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Indios: «perros
sucios» o «salvajes nobles» S. XVI
Leonardo Bracamonte
Jueves 22 de junio de 2000
Hacia una caracterización general del proceso de conquista
de América por el reino de Castilla Siglo XVI.
A modo de introducción
De las múltiples lecturas que resulta del proceso de conquista
y colonización de América por parte de los españoles,
la idea que termina de ser más sugerente a los fines del
objetivo de este trabajo, es la que tiene relación con la
noción de ver a aquellos «nuevos territorios»
con todo y sus habitantes, como la eventual oportunidad de construir
una nueva sociedad. Se trataba pues, partiendo de una visión
católica y cristiana, del momento único y quizá
irrepetible dado por Dios a los cristianos de intentar, de nuevo,
edificar una sociedad sustentada sobre la base de las ideas y valores
católicos.
Esta misión teológica - salvacionista llevaba también,
y como paso previo a este proyecto social, la idea de la conversión
de los habitantes de estas tierras a la fe católica, la única
y verdadera. Los actores puestos a conformar lo que sería
la hechura de aquel modelo de sociedad, partían, como todo,
de intereses a veces contrapuestos, identificarlos será uno
de los objetivos de este trabajo. No obstante, la idea de cristianizar
y convertir a estas tierras a la fe de Cristo, gozaba de una absoluta
mayoría entre los propulsores de la tenida como misión
divina. La idea que funge como rectora de todo esta empresa política,
en tanto que ampliación de territorios, es la progresiva
propagación mundial del evangelio. Lo dicho hasta ahora constituye
una constante en las infinidades de cartas y comunicaciones escritas
entre los conquistadores. En carta de gobernador de Cuba, Diego
Velázquez a Hernán Cortés (1485-1547), la máxima
autoridad de la isla puntualiza: «Sabéis que la principal
cosa que sus Altezas permiten que se descubran nuevas tierras es
porque tanto número de ánimas, como de innumerable
tiempo acá han estado y están en estas partes perdidas
fuera de nuestra santa fe, trabajaréis como conozcan a los
menos haciéndoselo entender, por la mejor orden y vía
pudiéredes, como hay un solo Dios creador del cielo y de
la tierra, y de las otras cosas que en el cielo y mundo son...»
[1] Esto no niega la existencia de otros móviles que impulsaron
la conquista, particularmente el conquistador de México Hernán
Cortés (1519-1593), resume al dominador como bien enviado
a llevar la palabra de Dios en conjunción con la idea del
enriquecimiento, tanto personal como para la corona.
La tremenda carga de religiosidad que llevó implícita
la etapa de la conquista y colonización en el siglo XVI,
guarda relación estrecha con el momento vivido en la Península
Ibérica en su proceso de conformación de la nacionalidad
española. En efecto, la empresa conquistadora es vista en
aquel tiempo como premio y consecuencia, en la consumación
de la lucha contra el enemigo musulmán, puesto en papel de
dominador por ochocientos años. La empresa americana es impulsada
bajo el poderoso efecto, interiorizado como sobrenatural recompensa,
de la toma de Granada en 1492. La reconquista no concluye en Granada,
al contrario, la conquista de América es percibida por sus
propulsores como continuación en la lucha contra el enemigo
infiel, en el contexto de una guerra concebida como santa.
Se trata de un factor imposible de subestimar, acaso determinante
para la comprensión de la conquista de América, con
todo y sus horrores. Los llegados a estas tierras son gentes curtidas
en la lucha contra el enemigo hispanomusulman. Asumida por siglos
como misión salvacionista, el conquistador no verá
en América sino otra faceta del mismo proceso de reconquista
de territorios, en manos de gentes que con sus modos, sus costumbres
y acaso con su sola existencia; ofendían a Dios y al Rey.
Como idea complementaria, los conquistadores como hombres de guerras,
aspiraban también a hacerse respetar en su oficio de «guerrear».
