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La Juventud
argentina de Córdoba a los hombres libres de Sudamérica
[Manifiesto de Córdoba]
21 de junio de 1918
Tomado de Federación Universitaria de Buenos Aires, La Reforma
Universitaria, Buenos Aires, 1959, pp. 23-27.
Hombres de una República libre, acabamos de romper la última
cadena que, en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación
monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas
las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde
hoy contamos para el país una vergüenza menos y una
libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que
faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón
nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos
viviendo una hora americana.
La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta
porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido y
era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios
de Mayo. Las universidades han sido hasta aquí el refugio
secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización
segura de los inválidos y -lo que es peor aún- el
lugar donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron
la cátedra que las dictara. Las universidades han llegado
a ser así fiel reflejo de estas sociedades decadentes que
se empeñan en ofrecer el triste espectáculo de una
inmovilidad senil. Por eso es que la ciencia frente a estas casas
mudas y cerradas, pasa silenciosa o entra mutilada y grotesca al
servicio burocrático. Cuando en un rapto fugaz abre sus puertas
a los altos espíritus es para arrepentirse luego y hacerles
imposible la vida en su recinto. Por eso es que, dentro de semejante
régimen, las fuerzas naturales llevan a mediocrizar la enseñanza,
y el ensanchamiento vital de organismos universitarios no es el
fruto del desarrollo orgánico, sino el aliento de la periodicidad
revolucionaria.
Nuestro régimen universitario -aún el más reciente-
es anacrónico. Está fundado sobre una especie de derecho
divino; el derecho divino del profesorado universitario. Se crea
a sí mismo. En él nace y en él muere. Mantiene
un alejamiento olímpico. La federación universitaria
de Córdoba se alza para luchar contra este régimen
y entiende que en ello le va la vida. Reclama un gobierno estrictamente
democrático y sostiene que el demos universitario, la soberanía,
el derecho a darse el gobierno propio radica principalmente en los
estudiantes. El concepto de autoridad que corresponde y acompaña
a un director o a un maestro en un hogar de estudiantes universitarios
no puede apoyarse en la fuerza de disciplinas extrañas a
la substancia misma de los estudios. La autoridad, en un hogar de
estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando:
enseñando.
Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña
y el que aprende, toda enseñanza es hostil y por consiguiente
infecunda. Toda la educación es una larga obra de amor a
los que aprenden. Fundar la garantía de una paz fecunda en
el artículo conminatorio de un reglamento o de un estatuto
es, en todo caso, amparar un régimen cuartelario, pero no
una labor de ciencia. Mantener la actual relación de gobernantes
a gobernados es agitar el fermento de futuros trastornos. Las almas
de los jóvenes deben ser movidas por fuerzas espirituales.
Los gastados resortes de la autoridad que emana de la fuerza no
se avienen con lo que reclaman el sentimiento y el concepto moderno
de las universidades. El chasquido del látigo sólo
puede rubricar el silencio de los inconscientes o de los cobardes.
La única actitud silenciosa, que cabe en un instituto de
ciencia es la del que escucha una verdad o la del que experimenta
para crearla o comprobarla.
Por eso queremos arrancar de raíz en el organismo universitario
el arcaico y bárbaro concepto de autoridad que en estas casas
de estudio es un baluarte de absurda tiranía y sólo
sirve para proteger criminalmente la falsa dignidad y la falsa competencia.
Ahora advertimos que la reciente reforma, sinceramente liberal,
aportada a la Universidad de Córdoba por el doctor José
Nicolás Matienzo no ha inaugurado una democracia universitaria;
ha sancionado el predominio de una casta de profesores. Los intereses
creados en torno de los mediocres han encontrado en ella un inesperado
apoyo. Se nos acusa ahora de insurrectos en nombre de un orden que
no discutimos, pero que nada tiene que hacer con nosotros. Si ello
es así, si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando
y embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho a la insurrección.
