Después de examinar las potencialidades
remotas y próximas de la raza mixta que habita el continente
iberoamericano y el destino que la lleva a convertirse en la primera
raza síntesis del globo, se hace necesario investigar si
el medio físico en que se desarrolla dicha estirpe corresponde
a los fines que le marca su biótica. La extensión
de que ya dispone es enorme; no hay, desde luego, problema de
superficie. La circunstancia de que sus costas no tienen muchos
puertos de primera clase casi no tiene importancia, dados los
adelantos crecientes de la ingeniería. En cambio, lo que
es fundamental abunda en cantidad superior, sin duda, a cualquiera
otra región de la tierra: recursos naturales, superficie
cultivable y fértil, agua y clima. Sobre este último
factor se adelantará, desde luego, una objeción:
el clima, se dirá, es adverso a la nueva raza, porque la
mayor parte de las tierras disponibles está situada en
la región más cálida del globo. Sin embargo,
tal es, precisamente, la ventaja y el secreto de su futuro. Las
grandes civilizaciones se iniciaron entre trópicos y la
civilización final volverá al trópico. La
nueva raza comenzará a cumplir su destino a medida que
se inventen los nuevos medios de combatir el calor en lo que tiene
de hostil para el hombre, pero dejándole todo su poderío
benéfico para la producción de la vida. El triunfo
del blanco se inició con la conquista de la nieve y del
frío. La base de la civilización blanca es el combustible.
Sirvió primeramente de protección en los largos
inviernos; después se advirtió que tenía
una fuerza capaz de ser utilizada no sólo en el abrigo,
sino también en el trabajo; entonces nació el motor,
y, de esta suerte, del fogón y de la estufa procede todo
el maquinismo que está transformando al mundo. Una invención
semejante hubiera sido imposible en el cálido Egipto y,
en efecto, no ocurrió allá, a pesar de que aquella
raza superaba infinitamente en capacidad intelectual a la raza
inglesa. Para comprobar esta última afirmación,
basta comparar la metafísica sublime del Libro de los Muertos
de los sacerdotes egipcios con las chabacanerías del darwinismo
spenceriano. El abismo que separa a Spencer de Hermes Trimegisto
no lo franquea el dolicocéfalo rubio ni en otros mil años
de adiestramiento y selección...
Supuesta, pues, la conquista del trópico
por medio de los recursos científicos, resulta que vendrá
un período en el cual la humanidad entera se establecerá
en las regiones cálidas del planeta. La tierra de promisión
estará entonces en la zona que hoy comprende el Brasil
entero, más Colombia, Venezuela, Ecuador, parte de Perú,
parte de Bolivia y la región superior de la Argentina...
Naturalmente, la quinta raza no pretenderá
excluir a los blancos, como no se propone excluir a ninguno de
los demás pueblos; precisamente la norma de su formación
es el aprovechamiento de todas las capacidades para mayor integración
del poder. No es la guerra contra el blanco nuestra mira, pero
sí una guerra contra toda clase de predominio violento,
lo mismo el del blanco que, en su caso, el del amarillo, si el
Japón llegare a convertirse en amenaza continental. Por
lo que hace al blanco y a su cultura, la quinta raza cuenta ya
con ellos y todavía espera beneficios de su genio. La América
latina debe lo que es al europeo blanco y no va a renegar de él;
al mismo norteamericano le debe gran parte de sus ferrocarriles
y puentes y empresas, y de igual suerte necesita de todas las
otras razas. Sin embargo, aceptamos los ideales superiores del
blanco, pero no su arrogancia; queremos brindarle, lo mismo que
a todas las gentes, una patria libre en la que encuentre hogar
y refugio, pero no una prolongación de sus conquistas.
