a buen fin no hay mal principio

autor del libro Parte número
Acto segundo
Escena primera
PARÍS.- APOSENTO EN EL PALACIO DEL REY.
Trompetería. Entran el REY con algunos señores jóvenes, que van a despedirse y partir para la guerra florentina; BELTRÁN, PAROLLES y séquito.
EL REY.- Adiós, jóvenes señores. No olvidéis nunca los principios guerreros. A vosotros también, adiós. Aprovechaos ambos de mis consejos. Si cada uno de vosotros se los apropia, la merced será doble de lo que era cuando la recibisteis, y bastará a los dos.
SEÑOR PRIMERO.- Nuestra esperanza es, señor, volver y hallar a vuestra gracia en perfecta salud, tras haber aprendido el arte de la guerra.
EL REY.- No, no; eso no puede ser; y, sin embargo, mi corazón no se humilla ante el mal que amenaza mi existencia. Adiós, jóvenes señores. Viva o muera, sed dignos hijos de los valientes franceses; que la altiva Italia -que ha heredado únicamente una raza bastardeada de la decadencia de la última monarquía- vea que no habéis ido a cortejar la gloria, sino a desposaros con ella. Cuando los más valientes sucumban, manteneos firmes, a fin de que la fama os aclame. He dicho. Adiós.
SEÑOR SEGUNDO.- ¡Qué la salud se ponga a las órdenes de vuestra majestad!
EL REY.- Desconfiad de las italianas. Pretenden que los franceses no son capaces de rechazar lo que ellas les piden. Procurad no ser cautivos antes de haber sido soldados.
LOS DOS SEÑORES.- Nuestros corazones no olvidarán vuestros consejos.
EL REY.- Adiós. Ayudadme. (Sale acompañado.)
SEÑOR PRIMERO.- ¡Oh, mi querido señor! ¿Es posible que os quedéis aquí, marchándonos nosotros?
PAROLLES.- No es por su culpa; el ardor...
SEÑOR SEGUNDO.- ¡Oh! ¡ Son soberbias campañas!
PAROLLES.- ¡Admirable! Yo he visto esas guerras.
BELTRÁN.- Me retienen aquí. No cesan de murmurar en mis oídos: «Sois demasiado joven; el año que viene; es todavía temprano».
PAROLLES.- Querido amo, si tanto lo deseáis, partid sin pedir permiso.
BELTRÁN.- Me dejan aquí como a un corcel ocioso que inútilmente se impacienta golpeando el pavimento sonoro. Mientras tanto, los demás cosechan toda la gloria; y yo no llevo una espada sino para bailar con ella. ¡Por el cielo! Lo mejor será evadirme.
SEÑOR PRIMERO.- Será una fuga honrosa.
PAROLLES.- Conde, no vaciléis.
SEÑOR SEGUNDO.- Si queréis, seré vuestro cómplice; conque, adiós.
BELTRÁN.- No puedo separarme de vosotros: nuestra separación es un suplicio insoportable.
SEÑOR PRIMERO.- Adiós, capitán.
SEÑOR SEGUNDO.- Estimado monsieur Parolles...
PAROLLES.- Nobles héroes, mi espada y las vuestras son hermanas. El mismo centelleo, el mismo resplandor; en una palabra, el mismo temple. Encontraréis en el regimiento de los de Spinii a cierto capitán llamado Espurio, que tiene una cicatriz en la mejilla izquierda, indicio fiel de que ha luchado como bueno. Pues bien, a esta espada lo debe. Decidle que aún vivo, y fijaos bien en lo que él diga de mí.
SEÑOR SEGUNDO.- Lo haremos, noble capitán. (Salen los SEÑORES.)
PAROLLES.- ¡Hijos mimados de Marte, Dios os proteja! ¿Qué partido tomáis?
BELTRÁN.- Me quedaré. El rey...
(Vuelve a entrar el REY. PAROLLES y BELTRÁN se retiran a un lado.)
PAROLLES.- Sed un poco más cortés con esos nobles señores. Os habéis encerrado en los límites de una despedida glacial. Sed más expresivo entre ellos, porque son los corifeos de la etiqueta: andan, comen, hablan y mueren bajo la influencia de los iniciadores de la moda, y aunque fuera el mismísimo diablo quien llevara el compás, habría que imitarles y seguirles. Corred a su alcance y despedíos con el más caluroso adiós.
BELTRÁN.- Lo, haré.
PAROLLES.- Son dignos compañeros míos, y tengo para mí que se hallan dispuestos a probar el valor de sus espaldas.
(Salen BELTRÁN y PAROLLES. Entra LAFEU.)
LAFEU (Arrodillándose.)- Perdonadme, señor, por el mensaje que os traigo.
EL REY.- Quiero verte antes levantado.
LAFEU.- Pues ved en pie a un hombre que ha comprado su perdón. Quisiera, señor, que vos hubierais de postraros ante mí para implorar mi gracia, y que fueseis también vos el que a mis órdenes se hubiera levantado, como yo acabo de hacer.
EL REY.- Quisiéralo yo también; y además haberte roto la testa, para haberme podido postrar de la propia suerte y darte toda clase de satisfacciones.
