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LA GENEALOGÍA
DE LA MORAL
Friedrich Nietzsche
Un escrito polémico
TRATADO SEGUNDO
«Culpa», «mala conciencia» y similares
1Criar un animal al que le sea lícito hacer promesas -¿no
es precisamente esta misma paradójica tarea la que la naturaleza
se ha propuesto con respecto al hombre? ¿No es éste
el auténtico problema del hombre?... El hecho de que tal
problema se halle resuelto en gran parte tiene que parecer tanto
más sorprendente a quien sepa apreciar del todo la fuerza
que actúa en contra suya, la fuerza de la capacidad de olvido.
Esta no es una mera vis inertiae [fuerza inercial], como creen los
superficiales, sino, más bien, una activa, positiva en el
sentido más riguroso del término, facultad de inhibición,
a la cual hay que atribuir el que lo únicamente vivido, experimentado
por nosotros, lo asumido en nosotros, penetre en nuestra consciencia,
en el estado de digestión (se lo podría llamar "asimilación
anímica"), tan poco como penetra en ella todo el multiforme
proceso con el que se desarrolla nuestra nutrición del cuerpo,
la denominada "asimilación corporal". Cerrar de
vez en cuando las puertas y ventanas de la consciencia; no ser molestados
por el ruido y la lucha con que nuestro mundo subterráneo
de órganos serviciales desarrolla su colaboración
y oposición; un poco de silencio, un poco de tabula rasa
[tabla rasa] de la consciencia, a fin de que de nuevo haya sitio
para lo nuevo, y sobre todo para las funciones y funcionarios más
nobles, para el gobernar, el prever, el predeterminar (pues nuestro
organismo está estructurado de manera oligárquica)
-éste es el beneficio de la activa, como hemos dicho, capacidad
de olvido, una guardiana de la puerta, por así decirlo, una
mantenedora del orden anímico, de la tranquilidad, de la
etiqueta: con lo cual resulta visible en seguida que sin capacidad
de olvido no puede haber ninguna felicidad, ninguna jovialidad,
ninguna esperanza, ningún orgullo, ningún presente.
El hombre en el que ese aparato de inhibición se halla deteriorado
y deja de funcionar es comparable a un dispéptico (y no sólo
comparable-), ese hombre no "digiere" íntegramente
nada... Precisamente este animal olvidadizo por necesidad, en el
que el olvidar representa una fuerza, una forma de la salud vigorosa,
ha criado en sí una facultad opuesta a aquéllas una
memoria con cuya ayuda la capacidad de olvido queda en suspenso
en algunos casos,-a saber, en los casos en que hay que hacer promesas;
por tanto, no es, en modo alguno, tan sólo un pasivo no-poder-volver-a
liberarse de la impresión grabada una vez, no es tan sólo
la indigestión de una palabra empeñada una vez, de
la que uno no se desembaraza, sino que es un activo no-querer-volver-a-liberarse,
un seguir y seguir queriendo lo querido una vez, una auténtica
memoria de la voluntad, de tal modo que entre el originario "yo
quiero", y la auténtica descarga de la voluntad, su
acto, resulta lícito interponer tranquilamente un mundo de
cosas, circunstancias e incluso actos de voluntad nuevos y extraños,
sin que esa larga cadena de la voluntad salte. Mas ¡cuántas
cosas presupone todo esto! Para disponer así anticipadamente
del futuro, ¡cuánto debe haber aprendido antes el hombre
a separar el acontecimiento necesario del casual, a pensar causalmente,
a ver y a anticipar lo lejano como presente, a saber establecer
con seguridad lo que es fin y lo que es medio para el fin, a saber
en general contar, calcular,-cuánto debe el hombre mismo,
para lograr esto, haberse vuelto antes calculable, regular, necesario,
poder responderse a sí mismo de su propia representación,
para finalmente poder responder de sí como futuro a la manera
como lo hace quien promete!
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Esta es cabalmente la larga historia de la procedencia de la responsabilidad.
Aquella tarea de criar un animal al que le sea lícito hacer
promesas incluye en sí como condición y preparación,
según lo hemos comprendido ya, la tarea más concreta
de hacer antes al hombre, hasta cierto grado, necesario, uniforme,
igual entre iguales, ajustado a regla, y, en consecuencia, calculable.
El ingente trabajo de lo que yo he llamado "eticidad de la
costumbre" (véase Aurora, págs. 7, 13, 16)-el
auténtico trabajo del hombre sobre sí mismo en el
más largo período del género humano, todo su
trabajo prehistórico, tiene aquí su sentido, su gran
justificación, aunque en él residan también
tanta dureza, tiranía, estupidez e idiotismo: con ayuda de
la eticidad de la costumbre y de la camisa de fuerza social el hombre
fue hecho realmente calculable. Situémonos, en cambio, al
final del ingente proceso, allí donde el árbol hace
madurar por fin sus frutos, allí donde la sociedad y la eticidad
de la costumbre sacan a luz por fin aquello para lo cual ellas eran
tan sólo el medio: encontraremos, como el fruto más
maduro de su árbol, al individuo soberano, al individuo igual
tan sólo a sí mismo, al individuo que ha vuelto a
liberarse de la eticidad de la costumbre, al individuo autónomo,
situado por encima de la eticidad (pues "autónomo"
y "ético" se excluyen), en una palabra, encontraremos
al hombre de la duradera voluntad propia independiente, al que le
es lícito hacer promesas -y, en él, una consciencia
orgullosa, palpitante en todos sus músculos, de lo que aquí
se ha logrado por fin y se ha encarnado en él, una auténtica
consciencia de poder y libertad, un sentimiento de plenitud del
hombre en cuanto tal. Este hombre liberado, al que realmente le
es lícito hacer promesas, este señor de la voluntad
libre, este soberano -¿cómo no iba a conocer la superioridad
que con esto tiene sobre todo aquello a lo que no le es lícito
hacer promesas ni responder de sí, cómo no iba a saber
cuánta confianza, cuánto temor, cuánto respeto
inspira -él "merece" las tres cosas-, y cómo,
en este dominio de sí mismo, le está dado también
necesariamente el dominio de las circunstancias, de la naturaleza
y de todas las criaturas menos fiables, más cortas de voluntad?
El hombre "libre", el poseedor de una voluntad duradera
e inquebrantable, tiene también, en esta posesión
suya, su medida del valor: mirando a los otros desde sí mismo,
honra o desprecia; y con la misma necesidad con que honra a los
iguales a él, a los fuertes y fiables (aquellos a quienes
les es lícito hacer promesas), es decir, a todo el que hace
promesas como un soberano, con dificultad, raramente, con lentitud,
a todo el que es avaro de conceder su confianza, que honra cuando
confía, que da su palabra como algo de lo que uno puede fiarse,
porque él se sabe lo bastante fuerte para mantenerla incluso
frente a las adversidades, incluso "frente al destino"-:
con igual necesidad tendrá preparado su puntapié para
los flacos galgos que hacen promesas sin que les sea lícito,
y su estaca para el mentiroso que quebranta su palabra ya en el
mismo momento en que aún la tiene en la boca. E1 orgulloso
conocimiento del privilegio extraordinario de la responsabilidad,
la consciencia de esta extraña libertad, de este poder sobre
sí y sobre el destino, se ha grabado en él hasta su
más honda profundidad y se ha convertido en instinto, en
instinto dominante: -¿cómo llamará a este instinto
dominante, suponiendo que necesite una palabra para él? Pero
no hay ninguna duda: este hombre soberano lo llama su conciencia...
