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Cumbres Borrascosas
Emily Brontë
CAPÍTULO PRIMERO
He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me
figura que ese solitario vecino va a inquietarme por más
de una causa. En este bello país, que ningún misántropo
hubiese podido encontrar más agradable en toda Inglaterra,
el señor Heathcliff y yo habríamos hecho una pareja
ideal de compañeros.
Porque ese hombre me ha parecido extraordinario. Y eso que no mostró
reparar en la espontánea simpatía que me inspiró.
Por el contrario, metió los dedos más profundamente
en los bolsillos de su chaleco y sus ojos desaparecieron entre sus
párpados cuando me oyó pronunciar mi nombre y preguntarle:
-¿El señor Heathcliff?
Él asintió con la cabeza.
-Soy Lockwood, su nuevo inquilino. Le visito para decirle que supongo
que mi insistencia en alquilar la «Granja de los Tordos»
no le habrá causado molestia.
-Puesto que la casa es mía -respondió apartándose
de mí- no hubiese consentido que nadie me molestase sobre
ella, si así se me antojaba. Pase.
Rezongó aquel «pase» entre dientes, con aire
tal como si quisiera mandarme al diablo. Ni tocó siquiera
la puerta en confirmación de lo que decía. Esto bastó
para que yo resolviese entrar, interesado por aquel sujeto, al parecer
más reservado que yo mismo. Y como mi caballo empujase la
barrera, él soltó la cadena de la puerta y me precedió,
con torvo aspecto, hacia el patio, donde dijo a gritos:
-¡José! ¡Llévate el caballo de este señor
y danos vino!
Puesto que ambas órdenes se dirigían a un solo criado,
juzgué que toda la servidumbre se reducía a él.
Por eso entre las baldosas del patio medraban hierbajos y los setos
estaban sin recortar, sólo mordisqueadas sus hojas por el
ganado.
José era hombre entrado en años, aunque sano y fuerte.
Lanzó un contrariado «¡Dios nos valga!»
y, mientras se llevaba el caballo, me miró con tanta malignidad
que preferí suponer que impetraba el socorro divino para
digerir bien la comida y no con motivo de mi presencia.
A la casa donde vivía el señor Heathcliff se la llamaba
«Cumbres Borrascosas» en el dialecto local. El nombre
traducía bien los rigores que allí desencadenaba el
viento cuando había tempestad. Ventilación no faltaba
sin duda. Se advertía lo mucho que azotaba el aire en la
inclinación de unos pinos cercanos y en el hecho de que los
matorrales se doblegaban en un solo sentido, como si se prosternasen
ante el sol. El edificio era sólido, de espesos muros a juzgar
por lo hondo de las ventanas, y protegidos por grandes guardacantones.
Parándome, miré los ornamentos de la fachada. Sobre
la puerta, una inscripción decía «Hareton Earnshaw,
15OO». Aves carniceras de formas extrañas y niños
en posturas lascivas enmarcaban la inscripción. Aunque me
hubiese gustado comentar todo aquello con el rudo dueño de
la casa, no quise aumentar con esto la impaciencia que parecía
evidenciar mientras me miraba desde la puerta como instándome
a que entrase de una vez o me marchara.
Por un pasillo llegamos al salón que en la comarca llaman
siempre «la casa», y al que no preceden otras piezas.
Esa sala suele abarcar comedor y cocina, pero yo no vi cocina, o
mejor dicho no vi signos de que en el enorme larse guisase nada.
Pero en un ángulo oscuro se percibía rumor de cacharros.
De las paredes no pendían cazuelas ni utensilios de cocina.
En un rincón se levantaba un aparador de roble con grandes
pilas de platos, sin que faltasen jarras y tazas de plata. Encima
del aparador había tortas de avena y perniles
curados de vaca, cerdo y carnero. Colgaban sobre la chimenea escopetas
viejas, de cañones herrumbrosos y unas pistolas de arzón.
Se veían encima del mármol tres tarros de vivo colorido.
El suelo era de piedra lisa y blanca. Había sillas de forma
antigua, pintadas de verde, con altos respaldos.
En los rincones se acurrucaban perros. Una hembra con sus cachorros
se escondía bajo el aparador.
Todo era muy propio de la morada de uno de los campesinos de la
región, gente recia, tosca, con calzón corto y polainas.