LAFEU.- A fe mía que hubierais herido de través; pero vengamos a nuestro propósito, mi honorable señor. ¿Queréis sanar de vuestra enfermedad?
EL REY.- No.
LAFEU.- ¡Oh! ¿No queréis comer uvas, mi real zorro? Sí; bien las quisierais, si pudieseis alcanzarlas. He dado con un médico mujer, capaz de infundir vida a las piedras, de animar una roca y de haceros bailar un canario con fuego y precipitación, cuyo simple contacto tendría poder para resucitar al rey Pepino, hacer tornar la pluma al grande Carlomagno y escribirle con ella versos de amor.
EL REY.- ¿Quién es esa mujer?
LAFEU.- La doctora Ella. Acaba de llegar, señor; consentid en recibirla. Lo juro por mi fe y por mi honor, si es que después de la ligereza de exordio puede hablar en serio. Acabo de hablar con una persona cuyo sexo, edad, palabras, discreción y firmeza me han maravillado tanto, que me resuelvo a atribuirlo a mi flaqueza de espíritu. ¿Queréis verla, como ella solicita, y conocer el asunto que aquí la trae? Después de ello, burlaos de mí como mejor os plazca.
EL REY.- Vamos, buen Lafeu; preséntame el objeto de tu admiración para que la comparta contigo o la disipe, admirándome de tu propia torpeza.
LAFEU.- No; quedaréis convencido antes de acabar el día. (Sale.)
EL REY.- La especialidad de este hombre son los prólogos largos para no expresar nada.
(Vuelve a entrar LAFEU acompañando a ELENA.)
LAFEU.- Acercaos, pues.
EL REY.- Verdaderamente, su prisa tenía alas.
LAFEU.- Venid; aquí tenéis a su majestad. Explicaos. Nada huelo en vos de conspirador. Aunque su majestad teme poco a los conspiradores de vuestro talante. Soy el tío de Crésida y no me intranquiliza el dejaros con él a solas. Adiós. (Sale.)
EL REY.- Vamos a ver, bella joven, ¿soy yo a quien os dirigís?
ELENA.- Sí, mi buen señor. Mi padre fué Gerardo de Narbona, sujeto incomparable en su profesión.
EL REY.- Lo he conocido.
ELENA.- No voy a detenerme en hacer su elogio, puesto que lo conocisteis. En su lecho de muerte me legó varias recetas. Una hay, sobre todo, fruto preciosísimo de su mucha práctica, hija preferida de su larga experiencia, y me recomendó conservarla como un triple ojo más importante que los otros dos, lo cual he hecho. Habiendo sabido que vuestra majestad está atacado de la dolencia que puede eficazmente combatir el remedio especial que mi padre me dejó, vengo con toda humildad a ofrecerlo junto con mis servicios.
EL REY.- Gracias, muchacha; pero no confío en la curación que me anunciáis. Cuando nuestros más eminentes doctores nos abandonan; cuando la Facultad unánime ha declarado que nada puede contra un mal desahuciado, no debo deshonrar mi criterio, dejarme extraviar por una loca ilusión, hasta el punto de someter a los empíricos el tratamiento de una enfermedad incurable. No debo comprometer mi reputación de discreto admitiendo un recurso insensato, siendo así que todas las tentativas pasadas han sido, a mi modo de ver, inútiles.
ELENA.- Entonces, la conciencia de haber cumplido con el deber compensará mis fatigas. No insistiré en que aceptéis lo que os proponía, pero os suplico con toda humildad que os dignéis disponer que me restituyan a los lugares de donde he venido.
EL REY.- Nada menos puedo concederos, sin pasar por ingrato. Teníais la intención de aliviarme. Yo os lo agradezco, como un moribundo debe quedar agradecido a los que hacen votos por su vida. Pero conozco perfectamente mi estado, que vos ignoráis por completo; comprendo el peligro en que estoy; vos no podríais conjurarlo.
ELENA.- Visto que habéis renunciado a todos los remedios, ¿qué inconveniente puede haber en que yo ensaye el mío? El que da cima a obras grandes, las realiza a menudo por la intercesión de los más débiles ministros. La Sagrada Escritura nos ofrece la sabiduría por boca de la infancia, en ocasión precisa en que los jueces, desde su asiento, no venían a ser más que niños. Se ve a raquíticos manantiales dar origen a ríos caudalosos, y mares vastos agotarse en presencia de hombres de autoridad que negaban los milagros. A veces, contando con las mayores probabilidades, resultan fallidas las esperanzas; y otras se realizan cuando menos se piensa y más desconfianza se tiene.
EL REY.- No debo escucharos. Adiós, amable muchacha. No habiendo sido utilizados vuestros servicios, corre el gasto de vuestra cuenta. Ofertas que se rehusan sólo reciben las gracias por salario.
