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LA VIDA DE
LAZARILLO DE TORMES
Autor desconocido.
Edicion de Burgos, 1554.
Prologo
Yo por bien tengo que cosas tan señaladas, y por ventura
nunca oídas ni vistas,
vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del
olvido, pues
podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade,
y a los que no
ahondaren tanto los deleite; y a este propósito dice Plinio
que no hay libro,
por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena; mayormente que
los gustos no
son todos unos, mas lo que uno no come, otro se pierde por ello.
Y así vemos
cosas tenidas en poco de algunos, que de otros no lo son. Y esto,
para ninguna
cosa se debería romper ni echar a mal, si muy detestable
no fuese, sino que a
todos se comunicase, mayormente siendo sin perjuicio y pudiendo
sacar della
algún fruto.
Porque si así no fuese, muy pocos escribirían para
uno solo, pues no se
hace sin trabajo, y quieren, ya que lo pasan, ser recompensados,
no con
dineros, mas con que vean y lean sus obras, y si hay de qué,
se las alaben. Y a
este propósito dice Tulio: "La honra cría las
artes."
¿Quién piensa que el soldado que es primero del escala,
tiene más
aborrecido el vivir? No, por cierto; mas el deseo de alabanza le
hace ponerse
al peligro; y así, en las artes y letras es lo mesmo. Predica
muy bien el
presentado, y es hombre que desea mucho el provecho de las ánimas;
mas pregunten
a su merced si le pesa cuando le dicen: "¡Oh, qué
maravillosamente lo ha hecho
vuestra reverencia!" Justó muy ruinmente el señor
don Fulano, y dio el sayete
de armas al truhán, porque le loaba de haber llevado muy
buenas lanzas. ¿Que
hiciera si fuera verdad?
Y todo va desta manera: que confesando yo no ser más santo
que mis
vecinos, desta nonada, que en este grosero estilo escribo, no me
pesará que
hayan parte y se huelguen con ello todos los que en ella algún
gusto hallaren,
y vean que vive un hombre con tantas fortunas, peligros y adversidades.
Suplico a vuestra merced reciba el pobre servicio de mano de quien
lo
hiciera más rico si su poder y deseo se conformaran. Y pues
vuestra merced
escribe se le escriba y relate el caso por muy extenso, parecióme
no tomarle
por el medio, sino del principio, porque se tenga entera noticia
de mi persona.
Y también porque consideren los que heredaron nobles estados
cuán poco se les
debe, pues Fortuna fue con ellos parcial, y cuánto más
hicieron los que,
siéndoles contraria, con fuerza y maña remando, salieron
a buen puerto.
Tratado Primero
Cuenta Lázaro su vida y cúyo hijo fue.
Pues sepa vuestra merced ante todas cosas que a mí llaman
Lázaro de
Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez,
naturales de Tejares, aldea
de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por
la cual causa tomé
el sobrenombre, y fue desta manera. Mi padre, que Dios perdone,
tenia cargo de
proveer una molienda de una aceña, que está ribera
de aquel río, en la cual fue
molinero más de quince años; y estando mi madre una
noche en la aceña, preñada
de mí, tomóle el parto y parióme allí:
de manera que con verdad puedo decir
nacido en el río.
Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi padre
ciertas sangrías
mal hechas en los costales de los que allí a moler venían,
por lo que fue
preso, y confesó y no negó y padeció persecución
de justicia. Espero en Dios
que está en la Gloria, pues el Evangelio los llama bienaventurados.
En este
tiempo se hizo cierta armada contra moros, entre los cuales fue
mi padre, que a
la sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho, con
cargo de acemilero de
un caballero que allá fue, y con su señor, como leal
criado, feneció su vida.
Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese, determinó
arrimarse a los buenos por ser uno dellos, y vínose a vivir
a la ciudad, y
alquiló una casilla, y metióse a guisar de comer a
ciertos estudiantes, y
lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del Comendador de la
Magdalena, de
manera que fue frecuentando las caballerizas.
Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban, vinieron
en
conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra
casa, y se iba a la mañana.
Otras veces de día llegaba a la puerta, en achaque de comprar
huevos, y
entrábase en casa. Yo al principio de su entrada, pesábame
con él y habíale
miedo, viendo el color y mal gesto que tenía; mas de que
vi que con su venida
mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía
pan, pedazos de
carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos.
De manera que, continuando con la posada y conversación,
mi madre vino a
darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar.
