Friodolin el bueno y Thierry el malo

Schmid, Christop Von 2 de 3
IX
El pillete
Al perder a su querido padre, experimentó Thierry sincera aflicción; pero pronto se alegró de verse libre de una vigilancia severísima y de ser en lo sucesivo dueño de sus acciones; porque sabía embaucar con tanto arte a su madre, que ésta daba crédito a sus mentiras y le concedía cuanto pedía.
El padre de Thierry había tenido buen cuidado de enviarle todos los días a la escuela, y mientras vivió el buen hombre, su hijo se distinguió por sus constantes progresos. Todas las noches tenía que enseñarle a su padre sus libros y repetirle todo lo que había aprendido durante el día. Juan Mai solía también ir a ver al maestro para saber qué conducta observaba su hijo en clase, y si el profesor se quejaba castigaba severamente a Thierry, por lo que éste temía más los castigos de su casa que los de la escuela.
Pero pronto advirtió Thierry que su madre, a la sazón la única persona encargada de educarle, le dejaba hacer cuanto quería. Aún le obligaba a leer en su librito; pero lejos de reprenderle cuando se equivocaba, colmábale de caricias y de elogios; sus planas, aunque muy mal hechas, parecíanle siempre admirables, y todo cuanto hacía su Thierry era para ella una maravilla. El niño supo sacar gran partido de esta debilidad materna. Cada día tenía menos afán por aprender. Más deseoso de divertirse en la escuela que de instruirse y adelantar, su mayor placer era enredar en clase, distraer a sus condiscípulos y no dejarles estudiar. Cuando le castigaban iba llorando a quejarse a su madre, y le contaba una porción de mentiras hasta que la pobre mujer se ponía furiosa con el maestro. Magdalena era muy buena y nunca había reñido con nadie, pero cuando reprendían o castigaban a su hijo perdía la cabeza. En un momento de arrebato se marchó un día a la escuela, y delante de todos los alumnos se encaró con el maestro, y con la mayor insolencia le echó en cara su severidad. Luego se volvió a su casa, y una vez en ella siguió criticando y poniendo en ridículo al profesor; de suerte que desde aquel instante le perdió Thierry el respeto.
Cuando el cura del pueblo se enteró de lo ocurrido entre la madre [110] de Thierry y el maestro, llamó a Magdalena para amonestarla y explicarle la falta que había cometido molestando a un hombre que no había hecho más que cumplir con su deber.
Después habló de los numerosos defectos de Thierry, de la conducta que observaba en la escuela, y le contó sus trastadas que denotaban malos instintos. Magdalena respondió con vehemencia:
-Señor cura, mi hijo no es tan malo como creéis; todas las cosas que acabáis de contarme no son más que travesuras, chiquilladas, diabluras propias de su edad y de las que no hay para qué hablar, porque a un niño de diez años se le debe tolerar algún defecto; no hay nadie perfecto en este mundo.
-Ya lo sé, Magdalena -replicó el cura-, pero todos debemos procurar serlo; solamente una madre que esté ciega puede disculpar los vicios que debería corregir cuidadosamente. Porque los defectos de los niños no son tan pequeños, tan insignificantes como sus padres se imaginan, y empleando una comparación muy conocida, diré que crecen insensiblemente con la edad, como las letras que se graban en un arbolillo aumentan de tamaño a medida que el tronco se desarrolla. Los defectos de Thierrry son muy graves. Ingrato y rebelde, no obedece a su maestro a quien debía respetar como a un segundo padre. Ve con malos ojos que sus condiscípulos sean mejores y más instruídos que él, y los molesta y les atormenta de mil maneras. Si no queréis que vuestro hijo sea un miserable capaz de pisotear algún día las leyes divinas y humanas, apresuraos a poner remedio a estas cosas y a mostrar más severidad, porque de lo contrario se convertirá en azote de la sociedad labrando al mismo tiempo su desgracia.
El digno sacerdote fue a la escuela y delante de sus compañeros amonestó a Thierry tan paternalmente que todos los niños se enternecieron. Hasta el mismo Thierry pareció algo conmovido. Pero cuando regresó a su casa, su madre destruyó el efecto de los prudentes consejos del cura. Censuró al sacerdote diciendo que los tenía entre ojos a ella y a su hijo sin saber por qué, y para vengarse en cierto modo empezó a burlarse de su modo de andar y de su peluca, cosa que regocijó extraordinariamente a Thierry. De esta suerte borró la buena impresión que habían hecho en el corazón de su hijo las prudentes palabras del anciano. Thierry dejó de respetar al cura, y aquella madre imprudente siguió preparando la desgracia de su hijo.
Thierry no se conducía mucho mejor en la iglesia que en la escuela; entraba en el templo sin el menor recogimiento y se mostraba tan irreverente que escandalizaba a todo el mundo. En lugar de rezar distraía a los demás niños en sus oraciones, y hacía tan poco caso del sermón y de la explicación del catecismo que salía de la iglesia sin sacar el menor provecho. Si su madre como tenía el deber de hacerlo le hubiese hecho algunas preguntas sobre lo que acababa de oír, no hubiese podido responderle.
Magdalena cometió otras muchas faltas por lo que a la educación de su hijo respecta. Siempre que salía le compraba alguna golosina, [111] de modo que el chico no tenía gana a la hora de comer, y los manjares corrientes no eran ya de su agrado. Tenía suficiente maña para sacarle todos los días unos cuartos a su madre con los que compraba lo que se le antojaba; pero como sus peticiones eran muy frecuentes y Magdalena no tenía ya tanto dinero como cuando su marido vivía, se vio obligada a disminuir algo sus gastos, y el granujilla empezó a robar a su madre cubiertos o alhajas que vendía por la tercera o la cuarta parte de su valor a ciertas personas de mala conducta, con las que había llegado a relacionarse.
Las sospechas de su madre recaían en los extraños unas veces y otras en la criada. Llegó hasta a despedir a una porque se atrevió a insinuar que tal vez fuese Thierry el autor de estos robos.
A pesar de los prudentes consejos que le dio su marido, Magdalena casi no vigilaba a su hijo y le dejaba ir adonde quería. Aprovechó Thierry esta libertad para vivir como un vagabundo peleándose con los pilluelos de su edad, tirando piedras a los transeúntes, martirizando a los animales, robando la fruta de los huertos, destruyendo los nidos y gozándose en matar a los pobres pajarillos. En fin, no estaba contento sino cuando se hallaba entre gente maleante cuyas groseras diversiones y depravación compartió en breve.
No tardó en resentirse él mismo de la corrupción de sus costumbres. Un color pálido y lívido reemplazó a las frescas rosas de sus mejillas, y su fisonomía tomó una expresión descarada y repulsiva. Siempre llevaba las ropas en desorden y sucias, y aunque su madre no omitía ningún gasto para llevarle tan bien vestido como los niños de las familias mejor acomodadas de la localidad, nunca, a pesar de sus súplicas, pudo conseguir que fuese limpio y aseado.
Muchas veces volvía a su casa con el traje roto y lleno de barro, con la cara y las manos ensangrentadas. Todo el mundo decía que Thierry era un granuja, un pillete; en el pueblo no le llamaban sino Thierry el malo, y todos aseguraban que acabaría mal.
Magdalena, que hasta entonces había sabido captarse la general estimación por sus buenas cualidades, por su piedad, por su honradez, por su caridad y por el orden que reinaba en su casa, perdió gran parte de la consideración de que había gozado. Llamábanla generalmente mala madre, y solían decir que ella había pervertido a su hijo.
