|
MENSAJERO.-
No es nada extraño, señor. Pero yo refrescaré
claramente la memoria del que no me reconoce. Estoy bien seguro
de que se acuerda cuando, en el monte Citerón, él
con doble rebaño y yo con uno, convivimos durante tres períodos
enteros de seis meses, desde la primavera hasta Arturo. Ya en el
invierno yo llevaba mis rebaños a los establos, y él,
a los apriscos de Layo. ¿Cuento lo que ha sucedido o no?
SERVIDOR.- Dices la verdad, pero ha pasado un largo tiempo.
MENSAJERO.- ¡Ea! Dime, ahora, ¿recuerdas que entonces
me diste un niño para que yo lo criara como un retoño
mío?
SERVIDOR.- ¿Qué ocurre? ¿Por qué te
informas de esta cuestión?
MENSAJERO.- Éste es, querido amigo, el que entonces era un
niño.
SERVIDOR.- ¡Así te pierdas! ¿No callarás?
EDIPO.- ¡Ah! No le reprendas, anciano, ya que son tus palabras,
más que las de éste, las que requieren un reprensor.
SERVIDOR.- ¿En qué he fallado, oh el mejor de los
amos?
EDIPO.- No hablando del niño por el que éste pide
información.
SERVIDOR.- Habla, y no sabe nada, sino que se esfuerza en vano.
EDIPO.- Tú no hablarás por tu gusto, y tendrás
que hacerlo llorando.
SERVIDOR.- ¡Por los dioses, no maltrates a un anciano como
yo!
EDIPO.- ¿No le atará alguien las manos a la espalda
cuanto antes?
SERVIDOR.- ¡Desdichado! ¿Por qué? ¿De
qué más deseas enterarte?
EDIPO.- ¿Le entregaste al niño por el que pregunta?
SERVIDOR.- Lo hice y ¡ojalá hubiera muerto ese día!
EDIPO.- Pero a esto llegarás, si no dices lo que corresponde.
SERVIDOR.- Me pierdo mucho más aún si hablo.
EDIPO.- Este hombre, según parece, se dispone a dar rodeos.
SERVIDOR.- No, yo no, pues ya he dicho que se lo entregué.
EDIPO.- ¿De dónde lo habías tomado? ¿Era
de tu familia o de algún otro?
SERVIDOR.- Mío no. Lo recibí de uno.
EDIPO.- ¿De cuál de estos ciudadanos y de qué
casa?
SERVIDOR.- ¡No, por los dioses, no me preguntes más,
mi señor!
EDIPO.- Estás muerto, si te lo tengo que preguntar de nuevo.
SERVIDOR.- Pues bien, era uno de los vástagos de la casa
de Layo.
EDIPO.- ¿Un esclavo, o uno que pertenecía a su linaje?
SERVIDOR.- ¡Ay de mí! Estoy ante lo verdaderamente
terrible de decir.
EDIPO.- Y yo de escuchar, pero, sin embargo, hay que oírlo.
Servidor.- Era tenido por hijo de aquél. Pero la que está
dentro, tu mujer, es la que mejor podría decir cómo
fue.
EDIPO.- ¿Ella te lo entregó?
SERVIDOR.- Sí, en efecto, señor.
EDIPO.- ¿Con qué fin?
SERVIDOR.- Para que lo matara.
EDIPO.- ¿Habiéndolo engendrado ella, desdichada?
SERVIDOR.- Por temor a funestos oráculos.
EDIPO.- ¿A cuáles?
SERVIDOR - Se decía que él mataría a sus padres.
EDIPO.- Y ¿cómo, en ese caso, tú lo entregaste
a este anciano?
SERVIDOR.- Por compasión, oh señor, pensando que se
lo llevaría a otra tierra de donde él era. Y éste
lo salvó para los peores males. Pues si eres tú, en
verdad, quien él asegura, sábete que has nacido con
funesto destino.
EDIPO.- ¡Ay, ay! Todo se cumple con certeza. ¡Oh luz
del día, que te vea ahora por última vez! ¡Yo
que he resultado nacido de los que no debía, teniendo relaciones
con los que no podía y habiendo dado muerte a quienes no
tenía que hacerlo!
