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Cuadros y
semblanzas infantiles en prosa y verso
Frontaura, Carlos
Índice
Cuadros y semblanzas infantiles en prosa y verso
Amor maternal
La piedra
Cuento
La niña caprichitos
La cobardía
La abeja y la mosca
Pensamiento de Fenelón
El diablillo
El avaro y su tesoro
Pensamiento de Esopo
El hombrecito
Caridad
La rebelde Mariquita
Los aduladores
El niño importuno e inoportuno
El zapatero y el rico
Pensamiento de La Fontaine
Pepita la perezosa
Las dos cabras
La niña triste
La gallina de los huevos de oro
Pensamiento de La Fontaine
La enfermerita
La vanidad
El tonto y el mal intencionado
La madrecita
El país de las tinieblas
Apólogo
La mujercita de su casa
La niña del circo ecuestre
La niña trabajadora
Paquita la susceptible
El chico goloso y tragón
Los pobres
Blasillo
Historia de dos niños
Imitación de la Condesa de Segur
Cuadros y semblanzas infantiles en prosa y verso
Frontaura, Carlos
Cuadros y semblanzas infantiles en prosa y verso
Frontaura, Carlos
[5]
Amor maternal
¡Alma mía! ¡vida de mi vida! ¡gloria de
mi corazón! ¡rey del mundo!
No hay que preguntar quién pronuncia estas palabras; es una
madre, una madre que está mirándose en su hijo, en
su gloria.
-¿Quiere V. mucho a su hijo? le pregunté.
-Se conoce que V. no los tiene, me contesta, [6] porque si los tuviera
no me haría esa pregunta.
-Es verdad; perdone V. que se la haya dirigido. Preguntar a una
madre si quiere a su hijo es casi hacerle un agravio.
-Pues si este hijo es mi gloria, si es mi alma, si es mi vida.
-El amor maternal es el amor de los amores.
-¡Ah, señor! Eso no se sabe hasta que se siente. Mire
V., yo era hace dos años una muchacha alegre, aturdida, burlona,
que me reía de todo, que me enfadaba oír llorar un
niño, que maldita la gracia que me hacían los que
veía, y con tan poca habilidad para acariciarlos, que ni
sabía decirles una palabra de cariño, ni tenía
arte para hacerles reír, sino, por el contrario, en cuanto
me acercaba a ellos ya estaban llorando desesperados, y no había
medio de callarlos mientras me veían a su lado.
-¿Y ahora?
-Ahora, ahora soy otra mujer; ya ve V., soy madre.
Dijo esta frase aquella mujer con tan dulce y tierno acento, con
tan encantadora sencillez, que su voz penetró en mi corazón
y me conmovió profundamente. [7]
-Y buena madre, añadí.
-¡Buena madre! Pues qué, ¿puede haber madres
malas? Yo soy una madre como todas, ni más ni menos; pero
no peor que otras, no. Una mujer, en cuanto es madre, tiene ya obligación
de ser buena, y si no lo fuera sería ingrata para con Dios,
que ha depositado en ella un ángel, y le ha encomendado su
vida, su bien, su alimento, su cuidado. ¿Cómo puede
prescindirse de esta sagrada obligación? ¿Cómo
se puede dejar de corresponder a lo que es la voluntad de Dios?
¿No digo bien?
-¡Oh! sí, habla V. con la mágica elocuencia
de la virtud.
-Jesús, ¡virtud! ¿Qué virtud hay en hacer
lo que se debe hacer?
-¿Y su esposo de V.?
-¡Mi pariente! ¡Pobrecito! Todos los días sale
a ver si encuentra donde trabajar, pero no hay trabajo. El tiempo
es tan malo... el que tiene no quiere gastar, y los pobres que no
tienen otro patrimonio que el trabajo no hallan modo de ganar un
pedazo de pan. Dicen que los hombres tienen la culpa de que las
cosas estén muy malas, porque están desunidos, y unos
son enemigos de otros, y reinan entre ellos ambiciones desatentadas,
envidias [8] implacables y rencores profundos... Yo, señor,
no entiendo de estas cosas, pero creo que bastaría para que
todo estuviese ordenado en el mundo que los hombres cumpliesen fielmente
los mandamientos de la ley de Dios. Con eso solo viviríamos
todos en la felicidad.
