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Haz bien sin
mirar a quién
[82][83]
Una pobre viuda tenía un hijo muy hermoso. No lo podía
mantener, y le aconsejó se marchase a probar fortuna. Le
dio muchos besos, unas alforjas, un pan, y le encargó que
nunca [84] olvidase la máxima «Haz bien sin mirar a
quién».
Anda que anda, el chico llegó a la orilla de un ancho y cristalino
río; se sentó, comió un pedazo de pan, y le
echó unas miguitas a un pájaro muy mono. El bonito
animal se le acercó sin temor, el muchacho lo cogió,
lo metió vivo en las alforjas, y pensó:
-Me lo comeré asado cuando se me acabe el pan que me dió
mi madre.
En el momento recordó lo que ésta le había
encargado:
-Haz bien sin mirar a quién.
Y soltó la avecilla, que voló cantando de alegría.
El chico se durmió sobre la mullida hierba, se levantó
con el sol al día siguiente, y continuó su marcha
río abajo. Con el fresco de la mañana tuvo hambre,
sacó el pan que le sobró la tarde anterior, caminaba
y comía. Al beber en el río, vio junto a la orilla
a un barbito precioso, y le arrojó el pedacito de [85] pan
que le quedaba; el pez se descuidó, y el rapaz lo pescó.
Pero lo volvió a tirar enseguida al agua, diciendo para sí:
-Haz bien sin mirar a quién.
El barbo, libre, desapareció, saltando de contento.
Poco antes de anochecer, entró el chico en una gran ciudad.
No conocía a nadie, no tenía dinero ni albergue; al
pedir limosna en la puerta de un palacio, salían a pasear
una señora rodeada de sus hijos, tan bellos y buenos, que
parecían angeles, los cuales se compadecieron del muchacho;
rogaron a su madre, y consiguieron que lo admitiese de criado para
que los acompañara en sus juegos y diversiones.
El chicuelo se hizo querer de todos; era muy listo, respetuoso,
trabajador incansable, siempre estaba alegre, a nada ponía
reparo, y llegó a tener fama de ejecutar bien y pronto los
encargos más difíciles.
La mencionada señora, bañándose en el [86]
río, perdió la sortija de diamantes y esmeraldas que
su marido la regaló al casarse. Creía en la necedad
de que si no recuperaba alhaja tan estimada, infinitas desgracias
caerían sobre su familia. Para que se la buscase, amenazó
al pobre criadito que lo despediría, si no se valía
de su talento y se la presentaba antes de veinticuatro horas.
El infeliz chico miraba desconsolado correr el agua del río,
cuando vio, conoció y llamó, al barbo con quien partió
su pan y después de haberlo pescado se arrepintió
y salvó la vida. Refirió sus penas al animal. Al oírlas
(era un buen pez), se hundió rápidamente en lo más
profundo del agua, y apareció enseguida con la perdida sortija
en la boca.
La entregó al niño y éste a la señora,
que, loca de alegría, le colmó de regalos. Al año,
de tan sorprendente suceso, enfermó una niña, que
la señora quería más que a las de sus ojos.
Los médicos aseguraron que moriría sin remedio, si
no tomaba una píldora [87] de gran virtud, que sólo
sabía fabricar un boticario medio brujo, que habitaba en
una ciudad sitiada por numerosos ejércitos de descomunales
salvajes antropófagos, que degollaban y devoraban a cuantos
trataban de penetrar en ella.
-Vete de esta casa, y no vuelvas hasta que traigas la píldora
que han recetado a mi idolatrada hija, -dijo la señora al
criadito.
Éste, desesperado, salió al campo; se arrimó
acongojado al tronco de un frondoso árbol donde revoloteaba
el pájaro de brillante plumaje al cual le echó miguitas
y después de cazarlo le puso en libertad. Lo llamó,
contó sus cuitas, y el avecilla desapareció. Voló
a la ciudad sitiada, entró en el laboratorio del boticario
por la ventana, mientras el brujo limpiaba los anteojos con el pañuelo,
y le robó la maravillosa píldora. Hendió los
aires con la rapidez del rayo, y puso el remedio en la mano del
muchacho, [88] moviendo las alas en señal de alegría
y reconocimiento. ¡Era un buen pájaro!