Esas salas y esos hombres sentados en ellas ante un jarro de cerveza
espumeante abundan en el país, mas Heathcliff contrastaba
mucho con el ambiente. Por lo moreno, parecía un gitano,
pero tenía las maneras y la ropa de un hombre distinguido
y, aunque algo descuidado en su indumentaria, su tipo era erguido
y gallardo.
Dijeme que muchos le tendrían por soberbio y grosero y que,
sin embargo, no debía ser ninguna de ambas cosas. Por instinto
imagine su reserva, hija del deseo de ocultar sus sentimientos.
Debía saber disimular sus odios y simpatías y juzgar
impertinente a quien se permitiera manifestarle los suyos.
Es probable que yo me aventurase mucho al atribuir a mi casero mi
propio carácter. Quizá él regateara su mano
al amigo ocasional, por motivos muy diversos. Tal vez mi carácter
sea único.
Mi madre solía decirme que yo nunca tendría un hogar
feliz y lo que me ocurrió el verano último parece
dar la razón a mi progenitora, porque, hallándome
en una playa donde pasaba un mes, conocí a una mujer bellísima,
realmente hechicera. Aunque nada le dije, si es cierto que los ojos
hablan, los míos debían delatar mi locura por ella.
La joven lo notó y me correspondió con una mirada
dulcísima. ¿Y qué hice? Declaro avergonzado
que rectifiqué, que me hundí en mí mismo como
un caracol en su concha y que cada mirada de la joven me hacía
alejarme más, hasta que ella, probablemente desconcertada
por mi actitud y
suponiendo haber sufrido un error, persuadió a su madre de
que se fuesen.
Esas brusquedades y cambios me han valido fama de cruel, sin que
nadie, no siendo yo mismo, sepa cuánto error hay en ello.
Heathcliff y yo nos sentamos silenciosos ante la chimenea. La perra,
separándose de sus cachorros, se acercó a mí,
fruncido el hocico y enseñando sus blancos dientes. Cuando
quise acariciarla emitió un gruñido gutural.
-Déjela -dijo Heathcliff haciendo coro a la perra con otro
gruñido y asestándole un puntapié-. No está
hecha a caricias ni se la tiene para eso.
Incorporóse, fue hacia una puerta lateral y gritó:
-¡José!
José masculló algo en el fondo de la bodega, mas no
apareció. Entonces su amo acudió en su busca.
Quedé solo con la perra y con otros dos mastines que me miraban
atentamente. No me moví, temeroso de sus colmillos, pero
pensé que la mímica no les molestaría y les
hice unas cuantas muecas. Fue una ocurrencia muy desgraciada, porque
la señora perra, ofendida sin duda por alguno de mis gestos,
se precipitó sobre mis pantalones. La repelí y me
di prisa a refugiarme tras de la mesa, acto que puso en acción
a todo el ejérito caniño. Hasta seis demonios en cuatro
patas confluyeron desde todos los rincones en el centro de la sala.
Mis talones y los faldones de mi levita fueron los más atacados.
Quise defenderme
con el hurgón de la lurnbre, pero no bastó y tuve
que pedir auxilio a voz en cuello.
Heathcliff y José subían con desesperada calma. La
sala era un infierno de ladridos y gritos, pero ellos no se apresuraban
nada en absoluto. Por suerte, una rolliza criada acudió más
deprisa, arremangadas las faldas, rojas las mejillas por la cercanía
del fogón, desnudos los brazos y en la mano una sartén,
merced a cuyos golpes, acompañados por varios denuestos,
se calmó en el acto la tempestad. Al entrar Heathcliff, ella,
agitada como el océano tras un huracán, campeaba en
medio de la habitación.
-¿Qué diablos ocurre? -preguntó mi casero con
tono que juzgué intolerable tras tan inhospitalario acontecimiento.
-De diablos es la culpa -respondí-. Los cerdos endemoniados
de los Evangelios no debían encerrar más espíritus
malos que sus perros, señor Heathcliff. Dejar a un forastero
entre ellos es igual que dejarle entre un rebaño de tigres.
-Nunca se meten con quien no les incomoda -dijo él-. La misión
de los perros es vigilar. ¿Un vaso de vino?