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¿Su conciencia?... De antemano se adivina que el concepto
, que aquí encontramos en su configuración más
elevada, casi paradójica, tiene ya a sus espaldas una larga
historia, una prolongada metamorfosis. Que al hombre le sea lícito
responder de sí mismo, y hacerlo con orgullo, o sea, que
al hombre le sea lícito decir sí también a
sí mismo esto es, como hemos indicado, un fruto maduro, pero
también un fruto tardío: -¡cuánto tiempo
tuvo que pender, agrio y amargo, del árbol! Y durante un
tiempo mucho más largo todavía no fue posible ver
nada de ese fruto,-¡a nadie le habría sido lícito
prometerlo, por más que fuese un fruto muy cierto y todo
en el árbol estuviese preparado y creciese derecho hacia
él! "¿Cómo hacerle una memoria al animal-hombre?
¿Cómo imprimir algo en este entendimiento del instante,
entendimiento en parte obtuso, en parte aturdido, en esta viviente
capacidad de olvido, de tal manera que permanezca presente?"...
Puede imaginarse que este antiquísimo problema no fue resuelto
precisamente con respuestas y medios delicados; tal vez no haya,
en la entera prehistoria del hombre, nada más terrible y
siniestro que su mnemotécnica. "Para que algo permanezca
en la memoria se lo graba a fuego; sólo lo que no cesa de
doler permanece en la memoria" -éste es un axioma de
la psicología más antigua (por desgracia, también
la más prolongada) que ha existido sobre la tierra. Incluso
podría decirse que en todos los lugares de ésta donde
todavía ahora se dan solemnidad, seriedad, misterio, colores
sombríos en la vida del hombre y del pueblo, sigue actuando
algo del espanto con que en otro tiempo se prometía, se empeñaba
la palabra, se hacían votos en todos los lugares de la tierra:
el pasado, el más largo, el más hondo, el más
duro pasado alienta y resurge en nosotros cuando nos ponemos "serios".
Cuando el hombre consideró necesario hacerse una memoria,
tal cosa no se realizó jamás sin sangre, martirios,
sacrificios; los sacrificios y empeños más espantosos
(entre ellos, los sacrificios de los primogénitos), las mutilaciones
más repugnantes (por ejemplo, las castraciones), las más
crueles formas rituales de todos los cultos religiosos (y todas
las religiones son, en su último fondo, sistemas de crueldades)
-todo esto tiene su origen en aquel instinto que supo adivinar en
el dolor el más poderoso medio auxiliar de la mnemónica.
En cierto sentido toda la ascética pertenece a este campo:
unas cuantas ideas deben volverse imborrables, omnipresentes, inolvidables,
"fijas", con la finalidad de que todo el sistema nervioso
e intelectual quede hipnotizado por tales "ideas fijas"-
y los procedimientos ascéticos y las formas de vida ascéticas
son medios para impedir que aquellas ideas entren en concurrencia
con todas las demás, para volverlas "inolvidables".
Cuanto peor ha estado "de memoria" la humanidad, tanto
más horroroso es siempre el aspecto que ofrecen sus usos;
en particular la dureza de las leyes penales nos revela cuánto
esfuerzo le costaba a la humanidad lograr la victoria contra la
capacidad de olvido y mantener presentes, a estos instantáneos
esclavos de los afectos y de la concupiscencia, unas cuantas exigencias
primitivas de la convivencia social. Nosotros los alemanes no nos
consideramos desde luego un pueblo especialmente cruel y duro de
corazón, y menos aún gente ligera y que viva al día;
pero basta echar un vistazo a nuestros antiguos ordenamientos penales
para darse cuenta del esfuerzo que cuesta en la tierra llegar a
criar un "pueblo de pensadores" (quiero decir: el pueblo
de Europa en el que todavía hoy puede encontrarse el máximo
de confianza, de seriedad, de mal gusto y de objetividad y que,
por estas cualidades, tiene derecho a criar todo tipo de mandarines
de Europa). Estos alemanes se han construido una memoria con los
medios más terribles, a fin de dominar sus básicos
instintos plebeyos y la brutal rusticidad de éstos: piénsese
en las antiguas penas alemanas, por ejemplo la lapidación
(-ya la leyenda hace caer la piedra de molino sobre la cabeza del
culpable), la rueda (¡la más característica
invención y especialidad del genio alemán en el reino
de la pena!), el empalamiento, el hacer que los caballos desgarrasen
o pisoteasen al reo (el "descuartizamiento"), el hervir
al criminal en aceite o vino (todavía en uso en los siglos
XIV y XV), el muy apreciado desollar ("sacar tiras del pellejo"),
el arrancar la carne del pecho, y también el recubrir al
malhechor de miel y entregarlo, bajo un sol ardiente, a las moscas.
Con ayuda de tales imágenes y procedimientos se acaba por
retener en la memoria cinco o seis "no quiero", respecto
a los cuales uno ha dado su promesa con el fin de vivir entre las
ventajas de la sociedad,-y ¡realmente!, ¡con ayuda de
esa especie de memoria se acabó por llegar "a la razón"!
-Ay, la razón, la seriedad, el dominio de los afectos, todo
ese sombrío asunto que se llama reflexión, todos esos
privilegios y adornos del hombre: ¡qué caros se han
hecho pagar!, ¡cuánta sangre y horror hay en el fondo
de todas las "cosas buenas"!...
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Pero ¿cómo vino al mundo esa otra "cosa sombría",
la consciencia de la culpa, toda la "mala conciencia"?
-Y con esto volvemos a nuestros genealogistas de la moral. Dicho
una vez más -¿o es que todavía no lo he dicho?-:
éstos no sirven para nada. Una experiencia propia, meramente
"moderna", de cinco palmos de larga; ningún conocimiento,
ninguna voluntad de conocer el pasado; y menos aún un instinto
histórico, una "segunda visión", necesaria
justamente aquí-y, sin embargo, hacer historia de la moral:
es obvio que esto tiene que abocar a resultados cuya relación
con la verdad es algo más que frágil. Esos genealogistas
de la moral habidos hasta ahora, ¿se han imaginado, aunque
sólo sea de lejos, que, por ejemplo, el capital concepto
moral "culpa" (Schuld) procede del muy material concepto
"tener deudas" (Schullen)? ¿O que la pena en cuanto
compensación se ha desarrollado completamente al margen de
todo presupuesto acerca de la libertad o falta de libertad de la
voluntad?- y esto hasta el punto de que, más bien, se necesita
siempre un alto grado de humanización para que el animal
"hombre" comience a hacer aquellas distinciones, mucho
más primitivas, de "intencionado", "negligente",
"casual", "imputable», y, sus contrarios, y
a tenerlos en cuenta al fijar la pena. Ese pensamiento ahora tan
corriente y aparentemente tan natural, tan inevitable, que se ha
tenido que adelantar para explicar cómo llegó a aparecer
en la tierra el sentimiento de la justicia, "el reo merece
la pena porque habría podido actuar de otro modo", es
de hecho una forma alcanzada muy tardíamente, más
aún, una forma refinada del juzgar y razonar humanos; quien
la sitúa en los comienzos, yerra toscamente sobre la psicología
de la humanidad más antigua. Durante el más largo
tiempo de la historia humana se impusieron penas no porque al malhechor
se le hiciese responsable de su acción, es decir, no bajo
el presupuesto de que sólo al culpable se le deban imponer
penas: -sino, más bien, a la manera como todavía ahora
los padres castigan a sus hijos, por cólera de un perjuicio
sufrido, la cual se desfoga sobre el causante,-pero esa cólera
es mantenida dentro de unos límites y modificada por la idea
de que todo perjuicio tiene en alguna parte su equivalente y puede
ser realmente compensado, aunque sea con un dolor del causante del
perjuicio. ¿De dónde ha sacado su fuerza esta idea
antiquísima, profundamente arraigada y tal vez ya imposible
de extirpar, la idea de una equivalencia entre perjuicio y dolor?
