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IX
El pillete
Al perder a su querido padre, experimentó Thierry sincera
aflicción; pero pronto se alegró de verse libre de
una vigilancia severísima y de ser en lo sucesivo dueño
de sus acciones; porque sabía embaucar con tanto arte a su
madre, que ésta daba crédito a sus mentiras y le concedía
cuanto pedía.
El padre de Thierry había tenido buen cuidado de enviarle
todos los días a la escuela, y mientras vivió el buen
hombre, su hijo se distinguió por sus constantes progresos.
Todas las noches tenía que enseñarle a su padre sus
libros y repetirle todo lo que había aprendido durante el
día. Juan Mai solía también ir a ver al maestro
para saber qué conducta observaba su hijo en clase, y si
el profesor se quejaba castigaba severamente a Thierry, por lo que
éste temía más los castigos de su casa que
los de la escuela.
Pero pronto advirtió Thierry que su madre, a la sazón
la única persona encargada de educarle, le dejaba hacer cuanto
quería. Aún le obligaba a leer en su librito; pero
lejos de reprenderle cuando se equivocaba, colmábale de caricias
y de elogios; sus planas, aunque muy mal hechas, parecíanle
siempre admirables, y todo cuanto hacía su Thierry era para
ella una maravilla. El niño supo sacar gran partido de esta
debilidad materna. Cada día tenía menos afán
por aprender. Más deseoso de divertirse en la escuela que
de instruirse y adelantar, su mayor placer era enredar en clase,
distraer a sus condiscípulos y no dejarles estudiar. Cuando
le castigaban iba llorando a quejarse a su madre, y le contaba una
porción de mentiras hasta que la pobre mujer se ponía
furiosa con el maestro. Magdalena era muy buena y nunca había
reñido con nadie, pero cuando reprendían o castigaban
a su hijo perdía la cabeza. En un momento de arrebato se
marchó un día a la escuela, y delante de todos los
alumnos se encaró con el maestro, y con la mayor insolencia
le echó en cara su severidad. Luego se volvió a su
casa, y una vez en ella siguió criticando y poniendo en ridículo
al profesor; de suerte que desde aquel instante le perdió
Thierry el respeto.
Cuando el cura del pueblo se enteró de lo ocurrido entre
la madre [110] de Thierry y el maestro, llamó a Magdalena
para amonestarla y explicarle la falta que había cometido
molestando a un hombre que no había hecho más que
cumplir con su deber.
Después habló de los numerosos defectos de Thierry,
de la conducta que observaba en la escuela, y le contó sus
trastadas que denotaban malos instintos. Magdalena respondió
con vehemencia:
-Señor cura, mi hijo no es tan malo como creéis; todas
las cosas que acabáis de contarme no son más que travesuras,
chiquilladas, diabluras propias de su edad y de las que no hay para
qué hablar, porque a un niño de diez años se
le debe tolerar algún defecto; no hay nadie perfecto en este
mundo.
-Ya lo sé, Magdalena -replicó el cura-, pero todos
debemos procurar serlo; solamente una madre que esté ciega
puede disculpar los vicios que debería corregir cuidadosamente.
Porque los defectos de los niños no son tan pequeños,
tan insignificantes como sus padres se imaginan, y empleando una
comparación muy conocida, diré que crecen insensiblemente
con la edad, como las letras que se graban en un arbolillo aumentan
de tamaño a medida que el tronco se desarrolla. Los defectos
de Thierrry son muy graves. Ingrato y rebelde, no obedece a su maestro
a quien debía respetar como a un segundo padre. Ve con malos
ojos que sus condiscípulos sean mejores y más instruídos
que él, y los molesta y les atormenta de mil maneras. Si
no queréis que vuestro hijo sea un miserable capaz de pisotear
algún día las leyes divinas y humanas, apresuraos
a poner remedio a estas cosas y a mostrar más severidad,
porque de lo contrario se convertirá en azote de la sociedad
labrando al mismo tiempo su desgracia.
El digno sacerdote fue a la escuela y delante de sus compañeros
amonestó a Thierry tan paternalmente que todos los niños
se enternecieron. Hasta el mismo Thierry pareció algo conmovido.
Pero cuando regresó a su casa, su madre destruyó el
efecto de los prudentes consejos del cura. Censuró al sacerdote
diciendo que los tenía entre ojos a ella y a su hijo sin
saber por qué, y para vengarse en cierto modo empezó
a burlarse de su modo de andar y de su peluca, cosa que regocijó
extraordinariamente a Thierry. De esta suerte borró la buena
impresión que habían hecho en el corazón de
su hijo las prudentes palabras del anciano. Thierry dejó
de respetar al cura, y aquella madre imprudente siguió preparando
la desgracia de su hijo.
Thierry no se conducía mucho mejor en la iglesia que en la
escuela; entraba en el templo sin el menor recogimiento y se mostraba
tan irreverente que escandalizaba a todo el mundo. En lugar de rezar
distraía a los demás niños en sus oraciones,
y hacía tan poco caso del sermón y de la explicación
del catecismo que salía de la iglesia sin sacar el menor
provecho. Si su madre como tenía el deber de hacerlo le hubiese
hecho algunas preguntas sobre lo que acababa de oír, no hubiese
podido responderle.
Magdalena cometió otras muchas faltas por lo que a la educación
de su hijo respecta. Siempre que salía le compraba alguna
golosina, [111] de modo que el chico no tenía gana a la hora
de comer, y los manjares corrientes no eran ya de su agrado. Tenía
suficiente maña para sacarle todos los días unos cuartos
a su madre con los que compraba lo que se le antojaba; pero como
sus peticiones eran muy frecuentes y Magdalena no tenía ya
tanto dinero como cuando su marido vivía, se vio obligada
a disminuir algo sus gastos, y el granujilla empezó a robar
a su madre cubiertos o alhajas que vendía por la tercera
o la cuarta parte de su valor a ciertas personas de mala conducta,
con las que había llegado a relacionarse.
Las sospechas de su madre recaían en los extraños
unas veces y otras en la criada. Llegó hasta a despedir a
una porque se atrevió a insinuar que tal vez fuese Thierry
el autor de estos robos.
A pesar de los prudentes consejos que le dio su marido, Magdalena
casi no vigilaba a su hijo y le dejaba ir adonde quería.
Aprovechó Thierry esta libertad para vivir como un vagabundo
peleándose con los pilluelos de su edad, tirando piedras
a los transeúntes, martirizando a los animales, robando la
fruta de los huertos, destruyendo los nidos y gozándose en
matar a los pobres pajarillos. En fin, no estaba contento sino cuando
se hallaba entre gente maleante cuyas groseras diversiones y depravación
compartió en breve.
No tardó en resentirse él mismo de la corrupción
de sus costumbres. Un color pálido y lívido reemplazó
a las frescas rosas de sus mejillas, y su fisonomía tomó
una expresión descarada y repulsiva. Siempre llevaba las
ropas en desorden y sucias, y aunque su madre no omitía ningún
gasto para llevarle tan bien vestido como los niños de las
familias mejor acomodadas de la localidad, nunca, a pesar de sus
súplicas, pudo conseguir que fuese limpio y aseado.
Muchas veces volvía a su casa con el traje roto y lleno de
barro, con la cara y las manos ensangrentadas. Todo el mundo decía
que Thierry era un granuja, un pillete; en el pueblo no le llamaban
sino Thierry el malo, y todos aseguraban que acabaría mal.
Magdalena, que hasta entonces había sabido captarse la general
estimación por sus buenas cualidades, por su piedad, por
su honradez, por su caridad y por el orden que reinaba en su casa,
perdió gran parte de la consideración de que había
gozado. Llamábanla generalmente mala madre, y solían
decir que ella había pervertido a su hijo.