Cuando Thierry tuvo edad de aprender un oficio, su madre le sacó de la escuela y habló a varios maestros, pero ninguno quiso admitirle en su taller. Esto le dolió mucho a Magdalena y empezó a preguntarse si tendrían razón en llamar granuja a su hijo, arrepintiéndose amargamente de no haberle vigilado y de haberle dejado demasiada libertad. Lloró su error y se propuso ser menos indulgente en lo sucesivo; hasta habló a su hijo varias veces con mucha severidad, pero ya era demasiado tarde.
-¡Ah! -exclamaba la pobre mujer-. ¡Cuán cierto es que el árbol se debe enderezar desde pequeñito, y que cuando alcanza su completo desarrollo es imposible modificar su inclinación!
Por fin encontró un honrado cerrajero antiguo amigo de su marido [112] que compadecido de la apurada situación de la pobre mujer consintió en tomar a Thierry de aprendiz. El buen hombre trabajó cuanto pudo por reparar los daños de su mala educación y enseñarle bien su oficio: tuvo mucha paciencia con el chico; pero aunque sus intenciones eran muy buenas, Thierry seguía siendo díscolo y desobediente.
Acostumbrado desde muy niño a estarse todo el día correteando no podía resignarse a trabajar porque era indolente y perezoso hasta dejarlo de sobra.
Hacíasele muy cuesta arriba no comer más que a las horas de las comidas, y careciendo del suficiente dinero para comprar golosinas como otras veces no pensaba sino en el medio de procurárselo. Por esta razón, lo que con más gusto aprendía en su oficio de cerrajero era el modo de hacer ganzúas y llaves maestras para abrir todas las cerraduras. Hizo secretamente algunos de estos instrumentos, y siempre los llevaba consigo.
Un día en que el cerrajero y su mujer fueron a una boda, quedose solo Thierry en la casa, y resolvió probar su destreza abriendo los cajones de una cómoda de su maestra, de los que sacó diez escudos y una cadenita de oro. Al día siguiente, cuando la mujer del cerrajero abrió el mueble para guardar las alhajas, y sus ropas de los días de fiesta, advirtió que había desaparecido la cadenita. Quedó consternada, y se lo dijo confidencialmente a su marido. Éste subió con ella a sus habitaciones, examinó la cerradura del mueble y vio que había sido forzada. Inmediatamente sospecharon de Thierry. Registraron su cuarto y encontraron en él, escondidos en el jergón, la cadenita de oro y los diez escudos, y además un reloj de oro, un cubierto de plata y varias golosinas.
Al ver todos aquellos objetos, el honrado cerrajero se estremeció de horror. Pocos días antes había trabajado en casa de un opulento comerciante, y le había acompañado Thierry. En esa casa habían robado recientemente un reloj que estaba sobre la chimenea del cuarto de un dependiente del comerciante, a pesar de que la puerta del cuarto hallábase cerrada con llave.
El reloj que el cerrajero acababa de encontrar era el que habían robado; le reconocía por las señas que de él le habían dado. El cubierto de plata pertenecía al boticario, a cuya casa había ido Thierry ocho días antes a presentar una factura; en el cubierto estaban grabadas las iniciales del nombre y apellido del farmacéutico.
El cerrajero bajó consternado a la tienda para interrogar a Thierry. Éste recurrió a las mentiras y a las zalamerías, que tan excelentes resultados le daban con su madre, y prorrumpiendo en llanto y protestando de su inocencia, aseguró que algún envidioso había ocultado aquellos objetos en su jergón para arrebatar al pobre huérfano la estimación de unos amos a quienes veneraba. Indignada al ver semejante descaro montó en cólera la mujer del cerrajero y le colmó de insultos, cosa que, por lo demás, se tenía bien merecido.
...sacó diez escudos y una cadenita de oro.
A los gritos acudieron los vecinos, y al saber de qué se trataba, [114] unieron sus maldiciones a las de aquella mujer tan justamente irritada. El cerrajero era el único que no decía nada; pensaba tristemente en el partido que debía tomar.
-Por respeto a la memoria de su excelente padre, me limitaría a echarle de mi casa -pensaba-; pero el tunante no se ha contentado con robarme a mí: todo el mundo sabe que ha robado a otras personas, y hasta que ha robado en las casas donde trabajaba por encargo mío. Si no le entrego a la justicia, perderé la reputación, y nadie querrá fiarse de mí: tanto valdría cerrar inmediatamente la tienda, porque para ejercer mi profesión es preciso ser muy honrado e inspirar confianza al público. Puesto que no hay otro remedio, denunciaré a este aprendiz que no ha tenido el menor reparo en exponerme a la ruina y a la deshonra.
Después de dejar a Thierry bien encerrado en su cuarto fue a buscar al comisario. Cuando volvió con el policía vieron que descolgándose por la ventana y con ayuda de las sábanas de su cama, el ladronzuelo se había escapado a una callejuela por donde transitaba poca gente y desde la cual había salido fácilmente al campo.
Cuando le dieron la terrible noticia Magdalena estuvo a punto de desmayarse: avergonzada, abochornada, no se atrevía a salir ni a recibir a nadie. Hubiera hecho cualquier sacrificio, por doloroso que fuese, para echar tierra a aquel malhadado asunto; pero aunque su hijo consiguiese eludir el castigo de las leyes, su nombre quedaría deshonrado, y no había en el mundo nada que pudiese borrar esta mancha. No le fue posible cerrar los ojos en toda la noche. Rugía la tormenta, caía a torrentes la lluvia, y la desgraciada madre preguntábase con angustia dónde se hallaría aquel hijo tan querido y tan perverso. ¿Tendría pan? ¿Estaría bajo techado? ¡Cuánto se arrepentía en aquel momento de no haberle educado mejor!
Como las personas que secretamente enviara en busca de su hijo volvieran sin haberle encontrado, creyó que en un acceso de desesperación se había arrojado al río, y solamente el pensarlo le ocasionó una grave y larga enfermedad. Cuando se restableció, no tuvo valor para salir a la calle. Al ver a un hombre honrado se enrojecía y se echaba a temblar; le parecía que todas las miradas se fijaban en ella y le decían: «Creías amar a tu hijo, y no le amabas. Tu excesiva indulgencia no se parecía en nada al prudente y verdadero amor maternal; tu excesiva indulgencia le ha perdido: es muy justo que su perdición sea el castigo de tu exagerada blandura. Ahora llora, avergüénzate y gime; y que tu ejemplo enseñe a las madres débiles como tú lo que les sucede a los niños mimados y a los padres que los miman.»
-¡Ah! -murmuraba la pobre llorando durante las interminables y angustiosas noches de insomnio.- ¿Por qué no habré seguido los consejos de mi marido? Verdad es que la ternura maternal debe atenuar la severidad del padre: así lo dispone la divina sabiduría; pero, para que no perjudique a los niños, la indulgencia de la madre debe ir unida a cierta firmeza.

X
Los bandidos
Al escaparse del pueblo Thierry se refugió en el bosque cercano. Este extenso bosque estaba tan poblado de arboleda, que era casi intransitable. Thierry se extravió, y estuvo todo el día corriendo de acá para allá sin encontrar una salida. Llovía a torrentes, y un viento impetuoso agitaba de cuando en cuando las ramas de los árboles, calando al desgraciado hasta los huesos. Aproximábase la noche, y el bosque estaba cada vez más oscuro. Thierry tenía hambre y temblaba de frío. Tuvo miedo de morir en aquel bosque, y empezó a llorar amargamente. Arrepentíase de su mala conducta, y se proponía no volver a robar; pero al tomar esta resolución no pensaba en Dios, que prohíbe y castiga el robo: inspirábansela únicamente el terror y la angustia.
