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En una ocasión, y de manera pérfida, llegó
esta idea hasta la consciencia de Spinoza (para disgusto de sus
intérpretes, que se esfuerzan metódicamente por entenderlo
mal en este pasaje, por ejemplo, Kuno Fischer), cuando una tarde,
acordándose quién sabe de qué cosa que le raspaba,
investigó la cuestión de qué había subsistido
en realidad, para él mismo, del famoso morsus conscientiae
[mordedura de la conciencia] El, que había puesto el bien
y el mal entre las fantasías humanas y había defendido
con furia el honor de su Dios "libre" contra aquellos
blasfemos que afirmaban que Dios hace todo sub ratione boni [por
razón del bien] ("pero esto significaría someter
a Dios al destino y sería en verdad el más grande
de todos los absurdos"). Para Spinoza el mundo había
retornado de nuevo a aquella inocencia en que se encontraba antes
de la invención de la mala conciencia: ¿en qué
se había convertido ahora el morsus conscienciae? "En
lo contrario del gaudium, se dijo finalmente,-en una tristeza acompañada
de la idea de una cosa pasada que ocurrió de modo contrario
a todo lo esperado." Eth. III propos. XVIII schol. I, II. Durante
milenios los malhechores sorprendidos por la pena no han tenido,
en lo que respecta a su "falta", sentimientos distintos
de los de Spinoza: "Algo ha salido inesperadamente mal aquí",
y no: "Yo no debería haber hecho esto", se sometían
a la pena como se somete uno a una enfermedad, o a una desgracia,
o a la muerte, con aquel valiente fatalismo sin rebelión
por el cual, por ejemplo, todavía hoy los rusos nos aventajan
a nosotros los occidentales en el tratamiento de la vida. Cuando
en aquella época aparecía una crítica de la
acción, la, crítica la ejercía la inteligencia:
incuestionablemente debemos buscar el auténtico efecto de
la pena sobre todo en una intensificación de la inteligencia,
en un alargamiento de la memoria, en una voluntad de actuar en adelante
de manera más cauta, más desconfiada, más secreta,
en el conocimiento de que, para muchas cosas, uno es, de una vez
por todas, demasiado débil, en una especie de rectificación
del modo de juzgarse a sí mismo. Lo que con la pena se puede
lograr, en conjunto, tanto en el hombre como en el animal, es el
aumento del temor, la intensificación de la inteligencia,
el dominio de las concupiscencias: y así la pena domestica
al hombre, pero no lo hace "mejor", con mayor derecho
sería lícito afirmar incluso lo contrario. ("De
los escarmentados nacen los avisados", afirma el pueblo: en
la misma medida en que el escarmiento vuelve avisado, vuelve también
malo. Por fortuna, también vuelve, con frecuencia, bastante
tonto.)
16
En este punto no es posible esquivar ya el dar una primera expresión
provisional a mi hipótesis propia sobre el origen de la "mala
conciencia": tal hipótesis no es fácil hacerla
oír, y desea ser largo tiempo meditada, custodiada, consultada
con la almohada. Yo considero que la mala conciencia es la profunda
dolencia a que tenía que sucumbir el hombre bajo la presión
de aquella modificación, la más radical de todas las
experimentadas por él, -de aquella modificación ocurrida
cuando el hombre se encontró definitivamente encerrado en
el sortilegio de la sociedad y de la paz. Lo mismo que tuvo que
ocurrirles a los animales marinos cuando se vieron forzados, o bien
a convertirse en animales terrestres o bien a perecer, eso mismo
les ocurrió a estos semi-animales felizmente adaptados a
la selva, a la guerra, al vagabundaje, a la aventura, -de un golpe
todos sus instintos quedaron desvalorizados y "en suspenso".