-Tiene V. razón, buena mujer.
-Mire V., mi marido y yo, tan pobres como somos, todavía
no somos desgraciados, todavía no nos quejamos de nuestra
suerte. Ponemos en Dios nuestra confianza y en Dios esperamos. Cuando
mi marido se lamenta de la escasez que sufrimos, le digo: -«Ten
paciencia, hombre; es verdad que no estamos en la abundancia, que
muchos días no sabemos si podremos comer, que alguno lo hemos
pasado con un pedazo de pan; pero, dime: ¿no sería,
por ejemplo, mayor desgracia para nosotros que viviéramos
desavenidos, que tú estuvieses lleno de ira contra mí,
que yo te aborreciera, que tú no tuvieses quien compartiera
tus penas ni yo a quien volver los ojos y en quien hallar consuelo?
Dios no nos abandona mientras nos dé resignación y
honradez; resignación para sufrir las contrariedades de la
vida, y honradez para no caer jamás en la tentación
de la codicia, de la envidia, [9] y poder arrostrar la pobreza con
ánimo fuerte, con tranquila conciencia.»
-Estoy oyendo a V. con vivísimo placer.
-Además, le digo a mi marido, ¿cómo hemos de
llamarnos desgraciados teniendo este hijo de nuestro amor, esta
angelical criatura, que es nuestra esperanza? Desgraciados seríamos
si le perdiéramos, si Dios nos le arrebatase, aunque tuviéramos
la más cuantiosa fortuna, los mayores honores de la tierra.
Entonces si que tendríamos razón para llorar, para
desesperarnos. ¡Hijo mío! No sabe V. lo que he sufrido
con él. El pobrecito ha nacido tan débil, que he tenido
que hacer milagros para conservar esta vida que amenazaba apagarse
al menor soplo de aire... ¡Cuántas noches he pasado
en vela, teniéndole en mis brazos dándole calor con
mi cuerpo... y el pobrecito frío como la nieve, respirando
apenas, casi muerto!... ¡Ay, señor! Cuando yo vaya
a morir, no sentiré angustia igual a la que sentí
viendo que se me iba de entre mis brazos la vida de este hijo de
mi alma. Pero Dios veía mi dolor, mi desesperación,
y salvó a mi hijo. Mírele V. qué hermoso está
ahora. Pues está así por mi cuidado, porque yo no
duermo, no descanso un momento, porque soy esclava de mi hijo; esclava
[10] no, porque soy su madre. ¿Para qué quiero más
felicidad que ésta?
Todo el día estoy pensando en él; en cuanto sea grande
y estudie, porque yo quiero que mi hijo estudie y sepa y sea hombre
bueno e instruido, que sea mejor que sus padres, que no sabemos
nada, y por consiguiente es muy reducida la esfera en que podemos
buscar recursos para la vida; pero aunque somos tan pobres, no crea
V. que nuestro hijo se quedará sin educación, no señor.
Mi marido y yo nos privaremos de todo para que a él nada
le falte; seria un remordimiento muy grande para nosotros salir
de este mundo dejando en él a nuestro hijo heredero únicamente
de nuestra ignorancia. No, señor, no: hemos de ponerle en
camino de ser bueno, de ser feliz, de hacer bien a sus semejantes.
Todo el día estoy pensando en esto; en el porvenir de mi
hijo. Ya ve V. que no tengo tiempo para quejarme de nuestra pobreza.
No sería así si no tuviera este hijo adorado; entonces
pensaría en mí, sería egoísta, rebelde
a los designios de la Providencia, repararía en las demás
mujeres más afortunadas; compararía su halagüeña
situación con la mía estrecha, y tal vez tuviera envidia...
Ahora no envidio a nadie, a nadie. [11]
En aquel momento llegó el marido de la amantísima
y tierna madre.
Era un hombre del pueblo, de semblante afable, y en cuanto llegó
cogió al niño en sus brazos, le besó tiernamente
y exclamó:
-Tenías razón, mujer mía, Dios no nos abandona.
Ya he encontrado trabajo. No me querían recibir en el taller,
porque hay poco que hacer, pero he suplicado tanto, he dicho que
tenía un hijo, y el maestro, que acaba de perder el suyo,
se ha conmovido y me ha dicho:
-Ya que no puedo hacer nada por mi hijo, lo haré por el de
V. Agradezca V. a mi hijo, que está en el cielo, el pan que
le aseguro a V. para el suyo.
