OLIVER TWIST
Charles Dickens
CAPÍTULO UNO
LOS PRIMEROS AÑOS
DE OLIVER TWIST
Una fría noche de invierno, en una pequeña ciudad
de Inglaterra, unos transeúntes
hallaron a una joven y bella mujer tirada en la calle. Estaba
muy enferma y pronto
daría a luz un bebé. Como no tenía dinero,
la llevaron al hospicio, una institución
regentada por la junta parroquial de la ciudad que daba cobijo
a los necesitados.Al
día siguiente nació su hijo y, poco después,
murió ella sin que nadie supiera quién
era ni de dónde venía. Al niño lo llamaron
Oliver Twist.
En aquel hospicio pasó Oliver los diez primeros meses de
su vida. Transcurrido este
tiempo, la junta parroquial lo envió a otro centro situado
fuera de la ciudad donde
vivían veinte o treinta huérfanos más. Los
pobrecillos estaban sometidos a la
crueldad de la señora Mann, una mujer cuya avaricia la
llevaba a apropiarse del
dinero que la parroquia destinaba a cada niño para su manutención.
De modo, que
aquellas indefensas criaturas pasaban mucha hambre, y la mayoría
enfermaba de
privación y frío.
El día de su noveno cumpleaños, Oliver se encontraba
encerrado en la carbonera
con otros dos compañeros. Los tres habían sido castigados
por haber cometido el
imperdonable pecado de decir que tenían hambre. El señor
Blumble, celador de la
parroquia, se presentó de forma imprevista, hecho que sobresaltó
a la señora Mann.
El hombre tenía por costumbre anunciar su visita con antelación,
tiempo que la
señora Mann aprovechaba para limpiar la casa y asear a
los niños, ocultando así las
malas condiciones en las que vivían los pobres muchachos.
-¡Dios mio! ¿Es usted, señor Bumble? -exclamó
horrorizada la señora Mann.
Y, dirigién se en voz baja a la criada, ordenó:
-Susan, sube a esos tres mocosos de la carbonera y lávalos
inmediatamente.
-Vengo a llevarme a Oliver Twist -dijo el celador-. Hoy cumple
nueve años y ya es
mayor para permanecer aquí.
-Ahora mismo lo traigo -dijo la señora Mann saliendo de
la habitación.
Oliver llegó ante el señor Bumble limpio y peinado;
nadie hubiera dicho que era el
mismo muchacho que poco antes estaba cubierto de suciedad. Al
poco rato, el
celador y el niño abandonaban juntos el miserable lugar
Oliver miró por última vez hacia atrás; a
pesar de que allí nunca había recibido un
gesto cariñoso ni una palabra bondadosa, una fuerte congoja
se apoderó de él.
"¿Cuándo volveré a ver a los únicos
amigos que he tenido nunca?", se preguntó. Y,
por primera vez en su vida, sintió el niño la sensación
de su soledad.
Nada más llegar al nuevo hospicio, Oliver fue llevado ante
la junta parroquial y allí,
el señor Limbkins, que era el director, se dirigió
a él.
-¿Cómo te llamas, muchacho?
Oliver, asustado, no contestó; de repente, sintió
un fuerte pescozón que le hizo
echarse a llorar, había sido el celador que se encontraba
detrás de él.
-Este chico es tonto -dijo un señor de chaleco blanco.
-¡Chist! -ordenó el primero. Y, dirigiéndose
a Oliver, dijo-: Hasta ahora, la
parroquia te ha criado y mantenido, ¿verdad? Bien, pues
ya es hora de que hagas
algo útil. Estás aquí para aprender un oficio.
¿Entendido?
-Sí. Sí, señor-contestó Oliver entre
sollozos.
En el hospicio, el hambre seguía atormentando a Oliver
y a sus compañeros: sólo
les daban un cacillo de gachas al día, excepto los días
de fiesta en que recibían,
además de las gachas, un trocito de pan. Al cabo de tres
meses, los chicos
decidieron cometer la osadía de pedir más comida
y, tras echarlo a suertes, le tocó a
Oliver hacerlo. Aquella noche, después de cenar, Oliver
se levantó de la mesa, se
acercó al director y dijo:
-Por favor, señor, quiero un poco más.