ELENA.- ¡He aquí el mérito inspirado viendo destruídos sus proyectos con una sola palabra! Aquel que todo lo conoce, no sufre las equivocaciones que sufrimos nosotros, pues juzgamos tan sólo por las apariencias, y es grande presunción nuestra atribuir a los hombres lo que es obra exclusiva del cielo. Tolerad, señor, la tentativa que quiero hacer en vos; poned a prueba, no a mí, sino al cielo. Yo no soy un impostor pretendiendo cumplir acciones más importantes que las que convienen a mi mediocridad. Tengo la certeza, creedlo, de que mi arte no carece de poder y que vuestra enfermedad no es sin remedio.
EL REY.- ¿Tanta seguridad tenéis? ¿En cuánto tiempo confiáis curarme?
ELENA.- Con el auxilio de Aquél de quien todo auxilio dimana, antes que los corceles del Sol hayan hecho recorrer a la antorcha de fuego dos veces su círculo diurno; antes que el húmedo Héspero haya apagado otras dos en las nubes tenebrosas de Occidente su soporífera lámpara; antes de que el reloj de arena del piloto haya contado veinticuatro veces la rápida expansión de los minutos, todo lo que hay en vos de enfermo se separará de la porción sana, volverá la salud a tomar su curso ordinario, y habrá desaparecido la dolencia.
EL REY.- Sobre vuestra convicción y confianza, ¿qué arriesgáis en garantía?
ELENA.- Ser tachada con la nota de impudente, oír que he tenido el atrevimiento de una prostituta, ver mi deshonra divulgada por las calles y anunciadas en infamantes coplas. Exponer mi reputación de virgen, hundirme en la condición más despreciable y hacerme expirar en medio de los tormentos.
EL REY.- Un espíritu sacrosanto dijérase que habla por vuestra boca, y se me figura oír su poderosa voz dentro de vuestro débil organismo. Lo que parece imposible al sentido común, conviértese razonable en vos. Vuestra vida es preciosa, pues en vos se contiene todo lo que vale la pena de vivir: juventud, hermosura, sabiduría, valor, virtud; todo lo que la felicidad y la primavera pueden llamar feliz. Aventurar todos esos bienes, indicio es de ciencia consumada o de una monstruosa exasperación. Querida doctora, pondré en práctica cuanto me prescribáis. Si muero, vuestros propios remedios os acarrearán la muerte.
ELENA.- Si rebaso el tiempo fijado y no os cumplo lo prometido, hacedme morir sin compasión, pues merecido lo tendré. Si no os curo, la muerte será mi salario; pero si os salvo, ¿qué me prometéis?
EL REY.- Solicitad lo que queráis.
ELENA.- ¿Y me lo concederéis?
EL REY.- Sí; por mi cetro y por mis esperanzas de salvación.
ELENA.- Entonces, me darás con tu real mano por esposo uno de los nobles jóvenes que dependen de ti y que yo elegiré. Entendido, desde luego, que no llevaré mi arrogancia al extremo de hacer recaer mi elección sobre uno de sangre real francesa, ni pretendo perpetuar mi nombre obscuro y humilde estableciendo ramificación alguna con un miembro de la corona. Me concretaré a pedirte por esposo aquel de tus vasallos que yo pueda escoger y que sin escrúpulos puedas tú otorgarme.
EL REY.- He aquí mi mano: cumplid vuestra promesa; yo satisfaré vuestra voluntad. Señalad la época a vuestro placer; me abandono enteramente a vuestra dirección. Quizá debiera interrogaros aún; pero, en último resultado, lo que de vos pueda saber nada añadíría a la confianza que en vos he puesto. Debería interrogaros para conocer de dónde venís y quién os ha conducido aquí... Pero bienvenida seáis; os acepto sin reserva. (Llamando a sus servidores.) ¡Venid a ayudarme, eh!... Si cumplís lo prometido, lo que yo haga por vos igualará lo que vos hayáis hecho por mi. (Trompetería.- Salen.)
Escena II
EL ROSELLÓN. APOSENTO EN EL PALACIO DE LA CONDESA.
Entran la CONDESA y el BUFÓN.
LA CONDESA.- Vamos, señor, quiero probar ahora vuestros conocimientos en el arte de saber vivir.
EL BUFÓN.- Veréis que estoy muy bien nutrido, y muy mal educado. Indudablemente, no he nacido sino para la corte.
LA CONDESA.- ¡La corte! ¿Y qué haríais en ella, si la corte os da asco? ¡Nada menos que la corte!
EL BUFÓN.- Verdaderamente, señora, que como Dios le conceda a un hombre ciertas prendas, puede bien pronto desembarazarse en una corte. Allí, quien no sabe gallardearse sobre sus piernas, quitarse el sombrero, besar la mano sin hablar palabra, no tiene piernas, ni mano, ni boca, ni sombrero; y un compañero semejante, seamos francos, no está en su sitio en la corte. Pero en lo que a mí se refiere, tengo una respuesta adecuada para todos los hombres.
LA CONDESA.- A fe que será una buena respuesta aquella que logre satisfacer a todas las preguntas.
EL BUFÓN.- Es como la silla del barbero, que se acomoda a todas las posaderas: a las posaderas en punta, a las posaderas redondas, a las posaderas carnosas o a cualesquiera otras posaderas.
LA CONDESA.- ¿Vuestras respuestas son realmente tan hábiles que cuadran bien a todas las preguntas?