Mucho me alegro, continuó el buen hombre, de haber hallado
trabajo. Es una vergüenza que un hombre como yo, un hombre
que tiene un hijo, ande por esas calles hecho un holgazán,
aunque sea contra su voluntad. ¡Cuando pienso que un día
que no tuve trabajo fue el día que entré en una taberna!
¡Oh! Por fortuna no entré más que una vez, y
no volveré a entrar en mi vida.
El buen hombre, preocupado con su alegría y su hijo, no había
reparado en mí.
Yo le expliqué cómo al pasar había oído
[12] las exclamaciones de amor maternal de su digna y honrada compañera,
y le referí la conversación que habíamos tenido.
-Mi mujer, dijo, es una santa, mucho mejor que yo.
-¡Hombre! exclamó ella.
-Sí, que a todos se lo he de decir. Sepa V., caballero, que
yo he sido un pillastre, así como suena, pero ésta
me ha hecho otro hombre, me ha hecho bueno. No he tenido poca fortuna;
si ella no hubiera sido tan buena, yo habría sido peor de
lo que antes era, y figúrese V. qué matrimonio tan
lucido hubiera sido el nuestro. Digo, yo no sé explicarme,
pero me parece...
-Habla, V. perfectamente, como un hombre de bien, como un buen marido
y un padre ejemplar.
Y dejé a los dos esposos acariciando a porfía a su
hijo, y llenos de contento y de satisfacción.
He aquí, pensé, un cuadro de verdadera felicidad;
he aquí, cómo estos dos pobres han hallado el modo
que tantos ricos y sabios no encuentran, de gozar dicha completa
y verdadera, sin hacer para conseguirlo más que lo que es
más fácil en este mundo; cumplir su deber. [13]
La piedra
Cuento
Cuéntase que allá, en Turquía,
o donde quieran ustedes,
sucedió una vez que un pobre
fue a contar su triste suerte
y por Dios una limosna 5
a pedir humildemente
a un hombre con más millones
que un empleo pretendientes,
que un perezoso disculpas
y que un generoso huéspedes. 10
Era el rico avaro y malo,
y era más fácil que diera
un diente que una moneda,
y era el pedírsela hacerle
la mayor de las injurias 15 [14]
que sufrir un hombre puede.
Llegose humilde el mendigo,
y con palabras corteses,
y con dolorido acento,
propio del que nada tiene 20
y de la amarga miseria
todos los dolores siente,
por amor de Dios pidiole
que en su afán le socorriese
-«Apártese el holgazán», 25
contestole duramente.
-«No tengo que comer.»
-«Bueno.»
-«Me muero de hambre.»
-«Pues muérete.»
-«Corazón tenéis de roca.»
-«Váyase ya el insolente, 30
o de un palo...»
-«No amenace,
que Dios, que todo lo puede,
castiga tarde o temprano
al que a su prójimo ofende.»
Y viendo el pobre que el rico 35
intentaba acometerle,
huyó cual huye el que ve
que una fiera le acomete.
Cogió una piedra el infame,
y con torpe mano aleve 40
arrojósela al mendigo,
y quiso Dios que cayese
la piedra a los pies del pobre, [15]
sin el menor daño hacerle.
Cogiola el pobre del suelo 45
triste y silenciosamente,
guardósela, y su camino
siguió humilde, sin volverse
a reprochar su acción fea
al avaro infame, y siempre 50
juró guardarla, en memoria
de aquella ofensa patente.
***
Pasó tiempo; pobre el pobre
siguió pidiendo limosna,
sufriendo de la miseria 55
las calamidades todas,
y el rico, por ser más rico,
hizo una acción bochornosa,
y descubierta apresáronle,
y en una oscura mazmorra 60
pasó de mortal angustia
crueles y eternas horas...
Al fin se falló la causa,
y por su acción vergonzosa
fue condenado a perder 65
los bienes que eran su gloria,
y a sufrir sobre un jumento,
yendo ligero de ropa,
cien azotes por la mano
del verdugo, por más honra. 70 [16]
El pueblo, que en espectáculos
de ese género se goza,
estaba con la noticia,
estaba, es claro, en sus glorias,
mucho más siendo la víctima 75
tan distinguida persona.