Yo ya lo he adivinado: de la relación contractual entre acreedor
y deudor, que es tan antigua como la exis-tencia de "sujetos
de derechos" y que, por su parte, remite a las formas básicas
de compra, venta, cambio, comercio y tráfico.
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Como puede ya esperarse tras lo anteriormente señalado, el
representarse esas relaciones contractuales despierta, en todo caso,
múltiples sospechas y oposiciones contra la humanidad más
antigua, que creó o permitió tales relaciones. Cabalmente
es en éstas donde se hacen promesas; cabalmente es en éstas
donde se trata de hacer una memoria a quien hace promesas; cabalmente
será en ellas, es lícito sospecharlo con malicia,
donde habrá un yacimiento de lo duro, de lo cruel, de lo
penoso. El deudor, para infundir confianza en su promesa de restitución,
para dar una garantía de la seriedad y la santidad de su
promesa, para imponer dentro de sí a su conciencia la restitución
como un deber, como una obligación, empeña al acreedor,
en virtud de un contrato, y para el caso de que no pague, otra cosa
que todavía "posee", otra cosa sobre la que todavía
tiene poder, por ejemplo su cuerpo, o su mujer, o su libertad, o
también su vida (o, bajo determinados presupuestos religiosos,
incluso su bienaventuranza, la salvación de su alma, y, en
ultima instancia, hasta la paz en el sepulcro; así ocurría
en Egipto, donde ni siquiera en el sepulcro encontraba el cadáver
del deudor reposo ante el acreedor, -de todos modos, precisamente
entre los egipcios ese reposo tenía también cierta
importancia). Pero muy principalmente el acreedor podía irrogar
al cuerpo del deudor todo tipo de afrentas y de torturas, por ejemplo
cortar de él tanto como pareciese adecuado a la magnitud
de la deuda: -y basándose en este punto de vista, muy pronto
y en todas partes hubo tasaciones precisas, que en parte se extendían
horriblemente hasta los detalles más nimios, tasaciones,
legalmente establecidas, de cada uno de los miembros y partes del
cuerpo. Yo considero ya como un progreso, como prueba de una concepción
jurídica más libre, más amplia en sus cálculos,
más romana, el que la legislación romana de las Doce
Tablas estableciese que resultaba indiferente el que los acreedores
cortasen un poco más o un poco menos en tales casos, si plus
minusve secuerunt, ne fraude esto [corten más o menos, no
sea fraude]. Aclarémonos la lógica de toda esta forma
de compensación: es bastante extraña. La equivalencia
viene dada por el hecho de que, en lugar de una ventaja directamente
equilibrada con el perjuicio (es decir, en lugar de una compensación
en dinero, tierra, posesiones de alguna especie), al acreedor se
le concede, como restitución y compensación, una especie
de sentimiento de bienestar,-el sentimiento de bienestar del hombre
a quien le es lícito descargar su poder, sin ningún
escrúpulo, sobre un impotente, la voluptuosidad le faire
le mal pour le plaisir de le faire [de hacer el mal por el placer
de hacerlo], el goce causado por la violentación: goce que
es estimado tanto más cuanto más hondo y bajo es el
nivel en que el acreedor se encuentra en el orden de la sociedad
y que fácilmente puede presentarse como un sabrosísimo
bocado, más aún, como gusto anticipado de un rango
más alto. Por medio de la "pena" infligida al deudor,
el acreedor participa de un derecho de señores: por fin llega
también él una vez a experimentar el exaltador sentimiento
de serle lícito despreciar y maltratar a un ser como a un
"inferior" -o, al menos, en el caso de que la auténtica
potestad punitiva, la aplicación de la pena, haya pasado
ya a la "autoridad", el verlo despreciado y maltratado.
La compensación consiste, pues, en una remisión y
en un derecho a la crueldad.
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En esta esfera, es decir, en el derecho de las obligaciones es donde
tiene su hogar nativo el mundo de los conceptos morales "culpa"
(Schuld), "conciencia", "deber", "santidad
del deber", -su comienzo, al igual que el comienzo de todas
las cosas grandes en la tierra, ha estado salpicado profunda y largamente
con sangre. ¿Y no sería lícito añadir
que, en el fondo, aquel mundo no ha vuelto a perder nunca del todo
un cierto olor a sangre y a tortura? (ni siquiera en el viejo Kant:
el imperativo categórico huele a crueldad.) Ha sido también
aquí donde por vez primera se forjó aquel siniestro
y tal vez ya indisociable engranaje de las ideas "culpa y sufrimiento".
Preguntemos una vez más: ¿en qué medida puede
ser el sufrimiento una compensación de "deudas"?
En la medida en que hacer sufrir produce bienestar en sumo grado,
en la medida en que el perjudicado cambiaba el daño, así
como el desplacer que éste le producía, por un extraordinario
contra-goce: el hacer-sufrir,-una auténtica fiesta, algo
que, como hemos dicho, era tanto más estimado cuanto más
contradecía al rango y a la posición social del acreedor.
Esto lo hemos dicho como una suposición: pues, prescindiendo
de que resulta penoso, es difícil llegar a ver el fondo de
tales cosas subterráneas; y quien aquí introduce toscamente
el concepto de "venganza", más que facilitarse
la visión, se la ha ocultado y oscurecido (-la venganza misma,
en efecto, remite cabalmente al mismo problema: "¿cómo
puede ser una satisfacción el hacer sufrir?"). Repugna,
me parece, a la delicadeza y más aún a la tartufería
de los mansos animales domésticos (quiero decir, de los hombres
modernos, quiero decir, de nosotros) el representarse con toda energía
que la crueldad constituye en alto grado la gran alegría
festiva de la humanidad más antigua, e incluso se halla añadida
como ingrediente a casi todas sus alegrías; el imaginarse
que por otro lado su imperiosa necesidad de crueldad se presenta
como algo muy ingenuo, muy inocente, y que aquella humanidad establece
por principio que precisamente la "maldad desinteresada"
(o, para decirlo con Spinoza, la sympathia malevolens [simpatía
malévola]) es una propiedad normal del hombre-: ¡y,
por tanto, algo a lo que la conciencia dice sí de todo corazón!