A partir de ahora debían caminar sobre los pies y "llevarse
a cuestas a sí mismos", cuando hasta ese momento habían
sido llevados por el agua: una espantosa pesadez gravitaba sobre
ellos. Se sentían ineptos para las acciones más simples,
no tenían ya, para este nuevo mundo desconocido, los viejos
guías, los instintos reguladores e inconscientemente infalibles,
-¡estaban reducidos, estos infelices; a pensar, a razonar,
a calcular, a combinar causas y efectos, a su "consciencia",
a su órgano más miserable y más expuesto a
equivocarse! Yo creo que no ha habido nunca en la tierra tal sentimiento
de miseria, tal plúmbeo malestar, -¡y, además,
aquellos viejos instintos no habían dejado, de golpe, de
reclamar sus exigencias! Sólo que resultaba difícil,
y pocas veces posible, darles satisfacción: en lo principal,
hubo que buscar apaciguamientos nuevos y, por así decirlo,
subterráneos. Todos los instintos que no se desahogan hacia
fuera se vuelven hacia dentro -esto es lo que yo llamo la interiorización
del hombre: únicamente con esto se desarrolla en él
lo que más tarde se denomina su "alma". Todo el
mundo interior, originariamente delgado, como encerrado entre dos
pieles, fue separándose y creciendo, fue adquiriendo profundidad,
anchura, altura, en la medida en que el desahogo del hombre hacia
fuera fue quedando inhibido. Aquellos terribles bastiones con que
la organización estatal se protegía contra los viejos
instintos de la libertad -las penas sobre todo cuentan entre tales
bastiones- hicieron que todos aquellos instintos del hombre salvaje,
libre, vagabundo, diesen vuelta atrás, se volviesen contra
el hombre mismo. La enemistad, la crueldad, el placer en la persecución,
en la agresión, en el cambio, en la destrucción -todo
esto vuelto contra el poseedor de tales instintos: ése es
el origen de la "mala conciencia". El hombre que, falto
de enemigos y resistencias exteriores, encajonado en una opresora
estrechez y regularidad de las costumbres, se desgarraba,
se perseguía, se mordía, se roía, se sobresaltaba,
se maltrataba impacientemente a sí mismo, este animal al
que se quiere "domesticar" y que se golpea furioso contra
los barrotes de su jaula, este ser al que le falta algo, devorado
por la nostalgia del desierto, que tuvo que crearse a base de sí
mismo una aventura, una cámara de suplicios, una selva insegura
y peligrosa -este loco, este prisionero añorante y desesperado
fue el inventor de la "mala conciencia". Pero con ella
se había introducido la dolencia más grande, la más
siniestra, una dolencia de la que la humanidad no se ha curado hasta
hoy, el sufrimiento del hombre por el hombre; por sí mismo:
resultado de una separación violenta de su pasado de animal,
resultado de un salto y una caída, por así decirlo,
-en nuevas situaciones y en nuevas condiciones de existencia, resultado
de una declaración de guerra contra los viejos instintos
en los que hasta ese momento reposaban su fuerza, su placer y su
fecundidad. Añadamos en seguida que, por otro lado, con el
hecho de un alma animal que se volvía contra sí misma,
que tomaba partido contra sí misma, había aparecido
en la tierra algo tan nuevo, profundo, inaudito, enigmático,
contradictorio y lleno de futuro, que con ello el aspecto de la
tierra se modificó de manera esencial. De hecho hubo necesidad
de espectadores divinos para apreciar en lo justo el espectáculo
que entonces se inició y cuyo final es aún completamente
imprevisible, -un espectáculo demasiado delicado, demasiado
maravilloso, demasiado paradójico como para que pudiera representarse
en cualquier ridículo astro sin que, cosa absurda, nadie
lo presenciase. Desde entonces el hombre cuenta entre las más
inesperadas y apasionantes jugadas de suerte que juega el "gran
Niño" de Heráclito, llámese Zeus o Azar,
-despierta un interés, una tensión, una esperanza,
casi una certeza, como si con él se anunciase algo, se preparase
algo, como si el hombre no fuera una meta, sino sólo un camino,
un episodio intermedio, un puente, una gran promesa...
