|
Fabiola : drama
en tres actos y en prosa
Núñez Rodríguez, Carmen
Índice
Fabiola
Drama en tres actos y en prosa
Acto I
Acto II
Acto III
[2]
PERSONAJES
FABIOLA, noble dama romana.
INÉS, de catorce años, prima suya.
SYRA Joven cristiana. Esclavas al servicio de Fabiola.
AFRA
GRAIA
CECILIA, ciega mendiga, mensajera de los cristianos.
EMERENCIANA, hermana adoptiva y protegida de Inés.
EUFROSINA, anciana criada de Fabiola.
Grupo de jóvenes. Esclavas. Guardias.
La escena pasa en Roma. Época del emperador Diocleciano.
[3]
Acto I
Escena I
Lujoso cuarto-tocador en casa de FABIOLA. Sobre la mesa, varios
enseres, entre ellos un pequeño puñal con mango de
oro.
FABIOLA, SYRA, AFRA, GRAIA.
FABIOLA, sentada en un sillón. Sus esclavas, en pie alrededor
suyo.
AFRA.- ¡Qué hermosa estáis, señora! Nada
puede igualar al brillo de vuestros ojos, que hace resaltar el blanco
mate de vuestra tez, más deslumbrante aún por la nueva
preparación que con tanto trabajo he obtenido. El efecto
que vais a producir esta tarde será sorprendente.
GRAIA.- Pues ¿y la elegancia natural de vuestro talle, que
esta preciosa túnica modela tan admirablemente? En su confección
he trabajado sin descanso noche y día; pero mis desvelos
están bien recompensados al ver su efecto encantador. De
seguro que no hay en Roma otra parecida, ni puede haber dama que
os iguale en elegancia. ¡Si yo pudiera desde un rincón
ver cuánto os celebrarán!
FABIOLA.- ¿Y tú, Syra, nada deseas? ¿Nada tienes
que encarecer de tus obras?
SYRA.- Nada deseo, señora, sino que seáis feliz. Nada
tengo que encarecer de mis servicios, porque no hago más
que cumplir con mi deber.
FABIOLA.- ¡Hola, esclava! No eres muy dada a las alabanzas.
Nunca escucho de tus labios una palabra lisonjera.
SYRA.- ¿Y de qué sirve la lisonja en boca de una pobre
sierva? Vos, sin duda, las despreciáis al escucharlas.
FABIOLA.- ¿Y no sabes que aunque las desprecie, si ese es
[4] mi gusto, debes hacerlo? Te he comprado a muy alto precio, y
tengo tanto derecho al servicio de tu lengua como al de tus brazos.
Si quiero que me alabes, y me lisonjees, y celebres mis hechos,
quieras o no, debes hacerlo. Tu vida me pertenece.
SYRA.- Tenéis razón, señora. Debo serviros
con todas mis fuerzas, porque os pertenece mi vida, mi cuerpo y
con él las sus facultades. Pero hay algo en mí que
no podría comprarse con todo el oro del mundo.
FABIOLA.- (Con ironía.) ¿Y qué objeto es ese
tan precioso que posee mi esclava Syra?
SYRA.- Un alma inmortal, señora.
FABIOLA.- ¿Un alma... inmortal..., has dicho? ¿Y qué
entiendes por eso?
SYRA.- Un espíritu inmortal que vive en mí, capaz
de conocer el bien y el mal; el bien, para seguirle y amarle eternamente;
el mal, para apartarme de él; por eso huyo de la lisonja
y de la mentira.
FABIOLA.- ¿Y quién te ha enseñado esas locuras?
¿Dónde has aprendido a hablar de ese modo? Yo, que
tanto he estudiado, jamás he visto en mis libros semejantes
ideas. ¿Y una esclava sin educación pretende saber
más que su señora? ¿Cómo puedes figurarte
que cuando tu cadáver haya sido arrojado a la fosa común
en compañía de otros mil, o quemado en una hoguera,
has de sobrevivir?
SYRA.- No todo muere, señora. Espero y creo firmemente, que
del osario mismo que has descrito saldrá cada partícula
de ni cuerpo para volver a reunirse y formarse; y un poder que llamará
a sí a los cuatro vientos del cielo les hará devolver
cada átomo de mi polvo, y resucitaré, no como esclava
tuya, ni de nadie, sino libre, inmortal, gloriosa y adornada de
dotes celestiales.
FABIOLA.- Absorta me deja, esclava, tu manera de discurrir. ¿En
qué escuela, di, aprendiste esos contrasentidos? Nunca he
oído nada de eso en los autores griegos ni latinos.
SYRA.- En una de mi propio país, en donde no hay distinción
conocida entre sabios e ignorantes ni entre libres ni esclavos.
FABIOLA.- ¡Hola! ¿Conque sin esperar siquiera esa futura
existencia después de la muerte presumes ser igual a mí?