-¿Qué? -preguntó el señor Limbkins
muy enfadado.
-Por favor, señor, quiero un poco más -repitió
el muchacho.
El chico fue encerrado durante una semana en un cuarto frío
y oscuro; allí pasó los
días y las noches llorando amargamente. Sólo se
le permitía salir para ser azotado
en el comedor delante de todos sus compañeros. El caso
del "insolente muchacho"
fue llevado a la junta parroquial; ésta decidió
poner un cartel en la puerta del
hospicio ofreciend cinco libras a quien aceptara hacerse cargo
de Oliver.
El señor Gamfield era un hombre de rasgos groseros y gestos
rudos, deshollinador
de profesión. Una mañana iba paseando por la calle,
pensaba cómo podría pagar sus
deudas; al pasar frente al hospicio, sus ojos se clavaron en el
cartel recién colocado.
-¡Sooo! -ordenó el señor Gamfield azotando
a su burro.
El hombre del chaleco blanco estaba en la puerta, y al momento
entendió que
Gamfield era el tipo de amo que le hacía falta a Oliver;
de modo que fue a llamar al
señor Limb kins. Éste salió inmediatamente
y, al ver el interés que manifestaba el
deshollinador por el muchacho, se frotó las manos y dijo
con aire apesadumbrado:
-Usted quiere al chico para realizar un oficio peligroso; así
que cinco libras nos
parece mucho dinero.
-Entonces, ¿cuánto me darán si me lo quedo?
-preguntó Gamfield.
-Tres libras y diez chelines -contestó el director.
-No seas tonto -dijo el señor del chaleco blanco-, llévatelo.
Es exactamente el
muchacho que necesitas. Unos cuant os palos le vendrán
bien y no te preocupes por
su manutención: no está acostumbrado a llenar su
estómago, ¡ja, ja, ja!
El trato quedó inmediatamente cerrado. A continuación,
se ordenó al señor Bumble
que llevara aquella misma tarde a OI¡ver ante el juez para
que aprobara y firmara el
contrato. El magistrado se encontraba en una estancia enorme sentado
detrás de un
escitorio. Bumble colocó a Oliver frente a él y
dijo:
-Éste es el muchacho, señoría.
El anciano se puso las gafas y sus ojos toparon con el rostro
pálido y aterrorizado
de Oliver.
-¡Muchachito! -dijo el anciano-. ¿Por qué
estás asustado?
Oliver, desconcertado por el tono suave y benévolo del
juez, cayó de rodillas y,
juntando las manos, suplicó:
-¡Por favor, señor! Mándeme al cuarto oscuro...
máteme de hambre si quiere...;
pero no me obligue a it con este hombre.
Tras unos instantes de silencio, el juez dijo en tono solemne:
-Me niego a firmar este contrato. Llévese al muchacho de
nuevo al hospicio, y
trátelo bien. Creo que lo necesita.
A la mañana siguiente, el cartel en el que se ofrecían
cinco libras a quien quisiera
llevarse a Oliver, estaba otra vez colocado en la puerta del hospicio.
El primero en
interesarse por el negocio fue el señor Sowerberry, encargado
de la funeraria
parroquial. Era un hombre escuálido que siempre vestía
un traje negro y raído.
Después de revisar minuciosamente al muchacho, decidió
quedárselo.
La junta parroquial decidió que Oliver se fuera con él
aquella misma noche. Pero de
camino a casa de su nuevo amo, el chico no pudo reprimir las lágrimas.
-Eres el muchacho más desagradecido que he visto en mi
vida -le dijo el señor
Bumble.
-No, no señor No soy desagradecido; pero es que me sien
to tan solo -contestó
Oliver entre sollozos-. Por favor, señor, no se enfade
conmigo.