17
Entre los presupuestos de esta hipótesis sobre el origen
de la mala conciencia se cuenta, en primer lugar, el hecho de que
aquella modificación no fue ni gradual ni voluntaria y que
no se presentó como un crecimiento orgánico en el
interior de nuevas condiciones, sino como una ruptura, un salto,
una coacción, una inevitable fatalidad, contra la cual no
hubo lucha y ni siquiera resentimiento. Pero, en segundo lugar,
el hecho de que la inserción de una población no sujeta
hasta entonces a formas ni a inhibiciones en una forma rigurosa
iniciada con un acto de violencia fue llevada hasta su final exclusivamente
con puros actos de violencia, -que el "Estado" más
antiguo apareció, en consecuencia, como una horrible tiranía,
como una maquinaria trituradora y desconsiderada, y continuó
trabajando de ese modo hasta que aquella materia bruta hecha de
pueblo y de semianimal no sólo acabó por quedar bien
amasada y maleable, sino por tener también una forma. He
utilizado la palabra "Estado": ya se entiende a quién
me refiero -una horda cualquiera de rubios animales de presa, una
raza de conquistadores y de señores, que organizados para
la guerra, y dotados de la fuerza de organizar, coloca sin escrúpulo
alguno sus terribles zarpas sobre una población tal vez tremendamente
superior en número, pero todavía informe, todavía
errabunda. Así es como, en efecto, se inicia en la tierra
el "Estado': yo pienso que así queda refutada aquella
fantasía que le hacía comenzar con un "contrato".
Quien puede mandar, quien por naturaleza es "señor",
quien aparece despótico en obras y gestos - ¡qué
tiene él que ver con contratos! Con tales seres no se cuenta,
llegan igual que el destino, sin motivo, razón, consideración,
pretexto, existen como existe el rayo, demasiado terribles, demasiado
súbitos, demasiado convincentes, demasiado "distintos"
para ser ni siquiera odiados. Su obra es un instintivo crear-formas,
imprimir-formas, son los artistas más involuntarios, más
inconscientes que existen: -en poco tiempo surge, allí donde
ellos aparecen, algo nuevo, una concreción de dominio dotada
de vida, en la que partes y funciones han sido delimitadas y puestas
en conexión, en la que no tiene sitio absolutamente nada
a lo cual no se le haya dado antes un "sentido» en orden
al todo. Estos organizadores natos no saben lo que es culpa, lo
que es responsabilidad, lo que es consideración; en ellos
impera aquel terrible egoísmo del artista que mira las cosas
con ojos de bronce y que de antemano se siente justificado, por
toda la eternidad, en la "obra", lo mismo que la madre
en su hijo. No es en ellos en donde ha nacido la "mala conciencia",
esto ya se entiende de antemano, -pero esa fea planta no habría
nacido sin ellos, estaría ausente si no hubiera ocurrido
que, bajo la presión de sus martillazos, de su violencia
de artistas, un ingente quantum de libertad fue arrojado del mundo,
o al menos quedó fuera de la vista, y, por así decirlo,
se volvió latente. Ese instinto de la libertad, vuelto latente
a la fuerza -ya lo hemos comprendido-, ese instinto de la libertad
reprimido, retirado, encarcelado en lo interior y que acaba por
descargarse y desahogarse tan sólo contra sí mismo:
eso, sólo eso es, en su inicio, la mala conciencia.
18
Guardémonos de tener en poco todo este fenómeno por
el simple hecho de que de antemano sea feo y doloroso. En efecto,
esa fuerza que actúa de modo grandioso en aquellos artistas
de la violencia y en aquellos organizadores, esa fuerza constructora
de Estados, es, en efecto, la misma que aquí, más
interior, más pequeña, más empequeñecida,
reorientada hacia atrás, en el "laberinto del pecho",
para decirlo con palabras de Goethe, se crea la mala conciencia
y construye ideales negativos, es cabalmente aquel instinto de la
libertad (dicho con mi vocabulario: la voluntad de poder): sólo
que la materia sobre la que se desahoga la naturaleza conformadora
y violentadora de esa fuerza es aquí justo el hombre mismo,
su entero, animalesco, viejo yo -y no, como en aquel fenómeno
más grande y más llamativo, el otro hombre, los otros
hombres. Esta secreta autoviolentación, esta crueldad de
artista, este placer de darse forma a sí mismo como a una
materia dura, resistente y paciente, de marcar a fuego en ella una
voluntad, una crítica, una contradicción, un desprecio,
un no, este siniestro y horrendamente voluptuoso trabajo de un alma
voluntariamente escindida consigo misma que se hace sufrir por el
placer de hacer sufrir, toda esta activa "mala conciencia"
ha acabado por producir también -ya se lo adivina-, cual
