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La casa de
Bernarda Alba
Federico García Lorca
Drama de mujeres en los pueblos de España
Personas
BERNARDA, 60 años
MARÍA JOSEFA (madre de Bernarda), 80 años
ANGUSTIAS (hija de Bernarda), 39 años
MAGDALENA (hija de Bernarda), 30 años
AMELIA (hija de Bernarda), 27 años
MARTIRIO (hija de Bernarda), 24 años
ADELA (hija de Bernarda), 20 años
CRIADA, 50 años
LA PONCIA (criada), 60 años
PRUDENCIA, 50 años
MENDIGA
MUJERES DE LUTO
MUJER PRIMERA
MUJER SEGUNDA
MUJER TERCERA
MUJER CUARTA
MUCHACHA
El poeta advierte que estos tres actos tienen la intención
de un documental fotográfico.
Acto primero Habitación blanquísima del interior de
la casa de Bernarda. Muros gruesos. Puertas en arco con cortinas
de yute rematadas con madroños y volantes. Sillas de anea.
Cuadros con paisajes inverosímiles de ninfas, o reyes de
leyenda. Es verano. Un gran silencio umbroso se extiende por la
escena. Al levantarse el telón está la escena sola.
Se oyen doblar las campanas.
(Sale la Criada I.a)
CRIADA. Ya tengo el doble de esas campanas metido entre las sienes.
LA PONCIA. (Sale comiendo chorizo y pan.) Llevan ya más de
dos horas de gori-gori. Han venido curas de todos los pueblos. La
iglesia está hermosa. En el primer responso se des mayó
la Magdalena.
CRIADA. Ésa es la que se queda más sola.
PONCIA. Era a la única que quería el padre. ¡Ay!
Gracias a Dios que estamos solas un poquito. Yo he venido a comer.
CRIADA. ¡Si te viera Bernarda!
PONCIA. ¡Quisiera que ahora, como no come ella, que todas
nos muriéramos de hambre! ¡Mandona! ¡Dominanta!
¡Pero se fastidia! Le he abierto la orza de chorizos.
CRIADA. (Con tristeza, ansiosa.) ¿Por qué no me das
para mi niña, Poncia?
PONCIA. Entra y llévate también un puñado de
garbanzos. ¡Hoy no se dará cuenta!
VOZ. (Dentro.) ¡Bernarda!
PONCIA. La vieja. ¿Está bien encerrada?
CRIADA. Con dos vueltas de llave.
PONCIA. Pero debes poner también la tranca. Tiene unos dedos
como cinco ganzúas.
VOZ. ¡Bernarda!
PONCIA. (A voces.) ¡Ya viene! (A la Criada.) Limpia bien todo.
Si Bernarda no ve relucientes las cosas me arrancará los
pocos pelos que me quedan.
CRIADA. ¡Qué mujer!
PONCIA. Tirana de todos los que la rodean. Es capaz de sentarse
encima de tu corazón y ver cómo te mueres durante
un año sin que se le cierre esa sonrisa fría que lleva
en su maldita cara. ¡Limpia, limpia ese vidriado!
CRIADA. Sangre en las manos tengo de fregarlo todo.
PONCIA. Ella, la más aseada, ella, la más decente,
ella, la más alta. Buen descanso ganó su pobre marido.
(Cesan las campanas.)
CRIADA. ¿Han venido todos sus parientes?
PONCIA. Los de ella. La gente de él la odia. Vinieron a verlo
muerto, y le hicieron la cruz.
CRIADA. ¿Hay bastantes sillas?
PONCIA. Sobran. Que se sienten en el suelo. Desde que murió
el padre de Bernarda no han vuelto a ent rar las gentes bajo estos
techos. Ella no quiere que la vean en su dominio. ¡Maldita
sea!
CRIADA. Contigo se portó bien.
PONCIA. Treinta años lavando sus sábanas, treinta
años comiendo sus sobras, noches en vela cuando tose, días
enteros mirando por la rendija para espiar a los vecinos y llevarle
el cuento; vida sin secretos una con otra, y sin embargo, ¡maldita
sea!, ¡mal dolor de clavo le pinche en los ojos!
CRIADA. ¡Mujer!