Y acuérdome que, estando el negro de mi padre trebejando
con el mozuelo,
como el niño via a mi madre y a mí blancos, y a el
no, huía de él con miedo
para mi madre, y señalando con el dedo decía: "!Madre,
coco!".
Respondio él riendo: "!Hideputa!"
Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi hermanico,
y dije
entre mí: "!Cuantos debe de haber en el mundo que huyen
de otros porque no se
ven a sí mismos!"
Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que
así se llamaba,
llego a oídos del mayordomo, y hecha pesquisa, hallóse
que la mitad por medio
de la cebada, que para las bestias le daban, hurtaba, y salvados,
leña,
almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos
hacía perdidas, y
cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con
todo esto acudía a mi
madre para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo
ni fraile,
porque el uno hurta de los pobres y el otro de casa para sus devotas
y para
ayuda de otro tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba
a esto.
Y probósele cuanto digo y aún más. Porque a
mí con amenazas me
preguntaban, y como niño respondía, y descubría
cuanto sabía con miedo, hasta
ciertas herraduras que pormandado de mi madre a un herrero vendí.
Al triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y a mi madre pusieron
pena por justicia, sobre el acostumbrado centenario, que en casa
del sobredicho
comendador ni entrase, ni al lastimado Zaide en la suya acogiese.
Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó
y cumplió la
sentencia; y por evitar peligro y quitarse de malas lenguas, se
fue a servir a
los que al presente vivían en el mesón de la Solana.
Y allí, padeciendo mil
importunidades, se acabó de criar mi hermanico hasta que
supo andar, y a mí
hasta ser buen mozuelo, que iba a los huéspedes por vino
y candelas y por lo
demás que me mandaban.
En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole
que
yo sería para adestrarle, me pidió a mi madre, y ella
me encomendó a él,
diciéndole como era hijo de un buen hombre, el cual por ensalzar
la fe había
muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría
peor hombre
que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí,
pues era
huérfano.
Él le respondió que así lo haría, y
que me recibía no por mozo sino por
hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo
y viejo amo.
Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole
a mi amo que no
era la ganancia a su contento, determino irse de allí, y
cuando nos hubimos de
partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su bendicion
y dijo:
"Hijo, ya se que no te veré más. Procura ser
bueno, y Dios te guié.
Criado te he y con buen amo te he puesto: Valete por tí."
Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.
Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada
de ella
un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme
que
llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo:
"Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás
gran ruido dentro dél."
Yo simplemente llegué, creyendo ser así; y como sintió
que tenía la
cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una
gran calabazada en el
diablo del toro, que más de tres dias me duro el dolor de
la cornada, y dijome:
"Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber
más que el
diablo".
Y rió mucho la burla.
Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza
en que como niño
dormido estaba. Dije entre mí:
"Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar,
pues solo soy, y
pensar como me sepa valer."
Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró
jerigonza, y como
me viese de buen ingenio, holgábase mucho, y decía:
"Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir
muchos te
mostraré."
Y fue así, que después de Dios, éste me dio
la vida, y siendo ciego me
alumbró y adestró en la carrera de vivir.
Huelgo de contar a vuestra merced estas niñerías para
mostrar cuánta
virtud sea saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar
siendo altos
cuánto vicio.
Pues, tornando al bueno de mi ciego y contando sus cosas, vuestra
merced
sepa que desde que Dios crió el mundo, ninguno formó
más astuto ni sagaz. En
su oficio era un águila. Ciento y tantas oraciones sabía
de coro. Un tono bajo,
reposado y muy sonable que hacía resonar la iglesia donde
rezaba, un rostro
humilde y devoto que con muy buen continente ponía cuando
rezaba, sin hacer
gestos ni visajes con boca ni ojos, como otros suelen hacer.
Allende desto, tenía otras mil formas y maneras para sacar
el dinero.
Decía saber oraciones para muchos y diversos efectos: para
mujeres que no
parían, para las que estaban de parto, para las que eran
malcasadas, que sus
maridos las quisiesen bien. Echaba pronósticos a las preñadas;
si traía hijo o
hija.
Pues en caso de medicina, decía que Galeno no supo la mitad
que él para
muela, desmayos, males de madre. Finalmente, nadie le decía
padecer alguna
pasión, que luego no le decía:
"Haced esto, haréis estotro, cosed tal yerba, tomad
tal raiz."