Los mismos blancos, descontentos del materialismo y de la injusticia
social en que ha caído su raza, la cuarta raza, vendrán
a nosotros para ayudar en la conquista de la libertad. Quizás
entre todos los caracteres de la quinta raza predominen los caracteres
del blanco, pero tal supremacía debe ser fruto de elección
libre del gusto y no resultado de la violencia o de la presión
económica. Los caracteres superiores de la cultura y de
la naturaleza tendrán que triunfar, pero ese triunfo sólo
será firme si se funda en la aceptación voluntaria
de la conciencia y en la elección libre de la fantasía.
Hasta la fecha, la vida ha recibido su carácter de las
potencias bajas del hombre; la quinta raza será el fruto
de las potencias superiores. La quinta raza no excluye; acapara
vida; por eso la exclusión del yanqui, como la exclusión
de cualquier otro tipo humano, equivaldría a una mutilación
anticipada, más funesta aún que un corte posterior.
Si no queremos excluir ni a las razas que pudieran ser consideradas
como inferiores, mucho menos cuerdo sería apartar de nuestra
empresa a una raza llena de empuje y de firmes virtudes sociales.
Expuesta ya la teoría de la formación
de la raza futura iberoamericana y la manera como podrá
aprovechar el medio en que vive, resta sólo considerar
el tercer factor de la transformación que se verifica en
el nuevo continente; el factor espiritual que ha de dirigir y
consumar la extraordinaria empresa. Se pensará, tal vez,
que la fusión de las distintas razas contemporáneas
en una nueva que complete y supere a todas, va a ser un proceso
repugnante de anárquico hibridismo, delante del cual la
práctica inglesa de celebrar matrimonio sólo dentro
de la propia estirpe se verá como un ideal de refinamiento
y de pureza. Los arios primitivos del Indostán ensayaron
precisamente este sistema inglés para defenderse de la
mezcla con las razas de color, pero como esas razas obscuras poseían
una sabiduría necesaria para completar la de los invasores
rubios, la verdadera cultura indostánica no se produjo
sino después de que los siglos consumaron la mezcla, a
pesar de todas las prohibiciones escritas. Y la mezcla fatal fue
útil no sólo por razones de cultura, sino porque
el mismo individuo físico necesita renovarse en sus semejantes.
Los norteamericanos se sostienen muy firmes en su resolución
de mantener pura su estirpe; pero eso depende de que tienen delante
al negro, que es como otro polo, como el contrario de los elementos
que pueden mezclarse. En el mundo iberoamericano el problema no
se presenta con caracteres tan crudos; tenemos poquísimos
negros y la mayor parte de ellos se han ido transformando ya en
poblaciones mulatas. El indio es buen puente de mestizaje. Además,
el clima cálido es propicio al trato y reunión de
todas las gentes. Por otra parte, y esto es fundamental, el cruce
de las distintas razas no va a obedecer a razones de simple proximidad,
como sucedía al principio, cuando el colono blanco tomaba
mujer indígena o negra porque no había otra a mano.
En lo sucesivo, a medida que las condiciones sociales mejoren,
el cruce de sangre será cada vez más espontáneo,
a tal punto que no estará ya sujeto a la necesidad, sino
al gusto; en último caso, a la curiosidad. El motivo espiritual
se irá sobreponiendo de esta suerte a las contingencias
de lo físico. Por motivo espiritual ha de entenderse, más
bien que la reflexión, el gusto que dirige el misterio
de la elección de una persona entre una multitud. Dicha
ley del gusto como norma de las relaciones humanas la hemos enunciado
en diversas ocasiones con el nombre de la ley de los tres estados
sociales, definidos no a la manera cotidiana, sino con una comprensión
más vasta. Los tres estados que esta ley señala
son: el material o guerrero, el intelectual o político
y el espiritual o estético. Los tres estados representan
un proceso que gradualmente nos va libertando del imperio de la
necesidad y, poco a poco, va sometiendo la vida entera a las normas
superiores del sentimiento y de la fantasía. En el primer
estado manda sólo la materia; los pueblos, al encontrarse,
combaten o se juntan sin más ley que la violencia y el
poderío relativo. Se exterminan unas veces o celebran acuerdos
atendiendo a la conveniencia o a la necesidad. Así viven
la horda y la tribu de todas las razas. En semejante situación
la mezcla de sangres se ha impuesto también por la fuerza
material, único elemento de cohesión de un grupo.
