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ortografía
académica La «nueva»
José Martínez de Sousa
0. Consideraciones previas
¿Cuánto tiempo debe transcurrir entre dos ediciones
consecutivas de la ortografía oficial de una lengua? Es difícil
responder a esta pregunta. Siendo la ortografía muy conservadora,
no es probable que experimente grandes cambios en períodos
cortos de tiempo, por lo que las ediciones de una ortografía
deben responder a criterios distintos de los relacionados con las
reformas o simplificaciones a que todo código ortográfico
puede someterse en estadios aún no perfectos de su evolución.
La última ortografía académica antes de que
apareciera la que aquí se analiza es la titulada Ortografía,
un folleto cuya primera edición salió en 1969, corregida
y complicada en la segunda, publicada en 1974. Han transcurrido,
pues, veintiséis años desde esta segunda edición
hasta la actual, que lleva por título Ortografía de
la lengua española, publicada por la Real Academia Española
(Madrid, Espasa-Calpe, 1999). Este lapso no es necesariamente suficiente
para sacar una nueva ortografía, salvo por dos razones: la
primera, que la nueva se proponga introducir cambios más
o menos profundos en el sistema ortográfico en uso; la segunda,
que la anterior edición de la ortografía sea muy imperfecta
y no responda a las necesidades expresivas de los usuarios de la
lengua en su vertiente gráfica. Puesto que lo que se afirma
en la primera razón no se ha dado con esta nueva ortografía,
es obvio que se trata de la segunda. En efecto, la anterior edición
de la ortografía académica era realmente confusa,
imperfecta, acientífica en su exposición, falta de
coherencia interna, etcétera. Atesoraba, pues, todos los
«méritos» para haber sido sustituida en fecha
incluso muy anterior.
Sin embargo, la nueva edición, ¿responde a las necesidades
expresivas de que se habla anteriormente?; ¿tiene más
coherencia interna?; ¿es menos confusa?; ¿se la puede
considerar mejor que la anterior? El trabajo que sigue solo pretende
poner las cosas en su sitio. Empecemos por el principio.
1. Un prólogo innecesario, impropio e injusto
Los prólogos que las ediciones anteriores llevaban los folletos
ortográficos de la Academia, así como la Gramática,
el Diccionario y el Esbozo, son más o menos técnicos
y en ellos se explica la materia y el porqué de su tratamiento
o de la publicación de la obra. Eso no puede decirse del
prólogo que precede a la Ortografía de 1999, prólogo
que debe atribuirse a la Academia como institución, ya que
ella lo asume al colocarlo al frente de la obra. Lo menos que de
él puede decirse es que se trata de un texto innecesario,
pues la Academia no tiene necesidad de decir lo que en él
se dice ni en la forma que se dice; impropio, porque no es una ortografía
el lugar adecuado para soltar la bilis acumulada a lo largo de algunos
años (al menos, eso es lo que parece), e injusto porque en
él, solapadamente a veces, otras de forma manifiesta, se
ataca duramente a personas que no merecen esta respuesta por parte
de una institución como la Academia.
Empieza la Academia por explicar la causa por la cual afronta en
este momento la nueva edición de la ortografía:
Han sido muchos los hispanohablantes que en los últimos tiempos
se han dirigido a la Real Academia Española solicitando aclaraciones
de normas ortográficas, planteando dudas y sugiriendo, en
fin, la conveniencia de presentar la Ortografía de un modo
más sistemático, claro y accesible.
Sin duda, muchas personas pueden haberse dirigido a la Academia
por distintas causas, pero, incluso aceptando que plantearan la
conveniencia de presentar la ortografía de forma más
sistemática, ¿es realmente esa la causa? ¿No
sería más lógico suponer y aceptar que el folleto
de 1974 era impresentable, contenía diversos errores, confundía
a los estudiosos y a los estudiantes, etcétera? ¿No
serían, estas, causas más serias para afrontar ese
trabajo, sabiendo como sabemos que la Academia nunca se ha movido
porque se lo pidieran los usuarios de la lengua? (Y a propósito:
¿por qué escribe ortografía con inicial mayúscula?)
Dice seguidamente:
Los detallados informes de las distintas Academias han permitido
lograr una Ortografía verdaderamente panhispánica.
Apenas hay en ella novedad de doctrina, pero se recoge, ordena y
clarifica toda la que tenía dispersa la Academia en los últimos
tiempos y se refuerza la atención a las variantes de uso
americanas.
Hay que preguntarse por qué razón esta ortografía
es panhispánica, siendo así que confiesa paladinamente
que «apenas hay en ella novedad de doctrina». Por la
misma razón, y puesto que en esta no hay novedad de doctrina,
también podía considerarse panhispánica la
edición anterior, la de 1969/1974. Y si no hay novedad de
doctrina, ¿para qué le sirvieron a la Academia, en
relación con esta edición, los «detallados informes
de las distintas academias»? (Y a propósito: ¿por
qué escribe academias con inicial mayúscula?)
A continuación, de forma harto sorprendente, nos viene a
decir que la oficialización de la ortografía académica
por la reina Isabel II en 1844, por la que concedía a la
Academia la hegemonía total en materia de enseñanza
ortográfica, fue poco menos que un desastre, ya que cortó
en flor su avance en materia de reforma y adecuación de la
ortografía. Dice así el prólogo que se analiza:
La normativa ortográfica de la lengua española es
fruto de un proceso de adaptación y simplificación
de los variados y variables usos antiguos, que esta Institución
emprendió casi al tiempo de su nacimiento y que quedó
de hecho acabada con la publicación, en 1844, del Prontuario
de ortografía de la lengua castellana, dispuesto por Real
Orden para el uso de las escuelas públicas por la Real Academia
Española con arreglo al sistema adoptado en la novena edíción
de su Diccionario. La Real Orden era la de 25 de abril de ese mismo
año, firmada por la reina doña Isabel II, a petición
del Consejo de Instrucción Pública, que oficializaba
la ortografía académica al imponer su enseñanza
en las escuelas. [...]
El refrendo oficial consolidó las normas académicas,
pero al mismo tiempo vino a obstruir las vías de innovación
y reforma por las que la Academia había ido avanzando paso
a paso desde la primera edición de su Ortographía,
de 1741 [...]. Quedó así, probablemente, truncada,
como efecto no buscado de la sanción regia, la pausada marcha
innovadora de la Academia, que no pudo dar ya los pasos proyectados
para ajustar sus normas a los deseos de Bello y a los avances de
la llamada «ortografía chilena» difundida por
diversos lugares de América.
El contenido de estos dos párrafos es desconcertante. Lo
que se sabía (y a los hechos me atengo) era que la Academia
había detenido su labor de reforma después de la octava
edición de la Ortografía (1815), en la que «la
Academia, pesando las ventajas e inconvenientes de una reforma de
tanta trascendencia, ha preferido dejar que el uso de los doctos
abra camino para autorizarla con acierto y mayor oportunidad».
(Y a propósito: ¿por qué escribe institución
con inicial mayúscula?)
En relación con esto, más adelante dice:
En la octava edición de la Ortografía, la de 1815,
al deslindar los usos de y e i, consonante la primera, vocal la
segunda, se añade «con algunas excepciones por ahora»,
y al tratar de la posibilidad de poner límites, igualmente,
entre j y g, la Academia estima la reforma de tanta trascendencia
que prefiere «dejar que el uso de los doctos abra camino para
autorizarla con acierto y mayor oportunidad». Como esos dos
deslindes fueron objetivo primordial en el proyecto de Bello y los
dos más persistentes en la largamente mantenida disidencia
chilena, parece obvio suponer que la Real Academia Española,
sin la obligada intervención gubernamental, o sea, sin la
descabellada actuación de los maestros madrileños,
hubiera terminado aceptándolos, puesto que era proclive a
ello [...].
No se adivina por qué llega la Academia a semejante conclusión.
Esa cita es de la Ortografía de 1815; la oficialización
de la ortografía académica es de 1844; hay treinta
años de diferencia entre ambos hechos: ¿no tuvo la
Academia ocasión de ver si los doctos le apuntaban algo?
Y a partir de este última fecha, que es cuando se inicia
la reforma de la ortografía chilena, hasta 1928 en que se
suprime por decreto, ¿no ha tenido la Academia ninguna indicación
de parte de los doctos o es que algo especial -alguna cláusula
secreta del decreto de oficialización, por ejemplo- le impidió
hacer suya la ortografía chilena? En la quinta edición
del Diccionario (1817) vuelve la institución a hacer hincapié
en estos criterios. La Academia, pues, a partir de esa fecha, guardó
el más absoluto silencio. No se entiende cómo pudo
la sanción regia detener «la pausada marcha innovadora»,
cuando esta había quedado detenida en 1815 (Ortografía)
y 1817 (Diccionario). Por lo demás, tampoco se entiende que
ahora salga a defender la llamada ortografía chilena, un
resto de la importante reforma ortográfica de Bello, adoptada,
con ciertos matices, en 1844 (el mismo día en que la reina
Isabel II oficializaba la ortografía académica, el
25 de abril) por la Facultad de Filosofía y Humanidades de
la Universidad de Chile, reforma que solo se aplicó durante
tres años y de la que quedó una parte a la que hemos
llamado ortografía chilena. De hecho, toda la reforma de
la ortografía chilena se resumía en la frase soi jeneral
estranjero (Amunátegui Reyes), es decir: sustitución
de y por i en todos los casos, empleo de j en vez de g en su sonido
velar fricativo sordo ante e, i, y, finalmente, sustitución
de x por s ante consonante. Esta reforma fracasó porque varios
estamentos chilenos la rechazaron, pero también, sin duda,
porque la Academia Española nunca expresó su simpatía
por ella (más bien al revés). Por ello ahora choca
profundamente que se declare defensora de tal ortografía,
siendo así que en su momento no la adoptó, pese a
que pudo hacerlo. Nadie sabía, hasta hoy, que la Academia
tuviera ni siquiera la intención de dar «los pasos
proyectados para ajustar sus normas a los deseos de Bello y a los
avances de la llamada 'ortografía chilena'[,] difundida por
diversos lugares de América». Cuando menos, es asombroso
leer esto. Resulta curioso también que, después de
observar lo observado, a esta escaramuza la tache la Academia de
cisma:
El proceso [de mantenimiento de la unidad ortográfica] se
cerró en Chile, donde más tiempo se había mantenido
el cisma [cursiva mía] [...].
