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Ortografía
de la lengua española. Edición revisada por las Academias
de la Lengua Española
Real Academia Española
Prólogo
Han sido muchos los hispanohablantes que en los últimos tiempos
se han dirigido a la Real Academia Española solicitando aclaraciones
de normas ortográficas, planteando dudas y sugiriendo, en
fin, la conveniencia de presentar la Ortografía de un modo
más sistemático, claro y accesible. A eso responde
esta nueva edición que la Academia ha preparado en estrecha
colaboración con las corporaciones hermanas de América
y de Filipinas, corrigiendo, actualizando y acrecentando la versión
anterior con precisiones y ejemplos.
Los detallados informes de las distintas Academias han permitido
lograr una Ortografía verdaderamente panhispánica.
Apenas hay en ella novedad de doctrina, pero se recoge, ordena y
clarifica toda la que tenía dispersa la Academia en los últimos
tiempos y se refuerza la atención a las variantes de uso
americanas.
La normativa ortográfica de la lengua española es
fruto de un proceso de adaptación y simplificación
de los variados y variables usos antiguos, que esta Institución
emprendió casi al tiempo de su nacimiento y que quedó
de hecho acabada con la publicación, en 1844, del Prontuario
de ortografía de la lengua castellana, dispuesto por Real
Orden para el uso de las escuelas públicas por la Real Academia
Española con arreglo al sistema adoptado en la novena edición
de su Diccionario. La Real Orden era la de 25 de abril de ese mismo
año, firmada por la reina doña Isabel II, a petición
del Consejo de Instrucción Pública, que oficializaba
la ortografía académica al imponer su enseñanza
en las escuelas. Hasta ese momento la Academia se había limitado
a proponer normas y aconsejar empleos, bien es verdad que con notable
éxito, pues el propio Andrés Bello declaraba que no
sabía qué admirar más, «si el espíritu
de liberalidad con que la Academia ha patrocinado e introducido
ella misma las reformas útiles, o la docilidad del público
en adoptarlas, tanto en la Península como fuera de ella».
El refrendo oficial consolidó las normas académicas,
pero al mismo tiempo vino a obstruir las vías de innovación
y reforma por las que la Academia había ido avanzando paso
a paso desde la primera edición de su Ortographía,
de 1741, que ya en su segunda edición, de once años
más tarde, se escribió Ortografía, proclamando
desde la misma portada su opción por el criterio fonético
con preferencia sobre el etimológico. Quedó así,
probablemente, truncada, como efecto no buscado de la sanción
regia, la pausada marcha innovadora de la Academia, que no pudo
dar ya los pasos proyectados para ajustar sus normas a los deseos
de Bello y a los avances de la llamada «ortografía
chilena» difundida por diversos lugares de América.
Predominó la idea y la voluntad de mantener la unidad idiomática
por encima de particularismos gráficos no admitidos por todos:
poco a poco, las naciones americanas de nuestra lengua se mostraron
conformes con la ortografía académica y la hicieron
oficial en las diversas repúblicas. El proceso se cerró
en Chile, donde más tiempo se había mantenido el cisma,
con el decreto que firmó el presidente Ibáñez,
el 20 de junio de 1927, donde se disponía que, a partir del
12 de octubre de aquel año, se adoptase la ortografía
académica en todos los establecimientos de enseñanza
pública y en la redacción de todos los documentos
oficiales. El gran lingüista suramericano Ángel Rosenblat
escribiría que la unidad ortográfica es «la
mayor fuerza aglutinante, unificadora de una amplia comunidad cultural:
por debajo de ella pueden convivir sin peligro todas las diferencias
dialectales». Y añadiría: «El triunfo
de la ortografía académica es el triunfo del espíritu
de unidad hispánica».
La Real Academia Española ha elevado a la categoría
de objetivo prioritario en los estatutos vigentes el de «velar
porque los cambios que experimente la lengua española en
su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes
no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito
hispánico». Quiere esto decir que nuestro viejo lema
fundacional, «limpia, fija y da esplendor», ha de leerse
ahora, más cabalmente, como «unifica, limpia y fija»
y que esa tarea la compartimos, en mutua colaboración, con
las veintiuna Academias de la Lengua Española restantes,
las de todos los países donde se habla el español
como lengua propia. Es lo que hemos hecho en esta ocasión.