Un ojo más penetrante podría acaso percibir, aun ahora,
bastantes cosas de esa antiquísima y hondísima alegría
festiva del hombre; en Más allá del bien y del mal,
págs. 117 y ss. (y ya antes en Aurora, págs. 17, 68,
102) yo he apuntado, con dedo cauteloso, hacia la espiritualización
y "divinización" siempre crecientes de la crueldad,
que atraviesan la historia entera de la cultura superior (y tomadas
en un importante sentido incluso la constituyen). En todo caso,
no hace aún tanto tiempo que no se sabía imaginar
bodas principescas ni fiestas populares de gran estilo en que no
hubiese ejecuciones, suplicios, o, por ejemplo, un auto de fe, y
tampoco una casa noble en que no hubiese seres sobre los que poder
descargar sin escrúpulos la propia maldad y las chanzas crueles
(-recuérdese, por ejemplo, a Don Quijote en la corte de la
duquesa: hoy leemos el Don Quijote entero con un amargo sabor en
la boca, casi con una tortura, pero a su autor y a los contemporáneos
del mismo les pareceríamos con ello muy extraños,
muy oscuros, -con la mejor conciencia ellos lo leían como
el más divertido de los libros y se reían con él
casi hasta morir). Ver sufrir produce bienestar; hacer-sufrir, más
bienestar todavía -ésta es una tesis dura, pero es
un axioma antiguo, poderoso, humano- demasiado humano, que, por
lo demás, acaso suscribirían ya los monos; pues se
cuenta que, en la invención de extrañas crueldades,
anuncian ya en gran medida al hombre y, por así decirlo,
lo "preludian". Sin crueldad no hay fiesta: así
lo enseña la más antigua, la más larga historia
del hombre -¡y también en la pena hay muchos elementos
festivos!-
7
-Con estos pensamientos, dicho sea de pasada, no pretendo en modo
alguno ayudar a nuestros pesimistas a llevar agua nueva a sus malsonantes
y chirriantes molinos del tedio vital; al contrario, hay que hacer
constar expresamente que, en aquella época en que la humanidad
no se avergonzaba aún de su crueldad, la vida en la tierra
era más jovial que ahora que existen pesimistas. El oscurecimiento
del cielo situado sobre el hombre ha aumentado siempre en relación
con el acrecentamiento de la vergüenza del hombre ante el hombre.
La cansada mirada pesimista, la desconfianza respecto al enigma
de la vida, el glacial no de la náusea sentida ante la vida
-éstos no son los signos distintivos de las épocas
de mayor maldad del género humano: antes bien, puesto que
son plantas cenagosas, aparecen tan sólo cuando existe la
ciénaga a la que pertenecen, -me refiero a la moralización
y al reblandecimiento enfermizos, gracias a los cuales el animal
"hombre" acaba por aprender a avergonzarse de todos sus
instintos. En el camino hacia el "ángel" (para
no emplear aquí una palabra más dura) se ha ido criando.
el hombre ese estómago estropeado y esa lengua saburrosa
causantes de que no sólo se le hayan vuelto repugnantes la
alegría y la inocencia del animal, sino que la vida misma
se le haya vuelto insípida: -de modo que a veces el hombre
se coloca delante de sí con la nariz tapada y, junto con
el Papa Inocencio III, hace, con aire de reprobación, el
catálogo de sus repugnancias ("concepción impura,
alimentación nauseabunda en el seno materno, mala cualidad
de la materia de la que el hombre se desarrolla, hedor asqueroso,
secreción de esputos, orina y excrementos"). En estos
tiempos de ahora en que el sufrimiento aparece siempre el primero
en la lista de los argumentos contra la existencia, como el peor
signo de interrogación de ésta, es bueno recordar
las épocas en que se juzgaba de manera opuesta, pues no se
podía prescindir de hacer sufrir y se veía en ello
un atractivo de primer rango, un auténtico cebo que seducía
a vivir. Tal vez entonces -digámoslo para consuelo de los
delicados- el dolor no causase tanto daño como ahora; al
menos le será lícito llegar a esta conclusión
a un médico que haya tratado a negros (tomando a éstos
como representantes del hombre prehistórico) en casos de
graves inflamaciones internas que llevan a las puertas de la desesperación
incluso al mejor constituido de los europeos; -a los negros no los
llevan a ella. (La curva de la capacidad humana de dolor parece
de hecho bajar extraordinariamente y casi de manera repentina tan
pronto como dejamos a las espaldas los primeros diez mil o diez
millones de hombres de la cultura superior; por lo que a mi respecta,
no tengo ninguna duda de que, en comparación con una única
noche de dolor de una mujer histérica culta) la totalidad
de los sufrimientos de todos los animales a los que se les ha interrogado
hasta ahora con el cuchillo para obtener respuestas científicas,
no cuenta sencillamente nada.) Quizá sea lícito admitir
incluso la posibilidad de que tampoco aquel placer en la crueldad
está propiamente extinguido; tan sólo precisaría,
dado que hoy el dolor causa más daño, de una cierta
sublimación y sutilización, tendría sobre todo
que presentarse traducido a lo imaginativo y anímico, y adornado
con nombres tan inofensivos que no despertasen sospecha alguna ni
siquiera en la más delicada conciencia hipócrita (la
es uno de esos nombres; otro es les nostalgies de la croix [las
nostalgias de la cruz] ). Lo que propiamente nos hace indignarnos
contra el sufrimiento no es el sufrimiento en sí, sino lo
absurdo del mismo; pero ni para el cristiano, que en su interpretación
del sufrimiento ha introducido en él toda una oculta maquinaria
de salvación, ni para el hombre ingenuo de tiempos más
antiguos, que sabía interpretar todo sufrimiento en relación
a los espectadores o a los causantes del mismo, existió en
absoluto tal sufrimiento absurdo. Para poder expulsar del mundo
y negar honestamente el sufrimiento oculto, no descubicrto, carente
de testigos, el hombre se veía entonces casi obligado a inventar
dioses y seres intermedios, habitantes en todas las alturas y en
todas las profundidades, algo, en suma, que tambien vagabundea en
lo oculto, que también ve en lo oscuro y que no se deja escapar
fácilmente un espectáculo doloroso interesante. En
efecto, con ayuda de tales invenciones la vida consiguió
entonces realizar la obra de arte que siempre ha sabido realizar,
justificarse a sí rnisma, justificar su ; tal vez hoy se
necesitarían para este fin otras invenciones auxiliares (por
ejemplo, la vida como enigma, la vida como problema del conocirniento).
: así decía la lógica prehistórica del
sentimiento -y en realidad, ¿era sólo la lógica
prehistórica? Los dioses pensados como amigos de espectáculos
crueles- ¡oh!, ¡hasta qué punto esta antiquísima
idea penetra aún hoy en nuestra humanización europea!
Sobre esto podemos aconsejarnos, por ejemplo, con Calvino y Lutero.
En todo caso, es cierto que todavía los griegos no sabían
ofrecer a sus dioses un condimento más agradable para su
felicidad que las alegrías de la crueldad. ¿Con qué
ojos creéis, pues, que hace Homero que sus dioses miren hacia
los destinos de los hombres?. ¿Qué sentido último
tuvieron, en el fondo, las guerras troyanas y otras atrocidades
trágicas semejantes? No se puede abrigar la menor duda sobre
esto: estaban concebidas como festivales para los dioses; y en la
medida en que el poeta está en esto constituido más
que los demás hombres, sin duda también como festivales
para los poetas... De igual manera los filósofos morales
de Grecia pensaron más tarde que los ojos de los dioses continuaban
contemplando la lucha moral, el heroísmo y el automartirio
del virtuoso: el estaba en un escenario, y lo sabía; la virtud
sin testigos era algo completamente impensable para aquel pueblo
de actores. Aquella invención de filósofos tan temeraria,
tan funesta, hecha por vez primera entonces para Europa, la invención
de la , de la absoluta espontaneidad del hombre en el bien y en
el mal, ¿no tuvo que hacerse ante todo para conseguir el
derecho a pensar que el interés de los dioses por el hombre,
por la virtud humana, no podría agotarse jamás? En
este escenario de la tierra no debían faltar nunca cosas
verdaderamente nuevas, tensiones, peripecias, catástrofes
realmente inauditas: un mundo pensado de manera completamente determinista
habría resultado adivinable para los dioses y, en consecuencia,
también fastidioso al poco tiempo,-¡razón suficiente
para que esos amigos de los dioses, los filósofos, no impusieran
a aquéllos tal mundo determinista! Toda la humanidad antigua
está llena de delicadas consideraciones para con , dado que
era aquél un mundo esencialmente público, esencialmente
hecho para los ojos, incapaz de imaginarse la felicidad sin espectáculos
y fiestas.-Y, como ya hemos dicho, ¡también en la gran
pena hay muchos elementos festivos!...