¿Si pretenderás también serme superior? Vamos,
ven y dímelo de una vez. [5]
SYRA.- Señora mía, vos me sois muy superior en poder,
en riquezas, en talento y en dotes naturales; pero si he de contestar
ingenuamente..., ¿cómo me puedo creer inferior en
dignidad moral ni en grandeza de pensamientos, yo, que espero una
vida gloriosa e inmortal, a la que no aspira a más altos
destinos, ni piensa tener más noble fin que el que aguarda
a los brutos de la tierra?
FABIOLA.- ¡Insolente! ¿Eso te atreves a decirme?
(Tomando el puñal de la mesa va a herir a SYRA, que lanza
un grito. Las otras esclavas huyen despavoridas por la izquierda,
y por derecha entra INÉS vestida de blanco, con el cabello
suelto.)
Escena II
FABIOLA, SYRA, INÉS.
INÉS.- Querida Fabiola, ¡qué agitada te encuentro!
¿Qué te sucede?
FABIOLA.- Nada... Acabo de castigar la insolencia de una esclava
atrevida y... tal vez me he excedido en el castigo. Vete, Syra;
no quise hacerte tanto daño. Di a Eufrosina que te cure la
herida, y... ¡toma en recompensa!
(Se quita una sortija y se la da. Vase SYRA.)
Escena III
Dichas, menos SYRA. Después, una esclava.
INÉS.- Pero ¿qué daño te ha hecho esa
pobre esclava para ser castigada de ese modo? ¡Y por ti, prima
mía, que tienes un buen corazón!
FABIOLA.- ¡Qué quieres!... Me dejé llevar de
un arrebato. Ha sido atrevida hasta el extremo. ¡Figúrate
que pretende ser superior a mí!
INÉS.- ¿Superior a ti?... ¿Y en qué
sentido?
FABIOLA.- Me concede las ventajas de la hermosura, de las riquezas
y del talento; pero pretende que después de la muerte [6]
ha de vivir de una manera gloriosa, felicísima y esto me
humilla a mí, pues mis ventajas han de concluir con el tiempo.
INÉS.- ¡Qué lástima, prima mía!
¡Qué lástima que la muerte venga a convertir
en polvo tu belleza y apague con su hálito helado la antorcha
luminosa de tu talento, sin que sobreviva nada..., nada!
FABIOLA.- Esa esclava dice que posee un alma inmortal, pero...
INÉS.- ¡Si fuera verdad! ¡Qué hermosa
sería el alma de mi querida Fabiola! ¡Qué adornada
de dotes y de gracia estaría!
FABIOLA.- ¡Niña! Tienes una dulzura y encanto en tus
palabras irresistible; pero... esas son ideas orientales...
INÉS.- Prima mía, ¿por qué no ha de
ser verdad? ¿Por qué no hemos de habitar algún
día esa región de luz, de paz y de bienandanza, en
donde no hay ninguno de los males de esta vida y donde es eterna
la dicha y la felicidad?
UNA ESCLAVA.- (En la puerta.) Señora: su padre la llama.
Los convidados esperan en la mesa. (Vase.)
FABIOLA.- Vamos, querida Inés. ¿No me acompañas?
INÉS.- No. Prefiero quedarme aquí aguardando tu vuelta,
pero no olvides nuestra conversación. ¡Qué dicha
si habitásemos juntas esa región tan hermosa!, ¡tan
hermosa!
FABIOLA.- (Sonriendo.) Bien. Si tú me guías, iré
gustosa; pero si en ella hay ángeles, tú debes ser
uno. Adiós, prima
INÉS.- Pues iré delante de ti para abrirte el camino.
Adiós.
(Sale FABIOLA.)
(Por el lado opuesto entra SYRA con el brazo vendado. INÉS,
al verla, se levanta y va hacia ella.)
Escena IV
INÉS y SYRA.
INÉS.- Querida Syra, ¡es posible que tan cruel tratamiento
hayas recibido! Pero no sucederá más en adelante.
Voy a rogar a mi prima que me permita llevarte a mi casa, y allí
no serás esclava. Serás lo que eres delante de Dios:
mi hermana, mi hermana muy querida. [7]
SYRA.- ¡Gracias, mi querida señora Inés! ¡Gracias!,
pero no puedo aceptar. El brazo está ya vendado y creo que
esto no será nada.
INÉS.- Pero te expones a sufrir de nuevo malos tratos como
el de hoy. Mi prima tiene buen corazón; mas su carácter
arrebatado no ha podido ser reprimido por principios de moralidad;
y su educación, descuidada en esta parte, produce sus tristes
efectos, aunque después lo sienta.
SYRA.- No importa: lo sufriré. Debo sufrirlo sin apartarme
de mi lugar. ¿Quién sabe? A veces la Providencia se
vale de los instrumentos más inútiles, y tal vez me
ha colocado aquí con algún fin.
