Antonio
Ruiz de Montoya s.j.
Conferencia
de Monseñor Jorge Kemerer
Acto Clausura de la
Feria Provincial del Libro
Oberá, 10 de Julio de 1998
PADRE ANTONIO RUÍZ DE MONTOYA
El Padre
Antonio Ruíz de Montoya, -desde su llegada a las reducciones
jesuíticas del Guairá el año 1612, en lo
que hoy el Estado brasileño de Paraná, hasta su
muerte en Lima, (Perú) en 1652- dedicó su vida a
las misiones guaraníes.
Era criollo, nacido en Lima el 13 de Junio de 1585. Sus padres
fueron Cristóbal Ruíz de Montoya y Ana de Vargas.
Los perdió siendo aún niño. Por voluntad
de ellos ingresó al colegio San Martín de los jesuitas
de su ciudad natal. La falta de sus padres debió influir
en su formación en esos años. Si bien demostró
clara inteligencia, su paso por el colegio fue insatisfactorio,
y su primera juventud transcurrió desordenada y entre crecientes
sobresaltos.
Hastiado Montoya de una vida sin sentido, impotente en sus deseos
de corregirse, decidió solicitar, a los veinte años,
una plaza de soldado en la expedición del designado gobernador
de Chile, para intervenir en la guerra contra los araucanos.
Esta iniciativa, tan contradictoria con todo lo que hizo después
de reformar su vida, pone de manifiesto su lucha interior y la
desorientación de esos años. En apuntes que más
tarde retomaron sus biógrafos, relató un sueño
que lo hizo desistir de aquella empresa, sintiéndose llamado
a dedicar su vida en la protección de los aborígenes
y transportado a una tierra desconocida, habitada por ellos.
Montoya retomó sus estudios en el Colegio San Martín,
y después de hacer los ejercicios espirituales de San Ignacio,
ingresó al noviciado de la compañía de Jesús
en Lima, el 11 de Noviembre de 1606.
Hacía dos años que el Superior General, Padre Aquaviva
había decidido crear la provincia jesuítica llamada
Paraguay que abarcaba lo que hoy conocemos como Cuenca del Plata.
El noviciado pertenecía a la Provincia Jesuítica
del Perú.
En el año 1607, después de tomadas las disposiciones
para organizar la extensa provincia de la Compañía,
el Padre Diego de Torres, primer Provincial, llegó a Lima
para recoger algunos sacerdotes y hermanos de los colegios peruanos
y traerlos a estas regiones para actuar en las residencias y misiones,
junto a los que se encontraban aquí. Entre ellos fueron
designados tres novicios. Uno de estos estudiantes se vió
obligado a desistir por razones de salud y fue sustituido por
el hermano Antonio Montoya, que encontró de pronto la esperada
oportunidad de realizar su sueño de actuar entre los aborígenes,
acercándose al campo misional extensísimo del corazón
de América del Sur.
Antonio Ruíz de Montoya llegó así a Chile,
acompañando al padre Diego de Torres, no ya como soldado
para actuar en la guerra contra los araucanos sino como novicio
guiado por una intensa vocación de dedicar su vida a la
protección de los aborígenes.
A los veintiún años Montoya encontró la vocación
que inspiraría su vida más de cuatro décadas
en beneficio de los guaraníes y otros pueblos nativos.
Continuó sus estudios en Córdoba y fue ordenado
sacerdote en Santiago del Estero en febrero de 1611. no tuvo tiempo
de terminar sus estudios y hacer la habitual profesión
solemne de tres votos.
El padre Diego de Torres lo llevó a Asunción en
1612, para dedicarlo a las misiones.
MONTOYA EN
EL GUAYRÁ
Desde Asunción, el Padre Ruiz de Montoya fue enviado a
las aldeas del río Paranapanema donde los padres jesuitas
Cataldino y Maceta habían fundado poco antes las reducciones
Loreto y San Ignacio Miní. Realizaban su apostolado en
medio de grandes privaciones, en servicio de los habitantes de
aquellas lejanas y desamparadas tierras. Se sintió dichoso
de compartir con ellos una vida tan austera, expuesta a permanentes
peligros.
Los aborígenes de esa región fronteriza entre los
dominios españoles y portugueses, eran perseguidos por
encomenderos y cazadores de esclavos. Huyendo de ellos se replegaban
hacia los rincones más agrestes e inaccesibles, rechazando
todo contacto con extraños.