Cuando llegaron a la funeraria del señor Sowerberry, Bumble
ordenó a Oliver que
se secara las lágrimas.
-Aquí estoy con el muchacho.
-¡Dios mío! -exclamó la señora Sowerberry-.
s muy pequeño.
-Sí, es bastante pequeño, pero no se preocupe, señora
-dijo el señor Bumble-, ya
crecerá.
-¡Claro que crecerá! -contestó la mujer malhumorada-.
¿Y quién lo va a pagar?
Mantener a los niños de la parroquia cuesta más
de lo que se obtiene de ellos.
¡Menudo ahorro!
Y dirigiéndose a Oliver añadió:
-¡Venga, talego de huesos.
La mujer del dueño de la funeraria abrió una pequeña
puerta y empujó a Oliver por
una empinada escalera. Al final de ella, se encontraba la cocina,
que era un sótano
de piedra húmeda y oscura. Allí sentada estaba una
muchacha sucia y desastrada.
-Charlotte -ordenó la señora Sowerberry-, dale a
este muchacho algunas de las
sobras que hemos apartado para Trip.
Los ojos de Oliver se iluminaron al ver llegar el cuenco de comida
y se lanzó sobre
unos restos que hasta el perro habná desdeñado,
Cuando hubo acabado de comer, la
señora Sowerberry llevó a Oliver hasta la tienda
bajo cuyo mostrador había puesto
un viejo colchón.
-Dormirás aquí. Supongo que no te molestará
estar entre ataúdes. Y si te molesta,
te aguantas. No hay otro sitio.
Solo ya en la funeraria, Oliver sintió un escalofrío,
el hueco donde estaba el colchón
también parecía un sepulcro. Oliver lo miró
y, por un momento, deseó que aquélla
fuera de verdad su tumba; así podría dormir eternamente
y descansar en el camposanto,
con la hierba acariciando su cabeza.
CAPÍTULO DOS
EN LA FUNERARIA
Por la mañana, unas violentas patadas en la puerta de la
tienda despertaron a
Oliver
-¡Abre de una vez! -gritó una voz detrás de
la puerta.
-Ya voy, señor -contestó Oliver vistiéndose
a toda prisa.
-Supongo que eres el mocoso del hospicio -siguió la voz-.
¿Cuántos años tienes?
-Tengo diez, señor
Oliver abrió la puerta con manos temblorosas, pero sólo
vio a un muchacho de la
inclusa que estaba sentado en un mojón comiendo una rebanada
de pan con
mantequilla.
-Perdone -dijo sliver-, ¿es usted el que ha llamado?
-Soy el que ha dado patadas -rectificó el muchacho-. Veo
que no sabes con quién
estás hablando. Soy el señor Noah Claypole, y tú
eres mi subordinado.
Diciendo esto, propinó a Oliver una patada, y entró
en la tienda pavoneándose. Y
es que, Noah era un acogido de la inclusa, pero tenía padre
y madre conocidos.
Llevaba años aguantando sin replicar los insultos de los
muchachos del barrio, y
ahora que la fortuna había puesto en su camino a un huérfano
sin nombre , pensaba
tomarse la revancha.
Llevaba Oliver casi un mes en la funeraria, cuando al señor
Sowerberry se le
ocurrió una idea:
-Querida -le dijo a su mujer-, he pensado que Oliver sería
perfecto para acompañar
los entierros de los niños. Con la edad aproximada del
muerto, causará una gran
sensación.
A la mañana siguiente, el señor Bumble entró
en la tienda.
Vengo a encargar un ataúd y un funeral para una pobre mujer
de la parroquia.
Aquí tiene la dirección.
-Ahora mismo voy -contestó el de la funeraria-. Oliver,
ponte la gorra y ven
conmigo.