EL BUFÓN.- Tan bien como diez groats en manos de un procurador, como una corona francesa en una prostituta vestida de seda, como el junco de Tib en el índice de Tom como disfraz en martes de Carnaval, la danza morisca en el primer día de mayo, la clavija en su agujero Y los cuernos en un cornudo, como una mujer regañona a un marido avinagrado, como los labios de una monja a la boca de un fraile, como el «puding» a su envoltura.
LA CONDESA.- ¿Tan universal es vuestra respuesta?
EL BUFÓN.- Desde vuestro duque a vuestro constable, se ajusta perfectamente a todas las preguntas.
LA CONDESA.- Debe ser una respuesta inmensamente larga la que reúna todos esos caracteres.
EL BUFÓN.- Nada, sino una broma de buen género para el sabio que pueda apreciarla en su justo valor. Hela aquí, con todas sus propiedades. Preguntadme si soy un cortesano; en seguida seréis informada.
LA CONDESA.- ¡Volvámonos jóvenes, si es posible! Os propondré la pregunta como una loca, en la esperanza de que vuestra respuesta me torne prudente... Decidme, pues, señor, ¿sois cortesano?
EL BUFÓN.- «¡Oh, Lord, sir!». Recurso muy sencillo para salir del apuro. Más, más, un centenar, si es preciso, de preguntas análogas.
LA CONDESA.- Señor, soy un pobre diablo, uno de vuestros amigos, que os ama sinceramente.
EL BUFÓN.- «¡Oh, Lord, sir! ¡Firme, firme, no me dejéis respirar!
LA CONDESA.- Pienso, señor, que no podéis comer un manjar tan común.
EL BUFÓN.- «¡Oh, Lord, sir!» Vaya, continuad; a fe mía que encontraréis con quien hablar.
LA CONDESA.- No hace mucho tiempo, señor, fuisteis azotado, según me han dicho.
EL BUFÓN.- «¡Oh, Lord, sir! ¡No me perdonéis!
LA CONDESA.- ¿Decís «¡Oh, Lord, sir!» y «¡No me perdonéis!», cuando se os azota? Verdaderamente, vuestro «¡Oh, Lord, sir!» es una respuesta muy oportuna. Veo que responderíais tan bien al azote como si estuvierais a punto de recibirlo.
EL BUFÓN.- Jamás en mi vida me he visto tan mal asistido con mi «¡Oh, Lord, sir!» Ahora comprendo que las cosas pueden servir mucho tiempo, mas no siempre.
LA CONDESA.- ¡Bello entendimiento derrochar el tiempo tan alegremente con un loco!
EL BUFÓN.- «¡Oh, Lord, sir!» ¡Vaya, que ahora está muy oportunamente colocado!
LA CONDESA.- Acabemos ya, señor. A nuestro asunto. Remitid esta carta a Elena y decidle que conteste inmediatamente. Mis recuerdos a todos mis conocidos y a mi hijo. ¡No es mucho exigir esto!
EL BUFÓN.- No es mucho exigir de ellos.
LA CONDESA.- Ni demasiado de vos. ¿Me comprendéis?
EL BUFÓN.- Con muchísimo gusto. Estaré en la corte aun antes de que lleguen mis piernas.
LA CONDESA.- Regresad a toda prisa. (Salen por diversos lados.)
Escena III
PARÍS.- UN APOSENTO EN EL PALACIO DEL REY.
Entran BELTRÁN, LAFEU y PAROLLES.
LAFEU. - Se dice que pasó la época de los milagros, y tenemos filósofos que consideran como acontecimientos ordinarios y corrientes los fenómenos sobrenaturales e incomprensibles. De aquí proviene que nos burlemos de los más admirables prodigios, atrincherándonos en una ciencia ilusoria, cuando debíamos ceder humildemente al miedo de lo desconocido.
PAROLLES.- Es el fenómeno más grande de estupefacción de nuestros últimos tiempos.
BELTRÁN.- Ciertamente.
LAFEU.- Después de haber sido abandonado por todos los empíricos...
PAROLLES. -Es lo que yo digo.
LAFEU.- De Galeno y de Paracelso.
PAROLLES.- Es lo que yo digo.
LAFEU.- De todos los hombres más privilegiados e ilustres.
PAROLLES.- Ciertamente; es lo que yo digo.
LAFEU.- Que le consideraban como un hombre incurable...
PAROLLES.- Eso es lo que yo digo.
LAFEU.- A quien nada podía ya salvar...
PAROLLES.- Cabalmente; como un hombre de quien...
LAFEU.- La vida era incierta y segura la muerte.
PAROLLES.- Eso mismo; decís bien. Lo que iba a decir yo.
LAFEU.- Puedo afirmar, sin mentir, que es verdaderamente cosa nueva en el mundo.
PAROLLES.- Verdaderamente. Si queréis una demostración del caso, leed... ¿Cómo llamaríais a esto?
LAFEU.- La Demostración de un efecto divino en un actor terrestre.
PAROLLES.- Es precisamente lo que yo hubiera dicho; exactamente lo mismo.
LAFEU.- Y el caso es que vuestro delfín no es más vigoroso; quiero decir bajo el aspecto...