Durante los ocho años siguientes a su iniciación
como misionero, Antonio Ruíz de Montoya trabajó
incansablemente, incorporando a los pobladores de las riberas
de los ríos Paranapanema y Pirapó en los nuevos
pueblos de Loreto y San Ignacio Miní. En una labor comparable
a la del Padre Roque Gonzalez más al Sur, organizó
los pueblos, diseñó y construyó edificios,
entre los cuales un gran templo de Loreto que, junto con el de
San Ignacio, hizo decir a un visitante que ¨eran los más
elegantes de todo el Paraguay, tanto de las poblaciones de los
indios como de las ciudades de españoles¨.
Como un anticipo del servicio que prestaría en España
y Perú en sus últimos años a las reducciones
de guaraníes, Montoya fue comisionado para responder a
las acusaciones que se difundían contra los misioneros
en Asunción, sede del gobierno. Se buscaba el fracaso de
la labor de los jesuitas que se esmeraban en mejorar la condición
de vida de los aborígenes. Al mismo tiempo, los portugueses
se acercaban cada vez más con sus expediciones para esclavizar
indios.
Al final de este período, el Padre Ruíz de _Montoya
hizo la profesión de los tres votos en la reducción
de Loreto, a la que estuvo estrechamente vinculado durante muchos
años.
En 1622 fue designado Superior de la Misión del Guayrá
sucediendo al Padre José Cataldino. Se inició entonces
una nueva etapa signada por una rápida expansión
misionera, y una decidida agresión
externa.
EL PROYECTO
JESUÍTICO
LAS BANDEIRAS PAULISTAS. CONFLICTOS ENTRE ESPAÑA Y PORTUGAL
Las bandeiras
paulistas, expediciones de cazadores de esclavos que partían
de San Pablo -en los dominios vecinos de Portugal- se internaban
cada vez más en las posesiones españolas a medida
que sometían a los aborígenes de territorios cada
vez más extensos.
Si bien las bandeiras no cautivaban todavía a los pobladores
de las reducciones jesuíticas, pero en la medida en las
que éstas actuaban como una valla eficaz contra la expansión
portuguesa, se hacía cada vez mayor el riesgo de un enfrentamiento
decisivo.
Los jesuitas fundamentaban la promoción de los aborígenes
en el derecho de España a la posesión de las tierras,
estipulado en el tratado de de los primeros años de la
conquista (Tratado de Tordesillas).
Las reducciones del Guayrá tenían una gran importancia
en los planes que elaboraron los primeros misioneros. Pues para
ellos era cierto que en las selvas del corazón del continente
existía una población nativa muy numerosa a la que
había que llegar y actuar lo antes posible para evitar
que fuera explotada y aún exterminada.
Los primeros jesuítas llegados en 1549 al Brasil y en 1567
a Perú, percibieron de inmediato los males que traía
la conquista de los aborígenes, y el inmenso campo misional
que existía en esas regiones centrales de América
del Sur.
Había dos maneras de internarse en esas tierras: la primera
desde los centros de la conquista española situados en
las costas del Océano Pacífico y en la Cordillera
de los Andes; la segunda: por los ríos de las cuencas del
Amazonas y del Plata; estos últimos permitían un
acceso más fácil entrando por el río de la
Plata o por las costas del Brasil. La creación de la provincia
jesuítica del Paraguay permitió contar con mayores
recursos para iniciar las Misiones en el centro del Continente.
Existía un problema adicional a tener en cuenta, que eran
las jurisdicciones de España y Portugal en estas tierras.
Desde Europa, donde se tomaban las decisiones especialmente en
los primeros años, estos problemas jurisdiccionales eran
insoslayables.
En América, en cambio, se insinuaba cada vez más
que la posesión de hecho se lograba a través de
audaces exploraciones y ocupaciones para lo que no contaba lo
pactado en Europa.
El propio San Ignacio de Loyola, siendo general de la Compañía
de Jesús, había dado instrucciones para que no pasaran
misioneros de una nación a los dominios de la otra. Las
misiones jesuíticas en tierras, por derecho españolas,
se emprenderían desde centros españoles, y lo mismo
cabía para las misiones portuguesas.