No puede haber elección donde el fuerte toma o rechaza,
conforme a su capricho, la hembra sometida.
Por supuesto que ya desde ese período late
en el fondo de las relaciones humanas el instinto de simpatía
que atrae o repele conforme a ese misterio que llamamos el gusto,
misterio que es la secreta razón de toda estética;
pero la sugestión del gusto no constituye el móvil
predominante del primer período, como no lo es tampoco
del segundo, sometido a la inflexible norma de la razón.
También la razón está contenida en el primer
período como origen de conducta y de acción humanas;
pero es una razón débil, como el gusto oprimido;
no es ella quien decide, sino la fuerza, y a esa fuerza, comúnmente
brutal, se somete el juicio, convertido en esclavo de la voluntad
primitiva. Corrompido así el juicio en astucia, se envilece
para servir a la injusticia. En el primer período no es
posible trabajar por la fusión cordial de las razas, tanto
porque la misma ley de la violencia a que está sometido
excluye las posibilidades de cohesión espontánea,
cuanto porque ni siquiera las condiciones geográficas permitían
la comunicación constante de todos los pueblos del planeta.
En el segundo período tiende a prevalecer
la razón que artificiosamente aprovecha las ventajas conquistadas
por la fuerza y corrige sus errores. Las fronteras se definen
en tratados y las costumbres se organizan conforme a las leyes
derivadas de las conveniencias recíprocas y la lógica;
el romanismo es el más acabado modelo de este sistema social
racional, aunque en realidad comenzó antes de Roma y se
prolonga todavía en esta época de las nacionalidades.
En este régimen, la mezcla de las razas obedece en parte
al capricho de un instinto libre que se ejerce por debajo de los
rigores de la norma social, y obedece especialmente a las conveniencias
éticas o políticas del momento. En nombre de la
moral, por ejemplo, se imponen ligas matrimoniales, difíciles
de romper, entre personas que no se aman; en nombre de la política
se restringen libertades interiores y exteriores; en nombre de
la religión, que debiera ser la inspiración sublime,
se imponen dogmas y tiranías; pero cada caso se justifica
con el dictado de la razón, reconocido como supremo de
los asuntos humanos. Proceden también conforme a lógica
superficial y a saber equívoco quienes condenan la mezcla
de razas en nombre de una eugénica que, por fundarse en
datos científicos incompletos y falsos, no ha podido dar
resultados válidos. La característica de este segundo
período es la fe en la fórmula; por eso en todos
sentidos no hace otra cosa que dar norma a la inteligencia, Smites
a la acción, fronteras a la patria y frenos al sentimiento.
Regla, norma y tiranía, tal es la ley del segundo período
en que estamos presos y del cual es menester salir.
En el tercer período, cuyo advenimiento
se anuncia ya en mil formas, la orientación de la conducta
no se buscará en la pobre razón, que explica pero
no descubre; se buscará en el sentimiento creador y en
la belleza que convence. Las normas las dará la facultad
suprema: la fantasía; es decir, se vivirá sin norma,
en un estado en que todo cuanto nace del sentimiento es un acierto.
En vez de reglas, inspiración constante. Y no se buscará
el mérito de una acción en su resultado inmediato
y palpable, como ocurre en el primer período; ni tampoco
se atenderá a que se adapte a determinadas reglas de razón
pura; el mismo imperativo ético será sobrepujado,
y más allá del bien y del mal, en el mundo del pathos
estético, sólo importará que el acto, por
ser bello, produzca dicha. Hacer nuestro antojo, no nuestro deber;
seguir el sendero del gusto, no el del apetito ni el del silogismo;
vivir el júbilo fundado en amor, ésa es la tercera
etapa.