La niña tomó la medicina, y sanó. Cargó
el chico un carro con el dinero y dulces que le dieron, regresó
a su pueblo, abrazó a su madre, y vivió dichoso, en
premio de no haber hecho daño a los animales que Dios crió,
ni olvidado la máxima cristiana: «Haz bien sin mirar
a quién».
[89]
La buena hija
[90] [91]
Una mujer dejada de la mano de Dios, sólo así podía
suceder, odiaba a su hija porque era más guapa que ella.
Mandó a un criado que en un carro la llevase atada, y al
pasar por un espeso [92] bosque la matara. Como prueba de que lo
había ejecutado, debía traerla el corazón,
la lengua y un dedo meñique.
Al criado le dió lástima de la juventud y hermosura
de la muchacha, y entregó a tan mala madre la lengua y el
corazón de una perrita que el carro aplastó en el
camino, diciendo que el dedo se le habría perdido, porque
no lo encontraba en las alforjas.
La infeliz chica se refugió en una cueva inmediata a otra
que servía de albergue a una cuadrilla de bandidos. Mientras
éstos salían a sus correrías, la pobre muchacha,
en pago de los restos de la comida que encontraba en la cueva, la
barría y arreglaba las camas. Los bandoleros, admirados y
temiendo que pudieran sorprenderlos, dejaron a uno de centinela,
que se durmió. La mocita entró de puntillas para no
despertarle, y limpió la caverna.
A todos los de la cuadrilla, uno tras de otro, que encargaron la
vigilancia, les sucedió [93] lo mismo, y ninguno supo explicar
el misterio. Admirado el capitán de ladrones, arrogante mozo,
que se metió a tan mal oficio porque mató en desafío
a uno que insultó a su madre, se quedó de guardia.
Cerró los ojos; la muchacha se acercó pasito a pasito,
lo creyó dormido, y cuando más descuidada se encontraba,
la agarró el capitán por la cintura, y resbaló
el banco donde se hallaba sentado.
-¡Ay! No me matéis, y respetad mi honra, -exclamó
la asustada joven.
-Al contrario (dijo aquél, soltándola); necesitamos
una criada, y nunca encontraremos otra más hermosa.
El jefe de bandidos había nacido caballero: como las ideas
de nobleza que se adquieren en la niñez, y las cicatrices
de las heridas que se reciben en la guerra tarde se borran, el capitán
sacó una pistola del cinto, y añadió:
-Al que te vaya a faltar, le levantaré la tapa de los sesos.
[94]
Lo hubiera cumplido.
El criado repitió muchas veces a la desgraciada chica, al
dejarla en el bosque, que si deseaba vivir, no se acercase jamás
a su madre; mas ella ansiaba verla, y nunca la olvidaba. Un día
que salió a la puerta de la caverna a tomar el sol, se le
acercó una vieja, y le preguntó:
-Niña, ¿qué haces aquí tan sola y triste?
-Pensar en mi madre.
-¿Por qué no la buscas?
-Es imposible.
-Toma esta sortija, y cuanto desees, aunque sea en sueño,
se cumplirá.
La muchacha se puso el anillo, quedó hechizada, en la apariencia
muerta, y mucho más hermosa que viva. La vieja la colocó
en una caja de cristal; quiso cargar con ella, y no pudo: la niña
llevaba, al cuello un escapulario. La hechicera buscaba en su imaginación
un medio de separar del cuerpo de la niña el objeto religioso
que la [95] impedía arrebatarla por los aires y presentarla
a sus compinches los demonios, cuando oyó ruido de caballos,
y desapareció, mesándose de rabia los cabellos. Era
el hijo del Rey, que con brillante tropa perseguía a los
bandidos. En la puerta de la caverna le hirió la vista la
caja de cristal, se apeó, la abrió, y encontró
la preciosa joven, muerta o desmayada. No volvió a acordarse
del objeto de su expedición; cubrió con su capa de
grana la caja de cristal, y la condujo a palacio. La depositó
en una sala magnífica, tapizada de seda, cuyos muebles eran
de marfil y oro; a nadie participó el hallazgo, y enamorado
de la bella encantada, pasaba los días contemplándola
extasiado. No quería participar su dicha a los demás.
Al salir de la sala cerraba y guardaba la llave. Una vez se olvidó
de ejecutarlo, y la Reina, que, como mujer, era curiosa, y como
madre se hallaba alarmada de ver a su hijo tan preocupado desde
su última expedición militar, [96] y registró
la sala, y halló el tesoro que ocultaba el Príncipe.