PONCIA. Pero yo soy buena perra: ladro cuando me lo dice y muerdo
los talones de los que piden limosna cuando ella me azuza; mis hijos
trabajan en sus tierras y ya están los dos casados, pero
un día me hartaré.
CRIADA. Y ese día...
PONCIA. Ese día me encerraré con ella en un cuarto
y le estaré escupiendo un año entero. «Bernarda,
por esto, por aquello, por lo otro», hasta ponerla como un
lagarto ma chacado por los niños, que es lo que es ella y
toda su parentela. Claro es que no le envidio la vida. Le quedan
cinco mujeres, cinco hijas feas, que quitando a Angustias, la ma
yor, que es la hija del primer marido y tiene dineros, las demás,
mucha puntilla bordada, muchas camisas de hilo, pero pan y uvas
por toda herencia.
CRIADA. ¡Ya quisiera tener yo lo que ellas!
PONCIA. Nosotras tenemos nuestras manos y un hoyo en la tierra de
la verdad.
CRIADA. Ésa es la única tierra que nos dejan a los
que no tenemos nada.
PONCIA. (En la alacena.) Este cristal tiene unas motas.
CRIADA. Ni con el jabón ni con bayeta se le quitan.
(Suenan las campanas.)
PONCIA. El último responso. Me voy a oírlo. A mí
me gusta mucho cómo canta el párroco. En el «Pater
Noster» subió, subió, subió la voz que
parecía un cántaro llenándose de agua poco
a poco. ¡Claro es que al final dio un gallo, pero da gloria
oírlo! Ahora que nadie como el antiguo sacristán Tronchapinos.
En la misa de mi madre, que esté en gloria, cantó.
Retumbaban las paredes y cuando decía amén era como
si un lobo hubiese entrado en la iglesia. (Imitándolo.) ¡Améééén!
(Se echa a toser.)
CRIADA. Te vas a hacer el gaznate polvo.
PONCIA. ¡Otra cosa hacía polvo yo! (Sale riendo.)
(La Criada limpia. Suenan las campanas.)
CRIADA. (Llevando el canto.) Tin, tin, tan. Tin, tin, tan. ¡Dios
lo haya perdonado!
MENDIGA. (Con una niña.) ¡Alabado sea Dios!
CRIADA. Tin, tin, tan. ¡Que nos espere muchos años!
Tin, tin, tan.
MENDIGA. (Fuerte, con cierta irritación.) ¡Alabado
sea Dios!
CRIADA. (Irritada.) ¡Por Siempre!
MENDIGA. Vengo por las sobras.
(Cesan las campanas.)
CRIADA. Por la puerta se va a la calle. Las sobras de hoy son para
mí.
MENDIGA. Mujer, tú tienes quien te gane. Mi niña y
yo estamos solas.
CRIADA. También están solos los perros y viven.
MENDIGA. Siempre me las dan.
CRIADA. Fuera de aquí. ¿Quién os dijo que entrarais?
Ya me habéis dejado los pies señalados. (Se van, limpia.)
Suelos barnizados con aceite, alacenas, pedestales, camas de acero,
para que traguemos quina las que vivimos en las chozas de tierra
con un plato y una cuchara. ¡Ojalá que un día
no quedáramos ni uno para contarlo! (Vuelven a sonar las
campanas.) Sí, sí, ¡vengan clamores!, ¡venga
caja con filos dorados y toallas de seda para llevarla!; ¡que
lo mismo estarás tú que estaré yo! Fastídiate,
Antonio María
Benavides, tieso con tu traje de paño y tus botas enterizas.
¡Fastídiate! ¡Ya no volverás a levantarme
las enaguas detrás de la puerta de tu corral! (Por el fondo,
de dos en dos, empiezan a entrar Mujeres de luto, con pañuelos
grandes, faldas y abanicos negros. Entran lentamente hasta llenar
la escena.)
CRIADA. (Rompiendo a gritar.) ¡Ay Antonio María Benavides,
que ya no verás estas paredes, ni comerás el pan de
esta casa! Yo fui la que más te quiso de las que te sirvieron.
(Tirándose del cabello.) ¿Y he de vivir yo después
de haberte marchado? ¿Y he de vivir?
(Terminan de entrar las doscientas Mujeres y aparece Bernarda y
sus cinco Hijas.
Bernarda viene apoyada en un bastón.)