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El sentimiento de La culpa (Schuld), de la obligación personal,
para volver a tomar el curso de nuestras investigaciones, ha tenido
su origen, como hemos visto, en la más antigua y originaria
relación personal que existe, en la relación entre
compradores y vendedores, acreedores y deudores: fue aquí
donde por vez primera se enfrentó la persona a la persona,
fue aquí donde por vez primera las personas se midieron entre
sí. Aún no se ha encontrado ningún grado de
civilización tan bajo que no sea posible observar ya en él
algo de esa relación. Fijar precios, tasar valores, imaginar
equivalentes, cambiar -esto preocupó de tal manera al más
antiguo pensamiento del hombre, que constituye, en cierto sentido,
el pensar: aquí se cultivó la más antigua especie
de perspicacia, aquí se podría sospechar igualmente
que estuvo el germen primero del orgullo humano, de su sentimiento
de preeminencia respecto a otros animales. Acaso todavía
nuestra palabra alemana "hombre" (Mensch, manas) exprese
precisamente algo de ese sentimiento de sí: el hombre se
designaba como el ser que mide valores, que valora y mide, como
el "animal tasador en sí". Compra y venta, junto
con todos sus accesorios psicológicos, son más antiguos
que los mismos comienzos de cualesquiera formas de organización
social y que cualesquiera asociaciones: el germinante sentimiento
de intercambio, contrato, deuda, derecho, obligación, compensación
fue traspasado, antes bien, desde la forma más rudimentaria
del derecho personal a los más rudimentarios e iniciales
complejos comunitarios (en la relación de éstos con
complejos similares), juntamente con el hábito de comparar,
de medir, de tasar poder con poder. El ojo estaba ya adaptado a
esa perspectiva: y con aquella burda consecuencia lógica
que es característica del pensamiento de la humanidad más
antigua, pensamiento que se pone en movimiento con dificultad, pero
que luego continúa avanzando inexorablemente en la misma
dirección, pronto se llegó, mediante una gran generalización,
al "toda cosa tiene su precio; todo puede ser pagado"
el más antiguo e ingenuo canon moral de la justicia, el comienzo
de toda "bondad de ánimo", de toda "equidad",
de toda "buena voluntad", de toda "objetividad"
en la tierra. La justicia, en este primer nivel, es la buena voluntad,
entre hombres de poder aproximadamente igual, de ponerse de acuerdo
entre sí, de volver a "entenderse" mediante un
compromiso -y, con relación a los menos poderosos, de forzar
a un compromiso a esos hombres situados por debajo de uno mismo.-
9
Midiendo siempre las cosas con el metro de la prehistoria (prehistoria
que, por lo demás, existe o puede existir de nuevo en todo
tiempo): también la comunidad mantiene con sus miembros esa
importante relación fundamental, la relación del acreedor
con su deudor. Uno vive en una comunidad, disfruta las ventajas
de ésta (¡oh, qué ventajas!, hoy nosotros las
infravaloramos a veces), vive protegido, bien tratado, en paz y
confianza, tranquilo respecto a ciertos perjuicios y ciertas hostilidades
a que está expuesto el hombre de fuera, el "el proscrito"
-un alemán entiende lo que quiere significar originariamente
la "miseria" (Elend, élend)-, pero uno también
se ha empeñando y obligado con la comunidad en lo que respecta
precisamente a esos perjuicios y hostilidades. ¿Qué
ocurrirá en otro caso? La comunidad, el acreedor engañado,
se hará pagar lo mejor que pueda, con esto puede contarse.
Lo que menos importa aquí es el daño inmediato que
el damnificador ha causado: prescindiendo por el momento del daño,
el delincuente es ante todo un "infractor", alguien que
ha quebrantado, frente a la totalidad, el contrato y la palabra
con respecto a todos los bienes y comodidades de la vida en común,
de los que hasta ahora había participado. El delincuente
es un deudor que no sólo no devuelve las ventajas y anticipos
que se le dieron, sino que incluso atenta contra su acreedor: por
ello a partir de ahora no sólo pierde, como es justo, todos
aquellos bienes y ventajas,-ahora, antes bien, se le recuerda la
importancia que tales bienes poseen. La cólera del acreedor
perjudicado, de la comunidad, le devuelve al estado salvaje y sin
ley, del que hasta ahora estaba protegido: lo expulsa fuera de sí;-y
ahora puede descargar sobre él toda suerte de hostilidad.
La "pena" es, en este nivel de las costumbres, sencillamente
la copia, el mimus [reproducción] del comportamiento normal
frente al enemigo odiado, desarmado, sojuzgado, el cual ha perdido
no sólo todo derecho y protección, sino también
toda gracia: es decir, el derecho de guerra y la fiesta de victoria
del vae victis [¡ay de los vencidos!] en toda su inmisericordia
y en toda su crueldad: -así se explica que la misma guerra
(incluido el culto de los sacrificios guerreros) haya producido
todas las formas en que la pena se presenta en la historia.
10
Cuando su poder se acrecienta, la comunidad deja de conceder tanta
importancia a las infracciones del individuo, pues ya no le es lícito
considerarlas tan peligrosas y tan subversivas para la existencia
del todo como antes: el malhechor ya no es "proscrito"
y expulsado, a la cólera general ya no le es lícito
descargarse en él con tanto desenfreno como antes, sino que
a partir de ahora el malhechor es defendido y protegido con cuidado,
por parte del todo, contra esa cólera y, en especial, contra
la de los inmediatos perjudicados. El compromiso con la cólera
de los principalmente afectados por la mala acción; un esfuerzo
por localizar el caso y evitar una participación e inquietud
más amplias o incluso generales; intentos de encontrar equivalentes
y de solventar el asunto entero (la compositio [arreglo]); sobre
todo la voluntad, que aparece en forma cada vez más decidida,-
de considerar que todo delito es pagable en algún sentido,
es decir, la voluntad de separar, al menos hasta un cierto grado,
una cosa de otra, el delincuente de su acción -éstos
son los rasgos que se han impreso cada vez más claramente
en el ulterior desarrollo, del derecho penal. Si el poder y la autoconsciencia
de una comunidad crecen, entonces el derecho penal se suaviza también
siempre; todo debilitamiento y todo peligro un poco grave de aquélla
vuelven a hacer aparecer formas más duras de éste.