La misión del Guayrá era por estas razones de gran
importancia, por estar situada en la frontera donde se manifestaba
en forma creciente la decisión portuguesa de expandir la
conquista y colonización a partir de San Pablo. Era previsible
que muy pronto, el desconocimiento del límite establecido,
avasallara las reducciones guayreñas, y moviera a los cazadores
de esclavos a ocupar desde ese punto estrat´rgico todo el
centro del continente. Esto marcó el fin del proyecto (del
gran proyecto) de evangelización de la Compañía
de Jesús.
En los primeros años de los misioneros jesuitas en el Guayrá
no se registraron enfrentamientos decisivos. Al principio la oposición
provino más bien de los encomenderos españoles,
que se sintieron afectados por el trabajo de los misioneros: humanizar
el trato a los aborígenes. Pero muy pronto percibieron
que las amenazas más serias provenían de San Pablo,
ya que dejar librada a los cazadores de esclavos la iniciativa,
significaba perder el inmenso campo misional del centro del continente.
Por esta rezón los misioneros pusieron tanto empeño
y hasta dejaron la vida para consolidar durante tantos años
las primeras fundaciones.
LAS BANDEIRAS FRENTE AL EMPUJE DEL PADRE MONTOYA
La designación
del Padre Antonio Ruíz de Montoya como superior en el Guayrá,
o sea como principal responsable de las decisiones que allí
se tomaban en el marco de un proyecto elaborado muchos años
antes, fue de gran importancia. Respondió a una decisión
al más alto nivel, en el sentido de hacer un último
esfuerzo para ocupar la región fronteriza y poner una valla
a la expansión paulista, a partir del momento en que esta
se empeñó a mostrar toda su decisión y agresividad.
Planteado así, todo esto puede parecer un enfrentamiento
entre dos fuerzas antagónicas disputándose el control
de una región, o más aún de un continente.
Sin duda el enfrentamiento existió aunque fue realizado
con muy distintas armas e intenciones. Lo prueba el hecho de que
no obstante los esfuerzos del Padre Ruíz de Montoya y sus
compañeros, las reducciones del Guayrá fueron presa
fácil de los bandeirantes cuando estos decidieron dar el
golpe final desde 1628 hasta 1631.
Los bandeirantes buscaban riquezas y mano de obra esclava. Los
jesuitas tenían por objetivo la evangelización y
promoción humana de los aborígenes amenazados por
la conquista.
Los bandeirantes arrancaban a los pobladores nativos de sus tierras
y los llevaban en colleras para hacer los trabajos en las fachendas
e ingenios de San Pablo. Los jesuitas procuraban arraigar a los
naturales en sus propias tierras, aportándoles herramientas,
edificios y aún nuevas formas de organización social
y normas éticas.
Este enorme esfuerzo final, presidido por el P. Antonio Ruíz
de Montoya en el Guayrá, no solamente encontraba el obstáculo
de los esclavistas. Las parcialidades aborígenes, que no
habían sido aún reducidas en pueblos misioneros,
eran los que peores tratos habían recibido de los conquistadores,
y se hallaban a la defensiva, dispuestos a todo, refugiadas en
las serranías y selvas más inaccesibles.
Hasta ellos llegó, corriendo todos los riesgos, el superior
de la misión guayreña, el Padre Montoya que en la
introducción de su obra ¨Conquista espiritual¨
expresa tan claramente sus objetivos diciendo: ¨Mi pretensión
es poner paz entre españoles e indios, cosa tan difícil,
que en más de cien años no se ha podido alcanzar.
Incítame a procurarla la caridad cristiana, el desamparo
total de los indios, el ejemplo de mis antepasados los conquistadores
y que dejaron ejemplos raros de imitar; cerca de 30 años,
mi principal ejemplo ha sido, su enseñanza y conversión
a nuestra santa fé, coronando mi deseo, trabalos y peligros
de muerte.
El esfuerzo de los misioneros presididos por Montoya en el Guayrá,
especialmente entre los años 1827 y 1831, no pudo contener
la agresiva expansión paulista. Los bandeirantes ignoraron
muy pronto un precario acuerdo con los jesuitas para no cautivar
a los pobladores de las reducciones.
A fines de 1631 (noviembre) destruidos once pueblos, muertos o
llevados en colleras sus habitantes, solo sobrevivían Loreto
y San Ignacio Miní, las reducciones de Paranapanema por
donde se había iniciado la misión del Guayrá.