(Entra en palacio.)
CORO
ESTROFA 1ª
¡Ah, descendencia de mortales! ¡Cómo considero
que vivís una vida igual a nada! Pues, ¿qué
hombre, qué hombre logra más felicidad que la que
necesita para parecerlo y, una vez que ha dado esa impresión,
para declinar? Teniendo este destino tuyo, el tuyo como ejemplo,
¡oh infortunado Edipo!, nada de los mortales tengo por dichoso.
ANTÍSTROFA 1ª
Tú, que, tras disparar el arco con incomparable destreza,
conseguiste una dicha por completo afortunada, ¡oh Zeus!,
después de hacer perecer a la doncella de corvas garras cantora
de enigmas, y te alzaste como un baluarte contra la muerte en mi
tierra. Y, por ello, fuiste aclamado como mi rey y honrado con los
mayores honores, mientras reinabas en la próspera Tebas.
ESTROFA 2ª
Y ahora, ¿de quién se puede oír decir que es
más desgraciado? ¿Quién es el que vive entre
violentas penas, quién entre padecimientos con su vida cambiada?
¡Ah noble Edipo, a quien le bastó el mismo espacioso
puerto para arrojarse como hijo, padre y esposo! ¿Cómo,
cómo pudieron los surcos paternos tolerarte en silencio,
infortunado, durante tanto tiempo?
ANTÍSTROFA 2ª
Te sorprendió, a despecho tuyo, el tiempo que todo lo ve
y condena una antigua boda que no es boda en donde se engendra y
resulta engendrado. ¡Ah, hijo de Layo, ojalá, ojalá
nunca te hubiera visto! Yo gimo derramando lúgubres lamentos
de mi boca; pero, a decir verdad, yo tomé aliento gracias
a ti y pude adormecer mis ojos.
(Sale un mensajero del palacio.)
MENSAJERO.- ¡Oh vosotros, honrados siempre, en grado sumo,
en esta tierra! ¡Qué sucesos vais a escuchar, qué
cosas contemplaréis y en cuánto aumentaréis
vuestra aflicción, si es que aún, con fidelidad, os
preocupáis de la casa de los Labdácidas! Creo que
ni el Istro ni el Fasis podrían lavar, para su purificación,
cuanto oculta este techo y los infortunios que, enseguida, se mostrarán
a la luz, queridos y no involuntarios.
Y, de las amarguras, son especialmente penosas las que se demuestran
buscadas voluntariamente.
CORIFEO.- Los hechos que conocíamos son ya muy lamentables.
Además de aquéllos, ¿qué anuncias?
MENSAJERO.- Las palabras más rápidas de decir y de
entender: ha muerto la divina Yocasta.
CORIFEO.- ¡Oh desventurada! ¿Por qué causa?
MENSAJERO.- Ella, por sí misma. De lo ocurrido falta lo más
doloroso, al no ser posible su contemplación.
Pero, sin embargo, en tanto yo pueda recordarlo te enterarás
de los padecimientos de aquella infortunada.
Cuando, dejándose llevar por la pasión atravesó
el vestíbulo, se lanzó derechamente hacia la cámara
nupcial mesándose los cabellos con ambas manos. Una vez que
entró, echando por dentro los cerrojos de las puertas, llama
a Layo, muerto ya desde hace tiempo, y le recuerda su antigua simiente,
por cuyas manos él mismo iba a morir y a dejar a su madre
como funesto medio de procreación para sus hijos. Deploraba
el lecho donde, desdichada, había engendrado una doble descendencia:
un esposo de un esposo y unos hijos de hijos.
Y, después de esto, ya no sé cómo murió;
pues Edipo, dando gritos, se precipitó y, por él,
no nos fue posible contemplar hasta el final el infortunio de aquélla;
más bien dirigíamos la mirada hacia él mientras
daba vueltas.
En efecto, iba y venía hasta nosotros pidiéndonos
que le proporcionásemos una espada y que dónde se
encontraba la esposa que no era esposa, seno materno en dos ocasiones,
para él y para sus hijos.