BERNARDA. (A la Criada.) ¡Silencio!
CRIADA. (Llorando.) ¡Bernarda!
BERNARDA. Menos gritos y más obras. Debías haber procurado
que todo esto estuviera más limpio para recibir al duelo.
Vete. No es és te tu lugar. (La Criada se va sollozando.)
Los pobres son como los animales. Parece como si estuvieran hechos
de otras sustancias.
MUJER I.a Los pobres sienten también sus penas.
BERNARDA. Pero las olvidan delante de un plato de garbanzos.
MUCHACHA I.a (Con timidez.) Comer es necesario para vivir.
BERNARDA. A tu edad no se habla delante de las personas mayores.
MUJER I.a Niña, cállate.
BERNARDA. No he dejado que nadie me dé lecciones. Sentarse.
(Se sientan. Pausa. Fuerte.) Magdalena, no llores. Si quie res llorar
te metes debajo de la cama. ¿Me has oído ?
MUJER 2.a (A Bernarda.) ¿Habéis empezado los trabajos
en la era?
BERNARDA. Ayer.
MUJER 3.a Cae el sol como plomo.
MUJER I.a Hace años no he conocido calor igual.
(Pausa. Se abanican todas.)
BERNARDA. ¿Está hecha la limonada?
PONCIA. Sí, Bernarda. (Sale con una gran bandeja llena de
jarritas blancas, que distribuye.)
BERNARDA. Dale a los hombres.
PONCIA. La están tomando en el patio.
BERNARDA. Que salgan por donde han entrado. No quiero que pasen
por aquí.
MUCHACHA. (A Angustias.) Pepe el Romano estaba con los hombres del
duelo.
ANGUSTIAS. Allí estaba.
BERNARDA. Estaba su madre. Ella ha visto a su madre. A Pepe no la
ha visto ni ella ni yo.
MUCHACHA. Me pareció...
BERNARDA. Quien sí estaba era el viudo de Darajalí.
Muy cerca de tu tía. A ése lo vimos todas.
MUJER 2.a (Aparte y en baja voz.) ¡Mala, más que mala!
MUJER 3.a (Aparte y en baja voz.) ¡Lengua de cuchillo!
BERNARDA. Las mujeres en la iglesia no deben mirar más hombre
que al oficiante, y a ése porque tiene faldas. Volver la
cabeza es buscar el calor de la pana.
MUJER I.a (En voz baja.) ¡Vieja lagarta recocida!
PONCIA. (Entre dientes.) ¡Sarmentosa por calentura de varón!
BERNARDA. (Dando un golpe de bastón en el suelo.) Alabado
sea Dios.
TODAS. (Santiguándose.) Sea por siempre bendito y alabado.
BERNARDA.
Descansa en paz con la santa compaña de cabecera.
TODAS. ¡Descansa en paz!
BERNARDA.
Con el ángel san Miguel y su espada justiciera.
TODAS. ¡Descansa en paz!
BERNARDA.
Con la llave que todo lo abre y la mano que todo lo cierra.
TODAS. ¡Descansa en paz!
BERNARDA.
Con los bienaventurados y las lucecitas del campo.
TODAS. ¡Descansa en paz!
BERNARDA.
Con nuestra santa caridad y las almas de tierra y mar.
TODAS. ¡Descansa en paz!
BERNARDA. Concede el reposo a tu siervo Antonio María Benavides
y dale la corona de tu santa gloria.
TODAS. Amén.
BERNARDA. (Se pone de pie y canta.) «Requiem aeternam dona
eis, Domine.»
TODAS. (De pie y cantando al modo gregoriano.) «Et lux per
petua luceat eis. » (Se santiguan.)
MUJER I.a Salud para rogar por su alma. (Van desfilando.)
MUJER 3.a No te faltará la hogaza de pan caliente.
MUJER 2.a Ni el techo para tus hijas. (Van desfilando todas por
delante de Bernarda y saliendo.)
(Sale Angustias por otra puerta, la que da al patio.)
MUJER 4.a El mismo lujo de tu casamiento lo sigas disfrutando.
PONCIA. (Entrando con una bolsa.) De parte de los hombres esta bolsa
de dineros para responsos.
BERNARDA. Dales las gracias y échales una copa de aguardiente.