El "acreedor" se ha vuelto siempre más humano en
la medida en que más se ha enriquecido; al final, incluso,
la medida de su riqueza viene dada por la cantidad de perjuicios
que puede soportar sin padecer por ello. No sería impensable
una consciencia de poder de la sociedad en la que a ésta
le fuese licito permitirse el lujo más noble que para ella
existe, dejar impunes a quienes la han dañado. "¿Qué
me importan a mí propiamente mis parásitos?, podría
decir entonces, que vivan y que prosperen: ¡soy todavía
bastante fuerte para ello!..." La justicia, que comenzó
con "todo es pagable, todo tiene que ser pagado", acaba
por hacer la vista gorda y dejar escapar al insolvente, -acaba,
como toda cosa buena en la tierra, suprimiéndose a sí
misma. Esta autosupresión de la justicia: sabido es con qué
hermoso nombre se la denomina -gracia; ésta continúa
siendo, como ya se entiende de suyo, el privilegio del más
poderoso, mejor aún, su más-allá del derecho.
11
-Digamos aquí unas palabras de rechazo contra ciertos ensayos
recientemente aparecidos de buscar el origen de la moral en un terreno
completamente distinto, -a saber, en el terreno del resentimiento.
Antes digamos una cosa al oído de los psicólogos,
suponiendo que éstos hayan de sentir placer en estudiar otra
vez de cerca el resentimiento: donde mejor florece ahora esa planta
es entre anarquistas y antisemitas, de igual manera, por lo demás,
a como siempre ha florecido, es decir, en lo oculto, parecida a
la violeta, aunque con distinto perfume. Y dado que de lo semejante
tiene que brotar, siempre por necesidad lo semejante, no sorprenderá
el ver que precisamente de tales círculos vuelven a surgir
intentos, aparecidos ya a menudo -véase antes, p. 54-, de
santificar la venganza, dándole el nombre de justicia -como
si la justicia fuera sólo, en el fondo, un desarrollo ulterior
del sentimiento de estar-ofendido- y de rehabilitar suplementariamente,
con la venganza, a los afectos reactivos en general y en su totalidad.
De esto último yo sería el último en escandalizarme:
incluso me parecería un mérito en orden al problema
biológico entero (con respecto al cual se ha infravalorado
hasta ahora el valor de tales afectos). Sobre lo único que
yo llamo la atención es sobre la circunstancia de que esta
nueva nuance [matiz] de equidad científica (a favor del odio,
de la envidia, del despecho, de la sospecha, del rencor, de la venganza)
brota del espíritu mismo del resentimiento. Esta "equidad
científica", en efecto, desaparece en seguida, dejando
sitio a acentos de enemistad y de recelo mortales, tan pronto como
entra en juego un grupo distinto de afectos que, a mi parecer, poseen
un valor biológico mucho más alto que los afectos
reactivos y que, en consecuencia, merecerían con todo derecho
ser estimados y valorados muy alto científicamente: a saber,
los afectos auténticamente activos, como la ambición
de dominio, el ansia de posesión y semejantes. (E. Dühring,
Valor de la vida; Curso de filosofía; en el fondo, en todas
partes.) Quede dicho esto en contra de esa tendencia en general;
mas por lo que se refiere a la tesis particular de Dühring,
de que la patria de la justicia hay que buscarla en el terreno del
sentimiento reactivo, debemos coatraponer a ella, -por amor a la
verdad, y con brusca inversión, esta otra tesis: ¡el
último terreno conquistado por el espíritu de la justicia
es el terreno del sentimiento reactivo! Cuando de verdad ocurre
que el hombre justo es justo incluso con quien le ha perjudicado
(y no sólo frío, mesurado, extraño, indiferente:
ser-justo es siempre comportamiento positivo), cuando la elevada,
clara, profunda y suave objetividad del ojo justo, del ojo juzgador,
no se turba ni siquiera ante el asalto de ofensas, burlas, imputaciones
personales, esto constituye una obra de perfección y de suprema
maestría en la tierra, -incluso algo que en ella no debe
esperarse si se es inteligente, y en lo cual, en todo caso, no se
debe creer con demasiada facilidad. Lo cierto es que, de ordinario,
incluso tratándose de personas justísimas, basta ya
una pequeña dosis de ataque, de maldad, de insinuación,
para que la sangre se les suba a los ojos y la equidad huya de éstos.
El hombre activo, el hombre agresivo, asaltador, está siempre
cien pasos más cerca de la justicia que el hombre reactivo;
cabalmente él no necesita en modo alguno tasar su objeto
de manera falsa y parcial, como hace, como tiene que hacer, el hombre
reactivo. Por esto ha sido un hecho en todos los tiempos que el
hombre agresivo, por ser el más fuerte, el más valeroso,
el más noble, ha poseído también un ojo más
libre, una conciencia más buena, y, por el contrario, ya
se adivina quién es el que tiene sobre su conciencia la invención
de la "mala conciencia", -¡el hombre del resentimiento!
Para terminar, miremos en torno nuestro a la historia: ¿en
qué esfera ha tenido su patria hasta ahora en la tierra todo
el tratamiento del derecho, y también la auténtica
necesidad imperiosa de derecho? ¿Acaso en la esfera del hombre
reactivo? De ningún modo: antes bien, en la esfera de los
activos, fuertes, espontáneos, agresivos. Históricamente
considerado, el derecho representa en la tierra -sea dicho esto
para disgusto del mencionado agitador (el cual hace una vez una
confesión acerca de sí mismo: "La doctrina de
la venganza ha atravesado todos mis trabajos y mis esfuerzos como
el hijo rojo de la justicia",) -la lucha precisamente contra
los sentimientos reactivos, la guerra contra estos realizada por
poderes activos y agresivos, los cuales empleaban parte de su fortaleza
en imponer freno y medida al desbordamiento del pathos reactivo
y en obligar por la violencia a un compromiso. En todos los lugares
donde se ha ejercido justicia, donde se ha mantenido justicia, Vemos
que un poder más fuerte busca medios para poner fin, entre
gentes más débiles, situadas por debajo de él
(bien se trate de grupos, bien se trate de individuos), al insensato
furor del resentimiento, en parte quitándoles de las manos
de la venganza el objeto del resentimiento, en parte colocando por
su parte, en lugar de la venganza, la lucha contra los enemigos
de la paz y del orden, en parte inventando, proponiendo y, a veces,
imponiendo acuerdos, en parte elevando a la categoría de
norma ciertos equivalentes de daños, a los cuales queda remitido
desde ese momento, de una vez por todas, el resentimiento. Pero
lo decisivo, lo que la potestad suprema hace e impone contra la
prepotencia de los sentimientos contrarios e imitativos -lo hace
siempre, tan pronto como tiene, de alguna manera, fuerza suficiente
para ello-, es el establecimiento de la ley, la declaración
imperativa acerca de lo que en general ha de aparecer a sus ojos
como permitido, como justo, y lo que debe aparecer como prohibido,
como injusto: en la medida en que tal potestad suprema, tras establecer
la ley, trata todas las infracciones y arbitrariedades de los individuos
o de grupos enteros como delito contra la ley, como rebelión
contra la potestad suprema misma, en esa misma medida aparta el
sentimiento de sus súbditos del perjuicio inmediato producido
por aquellos delitos; consiguiendo así a la larga lo contrario
de lo que quiere toda venganza, la cual lo único que ve,
lo único que hace valer, es el punto de vista del perjudicado-:
a partir de ahora el ojo, incluso el ojo del mismo perjudicado (aunque
esto es lo último que ocurre, como ya hemos observado) se
ejercita en llegar a una apreciación cada vez más
impersonal de la acción. -De acuerdo con esto, sólo
a partir del establecimiento de la ley existen lo "justo"
y lo "injusto" (y no, como quiere Dühring, a partir
del acto de ofensa) Hablar en sí de lo justo y lo injusto
es algo que carece de todo sentido; en sí, ofender, violentar,
despojar, aniquilar no puede ser naturalmente "injusto"
desde el momento en que la vida actúa esencialmente, es decir,
en sus funciones básicas ofendiendo, violando, despojando,
aniquilando, y no se la puede pensar en absoluto sin ese carácter.