Y en el día señalado
para la paliza gorda,
gran concurrencia llenaba
la carrera, deseosa 80
de ver dar palos al prójimo,
como si fuera una broma.
Allí el pobre de la piedra
entre la gente curiosa
estaba; al pasar el rico 85
se le vino a la memoria
la injuria que recibió
yendo a pedirle limosna;
y del bolsillo la piedra
sacó: y la mano traidora 90
levantó para arrojársela,
mas no la arrojó; dejola
caer en el santo suelo,
y no salió de su boca
ni un insulto ni una injuria, 95
que así como Dios perdona,
el pobre perdonó al rico.
Y según cuenta la historia,
dijo lo mismo que copio
para lección provechosa 100
de las almas vengativas [17]
crueles y rencorosas:
«Vengarme de él cuando estaba
con poder, con oro y honra,
hubiera sido locura, 105
y locura peligrosa.
Y en esta ocasión vengarme,
tirarle la piedra ahora,
que es más que yo desdichado
y de él las gentes se mofan, 110
y ni oro ni honor le quedan,
y le humilla y le abochorna
la plebe que ayer humilde
le ensalzaba aduladora,
fuera una acción inhumana, 115
inhumana y vergonzosa. [19]
La niña caprichitos
A sí llamo yo a una niña bonita, hija de mi amigo
Martínez, la cual sería una niña perfecta,
merecedora de los mayores elogios, si no tuviera el feo vicio de
ser lo más caprichosa que pueden Vds. figurarse.
Ya sé yo que toda la culpa no es de la pobre Isabelita, porque
si desde su más tierna edad su mamá hubiera tenido
la previsión de combatir los caprichitos, es probable que
ahora ya no tuviera caprichos Isabelita, con lo cual ella ganaría
mucho, y sus padres no tendrían disgustos por ese motivo;
pero, es claro, acostumbrada la niña a que se adivinen sus
gustos, a que se satisfagan sus caprichos, ha creído que
nada malo había en ello, y ahora ya es más difícil
corregirla, sobre [20] que ella sabe muy bien que cuando su mamá
la contraría alguna vez, no tiene más que hacer a
esta buenísima señora alguna interesada caricia para
obtener después lo que desea.
Yo, que tengo gran confianza en la casa, y profeso el más
sincero afecto a los padres de Isabelita, les he hecho muchas veces
observaciones, encaminadas a corregir ese carácter de su
hija, que puede serle fatal en el porvenir, cuando no tenga ya en
el mundo a los que hoy se desviven por satisfacer sus deseos, por
darle gusto en todo; ellos atienden mis observaciones, hallándolas
justas y acertadas, y me las agradecen debidamente; pero luego viene
aquel diablillo con sus zalamerías, y ya no se acuerdan sus
padres de mis consejos, y son satisfechos incontinenti los caprichitos
de la niña, que el mejor día va a pedir a su padre
una muela y él se la va a arrancar enseguida para que Isabel
no se enoje.
Porque Dios sabe adónde pueden llegar los caprichitos de
Isabelita, alentada, sostenida y estimulada en ese defecto por la
notoria debilidad de sus padres.
Isabelita estrena un vestido, y la segunda vez que su madre se lo
presenta para vestirla, ya no le quiere, ya no le gusta, y hay que
[21] ponerle otro más usado, o comprarle otro nuevo, o hacer
en el que desdeña reformas que no hacían maldita la
falta.
Va por la calle, y todo se le antoja, obligando a su padre a hacer
gastos inútiles, por lo menos, ya que no gravosos, porque
el padre de Isabel, felizmente para ella, está en muy desahogada
situación; y luego que obtiene todos los juguetes, todas
las golosinas que se le antojan, abandona los unos y no quiere las
otras, porque ya desea cosas nuevas, con las que hará después
lo propio.
Llevar a visitas a Isabel tiene también sus peligros, porque
con su acostumbrada intemperancia, antójasele cualquier cosa
ajena, y, eso sí, no se muerde la lengua para decir lo que
siente; la niña es franca, o mejor dicho, descarada en demasía.