Cuando Thierry tuvo edad de aprender un oficio, su madre le sacó
de la escuela y habló a varios maestros, pero ninguno quiso
admitirle en su taller. Esto le dolió mucho a Magdalena y
empezó a preguntarse si tendrían razón en llamar
granuja a su hijo, arrepintiéndose amargamente de no haberle
vigilado y de haberle dejado demasiada libertad. Lloró su
error y se propuso ser menos indulgente en lo sucesivo; hasta habló
a su hijo varias veces con mucha severidad, pero ya era demasiado
tarde.
-¡Ah! -exclamaba la pobre mujer-. ¡Cuán cierto
es que el árbol se debe enderezar desde pequeñito,
y que cuando alcanza su completo desarrollo es imposible modificar
su inclinación!
Por fin encontró un honrado cerrajero antiguo amigo de su
marido [112] que compadecido de la apurada situación de la
pobre mujer consintió en tomar a Thierry de aprendiz. El
buen hombre trabajó cuanto pudo por reparar los daños
de su mala educación y enseñarle bien su oficio: tuvo
mucha paciencia con el chico; pero aunque sus intenciones eran muy
buenas, Thierry seguía siendo díscolo y desobediente.
Acostumbrado desde muy niño a estarse todo el día
correteando no podía resignarse a trabajar porque era indolente
y perezoso hasta dejarlo de sobra.
Hacíasele muy cuesta arriba no comer más que a las
horas de las comidas, y careciendo del suficiente dinero para comprar
golosinas como otras veces no pensaba sino en el medio de procurárselo.
Por esta razón, lo que con más gusto aprendía
en su oficio de cerrajero era el modo de hacer ganzúas y
llaves maestras para abrir todas las cerraduras. Hizo secretamente
algunos de estos instrumentos, y siempre los llevaba consigo.
Un día en que el cerrajero y su mujer fueron a una boda,
quedose solo Thierry en la casa, y resolvió probar su destreza
abriendo los cajones de una cómoda de su maestra, de los
que sacó diez escudos y una cadenita de oro. Al día
siguiente, cuando la mujer del cerrajero abrió el mueble
para guardar las alhajas, y sus ropas de los días de fiesta,
advirtió que había desaparecido la cadenita. Quedó
consternada, y se lo dijo confidencialmente a su marido. Éste
subió con ella a sus habitaciones, examinó la cerradura
del mueble y vio que había sido forzada. Inmediatamente sospecharon
de Thierry. Registraron su cuarto y encontraron en él, escondidos
en el jergón, la cadenita de oro y los diez escudos, y además
un reloj de oro, un cubierto de plata y varias golosinas.
Al ver todos aquellos objetos, el honrado cerrajero se estremeció
de horror. Pocos días antes había trabajado en casa
de un opulento comerciante, y le había acompañado
Thierry. En esa casa habían robado recientemente un reloj
que estaba sobre la chimenea del cuarto de un dependiente del comerciante,
a pesar de que la puerta del cuarto hallábase cerrada con
llave.
El reloj que el cerrajero acababa de encontrar era el que habían
robado; le reconocía por las señas que de él
le habían dado. El cubierto de plata pertenecía al
boticario, a cuya casa había ido Thierry ocho días
antes a presentar una factura; en el cubierto estaban grabadas las
iniciales del nombre y apellido del farmacéutico.
El cerrajero bajó consternado a la tienda para interrogar
a Thierry. Éste recurrió a las mentiras y a las zalamerías,
que tan excelentes resultados le daban con su madre, y prorrumpiendo
en llanto y protestando de su inocencia, aseguró que algún
envidioso había ocultado aquellos objetos en su jergón
para arrebatar al pobre huérfano la estimación de
unos amos a quienes veneraba. Indignada al ver semejante descaro
montó en cólera la mujer del cerrajero y le colmó
de insultos, cosa que, por lo demás, se tenía bien
merecido.
...sacó diez escudos y una cadenita de oro.
A los gritos acudieron los vecinos, y al saber de qué se
trataba, [114] unieron sus maldiciones a las de aquella mujer tan
justamente irritada. El cerrajero era el único que no decía
nada; pensaba tristemente en el partido que debía tomar.
-Por respeto a la memoria de su excelente padre, me limitaría
a echarle de mi casa -pensaba-; pero el tunante no se ha contentado
con robarme a mí: todo el mundo sabe que ha robado a otras
personas, y hasta que ha robado en las casas donde trabajaba por
encargo mío. Si no le entrego a la justicia, perderé
la reputación, y nadie querrá fiarse de mí:
tanto valdría cerrar inmediatamente la tienda, porque para
ejercer mi profesión es preciso ser muy honrado e inspirar
confianza al público. Puesto que no hay otro remedio, denunciaré
a este aprendiz que no ha tenido el menor reparo en exponerme a
la ruina y a la deshonra.
Después de dejar a Thierry bien encerrado en su cuarto fue
a buscar al comisario. Cuando volvió con el policía
vieron que descolgándose por la ventana y con ayuda de las
sábanas de su cama, el ladronzuelo se había escapado
a una callejuela por donde transitaba poca gente y desde la cual
había salido fácilmente al campo.
Cuando le dieron la terrible noticia Magdalena estuvo a punto de
desmayarse: avergonzada, abochornada, no se atrevía a salir
ni a recibir a nadie. Hubiera hecho cualquier sacrificio, por doloroso
que fuese, para echar tierra a aquel malhadado asunto; pero aunque
su hijo consiguiese eludir el castigo de las leyes, su nombre quedaría
deshonrado, y no había en el mundo nada que pudiese borrar
esta mancha. No le fue posible cerrar los ojos en toda la noche.
Rugía la tormenta, caía a torrentes la lluvia, y la
desgraciada madre preguntábase con angustia dónde
se hallaría aquel hijo tan querido y tan perverso. ¿Tendría
pan? ¿Estaría bajo techado? ¡Cuánto se
arrepentía en aquel momento de no haberle educado mejor!
Como las personas que secretamente enviara en busca de su hijo volvieran
sin haberle encontrado, creyó que en un acceso de desesperación
se había arrojado al río, y solamente el pensarlo
le ocasionó una grave y larga enfermedad. Cuando se restableció,
no tuvo valor para salir a la calle. Al ver a un hombre honrado
se enrojecía y se echaba a temblar; le parecía que
todas las miradas se fijaban en ella y le decían: «Creías
amar a tu hijo, y no le amabas. Tu excesiva indulgencia no se parecía
en nada al prudente y verdadero amor maternal; tu excesiva indulgencia
le ha perdido: es muy justo que su perdición sea el castigo
de tu exagerada blandura. Ahora llora, avergüénzate
y gime; y que tu ejemplo enseñe a las madres débiles
como tú lo que les sucede a los niños mimados y a
los padres que los miman.»
-¡Ah! -murmuraba la pobre llorando durante las interminables
y angustiosas noches de insomnio.- ¿Por qué no habré
seguido los consejos de mi marido? Verdad es que la ternura maternal
debe atenuar la severidad del padre: así lo dispone la divina
sabiduría; pero, para que no perjudique a los niños,
la indulgencia de la madre debe ir unida a cierta firmeza.
X
Los bandidos
Al escaparse del pueblo Thierry se refugió en el bosque cercano.
Este extenso bosque estaba tan poblado de arboleda, que era casi
intransitable. Thierry se extravió, y estuvo todo el día
corriendo de acá para allá sin encontrar una salida.
Llovía a torrentes, y un viento impetuoso agitaba de cuando
en cuando las ramas de los árboles, calando al desgraciado
hasta los huesos. Aproximábase la noche, y el bosque estaba
cada vez más oscuro. Thierry tenía hambre y temblaba
de frío. Tuvo miedo de morir en aquel bosque, y empezó
a llorar amargamente. Arrepentíase de su mala conducta, y
se proponía no volver a robar; pero al tomar esta resolución
no pensaba en Dios, que prohíbe y castiga el robo: inspirábansela
únicamente el terror y la angustia.