¨EXODO
GUAYREÑO¨
El acontecimiento
final de este campo tan dramático, fue el ¨éxodo
guayreño¨ en el que emigraron 12.000 aborígenes,
en su mayor parte de Loreto y San Ignacio, hacia tierras más
seguras.
Iniciaron penosamente los preparativos para escapar del inevitable
ataque final, cuando los centinelas de ambos pueblos avisaron
de la aproximación bandeirante.
El P. Antonio describe así este momento: ¨ponía
espanto ver por toda aquella playa a los indios ocupados en hacer
balsas, que son juntas dos canoas o troncos grandes, cavados a
modo de barcos, y sobre ellos formar una cosa bien cubierta que
resiste el agua y sol; andaba la gente tan ocupada en bajar a
la playa sus enseres, avecillas y crianzas. El ruido de las herramientas,
la prisa y la confusión daban demostraciones de acercarse
ya el juicio.
Apenas tuvieron tiempo para alejarse por el Paranapanema para
tomar el Paraná hacia el sur. De inmediato los dos pueblos
(Loreto y San Ignacio) fueron invadidos y destruidos.
En el gran ¨salto¨ del río Paraná , donde
era obligado desembarcar para hacer un trecho por tierra, se mostró
la otra cara de esa presión externa que durante un siglo
y medio hostilizó a las reducciones de guaraníes:
los encomenderos de Ciudad Real se habían atrincherado
para no dejar pasar a los emigrantes y obligarlos a someterse
al servicio personal.
El obstáculo pudo superarse, pero en este punto se iniciaron
las mayores penurias que los diezmaron: perdieron sus embarcaciones
en el salto y apenas pudieron avanzar lentamente acuciados por
la falta de alimentos, y las enfermedades, hasta alcanzar el auxilio
de los primeros asentamientos del Alto Paraná: ¨Natividad
de Acaray¨ y ¨Santa María del Iguazú¨
aproximadamente en los emplazamientos de las actuales ciudades
de Presidente Strossner y Foz de Iguazú.
DESPUÉS DE LA DERROTA Y EL FRACASO
TIEMPO DE PRUEBA Y DE REIVINDICACIÓN
El P. Montoya,
sus compañeros y los indígenas, con el auxilio de
los pueblos mencionados, retomaron la vía fluvial y llegaron
en marzo de 1632, a las orillas del Yabebirí donde reestablecieron
los pueblos de Loreto y de San Ignacio Miní, en lo que
es hoy la Provincia de Misiones.
No solamente las reducciones del Guayrá, sinó gran
parte del proyecto de la Compañía de Jesús
y de evangelizar y promover a los aborígenes del corazón
del Continente, quedaba así destruido. Las misiones jesuíticas
continuaron durante más de un siglo expandiéndose
en Sudamérica, pero solo pudieron hacerlo en una franja
estrecha entre la cordillera y las tierras por donde avanzaron
las bandeiras paulistas después de superar la valla del
Guayrá.
Antonio Ruiz de Montoya había sido designado conductor
del postrer intento para evitar la expansión bandeirante.
Después de varios años de enormes esfuerzos junto
a los misioneros que de él dependían, le tocó
administrar la derrota y el éxodo. Fueron los tiempos más
amargos de su apostolado, fue el tiempo de preguntar por las causas
del fracaso y de buscar respuestas, cada uno desde su perspectiva,
pero inevitablemente en torno a la figura central de esos años.
Para comprender en algo lo que pasó en aquel momento en
el interior del P. Montoya, leamos la dramática confesión
del final del relato que él mismo escribió: ¨me
enternecí con un dolor intenso, y volviéndome al
cielo con los ojos destilando lagrimas, acusé mis culpas
causantes de estos desastres, y mirando a Dios que la fé
viva representa al vivo, dije: ¨Señor, ¿es posible
que para esto habeis sacado a esta gente de su tierra, para que
mis ojos se quiebren con tal vista, después de haberse
quebrado el corazón con sus trabajos?¨ (Conquista Espiritual).