Hay que admitir incluso algo todavía más grave: que,
desde el supremo punto de vista biológico, a las situaciones
de derecho no les es lícito ser nunca más que situaciones
de excepción, que constituyen restricciones parciales de
la auténtica voluntad de vida, la cual tiende hacia el poder,
y que están subordinadas a la finalidad global de aquella
voluntad como medios particulares: es decir, como medios para crear
unidades mayores de poder. Un orden de derecho pensado como algo
soberano y general, pensado no como medio en la lucha de complejos
de poder, sino como medio contra toda lucha en general, de acuerdo,
por ejemplo, con el patrón comunista de Dühring, sería
un principio hostil a la vida, un orden destructor y disgregador
del hombre, un atentado al porvenir del hombre, un signo de cansancio,
un camino tortuoso hacia la nada.-
12
Todavía una palabra, en este punto, sobre el origen y la
finalidad de la pena -dos problemas que son distintos o deberían
serlo: por desgracia, de ordinario se los confunde. ¿Cómo
actúan, sin embargo, en este caso los genealogistas de la
moral habidos hasta ahora? De modo ingenuo, como siempre-: descubren
en la pena una "finalidad" cualquiera, por ejemplo, la
venganza o la intimidación, después colocan despreocupadamente
esa finalidad al comienzo, como causa fiendi [causa productiva]
de la pena y -ya han acabado. La "finalidad en el derecho"
es, sin embargo, lo último que ha de utilizarse para la historia
genética de aquél: pues no existe principio más
importante para toda especie de ciencia histórica que ese
que se ha conquistado con tanto esfuerzo, pero que también
debería estar realmente conquistado,-a saber, que la causa
de la génesis de una cosa y la utilidad final de ésta,
su efectiva utilización e inserción en un sistema
de finalidades, son hechos toto coelo [totalmente] separados entre
sí; que algo existente, algo que de algún modo ha
llegado a realizarse, es interpretado una y otra vez, por un poder
superior a ello, en dirección a nuevos propósitos,
es apropiado de un modo nuevo, es transformado y adaptado a una
nueva utilidad; que todo acontecer en el mundo orgánico es
un subyugar, un enseñorearse, y que, a su vez, todo subyugar
y enseñorearse es un reinterpretar, un reajustar, en los
que, por necesidad, el "sentido" anterior y la "finalidad"
anterior tienen que quedar oscurecidos o incluso totalmente borrados.
Por muy bien que se haya comprendido la utilidad de un órgano
fisiológico cualquiera (o también de una institución
jurídica, de una costumbre social, de un uso político,
de una forma determinada en las artes o en el culto religioso),
nada se ha comprendido aún con ello respecto a su génesis:
aunque esto pueda sonar muy molesto y desagradable a oídos
más viejos, -ya que desde antiguo se había creído
que en la finalidad demostrable, en la utilidad de una cosa, de
una forma, de una institución, se hallaba también
la razón de su génesis, y así el ojo estaba
hecho para ver, y la mano estaba hecha para agarrar. También
se ha imaginado de este modo la pena, como si hubiera sido inventada
para castigar. Pero todas las finalidades, todas las utilidades
son sólo indicios de que una voluntad de poder se ha enseñoreado
de algo menos poderoso y ha impreso en ello, partiendo de sí
misma, el sentido de una función; y la historia entera de
una "cosa", de un órgano, de un uso, puede ser
así una ininterrumpida cadena indicativa de interpretaciones
y reajustes siempre nuevos, cuyas causas no tienen siquiera necesidad
de estar relacionadas entre sí, antes bien a veces se suceden
y se relevan de un modo meramente casual. El "desarrollo"
de una cosa, de un uso, de un órgano es, según esto,
cualquier cosa antes que su progressus hacia una meta, y menos aún
un progreso lógico y brevísimo, conseguido con el
mínimo gasto de fuerza y de costes,- sino la sucesión
de procesos de avasallamiento más o menos profundos, más
o menos independientes entre sí que tienen lugar en la cosa,
a lo que hay que añadir las resistencias utilizadas en cada
caso para contrarrestarlos, las metamorfosis intentadas con una
finalidad de defensa y de reacción, así como los resultados
de contraacciones afortunadas. La forma es fluida, pero el "sentido"
lo es todavía más... Incluso en el interior de cada
organismo singular las cosas no ocurren de manera distinta: con
cada crecimiento esencial del todo cambia también el "sentido"
de cada uno de los órganos, -y a veces la parcial ruina de
los mismos, su reducción numérica (por ejemplo, mediante
el aniquilamiento de los miembros intermedios), pueden ser un signo
de creciente fuerza y perfección. He querido decir que también
la parcial inutilización, la atrofia y la degeneración,
la pérdida de sentido y conveniencia, en una palabra, la
muerte, pertenecen a las condiciones del verdadero progressus: el
cual aparece siempre en forma de una voluntad y de un camino hacia
un poder más grande, y se impone siempre a costa de innumerables
poderes más pequeños. La grandeza de un "progreso"
se mide, pues, por la masa de todo lo que hubo que sacrificarle;
la humanidad en cuanto masa, sacrificada al florecimiento de una
única y más fuerte especie hombre -eso sería
un progreso...- Destaco tanto más este punto de vista capital
de la metódica histórica cuanto que, en el fondo,
se opone al instinto y al gusto de época hoy dominantes,
los cuales preferirían pactar incluso con la casualidad absoluta,
más aún, con el absurdo mecanicista de todo acontecer,
antes que con la teoría de una voluntad de poder que se despliega
en todo acontecer. La idiosincrasia democrática opuesta a
todo lo que domina y quiere dominar, el moderno misarquismo (por
formar una mala palabra para una mala cosa), de tal manera se han
ido poco a poco transformando y enmascarando en lo espiritual, en
lo más espiritual, que hoy ya penetran, y les es lícito
penetrar, paso a paso en las ciencias más rigurosas, más
aparentemente objetivas; a mí me parece que se han enseñoreado
ya incluso de toda la fisiología y de toda la doctrina de
la vida, para daño de las mismas, como ya se entiende, pues
les han escamoteado un concepto básico, el de la auténtica
actividad. En cambio, bajo la presión de aquella idiosincrasia
se coloca en el primer plano la "adaptación", -es
decir, una actividad de segundo rango, una mera reactividad, más
aún, se ha definido la vida misma como una adaptación
interna, cada vez más apropiada, a circunstancias externas
(Herbert Spencer). Pero con ello se desconoce la esencia de la vida,
su voluntad de poder; con ello se pasa por alto la supremacía
de principio que poseen las fuerzas espontáneas, agresivas,
invasoras, creadoras de nuevas interpretaciones, de nuevas direcciones
y formas, por influjo de las cuales viene luego la "adaptación";
con ello se niega en el organismo mismo el papel dominador de los
supremos funcionarios, en los que la voluntad de vida aparece activa
y conformadora. Recuérdese lo que Huxley reprochó
a Spencer -su "nihilismo administrativo"; pero se trata
de algo más que de "administrar"...