Caminaron por calles sucias y miserables. Cuando llegaron a la
casa indicada,
subieron hasta el primer piso y el señor Sowerberry llamó
con los nudillos. Una
muchacha de unos trece años abrió la puerta y ambos
entraron. Dentro de la casa, el
espectáculo era estremecedor: agachado frente a una chimenea
sin lumbre, había un
hombre flaco y pálido; a su lado, una vieja sentada en
un taburete; más allá, unos
niños harapientos mirando hacia el cadáver que yacía
en el suelo cubierto con una
manta. Cuando el señor Sowerberry hizo intención
de acercarse al cuerpo sin vida
para realizar su trabajo, el hombre flaco se levantó como
una centella gritando:
-¡Que nadie se acerque a mi esposa!
No obstante, el encargado de la funeraria sacó de su bolsillo
una cinta métrica y se
arrodilló junto al cuerpo sin vida.
-¡Ah! -gimió el hombre hincándose de rodillas
junto a la difunta-. ¡La han matado
de hambre! Fui a mendigar para ella y me metieron en la cárcel.
Al día siguiente, se celebró el entierro. Cuando
el señor Sowerberry y Oliver,
volvían a la funeraria, el hombre preguntó:
-Bueno, muchacho, ¿te gusta este oficio?
-La verdad es que no mucho, señor-contestó.
-Ya verás, todo es cuestión de acostumbrarse.
Transcurrido el mes de prueba, Oliver pasó a ser aprendiz
oficialmente. A Noah le
corroía la envidia de ver ascendido al pequeño Oliver
y desde entonces, se propuso
hacerle la vida imposible. Cierto día en que ambos se encontraban
en la cocina, el
jovenzuelo empezó a tirarle del pelo y, al no conseguir
sacarle una sola lágrima,
recurrió al insulto.
-Hospiciano -dijo Noah-, ¿y tu madre?
-Murió -contestó Oliver un poco crispado-. Preferiná
que no hablaras de ella
delante. de mí.
-¿De qué murió?
-De pena -respondió Oliver con los ojos cargados de lágrimas-.
No me hables más
de ella, será mejor para ti.
-¿Mejor para m? Seguro que tu madre era una cualquiera.
Rojo de furia, Oliver agarró a Noah por el cuello, lo zarandeó
violentamente y le
asestó un puñetazo con tanta fuerza que lo derribó
al suelo.
-¡Charlotte! ¡Ama! -se puso a gritar Noah-. ¡El
nuevo me está matando! ¡Socorro!
Las dos mujeres acudieron inmediatamente a la cocina. Entre los
tres propinaron a
Oliver una buena paliza: Noah lo inmmovilizó, la criada
lo golpeó y el ama le arañó la
cara. Luego lo encerraron en el sotanillo de la basura.
-Noah -ordenó la señora Sowerberry-, corre a buscar
al señor Bumble y dile que
venga de inmediato.
Obedeciendo las órdenes de su ama, Noah echó a correr
y no paró hasta llegar a la
puerta del hospicio.
-¡Señor Bumble! ¡De prisa, venga a la tienda!
Oliver Twist se ha vuelto loco.
Intentó matarme, y luego intentó matar a Charlotte
y también a la señora
Sowerberry.
-Me ocuparé de ello -dijo el señor Bumble.
Cuando él y Noah llegaron a la funeraria, Oliv er seguía
dando patadas a la puerta
del sotanillo.
-¡Oliver! -llamó el celador en voz baja.
-¡Sáquenme de aquiil -gritó Oliver.
-Soy el señor Bumble. ¿Es que no tiemblas al oír
mi voz?
-No -respondió Oliver valientemente.
-Debe haberse vuelto loco -intervino la señora Sowerberry-.
Ningún muchacho en
su sano juicio se atrevená a contestarle de ese modo.
-No es locura, señora-dijo el celador-, es comida.
-¿Cómo? -exclamó la señora Sowerberry.
-Comida, señora, comida. Usted le ha dado demasiado de
comer, y ahora tiene
fuerza y energía.
-Esto me pasa por ser tan generosa -dijo hipócritamente.