Es evidente que no le fueron ahorrados al Padre Montoya los cuestionamientos
por lo que había sucedido. El Padre Nicolás del
Techo se hace eco de los mismos pero a la vez reivindica la figura
del misionero: ¨Es digna de perpetua memoria la grandeza del
ánimo el P. Antonio Ruíz que, hallándose
oprimido por el dolor, al ver la desgracia de sus hijos espirituales,
tuvo que sufrir las censuras de varios misioneros, los cuales
al reparar en calamidades consiguientes a la emigración,
le quisieron hacer responsable de ellas
A estas censuras
se unía el enojo del Provincial, por no haber sido consultado
en negocio de tal emportancia; mas a la verdad, se olvidaba (el
Provincial) de lo que ordenó de palabra y por escrito cuando
estuvo en el Guayrá y fue: que si los mamelucos se aproximaban
en son de guerra, emigrasen los indios; y tan cierto es esto,
que mandó fabricar balsas para dicho objeto. Dios permitió
semejante olvido, a fin de que brillase mejor la virtud del P.
Antonio Ruíz, quien, pudiendo muy bien defenderse de todas
las acusaciones referidas, no lo hizo. Por entoncs también
fue acusado de haber abierto una carta del Provincial dirigida
a otro religioso, delito que merecía su correspondiente
castigo; a decir verdad, cualquiera que supiera el hecho con todas
las circunstancias, diría que la culpabilidad estaba manifiesta;
escribió el Provincial diciéndole que se defendiera
de tal imputación si no quería sufrir la pena merecida
poe ella, el Padre Ruiz no dio explicación alguna, imitando
con su silencio a Cristo delante del tribunal de Caifás.
Entonces el Padre Provincial le impuso un grave castigo, al cual
sometióse resignadamente hasta que se probó no haber
roto él la envoltura de la carta, sino persona autorizada
para ello. Divulgado esto , el Padre Montoya se captó el
respeto y cariño de todos. Y no se crea que la acción
heróica referida le costó poco trabajo, pues el
sufrimiento le hizo enfermar y encendérsele la sangre¨.
El relato rpudente que hace el P. Nicolás del Techo de
las vicisitudes del P. A. R. de Montoya reivindicándolo,
y al no ser protagonista de los hechos precedentes, puede aportar
una visión mucho más objetiva sin tomar partido.
Hay que tener en cuenta que (Del Techo) recién llega a
Paraguay en noviembre de 1640, cuatro meses antes de la batalla
de ¨Mbororé¨.
Y llama la atención que el P. Montoya, a pesar de sus críticos,
es reivindicado y designado Superior de todos los misioneros y
Guaraníes en 1636, en circunstancias más inestables
y dramáticas que las del Guayrá.
Su designación se produce ante la evidencia de un inminente
ataque bandeirante en el Tape y en el Itatín. La muerte
del P. Cristobal de Mendoza (en el Tape) en 1635 es el más
dramático de estos hechos que anticipan la agresión
paulista, tan similar al martirio de los P. Roque, Alonso, y Juan,
poco antes del ataque final en el Guayrá. Es preciso recordar
que desde sus primeras entradas al Tape en 1627, los jesuitas
hallan señas de la presencia portuguesa.
Los portugueses comerciaban allí con los aborígenes
y tenían montada una organización para el comercio
de esclavos, dividiendo a la población autóctona
en socios y víctimas de este tráfico.
EL ATAQUE
PAULISTA EN EL TAPE.
HOY RIO GRANDE DO SUL (BRASIL)
Los primeros días de diciembre de 1636 los mamelucos (bandeirantes)
atacaron la reducción de Jesús María defendida
por 400 neófitos nada más, pues los restantes estaban
esparcidos en el campo dedicados a la agricultura y caza. Tomada
la reducción los bandidos se esparcieron por las aldeas
cercanas, reduciendo a esclavitud sus moradores; apenas la cuarta
parte de estos se salvó huyendo.
La reducción de San Cristóbal, distante dos leguas
de Jesús María, fue asaltada por los mamelucos el
día de Navidad de 1636 y viendo el pueblo desierto. - el
Padre Contreras los había llevado a Santa Ana- recorrieron
las inmediaciones, cautivaron a los moradores de las aldeas y
los cargaron de cadenas, revisaron las selvas, y como de costumbres
se condujeron ferozmente.
La reducción de Santa Ana, también se hallaba expuesta
a las invasiones de los mamelucos, y así se pensó
en trasladarla. Entonces el P. Montoya, superior general de las
misiones, fue a ella y reunió en asamblea a los religiosos
y a los principales neófitos, para tratar de tal asunto.