Al fin pudo encontrar un sendero, y en él halló a un individuo cubierto de harapos y con un enorme haz de ramas de álamo debajo del brazo. Del hombro izquierdo llevaba colgado un frasco de estaño, y del derecho un morral que parecía bien provisto; en la mano tenía un palo. Thierry se acercó a él y le pidió tímidamente un pedazo de pan.
-¡Ah! ¿Eres tú, bribón, granuja? -le dijo aquel hombre amenazándole con el garrote-. ¡Caes como llovido del Cielo para hacerme ganar una buena recompensa! ¡Buena trastada has hecho! No se habla más que de ti en el pueblo, adonde he ido a vender escobas. ¡Aguárdate, tunante! Te están buscando por todas partes, y ya tienes preparado alojamiento en la cárcel.
Temblando de miedo, Thierry se arrojó a los pies de aquel hombre para pedirle perdón, y levantando las manos hacia él en ademán de súplica exclamó:
-¡Ah! ¡Os lo suplico; tened compasión de mí y no me entreguéis a la justicia! ¡Estoy muerto de hambre, y tan cansado, que ya no puedo tenerme en pie! ¡Dadme un pedazo de pan, si lleváis en el [116] morral, y un asilo en donde pasar la noche! ¡Ah! ¡Os lo ruego de rodillas: no seáis cruel conmigo!
El hombre le obligó a levantarse y le contestó:
-No tengas miedo, muchacho; no ha sido más que una broma. No quiero hacerte daño; todo lo contrario.
Abrió su morral, sacó un pedazo de pan, y añadió:
-Toma; come.
Luego cogió el frasco de estaño, bebió primero, y se lo ofreció después a Thierry, diciéndole:
-Bebe un trago de aguardiente: esto calienta el estómago.
Thierry comió y bebió con avidez.
-Ahora ya estás un poco más tranquilo. Vente conmigo, si quieres. Encontrarás cena, carne asada, buen vino, un excelente fuego para secarte, y un montón de musgo donde dormirás como nosotros.
Thierry no podía comprender cómo un hombre tan mal vestido podía procurarse carne asada y buen vino, y se atrevió a preguntarle:
-¿Quién es usted?
-Soy Josse, el vendedor de escobas a quien todo el mundo conoce en la comarca; y además, sirvo a un caballero que ha alquilado todos los cotos de los alrededores. Ven: te irá muy bien con nosotros.
El imprudente Thierry, que por otra parte se sentía muy animado con el pan y el aguardiente que había tomado, no se hizo rogar, y siguió sin reflexionar a aquel hombre de aspecto tan sospechoso.
Echaron a andar sin tomar ninguna vereda, a través de lo más espeso del bosque. Muchas veces tenían que meterse por entre los matorrales, calándose hasta los huesos. El camino estaba tan oscuro, que no se veía nada. Para no perderse Thierry tenía que seguir paso a paso a su compañero. Las zarzas le azotaban el rostro, y tan pronto se le enganchaba un espino en el pelo y le arrancaban un mechón, como se daba un golpe en la cabeza con las ramas poco elevadas. Anduvieron así por espacio de una hora, y el desdichado Thierry, poco acostumbrado a sufrir, lloraba como un niño. Por fin llegaron a la cima de una escarpada roca, y entraron inmediatamente en un desfiladero muy angosto. Después de recorrerle en toda su longitud y al salir de entre las rocas creyó Thierry que todo el bosque estaba ardiendo. Ante sus ojos extendíase un valle bastante grande, y tras una roca medio oculta por un matorral elevábase una densa humareda. Las seculares encinas, las hayas, los arbustos de diversas especies, cuyo follaje había marchitado el otoño, los altísimos abetos, que parecían llegar al cielo con sus copas, y los pinos siempre verdes, iluminados por el resplandor de la hoguera, despedían vivos reflejos amarillos, rojos y verdes. De todos los árboles desprendíanse miríadas de gotitas de agua, que al caer semejaban estrellas.
Thierry no se cansaba de admirar este cuadro fantástico y verdaderamente pintoresco. [117]
-Ya hemos llegado -dijo el vendedor de escobas.
El niño y su acompañante dirigiéronse entonces a la roca, y se hallaron frente a una inmensa hoguera, cuyas llamas se elevaban retorciéndose violentamente. Apoyado en una roca y con los brazos cruzados vio Thierry a un hombre de elevada estatura. Su frente amplia y rodeada de una hermosa cabellera rizada, su bigote, sus patillas negras y sedosas, y su traje de caza, elegante, aunque un poco deteriorado, dábanle un aspecto distinguido, e indicaban que él era el jefe de la partida.
La vacilante claridad de la hoguera iluminaba aquella imponente figura. Al lado tenía una escopeta de dos cañones, y a sus pies un ciervo recién muerto. Aquel hombre dirigió a Thierry una mirada viva y penetrante; pero no se dignó dirigirle una sola palabra.
No lejos de allí vio el hijo de Magdalena a un individuo que estaba asando un pernil de corzo y daba vueltas al asador. A pocos pasos de distancia, sobre la hierba, había un barrilito, y un puchero de barro ennegrecido por el humo hacía las veces de olla y vaso.
-¿Ya estás aquí, Josse? -preguntó el cocinero al vendedor de escobas-. ¿De dónde demonios nos traes este granuja? ¿Tienes confianza en él?
-¡Ah; ya lo creo!-contestó Josse dejando en el suelo el brazado de ramas de álamo-. Es de fiar, porque ha reñido para siempre con las personas honradas de su pueblo. Pero antes déjame echar un trago, y luego te contaré la historia.
Bebió largo rato en el puchero, y exclamó:
-¡Oh; qué bien sienta esto!
Luego abrió su morral y sacó cuanto contenía.
Mira: aquí tienes pan, sal, queso de Holanda y excelente tabaco; además, traigo una baraja nueva y, lo que es mejor, pólvora y balas. Me parece que estarás contento de mí.
Y dirigiéndose a Thierry añadió:
-¡Vamos; siéntate cerca del fuego, muchacho; caliéntate bien, y anímate! El barril está lleno, y dentro de un momento estará lista la cena.
-Bueno, bueno -gruñó el hombre que daba vueltas al asador-; pero, entretanto nuestro nuevo compañero bien podía reemplazarme...
Thierry se sentó en su sitio y empezó a dar vueltas al asador, en tanto que Josse y el cocinero cargaban sus pipas y se ponían a fumar. Josse contó a su compañero la historia del muchacho que le había acompañado.
-Créeme -añadió al terminar-: tengo buena opinión de ese pillastre. En primer lugar, es bastante despierto, y creo que he hecho bien en traérmele para enseñarle a hacer escobas. Con lo que sabe de su oficio de cerrajero podrá componer las llaves de nuestras escopetas, y además -añadió dirigiendo a su compañero unas miradas de inteligencia- -podrá sernos muy útil en ciertas ocasiones...
Josse miró al hombre que seguía apoyado en la peña, y le preguntó:
Bebió largo rato en el puchero.
[119]
-¿Qué decís a esto, capitán?
El interpelado se encogió de hombros y no contestó.
Josse, que a causa de sus frecuentes libaciones, tenía muchas ganas de charlar, dirigiose entonces a Thierry y le dijo:
-Mira, chiquillo: pórtate bien, y te quedarás con nosotros, y te alegrarás. No te asustes del severo aspecto de ese señor: aunque no fuma ni bebe, no es malo. Verdad es que tampoco habla; pero cuando habla, habla muy bien. Se llama Waller, ha estudiado mucho, y es de una familia...