-No, gracias.
-¿Le han mordido?
-En ese caso lo habría conocido usted por lo que yo habría
hecho al que me mordiera.
-Vaya, vaya -repuso Heathcliff, con una mueca-. No se excite, señor
Lockwood, y beba un poco de vino.
En esta casa suele haber tan pocos visitantes que ni mis perros
ni yo acertamos a recibirles como merecen.
¡Ea, a su salud!
Comprendiendo que sería absurdo formalizarme por la agresión
de unos perros feroces, me calmé y correspondí al
brindis. Además se me figuró que mi casero se mofaba
de mí y no quise darle más razones de irrisión.
En cuanto a él, debió juzgar necio el tratar tan mal
a un buen inquilino, y, mostrándose algo menos conciso, empezó
a charlar de las ventajas e inconvenientes de la casa que me había
arrendado, lo que sin duda le parecía interesante para mí.
Opiné que hablaba con buen criterio y resolví decirle
que repetiría mi visita al día siguiente. Y, aun cuando
él no mostrara ningún entusiasmo al oírlo,
he decidido
volver. Me parece mentira comprobar lo amigo del trato social que
soy, por comparación al dueño de mi casa.
CAPÍTULO II
Ayer por la tarde hizo frío y niebla. Primero dudé
entre quedarme en casa, junto al fuego, o dirigirme, a través
de cenagales y yermos, a «Cumbres Borrascosas».
Pero después de comer (advirtiendo que como de una a dos,
ya que el ama de llaves, a la que acepté al alquilar la casa
como si fuese una de sus dependencias, no comprende, o no quiere
comprender, que ¿eseo comer a las cinco), al subir a mi cuarto,
hallé en él a una criada arrodillada ante la chimenea
y esforzándose en extinguir las llamas mediante masas de
ceniza con las que levantaba una polvareda infernal. Semejante espectáculo
me desanimó. Cogí el sombrero y tras una caminata
de cuatro millas llegué a casa de Heathcliff
en el preciso instante en que comenzaban a caer los primeros copos
de una nevada semilíquida.
El suelo de aquellas solitarias alturas estaba cubierto de una capa
de escarcha ennegrecida, y el viento estremecía de frío
todos mis miembros.
Al ver que mis esfuerzos para levantar la cadena que cerraba la
puerta de la verja eran vanos, saltó la valla, avancé
por el camino bordeado de groselleros, y golpeé con los nudillos
la puerta de la casa, hasta que me dolieron los dedos. Se oía
ladrar a los canes.
«Vuestra imbécil inhospitalidad merecía ser
castigada con el aislamiento perpetuo de vuestros
semejantes, ¡bellacos! -murmuré mentalmente-. Lo menos
que se puede hacer es tener abiertas las puertas durante el día.
Pero no me importa. He de entrar.»
Tomada esta decisión, sacudí con fuerza la aldaba.
La cara de vinagre de José apareció en una ventana
del granero.
-¿Qué quiere usted? -preguntó-. El amo está
en el corral. Dé la vuelta por el ángulo del establo.
-¿No hay quien abra la puerta?
-Nadie más que la señorita, y ella no le abriría
aunque estuviese usted llamando hasta la noche. Sería inútil.
-¿Por qué? ¿No puede usted decirle que soy
yo?
-¿Yo? ¡No! ¿Qué tengo yo que ver con
eso? -replicó, mientras se retiraba.
Espesábase la nieve. Yo empuñaba ya el aldabón
para volver a llamar, cuando un joven sin chaqueta y llevando al
hombro una horca de labranza apareció y me dijo que le siguiera.
Atravesamos un lavadero y un patio embaldosado en el que había
un pozo con bomba y un palomar, y llegamos a la habitación
donde el día anterior fui introducido. Un inmenso fuego de
carbón y leña la caldeaba, y, al lado de la mesa,
en la que estaba servida una abundante merienda, tuve la satisfacción
de ver a «la señorita», persona de cuya existencia
no había tenido antes noticia alguna. La saludé y
permanecí en pie, esperando que me invitara a
sentarme. Ella me miró y no se movió de su silla ni
pronunció una sola palabra.
-¡Qué tiempo tan malo! -comenté-. Lamento, señora
Heathcliff, que la puerta haya sufrido las consecuencias de la negligencia
de sus criados. Me ha costado un trabajo tremendo hacerme oír.