Así, títulos que implican jerarquía social,
honor y fidelidad al rey, aparejado con altos niveles de ambición
por enriquecerse, dan luces para la conformación y comprensión
del conquistador militar, enrolado voluntariamente, cuyo destino
será el nuevo mundo. De ahí la costumbre de llamar
a los templos religiosos construidos por los miembros de las culturas
autóctonas en México, mezquitas; de ahí el
llamar a los habitantes de las indias, infieles, y de tenerlos muchas
veces como enemigos. En una carta enviada al rey de España
comenta Cortés, en 1519: «E certificó a vuestra
alteza que yo conté desde una mezquita cuatrocientos y tantas
torres en la dicha ciudad de Churultecal» [2].
Tal es la importancia del papel civilizador del conquistador que
el mismo Bernal Díaz del Castillo sostiene el derecho reclamado
por ellos de convertir a los tenidos como bárbaros a la fe
católica, por encima incluso de los misioneros:
Todas estas cosas por mí recordadas quiso Nuestro Señor
Jesucristo que con su santa ayuda nosotros, los verdaderos conquistadores...
que lo descubrimos y conquistamos desde el principio... les dimos
a entender la santa doctrina: se nos debe el premio y galardón
de todo ello, y primero que a otras personas, aunque sean religiosas
[3].
Lo que reclama Díaz del Castillo no era asunto de poca monta.
El mayor éxito del proceso de conquista y colonización,
al margen de los logros y victorias en el campo de la guerra a los
indígenas, y al del descubrimiento y explotación de
inmensas riquezas de todo tipo, era el éxito desde el punto
de vista ideológico. La victoria, pues, fue ideológica
en tanto que lo que tuvo como punto de partida en 1492, terminó
con la muerte sí de muchos naturales, y con ellos, la desaparición
de infinidades de culturas gestadas al fragor de un desarrollo particular,
aislados de la cultura europea.
Tomando en cuenta esta última idea del triunfo de la cultura
europea sobre las culturas autóctonas americanas, este proceso
no tuvo en la realidad una traducción homogénea y
sin sobresaltos. Como lo señalábamos al comienzo del
trabajo, múltiples fueron los autores que tuvieron una participación
destacada en la tarea de sojuzgar al continente. Y múltiples
también, los intereses y métodos destinados a ganar
para el catolicismo a las Indias.
Indios: «Perros sucios» o «Salvajes nobles»
Todo imperio que se precie de tal, necesita la elaboración
de una serie de argumentos que funcionen como explicación-justificación
a la dominación por ellos ejercida sobre otras culturas.
Y de hecho, lo dicho hasta aquí no dice nada en sí
mismo. Pero el que exista una «coartada» ideológica,
y que ésta sea puesta en duda por otros también abocados
a la empresa de conquistar. Y que de estos se desprenda una discusión
que toque hasta lo más profundo de una disputa filosófica
en torno al hombre y a Dios, que trascienda los espacios de discusión
políticos tradicionales (las cortes) para polemizar en universidades.
Y que además, como resultado de estas trifulcas teórico-filosóficas,
se vea amenazado el rumbo de la conquista hasta lograr modificar
las leyes puestas a impulsar y hacer eficiente el dominio sobre
las Indias; resumen todo un período no sólo particular
por el hecho de la expansión y la incorporación de
territorios por parte del reino de Castilla, sino especialmente
peculiar en tanto se trata de un imperio cuestionando su papel de
tal. El fuego que producirán estas disputas durará
hasta la segunda mitad del siglo XVI, y sus calores persistirán
durante todo el período colonial.
El recurso utilizado hasta la llegada de Colón en las Antillas
para otorgar legitimidad a la conquista de nuevos territorios, tanto
de Portugal como de Castilla, era la figura de las bulas, donde
el papa, quien venía interviniendo en el proceso, otorgaba
el permiso para tomar las tierras en nombre suyo para el emperador.