Algún dios se lo mostró, a él que estaba fuera
de sí, pues no fue ninguno de los hombres que estábamos
cerca. Y gritando de horrible modo, como si alguien le guiara, se
lanzó contra las puertas dobles y, combándolas, abate
desde los puntos de apoyo los cerrojos y se precipita en la habitación
en la que contemplamos a la mujer colgada, suspendida del cuello
por retorcidos lazos. Cuando él la ve, el infeliz, lanzando
un espantoso alarido, afloja el nudo corredizo que la sostenía.
Una vez que estuvo tendida, la infortunada, en tierra, fue terrible
de ver lo que siguió: arrancó los dorados broches
de su vestido con los que se adornaba y, alzándolos, se golpeó
con ellos las cuencas de los ojos, al tiempo que decía cosas
como
éstas: que no le verían a él, ni los males
que había padecido, ni los horrores que había cometido,
sino que estarían en la oscuridad el resto del tiempo para
no ver a los que no debía y no conocer a los que deseaba.
Haciendo tales imprecaciones una y otra vez -que no una sola-, se
iba golpeando los ojos con los broches. Las pupilas ensangrentadas
teñían las mejillas y no destilaban gotas chorreantes
de sangre, sino que todo se mojaba con una negra lluvia y granizada
de sangre.
Esto estalló por culpa de los dos, no de uno sólo,
pero las desgracias están mezcladas para el hombre y la mujer.
Su legendaria felicidad anterior era entonces una felicidad en el
verdadero sentido; pero ahora, en el momento presente, es llanto,
infortunio, muerte, ignominia y, de todos los pesares que tienen
nombre, ninguno falta.
CORIFEO.- ¿Y ahora se encuentra el desdichado en alguna tregua
de su mal?
MENSAJERO.- Está gritando que se descorran los cerrojos y
que muestren a todos los Cadmeos al homicida, al que de su madre....
profiriendo expresiones impías, impronunciables para mí,
como si se fuera a desterrar él mismo de esta tierra y a
no permanecer más en el palacio, estando como está
sujeto a la maldición que lanzó. Lo cierto es que
requiere un soporte y un guía, pues la desgracia es mayor
de lo que se puede tolerar.
Te lo mostrará también a ti, pues se abren los cerrojos
de las puertas. Pronto podrás ver un espectáculo tal,
como para mover a compasión, incluso, al que le odiara.
(Se abren las puertas del palacio y aparece Edipo con la cara ensangrentada,
andando a tientas.)
CORO.
¡Oh sufrimiento terrible de contemplar para los hambres! ¡Oh
el más espantoso de todos cuantos yo me he encontrado! ¿Qué
locura te ha acometido, oh infeliz? ¿Qué deidad es
la que ha saltado, con salto mayor que los más largos, sobre
su desgraciado destino? ¡Ay, ay, desdichado! Pero ni contemplarte
puedo, a pesar de que quisiera hacerte muchas preguntas, enterarme
de muchas cosas y observarte mucho tiempo.
¡Tal horror me inspiras!
Edipo.- ¡Ah, ah, desgraciado de mí! ¿A qué
tierra seré arrastrado, infeliz? ¿Adónde se
me irá volando, en un arrebato, mi voz? ¡Ay, destino!
¡Adónde te has marchado?
CORIFEO.- A un desastre terrible que ni puede escucharse ni contemplarse.
ESTROFA 1ª
EDIPO.- ¡Oh nube de mi oscuridad, que me aíslas, sobrevenida
de indecible manera, inflexible e irremediable! ¡Ay, ay de
mí de nuevo! ¡Cómo me penetran, al mismo tiempo,
los pinchazos de estos aguijones y el recuerdo de mis males!
CORIFEO.- No tiene nada de extraño que en estos sufrimientos
te lamentes y soportes males dobles.
ANTÍSTROFA 1ª
EDIPO.- ¡Oh amigo!, tú eres aún mi fiel servidor,
pues todavía te encargas de cuidarme en mi ceguera.
¡Uy, uy!, No me pasas inadvertido, sino que, aunque estoy
en tinieblas, reconozco, sin embargo, tu voz.