Al fin pudo encontrar un sendero, y en él halló a
un individuo cubierto de harapos y con un enorme haz de ramas de
álamo debajo del brazo. Del hombro izquierdo llevaba colgado
un frasco de estaño, y del derecho un morral que parecía
bien provisto; en la mano tenía un palo. Thierry se acercó
a él y le pidió tímidamente un pedazo de pan.
-¡Ah! ¿Eres tú, bribón, granuja? -le
dijo aquel hombre amenazándole con el garrote-. ¡Caes
como llovido del Cielo para hacerme ganar una buena recompensa!
¡Buena trastada has hecho! No se habla más que de ti
en el pueblo, adonde he ido a vender escobas. ¡Aguárdate,
tunante! Te están buscando por todas partes, y ya tienes
preparado alojamiento en la cárcel.
Temblando de miedo, Thierry se arrojó a los pies de aquel
hombre para pedirle perdón, y levantando las manos hacia
él en ademán de súplica exclamó:
-¡Ah! ¡Os lo suplico; tened compasión de mí
y no me entreguéis a la justicia! ¡Estoy muerto de
hambre, y tan cansado, que ya no puedo tenerme en pie! ¡Dadme
un pedazo de pan, si lleváis en el [116] morral, y un asilo
en donde pasar la noche! ¡Ah! ¡Os lo ruego de rodillas:
no seáis cruel conmigo!
El hombre le obligó a levantarse y le contestó:
-No tengas miedo, muchacho; no ha sido más que una broma.
No quiero hacerte daño; todo lo contrario.
Abrió su morral, sacó un pedazo de pan, y añadió:
-Toma; come.
Luego cogió el frasco de estaño, bebió primero,
y se lo ofreció después a Thierry, diciéndole:
-Bebe un trago de aguardiente: esto calienta el estómago.
Thierry comió y bebió con avidez.
-Ahora ya estás un poco más tranquilo. Vente conmigo,
si quieres. Encontrarás cena, carne asada, buen vino, un
excelente fuego para secarte, y un montón de musgo donde
dormirás como nosotros.
Thierry no podía comprender cómo un hombre tan mal
vestido podía procurarse carne asada y buen vino, y se atrevió
a preguntarle:
-¿Quién es usted?
-Soy Josse, el vendedor de escobas a quien todo el mundo conoce
en la comarca; y además, sirvo a un caballero que ha alquilado
todos los cotos de los alrededores. Ven: te irá muy bien
con nosotros.
El imprudente Thierry, que por otra parte se sentía muy animado
con el pan y el aguardiente que había tomado, no se hizo
rogar, y siguió sin reflexionar a aquel hombre de aspecto
tan sospechoso.
Echaron a andar sin tomar ninguna vereda, a través de lo
más espeso del bosque. Muchas veces tenían que meterse
por entre los matorrales, calándose hasta los huesos. El
camino estaba tan oscuro, que no se veía nada. Para no perderse
Thierry tenía que seguir paso a paso a su compañero.
Las zarzas le azotaban el rostro, y tan pronto se le enganchaba
un espino en el pelo y le arrancaban un mechón, como se daba
un golpe en la cabeza con las ramas poco elevadas. Anduvieron así
por espacio de una hora, y el desdichado Thierry, poco acostumbrado
a sufrir, lloraba como un niño. Por fin llegaron a la cima
de una escarpada roca, y entraron inmediatamente en un desfiladero
muy angosto. Después de recorrerle en toda su longitud y
al salir de entre las rocas creyó Thierry que todo el bosque
estaba ardiendo. Ante sus ojos extendíase un valle bastante
grande, y tras una roca medio oculta por un matorral elevábase
una densa humareda. Las seculares encinas, las hayas, los arbustos
de diversas especies, cuyo follaje había marchitado el otoño,
los altísimos abetos, que parecían llegar al cielo
con sus copas, y los pinos siempre verdes, iluminados por el resplandor
de la hoguera, despedían vivos reflejos amarillos, rojos
y verdes. De todos los árboles desprendíanse miríadas
de gotitas de agua, que al caer semejaban estrellas.
Thierry no se cansaba de admirar este cuadro fantástico y
verdaderamente pintoresco. [117]
-Ya hemos llegado -dijo el vendedor de escobas.
El niño y su acompañante dirigiéronse entonces
a la roca, y se hallaron frente a una inmensa hoguera, cuyas llamas
se elevaban retorciéndose violentamente. Apoyado en una roca
y con los brazos cruzados vio Thierry a un hombre de elevada estatura.
Su frente amplia y rodeada de una hermosa cabellera rizada, su bigote,
sus patillas negras y sedosas, y su traje de caza, elegante, aunque
un poco deteriorado, dábanle un aspecto distinguido, e indicaban
que él era el jefe de la partida.
La vacilante claridad de la hoguera iluminaba aquella imponente
figura. Al lado tenía una escopeta de dos cañones,
y a sus pies un ciervo recién muerto. Aquel hombre dirigió
a Thierry una mirada viva y penetrante; pero no se dignó
dirigirle una sola palabra.
No lejos de allí vio el hijo de Magdalena a un individuo
que estaba asando un pernil de corzo y daba vueltas al asador. A
pocos pasos de distancia, sobre la hierba, había un barrilito,
y un puchero de barro ennegrecido por el humo hacía las veces
de olla y vaso.
-¿Ya estás aquí, Josse? -preguntó el
cocinero al vendedor de escobas-. ¿De dónde demonios
nos traes este granuja? ¿Tienes confianza en él?
-¡Ah; ya lo creo!-contestó Josse dejando en el suelo
el brazado de ramas de álamo-. Es de fiar, porque ha reñido
para siempre con las personas honradas de su pueblo. Pero antes
déjame echar un trago, y luego te contaré la historia.
Bebió largo rato en el puchero, y exclamó:
-¡Oh; qué bien sienta esto!
Luego abrió su morral y sacó cuanto contenía.
Mira: aquí tienes pan, sal, queso de Holanda y excelente
tabaco; además, traigo una baraja nueva y, lo que es mejor,
pólvora y balas. Me parece que estarás contento de
mí.
Y dirigiéndose a Thierry añadió:
-¡Vamos; siéntate cerca del fuego, muchacho; caliéntate
bien, y anímate! El barril está lleno, y dentro de
un momento estará lista la cena.
-Bueno, bueno -gruñó el hombre que daba vueltas al
asador-; pero, entretanto nuestro nuevo compañero bien podía
reemplazarme...
Thierry se sentó en su sitio y empezó a dar vueltas
al asador, en tanto que Josse y el cocinero cargaban sus pipas y
se ponían a fumar. Josse contó a su compañero
la historia del muchacho que le había acompañado.
-Créeme -añadió al terminar-: tengo buena opinión
de ese pillastre. En primer lugar, es bastante despierto, y creo
que he hecho bien en traérmele para enseñarle a hacer
escobas. Con lo que sabe de su oficio de cerrajero podrá
componer las llaves de nuestras escopetas, y además -añadió
dirigiendo a su compañero unas miradas de inteligencia- -podrá
sernos muy útil en ciertas ocasiones...
Josse miró al hombre que seguía apoyado en la peña,
y le preguntó:
Bebió largo rato en el puchero.
[119]
-¿Qué decís a esto, capitán?
El interpelado se encogió de hombros y no contestó.
Josse, que a causa de sus frecuentes libaciones, tenía muchas
ganas de charlar, dirigiose entonces a Thierry y le dijo:
-Mira, chiquillo: pórtate bien, y te quedarás con
nosotros, y te alegrarás. No te asustes del severo aspecto
de ese señor: aunque no fuma ni bebe, no es malo. Verdad
es que tampoco habla; pero cuando habla, habla muy bien. Se llama
Waller, ha estudiado mucho, y es de una familia...
