si era alguna aparición
del otro mundo; pero Juanete le volvió el alma al cuerpo,
diciendo:
-¿Qué tal el viaje, compadre?... Si como me tira V.
por la izquierda, me tira por la derecha, en vez de cabras saco
ovejas.
-¿Qué me cuenta V.?
-Lo que V. oye; ahora mismo me voy para el pueblo con mis cabritas,
y van a estar feíllos los quesitos y los requesones que haremos
mi Catana y yo.
-¿Me quiere V. hacer un favor, compadre?
-Mande V. -contestó Juanete.
-Pues tíreme V. ahora mismo por el Tajo abajo.
-Si V. se empeña...
Juan Botija sacó de las alforjas un saco, se metió
en él, y a la una, a las dos, a las tres, [36] lo echó
a rodar su compadre por aquellos peñascos, donde fue a reunirse
con el pastor hecho una tortilla, y donde pagó todas sus
picardías.
En cuanto al tuno de Juanete, llegó montado en su caballo
al pueblo, le echó la uña a todos los dineros de Juan
Botija, y puso luego pies en polvorosa, huyendo de la justicia;
pero como bienes mal adquiridos a nadie han enriquecido, en no sé
qué camino le salieron unos ladrones, y me lo dejaron con
el traje en que vino al mundo, después de darle una paliza,
que de gusto se chupó los dedos.
Porque es tan fijo como el sol que nos alumbra, que Su Divina Majestad
se vale de los pecados de unos para castigar los pecados de otros,
dejando al que no los paga aquí, que vaya a pagarlos allá.
Así, Juanete fue el castigo de Juan Botija; los ladrones
el de Juanete, y el palo el de los ladrones...
-Y así también -añadió la buena vieja,
besándome en la frente y renovando el árnica de mi
quemadura- la culpa de Juan Manuel ha castigado la de Luisito...
Yo me eché a llorar, perfectamente contrito: que harto me
probaba el escozor de [37] mis narices, cuán cierta era la
profunda moraleja de D.ª Mariquita, y la airada sombra de don
Pilitón se alzaba en aquel momento ante mi vista, mostrándome
su rabo chamuscado, cual mostraba al rey Macbeth sus llagas, el
pálido espectro de Duncan... [39]
- IV -
De todos los actores de este drama, ninguno existe ya en el mundo.
Mi amigo Juan Manuel murió en Inglaterra, víctima
de sus habilidades, roto el espinazo contra el hielo del gran lago
de Hyde-Park, por donde furiosamente patinaba. Doña Mariquita
murió en brazos de mi madre, que le pagó así
su abnegación y sus cuarenta años de servicios. Pilitón
murió también, dejando dos herederas de su nombre:
su hija Pilitona, y su nieta Pilitita.
Yo, que vivo todavía, he muerto también para el mundo:
visto ya mi mortaja, y debajo de ella es donde busco estos recuerdos,
para enseñarte, hijo mío, que Dios detesta [40] el
mal en cuanto es culpa; pero se sirve de él en cuanto es
pena, para castigar los pecados de los hombres y las travesuras
de los niños, con los pecados de otros hombres y las travesuras
de otros niños. Jamás te irrites, pues, contra el
enemigo que te dañe: que si el hombre, abusando de su libertad,
es el que levanta la mano, Dios, usando de su providencia, es el
que la dirige. Humíllate ante ese castigo paternal, que para
corregirte te lastima, y repite con Miqueas: Iram Domini portabo,
quia peccavi ei. «La ira del Señor sufriré,
porque pequé contra él.» [41]
Las dos madres
A un antiguo discípulo en el día de la suya
(Ejemplo) [43]
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Mírale con compasión........
¡No le dejes, Madre mía!
Hoy hace un año, mi querido X.**, que para celebrar el día
de tu madre, te impusieron el escapulario de la Virgen Santísima.
Quise que celebraras estas dos fiestas en un solo día, para
que también reunieras en tu corazón estos dos santos
amores, que han de salvar tu alma. Esta misma idea me hace recordarte
hoy su aniversario, narrándote uno de esos ejemplos que llama
la incredulidad vulgaridades, porque su vista miope no sabe descubrir
la profunda enseñanza y la religiosa poesía que en
ellos se encierra. Ni lo [44] santo, ni lo grande, ni lo bello entran
por el entendimiento: entran por el corazón, y por eso puse
tanto empeño en enseñarte a sentir, para que supieses
gustar estos placeres del alma.
Las cosas santas han de leerse con el mismo espíritu con
que fueron escritas, y tu corazón todavía de niño
sabrá comprender hoy estos renglones, tal como para ti los
concibe el mío. ¿Pero será lo mismo mañana?...