auténtico seno materno de acontecimientos ideales e imaginarios,
una profusión de belleza y de afirmación nuevas y
sorprendentes, y quizá ella sea la que por vez primera ha
creado la belleza... ¿Pues qué cosa sería bella
si la contradicción no hubiese cobrado antes consciencia
de sí misma, si lo feo no se hubiese dicho antes a sí
mismo: "Yo soy feo"?... Al menos, tras esta indicación
resultará menos enigmático el enigma de hasta qué
punto puede estar insinuado un ideal, una belleza, en conceptos
contradictorios como desinterés, autonegación, sacrificio
de sí mismo; y una cosa se sabrá de ahora en adelante,
no tengo duda de ello-, a saber, de qué especie es, desde
el comienzo, el placer que siente el desinteresado, el abnegado,
el que se sacrifica a sí mismo: ese placer pertenece a la
crueldad. -Con esto basta, provisionalmente, en lo que se refiere
a la procedencia de lo "no egoísta" en cuanto valor
moral y a la delimitación del terreno de que este valor ha
brotado: sólo la mala conciencia, sólo la voluntad
de maltratarse a sí mismo proporciona el presupuesto para
el valor de lo no-egoísta.-
19
Es una enfermedad la mala conciencia, no hay duda, pero una enfermedad
como lo es el embarazo. Busquemos las condiciones en que esta enfermedad
ha llegado a su cumbre más terrible y sublime: -veremos qué
es lo que con esto ha entrado propiamente en el mundo. Mas para
ello se necesita tener una respiración amplia, -y, por lo
pronto, hemos de volver de nuevo a un anterior punto de vista. La
relación de derecho privado entre el deudor y su acreedor,
de la que ya hemos hablado largamente, ha sido introducida una vez
más, y ello de una manera que históricamente resulta
muy extraña y problemática, en la interpretación
de una relación en la cual acaso sea donde más incomprensible
nos resulta a nosotros los hombres modernos; a saber, en la relación
de los hombres actuales con sus antepasados. Dentro de la originaria
comunidad de estirpe -hablo de los tiempos primitivos- la generación
viviente reconoce siempre, con respecto a la generación anterior
y, en especial y con respecto a la más antigua, a la fundadora
de la estirpe, una obligación jurídica (y no, en modo
alguno, una simple vinculación afectiva: hay incluso razón
para negar que esta última existiese en absoluto durante
el más largo periodo de la especie humana). Reina aquí
el convencimiento de que la estirpe subsiste gracias tan sólo
a los sacrificios y a las obras de los antepasados, -y que esto
hay que pagárselo con sacrificios y con obras: se reconoce
así una deuda (Schuld), la cual crece constantemente por
el hecho de que esos antepasados, que sobreviven como espíritus
poderosos, no dejan de conceder a la estirpe nuevas ventajas y nuevos
préstamos salidos de su fuerza. ¿Gratuitamente tal
vez? No existe ninguna "gratuidad" para aquellas épocas
toscas y "pobres de alma". ¿Qué se puede
dar como reintegro a los antepasados? Sacrificios (inicialmente
para la alimentación, entendida en el sentido más
tosco), fiestas, capillas, homenajes y, sobre todo, obediencia -pues
todos los usos son también, en cuanto obras de los antepasados,
preceptos y órdenes de aquéllos- ¿se les da
alguna vez bastante? Esta sospecha permanece y se acrecienta: de
tiempo en tiempo impone un gran rescate global, una ingente indemnización
al "acreedor" (el tristemente célebre sacrificio
del primogénito, por ejemplo, sangre, en todo caso sangre
humana). El temor al antepasado y a su poder, la consciencia de
tener deudas con él crece por necesidad, según esta
especie de lógica, en la exacta medida en que crece el poder
de la estirpe misma, en la exacta medida en que ésta es cada
vez más victoriosa, más independiente, más
venerada, más temida. ¡Y no al revés! Todo paso
hacia la atrofia de la estirpe, todas las eventualidades desastrosas,
todos los indicios de degeneración, de inminente ruina, hacen
disminuir siempre, por el contrario, el temor al espíritu
de su fundador y proporcionan una idea cada vez más pequeña
de su inteligencia, de su previsión y de la presencia de
su poder. Imaginemos que esta tosca especie de lógica ha
llegado hasta su final: entonces los antepasados de las estirpes
más poderosas tienen que acabar asumiendo necesariamente,
gracias a la fantasía propia del creciente temor, proporciones
gigantescas y replegarse hasta la oscuridad de una temerosidad e
irrepresentabilidad divinas: -el antepasado acaba necesariamente
por ser transfigurado en un dios. ¡Tal vez esté aquí
incluso el origen de los dioses, es decir, un origen por !temor!...