Ni siquiera en su sentido por extensión, «escisión,
discordia, desavenencia», parece admisible tal palabra en
este caso. Por lo menos, parece excesiva. ¿Y era la Academia,
según dice, partidaria de ese cisma?
Sigue el prólogo académico:
La Real Academia Española ha elevado a la categoría
de objetivo prioritario en los estatutos vigentes el de «velar
porque los cambios que experimente la lengua española en
su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes
no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito
hispánico». [...]
Si por un lado, dado el público a que se destina la obra,
hubiera sido preferible escribir por que donde escribe porque, ya
que en este contexto es más apropiada la primera forma que
la segunda (aunque esta sea también correcta en opinión
de la Academia), por otro lado hay que decir que el contenido de
la obra desmiente la intención reflejada en el entrecomillado,
ya que la única novedad que la obra encierra, la libertad
de tildar o no palabras como guión, lió (de liar),
etcétera (véase más adelante), quiebra manifiestamente
«la esencial unidad que mantiene [la ortografía] en
todo el ámbito hispánico». Por lo visto, da
lo mismo predicar que dar trigo...
Continúa la Academia:
Si ya Bello entendía, pensando en la Real Academia Española
y en las contradicciones de sus propios criterios ortográficos,
que un cuerpo colectivo no puede proceder con la misma fijeza de
principios que un individuo [...].
De la confusa redacción del texto no se puede colegir de
quién son las «contradicciones de sus propios criterios
ortográficos», si de la Academia o de Bello. Por lógica,
se supone que de Bello, pero en este caso no acierta la Academia,
ya que Bello presenta su proyecto de reforma de la ortografía
en dos ocasiones, pero nunca solo; la primera (1823), con Juan García
del Río, y la segunda (1844), aunque no lleva su nombre,
es la de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad
de Chile, universidad de la que el sabio americano era rector. En
este caso, aunque la Academia lo quiere presentar desde otro ángulo,
ella, como cuerpo colectivo, tenía muchísimas más
ventajas que el propio Bello. Por esta causa no es de recibo que
se apoye en él para justificar la inacción académica
en materia de reformas a partir de 1815.
Seguidamente, la Academia lanza sus torpedos en profundidad contra
todos los que han escrito ortografías o propuestas de reformas
ortográficas al margen de ella a lo largo de la historia
académica. Se trata, como puede comprobarse, de un alegato
durísimo, impropio de una institución como la Academia,
falto de la elegancia intelectual que a esta se le supone. He aquí
el texto que figura en el prólogo, a continuación
de lo anterior:
Conviene hacer patentes estas cosas, pues son muchos los arbitristas
de la Ortografía que acuden a esta Institución o salen
a la palestra, con mejor intención que acierto, pidiendo
u ofreciendo radicales soluciones a los problemas ortográficos
o cebándose con fáciles diatribas en el sistema establecido.
[...]
Para que el lector se haga una idea de la dureza del párrafo,
he aquí los significados que para sus palabras registra el
propio Diccionario de la Academia:
arbitrista: «Persona que inventa planes o proyectos disparatados
o empíricos, [sobra esta coma] para aliviar la hacienda o
remediar males políticos». Trasladado al campo de la
ortografía, quiere ello decir que todas las propuestas de
ortografías o reformas ortográficas presentados hasta
ahora son inventos disparatados o solo fruto de la propia experiencia
de quien las presenta.
radical: «Extremoso, tajante, intransigente». Es decir,
que nadie ha presentado una ortografía o propuesta de reforma
ortográfica que fuera sensata, coherente, meditada, prudente,
posible...
cebarse: «Encarnizarse, ensañarse». Este victimismo
es impropio de la Academia. Nadie se ceba en ella, pero ella está
ahí, es una institución pública y en calidad
de tal debe dar cuenta de sus decisiones en algo que interesa a
todos porque es patrimonio común.
diatriba: «Discurso o escrito violento e injurioso contra
personas o cosas». Sigue el victimismo, como si la Academia
fuera inatacable o sus actos no debieran ser juzgados por quienes
pueden y deben hacerlo. ¿Y dónde están la violencia
o la injuria en un estudio ortográfico o un proyecto de reforma
ortográfica? ¿No será al revés, leído
esto?
con mejor intención que acierto: Aquí se retrata la
Academia: solo ella sabe ortografía, solo ella acierta cuando
escribe; solo ella es juez en la materia. A los demás se
les puede conceder el beneficio de la buena intención, pero
solo eso: son unos ignorantes puros; solo los académicos
están en posesión de la verdad ortográfica.
Hay algo más sangrante aún: La Academia cita en su
prólogo a Bello, Rosenblat y Salvá (e incluso a los
académicos hispanoamericanos que alguna vez, en los congresos
de academias de la lengua española, han presentado alguna
propuesta de reforma de la ortografía; eso sí, los
llama personas bienintencionadas), pero ni una sola vez a Julio
Casares. ¿Razón? Sencilla: Julio Casares fue secretario
perpetuo de la Academia y está considerado por los ortógrafos
no académicos como el mejor ortógrafo español
del siglo XX (presentó, entre otros trabajos importantes,
el estudio científico en que se basó la Academia para
llevar a cabo las llamadas nuevas normas de prosodia y ortografía
[1952], declaradas de aplicación preceptiva desde 1959),
pero cometió un grave error que la Academia no le ha perdonado
aún, por lo que se ve: era partidario de una reforma de la
ortografía española. Siendo así, y puesto que
el prólogo académico que comento está redactado,
al parecer, para ser utilizado como arma arrojadiza contra todos
los que a lo largo de la historia han disentido de la Academia,
Casares no debe ser mencionado. Y no lo es, cuando uno esperaría
que lo fuera. Es decir, que a los discrepantes ni una sed de agua.
¡Cuánta mezquindad!
Como, en el sentido en que discurre este prólogo, aún
queda un enemigo histórico contra el que hay que disparar,
dice la Academia:
En 1843, una autotitulada «Academia Literaria y Científica
de Profesores de Instrucción Primaria» de Madrid se
había propuesto una reforma radical, con supresión
de h, v y q, entre otras estridencias, y había empezado a
aplicarla en las escuelas. El asunto era demasiado serio y de ahí
la inmediata oficialización de la ortografía académica,
que nunca antes se había estimado necesaria. Sin esa irrupción
de espontáneos reformadores con responsabilidad pedagógica,
es muy posible que la Corporación española hubiera
dado un par de pasos más, que tenía anunciados y que
la hubieran emparejado con la corriente americana, es decir, con
las directrices de Bello.
¿Por qué la Academia tacha de autotitulada a la Academia
Literaria y Científica de Profesores de Instrucción
Primaria? ¿Acaso la propia Academia no es autotitulada, o
es que la tituló alguien contra su voluntad? Es obvio que
el adjetivo está utilizado con aviesa intención y
muy despectivamente, sin duda. De los pasos que la Academia pudo
dar y no dio ya se ha hablado. Por lo demás, la mencionada
Academia Literaria no reformaba nada, sino que establecía
unas reglas de ortografía distintas de las de la Academia
y de las de los demás ortógrafos coetáneos,
ya que las académicas no eran oficiales ni hegemónicas.
(Y a propósito: ¿por qué escribe corporación
con inicial mayúscula y pone comillas en el nombre propio
de una entidad? ¿Acaso escribe «Real Academia Española»?)
A continuación la Academia nos quita un peso de encima:
¿Quiere esto decir que el código ortográfico
recogido en esta obra debe ser invariable, definitivo, resistente
a toda discrepancia y sin posibilidad de modificación posterior?
De ningún modo.
Menos mal. Al leer «resistente a toda discrepancia»
me había dado un vuelco el corazón. No; afortunadamente,
la Academia sigue abierta a las indicaciones de las restantes academias
(pero no a los restantes autores no académicos). Y lo hace
patente con un anacronismo, porque ejemplifica su intención
de futuro con un ejemplo del pasado:
Y prueba evidente de ello es que, a petición de varias Academias
americanas, el texto de esta edición contiene algunas novedades,
mínimas, de doctrina, destinadas a regularizar ciertos aspectos
relativos a la acentuación gráfica [...].
A continuación dice:
Lo que la Real Academia Española cree, con todas las Academias
asociadas, es que un código tan ampliamente consensuado merece
respeto y acatamiento [...].
Ciertamente, puede estar consensuado, pero solo con las academias.
Por lo visto, nadie en las universidades, en los institutos, en
las entidades educativas y de investigación sobre la lengua
tiene nada que decir ni la Academia nada que oír de ellos.