Cuida, hijo mío, de que al arrancarte el mundo las ilusiones,
no se lleve detrás la fe de tu alma: cuida de que al leer
este ejemplo que para ti escribo, con aquella dulce y triste previsión
con que el desengaño prepara a la inocencia el camino del
arrepentimiento, puedas repetir siempre lo que dijo un hombre célebre
a quien la fe hizo en su juventud gran poeta, y el orgullo en su
vejez gran impío:
Si quelque enseignement se cache en cette histoire,
¿qu'importe?... Il ne faut pas la juger, mais la croire.
(5)
Escucha ahora el ejemplo:
Había un condesito bueno como un ángel [45] y noble
como un rey, que era el orgullo y la esperanza de sus padres. Una
educación brillante había perfeccionado los sentimientos
de su corazón y las ideas de su mente, como perfecciona un
barniz precioso los ricos tallados de una moldura. Habíale
inculcado su piadosa madre una profunda devoción a la Virgen
Santísima, cuyo escapulario traía siempre consigo.
Llevábale cuando niño ante un altar de la Purísima,
y le enseñaba a invocarla con el dulce nombre de Madre.
Así fue que el amor de esta Madre del cielo y el de su madre
de la tierra, crecieron juntos en el corazón del niño,
unidos y enlazados como dos áncoras de salvación que
hubieran de salvar al mismo navío. Profesaba a la Virgen
aquel amor tierno y confiado que le inspiraba su madre: amaba a
ésta, con aquel respeto y veneración santa que infundía
en su corazón de niño la imagen de María.
Pasó la niñez con su inocencia y llegó la juventud
con sus devaneos. El joven Conde se separó de su madre, para
ir agregado a una embajada, a una corte extranjera. Su corazón,
abierto como una rosa a todos los [46] impulsos de la brisa, de
nada desconfiaba: poco a poco trastornó su cabeza la lisonja,
y corrompieron su corazón el ocio y la opulencia.
Una a una se ajaron entonces sus creencias, y uno a uno se marchitaron
sus sentimientos, como una a una caen también las hojas del
azahar, perdidas ya su fragancia y su blancura. Sólo quedó
en su corazón el recuerdo de su madre y el recuerdo de María,
como queda en el fondo de la cala el lastre que salva a la nave
del naufragio. Arrodillábase todas las noches junto a su
lecho al tiempo de acostarse, y rezaba tres Avemarías a la
Virgen Santísima, acabando con esta popular oración,
que entre besos y caricias le había enseñado su madre:
Bendita sea tu pureza
y eternamente lo sea,
pues todo un Dios se recrea,
en tu graciosa belleza.
A ti, celestial Princesa,
Virgen sagrada María,
yo te ofrezco en este día,
alma, vida y corazón,
mírame con compasión,
¡no me dejes, Madre mía!
-¡No me dejes, Madre mía! -repetía siempre al
dormirse el infeliz Conde; y una [47] pena amarga y una angustia
tristísima nacía entonces en su corazón, y
crecía y subía en él, como en las mareas del
mar, las olas amargas. ¡Era el remordimiento!
Mas al día siguiente volvía a sus devaneos, deslizándose
sin sentir por esa resbaladiza pendiente, que del vicio conduce
a la degradación, y de la degradación al crimen. Un
día marchó a una gran partida de caza, acompañado
por un amigo infame que le había perdido: sorprendioles en
el campo una tempestad horrible, y hubieron de guarecerse en una
venta. Acostose el compañero rendido por el cansancio, y
el Conde le imitó, después de rezar con más
vergüenza y amargura que nunca, su cotidiana oración
a la Virgen.
Pareciole a poco que veía entre sueños el tribunal
terrible en que juzga Jesucristo las almas de los muertos. Una acababa
de ser condenada, y era la de su amigo. Vio entonces cómo
era la suya conducida por la conciencia al pie del tribunal supremo:
vio también a su madre que, postrada ante el juez divino,
pedía misericordia para el hijo de sus entrañas.
Arrojó Luzbel sonriendo en la balanza [48] eterna los innumerables
pecados del Conde, y el platillo bajó rápidamente
hacia el abismo. Los ángeles se cubrieron el rostro con las
alas; la madre lanzó un gemido de angustia; Luzbel un grito
de triunfo. El alma estaba perdida.
Apareció entonces María, con doce estrellas por corona
y la plateada luna a sus plantas. Postrose al lado de la Condesa
en ademán de súplica, y colocó en el lado opuesto
de la balanza, las tres Avemarías rezadas por el Conde. Mas
no por esto cedió el platillo fatal de las maldades, y siguió
con persistencia horrible inclinado hacia el abismo.