-¿Qué estás ahí charlando? -gritó
Waller con voz tonante. ¿Qué necesidad tiene de saberlo?
¡Josse, el vino te hace hablar demasiado! Cállate,
o si no...
Y dirigió una mirada a su escopeta.
-¡Ah; si, es verdad! -murmuró Josse corrigiéndose-.
A veces, cuando echo un trago, charlo tanto, que no sé lo
que me digo. Mira, Thierry: mis discursos no siempre deben tomarse
al pie de la letra; ya recordarás que soy muy aficionado
a dar bromas. Este otro señor -continuó Josse- que
tiene la bondad de acompañarnos con el vaso en la mano y
la pipa en la boca no es tan reservado: por eso puedo decirte que
se llama Schlik, y que cuando se unió a nosotros iba muy
bien vestido y llevaba un traje precioso, cuajado de bordados de
oro.
-Y a ti, maldito charlatán -exclamó Waller con voz
grave-, ¿cómo te llamamos? Díselo también
a ese chiquillo, si te atreves.
-¿Y por qué no? Estos señores me han puesto
Gluglú, porque el beber bien es mi pasión favorita.
Verdad es que al principio me molestaba un poco este mote; pero
ahora lo mismo me da. A todo se acostumbra uno. Antes era yo tan
rico, que hubiese podido llenar de escudos este barril: hoy no soy
más que un pobre vendedor de escobas. ¡Qué más
da! -exclamó acariciando con la mano el tonel-. ¡Con
tal que no se acabe lo que hay aquí dentro, me doy por contento!
En aquel momento acabó Schlik de fumar su pipa, se levantó,
examinó el asado, y, encontrándole bastante hecho,
lo apartó del fuego, en tanto que Josse cogía un vaso,
lo llenaba de agua en un manantial cercano y lo colocaba al lado
de Waller sobre la peña.
Waller cortó un pedazo de pan y otro de carne, se los comió
de pie, bebió en seguida un vaso de agua, mientras que sus
compañeros sentados en torno del fuego saboreaban alegremente
el asado y el vino, se dirigió hacia el arroyo que atravesaba
el valle, y aunque no había cesado la lluvia y comenzaban
a caer algunos copos de nieve, empezó a pasearse con las
manos cruzadas a la espalda.
Josse bebía trago tras trago a la salud de su nuevo camarada.
De repente exclamó:
-¡Ah! ¡Con franqueza! ¿Qué tal te encuentras
entre nosotros?
Thierry, calado hasta los huesos, casi tostado por un lado y helado
por el otro, se llevó la mano a la cabeza, que le dolía
mucho, y respondió con voz doliente: [120]
-¿Quién no se hallaría bien aquí? No
hay en el mundo lugar donde mejor se viva.
Entretanto la hoguera junto a la cual estaban sentados nuestros
tres bebedores comenzaba a extinguirse. Dejó de llover, disipáronse
los negros nubarrones, y la Luna, elevándose por encima de
los negros abetos, disipó con su suave resplandor la medrosa
oscuridad del bosque. Waller, que hasta entonces había estado
paseando a la orilla del arroyo, se acercó a sus compañeros:
-¿No habéis acabado todavía? -les dijo con
voz vibrante-. ¿Vais a estar bebiendo toda la noche? ¡Levantaos
y vámonos! Tú, Schlik, ten cuidado de tapar con ramaje
el ciervo que he matado. Ya sabe Josse adónde tiene que llevarle
mañana; tampoco se olvidará de volver a llenar el
tonel. ¡Vamos; daos prisa! Tal vez vaya luego a reunirme con
vosotros.
Luego cogió su escopeta, se internó por entre los
árboles y desapareció.
Schlik y Josse obedecieron inmediatamente las órdenes de
su jefe, y después de hacer cuanto acababa de mandarles se
pusieron en camino con Thierry. Al llegar a la parte más
agreste del bosque tuvieron que abrirse paso a través de
espesos matorrales, que subir cuestas y trepar a enormes peñascos.
Thierry, rendido de fatiga y sin fuerzas ya para seguir a sus compañeros,
se echó a llorar.
-Ten un poco de paciencia -díjole Josse-. Dentro de poco
verás nuestro magnífico castillo.
Al fin, a la luz de la Luna vio Thierry, no sin estremecerse, un
torreón medio destruido que se alzaba entre las ruinas de
un antiguo castillo construido en los tiempos del feudalismo. Al
verle quedose Thierry aterrado, y gritó:
-¡Ah! ¡Éste es el antiguo castillo de los aparecidos
de la selva; mi madre me ha hablado de él muchas veces!
-¡Qué imbécil eres! -díjole Josse-. ¡No
hay aparecidos más que en tu imaginación!
-¡No, no; estoy seguro de ello! Mi madre me ha contado que
por los alrededores de este castillo se ve rondar espectros de rostro
repugnante y que echan llamas por la boca. ¡Hi, hi! ¡Tengo
miedo!
-¡No, no, tontín, no tengas miedo! Los aparecidos que
la gente asegura haber visto aquí éramos nosotros
mismos: tuvimos que apelar a esta treta para impedir que los curiosos
vinieran a visitar las ruinas y poder instalarnos en ellas sin temor
de que nos molestasen.
Pronto llegaron junto al foso que circundaba la antigua fortaleza,
foso que a la sazón no era más que un pantano cubierto
de juncos y de cañas, y a través del cual los bandidos
habían abierto un camino colocando unas piedras de trecho
en trecho. La mayor parte de estas piedras estaban tapadas por el
agua, y era preciso conocer muy bien su posición y el sitio
donde estaban colocadas para no caer al pantano.
Después de caminar durante algún tiempo, por entre
escombros, [121] zarzas y espinos llegaron al pie de la derruida
torre. Schlik apartó algunas piedras, y nuestros tres caminantes
se metieron por el hueco que dejaron, después de lo cual
volvieron a colocar las piedras en su sitio.
En medio de la más profunda oscuridad siguieron entonces
un estrecho corredor casi interminable, y al fin se hallaron en
su morada subterránea. Schlik sacó pedernal y yesca
y encendió una antorcha, a la luz de la cual pudo Thierry
examinar el subterráneo. Era un vasto recinto abovedado;
formaban las paredes enormes peñascos, y el suelo estaba
empedrado. Los bandidos eran los únicos que conocían
la existencia de aquel subterráneo, que permanecía
intacto en medio de las ruinas del castillo.
En el suelo veíase gran cantidad de víveres, utensilios
de cocina, y una porción de objetos. Trajes de todas clases,
escopetas, sables y pistolas adornaban las paredes, y un montón
de musgo y de hojas secas servía de cama a los bandidos,
los cuales se acostaron inmediatamente, se taparon con sus capotes
y se durmieron.
Thierry hallábase, pues, entre bandoleros; y aunque su modo
de vivir no le hacía mucha gracia, acabó por acostumbrarse,
y hasta por encontrarse muy bien en su compañía. Sin
embargo, delante de Waller estaba siempre como avergonzado, y le
tenía mucho miedo, porque aquel hombre singular no se parecía
en nada a sus compañeros, los cuales le obedecían
como a un jefe.
Siempre estaba muy serio, hablaba poco y buscaba la soledad. Muchas
veces durante el día veíasele sentado en las ruinas
a la sombra de un abeto, absorto en la lectura de un libro muy viejo.
Un día tuvo Thierry la curiosidad de examinar aquel libro,
que Waller se había dejado olvidado sobre una piedra, y como
era una obra griega y Thierry no había visto jamás
aquellos caracteres, creyó que tenía delante el libro
de un hechicero.