Entonces la única puerta que nos queda abierta a la esperanza
es el destino heroico de la juventud. El sacrificio es nuestro mejor
estímulo; la redención espiritual de las juventudes
americanas nuestra única recompensa, pues sabemos que nuestras
verdades lo son -y dolorosas- de todo el continente. ¿Que
en nuestro país una ley -se dice-, la ley de Avellaneda,
se opone a nuestros anhelos? Pues a reformar la ley, que nuestra
salud moral lo está exigiendo.
La juventud vive siempre en trance de heroísmo. Es desinteresada,
es pura. No ha tenido tiempo aún de contaminarse. No se equivoca
nunca en la elección de sus propios maestros. Ante los jóvenes
no se hace mérito adulando o comprando. Hay que dejar que
ellos mismos elijan sus maestros y directores, seguros de que el
acierto ha de coronar sus determinaciones. En adelante, sólo
podrán ser maestros en la república universitaria
los verdaderos constructores de almas, los creadores de verdad,
de belleza y de bien.
Los sucesos acaecidos recientemente en la Universidad de Córdoba,
con motivo de la elección rectoral, aclaran singularmente
nuestra razón en la manera de apreciar el conflicto universitario.
La federación universitaria de Córdoba cree que debe
hacer conocer al país y a América las circunstancias
de orden moral y jurídico que invalidan el acto electoral
verificado el 15 de junio. Al confesar los ideales y principios
que mueven a la juventud en esta hora única de su vida, quiere
referir los aspectos locales del conflicto y levantar bien alta
la llama que está quemando el viejo reducto de la opresión
clerical. En la Universidad Nacional de Córdoba y en esta
ciudad no se han presenciado desórdenes; se ha contemplado
y se contempla el nacimiento de una verdadera revolución
que ha de agrupar bien pronto bajo su bandera a todos los hombres
libres del continente. Referiremos los sucesos para que se vea cuánta
razón nos asistía y cuánta vergüenza nos
sacó a la cara la cobardía y la perfidia de los reaccionarios.
Los actos de violencia, de los cuales nos responsabilizamos íntegramente,
se cumplían como en el ejercicio de puras ideas. Volteamos
lo que representaba un alzamiento anacrónico y lo hicimos
para poder levantar siquiera el corazón sobre esas ruinas.
Aquéllos representan también la medida de nuestra
indignación en presencia de la miseria moral, de la simulación
y del engaño artero que pretendía filtrarse con las
apariencias de la legalidad. El sentido moral estaba obscurecido
en las clases dirigentes por un fariseísmo tradicional y
por una pavorosa indigencia de ideales.
El espectáculo que ofrecía la asamblea universitaria
era repugnante. Grupos de amorales deseosos de captarse la buena
voluntad del futuro rector exploraban los contornos en el primer
escrutinio, para inclinarse luego al bando que parecía asegurar
el triunfo, sin recordar la adhesión públicamente
empeñada, el compromiso de honor contraído por los
intereses de la universidad. Otros -los más- en nombre del
sentimiento religioso y bajo la advocación de la Compañía
de Jesús, exhortaban a la traición y al pronunciamiento
subalterno. (¡Curiosa religión que enseña a
menospreciar el honor y deprimir la personalidad! ¡Religión
para vencidos o para esclavos!). Se había obtenido una reforma
liberal mediante el sacrificio heroico de una juventud. Se creía
haber conquistado una garantía y de la garantía se
apoderaban los únicos enemigos de la reforma. En la sombra
los jesuitas habían preparado el triunfo de una profunda
inmoralidad. Consentirla habría comportado otra traición.
A la burla respondimos con la revolución. La mayoría
representaba la suma de la represión, de la ignorancia y
del vicio. Entonces dimos la única lección que cumplía
y, espantamos para siempre la amenaza del dominio clerical.
La sanción moral es nuestra. El derecho también. Aquéllos
pudieron obtener la sanción jurídica, empotrarse en
la ley. No se lo permitimos. Antes de que la iniquidad fuera un
acto jurídico, irrevocable y completo, nos apoderamos del
salón de actos y arrojamos a la canalla, sólo entonces
amedrentada, a la vera de los claustros. Que esto es cierto, lo
patentiza el hecho de haber, a continuación, sesionado en
el propio salón de actos la federación universitaria
y de haber firmado mil estudiantes sobre el mismo pupitre rectoral,
la declaración de huelga indefinida.