-¿Qué estás ahí charlando? -gritó Waller con voz tonante. ¿Qué necesidad tiene de saberlo? ¡Josse, el vino te hace hablar demasiado! Cállate, o si no...
Y dirigió una mirada a su escopeta.
-¡Ah; si, es verdad! -murmuró Josse corrigiéndose-. A veces, cuando echo un trago, charlo tanto, que no sé lo que me digo. Mira, Thierry: mis discursos no siempre deben tomarse al pie de la letra; ya recordarás que soy muy aficionado a dar bromas. Este otro señor -continuó Josse- que tiene la bondad de acompañarnos con el vaso en la mano y la pipa en la boca no es tan reservado: por eso puedo decirte que se llama Schlik, y que cuando se unió a nosotros iba muy bien vestido y llevaba un traje precioso, cuajado de bordados de oro.
-Y a ti, maldito charlatán -exclamó Waller con voz grave-, ¿cómo te llamamos? Díselo también a ese chiquillo, si te atreves.
-¿Y por qué no? Estos señores me han puesto Gluglú, porque el beber bien es mi pasión favorita. Verdad es que al principio me molestaba un poco este mote; pero ahora lo mismo me da. A todo se acostumbra uno. Antes era yo tan rico, que hubiese podido llenar de escudos este barril: hoy no soy más que un pobre vendedor de escobas. ¡Qué más da! -exclamó acariciando con la mano el tonel-. ¡Con tal que no se acabe lo que hay aquí dentro, me doy por contento!
En aquel momento acabó Schlik de fumar su pipa, se levantó, examinó el asado, y, encontrándole bastante hecho, lo apartó del fuego, en tanto que Josse cogía un vaso, lo llenaba de agua en un manantial cercano y lo colocaba al lado de Waller sobre la peña.
Waller cortó un pedazo de pan y otro de carne, se los comió de pie, bebió en seguida un vaso de agua, mientras que sus compañeros sentados en torno del fuego saboreaban alegremente el asado y el vino, se dirigió hacia el arroyo que atravesaba el valle, y aunque no había cesado la lluvia y comenzaban a caer algunos copos de nieve, empezó a pasearse con las manos cruzadas a la espalda.
Josse bebía trago tras trago a la salud de su nuevo camarada. De repente exclamó:
-¡Ah! ¡Con franqueza! ¿Qué tal te encuentras entre nosotros?
Thierry, calado hasta los huesos, casi tostado por un lado y helado por el otro, se llevó la mano a la cabeza, que le dolía mucho, y respondió con voz doliente: [120]
-¿Quién no se hallaría bien aquí? No hay en el mundo lugar donde mejor se viva.
Entretanto la hoguera junto a la cual estaban sentados nuestros tres bebedores comenzaba a extinguirse. Dejó de llover, disipáronse los negros nubarrones, y la Luna, elevándose por encima de los negros abetos, disipó con su suave resplandor la medrosa oscuridad del bosque. Waller, que hasta entonces había estado paseando a la orilla del arroyo, se acercó a sus compañeros:
-¿No habéis acabado todavía? -les dijo con voz vibrante-. ¿Vais a estar bebiendo toda la noche? ¡Levantaos y vámonos! Tú, Schlik, ten cuidado de tapar con ramaje el ciervo que he matado. Ya sabe Josse adónde tiene que llevarle mañana; tampoco se olvidará de volver a llenar el tonel. ¡Vamos; daos prisa! Tal vez vaya luego a reunirme con vosotros.
Luego cogió su escopeta, se internó por entre los árboles y desapareció.
Schlik y Josse obedecieron inmediatamente las órdenes de su jefe, y después de hacer cuanto acababa de mandarles se pusieron en camino con Thierry. Al llegar a la parte más agreste del bosque tuvieron que abrirse paso a través de espesos matorrales, que subir cuestas y trepar a enormes peñascos. Thierry, rendido de fatiga y sin fuerzas ya para seguir a sus compañeros, se echó a llorar.
-Ten un poco de paciencia -díjole Josse-. Dentro de poco verás nuestro magnífico castillo.
Al fin, a la luz de la Luna vio Thierry, no sin estremecerse, un torreón medio destruido que se alzaba entre las ruinas de un antiguo castillo construido en los tiempos del feudalismo. Al verle quedose Thierry aterrado, y gritó:
-¡Ah! ¡Éste es el antiguo castillo de los aparecidos de la selva; mi madre me ha hablado de él muchas veces!
-¡Qué imbécil eres! -díjole Josse-. ¡No hay aparecidos más que en tu imaginación!
-¡No, no; estoy seguro de ello! Mi madre me ha contado que por los alrededores de este castillo se ve rondar espectros de rostro repugnante y que echan llamas por la boca. ¡Hi, hi! ¡Tengo miedo!
-¡No, no, tontín, no tengas miedo! Los aparecidos que la gente asegura haber visto aquí éramos nosotros mismos: tuvimos que apelar a esta treta para impedir que los curiosos vinieran a visitar las ruinas y poder instalarnos en ellas sin temor de que nos molestasen.
Pronto llegaron junto al foso que circundaba la antigua fortaleza, foso que a la sazón no era más que un pantano cubierto de juncos y de cañas, y a través del cual los bandidos habían abierto un camino colocando unas piedras de trecho en trecho. La mayor parte de estas piedras estaban tapadas por el agua, y era preciso conocer muy bien su posición y el sitio donde estaban colocadas para no caer al pantano.
Después de caminar durante algún tiempo, por entre escombros, [121] zarzas y espinos llegaron al pie de la derruida torre. Schlik apartó algunas piedras, y nuestros tres caminantes se metieron por el hueco que dejaron, después de lo cual volvieron a colocar las piedras en su sitio.
En medio de la más profunda oscuridad siguieron entonces un estrecho corredor casi interminable, y al fin se hallaron en su morada subterránea. Schlik sacó pedernal y yesca y encendió una antorcha, a la luz de la cual pudo Thierry examinar el subterráneo. Era un vasto recinto abovedado; formaban las paredes enormes peñascos, y el suelo estaba empedrado. Los bandidos eran los únicos que conocían la existencia de aquel subterráneo, que permanecía intacto en medio de las ruinas del castillo.
En el suelo veíase gran cantidad de víveres, utensilios de cocina, y una porción de objetos. Trajes de todas clases, escopetas, sables y pistolas adornaban las paredes, y un montón de musgo y de hojas secas servía de cama a los bandidos, los cuales se acostaron inmediatamente, se taparon con sus capotes y se durmieron.
Thierry hallábase, pues, entre bandoleros; y aunque su modo de vivir no le hacía mucha gracia, acabó por acostumbrarse, y hasta por encontrarse muy bien en su compañía. Sin embargo, delante de Waller estaba siempre como avergonzado, y le tenía mucho miedo, porque aquel hombre singular no se parecía en nada a sus compañeros, los cuales le obedecían como a un jefe.
Siempre estaba muy serio, hablaba poco y buscaba la soledad. Muchas veces durante el día veíasele sentado en las ruinas a la sombra de un abeto, absorto en la lectura de un libro muy viejo. Un día tuvo Thierry la curiosidad de examinar aquel libro, que Waller se había dejado olvidado sobre una piedra, y como era una obra griega y Thierry no había visto jamás aquellos caracteres, creyó que tenía delante el libro de un hechicero.