Tengo para mí que eso no debiera ser así, pero de
este modo lo dice la Academia en su prólogo. ¿Acaso
desde Nebrija para acá nadie tiene mérito alguno en
el campo de la ortografía, salvo la Academia y las academias?
Lo dice claramente a continuación:
La Real Academia Española no abdica del espíritu progresivamente
reformista que alentó en ella desde sus comienzos y no renuncia
a nada que pueda redundar en beneficio de nuestra común lengua
española, de acuerdo siempre con el parecer compartido por
las otras Academias hermanas y con el juicio valorativo que cualquier
propuesta le merezca al conjunto de ellas en su asociación.
[...]
Del espíritu reformista, queda dicho, abdicó ya en
1815. No es cuestión de volver sobre ello.
Presentamos, pues, esta nueva versión de la Ortografía
académica, que se ha procurado modernizar en el estilo, actualizar
en los ejemplos, aliviar de tecnicismos, ilustrar con referencias
históricas y desmenuzar en la casuística, pensando
siempre en el gran público al que va dirigida. [...]
En cuanto a que se haya procurado «aliviar de tecnicismos»,
no sé yo si lo habrán conseguido. Habla la Ortografía,
nada más empezar (p. 1), de fonemas (no de sonidos), palabra
que, para conocimiento del lector, se define a pie de página
como «unidad mínima, desprovista de significado y formada
por un haz simultáneo de rasgos distintivos, que en el sistema
de una lengua puede oponerse a otras unidades y producir diferencias
de significado». En el mismo sentido de acercar los hechos
lingüísticos al lector de a pie, a quien mayoritariamente
se supone destinada esta ortografía («al gran público»,
dice la Academia), a lo largo de la obra se dice que una letra representa
un fonema labial sonoro, oclusivo velar sordo, africado palatal
sordo, etcétera. Termina la obra con este texto (aparte de
los agradecimientos):
[...] Cualquier reflexión o cualquier indicación que
ayude a mejorarla será bien recibida.
¡Hombre! Y entonces, ¿por qué han sido tan mal
recibidos, según se desprende de este prólogo, todos
los intentos de colaboración con la Academia por parte de
los ortógrafos ajenos a ella?
2. La «nueva» ortografía académica
La ortografía que la Academia se ha dignado publicar en 1999
apenas tiene nada nuevo; y lo poco que tiene es, en algunos casos,
muy discutible y probablemente muy dañino para el sistema
de la lengua escrita. Se debe recibir no con entusiasmo, pero sí
con aprobación pura y simple, la decisión de suprimir
las tildes en los tiempos verbales que se acrecientan con enclíticos,
del tipo partime, marchose, harteme, en lugar de partíme,
marchóse, hartéme, así como en los monosílabos
con tilde diacrítica, como en dele o dese en lugar de déle
o dése. Esto simplifica la grafía de las personas
que nunca hubieran sabido por qué había que tildar
tales palabras. Hay razones para mantener la norma, pero eliminándola
se favorece a muchísimas personas que, en cualquier caso,
tampoco solían tildar ese tipo de voces. (Lo que sucede es
que esta norma debería formar parte de un conjunto de otras
reglas que también contribuyeran a simplificar la escritura,
y no es este el caso.) Sin embargo, no es de recibo, y en su lugar,
más adelante, se dirá por qué, la incomprensible
e inaceptable decisión de suprimir la tilde a palabras como
guión, riáis, huí, fié, rió,
Sión, etcétera.
De la nueva ortografía, en conjunto, se puede decir, antes
de entrar en detalles, que es algo mejor que la anterior. Mejor
porque está más trabajada, tiene más coherencia
interna, hay más orden en la exposición, está
más ejemplificada (aunque los ejemplos sean inventados, a
veces incomprensiblemente forzados), etcétera. Pero tiene
un defecto que pocos van a poder superar: la Academia se introduce,
desarmada, por vericuetos ortotipográficos y de escritura
científica, temas en los que no es especialista (al menos,
a la vista de lo que dice), por lo que el daño que pueda
hacer o las vacilaciones que va a provocar pueden ser graves. En
su momento se analizarán.
Parece que, pese al tiempo que la Academia se ha tomado para elaborar
esta edición, la redacción es precipitada en algunos
casos. Por ejemplo, en la página 30, último párrafo,
repite la palabra peculiares en el espacio de tres líneas:
«Por otra parte, en ciertos nombres propios españoles,
el influjo de tradiciones peculiares, la propia evolución
[...] mantiene a veces grafías peculiares».
En la página 73, apartado 5.7.1, dice: «Cuando se interrumpe
el sentido del discurso con un inciso aclaratorio o incidental [...]»;
es decir, que el inciso puede ser un inciso aclaratorio o un inciso
incidental... La proximidad semántica entre inciso e incidental
aconsejaría no utilizar el segundo como adjetivo del primero.
En algunos casos, la Academia debería haber leído
su texto con más espíritu crítico; por ejemplo,
en la página 57, apartado 5.1.1, dice: «El punto se
utiliza también después de las abreviaturas. Ejemplos:
Sra., Excmo., cf.». Es decir, que, según este texto,
las abreviaturas no llevan punto, puesto que este se utiliza también
después de ellas. Parece que no es así, sino que el
punto forma parte inseparable de la abreviatura, de tal manera que
si no lleva punto no se trata de una abreviatura, sino de otro tipo
de abreviación.
En la página 35, apartado 3.3.2f, dice que «[Se escribirán
con letra inicial mayúscula los] Nombres de los puntos cardinales,
cuando nos referimos a ellos explícitamente». Explícitamente
significa, según el Diccionario académico, «expresa
y claramente»; bien: ¿hay alguna manera de referirse
a los puntos cardinales que no sea expresa y claramente?
En el párrafo 3.3.3j (p. 38), al hablar de que se escriben
con letra inicial mayúscula los nombres, latinos o no, de
los grupos taxonómicos zoológicos y botánicos,
aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid pone una nota a
pie de página que dice: «Antiguamente, se escribía
con mayúscula la primera palabra de cada verso. Por esta
costumbre, las letras mayúsculas reciben también el
nombre de versales». Ya, aprovechando que el Miño desemboca
en La Guardia, pudo haber añadido que los tipógrafos
la conocían también por caja alta por el lugar que
las mayúsculas ocupaban en la caja tipográfica...
En el párrafo 3.3.4c dice que suelen escribirse con inicial
mayúscula «Conceptos religiosos como el Paraíso,
el Infierno, etc., siempre que se designen directamente tales conceptos»;
se supone que directamente se designan siempre los conceptos cuando
se designan; lo que la Academia puede haber querido decir es que
se usa inicial mayúscula siempre que se usen en sentido absoluto
y en su primer sentido, no en los casos de sentido figurado o por
extensión, etcétera.
Es frecuente el cambio del «se hará» al «se
suele hacer», «se puede hacer», «haremos»,
lo cual es muestra de vacilación incomprensible. Esta Ortografía
debe ser normativa y la forma de hablar no debe impedirlo. Quien
acude a ella busca una solución, no un motivo de polémica
o de análisis.
2.1. El alfabeto español
Resulta lamentable que la Academia se valga de una redacción
confusa para poner en la nueva ortografía, como ejemplo del
alfabeto español, el de 1803 y no el de 1994. En efecto,
en el modelo de alfabeto que expone en la página 2 aparece
un conjunto de 29 signos, cuando en realidad el alfabeto actual,
desde 1994, tiene 27 signos. ¿Cómo se apaña
la Academia para volver a trillar los campos ya trillados? Pues,
sencillamente, colocando, como ejemplo de alfabeto, el de 1803,
en el que se contaban la ch y la ll como letras y no como dígrafos.
La Academia, a renglón seguido, se apresura a decir que ch
y ll son dígrafos, pero los ha introducido en el mismo orden
que las letras del alfabeto. ¿Se trata de una concesión
a las academias centroamericanas, algunas de las cuales nunca aceptaron
la evidencia lingüística de que ch y ll no son letras
sino grupos de letras que representan determinados sonidos? A los
demás, por supuesto, les ha hecho un flaco favor; sobre todo,
a las personas poco formadas, que van a seguir considerando que
nuestro alfabeto tiene 29 signos. ¡Con lo fácil que
era ser claro y concreto!
2.2. Ortografía de las letras
La exposición de la grafía de las letras ha ganado
algo en esta edición. Se explica más la historia o
las peculiaridades de las grafías de cada letra y a continuación
se agrupan las normas de uso bajo un título que reza: «Notas
orientadoras sobre el uso de la letra ...», y estas reglas
están, en general, mejor orientadas que las que registraba
la Ortografía de 1969/74; por poner un ejemplo, las reglas
de la b ya no dicen, como aquella: «[Se escriben con b] Las
voces que la tienen en su origen [...]», o «Varias de
las dicciones que en latín se escriben con p [...]»,
reglas que eran verdaderamente absurdas. En algunos casos sigue
habiendo una verdadera inflación de normas inútiles
para el empleo de algunas letras, como sucede, por ejemplo, con
las de la g, donde se dan reglas que afectan a la escritura de dos
palabras, cuatro palabras, etcétera, lo cual las convierte
en inútiles.