PAROLLES.- Sí que es extraño, muy extraño. El procedimiento más breve, pero el más embarazoso del asunto. Habrá que convenir, por tanto, que es un espíritu muy perverso quien se resista a reconocer aquí...
LAFEU.- La mano del cielo...
PAROLLES.- Sí, lo que yo digo.
LAFEU.- En el ministro más débil y pusilánime ha resplandecido el poder más soberano y más trascendental; cosa que, aparte de la curación del rey, es para que estemos universalmente agradecidos.
PAROLLES.- Es lo que quería yo decir; habéis hablado divinamente. Aquí tenemos al rey.
(Entran el REY, ELENA y acompañamiento.)
LAFEU. - Lustig!, como dice el holandés. Mientras me quede un diente en mis encías, amaré a las muchachas. El monarca es ahora capaz de bailar con ella un coranto.
PAROLLES.- Mort du vinaigre! ¿No es ésta Elena?
LAFEU.- ¡Pardiez! Creo que sí.
EL REY.- Id a llamar a todos los señores de la corte. (Sale uno del séquito). (A Elena). Libertadora mía, sentaos junto a vuestro enfermo, y recibid por segunda vez la confirmación de mi promesa de esta mano rejuvenecida a la cual habéis restituido movimiento y vida. Estoy dispuesto a concederos la merced deseada por vos, y sólo aguardo a que me indiquéis el elegido. (Entran varios señores.) Bella joven, pasead los ojos en torno vuestro. Puedo disponer de todos esos nobles célibes, sobre los cuales tengo derecho de soberano y de padre. Elegid libremente; tenéis facultad de escoger, sin que ellos tengan la de rehusar.
ELENA.- ¡Deseo para cada uno de vosotros una bella y virtuosa dama cuando le plazca al Amor! A todos vosotros, exceptuando a uno solo, sin embargo.
LAFEU.- Daría mi bayo Curtal, con caparazón y todo, a trueque de ser uno de esos jóvenes y no tener pelo en la barba.
EL REY.- Miradlos bien; no hay uno que no sea de noble padre.
ELENA.- Caballeros, por mediación mía el cielo ha devuelto la salud al rey.
TODOS.- Lo sabemos, y rogamos al cielo por vos.
ELENA.- No soy más que una joven y sencilla doncella, y éste es mi mejor tesoro. Repito que soy una doncella. Si así place a vuestra majestad, he concluido; mi rostro se ha puesto encarnado, y parece decirme: «Te ruborizas por el compromiso en que te ves de elegir. Si te rehusan, imprímase para siempre en tu rostro la palidez de la muerte; porque jamás se volvería a teñir con ese color».
EL REY.- Escoged. Quien rehuse vuestro amor perdera el mío.
ELENA.- ¡Ahora, Diana, voy a abandonar tus altares! Mis suspiros se vuelven hacia el Amor, el dios poderoso... Señor, ¿estáis dispuesto a escuchar mi petición?
SEÑOR PRIMERO.- Y a conformarme con ella.
ELENA.- Gracias, señor; todo lo demás, silencio.
LAFEU.- Más quisiera ser objeto de su preferencia que jugar mi vida a un «ambesás».
ELENA.- Señor, la nobleza que en vuestros bellos ojos centellea me proporciona una respuesta severa aun antes de hablar. ¡Quiera el Amor concederos una fortuna veinte veces más elevada que la del ser que por vos formula ese deseo, y que su humilde amor!
SEÑOR SEGUNDO.- A nada mejor que a eso aspiro, con vuestro permiso.
ELENA.- ¡Agradeced mi voto y quiera el Amor cumplirlo! Con lo cual me despido de vos.
LAFEU.- ¿Todos la rehusan? Si fueran hijos míos, mandaría azotarlos o los enviaría al Turco para hacer eunucos de ellos.
ELENA (Al tercer señor.)- No temáis si tomo vuestra mano. No os haré mal alguno intencionadamente. ¡Satisfechas sean todas vuestras aspiraciones! Si un día os casáis, quiera el cielo hallaros mejor en vuestro lecho.
LAFEU.- Esos jóvenes son de hielo. Ninguno la quiere. A buen seguro que son bastardos hijos de ingleses. No puede ser que hayan tenido a franceses por padres.
ELENA (Al cuarto señor.)- Vos sois demasiado joven, demasiado feliz y demasiado bueno para querer a un hijo formado de mi sangre.
SEÑOR CUARTO.- No pienso yo así, beldad encantadora.
LAFEU.- He ahí un racimo... Seguro estoy de que su padre era bebedor... Pero no eres un jumento, yo soy un muchacho de catorce años. Te conozco de antiguo.
ELENA (A Beltrán.)- No me atrevo a decir que en vos recae mi elección; pero desde este momento dedico mi vida a serviros, colocándome por entero bajo vuestra dirección y a vuestro poder. Éste es el hombre.
EL REY.- Entonces, joven Beltrán, tómala; tu esposa es.
BELTRÁN.- ¿Mi esposa, soberano señor? Permítame vuestra majestad que en un asunto de tal naturaleza me atenga a mí mismo.