Al anochecer Waller permanecía generalmente inmóvil, con los ojos fijos en el Sol que iba a ocultarse tras las montañas.
En aquellos momentos nadie se atrevía a hablarle, excepto Schlik, que solía sentarse a su lado y se pasaba toda la noche charlando con él. Thierry se acercaba algunas veces para oírlos; pero Waller le vio un día y le apostrofó tan duramente, que Thierry se marchó corriendo. Otras veces veíale Thierry pasearse de arriba a abajo por entre las ruinas a la luz de la Luna, y le oía lanzar profundos suspiros. Waller no dormía nunca con sus compañeros en el subterráneo; vivía en una habitación aparte y muy limpia, cuya entrada estaba tan bien disimulada, que no era fácil descubrirla. Tenía una cama bastante buena, unas sillas y una mesa en la que se veían algunos libros. En esta habitación se encerraba cuando hacía mal tiempo, y se pasaba allí días enteros completamente solo. Muchas veces se marchaba con Schlik, y no volvía hasta pasados varios días.
Como Thierry estaba generalmente solo con Josse, intimó con él, y entre ambos se estableció mutua confianza. El bandido le regaló, [122] una linda escopeta y le enseñó a manejarla. Thierry llegó a ser excelente tirador, lo que les causó a ambos gran alegría. Poco a poco, fue iniciándole Josse en los secretos del infame oficio que ejercían aquellos bandidos. Un día le dijo que no vendía escobas más que para guardar las apariencias y para tener un pretexto para poder recorrer el bosque e introducirse en las casas con objeto de reconocer el terreno, y también de vender la caza que mataban.
-Ya he descubierto varios sitios donde Schlik y yo haremos un buen negocio en cuanto las noches sean más largas. Waller es demasiado orgulloso para acompañarnos en estas excursiones; pero, sin embargo, tampoco está ocioso. Cuando se marcha con Schlik no lo hace porque le guste pasearse: ya han amenazado con una pistola a más de un viajero pidiéndole la bolsa o la vida. Tú eres un chico listo, y ya debes de haberlo comprendido. La primera vez que salgamos Schlik y yo, prepárate a ser de la partida. Vendrás: ¿no es eso?
Thierry, familiarizado con el robo desde su infancia, no experimentó la menor repugnancia al oír esta proposición; por el contrario, manifestó gran alegría y prometió acompañarlos.
En efecto; poco tiempo después, durante las noches de tormenta, cuando estaba muy oscuro y llovía a torrentes, Schlik, Josse y Thierry saquearon algunas casas de los pueblos y de las aldeas inmediatas y tornaron al bosque cargados con un rico botín, que repartieron equitativamente. A Thierry le recompensaban generosamente, y el desdichado estaba contentísimo de poder vivir en la ociosidad, apoderándose de la propiedad ajena, y sin necesidad de molestarse en trabajar.
Sin embargo, no tardó Thierry en comprender que la vergonzosa profesión que había abrazado tenía sus peligros y sus quiebras. Las expediciones de los ladrones no siempre daban el resultado apetecido, porque a veces los sorprendían, hacíanles fuego, pedían socorro, tocaban a rebato, y tenían que escapar rápidamente para que no los cogiesen. Una vez un perrazo enorme al que de intento habían dejado suelto se arrojó sobre Thierry, le cogió por la nuca y le zarandeó con violencia: seguramente le hubiese despedazado si no llega a acudir Schlik, el cual a fuerza de sablazos obligó al perro a soltar su presa. Pero el pobre Thierry estaba hecho una lástima: sus heridas le hicieron perder mucha sangre y le produjeron violentos dolores que tardaron mucho en quitársele, porque no se atrevía a acudir a ningún médico por temor a que le descubriesen.
Otras veces recorrían el bosque soldados, carabineros o gendarmes: los ladrones huían, y no siempre tenían tiempo de llegar a su guarida, viéndose entonces obligados a refugiarse en la espesura, y permanecer allí días enteros atormentados por el hambre y la ansiedad. En cuanto un pajarillo agitaba el follaje, huían los bandidos aterrados. Con mucha frecuencia pasaban la noche entre los matorrales, acostados sobre el húmedo suelo. Ya no se atrevían a entrar en los pueblos, porque desde hacía mucho tiempo conocían a Schlik en todas partes, y hasta el falso vendedor de escobas se había [123] hecho sospechoso; tanto, que ya no se atrevían a ir a las aldeas para comprar las necesarias provisiones. Ocurríales con frecuencia no tener sino pan duro como una piedra por todo alimento. A veces en el momento que se sentaban en el bosque en torno a la hoguera para comer el asado que acababan de sacar del asador aparecía un pelotón de gendarmes, y tenían que abandonarlo todo y huir con el estómago vacío, dándose por muy contentos con salvar la vida.
En estos momentos pensaba Thierry:
-¡Qué existencia tan insoportable! ¡Oh! ¡Cuánto más feliz era yo cuando estaba en casa de mi maestro y podía sentarme a la mesa con tanta tranquilidad y acostarme por las noches en una buena cama! ¡Todas las contrariedades de aquella época eran insignificantes comparadas con las molestias, las zozobras y las angustias de ahora!
También tenía un miedo horrible a la cárcel y al patíbulo, y con bastante frecuencia le atormentaba la voz de su conciencia, que ni aun los hombres más depravados consiguen sofocar por completo.
Más de veinte veces se propuso firmemente separarse de los ladrones, huir de ellos y entrar de criado en casa de algún aldeano.
-Es mil veces mejor -se decía- guardar los cerdos, como el hijo pródigo, que seguir llevando una vida tan miserable.
Pero en cuanto volvían los buenos tiempos y podía pasar un día entero fumando, bebiendo y cantando a su sabor con sus compañeros, renunciaba a sus buenos propósitos, o los dejaba para mejor ocasión. El desgraciado había olvidado el adagio que tanto repetía su padre: «El camino del Infierno está empedrado de buenas intenciones y de propósitos de enmienda jamás cumplidos.»

XI
Preparando un robo
Un día que, como de costumbre, la cuadrilla carecía de provisiones encamináronse Josse y Thierry a un mesón que se hallaba aislado en medio del bosque.
Desde hacía muchos años era Josse uno de los mejores parroquianos de la posada, cuyo dueño, hombre de muy malos antecedentes, habíase encargado de guardar y vender la caza y otros objetos que provenían de las rapiñas de la cuadrilla, a la cual surtía también de víveres. Esta vez se los proporcionó a cambio de una petaca de plata que habían robado hacía algún tiempo. Por la tarde Josse y Thierry regresaron al subterráneo cargados con toda clase de provisiones.
-¡Viva la buena vida, amigo Schlik! -exclamó Josse mostrando, entre otras cosas, el pan, el vino, el tabaco y la baraja que se había procurado-. Ya podemos beber, fumar y jugar cuanto queramos.
En aquel momento Waller se paseaba solo, como tenía por costumbre, por entre los restos de las viejas murallas derruidas.
Suplicole Schlik que cenase con ellos; pero aquel hombre, siempre sombrío y silencioso, respondió únicamente con un ademán, y después de continuar durante unos momentos su solitario paseo se encerró en su cuarto y cenó completamente solo.