Con esto andábase todo el mundo tras él, especialmente
mujeres, que cuanto
les decían creían. Déstas sacaba él
grandes provechos con las artes que digo, y
ganaba más en un mes que cien ciegos en un año.
Mas también quiero que sepa vuestra merced que, con todo
lo que adquiría
y tenía, jamás tan avariento ni mezquino hombre no
vi, tanto que me mataba a mí
de hambre, y a sí no me demediaba de lo necesario. Digo verdad;
si con mi
sotileza y buenas mañas no me supiera remediar, muchas veces
me finara de
hambre; mas con todo su saber y aviso le contraminaba de tal suerte
que
siempre, o las más veces, me cabía lo más y
mejor. Para esto le hacía burlas
endiabladas, de las cuales contaré algunas, aunque no todas
a mi salvo. Él
traía el pan y todas las otras cosas en un fardel de lienzo
que por la boca se
cerraba con una argolla de hierro y su candado y su llave, y al
meter de todas
las cosas y sacarlas, era con tan gran vigilancia y tanto por contadero,
que no
bastaba hombre en todo el mundo hacerle menos una migaja; mas yo
tomaba aquella
laceria que el me daba, la cual en menos de dos bocados era despachada.
Después que cerraba el candado y se descuidaba pensando que
yo estaba
entendiendo en otras cosas, por un poco de costura, que muchas veces
del un
lado del fardel descosía y tornaba a coser, sangraba el avariento
fardel,
sacando no por tasa pan, mas buenos pedazos, torreznos y longaniza;
y así
buscaba conveniente tiempo para rehacer, no la chaza, sino la endiablada
falta
que el mal ciego me faltaba.
Todo lo que podía sisar y hurtar, traía en medias
blancas; y cuando le
mandaban rezar y le daban blancas, como él carecía
de vista, no había el que se
la daba amagado con ella, cuando yo la tenía lanzada en la
boca y la media
aparejada, que por presto que él echaba la mano, ya iba de
mi cambio aniquilada
en la mitad del justo precio. Quejábaseme el mal ciego, porque
al tiento luego
conocía y sentia que no era blanca entera, y decía:
-¿Qué diablo es esto, que después que conmigo
estás no me dan sino medias
blancas, y de antes una blanca y un maravedí hartas veces
me pagaban? En ti debe
estar esta desdicha.
Tambien él abreviaba el rezar y la mitad de la oración
no acababa, porque
me tenía mandado que en yéndose el que la mandaba
rezar, le tirase por el cabo
del capuz. Yo así lo hacia. Luego él tornaba a dar
voces, diciendo:
"¿Mandan rezar tal y tal oración?", como
suelen decir.
Usaba poner cabe sí un jarrillo de vino cuando comíamos,
y yo muy de
presto le asía y daba un par de besos callados y tornábale
a su lugar. Mas
duróme poco, que en los tragos conocía la falta, y
por reservar su vino a salvo
nunca después desamparaba el jarro, antes lo tenía
por el asa asido. Mas no
había piedra imán que así trajese a sí
como yo con una paja larga de centeno,
que para aquel menester tenía hecha, la cual metiéndola
en la boca del jarro,
chupando el vino lo dejaba a buenas noches. Mas como fuese el traidor
tan
astuto, pienso que me sintió, y dende en adelante mudó
propósito, y asentaba su
jarro entre las piernas, y atapábale con la mano, y así
bebía seguro.
Yo, como estaba hecho al vino, moría por él, y viendo
que aquel remedio
de la paja no me aprovechaba ni valía, acordé en el
suelo del jarro hacerle una
fuentecilla y agujero sotil, y delicadamente con una muy delgada
tortilla de
cera taparlo, y al tiempo de comer, fingiendo haber frío,
entrabame entre las
piernas del triste ciego a calentarme en la pobrecilla lumbre que
teníamos, y
al calor della luego derretida la cera, por ser muy poca, comenzaba
la
fuentecilla a destillarme en la boca, la cual yo de tal manera ponía
que
maldita la gota se perdía. Cuando el pobreto iba a beber,
no hallaba nada.
Espantábase, maldecíase, daba al diablo el jarro y
el vino, no sabiendo
qué podía ser.
"No diréis, tío, que os lo bebo yo -decía-,
pues no le quitáis de la
mano."
Tantas vueltas y tiento dio al jarro, que halló la fuente
y cayó en la
burla; mas así lo disimuló como si no lo hubiera sentido.