Y si a alguien le pareciese necesario añadir: "¡pero
también por piedad!", difícilmente podría
tener razón en lo que respecta al período más
largo de la especie humana, a su época primigenia. En cambio,
tanto más la tendría, sin duda, con respecto a la
época media, en la que se forman las estirpes nobles: éstas,
de hecho, han reintegrado a sus fundadores, a los antepasados (héroes,
dioses), con sus intereses correspondientes, todas las cualidades
que entre tanto se habían manifestado en ellas mismas, las
cualidades nobles. Más tarde echaremos todavía un
vistazo al ennoblecimiento y a la aristocratización de los
dioses (cosa que no significa, en modo alguno, su "santificación"):
ahora bástenos con llevar provisionalmente a su término
el curso de toda esta evolución de la consciencia de culpa.
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La historia nos enseña que la consciencia de tener deudas
con la divinidad no se extinguió ni siquiera tras el ocaso
de la forma organizativa de la "comunidad" basada en el
parentesco de sangre; de igual manera que la humanidad ha heredado
los conceptos "bueno y malo" de la aristocracia de estirpe
(junto con la básica tendencia psicológica de ésta
a establecer jerarquías), así ha recibido también,
con la herencia de las divinidades de la estirpe y de la tribu,
la herencia del peso de deudas no pagadas todavía y del deseo
de reintegrarlas. (La transición la forman aquellas vastas
poblaciones de esclavos y de siervos de la gleba que, bien por coacción,
bien por servitismo y mimicry [mimetismo], se adaptaron al culto
de los dioses de sus señores: a partir de ellas esta herencia
se desparrama luego en todas direcciones.) E1 sentimiento de tener
una deuda con la divinidad no ha dejado de crecer durante muchos
milenios, haciéndolo en la misma proporción en que
en la tierra crecían y se elevaban a las alturas el concepto
de Dios y el sentimiento de Dios. (La historia entera de las luchas,
victorias, conciliaciones, fusiones étnicas, todo lo que
antecede a la definitiva jerarquización de todos los elementos
populares en cada gran síntesis racial, se refleja en el
caos de las genealogías de sus dioses, en las leyendas de
las luchas, victorias y conciliaciones de éstos; la marcha
hacia imperios universales es siempre también la marcha hacia
divinidades universales, el despotismo, con sus avasallamiento de
la aristocracia independiente, abre el camino siempre también
a alguna especie de monoteísmo.) El advenimiento del Dios
cristiano, que es el Dios máximo a que hasta ahora se ha
llegado, ha hecho, por esto, manifestarse también en la tierra
el máximum del sentimiento de culpa. Suponiendo que entre
tanto hayamos iniciado el movimiento inverso, sería lícito
deducir, con no pequeña probabilidad, de la incontenible
decadencia de la fe en el Dios cristiano, que ya ahora se da una
considerable decadencia de la consciencia humana de culpa (Schuld):
más aún, no hay que rechazar la perspectiva de que
la completa y definitiva victoria del ateísmo pudiera liberar
a la humanidad de todo ese sentimiento de hallarse en deuda con
su comienzo, con su causa prima. El ateísmo y una especie
de segunda inocencia (Unschuld) se hallan ligados entre sí.-
21
Esto es lo que provisionalmente hay que decir, con brevedad y a
grandes rasgos, sobre la conexión de los conceptos "culpa",
"deber", con presupuestos religiosos: de propósito
he dejado de lado hasta ahora la auténtica moralización
de tales conceptos (el repliegue de los mismos a la conciencia,
o, más precisamente, el entrelazamiento de la mala conciencia