En lo relativo a la grafía de las letras, es menester resaltar
la nueva postura académica en relación con la grafía
de México. Dice así la Ortografía: «Algunos
restos de esta grafía [de la x antigua que se ha venido sustituyendo
por j] se encuentran en topónimos como México, Oaxaca,
Texas y sus derivados [...]»; y añade en la nota 23
al pie de la página 29: «En cuanto a las variantes
con j (Méjico, mejicano...), se recomienda restringir su
uso en atención a la tradición ortográfica
del país americano». Habría que decir que no
solo a la tradición ortográfica, sino al derecho que
los mexicanos tienen a establecer para su país el nombre
que deseen con la grafía que les parezca oportuna...
2.3. Ortografía de los grupos consonánticos
Parece que la Academia deja atrás su intención de
simplificar algunos de los grupos consonánticos y, en general,
se declara partidaria de conservarlos. Por ejemplo, en la página
26, al hablar de la grafía de la letra p, dice que es recomendable,
«conforme al uso de las lenguas modernas de cultura»,
conservar el grupo ps en palabras como psicología, psitacismo,
psicosis; exceptúa las palabras que contienen el elemento
compositivo seudo, que la Academia prefiere a pseudo: seudónimo,
seudópodo. También recomienda mantener el grupo -pt-,
como en séptimo, septiembre. En realidad, en todos esos casos
hay que atender a la pronunciación real de quien escribe:
puesto que ambas grafías, la simplificada y la compleja,
están admitidas, cada cual debe utilizar aquella que realmente
emplea, de modo que, si lo que pronuncia es sicología, no
hay razón alguna para que escriba psicología.
El grupo -bs- se simplifica en las voces obscuro, subscribir, substancia,
substitución, substraer y sus compuestos y derivados. Así
pues, deben escribirse esas palabras con -s- en lugar de con -bs-
(aunque estas formas complejas también sean correctas).
En cuanto a gn-, no dice nada la Academia; solo hace constar que
la g puede aparecer agrupada con otra consonante, como en gritar,
glacial o gnomo, pero no dice que en casos como este también
se puede simplificar en nomo.
De mn- dice que a principio de palabra la m puede preceder inmediatamente
a la n, como en mnemotecnia, mnemónica, mnemotécnico,
y seguidamente añade que en tales palabras puede simplificarse
la grafía y escribirse nemotecnia, nemónica, nemotécnico.
Está claro, con todo, que prefiere la forma compleja mn-.
En el caso del grupo -st- en el prefijo post-, la Academia opta
resueltamente por la forma simplificada pos-: «La t del prefijo
de origen latino post- se conserva en voces como postdata o postoperatorio.
Pero, ateniéndonos al criterio de uso más frecuente,
es preferible emplear la forma pos-, que da lugar a palabras como
posdata o posoperatorio». Enhorabuena por esta decisión,
que simplifica claramente una grafía antes problemática.
2.4. Grafía de las letras mayúsculas
Este apartado de la ortografía ha mejorado ostensiblemente
en su ordenación y tratamiento. Las normas que aquí
se dan, aunque en muchos puntos sean coincidentes con las de la
ortografía anterior (no podía ser de otra manera),
son más coherentes. No quiere esto decir que esté
en todo de acuerdo con el contenido, pero resuelven algunos problemas,
como, por ejemplo, el de la grafía de las palabras que forman
el título de un libro, que ya no han de escribirse con iniciales
mayúsculas en caso alguno. Opino que, en general, no tienen
por qué escribirse con mayúscula los conceptos religiosos
como Paraíso, Infierno, como indica en el párrafo
3.3.4c. Tampoco es fácil estar de acuerdo en que se escriban
con inicial mayúscula títulos como duque, presidente,
ministro, etcétera (§ 3.5a, p. 39), y, salvo en documentos
oficiales, tampoco hay razón para escribir con esa letra
los nombres rey, papa o presidente. Además, la regla no delimita
en forma alguna qué se entiende por «títulos,
cargos o nombres de dignidad»: ¿cualquier presidente,
como el de un equipo de fútbol, debe escribirse con inicial
mayúscula?; ¿debe escribirse ministro con inicial
mayúscula en todos los casos, fuera de los textos legales?;
¿y qué aconseja conceder esa letra a duque, conde,
vizconde, etcétera? Todo esto pone de manifiesto que la Academia
aún no ha superado la reverencia ancestral ante las palabras
que indican poder o situación de privilegio en la sociedad
(palabras relacionadas con el ejército, la aristocracia,
la nobleza, el clero, etcétera).
La Academia dice que suelen escribirse con mayúsculas (todas
las letras) las siglas. Puesto que más adelante se introduce
en el campo de la ortotipografía, mejor hubiera sido decir
que en lo impreso se escriben con versalitas, que son mayúsculas
del tamaño de las minúsculas o ligeramente mayores.
También dice que se usan mayúsculas en la numeración
romana, y nuevamente vuelve a equivocarse en la doctrina (no en
el ejemplo, que es correcto), ya que la aplica a la numeración
de los siglos: siglo xvi, escrito con versalitas (correctamente,
de aquí la contradicción con la doctrina) en el texto
académico. Cuando se refiere a la numeración romana
de los prólogos y principios de un volumen, dice la Academia,
en la nota 27 al pie de la página 32, que «Algunos
impresores utilizan letras minúsculas en este último
caso: página xxii, xvi, etc.». Dado que se trata de
un anglicismo ortotipográfico, mejor hubiera sido que la
Academia condenase ese uso en vez de limitarse a dar fe de él
(con lo cual lo aprueba, claro).
Resuelve la Academia una duda que había suscitado la edición
de 1974 (§ 46, 5.º), cuando decía que en las fórmulas
de los encabezamientos de cartas y casos similares «se escribe
indistintamente con letra mayúscula o minúscula el
vocablo que sigue». La edición de 1999 (§ 3.3.1d,
p. 33) mantiene el criterio contrario y establece la mayúscula
como grafía única después de los dos puntos
con que terminan esas fórmulas: Muy señor mío:
Le agradeceré... También indica que se escriben con
inicial mayúscula los textos de citas, pero entra aquí
de nuevo en un terreno resbaladizo, ya que dependerá mucho
de dónde comience la cita en relación con el texto
original, de tal manera que si comienza en cualquier lugar de una
frase no introducido por inicial mayúscula, la cita comenzará
con corchetes intrapuntuados ([...]) y la primera palabra de la
cita se iniciará con minúscula.
En el caso de los nombres de las marcas comerciales seguramente
será discutible obligar a escribir con inicial mayúscula
palabras que designan un producto que lleva el nombre de la fábrica,
de la marca o de la serie; por ejemplo, resulta cuando menos problemático
escribir Me he comprado un Seat, Me he tomado un Martini, siendo
así que se puede decir Toreó un miura (la palabra
miura figura en el Diccionario académico como palabra común).
Seguramente se necesitarán más estudios hasta clarificar
este problema, que, en cualquier caso, no se resuelve por virtud
de una norma.
En el caso de los tratamientos, mantiene la Academia el mismo texto
de la edición anterior: «[Se escribirán con
letra inicial mayúscula] Los tratamientos, y especialmente
si están en abreviatura» (1974, p. 9) (en la edición
de 1999 [párrafo 3.3.3d, p. 36], la y ha desaparecido, y
esa es toda la diferencia en el enunciado). Obviamente, lo que debería
decir es: «Los tratamientos cuando están en abreviatura»,
porque en los demás casos deben escribirse con minúscula.
El texto académico sigue manteniendo V. como abreviatura
de usted; parece que, actualmente, puesto que se escribe usted,
la abreviatura de esta palabra debería ser Ud.
En el párrafo 3.3.3h (p. 37) dice que se escriben con inicial
mayúscula «Los nombres de las disciplinas científicas
en cuanto tales», y pone como ejemplos Soy licenciado en Biología,
Ha estudiado Filosofía, La Psicología ha vivido un
resurgimiento en los últimos tiempos. Aunque no se entiende
bien qué es eso de «las disciplinas científicas
en cuanto tales», porque todas las disciplinas científicas
son tales, lo peligroso es que, si las disciplinas han de tener
este trato de favor incomprensible, lo reclaman para sí los
nombres de las técnicas, los de los oficios, etcétera,
porque no hay razón científica para que, ante la ortografía,
sean menos que aquellas. Lo mejor es aplicarles la minúscula
inicial, salvo que formen parte de un nombre propio.
Las denominaciones de los días de la semana, de los meses
y de las estaciones del año se recomienda escribirlas con
minúscula inicial. Las notas musicales, que figuraban en
la edición anterior, se han «caído» del
texto actual. La Academia no dice cómo deben escribirse.
En el párrafo 3.3.4b, la Academia manda escribir con inicial
mayúscula «Los pronombres Tú, Ti, Tuyo, Vos,
Él, Ella, en las alusiones a la Divinidad o a la Virgen María».
Debería haber añadido la Academia que esta norma solo
obliga a los creyentes... que deseen emplearla, porque, escritas
con minúscula, esas palabras son portadoras del mismo respeto
y la misma veneración que con mayúscula.
2.5. La acentuación
En el capítulo de la acentuación se han resuelto algunos
problemas que se arrastraban desde la edición de la Ortografía
de 1974. Por ejemplo, ha eliminado la Academia la regla (introducida
en 1974) según la cual no se tildaban las palabras agudas
terminadas en los diptongos -au, -eu, -ou; y la palabra Tuy se escribe
sin tilde, como es más que lógico después de
declarar, en la edición de 1974 (p. 25) y en la de 1999 (p.