Y luego otro día, teniendo yo rezumando mi jarro como solía,
no pensando
en el daño que me estaba aparejado ni que el mal ciego me
sentía, sentéme como
solía, estando recibiendo aquellos dulces tragos, mi cara
puesta hacia el
cielo, un poco cerrados los ojos por mejor gustar el sabroso licor,
sintió el
desesperado ciego que agora tenía tiempo de tomar de mí
venganza y con toda su
fuerza, alzando con dos manos aquel dulce y amargo jarro, le dejo
caer sobre
mi boca, ayudándose, como digo, con todo su poder, de manera
que el pobre
Lázaro, que de nada desto se guardaba, antes, como otras
veces, estaba
descuidado y gozoso, verdaderamente me pareció que el cielo,
con todo lo que en
él hay, me habia caído encima.
Fue tal el golpecillo, que me desatinó y sacó de sentido,
y el jarrazo
tan grande, que los pedazos de él me metieron por la cara,
rompiédomela por
muchas partes, y me quebrólos dientes, sin los cuales hasta
hoy día me quedé.
Desde aquella hora quise mal al mal ciego, y aunque me quería
y regalaba y me
curaba, bien vi que se había holgado del cruel castigo. Lavóme
con vino las
roturas que con los pedazos del jarro me había hecho, y sonriéndose
decía:
"¿Qué te parece, Lázaro? Lo que te enfermó
te sana y da salud".
Y otros donaires que a mi gusto no lo eran.
Ya que estuve medio bueno de mi negra trepa y cardenales, considerando
que a pocos golpes tales el cruel ciego ahorraría de mí,
quise yo ahorrar de
él; mas no lo hice tan presto por hacerlo mas a mi salvo
y provecho. Aunque yo
quisiera asentar mi corazón y perdonarle el jarrazo, no daba
lugar al
maltratamiento que el mal ciego dende allí adelante me hacía,
que sin causa ni
razón me hería, dándome coscorrones y repelándome.
Y si alguno le decía por qué me trataba tan mal, luego
contaba el cuento
del jarro, diciendo:
"¿Pensaréis que este mi mozo es algún
inocente? Pues oíd si el demonio
ensayara otra tal hazaña."
Santiguándose los que lo oían, decian:
"¡Mira quién pensara de un muchacho tan pequeño
tal ruindad!".
Y reían mucho el artificio, y decíanle:
"Castigaldo, castigaldo, que de Dios lo habréis."
Y el con aquello nunca otra cosa hacia. Y en esto yo siempre le
llevaba
por los peores caminos, y adrede, por le hacer mal y daño:
si había piedras,
por ellas, si lodo, por lo más alto. Que aunque yo no iba
por lo más enjuto,
holgábame a mi de quebrar un ojo por quebrar dos al que ninguno
tenía. Con esto
siempre con el cabo alto del tiento me atentaba el colodrillo, el
cual siempre
traía lleno de tolondrones y pelado de sus manos. Y aunque
yo juraba no lo
hacer con malicia, sino por no hallar mejor camino, no me aprovechaba
ni me
creía más: tal era el sentido y el grandísimo
entendimiento del traidor.
Y porque vea vuestra merced a cuánto se estendía el
ingenio de ste astuto
ciego, contaré un caso de muchos que con él me acaecieron,
en el cual me parece
dio bien a entender su gran astucia. Cuando salimos de Salamanca,
su motivo fue
venir a tierra de Toledo, porque decia ser la gente más rica,
aunque no muy
limosnera. Arrimábase a este refran: "Más da
el duro que el desnudo." Y venimos
a este camino por los mejores lugares. Donde hallaba buena acogida
y ganancia,
deteníamonos; donde no, a tercero día hacíamos
San Juan.
Acaeció que, llegando a un lugar que llaman Almoroz al tiempo
que cogían
las uvas, un vendimiador le dio un racimo dellas en limosna. Y como
suelen ir
los cestos maltratados, y también porque la uva en aquel
tiempo está muy
madura, desgranábasele el racimo en la mano. Para echarlo
en el fardel tornábase
mosto, y lo que a él se llegaba.
Acordó de hacer un banquete, así por no lo poder llevar
como por
contentarme, que aquel día me habia dado muchos codillazos
y golpes. Sentámonos
en un valladar y dijo:
"Agora quiero yo usar contigo de una liberalidad, y es que
ambos comamos
este racimo de uvas, y que hayas del tanta parte como yo. Partirlo
hemos desta
manera: tú picarás una vez y yo otra; con tal que
me prometas no tomar cada vez
más de una uva. Yo haré lo mismo hasta que lo acabemos,
y de esta suerte no
habrá engaño."