Desgraciadamente, somos tan imperfectos que para
lograr semejante vida de dioses será menester que pasemos
antes por todos los caminos; por el camino del deber, donde se
depuran y superan los apetitos bajos; por el camino de la ilusión,
que estimula las aspiraciones más altas. Vendrá
enseguida la pasión, que redime de la baja sensualidad.
Vivir en pathos, sentir por todo una emoción tan intensa
que el movimiento de las cosas adopte ritmos de dicha, he ahí
un rasgo del tercer período. A él se llega soltando
el anhelo divino, para que alcance, sin puentes de moral y de
lógica, de un solo ágil salto, las zonas de revelación.
Don artístico es esa intuición inmediata que brinca
sobre la cadena de los sorites y, por ser pasión, supera
desde el principio el deber y lo reemplaza con el amor exaltado.
Deber y lógica, ya se entiende que uno y otro son andamios
y mecánica de la construcción; pero el alma de la
arquitectura es ritmo que trasciende el mecanismo y no conoce
más ley que el misterio de la belleza divina.
¿Qué papel desempeña en este proceso
ese nervio de los destinos humanos, la voluntad que esta cuarta
raza llegó a deificar en el instante de embriaguez de su
triunfo? La voluntad es fuerza, la fuerza ciega que corre tras
de fines confusos; en el primer período la dirige el apetito,
que se sirve de ella para todos sus caprichos; prende después
su luz la razón, y la voluntad se refrena en el deber y
se da formas en el pensamiento lógico. En el tercer período
la voluntad se hace libre, sobrepuja lo finito, y estalla y se
anega en una especie de realidad infinita; se llena de rumores
y de propósitos remotos; no le basta la lógica y
se pone las alas de la fantasía; se hunde en lo más
profundo y vislumbra lo más alto; se ensancha en la armonía
y asciende en el misterio creador de la melodía; se satisface
y se disuelve en la emoción y se confunde con la alegría
del universo: se hace pasión de belleza.
Si reconocemos que la Humanidad gradualmente se
acerca al tercer período de su destino, comprenderemos
que la obra de fusión de las razas se va a verificar en
el continente iberoamericano conforme a una ley derivada del goce
de las funciones más altas. Las leyes de la emoción,
la belleza y la alegría regirán la elección
de parejas, con un resultado infinitamente superior al de esa
eugénica fundada en la razón científica que
nunca mira más que la porción menos importante del
suceso amoroso. Por encima de la eugénica científica
prevalecerá la eugénica misteriosa del gusto estético.
Donde manda la pasión iluminada no es menester ningún
correctivo. Los muy feos no procrearán, no desearán
procrear; ¿qué importa entonces que todas las razas se
mezclen si la fealdad no encontrará cuna? La pobreza, la
educación defectuosa, la escasez de tipos bellos, la miseria
que vuelve a la gente fea, todas estas calamidades desaparecerán
del estado social futuro. Se verá entonces repugnante,
parecerá un crimen, el hecho hoy cotidiano de que una pareja
mediocre se ufane de haber multiplicado miseria. El matrimonio
dejará de ser consuelo de desventuras que no hay por qué
perpetuar, y se convertirá en una obra de arte.
Tan pronto como la educación y el bienestar
se difundan, ya no habrá peligro de que se mezclen los
más opuestos tipos. Las uniones se efectuarán conforme
a la ley singular del tercer período, la ley de simpatía,
refinada por el sentido de la belleza. Una simpatía verdadera
y no la falsa que hoy nos imponen la necesidad y la ignorancia.
Las uniones, sinceramente apasionadas y fácilmente deshechas
en caso de error, producirán vástagos despejados
y hermosos. La especie entera cambiará de tipo físico
y de temperamento, prevalecerán los instintos superiores
y perdurarán, como en síntesis feliz, los elementos
de hermosura, que hoy están repartidos en los distintos
pueblos...
Cada raza que se levanta necesita constituir su
propia filosofía, el deux ex machina de su éxito.