Ella no movió los labios. La miré atentamente, y ella
me correspondió con otra mirada tan fría, que resultaba
molesta y desagradable.
-Siéntese -gruñó el joven-. Heathcliff vendrá
enseguida.
Obedecí, carraspeé y llamé a Juno, la malvada
perra, que esta vez se dignó mover la cola en señal
de que me reconocía.
-¡Hermoso animal! -empecé-. ¿Piensa usted desprenderse
de los cachorrillos, señora?
-No son míos -dijo la amable joven con un tono aún
más antipático que el que hubiera empleado el propio
Heathcliff.
-Entonces, ¿sus favoritos serán aquéllos? -continué,
volviendo la mirada hacia lo que me pareció un cojín
con gatitos.
-Serían unos favoritos bastante extravagantes -contestó
la joven desdeñosamente.
Desgraciadamente, los supuestos gatitos eran, en realidad, un montón
de conejos muertos. Volví a carraspear, me aproxime al fuego
y repetí mis comentarios sobre lo desagradable de la tarde.
-No debía usted haber salido -dijo ella, mientras se incorporaba
y trataba de alcanzar dos de los tarros pintados que había
en la chimenea.
A la claridad de las llamas, pude distinguir por completo su figura.
Era muy esbelta, y al parecer apenas había salido de la adolescencia.
Estaba admirablemente formada y poseía la más linda
carita que yo hubiese contemplado jamás. Tenía las
facciones menudas, la tez muy blanca, dorados bucles que pendían
sobre su delicada garganta, y unos ojos que hubieran sido irresistibles
de haber ofrecido una expresión agradable.
Por fortuna para mi sensible corazon, aquella mirada no manifestaba
en aquel momento más que desdén y una especie de desesperación,
que resultaba increíble en unos ojos tan hermosos.
Como los tarros estaban fuera de su alcance, fui a ayudarla, pero
se volvió hacia mí con la airada expresion de un avaro
a quien alguien pretendiera ayudarle a contar su oro.
-No necesito su ayuda -dijo-. Puedo cogerlos yo sola.
-Dispense -me apresuré a contestar.
-¿Está usted invitado a tomar el té? -me preguntó.
Se puso un delantal sobre el vestido y se sentó.
Sostenía en la mano una cucharada de hojas de té que
había sacado del tarro.
-Tomaré una taza con mucho gusto -repuse.
-¿Está usted invitado? -repitió.
-No -dije, sonriendo-; pero nadie más indicado que usted
para invitarme.
Echó el té, con cuchara y todo, en el bote, volvió
a sentarse, frunció el entrecejo, e hizo un pucherito con
los labios como un niño a punto de llorar.
El joven, durante esta charla, se había puesto un andrajoso
gabán, y en aquel momento me miró como si hubiese
entre nosotros un resentimiento mortal. Yo dudaba de si aquel personaje
era un criado o no.
Hablaba y vestía toscamente, sin ninguno de los detalles
que Heathcliff presentaba de pertenecer a una clase superior. Su
cabellera castaña estaba desgreñadísima, su
bigote crecía descuidadamente y sus manos eran tan toscas
como las de un labrador. Pero, con todo, ni sus ademanes ni el modo
que tenía de tratar a la señora eran los de un criado.
En la duda, preferí no conjeturar nada sobre él.
Cinco minutos después, la llegada de Heathcliff alivió
un tanto la molesta situación en que me veía situado.
-Como ve, he cumplido mi promesa -dije con acento fingidamente jovial-
y temo que el mal tiempo me haga permanecer aquí media hora,
si quiere usted albergarme durante ese rato...
-¿Media hora? -repuso, mientras se sacudía los blancos
copos que le cubrían la ropa-. ¡Me asombra que haya
elegido usted el momento de una nevada para pasear! ¿No sabe
que corre el peligro de perderse en los pantanos? Hasta quienes
están familiarizados con ellos se extravían a veces.
Y le aseguro que no es probable que el tiempo mejore.
-Acaso uno de sus criados pudiera servirme de guía. Se quedaría
en la «Grania» hasta mañana. ¿Puede proporcionarme
uno?
-No, no me es posible.