Para sorprenderle agradablemente, dispuso que las damas cambiasen
el vestido ordinario que llevaba la hechicera y hechizada muchacha,
por uno magnífico. Al arrancarla la sortija que la dio la
bruja para ponerla otra de más valor, quedó la niña
desencantada; se puso de pie, llena de vida, de gracia y de belleza.
Parecía un sol. A los gritos de la Reina acudió toda
la corte. Todos por unanimidad convinieron, lo cual sólo
en los cuentos fantásticos es posible, en que la joven no
tenía el más pequeño defecto, y que debía
casarse inmediatamente con el Príncipe. Se verificaron las
bodas. La muchacha, que al principio la persiguió la desgracia,
acabó por ser lo más feliz que se puede imaginar,
en recompensa de querer siempre a su madre, aunque ésta con
ella no podía haberse portado peor.
[97]
El tío Cerote
[98] [99]
El tío Cerote era un zapatero remendón, que siempre
andaba a la greña con su mujer, vieja, fea, negra y más
seca que las llares del hogar. El marido observó que los
sábados desaparecía [100] de la cama antes de media
noche, y al amanecer, sin saber cómo, la encontraba a su
lado. Para averiguar la causa, se tendió en el banco de la
cocina, y se hizo el dormido.
A la hora indicada, la mujer se acercó al marido de puntillas,
lo creyó en profundo sueño, y se dió por todo
el cuerpo con un ungüento, herencia de sus dignas antepasadas,
muy duchas en la magia y demás artes diabólicas.
Enseguida bajaron por la chimenea multitud de viejas horribles,
se untaron, y a la primera campanada de las doce salieron todas
en tropel, caballeras en escobas, las que no cabían por donde
entraron, por las grietas de la casa, gritando desaforadamente:
-«Por encima de rama y hoja, a los campos de Tolosa.»
Picado el remendón de la curiosidad, se untó como
ellas, y no habiendo entendido bien lo que voceaban tales vestiglos,
dijo: [101]
«Por entre rama y hoja, a los campos de Tolosa.»
Con la velocidad de bala de cañón subió por
el de la chimenea, atravesó montes y valles, pasó
por zarzas y espinos, y llegó al aquelarre o reunión
de brujas, casi desollado.
Comenzaba la danza. Alrededor del demonio en figura de macho cabrío,
y a compás de música infernal, bailaban brujas y brujos,
cantando:
-«Lunes y martes y miércoles, tres. Jueves y viernes
y sábado, seis.»
El sacristán, que en el campanario se preparaba a tocar a
misa de alba, oyó la maldita copla, hizo bocina con las manos,
y añadió:
-«Y domingo, siete.»
-«Coge la giba, y vete», le replicó furioso a
coro el aquelarre, al escuchar el nombre del día consagrado
a Dios.
En el acto le nació al monaguillo una joroba que envidiaría
un dromedario. [102]
Después de tan brillante fiesta, los brujos y brujas fueron
uno a uno besando al cabrón debajo de la cola. Cuando le
tocó al zapatero, se la levantó, reconoció
tan limpio sitio, y en el mismo, con la lezna, le dio un fuerte
pinchazo. El diablo se volvió gravemente, y advirtió
al remendón:
«Tío Cerote, otra vez, aféitese el bigote.»
El cabrón, después de tan bello espectáculo,
comenzó a leer la constitución que otorgaba a sus
fieles súbditos, escrita en un inmenso cartapacio; al ver
éste, el zapatero exclamó:
-¡Jesús, María y José, qué libro
tan grande!
Las brujas, asustadas de los sagrados nombres, desaparecieron, arrancando
el papel. Del tomo en folio sólo quedaron las cubiertas.
Desde entonces las constituciones son libros sin hojas.
[103]
Blanca Rosa
[104] [105]
Un Rey muy vicioso se jugó la corona con el diablo, la perdió,
y lo destronaron. Recurrió el Príncipe a una maga
que lo protegía, la cual le dijo que ignoraba el medio de
recuperar el símbolo [106] de la monarquía, y que
consultaría caso tan arduo con un adivino que le debía
muchos y grandes favores. Éste aconsejó a la maga
que reuniese a todas las aves, que, como vuelan tan alto y tienen
tan buena vista, lo saben todo, y alguna la diría dónde
se hallaba el castillo de Irás y no volverás, donde
el diablo guardaba la corona.