En efecto, los estatutos reformados disponen que la elección
de rector terminará en una sola sesión, proclamándose
inmediatamente el resultado, previa lectura de cada una de las boletas
y aprobación del acta respectiva. Afirmamos, sin temor de
ser rectificados, que las boletas no fueron leídas, que el
acta no fue aprobada, que el rector no fue proclamado, y que, por
consiguiente, para la ley, aún no existe rector de esta universidad.
La juventud universitaria de Córdoba afirma que jamás
hizo cuestión de nombres ni de empleos. Se levantó
contra un régimen administrativo, contra un método
docente, contra un concepto de autoridad. Las funciones públicas
se ejercitaban en beneficio de determinadas camarillas. No se reformaban
ni planes ni reglamentos por temor de que alguien en los cambios
pudiera perder su empleo. La consigna de «hoy para ti, mañana
para mí», corría de boca en boca y asumía
la preeminencia de estatuto universitario. Los métodos docentes
estaban viciados de un estrecho dogmatismo, contribuyendo a mantener
a la universidad apartada de la ciencia y de las disciplinas modernas.
Las elecciones, encerradas en la repetición interminable
de viejos textos, amparaban el espíritu de rutina y de sumisión.
Los cuerpos universitarios, celosos guardianes de los dogmas, trataban
de mantener en clausura a la juventud, creyendo que la conspiración
del silencio puede ser ejercitada en contra de la ciencia. Fue entonces
cuando la oscura universidad mediterránea cerró sus
puertas a Ferri, a Ferrero, a Palacios y a otros, ante el temor
de que fuera perturbada su plácida ignorancia. Hicimos entonces
una santa revolución y el régimen cayó a nuestros
golpes.
Creímos honradamente que nuestro esfuerzo había creado
algo nuevo, que por lo menos la elevación de nuestros ideales
merecía algún respeto. Asombrados, contemplamos entonces
cómo se coaligaban para arrebatar nuestra conquista los más
crudos reaccionarios.
No podemos dejar librada nuestra suerte a la tiranía de una
secta religiosa, ni al juego de intereses egoístas. A ellos
se nos quiere sacrificar. El que se titula rector de la Universidad
de San Carlos ha dicho su primera palabra: «Prefiero antes
de renunciar que quede el tendal de cadáveres de los estudiantes».
Palabras llenas de piedad y de amor, de respeto reverencioso a la
disciplina; palabras dignas del jefe de una casa de altos estudios.
No invoca ideales ni propósitos de acción cultural.
Se siente custodiado por la fuerza y se alza soberbio y amenazador.
¡Armoniosa lección que acaba de dar a la juventud el
primer ciudadano de una democracia universitaria! Recojamos la lección,
compañeros de toda América; acaso tenga el sentido
de un presagio glorioso, la virtud de un llamamiento a la lucha
suprema por la libertad; ella nos muestra el verdadero carácter
de la autoridad universitaria, tiránica y obcecada, que ve
en cada petición un agravio y en cada pensamiento una semilla
de rebelión.
La juventud ya no pide. Exige que se le reconozca el derecho a exteriorizar
ese pensamiento propio en los cuerpos universitarios por medio de
sus representantes. Está cansada de sosportar a los tiranos.
Si ha sido capaz de realizar una revolución en las conciencias,
no puede desconocérsele la capacidad de intervenir en el
gobierno de su propia casa.
La juventud universitaria de Córdoba, por intermedio de su
federación, saluda a los compañeros de América
toda y les incita a colaborar en la obra de libertad que inicia.
Enrique F. Barros, Horacio Valdés, Ismael C. Bordabehere,
presidentes - Gumersindo Sayago - Alfredo Castellanos - Luis M.
Méndez - Jorge L. Bazante - Ceferino Garzón Maceda
- Julio Molina - Carlos Suárez Pinto - Emilio R. Biagosh
- Angel J. Nigro - Natalio J. Saibene - Antonio Medina Allende -
Ernesto Garzón.
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