INÉS.- (Con ansia.) Habla, Syra, explícate. ¿Qué
pretendes? ¿Qué piensas?
SYRA.- Hace tiempo que vengo observando a vuestra noble prima. ¡Qué
alma tan grande y qué brillante inteligencia la suya! ¡Qué
hermosas cualidades y qué altos conocimientos si reflejasen
la luz de la verdad! ¡Con qué cuidado guarda la preciosa
perla de la virtud, cuyo valor sólo nosotras conocemos! ¡Qué
gran cristiana sería!
INÉS.- Prosigue, por amor de Dios... ¿Lo esperas,
Syra?
SYRA.- Este es al menos el objeto de todas mis plegarias, la ocupación
constante de mi vida. Probaré a vencerla con mi paciencia,
con mi asiduidad, con discusiones como la que hoy hemos tenido.
INÉS.- Muy difícil me parece. Mucho ha de costar.
Fabiola aborrece y desprecia a los cristianos, de los que tiene
la más equivocada idea. Yo misma, a pesar de toda su ternura,
jamás me he atrevido a revelarle que soy cristiana.
SYRA.- Cuando esté todo agotado tengo aún otro recurso.
INÉS.- ¿Y cuál es ése?
SYRA.- El de dar mi vida por su conversión. Quizás
acepte Dios mi sacrificio, aunque mi vida nada vale. Pero dejadme
aquí, querida señora.
INÉS.- (Levanta al cielo los ojos y permanece un instante
en silencio. Después dice.) Sí; vencerás, hermana
Syra. Permanece en tu puesto. Tan generoso valor ha de alcanzar
su triunfo.
SYRA.- Sobre todo, si vos me ayudáis con vuestras oraciones.
[8]
Escena V
Dichas y CECILIA.
CECILIA.- (Entrando.) ¡Syra! ¡Syra! ¿Estás
sola?
SYRA.- (La coge de la mano y la conduce a un asiento.) No. Está
aquí nuestra querida protectora Inés. Pero ¿qué
traes, querida Cecilia? Vienes muy agitada.
CECILIA.- Traigo un aviso de la mayor importancia, y me alegro de
que esté aquí nuestra querida señora Inés,
porque es una de las primeras que deben saberlo.
INÉS.- Tranquilízate, querida Cecilia, y dinos, ¿qué
ocurre?
CECILIA.- Una cruel persecución, como jamás acaso
se ha conocido, se prepara para los cristianos. Nuestro amado Pontífice
me envía a avisar a nuestros hermanos: a unos, para que se
armen de valor; a otros, para que si pueden huyan y se escondan,
porque torrentes de sangre cristiana inundarán la tierra.
El cruel Diocleciano ha dado ya sus órdenes, y en Roma trata
de cumplirlas Maximiano con la mayor ferocidad. Han hecho venir
del África tigres, panteras y leones para el anfiteatro.
La más leve sospecha de ser cristiano puede acarrear la muerte
entre los tormentos más horribles.
(Hay un momento de silencio.)
INÉS.- Si el Señor nos hace la gracia de concedernos
la corona del martirio, Él nos dará el valor necesario.
Por mi parte, sería demasiada ventura poder presentarme al
Amado ofreciéndole mi vida en holocausto. ¡No me atrevo
a esperarlo!
CECILIA.- Yo también, pobre ciega, anhelo con ansia ver la
luz, la luz verdadera que alumbrará mis ojos para siempre
en la presencia de mi amado Bien.
SYRA.- ¿Conque las dos queréis iros al cielo y dejarme
aquí?
INÉS.- Acuérdate, Syra, de que tienes una misión
sagrada que cumplir sobre la tierra. Abandonémonos a la Providencia,
que a cada uno dirigirá a su propio destino. Y ahora, adiós.
Mi prima tal vez me espera.
SYRA.- Yo también debo retirarme.
CECILIA.- Valor y confianza en Dios, hermanas mías.
INÉS.- Él os guarde y os guíe.
(Se van las tres por distintos lados.) [9]
Acto II
Obscuro y amplio calabozo con arcos y puertas en diferentes lados.
Escena I
INÉS sola orando de rodillas. Después, EMERENCIANA.
INÉS.- Escuchaste por fin, Amado mío, la súplica
de mi corazón, oíste la plegaria de mi alma. Podré
poner a tus pies la corona de la mártir al mismo tiempo que
la de mi amor. ¡Voy a verte! ¡A recrearme en tu divina
hermosura! ¡A beber en el eterno manantial de la dicha que
dimana de Ti! ¡Oh, mi Bienamado! Lo que tanto he codiciado
lo veo ya próximo. Lo que tanto he deseado voy a tenerlo
dentro de breve tiempo. ¡Gracias, Amado mío, gracias!