Si ya Bello entendía, pensando en la Real Academia Española
y en las contradicciones de sus propios criterios ortográficos,
que un cuerpo colectivo no puede proceder con la misma fijeza de
principios que un individuo, imagínese hasta dónde
puede llegar la dificultad de cohonestar actitudes u opiniones contrarias
cuando el cuerpo colectivo está constituido por la asociación
de tan notable número de cuerpos colectivos previos, y la
lengua que es objeto del acuerdo no es ya una lengua de menos de
cuarenta millones de personas, como era entonces, sino un idioma
universal con más de cuatrocientos millones de hablantes.
Conviene hacer patentes estas cosas, pues son muchos los arbitristas
de la Ortografía que acuden a esta Institución o salen
a la palestra, con mejor intención que acierto, pidiendo
u ofreciendo radicales soluciones a los problemas ortográficos
o cebándose con fáciles diatribas en el sistema establecido.
Entre esas personas bienintencionadas ni siquiera han faltado académicos
que hayan presentado propuestas simplificadoras en los congresos
de la Asociación de Academias. A todos estos entusiastas
debería recordárseles que ya Nebrija, su más
antiguo e ilustre predecesor, quien recuperó para nuestra
lengua el principio de Quintiliano según el cual se debe
escribir como se pronuncia, no olvidó en ningún caso
que el propio calagurritano había hecho una salvedad: nisi
quod consuetudo obtínuerit, y advirtió que «en
aquello que es como ley consentida por todos es cosa dura hacer
novedad».
La evolución de la ortografía académica ha
estado regulada por la utilización combinada y jerarquizada
de tres criterios universales: la pronunciación, la etimología
y el uso, que, como decía Horacio, es en cuestiones de lenguaje
el árbitro definitivo. La Real Academia Española,
como tal Corporación, se siente hoy orgullosa de que sus
antecesores, durante el siglo transcurrido entre 1741, fecha de
la primera edición de la Ortographía, y 1844, fecha
del Real Decreto sancionador, tuviesen tan buen sentido, tan clara
percepción de lo comúnmente aceptable, tal visión
de futuro y tanto tino como para conseguir encauzar nuestra escritura
en un sistema sin duda sencillo, evidentemente claro y tan adaptado
a la lengua oral que ha venido a dotar a nuestra lengua castellana
o española de una ortografía bastante simple y notoriamente
envidiable, casi fonológica, que apenas si tiene parangón
entre las grandes lenguas de cultura.
En 1843, una autotitulada «Academia Literaria y Científica
de Profesores de Instrucción Primaria» de Madrid se
había propuesto una reforma radical, con supresión
de h, v y q, entre otras estridencias, y había empezado a
aplicarla en las escuelas. El asunto era demasiado serio y de ahí
la inmediata oficialización de la ortografía académica,
que nunca antes se había estimado necesaria. Sin esa irrupción
de espontáneos reformadores con responsabilidad pedagógica,
es muy posible que la Corporación española hubiera
dado un par de pasos más, que tenía anunciados y que
la hubieran emparejado con la corriente americana, es decir, con
las directrices de Bello.
En la octava edición de la Ortografía, la de 1815,
al deslindar los usos de y e i, consonante la primera, vocal la
segunda, se añade «con algunas excepciones por ahora»,
y al tratar de la posibilidad de poner límites, igualmente,
entre j y g, la Academia estima la reforma de tanta trascendencia
que prefiere «dejar que el uso de los doctos abra camino para
autorizarla con acierto y mayor oportunidad». Como esos dos
deslindes fueron objetivo primordial en el proyecto de Bello y los
dos más persistentes en la largamente mantenida disidencia
chilena, parece obvio suponer que la Real Academia Española,
sin la obligada intervención gubernamental, o sea, sin la
descabellada actuación de los maestros madrileños,
hubiera terminado aceptándolos, puesto que era proclive a
ello, y la ortografía del español sería hoy,
quizá, muy semejante a la que se empeñó en
utilizar uno de nuestros mayores poetas, Juan Ramón Jiménez,
que se sentía solidario de esas simplificaciones hispanoamericanas
de su época, a las que no faltaban adictos peninsulares.