42), que las palabras agudas terminadas en -ay, -ey, -oy, -uy no
se tildan. Pero también parece haber creado otros problemas,
al menos en lo relativo a la doctrina aplicable. En primer lugar,
la Academia considera reglas generales de acentuación las
que se refieren a la acentuación de palabras agudas, llanas,
esdrújulas y sobresdrújulas, que no dejan de ser reglas
de aplicación. En efecto, en este campo es previo el conocimiento
de los diptongos, hiatos y triptongos, ya que sin este conocimiento
es imposible aplicar con acierto la tilde en los casos en que deba
hacerse. Una vez en posesión de la doctrina por que se rigen
los diptongos, hiatos y triptongos, la aplicación de las
normas hará que una palabra polisílaba sea aguda,
llana, esdrújula o sobresdrújula solamente en función
del lugar en que se halle la sílaba en que se encuentra el
acento (y la tilde, si corresponde ponerla). En segundo lugar, por
lo peregrino de la teoría académica relativa a la
formación de los hiatos, según la cual estos se dan
de la siguiente manera (v. § 4.4): «a) Combinación
de dos vocales iguales. Ejemplos: Saavedra, dehesa, chiita, Campoo,
duunviro»; «b) Vocal abierta + vocal abierta distintas.
Ejemplos: caen, ahogo, teatro, meollo, héroe, coartada»,
y «c) Vocal abierta átona + vocal cerrada tónica
o viceversa. Ejemplos: caímos, día, aúllan,
púa, reís, líe, reúnen». Ciertamente,
las palabras no tienen hiato en virtud de estas teorías.
El hiato supone la pronunciación de dos vocales en contacto
en sílabas distintas, y desde este punto de vista tanto da
si tales vocales son iguales como si son distintas. Por ejemplo,
Rociito, tiito, diita y otras semejantes no tienen hiato porque
las dos vocales en contacto sean iguales, sino porque se derivan
de otras palabras que tienen hiato, como Rocío, tío,
día (véase, más adelante, la teoría
de Navarro Tomás aplicable a estos casos). Es decir, que
dos vocales abiertas, iguales o distintas, teóricamente forman
siempre hiato, y una vocal abierta o cerrada en combinación
con otra vocal abierta o cerrada, o dos cerradas, formarán
hiato o diptongo dependiendo de la vocal que sea tónica en
el conjunto. Cuestión distinta es el descubrimiento estadístico
de que, en su aplicación, da la casualidad de que muchas
combinaciones de determinadas letras dan siempre o casi siempre
hiatos.
Se supone que la palabra tedeum dejará atrás la tilde
que la Academia le ha venido colocando, puesto que la Ortografía
que se estudia en este trabajo no prevé que pueda darse el
hiato formado por vocal abierta tónica más vocal cerrada
átona.
Sigue en pie el problema planteado por los hiatos formados por dos
vocales cerradas una de las cuales es tónica; por ejemplo,
jesuita, estatuilla, etcétera. Según la Academia,
solo deben tildarse en palabras esdrújulas (jesuítico)
o agudas (benjuí), pero no en palabras llanas como las mencionadas.
De hecho, esta conjunción de vocales puede dar lugar a cuatro
realizaciones fonéticas:
1) hiato creciente acentuado normal: jesuita, estatuilla, huir,
huida, recluido, gratuito;
2) diptongo creciente acentuado: fuiste, fuimos;
3) diptongo decreciente acentuado: descuido, suido, cuido;
4) diptongo homogéneo: cuidado, pituitaria, ruibarbo, ciudad.
Todas esas realidades fonéticas se escriben de la misma manera
actualmente, lo cual no deja de provocar extrañeza. Para
clarificar esta maraña, tal vez se podría recurrir
a poner tilde en los apartados 1 (jesuíta, distribuído)
y 3 (descúido, súido); los apartados 2 y 4 podrían
seguir como hasta ahora. De hecho, la Academia acaba de registrar,
en el Diccionario de 1992, la grafía intúito o intúitu,
escritas con tilde en la u en esa fuente.
En el campo de los monosílabos es donde la Academia ha introducido
más novedad, a mi juicio sin ningún acierto, más
bien al contrario. Según ella, «son monosílabos
las palabras en las que, por aplicación de las reglas expuestas
en los párrafos anteriores, se considera que no existe hiato
-aunque la pronunciación así parezca indicarlo-, sino
diptongo o triptongo. Ejemplos: fie (pretérito perfecto simple
del verbo fiar), hui (pretérito perfecto simple del verbo
huir), riais (presente de subjuntivo del verbo reír), guion,
Sion. En este caso es admisible el acento gráfico, impuesto
por las reglas de ortografía anteriores a estas, si quien
escribe percibe nítidamente el hiato y, en consecuencia,
considera bisílabas palabras como las mencionadas: fié,
huí, riáis, guión, Sión, etc.».
A este respecto, recuerdo que en su estudio de 1952, previo a la
adopción de las nuevas normas de prosodia y ortografía,
Casares también proponía a la Academia suprimir la
tilde en las terminaciones de los infinitivos verbales -air, -eir,
-oir porque, según decía él, no había
otra forma de leerlos que no fuera con acento en la i. La Academia,
con acierto, no tuvo en cuenta esta propuesta, que realmente no
se ajustaba a la realidad. Lo extraño es considerar por qué
razón ha admitido esta que se comenta aquí. En efecto,
en todos estos casos, en mi modesta opinión, hay claro hiato,
independientemente de cómo las pronuncie cada cual. Dice
Navarro Tomás: «La analogía favorece el hiato,
especialmente en las formas verbales, cuando dentro del mismo verbo
de que se trata hay casos en que las vocales i, u, llevan acento
fuerte: fiar, fianza (fían); guiaba (guían); liamos
(lías); piando (pían); criado, crianza (crían);
acentuar (acentúo); actuamos (actúan), etc. Ocurre
también entre los nombres: diario, diana, diurno, dieta (día);
brioso (brío); riada (río); viaje (vía)».
Por consiguiente, fié (fía), riáis (reír,
ría), guión (guía); en el caso de huí,
tiene hiato porque de hecho lo tienen todos los verbos terminados
en -uir, hiato que poseían ya en latín. Dice Lázaro
Carreter en El País (7/5/1999, 40): «Queríamos
que América reconociera esta Ortografía como propia,
y no podíamos obligarles a poner esos acentos». Este
hecho que aduce la Academia de que en algunos países de América
se pronuncian como diptongos es irrelevante aquí y no puede
presentarse como causa, ya que entonces habría que admitir
grafías como llegao o yegao por llegado, yave por llave,
comío por comido, prao por prado, etcétera, y en Venezuela
habría que permitir que se escriba rial en vez de real, puesto
que en su mayor parte es eso lo que pronuncian. (¿Será
posible que se hayan puesto de acuerdo las diecinueve academias
hispanoamericanas en esto, cuando anteriormente sus pareceres nunca
habían coincidido?) Es, sin duda de ningún tipo, un
elemento disgregador y no unificador de la grafía de la lengua,
que es tal vez lo que más nos mantiene unidos a los pueblos
hispanohablantes a pesar de las diferencias fonéticas. Pero
es, sobre todo, un disparate incomprensible. Permitir la doble acentuación
donde solo cabe una forma de tildar esas palabras es introducir
un diablo en el sistema ortográfico del español. Y
no vale forzar las cosas y decir que, aunque a uno se lo parezca,
realmente en guión, lió, rió, huí, riáis,
etcétera, no hay hiato sino diptongo (Navarro Tomás
echa claramente por tierra esa excusa). Lo único que va a
propiciar esta norma, además del marasmo mental en que ya
empezamos a hundirnos, es la duda permanente y extensiva: ¿cuántas
grafías entran en esa norma? Y, además, pronunciaciones
impropias, como húi (igual que huy) en vez de huí...
Merece destacarse la insistencia académica en escribir tilde
en la o cuando va entre cifras, 3 ó 4, cuando en realidad
habría que escribir tres o cuatro, que es su grafía
propia, o, con cifras, 3 o 4, bien distintas de 304.
En lo referente a solo/sólo, la Academia sigue sin admitir
que el oficio de esta palabra lo manifiesta el sentido y que este
depende del contexto, de manera que con tilde o sin ella la palabra
solo significará una cosa u otra según el contexto
en que esté utilizada; porque, de lo contrario, ¿cómo
haremos si el escritor se equivoca y pone tilde cuando no debe o
no la pone cuando debe, según las reglas académicas?
No obstante, la Ortografía dice que solo se utilizará
la tilde en la forma adverbial si quien escribe percibe riesgo de
anfibología. Esperemos que no perciban ese riesgo.
Por lo que respecta a los demostrativos, dice la Academia que pueden
llevar tilde las formas este, ese, aquel cuando funcionan como pronombres.
Para justificar el uso de la tilde, se inventa un ejemplo casi imposible:
Dijo que ésta mañana vendrá. Vamos, como para
suspender ipso facto a quien así se exprese, siendo el español,
como es, una lengua tan rica en formas de expresión. No me
he tropezado aún con un caso verdaderamente ambiguo que no
pueda resolver, en esos extraños casos, encerrando entre
comas el demostrativo así empleado: Dijo que, esta, mañana
vendrá.
Como se ha dicho anteriormente, la única novedad de esta
Ortografía digna de aprobación es la que se refiere
a los tiempos verbales agudos con pronombre enclítico, del
tipo acabose, quedeme, que ya no llevarán la tilde que antes
llevaban: acabóse, quedéme; igualmente los monosílabos
con acento diacrítico, deme, dese, dele, en lugar de las
anteriores grafías: déme, dése, déle.