CORIFEO.- ¡Ah, tú que has cometido acciones horribles!
¿Cómo te atreviste a extinguir así tu vista?,
¿qué dios te impulsó?
ESTROFA 2ª
EDIPO.- Apolo era, Apolo, amigos, quien cumplió en mí
estos tremendos, sí, tremendos, infortunios míos.
Pero nadie los hirió con su mano sino yo, desventurado. Pues
¿qué me quedaba por ver a mí, a quien, aunque
viera, nada me sería agradable de contemplar?
CORO.- Eso es exactamente como dices.
EDIPO.- ¿Qué es, pues, para mí digno de ver
o de amar, o qué saludo es posible ya oír con agrado,
amigos? Sacadme fuera del país cuanto antes, sacad, oh amigos,
al que es funesto en gran medida, al maldito sobre todas las cosas,
al más odiado de los mortales incluso para los dioses.
CORIFEO.- ¡Desdichado por tu clarividencia, así como
por tus sufrimientos! ¡Cómo hubiera deseado no haberte
conocido nunca!
ANTÍSTROFA 2ª
EDIPO.- ¡Así perezca aquel, sea el que sea, que me
tomó en los pastos, desatando los crueles grilletes de mis
pies, me liberó de la muerte y me salvó, porque no
hizo nada de agradecer! Si hubiera muerto entonces, no habría
dado lugar a semejante penalidad para mí y los míos.
CORO.- Incluso para mí hubiera sido mejor.
EDIPO.- No hubiera llegado a ser asesino de mi padre, ni me habrían
llamado los mortales esposo de la que nací. Ahora, en cambio,
estoy desasistido de los dioses, soy hijo de impuros, tengo hijos
comunes con aquella de la que yo mismo -¡desdichado!- nací.
Y si hay un mal aún mayor que el mal, ése le alcanzó
a Edipo.
CORIFEO.- No veo el modo de decir que hayas tomado una buena decisión.
Sería preferible que ya no existieras a vivir ciego.
EDIPO.- No intentes decirme que esto no está así hecho
de la mejor manera, ni me hagas ya
recomendaciones. No sé con qué ojos, si tuviera vista,
hubiera podido mirar a mi padre al llegar al Hades, ni tampoco a
mi desventurada madre, porque para con ambos he cometido acciones
que merecen algo peor que la horca. Pero, además, ¿acaso
hubiera sido deseable para mí contemplar el espectáculo
que me ofrecen mis hijos, nacidos como nacieron? No por cierto,
al menos con mis ojos.
Ni la ciudad, ni el recinto amurallado, ni las sagradas imágenes
de los dioses, de las que yo, desdichado -que fui quien vivió
con más gloria en Tebas-, me privé a mí mismo
cuando, en persona, proclamé que todos rechazaran al impío,
al que por obra de los dioses resultó impuro y del linaje
de Layo. Habiéndose mostrado que yo era semejante mancilla,
¿iba yo a mirar a éstos con ojos francos? De ningún
modo. Por el contrario, si hubiera un medio de cerrar la fuente
de audición de mis oídos, no hubiera vacilado en obstruir
mi infortunado cuerpo para estar ciego y sordo. Que el pensamiento
quede apartado de las desgracias es
grato.
¡Ah, Citerón! ¿Por qué me acogiste? ¿Por
qué no me diste muerte tan pronto como me recibiste, para
que nunca hubiera mostrado a los hombres de dónde había
nacido? ¡Oh Pólibo y Corinto y antigua casa paterna
-sólo de nombre-, cómo me criasteis con apariencia
de belleza, pero corrompido de males por dentro! Ahora soy considerado
un infame y nacido de infames.
¡Oh tres caminos y oculta cañada, encinar y desfiladero
en la encrucijada, que bebisteis, por obra de mis manos, la sangre
de mi padre que es la mía! ¿Os acordáis aún
de mí? ¡Qué clase de acciones cometí
ante vuestra presencia y, después, viniendo aquí,
cuáles cometí de nuevo! ¡Oh matrimonio, matrimonio,
me engendraste y, habiendo engendrado otra vez, hiciste brotar la
misma simiente y diste a conocer a padres, hermanos, hijos, sangre
de la misma familia, esposas, mujeres y madres y todos los hechos
más abominables que suceden entre los hombres! Pero no se
puede hablar de lo que no es noble hacer.