Y figúrense Vds. el bochorno de sus padres al oírla
manifestar tan claramente su defecto en casa ajena, y el asombro
de las personas extrañas, bien que se apresuran a satisfacer
su capricho, si es posible; que tales cosas puede pedir la muchacha
que sea materia imposible complacerla.
Por lo pronto no tiene muchas amigas, porque como se le antoja todo
lo que ellas le enseñan y no les seduce gran cosa satisfacer
[22] su capricho, huyen de ella para evitar semejantes antojos.
Es de tal manera caprichosa Isabelita, que hubo que despedir a una
buenísima criada, porque esta pobre mujer tenía las
narices largas, y a la niña no le gustaba verla; presume,
sin embargo, aquella excelente doméstica, que la vira tenía
más horror que a las narices largas a la firmeza con que
la contrariaba cuando iba a la cocina con capricho de comer algo
fuera de las horas regulares.
Otra vez mi amigo Martínez tuvo la debilidad de echar de
casa a un inocente gato, porque a la niña le daba miedo el
inofensivo animal, y con todo esto ha conseguido el complaciente
[23] padre que la niña se haga soberbia y altanera y vanidosa;
tres defectos gravísimos que bastan para labrar la desgracia
de una mujer.
«Yo quiero», dice la niña, y sabe que al momento
es obedecida y servida; y «yo no quiero», dice, contrariando
los deseos de su padre o de su madre, y basta para que éstos
cedan y hagan lo que a ella mejor le parezca.
«Yo no quiero salir», dice después que su madre
se ha vestido con intención de llevarla a paseo, y su madre
la deja en casa en vez de obligarla a obedecer.
«Yo quiero salir», dice cuando está lloviendo,
y como si no sale llora la niña y pone un hocico de vara
y media, y no quiere comer luego, su madre envía a buscar
un coche, y sale con ella, sin necesidad, y gasta dos pesetas que
no había para qué gastar, o que se hubiesen empleado
mejor repartiéndolas entre los pobres.
Sería cuento de no acabar si hubiera de referir todos los
caprichos, fútiles unas veces y absurdos otras, que componen
el variado repertorio de Isabelita.
¡Bonita cara me va a poner, por cierto, cuando me vea después
que haya leído esta semblanza! Porque, eso sí, tiene
ella sobrada [24] penetración para no comprender la intención
de este artículo, bien que está claro en extremo.
Pero me prometo desenojarla cuando le ofrezca que, apenas se corrija
de ese defecto, que oscurece y afea sus buenas cualidades, me apresuraré
a escribir el artículo más encomiástico en
su obsequio.
Entretanto, concluyo repitiéndole lo que le dije el otro
día que la encontré solita en casa, y le hice visita
mientras volvía su madre:
«Isabelita, la primera y más noble condición
de los niños buenos es ser humildes; todas las demás
virtudes acompañan a quien tiene la de la humildad, y, por
el contrario, la soberbia es madre fecunda de males sin cuento.
»Cuando tienes un capricho, un empeño fútil,
afliges a tus padres, que no tienen fuerza de voluntad bastante
para contrariarte, pero comprenden que ese defecto es por todo extremo
vituperable y puede perjudicarte mucho en tu porvenir. Las personas
extrañas que conocen ese defecto tuyo, motéjanlo duramente,
y siendo tú una niña tan linda y que tienes tan buen
corazón, les pareces antipática, y culpan a tus padres
de no educarte como conviene.
»Eso de decir: «yo quiero», es muy feo, [25] querida
niña mía, y debes pensar qué martirio tan grande
será para ti si algún día dices: «yo
quiero» y no puedes lograr lo que deseas. Cuando tengas un
capricho, antes de manifestarlo, piensa en tantas niñas pobres
que no se atreven a decir nunca: «yo quiero», porque
las infelices conocen que sus padres no podrían satisfacer
sus deseos, porque se han acostumbrado a ser humildes. Esas niñas
pobres, que apenas tienen con qué cubrirse, que de todo carecen,
que no han recibido educación, son, sin embargo, más
perfectas que tú, mientras no corrijas tu carácter.
»Pero no llores, niña mía, porque te hago estas
advertencias, hijas del mucho cariño que te profeso y de
la amistad que debo a tus excelentes padres; en vez de llorar debes
alegrarte mucho, y procurar enmendarte de un defecto que ahora tiene
poca transcendencia, pero que, andando el tiempo, acaso te hiciera
desgraciada.»