con el concepto de Dios), e incluso he hablado, al final del número
anterior, como si no existiese en absoluto tal moralización,
y, por tanto, como si estos conceptos tuvieran que quedar necesariamente
eliminados ahora que ha desaparecido su presupuesto, la fe en nuestro
"acreedor", en Dios. La realidad difiere de esto de una
manera terrible. Con la moralización de los conceptos de
culpa y de deber, con su repliegue a la mala conciencia, se ha hecho
en verdad el ensayo de invertir la dirección del desarrollo
que acabamos de describir o, al menos, de detener su movimiento:
ahora debe cerrarse de un modo pesimista, de una vez por todas,
justo la perspectiva de un rescate definitivo, ahora la mirada debe
estrellarse, rebotar contra una férrea imposibilidad, ahora
aquellos conceptos "culpa" y "deber" deben volverse
hacia atrás, -¿contra quién, pues? No se puede
dudar: por lo pronto, contra el "deudor", en el que a
partir de ahora la mala conciencia de tal modo se asienta, corroe,
se extiende y crece como un pólipo a todo lo ancho y a todo
lo profundo, que junto con la inextinguibilidad de la culpa se acaba
por concebir también la inextinguibilidad de la expiación,
el pensamiento de su impagabilidad (de la "pena eterna")-;
pero, al final, se vuelve incluso contra el "acreedor»,
ya se piense aquí en la causa prima del hombre, en el comienzo
del género humano, en el progenitor de éste, al que
ahora se maldice ("Adán", "pecado original",
"falta de libertad de la voluntad"), o en la naturaleza,
de cuyo seno surge el hombre y en la que ahora se sitúa el
principio malo ("diabolización de la naturaleza"),
o en la existencia en general, que queda como no-valiosa en sí
(alejamiento nihilista de la existencia, deseo de la nada o deseo
de su "opuesto", de ser-otro, budismo y similares), hasta
que de pronto nos encontramos frente al paradójico y espantoso
recurso en el que la martirizada humanidad encontró un momentáneo
alivio, frente a aquel golpe de genio del cristianismo: Dios mismo
sacrificándose por la culpa del hombre, Dios mismo pagándose
a si mismo, Dios como el que puede redimir al hombre de aquello
que para éste mismo se ha vuelto irredimible -el acreedor
sacrificándose por su deudor, por amor (¿quién
lo creería-?), ¡por amor a su deudor!...
22
Ya se habrá adivinado qué es lo que propiamente aconteció
con todo esto y por debajo de todo esto: aquella voluntad de autotortura,
aquella pospuesta crueldad del animal-hombre interiorizado, replegado
por miedo dentro de sí mismo, encarcelado en el "Estado"
con la finalidad de ser domesticado, que ha inventado la mala conciencia
para hacerse daño a sí mismo, después de que
la vía más natural de salida de ese hacer daño
había quedado cerrada, -este hombre de la mala conciencia
se ha apoderado del presupuesto religioso para llevar su propio
automartirio hasta su más horrible dureza y acritud. Una
deuda con Dios: este pensamiento se le convierte en instrumento
de tortura. Capta en "Dios" las últimas antítesis
que es capaz de encontrar para sus auténticos e insuprimibles
instintos de animal, reinterpreta esos mismos instintos animales
como deuda con Dios (como enemistad, rebelión, insurrección
contra el "Señor", el "Padre", el progenitor
y comienzo del mundo), se tensa en la contradicción "Dios
y demonio", y todo no que se dice a sí mismo, a la naturaleza,
a la naturalidad, a la realidad de su ser, lo proyecta fuera de
sí como un sí, como algo existente, corpóreo,
real, como Dios, como santidad de Dios, como Dios juez, como Dios
verdugo, como más allá, como eternidad, como tormento
sin fin, como infierno, como inconmensurabilidad de pena y culpa.