-Pues entonces habré de confiar en mis propios medios...
-¡Hum!
-¿Qué? ¿Haces el té o no? -preguntó
el joven del abrigo haraposo, separando su mirada de mí,
para dirigirla a la mujer.
-¿Le damos a ese señor? -preguntó ella a Heathcliff.
-Vamos, termina, ¿no?
Había hablado de una forma que delataba una naturaleza auténticamente
perversa. No sentí desde aquel momento inclinación
alguna a considerar a aquel hombre como un individuo extraordinario.
Cuando el té estuvo preparado, Heathcliff dijo:
-Acerque su silla, señor Lockwood.
Todos nos sentamos a la mesa, incluso el burdo joven. Un silencio
absoluto reinó mientras comíamos.
Me pareció que, puesto que yo era el responsable de aquel
nublado, debía ser también quien lo disipase.
Aquella taciturnidad que mostraban no debía ser su modo habitual
de comportarse. Por lo tanto, comenté:
-Es curioso el considerar qué ideas tan equivocadas solemos
formar a veces sobre el prójimo. Mucha gente no podría
imaginar que fuese feliz una persona que llevara una vida tan apartada
del mundo como la suya, señor Heathcliff. Y, sin embargo,
usted es dichoso, rodeado de su familia, con su amable esposa, que,
como un ángel tutelar, reina en su casa y en su corazón...
-¿Mi amable esposa? -interrumpió con diabólica
sonrisa-. ¿Y dónde está mi amable esposa, señor?
-Hablo de la señora de Heathcliff --contesté, molesto.
-¡Ah, ya! Quiere usted decir que su espíritu, después
de desaparecido su cuerpo, se ha convertido en mi ángel de
la guarda, y custodia «Cumbres Borrascosas». ¿No
es eso?
Me di cuenta de la necedad que había dicho y quise rectificarla.
Debía haberme dado cuenta de la mucha edad que llevaba a
la mujer, antes de suponer como cosa segura que fuera su esposa.
Él contaba alrededor de cuarenta años, y en esa edad
en que el vigor mental se mantiene incólume, no se supone
nunca que las muchachas se casen con nosotros por amor. Semejante
ilusión está reservada a la ancianidad. En cuanto
a la joven, no representaba arriba de diecisiete años.
De pronto, como un relámpago, surgió en mí
esta idea: «El grosero personaje que se sienta a mi lado,
bebiendo el té en un tazón y comiendo el pan con sus
sucias manos, es tal vez su marido. Éstas son las consecuencias
de vivir lejos del mundo: ella ha debido casarse con este patán
creyendo que no hay otros que valgan más que él. Es
lamentable. Y yo debo procurar que, por culpa mía, no vaya
a arrepentirse de su elección.»
Una ocurrencia tal podrá parecer vanidosa, pero era sincera.
Mi vecino de mesa presentaba un aspecto casi repulsivo, mientras
que me constaba por experiencia que yo era pasablemente agradable.
-Esta joven es mi nuera -dijo Heathcliff, en confirmación
de mis suposiciones. Y, al decirlo, la miro con expresión
de odio.
-Entonces, el feliz dueño de la hermosa hada, es usted -comenté,
volviéndome hacia mi vecino.
Con esto mis palabras acabaron de poner las cosas mal. El joven
apretó los puños, con evidente intención de
atacarme. Pero se contuvo, y desahogó su ira en una brutal
maldición que me concernía, pero de la que tuve a
bien no darme por aludido.
-Anda usted muy desacertado -dijo Heathcliff-. Ninguno de los dos
tenemos la suerte de ser dueños de la buena hada a quien
usted se refiere. Su esposo ha muerto. Y, puesto que he dicho que
era mi nuera, debe ser que estaba casada con mi hijo.
-De modo que este joven, es...
-Mi hijo, desde luego, no.
Y Heathcliff sonrió, como si fuera un disparate atribuirle
la paternidad de aquel oso.
-Mi nombre es Hareton Earnshaw -gruñó el otro y le
aconsejo que lo pronuncie con el máximo respeto.
-Creo haberlo respetado -respondí, mientras me reía
íntimamente de la dignidad con que había hecho su
presentación aquel extraño sujeto.