Esto fue lo que dije el otro día a Isabelita, y como acaso
lo habrá olvidado, se lo repito aquí. Y no sólo
a ella puede convenir que lo repita; convendrá también
a otras niñas que tengan el mismo defecto, muy común
por desgracia, por efecto de la tolerancia y debilidad de los padres.
Pero ni ella ni [26] las que se le parezcan deben tenerme por eso
mala voluntad.
Mi deseo es que todas sean buenas y vivan siempre felices; que para
ser feliz en el mundo hay un medio infalible y muy sencillo: ser
bueno. [27]
La cobardía
La cobardía es un defecto muy feo.
Un hombre cobarde es un ser ridículo de quien todo el mundo
se burla.
Ya habéis visto en la representación de muchas comedias
en que hay algún tipo de cobarde, cuántos trabajos
le pasan, cómo se mete de patitas en el mismo peligro de
que más quería huir, cómo le tratan todos los
demás personajes poco menos que a puntapiés, y por
último, cómo se divierte y regocija el ilustrado público
a costa del personaje cobarde y receloso.
No creáis por esto que el hombre, para no incurrir en la
nota de cobarde, ha de ser un perdonavidas, soberbio, fanfarrón,
temerario... no, hijos míos, porque eso sería caer
en [28] un defecto tan ridículo y abominable como el otro.
El hombre ha de ser prudente, digno, valeroso, sin ser provocativo
e insolente, y en todas las eventualidades de la vida ha de manifestar
esas cualidades sin vanidad, sin exageración, como la cosa
más natural del mundo.
Para adquirir estas cualidades es preciso que desde vuestra infancia
procuren las madres hacéroslas amables y acostumbraros a
ellas, considerando que los niños son hombres pequeñitos
con defectos pequeños, que luego, si a tiempo no se han corregido,
van agrandándose de una manera muy considerable y haciéndose
más difíciles de desarraigar a medida que los hombres
pequeñitos se van haciendo hombres grandes.
La primera cualidad de una buena madre de familia es la previsión.
Ha de educar a sus hijos para que sean hombres, y no como si hubieran
de ser niños toda la vida. Los defectos adquiridos en la
niñez suelen no corregirse en la juventud ni en la edad madura;
pero las buenas cualidades del niño son luego seguramente
las virtudes del hombre.
Es sumamente peligrosa la costumbre que hay de amedrentar a los
niños y abusar de su credulidad contándoles las horrorosas
[29] proezas de personajes tan famosos como el Coco, Pedro Botero,
Pateta y otros, cuya evocación infunde miedo y espanto en
el ánimo de las cándidas criaturas. Los niños
suelen ser en extremo impresionables, y si se les habla siempre
de fantasmas dispuestos a comérselos crudos, de trasgos que
van a venir a llevárselos, de un dragón que esté
en el cuarto oscuro esperándoles con la enorme bocaza abierta
para tragárselos y de otros horrores por el estilo, no es
raro que se hagan tímidos, suspicaces, recelosos y desconfiados.
A los niños se les debe inspirar confianza; ante todo, se
les ha de habituar a la franqueza, a no ocultar nada y a no tener
miedo. No hay nada más antipático que un chico que
huye de la gente, que se esconde en un rincón cuando se le
llama y que mira de reojo a todo el mundo.
Bien puede asegurarse que niños que tienen ese carácter
están más acostumbrados a la amenaza que a la confianza;
pero así como parecen mosquitas muertas delante de la gente,
aprovechan las ocasiones en que están solos para hacer sus
travesuras, y se acostumbran así al disimulo y a la mentira,
que son dos defectos parientes muy cercanos de la cobardía.
[30]
Los niños deben ser francos, deben ser alegres, expansivos,
no deben ser gazmoños, ni impertinentes, ni pegajosos, ni
cobardes, sobre todo.
Un niño que no se atreve a entrar en una habitación
si no hay luz, que se echa a llorar cuando le van a cortar las uñas
o el pelo, que se esconde bajo la cama cuando entra en casa el aguador,
que huye de un perro que va a acariciarle, y puede que luego a traición
tire él una piedra al perro o le dé un pinchazo, no,
puede hacer gracia a nadie.