Al anochecer Waller permanecía generalmente inmóvil,
con los ojos fijos en el Sol que iba a ocultarse tras las montañas.
En aquellos momentos nadie se atrevía a hablarle, excepto
Schlik, que solía sentarse a su lado y se pasaba toda la
noche charlando con él. Thierry se acercaba algunas veces
para oírlos; pero Waller le vio un día y le apostrofó
tan duramente, que Thierry se marchó corriendo. Otras veces
veíale Thierry pasearse de arriba a abajo por entre las ruinas
a la luz de la Luna, y le oía lanzar profundos suspiros.
Waller no dormía nunca con sus compañeros en el subterráneo;
vivía en una habitación aparte y muy limpia, cuya
entrada estaba tan bien disimulada, que no era fácil descubrirla.
Tenía una cama bastante buena, unas sillas y una mesa en
la que se veían algunos libros. En esta habitación
se encerraba cuando hacía mal tiempo, y se pasaba allí
días enteros completamente solo. Muchas veces se marchaba
con Schlik, y no volvía hasta pasados varios días.
Como Thierry estaba generalmente solo con Josse, intimó con
él, y entre ambos se estableció mutua confianza. El
bandido le regaló, [122] una linda escopeta y le enseñó
a manejarla. Thierry llegó a ser excelente tirador, lo que
les causó a ambos gran alegría. Poco a poco, fue iniciándole
Josse en los secretos del infame oficio que ejercían aquellos
bandidos. Un día le dijo que no vendía escobas más
que para guardar las apariencias y para tener un pretexto para poder
recorrer el bosque e introducirse en las casas con objeto de reconocer
el terreno, y también de vender la caza que mataban.
-Ya he descubierto varios sitios donde Schlik y yo haremos un buen
negocio en cuanto las noches sean más largas. Waller es demasiado
orgulloso para acompañarnos en estas excursiones; pero, sin
embargo, tampoco está ocioso. Cuando se marcha con Schlik
no lo hace porque le guste pasearse: ya han amenazado con una pistola
a más de un viajero pidiéndole la bolsa o la vida.
Tú eres un chico listo, y ya debes de haberlo comprendido.
La primera vez que salgamos Schlik y yo, prepárate a ser
de la partida. Vendrás: ¿no es eso?
Thierry, familiarizado con el robo desde su infancia, no experimentó
la menor repugnancia al oír esta proposición; por
el contrario, manifestó gran alegría y prometió
acompañarlos.
En efecto; poco tiempo después, durante las noches de tormenta,
cuando estaba muy oscuro y llovía a torrentes, Schlik, Josse
y Thierry saquearon algunas casas de los pueblos y de las aldeas
inmediatas y tornaron al bosque cargados con un rico botín,
que repartieron equitativamente. A Thierry le recompensaban generosamente,
y el desdichado estaba contentísimo de poder vivir en la
ociosidad, apoderándose de la propiedad ajena, y sin necesidad
de molestarse en trabajar.
Sin embargo, no tardó Thierry en comprender que la vergonzosa
profesión que había abrazado tenía sus peligros
y sus quiebras. Las expediciones de los ladrones no siempre daban
el resultado apetecido, porque a veces los sorprendían, hacíanles
fuego, pedían socorro, tocaban a rebato, y tenían
que escapar rápidamente para que no los cogiesen. Una vez
un perrazo enorme al que de intento habían dejado suelto
se arrojó sobre Thierry, le cogió por la nuca y le
zarandeó con violencia: seguramente le hubiese despedazado
si no llega a acudir Schlik, el cual a fuerza de sablazos obligó
al perro a soltar su presa. Pero el pobre Thierry estaba hecho una
lástima: sus heridas le hicieron perder mucha sangre y le
produjeron violentos dolores que tardaron mucho en quitársele,
porque no se atrevía a acudir a ningún médico
por temor a que le descubriesen.
Otras veces recorrían el bosque soldados, carabineros o gendarmes:
los ladrones huían, y no siempre tenían tiempo de
llegar a su guarida, viéndose entonces obligados a refugiarse
en la espesura, y permanecer allí días enteros atormentados
por el hambre y la ansiedad. En cuanto un pajarillo agitaba el follaje,
huían los bandidos aterrados. Con mucha frecuencia pasaban
la noche entre los matorrales, acostados sobre el húmedo
suelo. Ya no se atrevían a entrar en los pueblos, porque
desde hacía mucho tiempo conocían a Schlik en todas
partes, y hasta el falso vendedor de escobas se había [123]
hecho sospechoso; tanto, que ya no se atrevían a ir a las
aldeas para comprar las necesarias provisiones. Ocurríales
con frecuencia no tener sino pan duro como una piedra por todo alimento.
A veces en el momento que se sentaban en el bosque en torno a la
hoguera para comer el asado que acababan de sacar del asador aparecía
un pelotón de gendarmes, y tenían que abandonarlo
todo y huir con el estómago vacío, dándose
por muy contentos con salvar la vida.
En estos momentos pensaba Thierry:
-¡Qué existencia tan insoportable! ¡Oh! ¡Cuánto
más feliz era yo cuando estaba en casa de mi maestro y podía
sentarme a la mesa con tanta tranquilidad y acostarme por las noches
en una buena cama! ¡Todas las contrariedades de aquella época
eran insignificantes comparadas con las molestias, las zozobras
y las angustias de ahora!
También tenía un miedo horrible a la cárcel
y al patíbulo, y con bastante frecuencia le atormentaba la
voz de su conciencia, que ni aun los hombres más depravados
consiguen sofocar por completo.
Más de veinte veces se propuso firmemente separarse de los
ladrones, huir de ellos y entrar de criado en casa de algún
aldeano.
-Es mil veces mejor -se decía- guardar los cerdos, como el
hijo pródigo, que seguir llevando una vida tan miserable.
Pero en cuanto volvían los buenos tiempos y podía
pasar un día entero fumando, bebiendo y cantando a su sabor
con sus compañeros, renunciaba a sus buenos propósitos,
o los dejaba para mejor ocasión. El desgraciado había
olvidado el adagio que tanto repetía su padre: «El
camino del Infierno está empedrado de buenas intenciones
y de propósitos de enmienda jamás cumplidos.»
XI
Preparando un robo
Un día que, como de costumbre, la cuadrilla carecía
de provisiones encamináronse Josse y Thierry a un mesón
que se hallaba aislado en medio del bosque.
Desde hacía muchos años era Josse uno de los mejores
parroquianos de la posada, cuyo dueño, hombre de muy malos
antecedentes, habíase encargado de guardar y vender la caza
y otros objetos que provenían de las rapiñas de la
cuadrilla, a la cual surtía también de víveres.
Esta vez se los proporcionó a cambio de una petaca de plata
que habían robado hacía algún tiempo. Por la
tarde Josse y Thierry regresaron al subterráneo cargados
con toda clase de provisiones.
-¡Viva la buena vida, amigo Schlik! -exclamó Josse
mostrando, entre otras cosas, el pan, el vino, el tabaco y la baraja
que se había procurado-. Ya podemos beber, fumar y jugar
cuanto queramos.
En aquel momento Waller se paseaba solo, como tenía por costumbre,
por entre los restos de las viejas murallas derruidas.
Suplicole Schlik que cenase con ellos; pero aquel hombre, siempre
sombrío y silencioso, respondió únicamente
con un ademán, y después de continuar durante unos
momentos su solitario paseo se encerró en su cuarto y cenó
completamente solo.
Entretanto los otros tres bandidos comían alegremente, y
de pronto exclamó Schlik:
-La verdad es que estamos pasando un buen rato; pero estos momentos
pueden hacerse cada vez más raros. Pronto se nos acabarán
los víveres; ¿y qué haremos entonces? Ahora
que ha volado la petaca de plata, ya no tenemos nada que vender,
y nos será difícil echar mano a otras cosas de valor.