Nosotros nos hemos educado bajo la influencia humillante de una
filosofía ideada por nuestros enemigos, si se quiere de
una manera sincera; pero con el propósito de exaltar sus
propios fines y anular los nuestros. De esta suerte nosotros mismos
hemos llegado a creer en la inferioridad del mestizo, en la irredención
del indio, en la condenación del negro, en la decadencia
irreparable del oriental. La rebelión de las armas no fue
seguida de la rebelión de las conciencias. Nos rebelamos
contra el poder político de España y no advertimos
que, junto con España, caímos en la dominación
económica y moral de la raza que ha sido señora
del mundo desde que terminó la grandeza de España.
Sacudimos un yugo para caer bajo otro nuevo. El movimiento de
desplazamiento de que fuimos víctimas no se hubiese podido
evitar aunque lo hubiésemos comprendido a tiempo. Hay cierta
fatalidad en el destino de los pueblos lo mismo que en el destino
de los individuos; pero ahora que se inicia una nueva fase de
la Historia se hace necesario reconstituir nuestra ideología
y organizar conforme a una nueva doctrina étnica toda nuestra
vida continental. Comencemos, entonces, haciendo vida propia y
ciencia propia. Si no se liberta primero el espíritu, jamás
lograremos redimir la materia. Tenemos el deber de formular las
bases de una nueva civilización, y por eso mismo es menester
que tengamos presente que las civilizaciones no se repiten ni
en la forma ni en el fondo. La teoría de la superioridad
étnica ha sido simplemente un recurso de combate común
a todos los pueblos batalladores; pero la batalla que nosotros
debemos de librar es tan importante que no admite ningún
ardid falso. Nosotros no sostenemos que somos ni que llegaremos
a ser la primera raza del mundo, la más ilustrada, la más
fuerte y la más hermosa. Nuestro propósito es todavía
más alto y más difícil que lograr una selección
temporal. Nuestros valores están en potencia, a tal punto
que nada somos aún. Sin embargo, la raza hebrea no era
para los egipcios arrogantes otra cosa que una ruin casta de esclavos,
y de ella nació Jesucristo, el autor del mayor movimiento
de la Historia, el que anunció el amor de todos los hombres.
Este amor será uno de los dogmas fundamentales de la quinta
raza que ha de producirse en América. El cristianismo libera
y engendra vida, porque contiene revelación universal,
no nacional; por eso tuvieron que rechazarlo los propios judíos,
que no se decidieron a comulgar con gentiles. Pero la América
es la patria de la gentilidad, la verdadera tierra de promisión
cristiana. Si nuestra raza se muestra indigna de este suelo consagrado,
si llega a faltarle el amor, se verá suplantada por pueblos
más capaces de realizar la misión fatal de aquellas
tierras; la misión de servir de asiento a una humanidad
hecha de todas las naciones y todas las estirpes. La biótica
que el progreso del mundo impone a la América de origen
hispánico no es un credo rival que frente al adversario
dice: «te supero o me basto» sino una ansia infinita de integración
y de totalidad que por lo mismo invoca al universo, La infinitud
de su anhelo le asegura fuerza para combatir el credo exclusivista
del bando enemigo y confianza en la victoria que siempre corresponde
a los gentiles. El peligro más bien está en que
nos ocurra a nosotros lo que a la mayoría de los hebreos,
que por no hacerse gentiles perdieron la gracia originada en su
seno. Así ocurriría si no sabemos ofrecer hogar
y fraternidad a todos los hombres; entonces otro pueblo servirá
de eje, alguna otra lengua será el vehículo; pero
ya nadie puede contener la fusión de las gentes, la aparición
de la quinta era del mundo, la era de la universalidad y el sentimiento
cósmico.