Él me miró durante tanto tiempo y con tal fijeza,
que me hizo experimentar deseos de abofetearle o de echarme a reir
en sus propias narices. Comenzaba a sentirme a disgusto en aquel
agradable círculo familiar.
Tan ingrato ambiente neutralizaba el confortable calor que físicamente
me rodeaba, y resolví no volver en mi vida.
Concluida la colación, y en vista de que nadie pronunciaba
una palabra, me acerqué a la ventana para ver el tiempo que
hacía. El espectáculo era muy desagradable: la noche
caía prematuramente y torbellinos de viento y nieve barrían
el paisaje.
-Creo que sin alguien que me guíe, no voy a poder volver
a casa -exclamé, incapaz de contenerme-. Los caminos deben
estar borrados por la nieve, y aunque no lo estuvieran, es imposible
ver a un pie de distancia.
-Hareton -dijo Heathcliff-, lleva las ovejas a la entrada del granero,
y pon un madero delante. Si pasan la noche en el corral, amanecerán
cubiertas de nieve.
-¿Cómo me arreglaré? continué, sintiendo
que mi irritación aumentaba.
Pero nadie contestó a esta pregunta. Paseé la mirada
a mi alrededor y no vi más que a José, que traía
comida para los perros, y a la señora Heathcliff que, inclinada
sobre el fuego, se entretenía en quemar un paquete de fósforos
que habían caído de la repisa de la chimenea al volver
a poner el bote de té en su sitio.
José, después de vaciar el recipiente en que traía
la comida de los animales, gruñó:
-Me maravilla que se quede usted ahí como un pasmarote cuando
los demás se han ido... Pero con usted no valen palabras.
Nunca se corregirá de sus malas costumbres, y acabará
yéndose al infierno de cabeza, como su madre.
Creí que aquel comentario iba dirigido a mí, y me
adelanté hacia el viejo bribón con el firme propósito
de darle de puntapiés y obligarle a que se callara. Pero
la señora Heathcliff se me adelantó
-¡Viejo hipócnta! ¿No temes que el diablo te
lleve cuando pronuncias su nombre? Te advierto que se lo pediré
al demonio como especial favor si no dejas de provocarme. ¡Y
basta! Mira -agregó, sacando un libro de un estante-: Cada
vez progreso más en la magia negra. Muy pronto seré
maestra en la ciencia oculta. Y, para que te enteres, la vaca roja
no murió por casualidad, y tu reumatismo no es una prueba
de la bondad de la Providencia...
-¡Cállese, perversa! -clamó el viejo-. ¡Dios
nos libre de todo mal!
-¡Estás condenado, réprobo! Sal de aquí
si no quieres que te haga un mal de veras. Voy a modelar muñecos
de barro o de cera que os reproduzcan a todos, y al primero que
se extralimite .... ya verás lo que le haré... Se
acordará de mí... Vete... ¡Que te estoy mirando!
Y la linda bruja puso tal expresión de malignidad en sus
ojos, que José salió precipitadamente, rezando y temblando,
mientras murmuraba:
-¡Malvada, malvada!
Presumí que la joven había querido gastar al viejo
una broma lúgubre y, en cuanto nos quedamos solos, quise
interesarla en mi cuita.
-Señora Heathcliff -dije con seriedad-: perdone que la moleste.
Una mujer con una cara como la de usted tiene necesariamente que
ser buena. Indíqueme alguna señal, algún jalón
de límite de propiedades que me sirvan para conocer el camino
de mi casa. Tengo tanta idea de por donde se va a ella como la que
usted pueda tener de por donde se va a Londres.
-Vuélvase por el mismo camino que vino -me contestó,
sentándose en una silla, y poniendo ante sí el libro
y una bujía-. El consejo es muy simple, pero no puedo darle
otro mejor.
-En ese caso, si mañana le dicen que me han hallado muerto
en una ciénaga o en un hoyo lleno de nieve, ¿no le
remorderá la conciencia?
-¿Por qué había de remorderme? No puedo acompañarle.
Ellos no me dejarían ni siquiera ir hasta la verja.
-¡Oh! Yo no le pediría por nada del mundo que saliese,
para conveniencia mía, en una noche como ésta.
No le pido que me enseñe el camino, sino que me lo indique
de palabra o que convenza al señor Heathcliff de que me proporcione
un guía.