Hecho así el concierto, comenzamos; mas luego al segundo
lance; el
traidor mudó de proposito y comenzó a tomar de dos
en dos, considerando que yo
debría hacer lo mismo. Como vi que él quebraba la
postura, no me contenté ir a
la par con el, mas aun pasaba adelante: dos a dos, y tres a tres,
y como podía
las comía. Acabado el racimo, estuvo un poco con el escobajo
en la mano y
meneando la cabeza dijo:
"Lázaro, engañado me has. Juraré yo a
Dios que has tú comido las uvas
tres a tres."
"No comí -dije yo- mas ¿por que sospecháis
eso?"
Respondió el sagacísimo ciego:
"¿Sabes en qué veo que las comiste tres a tres?
En que comía yo dos a dos
y callabas."
A lo cual yo no respondí. Yendo que íbamos así
por debajo de unos
soportales, en Escalona, adonde a la sazón estabámos
en casa de un zapatero,
había muchas sogas y otras cosas que de esparto se hacen,
y parte dellas dieron
a mi amo en la cabeza. El cual, alzando la mano, tocó en
ellas, y viendo lo
que era díjome:
"Anda presto, mochacho; salgamos de entre tan mal manjar, que
ahoga sin
comerlo."
Yo, que bien descuidado iba de aquello, miré lo que era,
y como no vi
sino sogas y cinchas, que no era cosa de comer, díjele:
"Tío, ¿por qué decís eso?"
Respondióme:
"Calla, sobrino; según las mañas que llevas,
lo sabrás y verás como digo
verdad."
Y así pasamos adelante por el mismo portal y llegamos a un
mesón, a la
puerta del cual había muchos cuernos en la pared, donde ataban
los recueros sus
bestias, y como iba tentando si era allí el mesón
adonde el rezaba cada día por
la mesonera la oración de la emparedada, asió de un
cuerno, y con un gran
suspiro dijo:
"¡O mala cosa, peor que tienes la hechura! !De cuántos
eres deseado poner
tu nombre sobre cabeza ajena y de cuán pocos tenerte ni aun
oír tu nombre, por
ninguna vía!"
Como le oí lo que decía, dije:
"Tío, ¿qué es eso que decís?"
"Calla, sobrino, que algún día te dará
este, que en la mano tengo, alguna
mala comida y cena."
"No le comeré yo -dije- y no me la dará."
"Yo te digo verdad; si no, verlo has, si vives."
Y así pasamos adelante hasta la puerta del mesón,
adonde pluguiere a Dios
nunca allá llegáramos, según lo que me sucedia
en él.
Era, todo lo más que rezaba por mesoneras y por bodegoneras
y turroneras
y rameras y así por semejantes mujercillas, que por hombre
casi nunca le vi
decir oración.
Reíme entre mí, y aunque muchacho noté mucho
la discreta consideración
del ciego.
Mas, por no ser prolijo dejo de contar muchas cosas, así
graciosas como
de notar, que con este mi primer amo me acaecieron, y quiero decir
el
despidiente y con él acabar. Estábamos en Escalona,
villa del duque della, en un
mesón, y diome un pedazo de longaniza que la asase. Ya que
la longaniza había
pringado y comídose las pringadas, sacó un maravedí
de la bolsa y mandó que
fuese por él de vino a la taberna. Púsome el demonio
el aparejo delante los
ojos, el cual, como suelen decir, hace al ladrón, y fue que
había cabe el fuego
un nabo pequeño, larguillo y ruinoso, y tal que, por no ser
para la olla, debió
ser echado allí.
Y como al presente nadie estuviese sino él y yo solos, como
me ví con
apetito goloso, habiéndome puesto dentro el sabroso olor
de la longaniza, del
cual solamente sabía que había de gozar, no mirando
qué me podría suceder,
pospuesto todo el temor por cumplir con el deseo, en tanto que el
ciego sacaba
de la bolsa el dinero, saqué la longaniza y muy presto metí
el sobredicho nabo
en el asador, el cual mi amo, dándome el dinero para el vino,
tomó y comenzó a
dar vueltas al fuego, queriendo asar al que de ser cocido por sus
deméritos
había escapado.
Yo fuí por el vino, con el cual no tardé en despachar
la longaniza, y
cuando vine hallé al pecador del ciego que tenía entre
dos rebanadas apretado
el nabo, al cual aún no había conocido por no lo haber
tentado con la mano.