No vayáis a creer tampoco que no ser cobarde es ser en extremo
revoltoso, y subirse por todas partes, y estropearlo todo y exponerse
a romperse la cabeza haciendo diabluras, y pegar a otros niños,
o hacer sufrir martirio al gato, sin miedo a un arañazo,
que el animal más manso dará regularmente si se le
apura la paciencia y se abusa de su bondad maltratándole.
Los niños han de ser sufridos y animosos en las enfermedades
que Dios les envía, y agradecer los tiernos cuidados, la
incomparable solicitud de sus buenas madres, que sufren mucho más
que ellos mismos cuando los ven enfermos.
Andando el tiempo, cuando sean hombres, [31] ya echarán de
menos estos exquisitos cuidados que no hay gratitud ni sacrificios
bastantes con qué pagarlos.
Así, pues, cuando estéis enfermos y se acerquen vuestras
madres cariñosas a daros la medicina, tomadla obedientes,
tomadla agradecidos, tomadla, aunque sea muy mala de tomar, sin
la menor repugnancia, como un bálsamo reparador que os da
un ángel... Una madre no puede dar a su hijo más que
aquello que ha de hacerle bien.
La flaca naturaleza está sujeta a gran número de enfermedades;
todos tenemos que sufrirlas, y sufrirlas con resignación,
porque no está en nuestra voluntad evitarlas, sobre todo
en la infancia.
En la edad madura es posible evitar muchos males, teniendo buen
método de vida y buenas costumbres. Y a que tengáis
estas buenas costumbres cuando seáis hombres han de dirigirse
todos los esfuerzos de vuestras madres, acostumbrándoos desde
niños al método, a la higiene, a no tener miedo al
frío ni al calor, al estudio alternado con el recreo, a la
limpieza y al ejercicio prudente y ordenado de todas vuestras facultades.
De esta suerte se forman los caracteres serenos, enteros, viriles,
que en todas las circunstancias [32] de la vida demuestran juicio,
prudencia y fortaleza, y arrostran con alta cara los peligros, y
son útiles a la humanidad.
Seguid, niños, el consejo de vuestros padres, que siempre
quieren vuestro bien, y no hagáis nada que ellos no sepan,
que ellos no crean bueno y conveniente. Y no olvidéis que
la cobardía, la pusilanimidad y el encogimiento oscurecen
toda otra buena cualidad que tengáis, y no pueden proporcionaros
más que el desvío, la aversión, la antipatía
de las gentes. [33]
La abeja y la mosca
(Pensamiento de Fenelón.)
Cuéntase que una tarde
encontrose una abeja
con que una mosca había
dentro de la colmena.
-«¿Qué haces aquí? le dijo, 5
¿cómo te atreves, necia,
a profanar la casa
de las que somos reinas
de todos los insectos
que existen en la tierra? 10
¡Fuera de aquí, o la vida
te arrancaré!»
-«Soberbia,
dijo la mosca, vienes,
y no te recomienda
esa altivez indigna 15 [34]
con que así me desprecias.»
-«¿Y qué más que desprecio
has de inspirarme? ¡Ea!
No más nuestro palacio
profane tu presencia. 20
Amigas de las flores
nos llaman en la Grecia,
el hombre con esmero
nos cuida y nos festeja,
que somos de la tribu 25
digna de fama eterna
que el nombre de melífera
con alto orgullo ostenta.
Las flores más preciadas
nuestro cariño anhelan, 30
y nuestro fruto es rico
incomparable néctar.
Tú, mosca miserable,
que sin objeto vuelas,
y de lo más inmundo 35
que encuentras te alimentas,
que fruto nunca has dado
y no hallas quien te quiera,
a todo el mundo cansas
y enojas y molestas 40
y tu existencia inútil
a nadie le interesa.»
-«Tienes razón en eso,
le contestó discreta
la pobre mosca triste; 45
es grande mi pobreza, [35]
y a vida miserable
la suerte me condena;
pero esto no es un vicio
como tu gran soberbia. 50
Muy dulce es vuestro fruto,
y nadie te lo niega,
mas nada iguala al daño
que hace la sabia abeja,
y condición menguada 55
no la hay como la vuestra;
con torpe alevosía
al que a vosotros llega
vuestro aguijón le hiere
con singular fiereza: 60
por tu soberbia insana
no cambio mi modestia.» [37]
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