Cuando llegó el señor Sowerberry, le contaron lo
ocurrido con tantas
exageraciones, que el hombre, indignado, abrió la puerta
del sotanillo y sacó a
rastras a su rebelde aprendiz aga rrándole por el cuello
de la camisa. Oliver tenía las
ropas desgarradas, el pelo revuelto y la cara amoratada y arañada.
Pero, a pesar de
todo, seguía mostrando indignación en su rostro,
y miró valientemente a Noah.
-Dijo cosas de mi madre -explicó Oliver a su amo.
-¿Y qué, si lo que dijo es cierto? -repuso la señora
Sowerberry.
-No lo es -contestó Oliver rabioso.
-Sí, sí lo es.
El niño pasó todo el día arrinconado, sin
más comida que una rebanada de pan. Al
llegar la noche, lo mandaron subir a su cama; entonces Oliver
rompió a llorar
Cuando se calmó, envolvió lo poco que poseía
en un pañuelo y se sentó a espe rar el
amanecer
Con los primeros rayos de sol, escapó calle arriba. Pasó
por delante del hospicio y
vio a uno de sus antiguos compañero s trabajando en el
jardín.
-¡Hola, Dick! -susurró Oliver-. ¿Hay alguien
levantado?
-Sólo yo -contestó el niño.
-No digas que me has visto. Me he escapado porque me odian y me
maltratan. ¡Y
tú qué pálido estás, amigo!
-He oído decir al médico que me voy a morir, Oliver
-dijo el niño con una leve
sonrisa-. Estoy muy contento de verte, pero no te entretengas.
¡Vete ya!
-Quería decirte adiós, Dick. ¡Deseo que seas
feliz!
-Cuando muera, lo seré. Dame un beso -pidió el niño
trepando sobre la puerta y
echando a Oliver los brazos alrededor del cuello-. ¡Que
Dios te bendiga!
CAPÍTULO TRES
FAGIN Y COMPAÑÍA
Oliver decidió ir Londres, aunque la gran ciudad se encontraba
a más de setenta
millas. Anduvo una semana sin comer apenas, al cabo de la cual,
llegó al pequeño
pueblo de Barnet, cubierto de polvo y con los pies ensangrentados.
Agotado, se
sentó a descansar en un portal, y allí permaneció
inmó vil y silencioso. De pronto se
fijó en muchacho de su misma edad, sucio y desaseado, que
no paraba de mirarle
desde el otro lado de la calle. El desconocido, con las manos
metidas en los bolsillos
de su pantalón, cruzó y, plantándose delante
de Oliver, le dijo:
-¿Qué haces aquí, coleguilla? ¿Tienes
problemas?
-Tengo hambre y estoy muy cansado -contestó Oliver sin
poder contener el llanto-.
Llevo siete días andando.
-¡Siete días o pata! -exclamó el jovencito-.
¡Madre mía! Tú lo que necesitas es una
buena jola. Yo también ando pelao pero algo conseguiré.
El muchacho compró jamón y pan en una tienducha
y Oliver hizo una larga y
abundante comida.
-Me llamo Jack Dawkins, pero todos me llaman et P¡llastre.
Seguro que vas a
Londres, ¿a que sí?
-Eso pretendo -contestó Oliver-, pero no tengo dinero,
ni sé dónde me podré
alojar.
-No te comas el coco con eso, sé dónde te darán
alojamiento gratis. Si te parece,
haremos el resto del camino juntos.
-¡Sería estupendo! -exclamó Oliver sorprendido-.
Llevo sin dormir bajo techo desde
que salí de la casa de mi amo.
Jack y Oliver llegaron a Londres avanzada la noche. Camina ron
por calles sucias y
miserables hasta una casa donde el P¡llastre entró
con decisión..
-¿Quién es? -gritó una voz desde el interior.
Jack dijo algo parecido a una contraseña. En ese momento,
la cabeza de un
hombre asomó por la barandilla.
-Vengo con un nuevo compinche -anunció.
-¡Sube, anda! Dime, ¿de dónde lo has sacado?