Ocultadme sin tardanza, ¡por los dioses!, en algún
lugar fuera del país o matadme o arrojadme al mar, donde
nunca más me podáis ver. Venid, dignaos tocar a este
hombre desgraciado. Obedecedme, no tengáis miedo, ya que
mis males ningún mortal, sino yo, puede arrostrarlos.
CORIFEO.- A propósito de lo que pides, aquí se presenta
Creonte para tomar iniciativas o decisiones, ya que se ha quedado
como único custodio del país en tu lugar.
EDIPO.- ¡Ay de mí! ¿Qué palabras le voy
a dirigir? ¿Qué garantía justa de confianza
podrá aparecer en mí?
Pues de mi enfrentamiento anterior con él, en todo me descubro
culpable.
(Entra Creonte.)
CREONTE.- No he venido a burlarme, Edipo, ni a echarte en cara ninguno
de los ultrajes de antes.
(Dirigiéndose al Coro.) Pero si no sentís respeto
ya por la descendencia de los mortales, sentidlo, al menos, por
el resplandor del soberano Helios que todo lo nutre y no mostréis
así descubierta una mancilla tal, que ni la tierra ni la
sagrada lluvia ni la luz acogerán. Antes bien, tan pronto
como sea posible, metedle en casa; porque lo más piadoso
es que las deshonras familiares sólo las vean y escuchen
los que forman la familia.
EDIPO.- ¡Por los dioses!, ya que me has liberado de mi presentimiento
al haber llegado con el mejor ánimo junto a mí, que
soy el peor de los hombres, óyeme, pues a ti te interesa,
que no a mí, lo que voy a decir.
CREONTE.- ¿Y qué necesitas obtener para suplicármelo
así?
EDIPO.- Arrójame enseguida de esta tierra, donde no pueda
ser abordado por ninguno de los mortales.
CREONTE.- Hubiera hecho esto, sábelo bien, si no deseara,
lo primero de todo, aprender del dios qué hay que hacer.
EDIPO.- Pero la respuesta de aquél quedó bien evidente:
que yo perezca, el parricida, el impío.
CREONTE.- De este modo fue dicho; pero, sin embargo, en la necesidad
en que nos encontramos es más conveniente saber qué
debemos hacer.
EDIPO.- ¿Es que vais a pedir información sobre un
hombre tan miserable?
CREONTE.- Sí, y tú ahora sí que puedes creer
en la divinidad.
EDIPO.- En ti también confío y te hago una petición:
dispón tú, personalmente, el enterramiento que gustes
de la que está en casa. Pues, con rectitud, cumplirás
con los tuyos. En cuanto a mí, que esta ciudad paterna no
consienta en tenerme como habitante mientras esté con vida,
antes bien, dejadme morar en los montes, en ese Citerón que
es llamado mío, el que mi padre y mi madre, en vida, dispusieron
que fuera legítima sepultura para mí, para que muera
por obra de aquellos que tenían que haberme matado.
No obstante, sé tan sólo una cosa, que ni la enfermedad
ni ninguna otra causa me destruirán. Porque no me hubiera
salvado entonces de morir, a no ser para esta horrible desgracia.
Pero que mi destino siga su curso, vaya donde vaya. Por mis hijos
varones no te preocupes, Creonte, pues hombres son, de modo que,
donde fuera que estén, no tendrán nunca falta de recursos.
Pero a mis pobres y desgraciadas hijas, para las que nunca fue dispuesta
mi mesa aparte de mí, sino que de cuanto yo gustaba, de todo
ello participaban siempre, a éstas cuídamelas. Y,
sobre todo, permíteme tocarlas con mis manos y deplorar mis
desgracias.
¡Ea, oh Señor! ¡Ea, oh noble en tu linaje! Si
las tocara con las manos, me parecería tenerlas a ellas como
cuando veía. ¿Qué digo? (Hace ademán
de escuchar.) ¿No estoy oyendo llorar a mis dos queridas
hijas? ¿No será que Creonte por compasión ha
hecho venir lo que me es más querido, mis dos hijas? ¿Tengo
razón?