Como tomase las rebanadas y mordiese en ellas pensando tambien llevar
parte de
la longaniza, hallóse en frío con el frío nabo.
Alterose y dijo:
"¿Que es esto, Lazarillo?"
"¡Lacerado de mí! -dije yo-. ¿Si queréis
a mí echar algo? ¿Yo no vengo de
traer el vino? Alguno estaba ahí, y por burlar haría
esto."
"No, no -dijo él-,que yo no he dejado el asador de la
mano; no es posible"
Yo torné a jurar y perjurar que estaba libre de aquel trueco
y cambio;
mas poco me aprovechó, pues a las astucias del maldito ciego
nada se le
escondía. Levantóse y asióme por la cabeza,
y llegóse a olerme; y como debió
sentir el huelgo, a uso de buen podenco, por mejor satisfacerse
de la verdad, y
con la gran agonía que llevaba, asiéndome con las
manos, abríame la boca más de
su derecho y desatentadamente metía la nariz. La cual el
tenía luenga y
afilada, y a aquella sazón con el enojo se había augmentado
un palmo. Con el
pico de la cual me llegó a la gulilla.
Y con esto y con el gran miedo que tenía, y con la brevedad
del tiempo,
la negra longaniza aún no había hecho asiento en el
estómago, y lo más
principal: con el destiento de la cumplidísima nariz medio
cuasi ahogándome,
todas estas cosas se juntaron y fueron causa que el hecho y golosina
se
manifestase y lo suyo fuese devuelto a su dueño. De manera
que antes que el mal
ciego sacase de mi boca su trompa, tal alteración sintió
mi estomago que le dio
con el hurto en ella, de suerte que su nariz y la negra malmaxcada
longaniza a
un tiempo salieron de mi boca.
¡Oh, gran Dios, quién estuviera aquella hora sepultado,
que muerto ya lo
estaba! Fue tal el coraje del perverso ciego que, si al ruido no
acudieran,
pienso no me dejara con la vida. Sacaronme de entre sus manos, dejándoselas
llenas de aquellos pocos cabellos que tenía, arañada
la cara y rasguñado el
pescuezo y la garganta. Y esto bien lo merecía, pues por
su maldad me venían
tantas persecuciones.
Contaba el mal ciego a todos cuantos allí se allegaban mis
desastres, y
dábales cuenta una y otra vez, así de la del jarro
como de la del racimo, y
agora de lo presente. Era la risa de todos tan grande que toda la
gente que por
la calle pasaba entraba a ver la fiesta; mas con tanta gracia y
donaire
recontaba el ciego mis hazañas que, aunque yo estaba tan
maltratado y llorando,
me parecía que hacia sinjusticia en no se las reír.
Y en cuanto esto pasaba, a la memoria me vino una cobardía
y flojedad que hice,
por que me maldecía, y fue no dejarle sin narices, pues tan
buen tiempo tuve
para ello que la mitad del camino estaba andado. Que con sólo
apretar los
dientes se me quedaran en casa, y con ser de aquel malvado, por
ventura lo
retuviera mejor mi estómago que retuvo la longaniza, y no
pareciendo ellas
pudiera negar la demanda. Pluguiera a Dios que lo hubiera hecho,
que eso fuera
así que así.
Hiciéronnos amigos la mesonera y los que allí estaban,
y con el vino que
para beber le había traído, lavaronme la cara y la
garganta, sobre lo cual
discantaba el mal ciego donaires, diciendo:
"Por verdad, más vino me gasta este mozo en lavatorios
al cabo del año
que yo bebo en dos. A lo menos, Lázaro, eres en mas cargo
al vino que a tu
padre, porque él una vez te engendró, mas el vino
mil te ha dado la vida."
Y luego contaba cuántas veces me había descalabrado
y harpado la cara, y
con vino luego sanaba.
"Yo te digo -dijo- que si un hombre en el mundo ha de ser
bienaventurado con vino, que serás tú."
Y reían mucho los que me lavaban con esto, aunque yo renegaba.
Mas el
pronóstico del ciego no salió mentiroso, y después
acá muchas veces me acuerdo
de aquel hombre, que sin duda debía tener espíritu
de profecía, y me pesa de
los sinsabores que le hice, aunque bien se lo pagué, considerando
lo que aquel
día me dijo salirme tan verdadero como adelante V.M. oirá.
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