MUCHACHA. (A Magdalena.) Magdalena.
BERNARDA. (A sus Hijas. A Magdalena, que inicia el llanto.) Chissssss.
(Salen todas. Golpea con el bastón. A las que se han ido.)
¡Andar a vuestras cuevas a criticar todo lo que habéis
visto! Ojalá tardéis muchos años en volver
a pasar el arco de mi puerta.
PONCIA. No tendrás queja ninguna. Ha venido todo el pueblo.
BERNARDA. Sí; para llenar mi casa con el sudor de sus refa
jos y el veneno de sus lenguas.
AMELIA. ¡Madre, no hable usted así!
BERNARDA. Es así como se tiene que hablar en este maldito
pueblo sin río, pueblo de pozos, donde siempre se bebe el
agua con el miedo de que esté envenenada.
PONCIA. ¡Cómo han puesto la solería!
BERNARDA. Igual que si hubiese pasado por ella una manada de cabras.
(La Poncia limpia el suelo.) Niña, dame un abanico.
ADELA. Tome usted. (Le da un abanico redondo con flores ro jas y
verdes.)
BERNARDA. (Arrojando el abanico al suelo.) ¿Es éste
el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar
el luto de tu padre.
MARTIRIO. Tome usted el mío.
BERNARDA. ¿Y tú?
MARTIRIO. Yo no tengo calor.
BERNARDA. Pues busca otro, que te hará falta. En ocho años
que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle.
Haceros cuenta que hemos tapiado con ladrillos puertas y venta nas.
Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo.
Mientras, podéis empezar a bordar el ajuar. En el arca tengo
veinte piezas de hilo con el que podréis cortar sábanas
y embozos. Magdalena puede bordarlas.
MAGDALENA. Lo mismo me da.
ADELA. (Agria.) Si no quieres bordarlas, irán sin bordados.
Así las tuyas lucirán más.
MAGDALENA. Ni las mías ni las vuestras. Sé que ya
no me voy a casar. Prefiero llevar sacos al molino.
Todo menos estar sentada días y días dentro de esta
sala oscura.
BERNARDA. Eso tiene ser mujer.
MAGDALENA. Malditas sean las mujeres.
BERNARDA. Aquí se hace lo que yo mando. Ya no puedes ir con
el cuento a tu padre. Hilo y aguja para las hembras. Látigo
y mula para el varón. Eso tiene la gente que nace con posibles.
(Sale Adela.)
VOZ. Bernarda, ¡déjame salir!
BERNARDA. (En voz alta.) ¡Dejadla ya!
(Sale la Criada I.a)
CRIADA. Me ha costado mucho sujetarla. A pesar de sus ochenta años,
tu madre es fuerte como un roble.
BERNARDA. Tiene a quién parecérsele. Mi abuela fue
igual.
CRIADA. Tuve durante el duelo que taparle varias veces la boca con
un costal vacío porque quería llamarte para que le
dieras agua de fregar siquiera para beber y carne de perro, que
es lo que ella dice que le das.
MARTIRIO. ¡Tiene mala intención!
BERNARDA. (A la Criada.) Déjala que se desahogue en el patio.
CRIADA. Ha sacado del cofre sus anillos y los pendientes de amatistas,
se los ha puesto y me ha dicho que se quiere casar.
(Las Hijas ríen.)
BERNARDA. Ve con ella y ten cuidado que no se acerque al pozo.
CRIADA. No tengas miedo que se tire.
BERNARDA. No es por eso. Pero desde aquel sitio las vecinas pueden
verla desde su ventana.
(Sale la Criada.)
MARTIRIO. Nos vamos a cambiar la ropa.
BERNARDA. Sí; pero no el pañuelo de la cabeza. (Entra
Adela.) ¿Y Angustias?
ADELA. (Con retintín.) La he visto asomada a la rendija del
portón. Los hombres se acababan de ir.
BERNARDA. ¿Y tú a qué fuiste también
al portón?
ADELA. Me llegué a ver si habían puesto las gallinas.
BERNARDA. ¡Pero el duelo de los hombres habría salido
ya!
ADELA. (Con intención.) Todavía estaba un grupo parado
por fuera.
BERNARDA. (Furiosa.) ¡Angustias! ¡Angustias!
ANGUSTIAS. (Entrando.) ¿Qué manda usted?