Muchos escribientes agradecerán esta novedad.
En lo relativo al acento de las letras mayúsculas, resulta
chocante que, después de establecer que llevan tilde cuando
les corresponda (África, PERÚ...), añade: «La
Academia nunca ha establecido una norma en sentido contrario».
No, si no se ha afirmado nunca, que yo sepa, que la Academia haya
expresado eso. Lo que se dice, y con razón, es que la Academia
nunca había establecido la acentuación de las mayúsculas
hasta la primera edición de la Ortografía, en 1969,
en la que, de forma muy tímida, dice (p. 9): «Se recomienda
que en las publicaciones que incluyen listas de términos,
no se utilicen mayúsculas, o si así se hace, se mantengan
las acentuaciones ortográficas, con el propósito de
evitar confusiones en la interpretación de vocablos».
Es la primera vez, que se sepa, que la Academia hace referencia
a la acentuación de las mayúsculas en toda su historia
y en todos sus textos. Por eso los usuarios de la lengua escrita
se preguntan y preguntan tantas veces si las mayúsculas llevan
tilde, y algunos aún se extrañan de que la lleven...
2.6. La puntuación
Aunque el Diccionario de la Academia define puntuación como
«Conjunto de signos que sirven para puntuar» y puntuar
como «Poner en la escritura los signos ortográficos
necesarios para distinguir el valor prosódico de las palabras
y el sentido de las oraciones y de cada uno de sus miembros»
(con lo cual la tilde acentual sería un signo de puntuación,
pues indica el valor prosódico de las palabras), los ortógrafos
suelen distinguir estos signos de manera que los de puntuación
sean solamente el punto, la coma, el punto y coma, los dos puntos
y los puntos suspensivos; los signos de interrogación y exclamación
(otro adelanto: ya no usa la palabra admiración) son signos
de entonación y los restantes (paréntesis, corchetes,
comillas y raya) son signos auxiliares de la puntuación.
Para la Academia, sin embargo, todos esos signos aparecen englobados
bajo el epígrafe «signos de puntuación».
El tratamiento que a estos signos da la Academia es mucho más
completo y ordenado en esta edición de la Ortografía.
Introduce por primera vez el estudio de los problemas que produce
el encuentro de más de un signo de puntuación, de
entonación o auxiliares (aspecto que ya había sido
estudiado por otros ortógrafos) y las soluciones que ofrece
no siempre son admisibles en ortotipografía. Por ejemplo,
dice (§ 5.1.2, p. 57) que el punto se coloca siempre detrás
de las comillas, corchetes o paréntesis; y pone este ejemplo:
Sus palabras fueron estas: «No quiero volver a verte».
Después cerró de golpe la puerta de su casa. (Creo
que estaba muy enojada). Para un ortotipógrafo, el punto
detrás de las comillas está bien, puesto que no cierra
solo la oración No quiero volver a verte, sino todo el período
que empieza en Sus palabras... Sin embargo, el punto detrás
del paréntesis en la oración Creo que estaba muy enojada
es incorrecto, ya que, al ser esta una oración independiente
(comienza después de punto), debe llevar el punto que le
corresponde, independientemente de que detrás lleve o no
algún otro signo. Así, la forma correcta debe ser:
Después cerró de golpe la puerta de su casa. (Creo
que estaba muy enojada.) Para que se vea cuán errónea
es la grafía académica, bastaría que la oración
encerrada entre paréntesis fuese interrogativa, exclamativa
o dubitativa para que diera este resultado: Después cerró
de golpe la puerta de su casa. (¿Crees que estaba muy enojada?).;
Después cerró de golpe la puerta de su casa. (¡Creo
que estaba muy enojada!).; Después cerró de golpe
la puerta de su casa. (Creo que estaba muy enojada...). Es obvio
que en todos estos ejemplos sobra un punto, y sin duda que es el
que está fuera del paréntesis de cierre, pero no hay
ninguna razón para eliminarlo si la Academia dice que debe
ir ahí. Si el punto fuera dentro del segundo paréntesis,
como defendemos, el período quedaría así: Después
cerró de golpe la puerta de su casa. (¿Crees que estaba
muy enojada?); Después cerró de golpe la puerta de
su casa. (¡Creo que estaba muy enojada!); Después cerró
de golpe la puerta de su casa. (Creo que estaba muy enojada...)
Véase lo que dice la Academia más adelante, al hablar
de la coincidencia del paréntesis y otros signos (§
5.7.7, p. 75): «El texto recogido dentro de los paréntesis
tiene una puntuación independiente». Bien: ¿cómo
se entiende, entonces, que en el caso anterior la Academia diga
que el punto va fuera de los paréntesis?; ¿acaso ahí
el punto no pertenece a la puntuación independiente de lo
encerrado entre paréntesis, siendo sí que la oración
está precedida de punto y empieza y termina dentro de los
paréntesis?
En el párrafo 5.2.11 (p. 63), al hablar de la inversión
de los términos de un sintagma que integra una lista, los
escribe así: construcción, materiales de; papelería,
artículos de; entiendo que esa grafía, con minúscula
en la parte invertida, no es acertada, ya que así se trata,
simplemente, de términos yuxtapuestos; para que se advierta
que se trata de términos invertidos, el segundo término
de la inversión debe comenzar con mayúscula: construcción,
Materiales de; papelería, Artículos de.
Al hablar del uso de los paréntesis (§ 5.7.6, p. 74)
dice que las letras o números que encabezan clasificaciones,
enumeraciones, etcétera, «pueden situarse entre paréntesis
o seguidas del paréntesis de cierre». La primera solución,
entre paréntesis: (a), es un anglicismo ortotipográfico
que la Academia no tiene por qué hacer suyo. Esa grafía
se desconocía en español antes de que el inglés
nos avasallara. Ahora tampoco es necesaria, ya que con la segunda
forma: a), con solo el paréntesis de cierre, hay más
que suficiente.
En el párrafo 5.7.5 (p. 74), al hablar de las citas, dice
que «se utilizan tres puntos entre paréntesis para
dejar constancia de que se omite en la cita un fragmento de texto»;
y en la nota 43 a pie de página añade que también
es posible emplear en este caso el corchete. Científicamente
(y no parece que haya otra forma de considerarlo), el signo concreto,
y no otro, son los corchetes intrapuntuados o los puntos encorchetados:
[...]. ¿La razón?: todas las intervenciones en un
texto ajeno se indican entre corchetes, no entre paréntesis.
Los textos de escritura científica recomiendan los corchetes
también en este caso. Finalmente, la Academia debe fijar
los usos (los correctos, claro), no dispersarlos. Admitir dos grafías
para el mismo caso no es científico...
En el párrafo 5.10, al hablar de las comillas, las define
y distingue bien: las angulares, latinas o españolas («
»), las inglesas (" ") y las simples (' '), pero
seguidamente añade que «Por lo general, es indistinto
el uso de uno u otro tipo de comillas dobles; pero suelen alternarse
cuando hay que utilizar comillas dentro de un texto ya entrecomillado»;
y pone este ejemplo: Al llegar el coche deportivo, Lola susurró:
«Vaya "cacharro" que se ha comprado Tomás».
Si, como dice la Academia, el empleo de unas u otras es indiferente,
también se podría haber escrito así: Al llegar
el coche deportivo, Lola susurró: "Vaya «cacharro»
que se ha comprado Tomás". Este uso, que es anglicista,
conspira contra la tradición ortotipográfica española,
que heredó del francés y no del inglés sus
comillas. Es un claro desacierto.
Es asimismo un claro desacierto, y también un anglicismo
ortotipográfico, el uso que la Ortografía explica
de esta forma (§ 5.10.1, p. 79): «Cuando se ha de intercalar
un comentario o intervención del narrador o transcriptor
de la cita, no es imprescindible cerrar las comillas para volver
a abrirlas después del comentario, pero puede hacerse».
Aunque a continuación dice que es preferible encerrarlas
entre rayas, la norma anterior es inaceptable. Pone este ejemplo:
«Los días soleados como este -comentó Silvia-
me encantan». Según la primera doctrina académica
a este respecto, que se acaba de citar, el ejemplo, según
la Academia, también puede escribirse así: «Los
días soleados como este», comentó Silvia, «me
encantan». Este uso, como se ha dicho, es anglicista, contrario
a la tradición tipográfica hispana, resulta incongruente
en nuestra grafía y por consiguiente ha de tenerse por incorrecta.
Solo vale, en estos casos, el ejemplo de las rayas (y si este signo
le parece al tipógrafo o escritor demasiado grande, la tipografía
informática ha puesto a su disposición un signo igual,
pero algo más pequeño, que resulta más estético:
«Los días soleados como este -comentó Silvia-
me encantan». Todo, menos el anglicismo ortotipográfico
santificado por la Academia.
Hay algunos usos de las comillas que no pueden darse por buenos.
Por ejemplo, las voces de otras lenguas no se escriben entre comillas
(§ 2.12, p. 30; § 5.10.3, p. 80), sino de cursiva. Los
títulos de cuadros (§ 5.10.4) no se escriben entre comillas,
sino en cursiva. Las palabras que se citan a sí mismas (metalenguaje)
no se escriben entre comillas, sino de cursiva; el ejemplo que pone
la Academia (§ 5.10.5), Como modelo de la primera conjugación,
se utiliza usualmente el verbo «amar», debe escribirse
así: 'Como modelo de la primera conjugación, se utiliza
usualmente el verbo amar'. En el párrafo 5.10.6, al explicar
que el significado de una palabra se escribe entre comillas simples,
pone el ejemplo «Espiar» ('acechar') no significa lo
mismo que «expiar» las faltas; en este caso, la grafía
propia es: Espiar ('acechar') no significa lo mismo que expiar las
faltas (es decir: en un contexto de redondo, espiar y expiar aparecerían
de cursiva, que es la grafía apropiada).