Ya nos conocen aquí, y no podemos hacer nada. Sólo
nos queda un recurso: dar un buen golpe, golpe de mano maestra,
y marcharnos con lo que cojamos a otro sitio donde nadie nos conozca.
¿No os parece que debíamos ir al castillo de Finkenstein
para robarle? [125]
-¿Qué estás diciendo? -replicó Josse-.
Ese castillo está rodeado de elevadas murallas que sería
imposible escalar; la puerta y las verjas son tan sólidas
y están tan bien cerradas, que el castillo parece una fortaleza.
-Ya lo sé; pero sé también que no hay fortaleza
de que no pueda uno apoderarse con ayuda de un amigo que facilite
la entrada en ella. Y en esta ocasión podría Thierry
sernos muy útil. Escuchadme: voy a exponeros un plan, y os
convenceréis de que será facilísima su ejecución.
Estamos en otoño. Cuando hace buen tiempo el Conde y su familia
se entretienen por las tardes en cazar chochas con red. Cuando vuelvan
al castillo Thierry se hará el encontradizo, se fingirá
enfermo, y dirá que tiene unos dolores tan fuertes, que no
puede dar un paso. Le creerán fácilmente, porque el
tunante tiene un aspecto tan enfermizo, que cualquiera diría
que está tísico desde hace tres años. Como
el castillo está aislado y a más de media legua de
la aldea más próxima, el Conde se compadecerá
de él y le hará entrar. Entonces, por la noche, aprovechará
Thierry un momento oportuno, y cuando todos estén profundamente
dormidos nos abrirá una de las puertas falsas, y entraremos
sin encontrar el menor obstáculo.
Mientras Schlik hablaba le escuchaba Josse muy pensativo y con la
cabeza baja.
-No me parece mal pensado -dijo al fin-; pero me choca que me propongas
una cosa en la cual sabes demasiado que no he de consentir, porque
no ignoras que en otro tiempo los condes de Finkenstein me hicieron
muchos beneficios. Además, todos los que viven en ese castillo
son personas excelentes, y sentiría mucho que les sucediese
algo malo.
-¡Bah! ¡Valiente desgracia! Esas gentes son riquísimas
y no les hace falta el dinero: por unos cuantos miles de escudos
de más o de menos no se morirán, y siempre les quedará
más de lo que necesitan.
-Verdad es. Sin embargo, tengo que hacerte una advertencia: conozco
al señor de Finkenstein; no se dejará robar tan fácilmente.
Él y Mauricio se defenderán con valor, y nuestra intentona
podría dar mal resultado.
-No te preocupes por eso. Waller ha combinado tan bien su plan,
que ninguno de nosotros recibirá el más ligero arañazo.
Ya debes conocerle: es prudente, y no le gusta derramar sangre.
Sabrá tomar tan bien sus medidas, que los habitantes del
castillo no se darán cuenta de nuestra expedición
hasta que echen de menos el oro y la plata. Sin embargo, tendremos
que llevar armas, aunque no sea más que para imponernos en
caso de necesidad; pero aun cuando fuésemos sin armas, aun
cuando llevásemos las pistolas descargadas, ten la seguridad
de que Waller sabrá arreglar tan bien las cosas, que no nos
volveremos con las manos vacías.
-¡Enhorabuena! Si así fuese, no tendría el menor
inconveniente en ser de la partida. Pero puesto que Waller irá
con nosotros, os acompañaré, porque tengo en él
la mayor confianza. [126]
Luego que el infame, el despreciable Josse consintió en coadyuvar
a la ejecución del criminal proyecto recobró toda
su alegría y empezó a jactarse de que sería
utilísima su intervención en aquel asunto, cuyo buen
éxito le parecía indudable. Había sido criado
del Conde de Finkenstein, y conocía perfectamente las habitaciones
del castillo, así como la disposición de sus largos
y numerosos corredores; también conocía el cuarto
y los armarios donde el Conde y su esposa guardaban los cubiertos
de plata, el oro y las alhajas. Por lo tanto, dio a Thierry una
porción de datos y de detalles sobre las diversas puertas
que debía abrir con ayuda de sus ganzúas, hablándole
principalmente de la puerta del jardín y de la puertecilla
falsa por la cual debían ellos entrar en el castillo.
Thierry escuchó atentamente sus instrucciones, y prometió
desplegar toda su mafia y su destreza en la ejecución del
infame proyecto. Los tres ladrones bebieron después repetidas
veces a la salud de Waller y por el feliz éxito de su empresa,
añadiendo a una voz: «¡Hasta mañana por
la noche!»
Al día siguiente pusiéronse en camino los bandidos.
Dando grandes rodeos y caminando por la espesura, dirigiéronse
al castillo de Finkenstein. Waller y Schlik iban armados de sables,
y cada uno de ellos llevaba al cinto un par de pistolas cargadas.
Josse se encargó de los sacos destinados a guardar los productos
del robo, y Thierry por su parte iba provisto de sus llaves falsas
y de las ganzúas que se llevó al escaparse de casa
del cerrajero. Al anochecer se escondieron entre los árboles,
a poca distancia del castillo, esperando el momento oportuno para
realizar el robo.
Era una de las tardes más hermosas de aquel otoño.
Una ligera brisa refrescaba el ambiente, y el Sol se acercaba al
horizonte entre celajes de púrpura; el Conde y su esposa,
con Federico y Luisa, sus hijos, salieron del castillo, más
que para cazar las chochas, para gozar de tan deliciosa tarde. Seguíanlos
Mauricio con su escopeta al hombro y un lacayo que llevaba la red.
El grupo se encaminó a un claro del bosque que era muy a
propósito para cazar pájaros con red. A la entrada
de esta clara alzábanse dos abetos. Los dos cazadores, con
ayuda de unas cuerdas atadas a las ramas de estos dos árboles,
extendieron la ancha red, que tapaba como una cortina de gasa verde
la entrada del bosque. Los señores de Finkenstein se acomodaron
en un banco de césped al pie de uno de los árboles,
y Luisa se sentó a su lado. Junto al otro abeto hallábase
Federico de pie con la cuerda que había de cerrar la red
en la mano. El anciano cazador se colocó detrás de
él para avisarle en el momento oportuno. Todo el mundo guardaba
silencio, y los niños no apartaban los ojos de la red; pero
no se veía ninguna chocha. Ya hacía bastante tiempo
que el Sol se había puesto; la Luna, velada hasta entonces
por tenues celajes, tornose más brillante, en tanto que los
vivos resplandores del créspulo se extinguían insensiblemente.
Apenas se veía la red en medio de la oscuridad. Los niños
habían perdido ya la esperanza de cazar un solo pajarillo,
cuando de repente dos chochas tropezaron [127] con la red con tal
violencia, que se les enredó el largo pico y la cabeza en
las mallas, y al forcejear para escaparse parecía que iban
a arrastrarla.
-¡Tirad! -dijo el cazador.
Federico tiró de la cuerda, cerrose la red, y las dos chochas
quedaron presas en ella, con gran alegría de los dos niños.
El Conde y su familia regresaron entonces al castillo. Thierry estaba
ya acostado a un lado del camino junto a un matorral.
Llevaba los pies desnudos, y envuelto en trapos uno de ellos que
tenía un volumen enorme. Entre estos trapos ocultaba sus
llaves falsas y sus ganzúas.
Era casi de noche cuando la familia pasó por aquel sitio.
Federico fue el primero que vio un bulto junto al matorral.
-¿Quién está ahí? -exclamó.
Levantose Thierry trabajosamente con ayuda de un bastón,
y se acercó cojeando y en actitud suplicante, haciendo como
que apenas podía tenerse en pie.