La doctrina de formación sociológica,
de formación biológica, que en estas páginas
enunciamos, no es un simple esfuerzo ideológico para levantar
el ánimo de una raza deprimida ofreciéndole una
tesis que contradice la doctrina con que habían querido
condenarla sus rivales. Lo que sucede es que, a medida que se
descubre la falsedad de la premisa científica en que descansa
la dominación de las potencias contemporáneas, se
vislumbran también, en la ciencia experimental misma, orientaciones
que señalan un camino, ya no para el triunfo de una raza
sola, sino para la redención de todos los hombres. Sucede
como si la palingenesia anunciada por el cristianismo, con una
anticipación de millares de años, se viera confirmada
actualmente en las distintas ramas del conocimiento científico.
El cristianismo predicó el amor como base de las relaciones
humanas, y ahora comienza a verse que sólo el amor es capaz
de producir una Humanidad excelsa. La política de los Estados
y la ciencia de los positivistas, influenciada de una manera directa
por esa política, dijeron que no era el amor la ley, sino
el antagonismo, la lucha y el triunfo del apto, sin otro criterio
para juzgar la aptitud que la curiosa petición de principio
contenida en la misma tesis, puesto que el apto es el que triunfa
y sólo triunfa el apto. Y así, a fórmulas
verbales y viciosas de esta índole se va reduciendo todo
el saber pequeño que quiso desentenderse de las revelaciones
geniales para sustituirlas con generalizaciones fundadas en la
mera suma de los detalles. . .
Tenemos, pues, en el continente todos los elementos
de la nueva humanidad; una ley que irá seleccionando actores
para la creación de tipos predominantes, ley que operará
no conforme a criterio nacional, como tendría que hacerlo
una sola raza conquistadora, sino con criterio de universalidad
y belleza; y tenemos también el territorio y los recursos
naturales. Ningún pueblo de Europa podría reemplazar
al iberoamericano en esta misión, por bien dotado que esté,
pues todos tienen su cultura ya hecha y una tradición que
para obras semejantes constituye un peso. No podría substituirnos
una raza conquistadora, porque fatalmente impondría sus
propios rasgos, aunque sólo sea por la necesidad de ejercer
la violencia para mantener su conquista. No pueden llenar esta
misión universal tampoco los pueblos del Asia, que están
exhaustos o, por lo menos, faltos del arrojo necesario a las empresas
nuevas.
La gente que está formando la América
hispánica, un poco desbaratada, pero libre de espíritu
y con el anhelo en tensión a causa de las grandes regiones
inexploradas, puede todavía repetir las proezas de los
conquistadores castellanos y portugueses. La raza hispánica
en general tiene todavía por delante esta misión
de descubrir nuevas zonas en el espíritu, ahora que todas
las tierras están explotadas.
Solamente la parte ibérica del continente
dispone de los factores espirituales, la raza y el territorio
que son necesarios para la gran empresa de iniciar la era universal
de la humanidad. Están allí todas las razas que
han de ir dando su aporte: el hombre nórdico, que hoy es
maestro de acción, pero que tuvo comienzos humildes y parecía
inferior en una época en que ya habían aparecido
y decaído varias grandes culturas; el negro, como una reserva
de potencialidades que arrancan de los días remotos de
la Lemuria; el indio, que vio perecer la Atlántida, pero
guarda un quieto misterio en la conciencia; tenemos todos los
pueblos y todas las aptitudes, y sólo hace falta que el
amor verdadero organice y ponga en marcha la ley de la Historia.
Muchos obstáculos se oponen al plan del
espíritu, pero son obstáculos comunes a todo progreso.
Desde luego, ocurre objetar que cómo se van a unir en concordia
las distintas razas si ni siquiera los hijos de una misma estirpe
pueden vivir en paz y alegría dentro del régimen
económico y social que hoy oprime a los hombres. Pero tal
estado de los ánimos tendrá que cambiar rápidamente.
Las tendencias todas del futuro se entrelazan en la actualidad:
mendelismo en biología, socialismo en el gobierno, simpatía
creciente en las almas, progreso generalizado y aparición
de la quinta raza que llenará el planeta, con los triunfos
de la primera cultura verdaderamente universal, verdaderamente
cósmica...