Entretanto los otros tres bandidos comían alegremente, y de pronto exclamó Schlik:
-La verdad es que estamos pasando un buen rato; pero estos momentos pueden hacerse cada vez más raros. Pronto se nos acabarán los víveres; ¿y qué haremos entonces? Ahora que ha volado la petaca de plata, ya no tenemos nada que vender, y nos será difícil echar mano a otras cosas de valor. Ya nos conocen aquí, y no podemos hacer nada. Sólo nos queda un recurso: dar un buen golpe, golpe de mano maestra, y marcharnos con lo que cojamos a otro sitio donde nadie nos conozca. ¿No os parece que debíamos ir al castillo de Finkenstein para robarle? [125]
-¿Qué estás diciendo? -replicó Josse-. Ese castillo está rodeado de elevadas murallas que sería imposible escalar; la puerta y las verjas son tan sólidas y están tan bien cerradas, que el castillo parece una fortaleza.
-Ya lo sé; pero sé también que no hay fortaleza de que no pueda uno apoderarse con ayuda de un amigo que facilite la entrada en ella. Y en esta ocasión podría Thierry sernos muy útil. Escuchadme: voy a exponeros un plan, y os convenceréis de que será facilísima su ejecución. Estamos en otoño. Cuando hace buen tiempo el Conde y su familia se entretienen por las tardes en cazar chochas con red. Cuando vuelvan al castillo Thierry se hará el encontradizo, se fingirá enfermo, y dirá que tiene unos dolores tan fuertes, que no puede dar un paso. Le creerán fácilmente, porque el tunante tiene un aspecto tan enfermizo, que cualquiera diría que está tísico desde hace tres años. Como el castillo está aislado y a más de media legua de la aldea más próxima, el Conde se compadecerá de él y le hará entrar. Entonces, por la noche, aprovechará Thierry un momento oportuno, y cuando todos estén profundamente dormidos nos abrirá una de las puertas falsas, y entraremos sin encontrar el menor obstáculo.
Mientras Schlik hablaba le escuchaba Josse muy pensativo y con la cabeza baja.
-No me parece mal pensado -dijo al fin-; pero me choca que me propongas una cosa en la cual sabes demasiado que no he de consentir, porque no ignoras que en otro tiempo los condes de Finkenstein me hicieron muchos beneficios. Además, todos los que viven en ese castillo son personas excelentes, y sentiría mucho que les sucediese algo malo.
-¡Bah! ¡Valiente desgracia! Esas gentes son riquísimas y no les hace falta el dinero: por unos cuantos miles de escudos de más o de menos no se morirán, y siempre les quedará más de lo que necesitan.
-Verdad es. Sin embargo, tengo que hacerte una advertencia: conozco al señor de Finkenstein; no se dejará robar tan fácilmente. Él y Mauricio se defenderán con valor, y nuestra intentona podría dar mal resultado.
-No te preocupes por eso. Waller ha combinado tan bien su plan, que ninguno de nosotros recibirá el más ligero arañazo. Ya debes conocerle: es prudente, y no le gusta derramar sangre. Sabrá tomar tan bien sus medidas, que los habitantes del castillo no se darán cuenta de nuestra expedición hasta que echen de menos el oro y la plata. Sin embargo, tendremos que llevar armas, aunque no sea más que para imponernos en caso de necesidad; pero aun cuando fuésemos sin armas, aun cuando llevásemos las pistolas descargadas, ten la seguridad de que Waller sabrá arreglar tan bien las cosas, que no nos volveremos con las manos vacías.
-¡Enhorabuena! Si así fuese, no tendría el menor inconveniente en ser de la partida. Pero puesto que Waller irá con nosotros, os acompañaré, porque tengo en él la mayor confianza. [126]
Luego que el infame, el despreciable Josse consintió en coadyuvar a la ejecución del criminal proyecto recobró toda su alegría y empezó a jactarse de que sería utilísima su intervención en aquel asunto, cuyo buen éxito le parecía indudable. Había sido criado del Conde de Finkenstein, y conocía perfectamente las habitaciones del castillo, así como la disposición de sus largos y numerosos corredores; también conocía el cuarto y los armarios donde el Conde y su esposa guardaban los cubiertos de plata, el oro y las alhajas. Por lo tanto, dio a Thierry una porción de datos y de detalles sobre las diversas puertas que debía abrir con ayuda de sus ganzúas, hablándole principalmente de la puerta del jardín y de la puertecilla falsa por la cual debían ellos entrar en el castillo.
Thierry escuchó atentamente sus instrucciones, y prometió desplegar toda su mafia y su destreza en la ejecución del infame proyecto. Los tres ladrones bebieron después repetidas veces a la salud de Waller y por el feliz éxito de su empresa, añadiendo a una voz: «¡Hasta mañana por la noche!»
Al día siguiente pusiéronse en camino los bandidos. Dando grandes rodeos y caminando por la espesura, dirigiéronse al castillo de Finkenstein. Waller y Schlik iban armados de sables, y cada uno de ellos llevaba al cinto un par de pistolas cargadas. Josse se encargó de los sacos destinados a guardar los productos del robo, y Thierry por su parte iba provisto de sus llaves falsas y de las ganzúas que se llevó al escaparse de casa del cerrajero. Al anochecer se escondieron entre los árboles, a poca distancia del castillo, esperando el momento oportuno para realizar el robo.
Era una de las tardes más hermosas de aquel otoño. Una ligera brisa refrescaba el ambiente, y el Sol se acercaba al horizonte entre celajes de púrpura; el Conde y su esposa, con Federico y Luisa, sus hijos, salieron del castillo, más que para cazar las chochas, para gozar de tan deliciosa tarde. Seguíanlos Mauricio con su escopeta al hombro y un lacayo que llevaba la red. El grupo se encaminó a un claro del bosque que era muy a propósito para cazar pájaros con red. A la entrada de esta clara alzábanse dos abetos. Los dos cazadores, con ayuda de unas cuerdas atadas a las ramas de estos dos árboles, extendieron la ancha red, que tapaba como una cortina de gasa verde la entrada del bosque. Los señores de Finkenstein se acomodaron en un banco de césped al pie de uno de los árboles, y Luisa se sentó a su lado. Junto al otro abeto hallábase Federico de pie con la cuerda que había de cerrar la red en la mano. El anciano cazador se colocó detrás de él para avisarle en el momento oportuno. Todo el mundo guardaba silencio, y los niños no apartaban los ojos de la red; pero no se veía ninguna chocha. Ya hacía bastante tiempo que el Sol se había puesto; la Luna, velada hasta entonces por tenues celajes, tornose más brillante, en tanto que los vivos resplandores del créspulo se extinguían insensiblemente. Apenas se veía la red en medio de la oscuridad. Los niños habían perdido ya la esperanza de cazar un solo pajarillo, cuando de repente dos chochas tropezaron [127] con la red con tal violencia, que se les enredó el largo pico y la cabeza en las mallas, y al forcejear para escaparse parecía que iban a arrastrarla.
-¡Tirad! -dijo el cazador.
Federico tiró de la cuerda, cerrose la red, y las dos chochas quedaron presas en ella, con gran alegría de los dos niños.
El Conde y su familia regresaron entonces al castillo. Thierry estaba ya acostado a un lado del camino junto a un matorral.
Llevaba los pies desnudos, y envuelto en trapos uno de ellos que tenía un volumen enorme. Entre estos trapos ocultaba sus llaves falsas y sus ganzúas.
Era casi de noche cuando la familia pasó por aquel sitio. Federico fue el primero que vio un bulto junto al matorral.
-¿Quién está ahí? -exclamó.
Levantose Thierry trabajosamente con ayuda de un bastón, y se acercó cojeando y en actitud suplicante, haciendo como que apenas podía tenerse en pie.