EL REY.- ¿No sabes, Beltrán, lo que ha hecho ella por mí?
BELTRÁN.- Sí, mi buen señor; pero ignoro por qué razón he de tomarla por esposa.
EL REY.- Bien sabes que me ha sacado casi de mi lecho de muerte.
BELTRÁN.- ¿Y por eso señor, tengo que satisfacer con mi desgracia el premio de vuestro restablecimiento? La conozco perfectamente; ha sido educada a expensas de mi padre. ¿Yo casarme con la hija de un pobre médico?... ¡Antes prefiero la deshonra!
EL REY.- Lo que motiva tu desdén por ella es la ausencia de títulos. Si no es más que eso, puedo dárselos. ¡Cosa singular! Si se mezclara la diversidad de nuestras sangres sería imposible distinguirlas por el color, por el peso o por el ardor; ¿de qué depende, pues, esa diferencia que las separa? Si es verdad que es lo más virtuosa posible, sí sólo tiene en su contra su calidad de hija de un pobre médico, sacrificas la virtud a un nombre vano. No obres así. Cuando la virtud resplandece en medio de una condición obscura, las acciones virtuosas ennoblecen a su cultivador. Allí en donde los títulos se hinchan, y falta la virtud, no hay más que un honor abotagado. El bien y el mal son como son intrínsecamente, y de ninguna manera dependen de los calificativos que se les añaden. No es el nombre, sino el modo de ser de la cosa lo que constituye su valor. Elena tiene como patrimonio juventud, virtud y hermosura, bienes que ha merecido de la Naturaleza por línea recta, y su posesión es muy honrosa. No lo es, en cambio, vanagloriarse de ser hijo del honor sin asemejarse a su padre. La distinción más gloriosa es la que procede de nuestros actos, no aquella que nos han transmitido los antepasados por herencia. Los simples títulos son esclavos prostituidos en la tumba, mentidos trofeos que se levantan sobre una soberbia sepultura, mientras que el polvo y un injusto olvido pesa las más de las veces sobre las cenizas virtuosas. ¿Qué respondes? Si esa joven te conviene por esposa, puedo yo hacer todo lo demás. Ella te lleva en dote su persona y su virtud. Yo añadiré títulos nobiliarios y fortuna.
BELTRÁN.- No puedo amarla, ni quiero esforzarme en ello.
EL REY.- Harta vergüenza sería para ti que el amarla te costara algún esfuerzo.
ELENA.- Señor, me siento recompensada sólo con veros restablecido. No hablemos de lo demás.
EL REY.- Se halla en juego mi honor, y para salvarlo estoy resuelto a desplegar todo mi poder. Recibe su mano, orgulloso caballero. Indigno eres de esa merced, tú, que con tus insultantes desdenes rechazas mi cariño y su mérito. Ni siquiera sospechas que si en uno de los platillos de la balanza se la colocara a ella junto con el favor que de mí ha merecido (y del que tan poco caso haces) sería mucho más ligero tu peso. No sabes ver, en fin, que en mi mano está trasplantar tus honores adonde mejor me parezca hacerlos florecer. Reprime ese menosprecio, obedece a nuestra voluntad, que por tu bien se desvela; no des oídos a las sugestiones de un vano orgullo; antes, al contrario, en interés de tu propia fortuna, apresúrate a obedecer como te lo exige el respeto de mi autoridad. Si así no lo haces, te retiro para siempre mi favor y desde ahora te abandono a los vértigos y errores de la juventud y de la ignorancia. Mi venganza y mi odio pesarán con justicia y sin misericordia sobre tu cabeza. Habla, aguardo tu respuesta.
BELTRÁN.- Perdón, mi gracioso señor. Someto mi amor a vuestros ojos. Cuando considero los bienes de que sois manantial y el inmenso tesoro de honor que se adquiere estando a vuestras órdenes nada encuentro que pueda echarse en cara a la joven que mi noble orgullo me inducía a menospreciar. La aprobación del rey reemplaza muy bien la baja calidad de su nacimiento.
EL REY.- Tómala su mano y dile que te pertenece. Yo prometo llenar el vacío que existe entre su fortuna y la tuya, o más bien, aumentar considerablemente esta última.
BELTRÁN.- Tomo su mano.
EL REY.- Sonrían a este enlace la felicidad y el favor del rey. Al consentimiento de las partes seguirá inmediatamente la ceremonia, que se verificará esta misma noche, aplazando las fiestas para cuando lleguen nuestros amigos ausentes. Yo mediré tu adhesión a mí por tu amor a ella. De otra suerte cometerás un grave yerro.
(Sale el REY con su séquito, seguido de BELTRÁN, ELENA y SEÑORES.)
LAFEU.- Oíd, caballero, una palabra, si os place.
PAROLLES.- ¿Qué se os ofrece, señor?
LAFEU.- Vuestro amo y señor ha hecho muy bien en retractarse.
PAROLLES.- ¿Retractarse? ¡Mi señor!... ¡Mi amo!
LAFEU.- Sí. ¿No hablo acaso en lenguaje inteligible?
PAROLLES.- Lenguaje algo brusco para mis oídos y que no puede comprenderse sin que determine un derramamiento de sangre. ¡Mi amo!