(Entran Antígona e Ismene conducidas por un siervo.)
CREONTE.- La tienes. Yo soy quien lo ha ordenado, porque imaginé
la satisfacción que ahora sientes, que desde hace rato te
obsesionaba.
EDIPO.- ¡Ojalá seas feliz y que, por esta acción,
consigas una divinidad que te proteja mejor que a mí! ¡Oh
hijas! ¿Dónde estáis? Venid aquí, acercaos
a estas fraternas manos mías que os han proporcionado ver
de esta manera los ojos, antes luminosos, del padre que os engendró.
Este padre, que se mostró como tal para vosotras sin conocer
ni saber dónde había sido engendrado él mismo.
Lloro por vosotras dos -pues no puedo miraros-, cuando pienso qué
amarga vida os queda y cómo será preciso que paséis
vuestra vida ante los hombres. ¿A qué reuniones de
ciudadanos llegaréis, a qué fiestas, de donde no volváis
a casa bañadas en lágrimas, en lugar de gozar del
festejo? Y cuando lleguéis a la edad de las bodas, ¿quién
será, quién, oh hijas, el que se expondrá a
aceptar semejante oprobio, que resultará una ruina para vosotras
dos como, igualmente, lo fue para mis padres? ¿Cuál
de los crímenes está ausente?
Vuestro padre mató a su padre, fecundó a la madre
en la que él mismo había sido engendrado y os tuvo
a vosotras de la misma de la que él había nacido.
Tales reproches soportaréis. Según eso, ¿quién
querrá desposaros? No habrá nadie, oh hijas, sino
que seguramente será preciso que os consumáis estériles
y sin bodas.
¡Oh hijo de Meneceo!, ya que sólo tú has quedado
como padre para éstas -pues nosotros, que las engendramos,
hemos sucumbido los dos-, no dejes que las que son de tu familia
vaguen mendicantes sin esposos, no las iguales con mis desgracias.
Antes bien, apiádate de ellas viéndolas a su edad
así, privadas de todo excepto en lo que a ti se refiere.
Prométemelo, ¡oh noble amigo!, tocándome con
tu mano. Y a vosotras, ¡oh hijas!, si ya tuvierais capacidad
de reflexión, os daría muchos consejos. Ahora, suplicad
conmigo para que, donde os toque en suerte vivir, tengáis
una vida más feliz que la del padre que os dio el ser.
CREONTE.- Basta ya de gemir. Entra en palacio.
EDIPO.- Te obedeceré, aunque no me es agradable.
CREONTE.- Todo está bien en su momento oportuno.
EDIPO.- ¿Sabes bajo qué condiciones me iré?
CREONTE.- Me lo dirás y, al oírlas, me enteraré.
EDIPO.- Que me envíes desterrado del país.
CREONTE.- Me pides un don que incumbe a la divinidad.
EDIPO.- Pero yo he llegado a ser muy odiado por los dioses.
CREONTE.- Pronto, en tal caso, lo alcanzarás.
EDIPO.- ¿Lo aseguras?
CREONTE.- Lo que no pienso, no suelo decirlo en vano.
EDIPO.- Sácame ahora ya de aquí.
CREONTE.- Márchate y suelta a tus hijas.
EDIPO.- En modo alguno me las arrebates.
CREONTE.- No quieras vencer en todo, cuando, incluso aquello en
lo que triunfaste, no te ha aprovechado en la vida.
(Entran todos en palacio.)
CORIFEO.- ¡Oh habitantes de mi patria, Tebas, mirad: he aquí
a Edipo, el que solucionó los famosos enigmas y fue hombre
poderosísimo; aquel al que los ciudadanos miraban con envidia
por su destino! ¡En qué cúmulo de terribles
desgracias ha venido a parar! De modo que ningún mortal puede
considerar a nadie feliz con la mira puesta en el último
día, hasta que llegue al término de su vida sin haber
sufrido nada doloroso.
|
|