-De la inopia -contestó Jack mientras subían la
escalera.
Los dos entraron en una habitación de paredes negras y
sucias donde un viejo
judío de aspecto repugnante estaba friendo salchichas.
Alrededor de la mesa estaban
sentados varios muchachos que tendrían más o menos
la edad del P¡llastre. Todos
fumaban en pipa y bebían cerveza,
-Este es Fagin -dijo Jack Dawkins señalando al anciano-;
y éste, mi amigo Oliver
Twist.
-Espero que seamos amigos -dijo el hombre estrechándole
la mano-. Siéntate a
cenar con nosotros.
Oliver no salió de aquella habitación durante varios
días. Observaba lo que sucedía
a su alrededor con gran extrañeza y, por más que
lo intentaba, no lograba
comprender cómo se ganaban la vida aquellos chicos; por
qué salían por la mañana
y regresaban por la noche con carteras, pañuelos de seda
o joyas que entregaban a
su protector. Tampoco entendía por qué Fagin los
mandaba a la cama sin cenar
cuando volvían a casa con las manos vacías. Ni se
podía explicar el motivo por el
cual vivía en aquel antro sucio y desolado un hombre tan
rico.
Un día, el señor Fagin reunió al P¡llastre,
a uno de los chicos llamado Charley Bates
y a Oliver, y les dijo:
-Este jovencito saldrá hoy a trabajar con vosotros. Es
hora de que vaya
aprendiendo el oficio.
Iban los tres caminando por la calle cuando, de pronto, el P¡llastre
se paró en seco
y dijo en voz baja:
-¿Veis al viejo que está en el puesto de libros?
¡A por él!
Oliver observó horrorizado cómo sus compañeros
se colocaban detrás del
respetable anciano; luego, el P¡llastre le metía
la mano en el bolsillo y le robaba un
pañuelo, para desaparecer finalmente, en un abrir y cerrar
de ojos. Fue entonces
cuando Oliver entendió que había estado viviendo
con una pandilla de ladrones. El
terror y la confusión se apoderaron de él y no supo
hacer otra cosa que echar a
correr. La mala suerte quiso que, en aquel momento, el anciano
se diera cuenta del
hurto y, al ver a Oliver corriendo, lo tomó por el ratero.
Así es que salió en su
persecución gritando: "¡Al ladrón! ¡Al
ladrón!" Pronto, decenas de personas
empezaron a perseguirlo y, aunque OI¡ver corrió y
corrió, finalmente lograron
alcanzarlo.
-¿Es éste el muchacho? -preguntaron al caballero.
-Sí, me temo que sí -contestó el anciano.
En aquel momento, llegó un agente y agarró a Oliver
por e¡ cuello de la camisa.
-¡No he sido yo! ¡Se lo prometo! -dijo Oliver juntando
las manos en tono
suplicante.
-¡Levántate de una vez, demonio! -ordenó el
agente.
Oliver se incorporó a duras penas a inmediatamente se vio
arrastrado por el
policía.
-Aquí traigo a un joven cazapañuelos -dijo el agente
al entrar a la comisaría.
-Señores -dijo el caballero víctima del robo-, no
estoy seguro de que este
muchacho haya sido el ladrón. Yo prefiriría dejar
este asunto...
Sin hacer caso de sus argumentos, el anciano fue conducido a una
sala donde se
encontraba el juez Fang. Tenía aspecto de hombre autoritario
y estaba sentado
detrás de una mesa situada sobre un estrado. Al lado de
la puerta, había una jaula
de madera y, en ella, estaba encerrado Oliver.
-¿Quién es usted? -preguntó el señor
Fang.
-Mi nombre es Brownlow, señor -contestó el anciano-.
Y antes de prestarjuramento
roganá a su señoná que me permitiera decir
algo...
-¡Cállese! -ordenó bruscamente el juez.