LAFEU.- ¿Sois camarada del conde del Rosellón?
PAROLLES.- De cualquier conde puedo serlo y de quienquiera que sea hombre.
LAFEU.- Querréis decir de cualquiera que sea criado de conde. En cuanto a ser amo del mismo, es otro negocio.
PAROLLES.- Sois muy viejo, señor; básteos saber que sois muy viejo.
LAFEU.- Pues te diré, bergante, que también tengo calidad de hombre, a la cual no llegarás tú con toda la edad.
PAROLLES.- No me atrevo a hacer aquello a que pudiera atreverme con vos.
LAFEU.- En las dos veces que he cenado contigo te he considerado un mozo razonable. Relatabas bastante bien tus viajes, lo cual podía aceptarse. Sin embargo, al ver los gallardetes y banderolas con que te empavesabas, sospeché que no eras navío de gran porte. Te he encontrado ahora y aun cuando te perdiera, poco me importaría. No vales más que para que te lleven la contraria, ni mereces la pena de que se fijen en ti.
PAROLLES.- Si no tuvierais el privilegio de la edad, que os impide defenderos...
LAFEU.- No te encolerices tan pronto, no sea que después te arrepientas. Pero no... ¡Tenga Dios lástima de un cobarde como tú! Queda con Dios, puerta resquebrajada; ninguna necesidad tengo de abrirte, pues veo a través de ti. Dame tu mano.
PAROLLES.- Señor, me estáis ultrajando de una manera indigna.
LAFEU.- Sí, Con todo mi corazón y merecido lo tienes.
PAROLLES.- No, señor, no lo merezco.
LAFEU.- Sí, a fe que mereces cada dracma de esa indignidad, de que yo no batiría ni un gramo.
PAROLLES.- Está bien; en adelante seré más discreto.
LAFEU.- Lo más pronto posible. Mucho tienes que hacer para ello. Si alguna vez te agarrotan con tus propios gallardetes, tras apalearte, conocerás entonces lo que da de sí el juntar el orgullo con el servilismo. Tengo ganas de continuar nuestras relaciones, o más bien, el estudio que de ti estoy haciendo, para poder decir en alguna ocasión: «Ved aquí a un hombre a quien conozco».
PAROLLES.- Señor, me estáis vejando de una manera insoportable.
LAFEU.- Quisiera infligirte las penas del infierno, y prolongar así eternamente tu aflicción. Pero mi vigor se marcha, y yo quiero marcharme igualmente de tu presencia con tanta rapidez como me permita mi edad. (Sale.)
PAROLLES.- Un hijo tienes en el cual lavaré esa afrenta, granuja, impertinente y asqueroso viejo. Vaya, paciencia: con estos grandes señores no puede uno nada. En ofreciéndoseme ocasión oportuna, me batiré con él, aunque fuese dos veces un doble lord. No tendré más miramientos con su edad que si fuera... ¡Oh! Le golpearé, si llego a encontrarlo en mi camino.
(Vuelve a entrar LAFEU.)
LAFEU.- ¡Bribonazo! Vuestro dueño y señor se ha casado, os lo anuncio. Tenéis una nueva ama.
PAROLLES.- Ruégoos con insistencia que no continuéis en vuestras impertinencias. Él es mi benévolo señor. Pero yo no tengo otro dueño más que Aquél de allá arriba, a quien sirvo.
LAFEU.- ¿Quién? ¿Dios?
PAROLLES.- Sí, señor.
LAFEU.- Al diablo es a quien tú sirves. ¿A qué cruzar los brazos de esa manera? ¿Quieres hacer calzones de tus mangas? ¿Hacen otro tanto los demás criados? Por mi honor, que si fuese tan sólo dos horas más joven de lo que soy, te apalearía. A lo que veo, eres objeto de aversión universal, y todos debieran sacudirte. Paréceme que has sido creado para que las gentes te soplen a la cara.
PAROLLES.- Vuestro tratamiento es duro, y disto mucho de merecerlo, señor.
LAFEU.- Vamos, señor; que fuiste zurrado en Italia por haber sacado una pepita de una granada. Eres un vagabundo y no un verdadero viajero. Tienes más desenfado para con los señores y demás personajes ilusres de lo que te permiten el escudo de armas de tu nacimiento y tus cualidades. No mereces otro título sino el de sinvergüenza. Te dejo. (Sale.)
(Entra BELTRÁN.)
PAROLLES.- Bien, muy bien, así es... Bien está; guardémoslo en secreto por ahora.
BELTRÁN.- ¡Perdido para siempre, y condenado a eternas inquietudes!
PAROLLES.- ¿Qué tenéis, mi caro amigo?
BELTRÁN.- Aunque con toda solemnidad la haya aceptado por mujer ante el altar, jamás compartiré su lecho.
PAROLLES.- ¿Qué hay, caro amigo mío?
BELTRÁN.- ¡Oh! Mi querido Parolles, me han casado. Quiero marchar cuanto antes a la guerra de Toscana, y así evitaré el admitirla en mi lecho.
PAROLLES.- Francia es una perrera, que no merece ser pisada por un hombre honrado. ¡A la guerra!