Porque Tú eres la palmera a cuya sombra anhelo descansar
eternamente, la fuente de aguas vivas que saciará mi sed...
EMERENCIANA.- (Entrando.) ¡Inés! ¡Inés
querida!
INÉS.- (Levantándose.) ¿Quién me llama?
EMERENCIANA.- Soy yo, Emerenciana, tu hermana adoptiva. ¿Es
posible que quieras dejarme? ¿Es posible que vayas a morir?
INÉS.- A morir, no, Emerenciana; a vivir, a vivir eternamente.
Mira qué alegre estoy porque es éste el día
de mis desposorios. Voy a unirme a mi Esposo, que me espera en el
cielo y desde allí me llama.
EMERENCIANA.- Sí; pero me dejas a mí en la tierra;
a mí, que tanto te amo y te necesito, y a tus padres también,
y a Fabiola...
INÉS.- Tú irás después a reunirte conmigo.
En el cielo te esperaré. Mis padres, aunque al pronto sentirán
dolor, después se alegrarán de tener una hija digna
de ellos. Fabiola... nada sabe...
EMERENCIANA.- Sí, Inés. A estas horas debe ya saberlo;
se le ha mandado aviso.
(Se oye ruido de hierros.)
INÉS.- Vienen a buscarme. Me llevarán delante del
juez, y voy a declarar a la faz del mundo entero que soy cristiana,
que tengo el alto honor, la dicha inmensa de ser cristiana. [10]
EMERENCIANA.- ¡Inés, hermana mía! ¡Esa
declaración te costará la vida!
INÉS.- Di más bien: te dará la vida. La vida
verdadera, la vida inmortal en el seno de mi Dios.
UNA VOZ.- (En la puerta.) Salga la reo.
(INÉS se dirige a la puerta y desaparece.)
EMERENCIANA.- (Sola.) ¡Virgen purísima! ¡Tú
que eres la madre y el amparo de las doncellas cristianas, tiende
ahora sobre nosotras tu mirada de clemencia, y si quieres llevarte
a Inés al excelso coro de las vírgenes que te acompaña,
cuida de mí sobre la tierra; guíame, Tú, Madre
de misericordia, para que algún día la acompañe
en el cielo!
Escena II
EMERENCIANA y EUFROSINA.
EUFROSINA.- (Entrando.) ¡Señora! ¡Señora
Inés!
EMERENCIANA.- Buena Eufrosina, Inés no está aquí.
Ha ido a comparecer ante los jueces. Su muerte es casi segura.
EUFROSINA.- ¡Dioses inmortales! ¿Qué desgracia
cobija a la familia? ¡Mi señora Fabiola ha estado a
punto de morir; tiemblo al pensarlo! Sólo por un milagro
se ha podido salvar. Pero hay una esclava gravemente herida y en
la casa todo es confusión. Por eso no me he atrevido a dar
a mi señora el aviso de lo que ocurre con su prima, y he
venido yo misma, sin que ella supiera nada.
EMERENCIANA.- ¡Una esclava herida! ¿Syra tal vez?
EUFROSINA.- Ciertamente, Syra. Figuraos que entró en casa
un hombre, loco rematado sin duda, y después de tener una
acalorada discusión con la señora quiso matarla con
un puñal; pero la buena Syra, que se hallaba cerca, llegó
a tiempo de salvar a la señora, recibiendo el golpe mortal.
¡Ha sido una heroína! Está muy grave. Se le
aplican todos los remedios posibles, y la señora no se aparta
de su lado. ¡Pobrecita! ¡Cuando sepa que también
su prima Inés va a morir! Pero esto no puede ser. Una dama
tan noble como la señora Inés no puede menos de salir
libre de este lugar. [11]
EMERENCIANA.- No lo creáis, buena Eufrosina. La acusación
que pesa sobre Inés es en las actuales circunstancias la
más terrible. Además, ella, declarando ante los jueces,
no trata de disimular, sino de decir la verdad abiertamente.
EUFROSINA.- ¡Dioses inmortales! Pero ¿de qué
pueden acusar a esa niña, a ese ángel de inocencia
y de bondad?
EMERENCIANA.- De ser cristiana.
EUFROSINA.- ¿De ser cristiana decís? ¡Oh, cielos!
¡Qué horror! ¿La señora Inés metida
entre esos murciélagos?...
Escena III
Dichas y FABIOLA.
FABIOLA.- (Desde la puerta.) ¡Inés!... ¡Inés!
EUFROSINA.- Señora, vuestra prima...
FABIOLA.- ¿Qué haces aquí? Vuelve a casa a
cuidar de la pobre Syra. ¡Anda!
(EUFROSINA sale.)
Escena IV
FABIOLA, EMERENCIANA.
FABIOLA.- Pero ¿dónde está Inés? ¿Dónde
está mi prima?