En particular la bula Inter caetera (1493), consistía en
que a cambio de donación de los territorios en el proceso
de conquista, los reyes católicos estaban obligados a convertir
a los nativos y proteger a la Iglesia Católica, garantizándole
movilidad y poder de incidencia en la construcción de la
nueva sociedad [4].
El escenario para las primeras disputas, referido a cómo
conquistar, tuvo lugar en las Antillas. Allí para 1509, la
figura de la encomienda era legalizada por el rey Fernando. Era
claro que para los encomenderos, la conquista debía llevarse
por caminos muy distintos a los que miembros de la iglesia católica
tenían pensado.
En vista de la tremenda brutalidad para con los indios en las Antillas
en 1511, el fraile dominico Antonio de Montesinos pronunció
un discurso cuyo contenido llegará a los oídos de
la corona española.
...todos estáis en pecado mortal y en él vivís
y morís, por la crueldad y tiranía con que usáis
con estas inocentes gentes... Tened por cierto que en el estado
en que estáis no os podéis más salvar que los
moros o turcos que carecen y no quieren la fe de Jesucristo [5].
Lo dicho por el dominico conmovió y escandalizó a
buena parte de los encomederos y colonos. Estos hombres creín
firmemente en que lo que hacían formaba parte de un plan
divino concebido por Dios. Resultaba pues contradictorio y más
en hombres provenientes del siglo XV, la condena de un dominico,
afirmando que estaban los propios encomenderos en pecado mortal
por los tratos infringidos a hombres inferiores, lo cual resultaba,
para ellos, más que justo, el hecho de colocar a los naturales
en situación de sumisión.
Sin embargo, la visión que los conquistadores tenían
de su empresa estaba profundamente impulsada por motivos religiosos,
la certidumbre de que lo hecho hasta entonces en las Antillas conformaba
una prueba de fidelidad y servicio a Dios y al monarca, estba más
que probado. Era claro, para ellos, que los indígenas conformaban
una clase de hombres alejados de toda razón humana, por lo
cual debían convertirse violentamente al cristianismo. En
la vida de los indios, antes de que llegara el europeo, pensaban
éstos, reinaba la lujuria impulsada por el demonio. Gonzalo
Fernández de Oviedo resume el pensamiento de este sector
de los conquistadores como sigue:
Ya se desterró Satanás desta isla; ya cesó
todo con cesar y acabarse la vida a los más de los indios,
y porque los que quedan dellos son ya muy pocos y en servicio de
los cristianos [6].
La respuesta del Estado español, a las matanzas que venían
ocurriendo en las Indias, fue la elaboración de las leyes
de Burgos (1512) Más adelante, en 1513, un jurista, Palacios
Rubios, será el encargado de redactar un documento explicativo
a los indios, en el que se les mostraba la necesidad, guiada por
la razón, de incorporarse a la fe católica y asumirse
como súbditos del rey de España, o de lo contrario
se les haría una «guerra justa». Lo que resaltamos
del documento, porque es lo que al fin estará en cuestión,
fue que el papa como heredero directo de Jesucristo, tenía
títulos que hablaban sobre el dominio de bienes y de hombres
en toda la tierra, tal derecho era de origen divino, y los nativos
de las Indias no tienen otra opción que acercarse a escuchar
la palabra del único Dios. La impugnación a lo sostenido
en el Requerimiento vino de distintas personalidades.
Así por ejemplo, el argumento de que los nativos por ser
bárbaros eran carentes de razón, y por tanto era necesario
subyugarlos bajo la figura de la encomienda, fue rotundamente rechazado
por el dominico Francisco de Vitoria. Desde la Universidad de Salamanca
en 1539, sostuvo que, la autoridad civil era inherente a todas las
comunidades indígenas en virtud de la razón y de la
ley. Para él, ni el papa ni el rey podían reclamar
con justeza la propiedad sobre estas tierras y sobre estas gentes.