Al hablar del guión (la Academia se ha tomado su regla al
pie de la letra y escribe guion, como si realmente estuviera convencida
de que guión es un monosílabo; v. § 5.11.2),
mantiene la regla de que los adjetivos de dos pueblos se escriben
juntos si el compuesto resultante se siente como consolidado (hispanoárabe,
francocanadiense), pero «si el compuesto no es sentido como
unidad, puede escribirse con guión» (luso-japonés,
hispano-ruso). El problema para mantener esta regla es que no se
sostiene; en primer lugar, ¿qué es «sentir»
una palabra como unidad?; ¿acaso se deja al particular criterio
del hablante, de tal manera que si no la siente como unidad no la
escribe en un solo término?; en segundo lugar, ¿qué
haremos con checoslovaco?; con las nuevas normas de Casares se escribía
así, pero después de 1993, en que los componentes
del país centroeuropeo se separaron, ¿hemos de escribir
checo-eslovaco?; ¿y si les diera por volver a unirse? Por
otro lado, no sé por qué debo sentir como unidad hispanoárabe
y no lusojaponés, por ejemplo. Mejor será dejar que
el guión cumpla sus funciones ortográficas, y reservar
las políticas y sociales para sus respectivos campos. Esas
palabras compuestas, como adjetivos que son, deben escribirse en
un solo término sin guión. Finalmente, ¿por
qué crea la Academia una regla que permite al escribiente
escribir como quiera?; si el escribiente puede usar o no guión
en cualquier caso, ¿para qué mantiene la regla?
Al indicar por dónde se deben dividir las palabras con h
intercalada (§ 5.11.2b, 1.º), vuelve la Academia a decir
que, si la palabra ha de dividirse por una consonante seguida de
la h, se deje la consonante a final de línea y se comience
la siguiente con la h: des- / hidratar, in- / humano. Y vuelve la
Academia a equivocarse, porque la lectura obligada por esa partición
es incorrecta: no se pronuncia ad / herir, sino adhe / rir, como
si la h no estuviera. Pues lo mismo sucede con la división:
para evitar que los grupos nh, sh, lh, rh comiencen línea,
las palabras que los llevan deben dividirse de otra forma, no como
dispone la Academia; por ejemplo: inhu- / mano, deshi- / dratar,
clorhi- / drato, cabalhus- / te.
La Academia no consigue resolver el problema de la división
de palabras en que intervenga el grupo -tl-. Dice al respecto (§
5.11.2b, 3.º, n. 53): «En América, Canarias y
algunas áreas peninsulares, la secuencia tl forma grupo inseparable
(se pronuncia, por ejemplo, a-tlas). En otras zonas de España
tiende a producirse corte silábico entre las dos consonantes
(se pronuncia at-las)». Y bien: ¿cómo se dividen
palabras como trasatlántico, atleta, achiotlín? La
Academia no es capaz, no se sabe por qué, de dar la regla
oportuna: esas palabras, y otras semejantes, se dividen sin separar
esas dos letras: tra- / sa- / tlán- / ti- / co, atle- / ta,
achio- / tlín; de esta manera, cada cual las pronunciará
como tenga por costumbre. Se podría aducir que quien las
pronuncie separadas tropezará con el hecho físico
de que la t queda al principio de la línea siguiente, con
la dificultad para pronunciarla como coda silábica en lugar
de cabeza silábica; es cierto que existe ese problema, pero
no es más grave que la separación de una palabra por
una sílaba encabezada por una x (= ks o gs); la palabra asfi-
/ xia se lee correctamente a pesar de que la k o g (codas silábicas)
aparecen al principio de la línea siguiente.
En el párrafo 5.11.2b, 7.º, dice la Academia que «Las
siglas y acrónimos, así como las abreviaturas, no
pueden dividirse al final de renglón. Así sucede,
por ejemplo, con UNESCO. [...]». La pregunta que uno se formula,
a las inmediatas, es: ¿Por qué no pueden dividirse
las siglas ni las abreviaturas? ¿Por qué no se puede
dividir UNESCO así: UNES- / CO? Aunque esté escrita
con mayúsculas, ¿no es una palabra? ¿Acaso
no se puede dividir ACA- / DE- / MIA? Incluso admón., abreviatura
de administración, ¿no puede dividirse por ad- / món.
en caso de necesidad? La Academia ha leído, seguramente,
algún texto ortotipográfico con veinte o más
años de antigüedad (yo mismo mantenía ese erróneo
criterio en mi primera obra). Actualmente se admiten esas divisiones,
sencillamente porque, bien meditado, nada lo impide. Sí lo
impediría, naturalmente, si la partición fuera incorrecta;
por ejemplo, se puede dividir NA- / TO, pero no O- / TAN, porque
tampoco se puede dividir a- / demás ni, por supuesto, NSLT.
En el párrafo 5.11.3d, al hablar de los usos de la barra
(/), dice: «Colocada entre dos palabras o entre una palabra
y un morfema, puede indicar también la existencia de dos
o más opciones posibles». Pues bien: entre los ejemplos,
consigna este: Es el tipo de bromas y/o mentiras piadosas que Inés
no soportaba. Es, en efecto, el tipo de ejemplos que yo no aportaría,
por la sencilla razón de que no solo en español, sino
también en otros idiomas de cultura, ese garabato (como lo
llama Torrents dels Prats) es impresentable como solución
al problema expresivo en que se incluye. Problema que se resuelve
de otra manera, eliminando la y o la o, según el sentido
de lo expresado.
En el párrafo 5.11.6, al tratar del asterisco, dice que se
usa como llamada de nota y que se pueden emplear hasta cuatro en
una misma página, incluso entre paréntesis; imagínense
una llamada de nota así: (****). Debido precisamente a lo
antiestético que resulta, la tipografía moderna prescinde
de los asteriscos, sueltos o entre paréntesis, y utiliza
cifras voladitas sin paréntesis.
En el párrafo 5.13.1 se refiere a los usos no lingüísticos
del punto y dice (apartado b): «Es aceptable, de acuerdo con
la normativa internacional, el uso del punto para separar la parte
entera de la parte decimal en las expresiones numéricas escritas
con cifras. Por ejemplo, 3.1416». Aunque añade que
en este caso es preferible el uso de la coma, resulta curioso que
la regla anterior, el uso del punto, esté en contradicción
con lo que dispone el Ministerio de Obras Públicas y Urbanismo
(hoy de Fomento) en el real decreto 1317/1989, de 27 de octubre,
por el que se establecen las unidades legales de medida (boe 264,
del 3/11/1989, p. 34496), que indica: «En los números,
la coma se utiliza solamente para separar la parte entera de la
parte decimal»; no habla en absoluto del punto. Como esa normativa
es internacional, se supone que los demás países hispánicos
que hayan legislado sobre esta materia lo habrán hecho en
el mismo sentido. El punto, en dicho uso, es un anglicismo ortográfico
que debe evitarse.
2.7. Las abreviaturas
La presente edición de la Ortografía académica
registra un tratamiento de la materia, a diferencia de la edición
anterior, que apenas decía nada al respecto. Otra cosa es
que se esté de acuerdo con todo lo que indica. Para empezar,
se advierte una mezcolanza entre abreviaturas, siglas y símbolos,
sin solución de continuidad, como si se tratara de aspectos
miscibles sin más. Mucho más claro y didáctico
para el lector hubiera resultado que la Academia se hubiese esforzado
en definir y tratar aisladamente las abreviaturas, las siglas y
los símbolos, campo en el que hay más confusión
que claridad tanto en la Ortografía académica que
analizamos como fuera de ella. Las Academia declara, en nota al
pie de la página 93, que ha tenido en cuenta las reglamentaciones
de la CGPM (Conferencia General de Pesos [Pesas] y Medidas) y de
la IUPAC (International Union of Pure and Applied Chemistry [sin
traducción en la Ortografía académica: Unión
Internacional de Química Pura y Aplicada]). Sorprende un
tanto que la Academia ignore, a estos efectos, el decreto del Ministerio
de Obras Públicas y Urbanismo mencionado anteriormente. Y
no porque sea español, sino porque su contenido es, sin duda,
universal (por cuanto no es previsible que un ministerio español
creara e impusiera sus propias normas). Sin embargo, menciona las
de Aenor, que registra normas oficiales, pero no necesariamente
obligatorias mientras no las asuma un país oficialmente (mediante
su publicación en el boletín oficial correspondiente).
Resulta cuando menos chocante que, al hablar de la formación
del plural de las abreviaturas (§ 6.1.7, p. 96), diga que en
las constituidas por más de una letra el plural se forma
añadiendo -s (o -es si la abreviatura lo es por contracción)
al final, y pone como ejemplos vols. por volúmenes, mss.
por manuscritos, Dres. por doctores, pero, en nota a pie de la página,
asegura que el plural de pta. (peseta) es, por excepción,
pts., y añade que el de algunas abreviaturas correspondientes
a centavo y céntimo(cent., cént.) es cts. En el caso
de la peseta, la Academia, que en la edición anterior de
la Ortografía (1974, p. 44) admitía las dos formas,
ptas. o pts., ahora, en vez de resolver el problema según
la regularidad y la norma, se inclina por lo irregular en forma
única (v. n. 64, p. 96). Pues bien: pts. como abreviatura
de pesetas es, sencillamente, una incorrección, puesto que
la palabra matriz no es pesets, sino pesetas, palabra que, de abreviarse
por contracción, da ptas. y no pts. Quienes lo usen mal,
que rectifiquen. En el mismo orden de cosas, la abreviatura de ustedes
debe ser Udes., no Uds., como establece, también incorrectamente,
esta edición de 1999 (n. 65, p. 96).