EMERENCIANA.- ¡Señora!... Vuestra prima... En este
momento...
Escena V
FABIOLA, INÉS.
INÉS.- (Entrando con cadenas y grillos.) Querida Fabiola,
aquí me tienes.
(EMERENCIANA se va.)
FABIOLA.- ¿Qué es esto? ¡Inés querida!
¿En este lugar y de este modo había de volver a verte?
¿Tú prisionera? ¿Tú con hierros? ¡Cielos!
¿Qué es esto? [12]
INÉS.- Es, querida Fabiola, es... que voy a morir.
FABIOLA.- ¿A morir tú, Inés mía?...
No, no puede ser. Estoy yo aquí para salvarte. Esto debe
ser una horrible calumnia. ¿De qué te acusan a ti,
la más pura, la más angelical de las criaturas?
INÉS.- Me acusan de ser cristiana.
FABIOLA.- ¿De ser cristiana?... ¡Qué horror!
Yo misma iré ante el emperador Maximiano y desharé
tan horrible calumnia.
INÉS.- Pero si no es calumnia, querida prima. Es verdad y
acabo de confesarlo ante los jueces.
FABIOLA.- ¿Tú cristiana? ¿Y desde cuándo?
INÉS.- Siempre, prima mía. Jamás me he atrevido
a decírtelo porque veía la prevención que tienes
al cristianismo, al cual no conoces. ¡Ah! ¡Si tú
supieras...! Pero ahora que voy a morir... porque ya estoy juzgada
y dentro de breve tiempo vendrán a darme muerte aquí,
en la pieza inmediata... Quieren hacerlo rápida y ocultamente,
para evitar cualquier disturbio que pudiera tener lugar a la vista
de mi ejecución.
FABIOLA.- ¿Y con tanta serenidad me lo dices? ¡No!
¡Imposible!
INÉS.- Querida Fabiola, no sólo estoy serena, sino
que mi alma está inundada de gozo. ¿Y cómo
no estarlo? Este es el día de mis desposorios; el día
anhelado de mi corazón. Voy a unirme en el cielo con el mismo
a quien amé en la tierra con todo el amor de mi alma.
FABIOLA.- Pero me dejas a mí, y eres mi única compañera,
mi hermana. ¿Qué haré yo en la tierra sin ti?
¿Y qué harán tus padres y esa pobre Emerenciana,
de quien eras hermana y protectora? ¿A todos nos abandonas
así?
INÉS.- (Sin oírla.) ¡Si tu supieras! ¡Si
tú pudieras vislumbrar su hermosura! Es mucho más
hermoso que los ángeles que la rodean. ¡Cuán
dulce es su sonrisa! ¡Cuán tierna su mirada! ¡Cuán
amorosa la expresión de su semblante! ¡Ah! ¿Y
esa dulcísima Señora llena de gracias que siempre
le acompaña, que es nuestra Reina y nuestra Madre y tiene
fijo en Él todo su amor? ¡Parece que me llaman, que
me invitan a reunirme con ellos! ¡Pronto! ¡Pronto!...
¡Voy! (Hace una pausa.) Perdona, querida Fabiola; ¿qué
me decías?
FABIOLA.- Te decía que no puedes morir así, tan niña,
brindándote el mundo tantas dichas, y dejarnos. [13]
INÉS.- La tierra no; el cielo es el que me brinda dichas...
Ese cielo de que te hablaba Syra, y que es verdad, Fabiola. A él
voy, a ser eternamente feliz.
FABIOLA.- Syra, la pobre Syra, quizás va también a
morir. ¡Todos me abandonan!
INÉS.- ¿Syra a morir?
FABIOLA.- Sí. Está gravemente herida. Un malvado,
un monstruo, el mismo, sin duda, que te delató como cristiana,
pretendiendo tomar una imaginaria venganza, quiso herirme, y la
noble, la generosa Syra, puso su corazón entre mi pecho y
el arma homicida.
INÉS.- (Calla un momento.) No. Syra no morirá. Yo
pediré a mi Esposo que no muera hasta que haya cumplido su
misión. Escucha, querida Fabiola, voy a pedirte mi último
favor: prométeme que seguirás los consejos de Syra,
que es cristiana.
FABIOLA.- ¿Syra también?
INÉS.- Sí, también. Prométeme que seguirás
sus consejos, porque, escucha: el único pesar que llevo de
este mundo es no poder hacer la señal de la Cruz sobre tu
frente como la hago sobre la mía; pero confío en Dios
que algún día serás cristiana y nos reuniremos
en el cielo, donde voy a esperarte.
FABIOLA.- Te lo prometo: oiré los consejos de Syra. Pero
¿por qué no te quedas a mi lado para introducirme
en ese nuevo mundo desconocido para mí? Haré cuanto
pueda para salvarte. Pediré de rodillas al Emperador el indulto
para ti.