No se pueden anular los derechos legítimos que asisten a
los naturales oponiéndoles el derecho natural y temporal
del papa. Vitoria propinaba un golpe mortal a la justificación
referida al dominio ejercido por los ibéricos en la Indias,
alegando ilegitimidad de la comentada donación papal [7].
La postura de Bartolomé de las Casas, en un principio encomendero,
sostenía que los nativos, presos de incontables sufrimientos,
debían ser liberados, sus propiedades y riquezas devueltas,
y sus superiores colocados en los puestos que les correspondían
hasta la llegada de los europeos. Sostenía que el hecho de
no haber escuchado jamás la palabra de Dios le confería
derechos para seguirse conduciendo con autonomía. A los efectos
de ganar para la fe católica a los naturales, proponía
un proceso de persuasión hasta sumarlos progresivamente al
evangelio. Los llamados a realizar esta evangelización serían
los misioneros. Los colonos y encomenderos, para Las Casas, no debían
intervenir en la empresa. Esto, a los ojos del imperio resultaba
una insensatez. La devolución de las inmensas riquezas tomadas
de los indios, el respeto a sus autoridades, y el no-aprovechamiento
de la mano de obra indígena, y su sustitución por
una suerte de dominio basado en la persuasión; implicaba
una negación absoluta de los postulados básicos inmanentes
a la razón de imperio.
No obstante, un dominico presente en el Consejo de Indias en 1525,
Tomás Ortiz, respondía de forma contundente a los
incómodos partidarios de los derechos de los indios: «En
la tierra firme ellos comen carne humana. Son mas dado a la modorra
que cualquier otra nación. No hay justicia entre ellos. Andan
desnudos... Son estúpidos y simples... Son incapaces de aprender...
Y debo también afirmar que dios nunca ha creado una raza
más llena de vicios, compuesta sin la menor mezcla de bondad
y de cultura» [8].
La última idea con que concluye la cita, relativa a la creación
por Dios de «una raza más llena de vicios» y
carente de bondad y de cultura, ponía en aprietos el dogma
católico. Es bien sabido que las escrituras sagradas hablaban
de que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios... semejantes
a Dios, y al mismo tiempo « defectuosos» ? Los calorones
se disiparon dentro de la corte cuando uno de los miembros de las
Juntas, partidario de la servidumbre natural, fray Bernardo de Mesa,
de la Orden de los predicadores, aclaró que si bien era cierta
la posibilidad de hacer de los indios hombres cristianos, no era
menos cierto también la poca disponibilidad de los naturales
hacia la sola probabilidad de salvar sus almas. El panorama quedó
esclarecido al explicar que ciertamente los naturales que habitaban
en el Nuevo Mundo, fueron creados a imagen y semejanza del Señor,
pero teniendo en cuenta a un mundo caído en pecado, en guerras,
etc., se hacía comprensible, para ellos, lo que parecía
una contradicción.
Al fragor de las disputas sobre cómo tratar a los indios,
se pueden distinguir a los bandos enfrentados: los encomenderos
colonizadores, y los misioneros. Unos orientados a ver al indígena
como «perros sucios», y otros en concebirlos como «salvajes
nobles». Gonzalo Fernández de Oviedo, enemigo de Las
Casas, veía a los indios como «naturalmente haraganes
y viciosos, melancólicos, cobardes, y en general, un pueblo
invariablemente mentiroso, son idólatras, libidinosos, cometen
sodomía...» [9]. De la lectura de las opiniones vertidas
por el historiador oficial de la conquista, resulta comprensible
el tratamiento dado por los encomenderos a los tenidos como «perros
sucios».
Por su parte, de Las Casas impugnaba la idea sustentada por los
colonos y encomenderos, cuyos alegatos hablaban del derecho de los
españoles de dominar a los indígenas por el hecho
de ser los indios inferiores e ingenuos. De contradecir los designios
del monarca, los naturales se exponían a una guerra justa.