Es ésta una especie de demencia de la voluntad en la crueldad
anímica que, sencillamente, no tiene igual: la voluntad del
hombre de encontrarse culpable y reprobable a sí mismo hasta
resultar imposible la expiación, su voluntad de imaginarse
castigado sin que la pena pueda ser jamás equivalente a la
culpa, su voluntad de infectar y de envenenar con el problema de
la pena y la culpa el fondo más profundo de las cosas, a
fin de cortarse, de una vez por todas, la salida de ese laberinto
de "ideas fijas", su voluntad de establecer un ideal -el
del "Dios santo"-, para adquirir, en presencia del mismo,
una tangible certeza de su absoluta indignidad. ¡Oh demente
y triste bestia hombre! ¡Qué ocurrencias tiene, qué
cosas antinaturales, qué paroxismo de lo absurdo, qué
bestialidad de la idea aparecen tan pronto como se le impide, aunque
sea un poco, ser bestia de la acción!...,Todo esto es interesante
en grado sumo, pero también de una tétrica, sombría
y extenuante tristeza, hasta el punto de que tenemos que prohibirnos
violentamente mirar demasiado tiempo a esos abismos. Aquí
hay enfermedad, no hay duda, la más terrible enfermedad que
hasta ahora ha devastado al hombre: -y quien es capaz aun de oír
(¡pero hoy ya no se tienen oídos para ello!-) cómo
en esta noche de tormento y de demencia ha resonado el grito amor,
el grito del más anhelante encantamiento, de la redención
en el amor, ése se vuelve hacia otro lado, sobrecogido por
un horror invencible... ¡En el hombre hay tantas cosas horribles!
... ¡La tierra ha sido ya durante mucho tiempo una casa de
locos!...
23
Baste esto, de una vez por todas, en lo que respecta a la procedencia
del "Dios santo". -Que en sí la concepción
de los dioses no tiene que llevar necesariamente a esa depravación
de la fantasía, de cuya representación por un instante
no nos ha sido lícito dispensarnos, que hay formas más
nobles de servirse de la ficción poética de los dioses
que para esta autocrucifixión y autoenvilecimiento del hombre,
en las que han sido maestros los últimos milenios de Europa,-¡esto
es cosa que, por fortuna, aún puede inferirse de toda mirada
dirigida a los dioses griegos, a esos reflejos de hombres más
nobles y más dueños de sí, en los que el animal
se sentía divinizado en el hombre y no se devoraba a sí
mismo, no se enfurecía contra sí mismo! Durante un
tiempo larguísimo esos griegos se sirvieron de sus dioses
cabalmente para mantener alejada de sí la "mala conciencia",
para seguir estando contentos de su libertad de alma: es decir,
en un sentido inverso al uso que el cristianismo ha hecho de su
Dios. En esto llegaron muy lejos aquellas magníficas cabezas
infantiles, valientes como leones; y nada menos que una autoridad
tan grande como la del mismo Zeus homérico les da a entender
acá y allá que se toman las cosas demasiado a la ligera:
"¡Ay!", dice en una ocasión -se trata del
caso de Egisto, un caso muy grave.-
"¡Ay de qué cosas acusan los mortales a los dioses!
Dicen que sólo de nosotros proceden sus males;
pero ellos mismos con sus insensateces se causan sus infortunios,
incluso contra el destino.
Sin embargo, aquí oímos y vemos a la vez que también
este espectador y juez olímpico está lejos de enfadarse
por esto con los hombres y de pensar mal de ellos: "¡Qué
locos son!", piensa al ver las fechorías de los mortales,
-y "locura, "insensatez", un poco de "perturbación
en la cabeza", todo eso lo admitieron de sí mismos incluso
los griegos de la época más fuerte, más valerosa,
como fundamento de muchas cosas malas y funestas: -locura, ¡no
pecado! ¿Lo comprendéis?... Pero incluso esa perturbación
de la cabeza era un problema -"sí, ¿cómo
ella es posible siquiera?, ¿de dónde puede haber venido,
propiamente, a cabezas como las de nosotros, hombres de la procedencia
aristocrática, de la fortuna, de la buena constitución,
de la mejor sociedad, de la nobleza, de la virtud?" -así
se preguntó durante siglos el griego noble a la vista del
horror y del crimen, incomprensibles para él, con los que
se había manchado uno de sus iguales. "Un dios, sin
duda, tiene que haberlo trastornado", decía finalmente,
moviendo la cabeza... Esta salida es típica de los griegos..
Y así los dioses servían entonces para justificar
hasta cierto punto al hombre incluso en el mal, servían como
causas del mal -entonces los dioses no asumían la pena, sino,
como es más noble, la culpa...
24
-Acabo con tres signos de interrogación, como bien se ve.