-¿Cómo? -preguntó el señor Brownlow
rojo de ira. Pero comprendió que se tenía
que dominar para no perjudicar al pobre Oliver Cuando llegó
su turno, expuso su
caso y concluyó diciendo:
-Ruego a su señoría que traten a este muchacho con
indulgencia. Me temo que se
encuentra muy mal.
-¿Cómo te llamas, pequeño ratero? -preguntó
el juez Fang.
Oliver se sentía incapaz de responder porque todo le daba
vueltas y más vueltas.
Entonces, Fang se dirigió a un anciano que estaba de pie
junto al estrado y
preguntó:
-Oficial, ¿cómo se llama este pilluelo?
Éste, al ver que iba a ser imposible sacarle una palabra
al muchacho, improvisó un
nombre:
-Se llama Tom White.
En aquel punto del interrogatorio, Oliver, con un hilo de voz,
suplicó que le dieran
un poco de agua.
-¡Cuidado, se va a caer! -gritó el señor Brownlow
al ver a Olivertambalearse. Al
instante, Oliver cayó al suelo.
-Ya se levantará cuando se canse -dijo el juez-. Queda
condenado a tres meses de
trabajos forzados. ¡Despejen la sala!
De repente, un anciano, de digna aunque pobre apariencia, irrumpió
en la sala y
avanzó hasta el estrado.
-¡No se lleven al muchacho! -gritó-. Yo soy el dueño
del puesto de libros donde
sucedió el robo. Lo vi todo y juro que él no es
el ladrón.
El juez miró con cara de desconfianza a todos los que se
encontraban en la sala y
dijo con indiferencia:
-El muchacho queda absuelto.
El señor Brownlow, ayudado por el librero, montó
a OI¡ver en su coche y lo llevó a
su casa; allí, por primera vez, el muchaco fue cuidado
con cariño y bondad.
CAPÍTULO CUATRO
EN LA CASA DEL SEÑOR BROWNLOW
Mientras Oliver era llevado a casa del señor Brownlow,
el Pillastre y Charley Bates
regresaban a casa de Fagin.
-¿Dónde está Oliver? -preguntó el
hombre.
Como no recibió respuesta, cogió al P¡llastre
por el cuello de la camisa y,
zarandeándolo, gritó:
-¡Habla o te ahorco!
-La pasmo lo ha trincao -contestó el P¡llastre asustado.
En aquel momento, entró gruñendo un hombre corpulento,
mal vestido y de sucia
apariencia, llamado Bill Sikes.
-¿Qué mosca te ha picado? -gritó dirigiéndose
a Fagin-. ¿Qué es eso de maltratar a
los muchachos, bellaco avaricioso?
Los chicos le contaron el relato de la captura de Oliver Entonces,
Sikes dijo con aire
preocupado:
-Alguien debería averiguar lo que ha pasado en esa comi
saría.
Entre todos decidieron encargarle la misión a Nancy, una
de las muchachas que
vivía también bajo la "protección"
de Fagin.
Nancy salió de la casa y, al rato, regresó diciendo:
-Se lo ha llevado un viejales a su queli de Petonville.
-Hay que encontrarlo como sea -dijo Fagin preocupado.
Mientras tanto, en otra zona de la ciudad, Oliver se reponía
al cuidado de una
viejecita maternal y muy dulce, la señora Bedwin, que era
el ama de llaves del señor
Brownlow. A los tres días, Oliver, aunque seguía
muy débil, pudo levantarse de la
cama y pasar un rato en un sillón junto al fuego. Fue entonces
cuando los ojos del
chico se clavaron en un retrato que estaba colgado en la pared.
-¡Qué cara más bonita y más dulce tiene
esa señora! -exclamó el muchacho!-.
¿Quién es?
-No lo sé, querido -contestó la viejecita-. Nadie
que tú y yo conozcamos.
-¡Es tan hermosa! Parece que me está mirando. Al
mirarla, siento cómo mi corazón
palpita más rápido.
-¡Dios mío! No hables así, querido. Deja que
le dé la vuelta al sillón para que no la
veas. No te conviene nada alterarte en tu estado.