El Conde le preguntó de dónde venía a tales horas y qué hacía en aquel sitio. Thierry lanzó un suspiro, hizo un gesto como si experimentase intolerables dolores, y dijo con lastimera entonación:
-¡Ah! ¡Pobre de mí! ¡Ya no tengo asilo, ni padre ni madre, y me veo reducido a pedir limosna! Aunque quiero ganarme la vida trabajando, nadie quiere tomarme de criado por lo mal que tengo la pierna. Ahora vengo de Pruneville, a tres leguas de aquí, adonde he ido para que me viese la llaga un médico, el cual me ha puesto un emplasto que me abrasa como si fuese fuego, porque dice que es necesario cauterizarme la pierna. Para colmo de desdichas, me he perdido en el bosque, y desde mediodía ando de un lado para otro entre las zarzas y los espinos, sin haber comido ni bebido en todo este tiempo. Yo confiaba en llegar esta noche a Hirsfeld; pero me es imposible seguir andando, y tendré que pasar la noche al aire libre, muerto de hambre y de frío.
Tras estas palabras sacó un pañuelo todo roto, y llevándoselo a los ojos hizo como que se secaba las lágrimas.
Tanto se dolieron la señora de Finkenstein y sus hijos de la situación del pobre niño, que rogaron al Conde que le hiciera ir al castillo y le concediera hospitalidad hasta que la llaga se le curase.
El Conde, que también era bueno y generoso, estaba dispuesto a acceder a los caritativos deseos de su familia; pero, sin embargo, no pudo menos de clavar en Thierry una penetrante mirada, como si hubiese querido convencerse de que era verdad lo que decía el pordiosero.
El astuto Thierry sorprendió esta mirada, e inmediatamente hizo ademán de desatar las cintas con que se sujetaban los trapajos, para enseñar la horrible llaga que tenía en la pierna. Demasiado sabía que la aristocrática familia no lo consentiría.
En efecto; no se lo permitieron.
-¡No, no! -exclamó la Condesa haciendo un ademán imperativo. [128]
-¡Déjalo! ¡No puedo ver heridas! Te creemos sin necesidad de que nos la enseñes. Síguenos.
La familia continuó su camino, y Thierry se fue tras ellos, cojeando como si le costase mucho trabajo seguirlos, y riéndose interiormente de su confianza. Cuando llegaron al castillo la bondadosa dama hizo que le dieran de cenar en la habitación del portero, e indicó la alcoba en que había de pasar la noche. Dio también las órdenes oportunas para que en cuanto amaneciese fueran a buscar al médico que tan bien había curado al padre de Fridolín, y luego se separó de él para dirigirse a sus habitaciones.
Thierry entró en la portería, y comió con delicia la cena que le sirvieron, sin dejar de tocarse de cuando en cuando la pierna, quejándose de sus dolores. Cuando concluyó de cenar el portero le hizo atravesar un largo corredor, y le llevó a una habitación que tenía el techo de ladrillo y donde había una cama muy limpia.
-Aquí tienes tu cama -le dijo el portero-: no necesitas luz, porque la Luna te servirá de lámpara. ¡Buenas noches; que duermas bien!
Y se marchó, llevándose el candelero y cerrando la puerta.

XII
Dios protege a los buenos
En cuanto Thierry se quedó solo se quitó los trapos de la pierna, se metió en el bolsillo las llaves y las ganzúas que pronto había de necesitar, y se echó completamente vestido en la cama, donde se estuvo muy quietecito hasta que creyó que todos estarían dormidos. En cuanto vio que en la casa reinaba el más completo silencio, se levantó, abrió con mucho cuidado la puerta de su cuarto y salió al corredor.
Cuando le acompañó el portero a la alcoba tuvo Thierry buen cuidado en fijarse en la disposición de la casa, y vio la puerta del jardín con sus barras de hierro y la cerradura mohosa de que le había hablado Josse. Dirigiose hacia ella guiándose por las paredes, que tocaba con la mano que tenía libre, pues la otra la llevaba ocupada con las herramientas.
Después de recorrer el largo corredor con las mayores precauciones, llegó a la puerta, cuyos cerrojos desechó sin hacer ruido; también consiguió forzar la cerradura, y se detuvo un momento en el umbral de la puerta abierta.
Un viento de otoño vivo y glacial agitaba las ramas de los árboles, casi desprovistas de su ropaje, y silbaba por entre las hojas que tapizaban el suelo. La Luna había desaparecido hacía mucho tiempo, y algunas pocas estrellas esparcidas por el firmamento brillaban acá y acullá entre las nubes.
Thierry pensaba esperar en aquel sitio la llegada de los otros bandidos; pero sentía un frío tan grande en los pies, tanto si los apoyaba en la arena del jardín como en las losas de mármol del corredor, que le fue imposible soportarlo más tiempo. Dejó, pues, entreabierta la puerta del jardín y se volvió a su cuarto, teniendo la precaución de no cerrarle, para oír el ligero silbido con que sus compañeros anunciarían su llegada. Thierry se acostó en la cama, apoyando la cabeza en el brazo y procurando no dormirse. [130]
De repente creyó que se había desencadenado un huracán: las ventanas temblaron, y la puerta de su cuarto se abrió de par en par. Thierry tuvo miedo, pero pronto se tranquilizó.
-Es el viento -se dijo-. Al silbar por entre las chimeneas del castillo ha hecho ese ruido y ha abierto del todo la puerta, que ya estaba entreabierta.
Pero un momento después oyó en el corredor unos pasos que poco a poco fueron percibiéndose más claramente y más cerca.
-¡Qué modo de andar tan raro! -pensó, enjugándose la frente-. Esos no son pasos de hombres. ¿Qué demonios serán?
Pronto se oyeron en la alcoba aquellos mismos pasos, y Thierry vio junto a la ventana un bulto negro con grandes cuernos.
Este bulto se acercó a él y se detuvo delante de su cama. Thierry, aterrado, se tapó con las mantas.
-¡Oh! -pensó-. ¡Éste es el Demonio, que castiga a los malos!
El ser fantástico a quien el ladronzuelo tomaba por el Demonio era el corzo. La puerta del jardín se había abierto empujada por una racha de viento, y el corzo, enemigo declarado de los merodeadores, había entrado en el corredor; una vez allí, guiado por su olfato, advirtió la presencia de un ser extraño, y fue a hacerle aquella visita nocturna.
Thierry enmudeció de terror al encontrarse ante aquel bulto espantoso, ante aquellos ojos fulgurantes, ante aquellos cuernos amenazadores; un sudor frío brotó de su frente, y acabó por envolverse completamente en las mantas.
El supuesto demonio le dio por lo pronto varias cornadas, que a pesar de la protección de las mantas le hicieron ver las estrellas; no contento con esto, saltó a la cama y empezó a revolver la ropa con los cuernos como si quisiera apartarla. Entonces Thierry, no pudiendo resistir más, hizo un esfuerzo, echó a un lado las mantas, saltó de la cama y salió corriendo por el corredor. El corzo le persiguió, le tiró al suelo y le puso como nuevo a fuerza de cornadas y pisotones.
Thierry consiguió levantarse varias veces; pero apenas se disponía a huir, cuando su enemigo le derribaba nuevamente. De esta suerte llegaron al vestíbulo, al pie de la escalera principal, donde le embistió otra vez, tirándole al suelo y subiéndose encima de él para impedir que se levantase y fuese más lejos. Thierry, fuera de sí y sin saber ya qué hacer, empezó a gritar con todas sus fuerzas:
-¡Que me coge, que me arrastra! ¡Socorro! ¡Socorro!