En algunas abreviaturas de sintagmas, la Academia registra la forma
con barra (por ejemplo, c/c, d/f, d/v), pero entiendo que les falta
un punto, puesto que se trata de abreviaturas; la barra, sin duda,
sustituye al punto que correspondería a las primeras letras
(c, d y d, respectivamente), pero no a las segundas, que también
son abreviaturas (c, f y v, respectivamente). Por consiguiente,
las grafías correctas deberían ser c/c., d/f., d/v.
Admite c. e. por correo electrónico, pero mejor hubiera sido
admitir una forma distinta, que ya se emplea, y que parece mejor:
c/e. (con punto después de la e); creo que esta grafía
resolvería, mejor que c. e., el problema, mil veces planteado,
de cómo abreviar correo electrónico.
Al cerrar este apartado, la Academia dice que las letras que forman
siglas se escriben con mayúsculas y, por regla general, sin
puntos. Mejor hubiera sido que recomendara la grafía con
versalitas, al menos en los casos de frecuencia excesiva de siglas
en una unidad textual (noticia, crónica, reportaje, capítulo,
etcétera), para evitar el efecto marcadamente antiestético
que produce la grafía con mayúsculas. De hecho, al
escribirlas con versalitas se escriben también con mayúsculas,
solo que de menor tamaño.
3. Los apéndices
La Academia introduce tres apéndices ciertamente interesantes,
pero que deben consultarse con prudencia, ya que no es oro todo
lo que reluce.
El apéndice 1, dedicado a las abreviaciones, mezcla abreviaturas,
siglas y símbolos en una sola lista. No haré referencia
a problemas ya expuestos; solo diré que algunas decisiones
académicas no tienen explicación: ¿por qué
aparecen con inicial mayúscula todas las abreviaturas de
empleos militares?; por ejemplo, Alfz. por alférez, Brig.
por brigada, Cap. por capitán, etcétera. Hay otras
irregularidades semejantes, como escribir Ed. o Edit. por editorial,
Bco. por banco, Cdad. por ciudad, Comp. por compañía,
etcétera. Se entiende que, cuando forman parte de un nombre
propio, se escriben con inicial mayúscula, pero no es el
caso necesariamente. No se sabe por qué razón, la
abreviatura de la palabra latina circa (es decir, c, aunque también
se usa ca., no registrada en esta ortografía) no lleva punto;
si es abreviatura (y no es otra cosa), debe llevarlo. En los símbolos
del sistema internacional de unidades hay algunas irregularidades,
como registrar, como grafía única, cl para centilitro(s),
siendo así que es mejor la grafía cL; lo mismo se
diga de dl por dL, ml por mL, etcétera, y, sin embargo, registra
la dualidad l, L para litro(s). Este primer apéndice necesita,
pues, un mejor trabajo de ordenación y grafía.
En el apéndice 2 la Academia nos ofrece una lista de los
topónimos reconocidos por los organismos internacionales,
con sus capitales y gentilicios. Es una excelente idea. Sin embargo,
hay que actuar con mucha prudencia al utilizar el contenido de dicha
lista; por un lado, porque los organismos internacionales (especialmente
los respectivos servicios de traducción y documentación
de la Organización de las Naciones Unidas y la Unión
Europea) no se ponen de acuerdo a la hora de nombrar a los países
en español, y por otro, porque la propia Academia, tal vez
influida por las vacilaciones anteriores, cae en contradicciones
en la grafía de los nombres de los países y sus capitales.
Seguidamente se analizarán los casos más dudosos (por
falta material de espacio, paso por alto aspectos de importancia
secundaria). Por ejemplo, dice la Academia que Abiyán es
la capital de Costa de Marfil; pues bien: desde marzo de 1983 lo
es Yamusukro. Registra Arabia Saudí o Arabia Saudita, pero
esta segunda forma es un galicismo y debe evitarse (aunque la registre
la lista de la ONU); y, a propósito: no pertenece a África,
como dice la Academia, sino a Asia. Astaná no es, como dice
la lista académica, la capital de Kazajstán (mejor
sería Kazajistán), puesto que desde diciembre de 1997
lo es Akmola. Registra la Academia la grafía Bahréin,
trascripción del nombre de un país árabe, por
lo que la grafía con tilde es muy acertada. También
registra la grafía Belarús, como la ONU, pero prefiere
Bielorrusia. Recoge la forma Bhután, pero, a pesar de que
muestre su preferencia por Bután, no se entiende que recoja
la primera forma (si a la ONU le gusta, allá la ONU). Resulta
curioso (cuando menos) que la Academia registre grafías como
Botsuana y Zimbabue para dos países que en inglés
se escriben, respectivamente, Botswana y Zimbabwe y, sin embargo,
sea partidaria de grafías como Malawi en lugar de Malaui
y Lilongwe, su capital, en lugar de Lilongüe. Desde el 19 de
enero de 1983, la capital de Bangladesh se llama Dhaka, no Dacca,
como escribe aún la Academia. Escribe Brunéi Darussalam,
con una tilde en Brunéi que parece muy oportuna, pero ¿y
Darussalam?: ¿no será Darussálam?; ¿y
por qué no suprimir esta palabra y dejarlo en Brunéi
como nombre usual, que es lo que se usa habitualmente? Hay que tomar
nota de que los Emiratos Árabes Unidos no están en
África, sino en Asia. Dice la Academia que la capital de
Tuvalu se llama Funafuti; sin embargo, parece que la capital se
llama Fongafale, ciudad que está enclavada en el atolón
de Funafuti. La Academia escribe Kiev (capital de Ucrania), pero
parece más correcta la forma Kíev. Aunque utiliza
la grafía Kishinev para la capital de Moldavia, la grafía
actual es Kishinau. La Academia, siguiendo la lista de la ONU, escribe
Lesotho, pero la grafía española no necesita la h;
escríbase Lesoto. También escribe la Academia Malasia
siguiendo tanto a la ONU como a la UE, pero desde 1963 la forma
correcta como nombre usual del Estado es Malaisia; Malasia es la
denominación de la parte continental de este país.
Para los naturales de México, DF, la Academia registra el
gentilicio chilango, gentilicio que ellos no reconocen y las enciclopedias
no registran. Myanmar no es más que el nombre autóctono
de Birmania; en español debería utilizarse este topónimo;
no parece aceptable decir, como hace la Academia, que los naturales
de Myanmar son los birmanos... Escribe la Academia Nukúalofa
como nombre de la capital de Tonga; parece un error (aparte del
hecho de que con esa grafía es casi imposible pronunciarla
en español como una palabra); otras fuentes dan dos grafías
ligeramente distintas: Nuku Alofa o Nuku 'Alofa. La Academia escribe
Paláu, con una españolización incomprensible
del inglés Palau, cuando en realidad debería emplear
la grafía clásica en español: Palaos (de donde
los ingleses han obtenido su Palau). Finalmente, Yemen no pertenece
al continente Arabia (?), sino a Asia.
En el apéndice 3 nos ofrece la Academia una lista de nombres
originales de lugares que tienen otra grafía en español.
Es atendible la nota que la Academia inserta a pie de página
en la 134: «La Real Academia Española no participa
en polémicas sobre el nombre que se prefiera aplicar a las
lenguas y dialectos españoles o extranjeros. Para este apéndice
se atiene, en los casos que así lo aconsejan, a los textos
oficiales de los distintos estatutos de las comunidades autónomas
españolas». Dicho con otras palabras (porque está
bastante oscuro): en español los topónimos españoles
tienen una grafía; en otros idiomas, otra. Cuando se escribe
en español, los topónimos deben darse en español
si tienen grafía en esta lengua. Teniendo esto en cuenta,
sorprende que, en esta misma nota, la Academia escriba D. C. como
«District of Columbia» y no, como parecería más
lógico, «Distrito de Columbia», que es como se
conoce en español.
Colofón
Sin duda, tiene esta Ortografía caras y aristas no analizadas
en este trabajo. Tampoco he pretendido ser exhaustivo, puesto que
ello tal vez me llevaría a reescribir la Ortografía
académica y eso solo a la Academia corresponde. Además,
después no te lo agradecen...
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Andrés Bello, Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar
la ortografía en América
Real Academia Española, Ortografía de la lengua española.
Edición revisada por las Academias de la Lengua Española
[prólogo]
La ortografía del tercer milenio seguirá siendo la
del siglo XIX (El Nacional)
José G. Moreno de Alba critica la nueva ortografía
de la Real Academia Española
Luis Carlos Díaz Salgado, La lengua está de moda
Mary Ferrero, El grito de Zacatecas
Alexis Márquez, La Real Academia se remoza y Novedades ortográficas
Ángel Rosenblat, Las novísimas normas ortográficas
de la Academia
Andrés Bello en La BitBlioteca
La ortografía en La BitBlioteca
El lenguaje en La BitBlioteca
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