-¿Un guía? En la casa no hay nadie más que
él mismo, Hareton, Zillah, José y yo. ¿A quién
elige usted?
-¿No hay mozos en la granja?
-No hay más gente que la que le digo.
-Entonces me veré obligado a quedarme hasta mañana.
-Eso es cosa de usted y de Heathcliff. Yo no tengo nada que ver
con eso.
-Confío en que esto le sirva de lección para hacerle
desistir de dar paseos -gritó la voz de Heathcliff desde
la cocina-. Yo no tengo alcobas para los visitantes. Si se queda,
tendrá que dormir con Hareton o con José en la misma
cama.
-Puedo dormir en este cuarto en una silla -repuse.
-¡Oh, no! Un forastero, rico o pobre, es siempre un forastero.
No permitiré que nadie haga guardia en la plaza cuando yo
no estoy de servicio -dijo el miserable.
Mi paciencia llegó a su límite. Me precipité
hacia el patio, lanzando un juramento, y al salir tropecé
con Earnshaw. La oscuridad era tan profunda, que yo no atinaba con
la salida, y mientras la buscaba, presencié una muestra del
modo que tenían de tratarse entre sí los miembros
de la familia. Parecía que el joven al principio se sentia
inclinado a ayudarme, porque les dijo:
-Le acompañaré hasta el parque.
-Le acompañarás al diablo -exclamó su pariente,
señor o lo que fuera-. ¿Quién va a cuidar entonces
de los caballos?
-La vida de un hombre vale más que el cuidado de los caballos...
-dijo la señora Heathcliff con más amabilidad de la
que yo esperaba-. Es necesariamente preciso que vaya alguien...
-Pero no lo haré por orden tuya -se apresuró a responder
Hareton-. Más valdrá que te calles.
-Bueno, pues entonces, ¡así el espíritu de ese
hombre te persiga hasta tu muerte, y así el señor
Heathcliff no encuentre otro inquilino para su «Granja»
hasta que ésta se caiga a pedazos! -dijo ella con malignidad.
-¡Está echando maldiciones! -murmuró José,
hacia quien yo me dirigía en aquel momento.
El viejo estaba sentado y ordeñaba las vacas a la luz de
una linterna. Se la quité y diciéndole que se la devolvería
al día siguiente, me precipité hacia una de las puertas.
-¡Señor, señor, me ha robado la linterna! -gritó
el viejo corriendo detrás de mí-. ¡Gruñón,
Lobo! ¡Duro con él! Cuando yo abría la puertecilla
a la que me había dirigido, dos peludos monstruos se arrojaron
a mi garganta, haciéndome caer. La luz se apagó. Mi
humillación y mi ira llegaron al paroxismo.
Afortunadamente, los animales se contentaban con arañar el
suelo, abrir las fauces y mover las colas. Pero no me permitían
levantarme, y hube de permanecer en el suelo hasta que a sus villanos
dueños se les antojó. Cuando estuve de pie, conminé
a aquellos miserables a que me dejasen salir, haciéndoles
responsables de lo que sucediera si no me atendían, y lanzándoles
apóstrofes que en su desordenada violencia evocaban los del
rey Lear.
En mi exaltación nerviosa, comencé a sangrar por la
nariz. Heathcliff seguía riendo y yo gritando. No sé
cómo hubiera terminado todo aquello, a no haber intervenido
una persona más serena que yo y más bondadosa que
Heathcliff. Zillah, la robusta ama de llaves, apareció para
ver lo que sucedía. Y, suponiendo que alguien me había
agredido, y no osando increpar a su amo, dirigió los tiros
de su artillería verbal contra el mozo.
-No comprendo, señor Earnshaw -exclamó-, qué
resentimientos tiene usted contra ese semejante suyo.
¿Va usted a asesinar a las gentes en la propia puerta de
su casa? ¡Nunca podré estar a gusto aquí! ¡Pobre
muchacho! Está a punto de ahogarse. ¡Chist, chist!
No puede usted irse en ese estado. Venga, que voy a curarle. Quieto,
quieto...
Mientras hablaba así, me vertió sobre la nuca un recipiente
lleno de agua helada, y luego me hizo pasar a la cocina. El señor
Heathcliff, vuelto a su habitual estado de mal humor después
de su explosión de regocijo, nos seguía.