BERNARDA. ¿Qué mirabas y a quién?
ANGUSTIAS. A nadie.
BERNARDA. ¿Es decente que una mujer de tu clase vaya con
el anzuelo detrás de un hombre el día de la misa de
su padre? ¡Contesta! ¿A quién mirabas?
(Pausa.)
ANGUSTIAS. Yo...
BERNARDA. ¡Tú!
ANGUSTIAS. ¡A nadie!
BERNARDA. (Avanzando con el bastón.) ¡Suave! ¡Dulzarrona!
(Le da.)
PONCIA. (Corriendo.) ¡Bernarda, cálmate! (La sujeta.)
(Angustias llora.)
BERNARDA. ¡Fuera de aquí todas! (Salen.)
PONCIA. Ella lo ha hecho sin dar alcance a lo que hacía,
que está francamente mal. ¡Ya me chocó a mí
verla escabullirse hacia el patio! Luego estuvo detrás de
una ventana oyendo la conversación que traían los
hombres, que, como siempre, no se puede oír.
BERNARDA. ¡A eso vienen a los duelos! (Con curiosidad.) ¿De
qué hablaban?
PONCIA. Hablaban de Paca la Roseta. Anoche ataron a su marido a
un pesebre y a ella se la llevaron a la grupa del caballo hasta
lo alto del olivar.
BERNARDA. ¿Y ella?
PONCIA. Ella, tan conforme. Dicen que iba con los pechos fuera y
Maximiliano la llevaba cogida como si tocara la guitarra. ¡Un
horror!
BERNARDA. ¿Y qué pasó?
PONCIA. Lo que tenía que pasar. Volvieron casi de día.
Paca la Roseta traía el pelo suelto y una corona de flores
en la cabeza.
BERNARDA. Es la única mujer mala que tenemos en el pueblo.
PONCIA. Porque no es de aquí. Es de muy lejos. Y los que
fueron con ella son también hijos de forastero.
Los hombres de aquí no son capaces de eso.
BERNARDA. No; pero les gusta verlo y comentarlo y se chupan los
dedos de que esto ocurra.
PONCIA. Contaban muchas cosas más.
BERNARDA. (Mirando a un lado y otro con cierto temor.) ¿Cuáles?
PONCIA. Me da vergüenza referirlas.
BERNARDA. Y mi hija las oyó.
PONCIA. ¡Claro!
BERNARDA. Ésa sale a sus tías; blancas y untosas que
ponían ojos de carnero al piropo de cualquier barberillo.
¡Cuánto hay que sufrir y luchar para hacer que las
personas sean decentes y no tiren al monte demasiado!
PONCIA. ¡Es que tus hijas están ya en edad de merecer!
De masiada poca guerra te dan. Angustias ya debe tener mu cho más
de los treinta.
BERNARDA. Treinta y nueve justos.
PONCIA. Figúrate. Y no ha tenido nunca novio...
BERNARDA. (Furiosa.) ¡No, no ha tenido novio ninguna ni les
hace falta! Pueden pasarse muy bien.
PONCIA. No he querido ofenderte.
BERNARDA. No hay en cien leguas a la redonda quien se pueda acercar
a ellas. Los hombres de aquí no son de su clase. ¿Es
que quieres que las entregue a cualquier gañán?
PONCIA. Debías haberte ido a otro pueblo.
BERNARDA. Eso, ¡a venderlas!
PONCIA. No, Bernarda; a cambiar... ¡Claro que en otros sitios
ellas resultan las pobres!
BERNARDA. ¡Calla esa lengua atormentadora!
PONCIA. Contigo no se puede hablar. Tenemos o no tenemos confianza.
BERNARDA. No tenemos. Me sirves y te pago. ¡Nada más!
CRIADA I.a (Entrando.) Ahí está don Arturo, que viene
a arreglar las particiones.
BERNARDA. Vamos. (A la Criada.) Tú empieza a blanquear el
patio. (A la Poncia.) Y tú ve guardando en el arca grande
toda la ropa del muerto.
PONCIA. Algunas cosas las podríamos dar...
BERNARDA. Nada. ¡Ni un botón! ¡Ni el pañuelo
con que le hemos tapado la cara! (Sale lentamente apoyada en el
bastón y al salir, vuelve la cabeza y mira a sus Criadas.