13
-Así, pues, para volver al asunto, es decir, a la pena, hay
que distinguir en ella dos cosas: por un lado, lo relativamente
duradero en la pena, el uso, el acto, el "drama", una
cierta secuencia rigurosa de procedimientos; por otro lado, lo fluido
en ella, el sentido, la finalidad, la expectativa vinculados a la
ejecución de tales procedimientos. Nosotros presuponemos
aquí sin más, per analogiam [por analogía],
de acuerdo con el punto de vista capital de la metódica histórica
que acabamos de exponer, que el procedimiento mismo será
algo más viejo, algo más antiguo que su utilización
para la pena, que ésta última ha sido introducida
posteriormente en la interpretación de aquél (el cual
existía ya desde mucho antes, pero era usado en un sentido
distinto), en suma, que las cosas no son como hasta ahora han venido
admitiendo nuestros ingenuos genealogistas de la moral y del derecho,
todos los cuales se imaginaban que el procedimiento había
sido inventado para la finalidad de la pena, de igual modo que antes
se imaginaba que la mano había sido inventada para la finalidad
de agarrar. En lo que se refiere ahora al segundo elemento de la
pena, al elemento fluido, a su "sentido", ocurre que-,
en un estado muy tardío de la cultura (por ejemplo, en la
Europa actual), el concepto de "pena" no presenta ya de
hecho un sentido único, sino toda una síntesis de
"sentidos": la anterior historia de la pena en general,
la historia de su utilización para las más distintas
finalidades, acaba por cristalizar en una especie de unidad que
es difícil de disolver, difícil de analizar, y que,
subrayémoslo, resulta del todo indefinible. (Hoy es imposible
decir con precisión por qué se imponen propiamente
penas: todos los conceptos en que se condensa semióticamente
un proceso entero escapan a la definición; sólo es
definible aquello que no tiene historia.) En un estadio anterior,
en cambio, aquella síntesis de "sentidos" aparece
más soluble y, también, más trastrocable; todavía
se puede percibir cómo los elementos de la síntesis
modifican su valencia y, por tanto, su orden para cada caso particular,
de tal modo que unas veces es un elemento, y otras veces otro distinto
el que destaca y domina a costa de los otros, más aún,
a veces un único elemento (por ejemplo, la finalidad de intimidar)
parece eliminar todos los demás. Para dar al menos una idea
de cuán inseguro, cuán sobreañadido, cuán
accidental es "el sentido" de la pena, y cómo un
mismo e idéntico procedimiento se puede utilizar, interpretar,
reajustar para propósitos radicalmente distintos, voy a dar
aquí el esquema a que yo he llegado basándome en un
material relativamente escaso tomado al azar. Pena como neutralización
de la peligrosidad, como impedimento de un daño ulterior.
Pena como pago del daño al damnificado en alguna forma (también
en la forma de una compensación afectiva). Pena como aislamiento
de una perturbación del equilibrio, para prevenir la propagación
de la perturbación. Pena como inspiración de temor
respecto a quienes determinan y ejecutan la pena. Pena como una
especie de compensación por las ventajas disfrutadas hasta
aquel momento por el infractor (por ejemplo, utilizándolo
como esclavo para las minas). Pena como segregación de un
elemento que se halla en trance de degenerar (a veces, de toda una
rama, como ocurre en el derecho chino: y, por tanto, como medio
para mantener pura una raza o para mantener estable un determinado
tipo social). Pena como fiesta, es decir, como violentación
y burla de un enemigo finalmente abatido. Pena como medio de hacer
memoria, bien a quien sufre la pena -la llamada "corrección",
bien a los testigos de la ejecución. Pena como pago de un
honorario, estipulado por el poder que protege al infractor contra
los excesos de la venganza. Pena como compromiso con el estado natural
de la venganza, en la medida en que razas poderosas mantienen todavía
ese estado y lo reivindican como privilegio. Pena como declaración
de guerra y medida de guerra contra un enemigo de la paz, de la
ley, del orden, de la autoridad, al que, por considerársele
peligroso para la comunidad, violador de los pactos que afectan
a los presupuestos de la misma, por considerársele un rebelde,
traidor y perturbador de la paz, se le combate con los medios que
proporciona precisamente la guerra.-
14
Esta lista no es desde luego completa; resulta claro que la pena
está sobrecargada con utilidades de toda índole. Tanto
más lícito es restar de ella una presunta utilidad,
considerada, de todos modos, por la consciencia popular como la
más esencial, -la fe en la pena, hoy vacilante por múltiples
razones, sigue encontrando todavía su apoyo más firme
precisamente en tal utilidad. La pena, se dice, poseería
el valor de despertar en el culpable el sentimiento de la culpa,
en la pena se busca el auténtico instrumentum de esa reacción
anímica denominada "mala conciencia", "remordimiento
de conciencia". Mas ¿con ello se sigue atentando, todavía
hoy, contra la realidad y contra la psicología: ¡y
mucho más aún contra la historia más larga
del hombre, contra su prehistoria! El auténtico remordimiento
de conciencia es algo muy raro cabalmente entre los delincuentes
y malhechores; las prisiones, las penitenciarias no son las incubadoras
en que florezca con preferencia esa especie de gusano roedor: -en
esto coinciden todos los observadores concienzudos, los cuales,
en muchos casos, expresan este juicio bastante a disgusto y en contra
de sus deseos más propios. Vistas las cosas en conjunto,
la pena endurece y vuelve frío, concentra, exacerba el sentimiento
de extrañeza, robustece la fuerza de resistencia. Cuando
a veces quebranta la energía y produce una miserable postración
y autorrebajamiento, tal resultado es seguramente menos confortante
aún que el efecto ordinario de la pena:- el cual se caracteriza
por una seca y sombría seriedad. Pero si pensamos en los
milenios anteriores a la historia del hombre, nos es lícito
pronunciar, sin escrúpulo alguno, el juicio de que el desarrollo
del sentimiento de culpa fue bloqueado de la manera más enérgica
cabalmente por la pena, -al menos en lo que se refiere a las víctimas
sobre las que se descargaba la potestad punitiva. No debemos infravalorar,
en efecto, el hecho de que justo el espectáculo de los procedimientos
judiciales y ejecutivos mismos impide al delincuente sentir su acción,
su tipo de actuación, como reprobable en sí; pues
él ve que ese mismo tipo de actuaciones se ejerce con buena
conciencia; así ocurre con el espionaje, el engaño,
la corrupción, la trampa, con todo el capcioso y taimado
arte de los policías y de los acusadores, y además
con el robo, la violencia, el ultraje, la prisión, la tortura,
el asesinato, ejecutados de manera sistemática y sin la disculpa
siquiera de la pasión, tal como se manifiestan en las diversas
especies de pena,-todas esas cosas son, por tanto, acciones que
sus jueces en modo alguno reprueban y condenan en sí, sino
sólo en cierto aspecto y en cierta aplicación práctica.
La "mala conciencia", esta planta, la más siniestra
e interesante de nuestra vegetación terrena, no ha crecido
en este suelo,-de hecho durante larguísimo tiempo no apareció
en la consciencia de los jueces, de los castigadores; nada referente
a que aquí se tratase de un "culpable". Sino de
un autor de daños, de un irresponsable fragmento de fatalidad.
Y aquél mismo sobre el que caía luego la pena, como
un fragmento también de fatalidad, no sentía en ello
ninguna "aflicción interna" distinta de la que
se siente cuando, de improviso, sobreviene algo no calculado, un
espantoso acontecimiento natural, un bloque de piedra que cae y
nos aplasta y contra el que no se puede luchar.
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