Y decidió que tanto los indios de Santa Ana, como los de
Jesús María y San Cristobal, debían emigrar
al pueblo de la Navidad, pasando el río Ygay, a fin de,
con esto y la proximidad de los restantes pueblos (San Cosme,
San Miguel, San José), tener defensa contra los mamelucos.
Los neófitos de Jesús María que habían
huído, esparcieron por todas partes la noticia de la calamidad
sufrida, exagerándola notablemente; decían: que
todas las reducciones del Tape quedaban destruidas, amenazado
el Uruguay y muertos varios misioneros.
El Padre Montoya aumentó el temor: afírmase que
tuvo revelación divina de que los nuevos pueblos del Uruguay
serían asaltados por los bandidos; lo cierto es que, aterrado
al saber que estos andaban por el Tape ordenó a los padres
del Uruguay que incendiasen los lugares, y con los neófitos
se retirasen al Paraná. La orden fue aceptada y cumplida,
y cundió el pánico.
En esto llegaron órdenes del P. Diego de Boroa, Provincial,
disponiendo que nadie se moviese hasta que él estudiara
el asunto. Solicitó la protección del Gobernador
del Paraguay contra los bandidos, éste contestó
que le era imposible dar el apoyo solicitado. El P. Boroa, viéndose
solo, corrió al Tape; congregó en breve los neófitos,
dispersos por allí, eligió los más robustos
y esforzados, y con ellos pasó el Igay, para cuando menos,
aterrar a los bandidos. Mas estos, se hallaban ya lejos con su
presa, habiendo dejado los pueblos llenos de cadáveres
de hombres y mujeres.
Los mamelucos se llevaton a Brasil veinticinco mil personas, entre
neófitos, catecúmenos y gentiles reducidos, sin
contar los que fallecieron en el camino.
EL PADRE BOROA RETOMA LA INICIATIVA
La situación era grave. La orden del Superior Antonio Ruiz
de Montoya: de incendiar los pueblos y huir al Paraná,
y la contraorden del Provincial Diego de Boroa: disponiendo que
nadie se mueva hasta estudiar el asunto, representan un muy serio
desacuerdo en circunstancias tan trágicas. Las reducciones
de guaraníes están amenazadas de extinción.
No se trata solamente de enfrentar la violencia paulista con el
fin de despejar la frontera, sino de una presión conjunta
de españoles y portugueses contra el sistema exitosamente
implantado por los jesuítas para la promoción de
los aborígenes. Una vez debilitada la iniciativa paulista,
la pasividad de los encomenderos se transformará en un
nuevo embate, esta vez desde los dominios españoles y aún
desde el seno mismo de la iglesia en las gestiones de los Obispos
Cárdenas y Mancha y Velazco.
El avance del Provincial Diego de Boroa en su visita, desde Asunción
hasta Jesús María, constituye un esfuerzo por poner
orden ante una situación largamente preparada por los paulistas,
de la cual el ataque directo es el último episodio. La
búsqueda de alternativas a su arrazadora embestida constituye
un liderazgo responsable y lúcido del que surge la definitiva
conformación de las misiones guaraníes. La figura
del nuevo conductor (Boroa) desdibuja en este momento el rol que
le fuera asignado, quitado y restituído brevemente a Antonio
Ruiz de Montoya.
Para juzgar su situación debemos recordar las circunstancias
de su ingreso a la Compañía de Jesús, condicionado
por la vocación de servir directamente a los aborígenes
amenazados por ña conquista.
Su actitud ante el ataque paulista en el Tape, replantea las observaciones
sobre sus aptitudes como conductor y administrador que se hicieron
después del fracaso del Guayrá. Es oportuno en este
sentido recordar también uno de los párrafos de
la carta que le envió al Prepósito General P. Vitelleski
en aquella oportunidad, el 30 de noviembre de 1634: ¨
algunos quisieran que se hubieran mejor notado y prevenido las
cosas. Ya lo pasado no tiene remedio; para lo futuro convendrá
irse más despacio¨.
La continuación del apostolado jesuíta entre los
guaraníes seriamente amenazada, por los neofitos de las
reducciones huyendo hacia el precario refugio entre los grandes
ríos (Uruguay y Paraná), exige grandes remedios
para retomar la iniciativa y revisar el proyecto misionero.