BELTRÁN.- Aquí hay cartas de mi madre, cuyo contenido ignoro todavía.
PAROLLES.- Pues convendría saberlo. ¡A la guerra, mi niño, a la guerra! Mantiene su honor encerrado dentro de una caja el que acaricia en su hogar a su media naranja, gastando entre sus brazos el vigor viril que debería emplear en vencer los brincos y la fogosidad del ardiente corcel de Marte. Partamos para otros climas. Francia es un establo, y cuantos permanezcamos en ella somos unos rocines. ¡Ea, pues! ¡A la guerra!
BELTRÁN.- Estoy decidido. A ella la mandaré a mi casa. Haré sabedora a mi madre del odio que le tengo y del motivo de mi fuga; escribiré al rey lo que no me atrevo a decirle de palabra. Las mercedes que acaba de prodigarme costearán los gastos que pueda hacer durante esas guerras de Italia en que tantos valientes han ido a combatir. La guerra es un estado apacible al lado de un hogar lúgubre y de una mujer a quien se detesta.
PAROLLES.- ¿Tenéis la seguridad de la constancia de ese «capriccio»?
BELTRÁN.- Entrad conmigo en ese aposento, y aconsejadme. Quiero despedirla inmediatamente. Mañana marcharé para Italia y la abandonaré al aislamiento de su dolor.
PAROLLES.- En hora buena, esas son balas que rebotan y hacen ruido. La cosa es dura. Un joven que se casa está perdido. Partamos pues, y abandonémosla con toda valentía. El rey os ha ultrajado. Pero... ¡Bah! Eso no importa. (Salen.)
Escena IV
OTRO APOSENTO EN EL PALACIO.
Entran ELENA y el BUFÓN.
ELENA.- Mi madre me envía sus afectuosos recuerdos; ¿está bien?
EL BUFÓN.- No mucho, y, sin embargo, goza de excelente salud. Está alegre, y sin embargo, no se encuentra bien. Gracias a Dios, está perfectamente; nada le hace falta en este mundo; pero eso no impide el que no esté bien.
ELENA.- Si está muy bien, ¿qué mal puede sufrir?
EL BUFÓN.- En verdad, está muy bien, excepto en dos cosas.
ELENA.- ¿Y cuáles son esas dos cosas?
EL BUFÓN.- La una, que no está en el cielo, ¡adonde Dios quiera llevarla pronto! La otra, que está en la tierra, ¡de donde quiera el cielo sacarla en seguida!
(Entra PAROLLES.)
PAROLLES.- Dios os bendiga, afortunada señora.
ELENA.- Me alegro, señor, de que mi felicidad haya obtenido vuestra aprobación.
PAROLLES.- Mis ruegos son de que vaya siempre en aumento y que perdure constantemente... ¡Hola!... ¿Eres tú, pícaro? ¿Cómo está nuestra anciana señora?
EL BUFÓN.- Con tal que vos tengáis sus arrugas, y yo su dinero, quisiera que sucediese tal cual habéis dicho.
PAROLLES.- ¡Pero si no digo nada!...
EL BUFÓN.- A fe que obráis todo lo más cuerdamente posible. A menudo la lengua de un criado ocasiona a su amo su ruina. No decir, no hacer, no saber cosa alguna, constituye la mayor parte de vuestro mérito, que es, poco más o menos, equivalente a nada.
PAROLLES.- ¡Atrás, pícaro!
EL BUFÓN.- Hubierais debido decir que soy un pícaro que habla a otro pícaro. Ésa habría sido la verdad, señor.
PAROLLES.- Eres un loco ingenioso; te conozco.
EL BUFÓN.- ¿Es dentro de vos donde me conocéis? ¿O es que os han enseñado la manera de conocerme? Las pesquisas no han sido infructuosas, y podéis comprender que en vos hay mucho de loco, con gran contento del mundo y con evidente acrecentamiento de sus risas.
PAROLLES.- Avisado tunante y harto bien nutrido, a fe mía... Señora, mi señor parte esta misma noche; un negocio muy serio lo exige. Sabe lo que os debe; reconoce los deberes que le impone el amor, pero se ve en la precisión de aplazar su cumplimiento. Esa abstinencia y esas dilaciones serán compensadas después con delicias inefables, y resultará más dulce la felicidad que les suceda, en cuanto el placer se llene hasta los bordes.
ELENA.- ¿Exige algo más de mí?
PAROLLES.- Que os despidáis inmediatamente del rey, haciendo como si de vos procediera esa determinación, y disfrazándola con todos los pretextos que os puedan parecer de necesidad.
ELENA.- Y ¿qué más ordena?
PAROLLES.- Que luego de haber conseguido la aprobación del rey, aguardéis sus órdenes ulteriores.
ELENA.- Obedeceré puntualmente.
PAROLLES.- Voy a decírselo.
ELENA.- Os lo suplico... Vamos, bribón. (Salen.)

Biblioteca Virtual del Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya
Ayacucho 1962 - Posadas - Misiones - Argentina

www.isparm.edu.ar/BibliotecaVirtual
BibliotecaVirtual@isparm.edu.ar