«Es aquí de notar que el título con que entraban
y por el cual comenzaban a destruir todos aquellos inocentes y despoblar
aquellas tierras,... era decir que viniesen a sujetarse y obedecer
al rey de España; donde no, que los habían de matar
y hacer esclavos. Y los que no venían tan presto a cumplir
tan irracionales mensajes y a ponerse en las manos de tan inicuos,...
llamábanles rebeldes... Y la ceguedad de los que regían
las Indias no alcanzaba ni entendía aquello que en sus leyes
está expreso y más claro que otro de sus primeros
principios, conviene a saber: que ninguno puede ser llamado rebelde
si primero no es súbdito» [10].
No era difícil observar serias contradicciones en la política
de la corona hacia las Indias. Cuando la discusión tomó
niveles de agitación constante, Carlos V regresaba a España
después de dos años de ausencia en 1541. Se imponía
una reelaboración de la política seguida por la corona,
en especial la figura de la Encomienda, donde el papel de la conversión
del indio corría por cuenta del encomendero. Ante una atmósfera
de pugnas y rivalidades, el emperador reunió una junta especial
para la elaborar una estrategia política, con el objetivo
de cambiar la relación de las Indias con la corona. Esta
junta fue la que elaboró las llamadas Leyes Nuevas del 20
de noviembre de 1542. Este cuerpo normativo legal a implementar
en América, recogía en buena medida parte del pensamiento
justiciero de Las Casas. Las relaciones de descontento por parte
de los encomenderos no sólo se hicieron sentir en las Indias,
sino en la propia Corte. La oposición férrea a la
iniciativa de Las Casas, partía de los encomenderos y entre
ellos se encontraba Hernán Cortés, conquistador de
México. No obstante, los argumentos más filosóficos
en respuesta al grupo de Las Casas y sus Leyes Nuevas, vinieron
de un estudioso aristotélico llamado Juan Ginés de
Sepúlveda, cuya obra «Demócrates Alter»,
escrita en 1544-1545, resumía de manera explícita
la doctrina de la servidumbre. La forma como redactó sus
reflexiones están basadas en un diálogo entre Demócrates,
quien funge como su portavoz y Leopoldo un alemán. Puestos
a conversar; comenta Demócrates: «Bien puedes comprender
¡oh Leopoldo! Si es que conoces la costumbre y naturaleza
de una y otra parte, que con perfecto derecho los españoles
imperan sobre estos bárbaros del nuevo mundo e islas adyacentes,
los cuales en prudencia ingenio, virtud y humanidad son tan inferiores
a los españoles como los niños a los adultos, las
mujeres a los varones,... y estoy por decir de monos a hombres»
[11].
Probar que los habitantes del nuevo mundo conformaban un grupo humano
inferior al europeo, implicaba la necesaria sujeción de éstos
a los ibéricos. De ahí la condena de lo que sólo
era una diferencia, en términos culturales. Partiendo de
lo diferente como algo condenable, se tenía como inferior
a los habitantes del Nuevo Mundo. Sepúlveda tenía
como fuente de inspiración en la disputa al pensamiento aristotélico,
el cual concluía que la sujeción de unos hombres por
otros era natural, ya que era sabido que en la naturaleza existen
hombres que son menos inteligentes que otros. En este caso, la servidumbre
se justificaba en tanto el dominador se hacía del dominado
para servirse de él. Mientras que el de menos sapiencia aprovechaba
su situación de servidumbre para aprender algún día
a ser un dominador. Extrapolando esto al Nuevo Mundo, los indígenas
lejos de afligirse por un hecho visto por Sepúlveda como
justo, tal significaba su situación de dependencia y sumisión,
debían celebrar la posibilidad inmejorable que tenían
para «civilizarse».