Pero no fue así, por esas razones que decimos, y tal vez
la Academia fuera la primera en lamentarlo. Las cosas, pues, quedaron
como quedaron y son como son, y ahora cualquier variación
en los hábitos resulta mucho más ardua, afecta a muchas
más personas y requiere el acuerdo previo de veintidós
corporaciones asociadas. Baste recordar aquí que un asunto
mínimo, ni siquiera ortográfico sino clasificatorio,
la recuperación del orden alfabético latino universal,
que la Academia había alterado para el uso hispánico
en 1803, al otorgar carácter de letras unitarias e independientes
a los dígrafos ch y ll, movida precisamente por su vocación
fonológica en la interpretación de la lengua escrita,
requirió dos congresos de Academias y larguísimas
discusiones para su aprobación, pese a que nos lo solicitaban
los organismos internacionales y en nuestras propias naciones eran
ya muchas las entidades, públicas y privadas, que lo habían
adoptado.
¿Quiere esto decir que el código ortográfico
recogido en esta obra debe ser invariable, definitivo, resistente
a toda discrepancia y sin posibilidad de modificación posterior?
De ningún modo. Y prueba evidente de ello es que, a petición
de varias Academias americanas, el texto de esta edición
contiene algunas novedades, mínimas, de doctrina, destinadas
a regularizar ciertos aspectos relativos a la acentuación
gráfica: el uso de la tilde en las formas verbales incrementadas
con pronombres átonos -que ahora siguen en todos los casos
las reglas generales de acentuación- y la colocación
del acento gráfico en hiatos y diptongos -incluidos au, eu,
ou en posición final-, que a partir de ahora podrá
regirse, si así lo desean quienes escriben, por convenciones
generales, no sujetas a las diferencias de pronunciación
lógicas en un idioma cuyo empleo como lengua materna llega
a cuatro continentes.
Lo que la Real Academia Española cree, con todas las Academias
asociadas, es que un código tan ampliamente consensuado merece
respeto y acatamiento, porque, en última instancia, los hispanohablantes
hemos de congratulamos de que nuestra lengua haya alcanzado con
él un nivel de adecuación ortográfica que no
muchos idiomas poseen. Pueden existir dudas para un oyente en el
momento de elegir el signo que corresponde a tal sonido en una voz
determinada, pero no existe prácticamente nunca problema
a la hora de reproducir oralmente el sonido que le corresponde a
cada letra, en cada situación, según las reglas establecidas.
Y eso, en un mundo intercomunicado por distintos sistemas de signos,
es un bien impagable, aunque, por supuesto, pueda ser mejorado.
La Real Academia Española no abdica del espíritu progresivamente
reformista que alentó en ella desde sus comienzos y no renuncia
a nada que pueda redundar en beneficio de nuestra común lengua
española, de acuerdo siempre con el parecer compartido por
las otras Academias hermanas y con el juicio valorativo que cualquier
propuesta le merezca al conjunto de ellas en su asociación.
Como decía con acierto otro notable gramático del
siglo XIX, Vicente Salvá, refiriéndose precisamente
a estas cuestiones ortográficas, «el trabajo en tales
negocios no está en señalar lo mejor, sino lo que
es hacedero».
Presentamos, pues, esta nueva versión de la Ortografía
académica, que se ha procurado modernizar en el estilo, actualizar
en los ejemplos, aliviar de tecnicismos, ilustrar con referencias
históricas y desmenuzar en la casuística, pensando
siempre en el gran público al que va dirigida. Se diferencian
convenientemente, por medios tipográficos, lo que son normas
de lo que no es otra cosa que orientación práctica
para el uso, e igualmente otros aspectos del contenido. Todo ello
fundado, es importante advertirlo, en la última edición
del Diccionario académico, de 1992, y en las adiciones y
enmiendas a este repertorio que la Corporación ha aprobado
con posterioridad.
Confiamos en que esta publicación resulte útil a todos
aquellos hispanohablantes, de nacimiento o de elección, que
hayan de escribir nuestra lengua y a quienes se les planteen determinadas
dudas, y aguardamos, como siempre, el juicio de los doctos. Cualquier
reflexión o cualquier indicación que ayude a mejorarla
será bien recibida.
Es de justicia que las últimas palabras sean de gratitud
a los lingüistas que han colaborado con nosotros y, sobre todo,
a las Academias hermanas que, con su diligente, minucioso y esmerado
trabajo de revisión, han enriquecido el texto y han sancionado
esta obra como la Ortografía de la comunidad hispánica.
Madrid, junio de 1999
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