El Conde le preguntó de dónde venía a tales
horas y qué hacía en aquel sitio. Thierry lanzó
un suspiro, hizo un gesto como si experimentase intolerables dolores,
y dijo con lastimera entonación:
-¡Ah! ¡Pobre de mí! ¡Ya no tengo asilo,
ni padre ni madre, y me veo reducido a pedir limosna! Aunque quiero
ganarme la vida trabajando, nadie quiere tomarme de criado por lo
mal que tengo la pierna. Ahora vengo de Pruneville, a tres leguas
de aquí, adonde he ido para que me viese la llaga un médico,
el cual me ha puesto un emplasto que me abrasa como si fuese fuego,
porque dice que es necesario cauterizarme la pierna. Para colmo
de desdichas, me he perdido en el bosque, y desde mediodía
ando de un lado para otro entre las zarzas y los espinos, sin haber
comido ni bebido en todo este tiempo. Yo confiaba en llegar esta
noche a Hirsfeld; pero me es imposible seguir andando, y tendré
que pasar la noche al aire libre, muerto de hambre y de frío.
Tras estas palabras sacó un pañuelo todo roto, y llevándoselo
a los ojos hizo como que se secaba las lágrimas.
Tanto se dolieron la señora de Finkenstein y sus hijos de
la situación del pobre niño, que rogaron al Conde
que le hiciera ir al castillo y le concediera hospitalidad hasta
que la llaga se le curase.
El Conde, que también era bueno y generoso, estaba dispuesto
a acceder a los caritativos deseos de su familia; pero, sin embargo,
no pudo menos de clavar en Thierry una penetrante mirada, como si
hubiese querido convencerse de que era verdad lo que decía
el pordiosero.
El astuto Thierry sorprendió esta mirada, e inmediatamente
hizo ademán de desatar las cintas con que se sujetaban los
trapajos, para enseñar la horrible llaga que tenía
en la pierna. Demasiado sabía que la aristocrática
familia no lo consentiría.
En efecto; no se lo permitieron.
-¡No, no! -exclamó la Condesa haciendo un ademán
imperativo. [128]
-¡Déjalo! ¡No puedo ver heridas! Te creemos sin
necesidad de que nos la enseñes. Síguenos.
La familia continuó su camino, y Thierry se fue tras ellos,
cojeando como si le costase mucho trabajo seguirlos, y riéndose
interiormente de su confianza. Cuando llegaron al castillo la bondadosa
dama hizo que le dieran de cenar en la habitación del portero,
e indicó la alcoba en que había de pasar la noche.
Dio también las órdenes oportunas para que en cuanto
amaneciese fueran a buscar al médico que tan bien había
curado al padre de Fridolín, y luego se separó de
él para dirigirse a sus habitaciones.
Thierry entró en la portería, y comió con delicia
la cena que le sirvieron, sin dejar de tocarse de cuando en cuando
la pierna, quejándose de sus dolores. Cuando concluyó
de cenar el portero le hizo atravesar un largo corredor, y le llevó
a una habitación que tenía el techo de ladrillo y
donde había una cama muy limpia.
-Aquí tienes tu cama -le dijo el portero-: no necesitas luz,
porque la Luna te servirá de lámpara. ¡Buenas
noches; que duermas bien!
Y se marchó, llevándose el candelero y cerrando la
puerta.
XII
Dios protege a los buenos
En cuanto Thierry se quedó solo se quitó los trapos
de la pierna, se metió en el bolsillo las llaves y las ganzúas
que pronto había de necesitar, y se echó completamente
vestido en la cama, donde se estuvo muy quietecito hasta que creyó
que todos estarían dormidos. En cuanto vio que en la casa
reinaba el más completo silencio, se levantó, abrió
con mucho cuidado la puerta de su cuarto y salió al corredor.
Cuando le acompañó el portero a la alcoba tuvo Thierry
buen cuidado en fijarse en la disposición de la casa, y vio
la puerta del jardín con sus barras de hierro y la cerradura
mohosa de que le había hablado Josse. Dirigiose hacia ella
guiándose por las paredes, que tocaba con la mano que tenía
libre, pues la otra la llevaba ocupada con las herramientas.
Después de recorrer el largo corredor con las mayores precauciones,
llegó a la puerta, cuyos cerrojos desechó sin hacer
ruido; también consiguió forzar la cerradura, y se
detuvo un momento en el umbral de la puerta abierta.
Un viento de otoño vivo y glacial agitaba las ramas de los
árboles, casi desprovistas de su ropaje, y silbaba por entre
las hojas que tapizaban el suelo. La Luna había desaparecido
hacía mucho tiempo, y algunas pocas estrellas esparcidas
por el firmamento brillaban acá y acullá entre las
nubes.
Thierry pensaba esperar en aquel sitio la llegada de los otros bandidos;
pero sentía un frío tan grande en los pies, tanto
si los apoyaba en la arena del jardín como en las losas de
mármol del corredor, que le fue imposible soportarlo más
tiempo. Dejó, pues, entreabierta la puerta del jardín
y se volvió a su cuarto, teniendo la precaución de
no cerrarle, para oír el ligero silbido con que sus compañeros
anunciarían su llegada. Thierry se acostó en la cama,
apoyando la cabeza en el brazo y procurando no dormirse. [130]
De repente creyó que se había desencadenado un huracán:
las ventanas temblaron, y la puerta de su cuarto se abrió
de par en par. Thierry tuvo miedo, pero pronto se tranquilizó.
-Es el viento -se dijo-. Al silbar por entre las chimeneas del castillo
ha hecho ese ruido y ha abierto del todo la puerta, que ya estaba
entreabierta.
Pero un momento después oyó en el corredor unos pasos
que poco a poco fueron percibiéndose más claramente
y más cerca.
-¡Qué modo de andar tan raro! -pensó, enjugándose
la frente-. Esos no son pasos de hombres. ¿Qué demonios
serán?
Pronto se oyeron en la alcoba aquellos mismos pasos, y Thierry vio
junto a la ventana un bulto negro con grandes cuernos.
Este bulto se acercó a él y se detuvo delante de su
cama. Thierry, aterrado, se tapó con las mantas.
-¡Oh! -pensó-. ¡Éste es el Demonio, que
castiga a los malos!
El ser fantástico a quien el ladronzuelo tomaba por el Demonio
era el corzo. La puerta del jardín se había abierto
empujada por una racha de viento, y el corzo, enemigo declarado
de los merodeadores, había entrado en el corredor; una vez
allí, guiado por su olfato, advirtió la presencia
de un ser extraño, y fue a hacerle aquella visita nocturna.
Thierry enmudeció de terror al encontrarse ante aquel bulto
espantoso, ante aquellos ojos fulgurantes, ante aquellos cuernos
amenazadores; un sudor frío brotó de su frente, y
acabó por envolverse completamente en las mantas.
El supuesto demonio le dio por lo pronto varias cornadas, que a
pesar de la protección de las mantas le hicieron ver las
estrellas; no contento con esto, saltó a la cama y empezó
a revolver la ropa con los cuernos como si quisiera apartarla. Entonces
Thierry, no pudiendo resistir más, hizo un esfuerzo, echó
a un lado las mantas, saltó de la cama y salió corriendo
por el corredor. El corzo le persiguió, le tiró al
suelo y le puso como nuevo a fuerza de cornadas y pisotones.
Thierry consiguió levantarse varias veces; pero apenas se
disponía a huir, cuando su enemigo le derribaba nuevamente.
De esta suerte llegaron al vestíbulo, al pie de la escalera
principal, donde le embistió otra vez, tirándole al
suelo y subiéndose encima de él para impedir que se
levantase y fuese más lejos. Thierry, fuera de sí
y sin saber ya qué hacer, empezó a gritar con todas
sus fuerzas:
-¡Que me coge, que me arrastra! ¡Socorro! ¡Socorro!