Las Criadas salen después.)
(Entran Amelia y Martirio.)
AMELIA. ¿Has tomado la medicina?
MARTIRIO. ¡Para lo que me va a servir!
AMELIA. Pero la has tomado.
MARTIRIO. Ya hago las cosas sin fe pero como un reloj.
AMELIA. Desde que vino el médico nuevo estás más
animada.
MARTIRIO. Yo me siento lo mismo.
AMELIA. ¿Te fijaste? Adelaida no estuvo en el duelo.
MARTIRIO. Ya lo sabía. Su novio no la deja salir ni al tranco
de la calle. Antes era alegre. Ahora ni polvos se echa en la cara.
AMELIA. Ya no sabe una si es mejor tener novio o no.
MARTIRIO. Es lo mismo.
AMELIA. De todo tiene la culpa esta crítica que no nos deja
vivir. Adelaida habrá pasado mal rato.
MARTIRIO. Le tienen miedo a nuestra madre. Es la única que
conoce la historia de su padre y el origen de sus tierras. Siempre
que viene le tira puñaladas con el asunto. Su padre mató
en Cuba al marido de su primera mujer para casarse con ella, luego
aquí la abandonó y se fue con otra que tenía
una hija y luego tuvo relaciones con esta muchacha, la ma dre de
Adelaida, y casó con ella después de haber muerto
loca la segunda mujer.
AMELIA. Y ese infame, ¿por qué no está en la
cárcel?
MARTIRIO. Porque los hombres se tapan unos a otros las cosas de
esta índole y nadie es capaz de delatar.
AMELIA. Pero Adelaida no tiene culpa de esto.
MARTIRIO. No, pero las cosas se repiten. Yo veo que todo es una
terrible repetición. Y ella tiene el mismo sino de su madre
y de su abuela, mujeres las dos del que la engendró.
AMELIA. ¡Qué cosa más grande!
MARTIRIO. Es preferible no ver a un hombre nunca. Desde niña
les tuve miedo. Los veía en el corral uncir los bueyes y
levantar los costales de trigo entre voces y zapatazos y siempre
tuve miedo de crecer por temor de encontrarme de pronto abrazada
por ellos. Dios me ha hecho débil y fea y los ha apartado
definitivamente de mí.
AMELIA. ¡Eso no digas! Enrique Humanes estuvo detrás
de ti y le gustabas.
MARTIRIO. ¡Invenciones de la gente! Una noche estuve en camisa
detrás de la ventana hasta que fue de día porque me
avisó con la hija de su gañán que iba a venir,
y no vino. Fue todo cosa de lenguas. Luego se casó con otra
que tenía más que yo.
AMELIA. Y fea como un demonio.
MARTIRIO. ¡Qué les importa a ellos la fealdad! A ellos
les importa la tierra, las yuntas y una perra sumisa que les dé
de comer.
AMELIA. ¡Ay! (Entra Magdalena.)
MAGDALENA. ¿Qué hacéis?
MARTIRIO. Aquí.
AMELIA. ¿Y tú?
MAGDALENA. Vengo de correr las cámaras. Por andar un poco.
De ver los cuadros bordados en cañamazo de nuestra abuela,
el perrito de lanas y el negro luchando con el león que tanto
nos gustaba de niñas. Aquélla era una época
más alegre. Una boda duraba diez días y no se usaban
las malas lenguas.
Hoy hay más finura, las novias se ponen velo blanco como
en las poblaciones y se bebe vino de botella, pero nos pudrimos
por el qué dirán.
MARTIRIO. ¡Sabe Dios lo que entonces pasaría!
AMELIA. (A Magdalena.) Llevas desabrochados los cordones de un zapato.
MAGDALENA. ¡Qué más da!
AMELIA. Te los vas a pisar y te vas a caer.
MAGDALENA. ¡Una menos!
MARTIRIO. ¿Y Adela?
MAGDALENA. ¡Ah! Se ha puesto el traje verde que se hizo para
estrenar el día de su cumpleaños, se ha ido al corral,
y ha comenzado a voces: «¡Gallinas, gallinas, miradme!».
¡Me he tenido que reír!
AMELIA. ¡Si la hubiera visto madre!