INÉS.- No, Fabiola, no; es tarde; sería inútil.
¡Escucha! ¡Ya vienen! ¡Ya vienen! ¿Oyes
el ruido acompasado de los soldados en la galería? Son los
testigos de mi boda, que vienen a buscarme. Mas yo veo allá
en lo alto, sobre las brillantes nubes de la mañana, a mis
compañeras, que siguen al Bienamado cantando un himno. Van
vestidas de blancos ropajes y con palmas en las manos... Me invitan
a que me reúna con ellas... Sí, sí: mi lámpara
está encendida y salgo a reunirme con mi divino Esposo. ¿Oyes
cómo el verdugo corre los cerrojos de la puerta?
(Se oye ruido.)
UNA VOZ.- ¡Salga la reo!
INÉS.- ¡Adiós, Fabiola! No llores por mí.
¡Si pudieras comprender [14] cuán feliz es mi suerte!
¡Cuán dichosa soy al morir por Cristo! ¡Adiós!
¡Él te bendiga!
(INÉS sale, volviendo a cerrarse la puerta. FABIOLA cae de
rodillas, cubriéndose el rostro con las manos. Hay un momento
de silencio. Después se oye música y voces lejanas
que cantan.)
CANTO
Ya pasó el invierno triste.
Ya, de flores esmaltados,
se descubren los collados
de nuestra patria Sión.
Ven del Líbano ligera,
que florecen los granados;
mil escudos hay colgados
en la gruta del león.
Ven, paloma; ven, amada;
ven del Líbano ligera,
que la eterna primavera
luce ya con su esplendor.
Sube, sube presurosa,
de virtudes adornada;
¡entra, entra en la morada
a gozar de tu Señor!
(Concluido el canto, FABIOLA escucha todavía un instante;
después dice):
FABIOLA.- Sí. No hay duda. Son los ángeles, que, cantando,
celebran su llegada... ¡Inés! ¡Hermana mía!
¡Desde ese cielo donde habitas, acuérdate de Fabiola!
¡Ruega por mí!
([...] (1) quedando FABIOLA arrodillada.)
Acto III
Lujoso salón en casa de FABIOLA, con ventanas a un jardín.
Escena I
FABIOLA, vestida de luto, EUFROSINA, luego, una esclava.
FABIOLA.- Hoy hace un año, buena Eufrosina, que Inés,
aquel ángel de candor y de inocencia, dejó la tierra.
Ni un solo día se ha apartado de mí su memoria, que
está grabada en mi corazón. La dulce niña era
tan buena, tan pura y candorosa, que es para mí un consuelo
inefable pensar que no ha [15] muerto, sino que vive en aquellas
regiones de luz y felicidad inmensa de que Syra me habla... Mi padre
también murió. Todos los seres que me amaban me han
dejado...
EUFROSINA.- Señora, vuestro padre, al morir, os legó
una inmensa fortuna, que os hace ser la dama más opulenta
de Roma, la más noble, la más bella patricia. Preciso
es que distraigáis esa tristeza y no os entreguéis
a tan sombríos pensamientos.
FABIOLA.- ¡Imposible Eufrosina! Nada de la tierra podría
alegrarme. Las vanidades del mundo me hastían y las desprecio
cada vez más. Sólo Syra vierte un bálsamo consolador
en mi espíritu con sus dulces palabras. ¿Cómo
está hoy?
EUFROSINA.- Ayer el médico, al despedirse, dijo que le quedaban
pocos días de vida. Sin embargo, ella no lo siente: ¡está
siempre tan tranquila y risueña! ¡Pobre criatura! La
herida no le causó la muerte instantánea, pero le
ocasionó la enfermedad mortal que tanto la hace sufrir desde
hace un año, minando su existencia lentamente...
FABIOLA.- ¡Syra! ¡Que no pueda yo con toda mi fortuna
devolverle la vida que dio por mí! Nada he podido hacer por
ella, pues hasta la libertad y fortuna que le ofrecía las
rehusó.
EUFROSINA.- Se considera dichosa con estar a vuestro lado.
FABIOLA.- Dile que venga. ¿Qué haces?
EUFROSINA.- Hace un momento fui a llevarle una medicina y la encontré
orando.
FABIOLA.- ¿Orando?... Pues no la interrumpas. Mira..., no
soy cristiana; pero todos los seres nobles, grandes y generosos
que he hallado sobre la tierra lo son, y... tengo para mí
que la oración de un cristiano atrae misteriosas bendiciones
sobre los lugares y personas por quienes se pronuncia.
UNA ESCLAVA.- (En la puerta.) Señora, Emerenciana pide permiso
para entrar a veros.
FABIOLA.- Que pase esa querida niña.