El desmayo que yo sentía como secuela de todo lo sucedido
me obligó a aceptar alojamiento entre aquellos muros. Heathcliff
mandó a Zillah que me diese un vaso de aguardiente, y entró
en una habitación interior. La criada, después de
traerme la bebida, que me entonó mucho, me condujo a un dormitorio.
CAPÍTULO III
Cuando la sirvienta me precedía por las escaleras, me aconsejó
que tapase la bujía y procurase no hacer ruido, porque su
amo tenía ideas extrañas acerca del cuarto donde ella
iba a instalarme, y no le agradaba que nadie durmiese en él.
Le pregunté los motivos, pero me contestó que sólo
llevaba en la casa dos años, y que había visto tantas
cosas raras, que ya no le quedaban ganas de curiosidades.
En lo que me concernía, la estupefacción no me dejaba
lugar a la curiosidad. Cerré, pues, la puerta y busqué
el lecho. Los muebles se reducían a una percha, una silla
y una enorme caja de roble, con aberturas laterales a manera de
ventanillas. Me aproximé a tan extraño mueble, y me
cercioré de que se trataba de una especie de lecho antiguo,
sin duda destinado a suplir la falta de una habitación separada
para cada miembro de la familia. Formaba de por sí una pequeña
habitación, y el alféizar de la ventana, contra cuya
pared estaba arrimado el lecho, hacía las veces de mesilla.
Hice correr una de las tablas laterales, entré llevando la
luz, cerré y sentí la impresión de que me hallaba
a cubierto de la vigilancia de Heathcliff o de otro cualquiera de
los habitantes de la casa.
Deposité la bujía en el alféizar de la ventana.
Había allí, en un ángulo, varios libros polvorientos,
y la pared estaba cubierta de escritos que habían sido trazados
raspando la pintura. Aquellos escritos se reducían a un nombre:
«Catalina Earnshaw», repetido una vez y otra en letras
de toda clase de tamaños. Pero el apellido variaba a veces,
y en vez de «Catalina Earnshaw», se leía en algunos
sitios «Catalina Heathcliff » o «Catalina Linton».
Sintiéndome muy cansado, apoyé la cabeza contra la
ventana y empecé a murmurar: «Catalina Earnshaw, Heathcliff,
Linton ... » Los ojos se me cerraron, y antes de cinco minutos
creí ver alzarse en la oscuridad una multitud de letras blancas,
como lívidos espectros. El aire parecía lleno de «Catalinas».
Me incorporé, esperando alejar así aquel nombre que
acudía a mi cerebro como un intruso, y entonces vi que el
pabilo de
la bujía había caído sobre uno de los viejos
libros, cuya cubierta empezaba a chamuscarse saturando el ambiente
de un fuerte olor a piel de becerro quemada. Me apresuré
a apagarlo, y me senté. Sentía frío y un ligero
mareo. Cogí el tomo chamuscado por la vela y lo hojeé.
Era una vieja Biblia, que olía a apolillado, y sobre una
de cuyas hojas, que estaba suelta, leí: «Este libro
es de Catalina Earnshaw» y una fecha de veinticinco años
atrás. Cerré el volumen, y cogí otro y luego
varios más. La biblioteca de Catalina era escogida, y lo
estropeados que estaban los tomos demostraba que habían sido
muy usados, aunque no siempre para los fines propios de un libro.
Los márgenes blancos de cada hoja estaban cubiertos de
comentarios manuscritos, algunos de los cuales constituían
sentencias aisladas. Otros eran, al parecer, retazos de un diario
mal pergeñado por la torpe mano de un niño. Encabezando
una página sin imprimir, descubrí, no sin regocijo,
una magnífica caricatura de José, diseñada
burdamente, pero con enérgicos trazos. Sentí un vivo
interés hacia aquella desconocida Catalina, y traté
de descifrar los jeroglíficos de su letra.
¡Qué doming tan malo! -decía uno de los párrafos--.
¡Cuánto daría porque papá estuviera aquí
... !
Hindley le sustituye muy mal y se porta atrozmente con Heathcliff.
H. y yo vamos a tener que rebelarnos:
esta tarde comenzamos a hacerlo...
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