La confrontación entre Sepúlveda (perros sucios) y
De Las Casas (salvajes nobles), partía de la lectura de dos
visiones distintas hacia los habitantes de Nuevo Mundo. Mientras
Las Casas propugnaba antes que todo por una política de evangelización
utilizando métodos pacíficos, Sepúlveda se
pronunciaba por la servidumbre pura y simple de los naturales. Con
todo, ya para 1542, la figura del Requerimiento había sido
eliminada por lo menos del papel, la sustituía un documento,
que con el mismo objetivo de propagar la fe en América, lo
hacía desde una concepción diferente del indio. Se
trata de «La Carta a los Reyes y Repúblicas del Mediodía
y el Poniente» (1543)
En 1573, Felipe II sanciona unas Nuevas Ordenanzas de Descubrimiento
y Población, documento cuya orientación fundamental
es dar por concluido el proceso de conquista y ocupación,
para dar paso al proceso llamado de pacificación y colonización.
Conclusión
Puestos el estudio de aquella disputa histórica, sobre los
distintos métodos para someter a los naturales de las indias
y convertirlos al catolicismo, una de las conclusiones, siempre
provisionales en el campo de la historia, es la participación
de actores con distintas motivaciones en la tarea común de
hacerse del continente americano. Pero lo realmente trascendental
de lo dicho hasta ahora, es que estas diferencias referidas a los
métodos para conquistar y evangelizar a toda una humanidad,
generó un debáte sobre el indígena y lo indígena
que aun hoy no ha cesado. Esas disputas hablan de otra de las conclusiones
no menos interesantes, se trataba de un imperio en el difícil
trance de pensarse así mismo en su aspiración de dominar,
y después cristianizar el mundo. Se trataba de una crisis
de conciencia: la de un imperio católico, cuya misión
salvadora era tenida como moral, y el trato inhumano dado por ese
mismo imperio a gentes, cuya condición de tales, acaso muchos
católicos dudaron. No obstante, los diferentes puntos de
vista, por más opuestos que se presenten, convergen en la
necesidad de dominar y cristianizar al nuevo mundo, donde no hay
consenso es en el cómo. Tan conquistador es Bartolomé
de Las Casas como Francisco Pizarro. Ambos creen ser parte de un
plan elaborado por Dios, donde sólo ellos son los afortunados
ejecutores, elegidos en la tarea, siempre polémica, de propagar
el evangelio.
Notas
Bernal Díaz del Castillo. Cap. XIX. Tomado de: El conquistador
hispano, señas de identidad. Por Francisco Solano. En: Proceso
histórico al conquistador. Madrid: Alianza Editorial. 1988.
Pág. 195. [Volver].
Hernán Cortés. Cartas y relaciones con otros documentos
relativos a la vida y empresa del conquistador. Buenos Aires: EMCE
Editores. 1946. Pág. 146. [Volver].
Bernal Díaz del Castillo. Op cit. CCVII. Pág. 195.
[Volver].
Josep M. Barnadas. «La iglesia católica en la hispanoamérica
colonial». En: Leslie Bethell, Historia de América
Latina. Barcelona. Editorial Crítica. 1990. Pág. 186.
[Volver].
Ibidem. Pág. 187. [Volver].
Gonzalo Fernández de Oviedo. «Historia General y Natural
de las Indias». Madrid: Colección Autores Españoles,
Tomo CXVII y CXVIII. 1950. Pág. 124. [Volver].
Josep M. Barnadas. Op cit. Pág.189. [Volver].
Tomado de Hanke Lewis. Estudio sobre Fray Bartolomé de Las
Casas y sobre la lucha por la justicia en la conquista española
de América, Caracas: EBUC. 1968. Pág. 36. [Volver].
Op cit. Gonzalo Fernández de Oviedo. Tomado de Hanke Lewis.
Pág. 31. [Volver].
Bartolomé De Las Casas. Brevísima relación
de la destrucción de las Indias y memorial al Consejo de
Indias. En:Ramón Xarau (compilador), Idea y querella de la
Nueva España. Madrid. Alianza Editorial. 1973. [Volver].
Tomado de Zavala Silvio. La defensa de los derechos del hombre en
América Latina. Bélgica: UNESCO. Pág. 31. [Volver].
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