La visita del Provincial culmina con la consulta convocada en
Santa Ana del Igay.
ANTONIO RUIZ DE MONTOYA ES
DESIGNADO PROCURADOR ANTE LA CORTE
Citamos literalmente las ¨Noticias de algunas reducciones¨,
escritas en 1637 por Diego de Boroa:
¨Llegamos a Santa Ana, ya de vuelta, donde tratamos del remedio
que se debía poner a tantos males, y habiéndola
consultado con todos los padres que allí se hallaron, determiné
de enviar al Consejo del Rey al P. Antonio Ruiz de Montoya, Superior
que era de todas las reducciones para que, como se había
hallado así en esta ocasión como la destrucción
de las reducciones del Guayrá, donde también era
Superior, diese cuenta a su Msjestad y Real Consejo de todas las
crueldades y agravios que han hecho contra estos pobres indios,
estos males cristianos vecinos a San Pablo y costas del Brasil
y pidiese remedio para tantos males; y para que la Real Audiencia
y el Sr. Virrey en Lima tuviesen también noticia de todo
lo sucedido, y por su parte pidiesen el mismo remedio a su Majestad,
determiné de enviar al P. Diego de Alfaro a Perú
para que, dando noticia de lo que pasaba, procurase que aquellos
señores (de Lima) escribiesen e informasen a S. M. Y fomentasen
este negocio, y procurasen alcanzar los recaudos necesarios para
el efecto, haciendo todas las diligencias necesarias, y con ellas
pasase a España y se juntase con el P. Montoya, el cual
se habrá de embarcar en el Puerto de Buenos Aires en la
primera ocasión, llevando todos los recaudos, informaciones
y papeles que se han podido hacer para el mismo efecto¨.
El P. Montoya parte de Loreto el 23 de Marzo de 1637;han transcurrido
apenas tres meses desde el ataque bandeirante a Jesús María
Y San Cristóbal, que incia un prolongado período
de hostilidades que culmina en marzo de 1641 con la batalla de
¨Mbororé¨ y la victoria de las milicias guaraníes
sobre las bandeiras paulistas.
El P. Montoya asiste a la congregación provincial en Córdoba
donde se precisan los cometidos de os dos procuradores enviados
en definitiva a Europa: Antonio Ruiz de Montoya Y Francisco Diaz
Taño.
La partida desde Buenos Aires es el día 15 de octubre de
1637, hacia Río de Janeiro. Permanece en Brasil hasta mediados
de Mayo de 1639. Su alejamiento de América coincide con
el ¨éxodo del Tape¨, que es la culminación
de las medidas de reordenamiento tomadas por Diego de Boroa. El
22 de septiembre de 1638 entra en la Corte Real el P. Antonio
Ruiz de Montoya.
ANTE LA LEY
¨Lo primero
que dije (a su Majestad) fue cómo los portugueses y holandeses
le querían quitar la mejor pieza de su corona real: que
era el Perú, sobre que desde esas regiones había
dado voces en estas partes, y por ser tanta la distancia no había
sido oído, que tres cartas mías había en
el Consejo en que había avisado, èro no se trataba
de remedios hasta que el deseo de haberle, me había obligado
a caminar tanyas leguas; y con un báculo en la mano, muriéndome,
como su Majestad veía, había venido a sus reales
pies a pedir remedios de males tan graves como prometía
la perfidia de los rebeldes, que ya por San Pablo acometían
el cerro de Potosí; cuya cercanía, agravios, muertes
de indios, quema de iglesias, heridas de sacerdotes, esclavitud
de hombres libres, daban voces. Y porque a las mias se diese crédito,
había hecho dos Memoriales impresos, que si su Majestad
se servía de pasar por ellos los ojos, se lastimarí
su real corazón, y movería el amor de sus vasallos
el remedio¨ (Furlong ¨Antonio Ruiz de Montoya y su carta
a Comental).
Insiste el P. Montoya en llamar la atención del soberano
sobre los riesgos que se presentaban para sus posesiones más
ricas en el continente después de avasalladas las reducciones
guaraníes.
No se limita a plantear los problemas; popone medidas concretas
para superarlos que hacen suyas las autoridades en España.