(Vase la esclava.) [16]
Escena II
Dichas y EMERENCIANA
FABIOLA.- Acércate, Emerenciana. ¿Por qué esa
timidez, hija mía? ¿No sabes que quiero ser para ti
una hermana, como lo era mi prima Inés? Vamos... ¿De
dónde vienes?
EMERENCIANA.- Señora..., de las catacumbas.
FABIOLA.- Bien... Pero no me llames señora; llámame
por mi nombre. ¿No sabes que soy tu hermana?... Syra y tú
tenéis libertad para ir donde queráis y hacer lo que
os plazca. Y... dime, ¿qué has hecho allí?
EMERENCIANA.- Como hoy celebra la Iglesia el aniversario de mi hermana
Inés, se ha celebrado con gran pompa el Santo Sacrificio.
La casulla era encarnada, en honor a su martirio. Cien blandones
de cera perfumada ardían en el altar, y lámparas de
oro y plata brillaban en derredor. ¡Qué hermoso estaba!
Para acabar de celebrar el día, nuestro amado Pontífice
ha dispuesto que se administre el bautismo a varias jóvenes
paganas recién convertidas, y que acaban de instruirse en
la fe.
(FABIOLA queda pensativa.)
EUFROSINA.- (Aparte.) Nada, no se rinde. Es demasiado altiva y ha
de costar mucho. Y eso que las palabras de Syra, y sobre todo su
virtud, son capaces de rendir corazones de piedra como el mío.
SYRA.- (Desde la puerta.) ¿Señora...?
Escena III
FABIOLA y SYRA; luego, una esclava.
FABIOLA.- (Levantándose.) ¡Querida Syra! ¡Cuánto
has tardado hoy! (A las otras.) Dejadme sola con ella.
(Se retiran.)
SYRA.- Como es hoy el aniversario de Inés, he orado más
largo, tiempo..., y estoy contenta, porque me parece que mi ruego
ha de ser oído. [17]
FABIOLA.- Sin duda por ser su aniversario he tenido esta noche un
sueño extraño... ¡La he visto! Pero de una manera
particular. Figúrate, querida Syra, que en mi sueño
era de noche, y en medio de las tinieblas caminaba por un extenso
campo. De repente, y como alumbrado por la radiante luz de la mañana,
apareció a mis ojos un hermosísimo jardín.
Flores de rara hermosura lo adornaban y árboles de belleza
y frondosidad desconocida le daban sombra. Allí estaba Inés:
Inés, con su vestido blanco y su cabellera como una cascada
de oro... Pero estaba mucho más hermosa aún. La dulce
niña tendía hacia mí sus manos y me llamaba.
Con ella estaba también una matrona, por la que sentí
extraña simpatía. Ambas me llamaban; pero al querer
ir hasta ellas, vi con horror que nos separaba un abismo, por cuyo
fondo corría un torrente. Era imposible pasar. Mas cuando
afligida lo miraba, vi que las aguas subían lentamente hasta
llenar el abismo, que se convirtió en ancho y caudaloso río.
Inés seguía llamándome. Era preciso pasar a
nado para llegar hasta ella, y me lancé a la corriente. Pero
en lugar de hundirme, como temía, sentí que sin esfuerzo
iba llegando... Entonces volví el rostro y vi que eras tú
la que me sostenía para que no me sumergiera... ¡Siempre
tú, querida Syra, salvándome la vida!
SYRA.- ¡No os acordéis de mí! Mas el sueño
es en verdad misterioso y parece feliz presagio.
FABIOLA.- Vamos, ¿qué vas a leerme hoy en ese libro
que traes en las manos? ¿Cómo se titula?
SYRA.- La Santa Biblia.
FABIOLA.- ¿De qué trata?
SYRA.- Trata de la doctrina que os explico algunas veces.
FABIOLA.- Ya sabes que el cristianismo me admira por su moral sublime,
y desde que supe que Inés y tú erais cristianas, amo
y respeto a los de esa religión, aunque no puedo resolverme
a abrazarla... Pero no importa; lee, ya te escucho.
SYRA.- (Leyendo.) «Esclarecida es la sabiduría y que
nunca se marchita, y fácilmente la ven aquellos que la aman,
y la hallan los que la buscan.»
FABIOLA.- Yo, sin embargo, la busqué y me cansé de
buscarla, porque los libros de filosofía sólo dejaron
dudas y tinieblas en mi espíritu. [18]
SYRA.- Señora, tal vez no es ésa la sabiduría
de que este libro habla.
FABIOLA.- Prosigue
SYRA.- (Leyendo.) «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue
no camina en tinieblas.»
FABIOLA.- ¡No camina en tinieblas! En verdad, será
hermoso tener un camino seguro para no andar vacilando.
SYRA.- (Leyendo.) «Yo soy camino, verdad y vida.»