Tomó entonces María las lágrimas que derramaba
la Condesa, y las puso en el platillo de las buenas obras; mas éste
permaneció inmutable. Los ángeles gimieron de nuevo:
la infeliz madre se cubrió el rostro con las manos, perdida
ya toda esperanza. Volvió entonces María hacia el
juez divino sus ojos purísimos, y dos lágrimas que
de ellos se desprendieron fueron a unirse en el platillo salvador
con el llanto de la madre y con la oración del hijo.
La balanza cedió al punto. Las lágrimas [49] de sus
dos madres, salvaron el alma del hijo extraviado . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Un trueno horrible despertó entonces al Conde. A dos pasos
de su lecho, vio inerte en el suyo y carbonizado por un rayo, el
cadáver de su amigo.
[51]
Periquillo Sin Miedo
(Cuento popular)
A Carlitos X**, ilustre general y revoltoso chicuelo
[53]
- I -
Una noche en que habías enredado más de lo ordinario,
te cogí por la manita sin decir palabra, y te llevé
al famoso torreón moruno, terror de los revolucionarios del
Colegio. Por el camino me dijiste que habías pensado ser
un general muy valiente, y que, por lo tanto, a nada temías.
La noche estaba más negra que suelen estarlo tus dedos al
levantarte de escribir la plana, y no pudiste notar por eso la risa
que tus futuros proyectos me causaron. Vínoseme al punto
a la memoria cierto enanito que [54] allá en los tiempos
de mi niñez enseñaban por calles y plazas con el marcial
apodo de El general mil hombres, y encontré gran semejanza
entre tu diminuta persona y la de aquel émulo de Tom Pouce,
que se exhibía por dos cuartos.
No se intimidó, sin embargo, mi sotana negra ante tus futuros
entorchados, y viose aquella noche el espectáculo extraño
y único en la historia, de un pobre jesuita arrestando a
un general ilustre, en la lúgubre torre del Moro negro, que
hace de los niños malos chuletas a la Papillote.
No sé si en la media hora que allí estuviste encerrado,
te obsequiaría el Moro con algún plato de Alcuzcuz,
o alguna pipa de legítimo hachisch. Yo, por mi parte, me
volví al salón de estudio, diciendo para mis adentros:
-¿Y por qué este niño no ha de ser con el tiempo
un general valiente?... Corazón tiene que le dé alientos:
sangre ilustre que le preste brillo... ¿Por qué no
ha de empuñar algún día una espada que realce
la gloria de sus abuelos, con nueva gloria por él adquirida?...
¿Acaso Alejandro el Macedonio, no era a la edad de este niño,
como él lo es ahora, un [55] pobre chicuelo? ¿Acaso
Nelson no enredó en la escuela, antes de pronunciar el heroico
Vitory or Westminster abbey (6), que se ha grabado después
en mármoles y bronces? ¿Por ventura Méndez
Núñez no hizo alguna vez novillos, antes de dar en
el Callao la noble respuesta que conserva en sus anales la marina
española: Más quiero honra sin barcos, que barcos
sin honra?...
Convencido quedé de que serás, si quieres, un general
valiente, y espero ver algún día ceñida a tu
lado izquierdo, sobre una faja roja, una de aquellas hojas toledanas,
que llevan por lema: No la saques sin razón, ni la envaines
sin honor... Empúñala entonces para gloria de Dios
y de aquella Virgen bendita, a quien yo te he enseñado a
llamar Madre. Empúñala en defensa del Rey, con la
misma buena fe con que tus labios de niño le encomiendan
hoy a la clemencia divina. Pero jamás la vuelvas en contra
de Dios aunque la impiedad te tiente y la ambición te empuje:
jamás la vuelvas en contra del Rey aunque la injusticia te
persiga y te venza... Arrójala más bien a sus pies
rota, pero [56] limpia, y recuerda entonces lo que dijo siglos hace,
el mejor tipo del buen caballero:
...venganza de vasallo
contra el Rey, traición semeja,
y el sufrir los tuertos suyos,
es señal de sangre buena.
Sé, pues, si lo quieres, un general famoso; pero no saques
de la faja y los entorchados, la ilógica consecuencia de
que nunca has de ver la cara al miedo. Hay un miedo muy saludable
que todo hombre ha de buscar para gran provecho suyo, y quiero yo
ponértelo de relieve, contándote un cuento que hoy
te hará reír... ¡Quiera Dios que mañana
te haga pensar! [57]
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