Estos gritos y este estrépito despertaron a los habitantes del castillo. El primero que apareció en lo alto de la escalera con una luz en la mano fue Mauricio. Thierry, desesperado, corrió a su encuentro, se arrojó a sus pies, y abrazándose a sus rodillas exclamó:
-¡Oh! ¡Protegedme! ¡Salvadme! ¡Todo lo confesaré!
-¡Habla, confiesa! -gritó el anciano con voz terrible.
... le embistió otra vez, tirándole al suelo.

Pero antes de que Thierry hubiese podido tomar aliento acudieron los criados. También aparecieron poco después el Conde, la [132] Condesa y los dos niños. Los lastimeros gritos de Thierry habían despertado a todo el mundo y sembrado la alarma en el castillo.
-Hablad, Mauricio -dijo el Conde dirigiéndose al anciano guardabosque-. Decidme qué es lo que ha pasado y quién es ese tunante que ha armado semejante escándalo.
-Vuestra excelencia va a oírlo de sus propios labios -respondió el cazador-. ¡Vamos, habla, granuja! ¿Por qué has venido a este castillo? ¿Cuál era tu intención? Sé franco ante todo: de lo contrario, lo pasarás mal.
Thierry confesó llorando que se había dejado convencer por unos cazadores furtivos, los cuales le habían dicho que se fingiese cojo y mendigo para que le dejasen pasar la noche en el castillo, y que cuando estuviese dentro les abriese la puerta del jardín, en lo cual no había consentido sino obligado por sus amenazas; pero que en vez de los cazadores furtivos había entrado el Diablo, que le había dado muchas cornadas y quería arrastrarle.
Fridolín, que estaba al lado del señor de Finkenstein con una luz en la mano, miró con más atención a Thierry y exclamó:
-¡Ah! ¡Te conozco; tú eres el chico que mató de un tiro a una pobre corza en el bosque delante de su hijito! ¡Sí, sí; tú eres! ¿No es verdad que entonces no creías que el corzo vengaría algún día a su madre y te entregaría a la justicia, y tal vez te llevaría al patíbulo? Pero Dios lo ha dispuesto así: Dios es un juez misericordioso, pero justo y severo.
Thierry miraba a Fridolín con asombro, sin comprender lo que quería decir. Entonces le explicó Mauricio que el hijito de la corza a la que tan cruelmente inmolara hacía algún tiempo en el bosque de Haselbach había sido criado en el castillo, convirtiéndose en un magnífico animal, y que aquél era el diablo que tantas cornadas le había dado.
-¿Habrá en el mundo criatura más tonta, más imbécil que yo? -exclamó Thierry dándose una palmada en la frente.- ¡Me creía el más listo de los muchachos de mi edad, y confundo a un corzo con el Diablo! ¡Me he dejado engañar por un irracional hasta el punto de revelar un complot que estaba tan bien combinado! ¡Oh! ¡Es para desesperarse, para tirarse de los pelos de vergüenza y de rabia!
Los criados se reían a carcajadas de la singular equivocación del jovenzuelo; pero el Conde la consideraba como una buena lección, y dijo gravemente:
-El terror de este muchacho proviene de un error, es cierto; pero este error oculta una gran verdad: su conciencia es la que le ha hecho ver al Diablo bajo la forma de este excelente animal. A un muchacho honrado y virtuoso jamás se le hubiese ocurrido que el Demonio quisiera llevársele al Infierno.
La señora de Finkenstein mandó a los criados que fuesen inmediatamente a cerrar la puerta del jardín para evitar que entrasen los ladrones. Mauricio quería que se dejase abierta la puerta y que todos los criados del castillo, bien armados, se pusiesen en acecho [133] para sorprender de este modo a toda la cuadrilla y librar de ella a la comarca.
Pero la noble Condesa se opuso.
-Los ladrones no vendrán desarmados seguramente, y al defenderse podrían herir o matar a alguno de los nuestros, lo que me causaría inmensa desesperación.
-Tienes razón, Francisca -le dijo su marido-. Tenemos otros medios de apoderarnos de ellos. Puesto que su cómplice está en nuestro poder, los demás bandidos no podrán escapársenos: le obligaremos a revelarnos su guarida.
Así, pues, cerraron inmediatamente la puerta del jardín; pero el guardabosque dijo gruñendo:
-Yo no puedo consentir que esos bandidos salgan tan bien librados. Si, por lo menos, pudiera meterles unos cuantos perdigones en las piernas, no les estaría mal.
Fue a buscar su escopeta de dos cañones, la cargó, y se puso en acecho junto a la ventana, situada frente a la puerta del jardín. Esperó inútilmente: los bandidos no se dejaron ver.
A la hora convenida llegaron al castillo, y protegidos por la oscuridad se acercaron a las tapias del jardín; pero al oír los gritos de Thierry creyeron que estaban apaleándole. Al mismo tiempo vieron luz en varias habitaciones, y personas que subían de un piso y otro con lámparas en las manos; y comprendiendo que se había descubierto su intentona, se apresuraron a volver al bosque. Fue tan grande su terror, que hasta se dejaron olvidados los sacos que habían creído llenar de oro y plata: al día siguiente los encontraron junto a las tapias del jardín.
Apenas amaneció llegó el juez, a quien el señor de Finkenstein había hecho llamar; acompañábanle su escribiente y dos gendarmes, provistos de esposas y de cuerdas para maniatar al ladronzuelo.
Sacaron a éste de su encierro y le llevaron a una habitación, donde el juez quiso someterle a un interrogatorio en presencia del Conde de Finkenstein.
Al verse ante el juez Thierry recurrió a sus enredos y a sus embustes acostumbrados. Contó que unos ladrones le habían engañado obligándole a servirles; se guardó muy bien de revelar su verdadero origen, y ofreció guiar a los gendarmes al sitio donde se ocultaban los bandidos si le prometían perdonarle.
El juez no dio crédito a los embustes inventados por Thierry; pero no le amenazó, y le dejó en la creencia de que conseguiría engañar a la justicia.
El ataque al castillo de Finkenstein hizo mucho ruido en el país, e inmediatamente se reunieron todos los gendarmes y todos los guardas jurados del distrito, a los cuales se unieron gran número de aldeanos armados. El juez se puso al frente de este pequeño ejército, y se dirigió inmediatamente a las ruinas de la antigua fortaleza.
Thierry, atado de pies y manos, iba en una carreta indicando el camino que debía seguirse; señalaba los puntos por los cuales podían [134] escaparse los bandidos, y el juez los dejaba bien vigilados. Por fin entraron en el subterráneo, y encontraron a los tres ladrones dormidos, descansando de la fatiga de su expedición del día anterior. Los sorprendieron y los cogieron sin que pudieran defenderse, y hasta el mismo Waller, al verse rodeado de tanta gente, saludó al juez con nobleza y presentó las manos para que se las atasen, sin pronunciar una sola palabra.
Los otros dos estaban furiosos y se desataban en insultos contra Thierry: no por eso dejaron de atarlos y meterlos en la carreta con Thierry y todos los objetos hallados en el subterráneo.
Durante los primeros días los ladrones fueron interrogados con mucha frecuencia, y con arreglo a sus declaraciones tomaron informes en los diferentes lugares en los cuales habían vivido durante más o menos tiempo. Los bandidos pasaron más de un año en la cárcel, y a fuerza de investigaciones consiguió la justicia reconstituir toda su vida y todos sus crímenes. Cuando terminó el proceso los jueces elevaron sus conclusiones al Tribunal Supremo de la comarca y esperaron su fallo.

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