"¿Se alza propiamente aquí un ideal, o se lo
abate?", se me preguntará acaso... Pero ¿os habéis
preguntado alguna vez suficientemente cuán caro se ha hecho
pagar en la tierra el establecimiento de todo ideal? ¿Cuánta
realidad tuvo que ser siempre calumniada e incomprendida para ello,
cuánta mentira tuvo que ser santificada, cuánta conciencia
conturbada, cuánto "dios" tuvo que ser sacrificado
cada vez? Para poder levantar un santuario hay que derruir un santuario:
ésta es la ley -¡muéstreseme un solo caso en
que no se haya cumplido!... Nosotros los hombres modernos, nosotros
somos los herederos de la vivisección durante milenios de
la conciencia , y de la auto tortura, también durante milenios,
de ese animal que nosotros somos: en esto tenemos nuestra más
prolongada ejercitación, acaso nuestra capacidad de artistas
y en todo caso nuestro refinamiento, nuestra perversión del
gusto. Durante demasiado tiempo el hombre ha contemplado "con
malos ojos" sus inclinaciones naturales, de modo que éstas
han acabado por hermanarse en él con la "mala conciencia".
Sería posible en sí un intento en sentido contrario
-¿pero quién es lo bastante fuerte para ello?-, a
saber, el intento de hermanar con la mala conciencia las inclinaciones
innaturales, todas esas aspiraciones hacia el más allá,
hacia lo contrario a los sentidos, lo contrario a los instintos,
lo contrario a la naturaleza, lo contrario al animal, en una palabra,
los ideales que hasta ahora han existido, todos los cuales son ideales
hostiles a la vida, ideales calumniadores del mundo. ¿A quién
dirigirse hoy con tales esperanzas y pretensiones?... Tendríamos
contra nosotros justo a los hombres buenos: y además, como
es obvio, a los hombres cómodos, a los reconciliados, a los
vanidosos, a los soñadores, a los cansados... ¿Qué
cosa ofende más hondamente, qué cosa divide más
radicalmente que el hacer notar algo del rigor y de la elevación
con que uno se trata a sí mismo? Y, por otro lado -¡qué
complaciente, qué afectuoso se muestra todo el mundo con
nosotros tan pronto como hacemos lo que hace todo el mundo y nos
"dejamos llevar" como todo el mundo!... Para lograr aquel
fin se necesitaría una especie de espíritus distinta
de los que son probables cabalmente en esta época: espíritus
fortalecidos por guerras y victorias, a quienes la conquista, la
aventura, el peligro e incluso el dolor se les hayan convertido
en una necesidad imperiosa; se necesitaría para ello estar
acostumbrados al aire cortante de las alturas, a las caminatas invernales,
al hielo y a las montañas en todo sentido, y se necesitaría
además una especie de sublime maldad, una última y
autosegurísima petulancia del conocimiento, que forma parte
de la gran salud, ¡se necesitaría cabalmente, para
decirlo pronto y mal, esa gran salud! ... Pero hoy ¿es ésta
posible siquiera?... Alguna vez, sin embargo, en una época
mas fuerte que este presente corrompido, que duda de sí mismo,
tiene que venir a nosotros el hombre redentor, el hombre del gran
amor y del gran desprecio, el espíritu creador, al que su
fuerza impulsiva aleja una y otra vez de todo aparcamiento y todo
más allá, cuya soledad es malentendida por el pueblo
como si fuera una huida de la realidad-: siendo así que constituye
un hundirse, un enterrarse, un profundizar en la realidad, para
extraer alguna vez de ella, cuando retorne a la luz, la redención
de la misma, su redención de la maldición que el ideal
existente hasta ahora ha lanzado sobre ella. Ese hombre del futuro,
que nos liberará del ideal existente hasta ahora y asimismo
de lo que tuvo que nacer de él, de la gran náusea,
de la voluntad de la nada, del nihilismo, ese toque de campana del
mediodía y de la gran decisión, que de nuevo libera
la voluntad, que devuelve a la tierra su meta y al hombre su esperanza,
ese anticristo y antinihilista, ese vencedor de Dios y de la nada
alguna vez tiene que llegar...
25
-Mas ¿qué estoy diciendo? ¡Basta! ¡Basta!
En este punto sólo una cosa me conviene, callar: de lo contrario
atentaría contra algo que únicamente le está
permitido a uno más joven, a uno más "futuro",
a uno más fuerte que yo, -lo que únicamente le está
permitido a Zaratustra, a Zaratustra el ateo...
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