La maga, con una varita, hizo un círculo en el aire. En el
acto, por encanto, se pobló de aves grandes y chicas. Las
preguntó por el castillo, y se callaron. Sólo la avutarda
manifestó que, interesada, por hallarse su imagen en el escudo
de armas del reino, haría un reconocimiento y volvería.
Voló, y regresó al momento. Explicó, cantando,
que para conseguir el Príncipe lo que deseaba, debía
ocultarse en un bosque junto al lago que había inmediato
al castillo; que cuando se bañase la hija del gobernador
de la fortaleza, la robase los vestidos, y no se los devolviese
hasta que la [107] viese muy apurada. La avutarda, que por lo ligera
y servicial debía llamarse avelista, se ofreció de
guía. El Príncipe se agarró a la cola, y en
un dos por tres llegaron al bosque, y se escondieron, mientras la
hija del señor del castillo, niña preciosa de quince
años, se metía en el agua, despojándose de
su túnica de tisú de oro. Cuando se la quiso poner,
no la encontró; la avutarda, revoloteando, se la había
quitado y llevado al Príncipe. La hermosa doncella exclamó
llorando:
-El que el vestido me dé, del mayor apuro le sacaré.
El destronado Monarca mandó la túnica con el ave,
para no alarmar el pudor de la niña, y después se
presentó.
-¿Qué quieres? -le preguntó la linda muchacha,
nombrada Blanca Rosa por su color y hermosura. (Era la virtud del
arrepentimiento.)
-Recuperar mi corona, que se encuentra en el castillo de Irás
y no volverás. [108]
La niña cogió al Príncipe de la mano, llamó
en la fortaleza, abrieron, acarició a un perro gigantesco
de tres cabezas que guardaba la puerta, condujo a su protegido al
salón negro, donde se hallaba el diablo sentado en un trono
de llamas de fuego, que recibió al ex monarca sonriéndose
y burlándose en su interior, porque con malas artes, como
sucede entre tahures, le había ganado la corona.
-Te daré lo que deseas, si con el trigo que te entregará
mi mayordomo consigues sembrarlo, segarlo, trillarlo, aventarlo,
molerlo, cernerlo, amasarlo, cocerlo y echar el pan al perro de
tres cabezas que hay a la puerta del castillo; todo en veinticuatro
horas.
Recurrió el Príncipe a su bella protectora, que le
mandó arrojar el grano desde el balcón al jardín.
Se asomó, y, con espanto, vio al trigo nacer, salir las espigas
y dorarlas el sol; una nube de enanitos practicó todas las
operaciones, desde segar hasta llevar el pan todavía caliente
a las fauces del monstruoso perro. [109]
Volvió a reclamar su corona el Príncipe; pero el diablo,
que, como todos los que no son buenos, cumple tarde y mal lo que
promete, le replicó:
-No la obtendrás, si no me entregas en cambio una sortija
que hace quinientos años a un ascendiente tuyo se le cayó
en el mar al irse a pique el barco que mandaba en un combate. Sólo
se salvó de la tripulación tan valiente guerrero.
Dificultad tan insuperable hizo desmayar al Príncipe. Acudió
a Blanca Rosa; ésta frunció las cejas, y le dijo severa:
-Ofrecí sacarte de todos tus apuros, y no faltaré
a mi palabra. Verás.
Apareció una enorme tortuga, que, en un abrir y cerrar de
ojos, fue al mar y volvió con la sortija del vigésimo
abuelo del que perdió su reino al juego. El diablo se la
regaló, y le advirtió:
-No me vuelvas a tentar; abandona el vicio, toma tu corona, cásate
con Blanca [110] Rosa; te gusta y a ella no le eres indiferente;
montad en un caballo que hay en la cuadra que corre más que
el viento, y cuando lleguéis a la capital de tus Estados,
os esperará la tropa formada, y el pueblo entusiasmado os
conducirá al palacio.
Ni visto ni oído. Así sucedió según
refería una abuela que a la sombra de un árbol del
jardín tenía embelesados a varios nietos durante las
horas de la siesta. Y añadía la anciana:
-El peor de los vicios es el del juego. Siempre va acompañado
de otros. El que lo tiene, pierde el honor, y muchas veces la vida.
FIN
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