FABIOLA.- ¡Camino, verdad y vida! Pero ¿qué
es necesario para conocer esa verdad y vivir de esa vida?
SYRA.- Querida señora, permitid que os conteste siempre con
el libro... (Leyendo.) «Semejante es el reino de los cielos
a un tesoro escondido en el campo, que cuando lo halla un hombre,
lleno de gozo va y vende cuanto tiene y compra aquel campo.»
FABIOLA.- Es necesario, pues, dar todo cuanto tenemos, hasta nuestra
libertad..., hasta nuestras facultades...
SYRA.- El cristianismo no nos priva de nuestra libertad, únicamente
hace que hagamos buen uso de ella, practicando el bien con el esfuerzo,
valor y constancia que la fe nos suministra. Cuanto a nuestras facultades,
lejos de cercenarlas, las desarrolla y perfecciona admirablemente,
ya que se inspira en la eterna verdad y en el origen y principio
de todo lo grande, de todo lo noble, de todo lo bello.
UNA ESCLAVA.- (Entrando.) Señora, entre los papeles de vuestro
padre, nuestro señor, se ha hallado este pliego lacrado y
con sobre para vos. Los patricios encargados de revisar las escrituras
os lo envían. (Se retira.)
FABIOLA.- (Mirando el pliego.) ¿Qué podrá ser?
SYRA.- Os dejo, señora, para que lo leáis. Aquí
queda este precioso libro por si queréis estudiarlo.
FABIOLA.- Sí, sí. Con gusto repasaré sus paginas.
SYRA.- Adiós, señora. (Sale.)
Escena IV
FABIOLA, sola.
FABIOLA.- ¿Qué será esto? ¿Algún
secreto de familia? Veamos. (Lo abre y lee para sí.) ¡Ah!
¡Cielos! ¡Mi madre era [19] cristiana, y yo jamás
lo supe! ¡Y llevo en mis venas sangre cristiana! ¡Yo...,
que tanto odiaba y despreciaba el cristianismo! ¡Oh, madre
mía, madre mía, perdóname! (Queda un instante
pensativa, después se levanta y sale.)
Escena V
EUFROSINA y SYRA.
EUFROSINA.- (Entrando.) ¡Señora!... No está
aquí. Creí encontrarla con Syra, y deben de haber
salido las dos... Tal vez estén en el jardín.
(Sale y vuelve a poco con SYRA.)
EUFROSINA.- ¿Pero dónde habrá ido la señora?
SYRA.- Yo la dejé aquí un momento, ocupada en leer
cierto pliego...
EUFROSINA.- (Asomada a la puerta.) ¡Afra! ¡Graia! ¿Sabéis
donde está la señora? (Volviendo donde esta SYRA.)
Me han dicho las esclavas que ha salido.
SYRA.- ¿Que ha salido? ¡Adónde? ¿Y con
quién? ¿Salió sola? ¡Es extraño!
EUFROSINA.- No, con Emerenciana: estemos tranquilas. Pero ¿y
vos, querida Syra, cómo os encontráis hoy?
SYRA.- A decir verdad, hoy me encuentro bastante mal..., pero...
EUFROSINA.- Pero os alegráis. ¡Egoísta! ¿Queréis
dejarnos, vos, que tanta falta hacéis en esta casa?
SYRA.- No será antes de que termine mi misión. Así
lo espero. Y vos, querida Eufrosina, ¿cuándo recibiréis
el bautismo?
EUFROSINA.- Lo deseo ardientemente, y si el buen presbítero
Dionisio me halla capaz, muy pronto tendré esa dicha.
SYRA.- Ya le rogaré que os examine, y espero que os hallará
capaz. ¡Ay! También hallaría a Fabiola, que
en punto a doctrina sabe cuanto es necesario; pero...
EUFROSINA.- Pero aún no se rinde, ¿no es verdad?
SYRA.- Yo tenía una dulce esperanza de que en el día
de hoy, primer aniversario de aquella santa mártir, obraría
en ella la gracia...; pero... ¡Oigo su voz! (Se acerca a una
ventana.) ¡Dios mío! ¡Qué veo! ¡Es
ella!
(Aparece FABIOLA [20] vestida de blanco, seguida de muchas jóvenes
vestidas de blanco también. EMERENCIANA la acompaña.
FABIOLA se adelanta en medio del salón, y dice con voz fuerte.)
Escena VI
FABIOLA, SYRA, EMERENCIANA, EUFROSINA y grupo de jóvenes.
FABIOLA.- ¡Soy cristiana! ¡Viva Jesús, mi amor!
EMERENCIANA.- ¡Inés! ¡Hermana mía, tú
desde el cielo lo alcanzaste!
SYRA.- (Cayendo de rodillas.) ¡Triunfaste, Jesús! ¡Triunfó
tu amor! ¡Ya puedo morir!
FIN DEL DRAMA
|
|