Estos gritos y este estrépito despertaron a los habitantes
del castillo. El primero que apareció en lo alto de la escalera
con una luz en la mano fue Mauricio. Thierry, desesperado, corrió
a su encuentro, se arrojó a sus pies, y abrazándose
a sus rodillas exclamó:
-¡Oh! ¡Protegedme! ¡Salvadme! ¡Todo lo confesaré!
-¡Habla, confiesa! -gritó el anciano con voz terrible.
... le embistió otra vez, tirándole al suelo.
Pero antes de que Thierry hubiese podido tomar aliento acudieron
los criados. También aparecieron poco después el Conde,
la [132] Condesa y los dos niños. Los lastimeros gritos de
Thierry habían despertado a todo el mundo y sembrado la alarma
en el castillo.
-Hablad, Mauricio -dijo el Conde dirigiéndose al anciano
guardabosque-. Decidme qué es lo que ha pasado y quién
es ese tunante que ha armado semejante escándalo.
-Vuestra excelencia va a oírlo de sus propios labios -respondió
el cazador-. ¡Vamos, habla, granuja! ¿Por qué
has venido a este castillo? ¿Cuál era tu intención?
Sé franco ante todo: de lo contrario, lo pasarás mal.
Thierry confesó llorando que se había dejado convencer
por unos cazadores furtivos, los cuales le habían dicho que
se fingiese cojo y mendigo para que le dejasen pasar la noche en
el castillo, y que cuando estuviese dentro les abriese la puerta
del jardín, en lo cual no había consentido sino obligado
por sus amenazas; pero que en vez de los cazadores furtivos había
entrado el Diablo, que le había dado muchas cornadas y quería
arrastrarle.
Fridolín, que estaba al lado del señor de Finkenstein
con una luz en la mano, miró con más atención
a Thierry y exclamó:
-¡Ah! ¡Te conozco; tú eres el chico que mató
de un tiro a una pobre corza en el bosque delante de su hijito!
¡Sí, sí; tú eres! ¿No es verdad
que entonces no creías que el corzo vengaría algún
día a su madre y te entregaría a la justicia, y tal
vez te llevaría al patíbulo? Pero Dios lo ha dispuesto
así: Dios es un juez misericordioso, pero justo y severo.
Thierry miraba a Fridolín con asombro, sin comprender lo
que quería decir. Entonces le explicó Mauricio que
el hijito de la corza a la que tan cruelmente inmolara hacía
algún tiempo en el bosque de Haselbach había sido
criado en el castillo, convirtiéndose en un magnífico
animal, y que aquél era el diablo que tantas cornadas le
había dado.
-¿Habrá en el mundo criatura más tonta, más
imbécil que yo? -exclamó Thierry dándose una
palmada en la frente.- ¡Me creía el más listo
de los muchachos de mi edad, y confundo a un corzo con el Diablo!
¡Me he dejado engañar por un irracional hasta el punto
de revelar un complot que estaba tan bien combinado! ¡Oh!
¡Es para desesperarse, para tirarse de los pelos de vergüenza
y de rabia!
Los criados se reían a carcajadas de la singular equivocación
del jovenzuelo; pero el Conde la consideraba como una buena lección,
y dijo gravemente:
-El terror de este muchacho proviene de un error, es cierto; pero
este error oculta una gran verdad: su conciencia es la que le ha
hecho ver al Diablo bajo la forma de este excelente animal. A un
muchacho honrado y virtuoso jamás se le hubiese ocurrido
que el Demonio quisiera llevársele al Infierno.
La señora de Finkenstein mandó a los criados que fuesen
inmediatamente a cerrar la puerta del jardín para evitar
que entrasen los ladrones. Mauricio quería que se dejase
abierta la puerta y que todos los criados del castillo, bien armados,
se pusiesen en acecho [133] para sorprender de este modo a toda
la cuadrilla y librar de ella a la comarca.
Pero la noble Condesa se opuso.
-Los ladrones no vendrán desarmados seguramente, y al defenderse
podrían herir o matar a alguno de los nuestros, lo que me
causaría inmensa desesperación.
-Tienes razón, Francisca -le dijo su marido-. Tenemos otros
medios de apoderarnos de ellos. Puesto que su cómplice está
en nuestro poder, los demás bandidos no podrán escapársenos:
le obligaremos a revelarnos su guarida.
Así, pues, cerraron inmediatamente la puerta del jardín;
pero el guardabosque dijo gruñendo:
-Yo no puedo consentir que esos bandidos salgan tan bien librados.
Si, por lo menos, pudiera meterles unos cuantos perdigones en las
piernas, no les estaría mal.
Fue a buscar su escopeta de dos cañones, la cargó,
y se puso en acecho junto a la ventana, situada frente a la puerta
del jardín. Esperó inútilmente: los bandidos
no se dejaron ver.
A la hora convenida llegaron al castillo, y protegidos por la oscuridad
se acercaron a las tapias del jardín; pero al oír
los gritos de Thierry creyeron que estaban apaleándole. Al
mismo tiempo vieron luz en varias habitaciones, y personas que subían
de un piso y otro con lámparas en las manos; y comprendiendo
que se había descubierto su intentona, se apresuraron a volver
al bosque. Fue tan grande su terror, que hasta se dejaron olvidados
los sacos que habían creído llenar de oro y plata:
al día siguiente los encontraron junto a las tapias del jardín.
Apenas amaneció llegó el juez, a quien el señor
de Finkenstein había hecho llamar; acompañábanle
su escribiente y dos gendarmes, provistos de esposas y de cuerdas
para maniatar al ladronzuelo.
Sacaron a éste de su encierro y le llevaron a una habitación,
donde el juez quiso someterle a un interrogatorio en presencia del
Conde de Finkenstein.
Al verse ante el juez Thierry recurrió a sus enredos y a
sus embustes acostumbrados. Contó que unos ladrones le habían
engañado obligándole a servirles; se guardó
muy bien de revelar su verdadero origen, y ofreció guiar
a los gendarmes al sitio donde se ocultaban los bandidos si le prometían
perdonarle.
El juez no dio crédito a los embustes inventados por Thierry;
pero no le amenazó, y le dejó en la creencia de que
conseguiría engañar a la justicia.
El ataque al castillo de Finkenstein hizo mucho ruido en el país,
e inmediatamente se reunieron todos los gendarmes y todos los guardas
jurados del distrito, a los cuales se unieron gran número
de aldeanos armados. El juez se puso al frente de este pequeño
ejército, y se dirigió inmediatamente a las ruinas
de la antigua fortaleza.
Thierry, atado de pies y manos, iba en una carreta indicando el
camino que debía seguirse; señalaba los puntos por
los cuales podían [134] escaparse los bandidos, y el juez
los dejaba bien vigilados. Por fin entraron en el subterráneo,
y encontraron a los tres ladrones dormidos, descansando de la fatiga
de su expedición del día anterior. Los sorprendieron
y los cogieron sin que pudieran defenderse, y hasta el mismo Waller,
al verse rodeado de tanta gente, saludó al juez con nobleza
y presentó las manos para que se las atasen, sin pronunciar
una sola palabra.
Los otros dos estaban furiosos y se desataban en insultos contra
Thierry: no por eso dejaron de atarlos y meterlos en la carreta
con Thierry y todos los objetos hallados en el subterráneo.
Durante los primeros días los ladrones fueron interrogados
con mucha frecuencia, y con arreglo a sus declaraciones tomaron
informes en los diferentes lugares en los cuales habían vivido
durante más o menos tiempo. Los bandidos pasaron más
de un año en la cárcel, y a fuerza de investigaciones
consiguió la justicia reconstituir toda su vida y todos sus
crímenes. Cuando terminó el proceso los jueces elevaron
sus conclusiones al Tribunal Supremo de la comarca y esperaron su
fallo.
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