Realiza otras gestiones en beneficio de las reducciones guaraníes,
además de las que son motivo de principal de su viaje,
pero todas ellas se ven en gran medida interrumpidas por la rebelión
portuguesa que da lugar a nueva separación de las dos coronas
de Portugal y España a partir de 1640.
Las sanciones a los esclavistas y la liberación de cautivos
se vuelven impracticables, quedando en pie solamente la autorización
para el uso de armas de fuego, ad referendum del virrey. En 1634
el P. Antonio Ruiz de Montoya partió desde Lisboa hacia
el Perú.
MONTOYA EDITA
SUS OBRAS DE LINGÜÍSTICA
Y ¨LA CONQUISTA ESPIRITUAL¨
Montoya no
se limita a cumplir en España los mandatos de su provincia.
Aprovecha la estadía para publicar trabajos de lingüística
realizados en parte en sus primeros años en Loreto del
Guayrá.
Son editados el Catecismo, la Gramática y el Arte y tesoro
de la Lengua Guaraní; escribe también una relación
de lo acontecido en las misiones desde su fundación hasta
1637, que titula ¨Conquista Espiritual¨ hecha por los
religiosos de la Compañía de Jesús, en las
provincias del Paraguay, Paraná, Uruguyay y Tape.
Conmueve en su ¨Introducción¨: la negación
de sí mismo, la aceptación de su cruz, su entrega
a la empresa intentada por la Compañía en servicio
de los aborígenes americanos, la añoranza de la
labor apostólica.
¨Hame sucedido lo que a aquel gran Padre del yermo Afraates,
oyendo en su soledad y retiro el ruido de las ondas con que la
nave de la Iglesia era agitada, y el fuego con que quería
abrazarla aquel horrendo monstruo y apóstata Juliano, salió
del yermo, dejó su soledad amada, privóse de aquellos
vitales y celestes aires con que en el desierto la sementera espiritual
se ondea, se vivifica y crece, y entrando por el bullicio, iquietud
y tráfago de las ciudades sin recelar su tosco y rústico
lenguaje, ni dudó ingerirse entre los corteses y remirados
puntos de los palacios reales, por ver si podía amansar
los vientos, sosegar las aguas y apagar el fuego con que aquel
apóstata abrasaba la tierra.
¨Tal fue mi venida a esta corte y reales pies de Su Majestad
Católica, cuyos aumentos confirme el cielo con edad muy
larga¨.
¨Mi pretensión es poner paz entre los españoles
e indios, cosa tan difícil que en más de 100 años
que se descubrieron las Indias Occidentales hasta hoy no se ha
podido alcanzar. Incítame a procurarla la caridad cristiana,
el desamparo total de los indios, el ejemplo e mis antepasados
los conquistadores y que dejaron ejemplos raros de imitar, el
haber cerca de treinta años que sin asumir divertirme (a)
otro empleo, mi principal ha sido su enseñanza y conversión
a nuestra santa fé, coronando mi deseo, trabajos y los
más ordinarios peligros de muerte¨. (¨Conquista
Espiritual¨ - Introducción)
EN PERÚ
Montoya, llegado
a Lima, su ciudad natal, realiza gestiones necesarias para completar
lo hecho en España, y lograr del virrey el permiso para
utilizar armas de fuego en defensa de las reducciones guaraníes.
Recibe numerosos ofrecimientos para permanecer allí, (Lima)
pero su anhelo es regresar y terminar su vida en las misiones
donde viera realizada la vocación que lo había llevado
a la Compañía de Jesús.
Cuando termina estos trámites, se encamina hacia la Provincia
del Paraguay con ese fin, pero al llegar a Salta le entregan una
orden de su Superior, el Provincial residente en Córdoba,
de regresar inmediatamente al Perú.
El motivo de esta orden que obedece, aunque contrariados sus deseos,
es el hostigamiento que los encomenderos del Paraguay reinician
contra las reducciones guaraníes. Pasado el peligro bandeirante,
aquellos intentan nuevamente someter a sus pobladores al servicio
personal. Las amenazas se hacen muy serias y es necesario otra
vez la presencia de un experimentado gestor ante las autoridades
virreinales.
El Padre Antonio vuelve sobre sus pasos e inicia las nuevas gestiones,
pero su salud declina rápidamente.
Muere en el Colegio de San Pablo de Lima el once de Abril de 1652,
poco antes de cumplir 67 años de edad.
EDICIONES MONTOYA