MAGDALENA. ¡Pobrecilla! Es la más joven de nosotras
y tiene ilusión. ¡Daría algo por verla feliz!
(Pausa. Angustias cruza la escena con unas toallas en la mano.)
ANGUSTIAS. ¿Qué hora es?
MARTIRIO. Ya deben ser las doce.
ANGUSTIAS. ¿Tanto?
AMELIA. Estarán al caer.
(Sale Angustias.)
MAGDALENA. (Con intención.) ¿Sabéis ya la cosa...?
(Señalando a Angustias.)
AMELIA. No.
MAGDALENA. ¡Vamos!
MARTIRIO. ¡No sé a qué cosa te refieres...!
MAGDALENA. ¡Mejor que yo lo sabéis las dos, siempre
cabeza con cabeza como dos ovejitas, pero sin desahogaros con nadie!
¡Lo de Pepe el Romano!
MARTIRIO. ¡Ah!
MAGDALENA. (Remedándola.) ¡Ah! Ya se comenta por el
pueblo. Pepe el Romano viene a casarse con Angustias. Anoche estuvo
rondando la casa y creo que pronto va a mandar un emisario.
MARTIRIO. ¡Yo me alegro! Es buen hombre.
AMELIA. Yo también. Angustias tiene buenas condiciones.
MAGDALENA. Ninguna de las dos os alegráis.
MARTIRIO. ¡Magdalena! ¡Mujer!
MAGDALENA. Si viniera por el tipo de Angustias, por Angustias como
mujer, yo me alegraría; pero viene por el dinero. Aunque
Angustias es nuestra hermana, aquí estamos en familia y reconocemos
que está vieja, enfermiza y que siempre ha sido la que ha
tenido menos mérito de todas nosotras. Porque si con veinte
años parecía un palo vestido, ¡qué será
ahora que tiene cuarenta!
MARTIRIO. No hables así. La suerte viene a quien menos la
aguarda.
AMELIA. ¡Después de todo dice la verdad! ¡Angustias
tiene el dinero de su padre, es la única rica de la casa
y por eso ahora que nuestro padre ha muerto y ya se harán
particiones vienen por ella!
MAGDALENA. Pepe el Romano tiene veinticinco años y es el
mejor tipo de todos estos contornos; lo natural sería que
te pretendiera a ti, Amelia, o a nuestra Adela, que tiene veinte
años, pero no que venga a buscar lo más oscuro de
esta casa, a una mujer que, como su padre, habla con la nariz.
MARTIRIO. ¡Puede que a él le guste!
MAGDALENA. ¡Nunca he podido resistir tu hipocresía!
MARTIRIO. ¡Dios nos valga!
(Entra Adela.)
MAGDALENA. ¿Te han visto ya las gallinas?
ADELA. ¿Y qué querías que hiciera?
AMELIA. ¡Si te ve nuestra madre te arrastra del pelo!
ADELA. Tenía mucha ilusión con el vestido. Pensaba
ponérmelo el día que vamos a comer sandías
a la noria. No hu biera habido otro igual.
MARTIRIO. ¡Es un vestido precioso!
ADELA. Y me está muy bien. Es lo que mejor ha cortado Magdalena.
MAGDALENA. ¿Y las gallinas qué te han dicho?
ADELA. Regalarme una cuantas pulgas que me han acribilla do las
piernas. (Ríen.)
MARTIRIO. Lo que puedes hacer es teñirlo de negro.
MAGDALENA. ¡Lo mejor que puede hacer es regalárselo
a Angustias para su boda con Pepe el Romano!
ADELA. (Con emoción contenida.) ¡Pero Pepe el Romano...!
AMELIA. ¿No lo has oído decir?
ADELA. No.
MAGDALENA. ¡Pues ya lo sabes!
ADELA. ¡Pero si no puede ser!
MAGDALENA. ¡El dinero lo puede todo!
ADELA. ¿Por eso ha salido detrás del duelo y estuvo
mirando por el portón? (Pausa.) Y ese hombre es capaz de...
MAGDALENA. Es capaz de todo.
(Pausa.)
MARTIRIO. ¿Qué piensas, Adela?
ADELA. Pienso que este luto me ha cogido en la peor época
de mi vida para pasarlo.
MAGDALENA. Ya te acostumbrarás.
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