El crepúsculo se iba haciendo más denso cada vez.
Las marismas se cubrían de
sombras. El crepitar de la leña en el fuego y el romper
de las olas a lo largo de la
costa rocosa del lago eran los únicos ruidos audibles.
El viento se había calmado
al ponerse el sol, y nada se agitaba en aquel vasto mundo de ramas.
En cualquier momento, los dioses de los bosques podían
esbozar sus tremendos y poderosos perfiles entre los árboles.
Delante, a través de los pórticos sostenidos por
los enormes troncos erguidos, se extendía el escenario
del Lago de Fifty Islands, de las Cincuenta Islas, que era como
una media luna de veinticinco kilómetros, más o
menos, de punta a punta, y de unos nueve de anchura, desde donde
estaban ellos acampados. Un cielo rosa y azafrán, más
claro que
cualquiera de los que había visto Simpson en su vida, derramaba
aún sus raudales de fuego sobre las olas, y las islas -seguramente
más cerca de las cien que de las cincuenta- flotaban como
mágicas embarcaciones de una escuadra encantada. Cubiertas
de pinos, con las crestas apuntando al cielo, casi parecían
moverse en la borrosa luz del anochecer
a punto de recoger
el ancla y navegar por las rutas de los cielos, y no por las del
lago arcaico y solitario.
Y los encendidos jirones de nubes, como pendones ostentosos, eran
la señal de que zarpaban rumbo a las estrellas...
El espectáculo era de una belleza arrobadora. Simpson ahumaba
el pescado, y se había quemado los dedos al intentar probarlo;
al mismo tiempo, cuidaba de la sartén y a fuego. Pero,
por debajo de sus pensamientos, percibía otro aspecto de
la naturaleza salvaje: la indiferencia hacia la vida humana, el
espíritu despiadado de la desolación, que no tiene
en cuenta al hombre. El sentimiento de su completa soledad, ahora
que incluso Défago se había ido, se le hizo más
palpable al mirar en torno suyo y aguzar el oído en espera
de adivinar las
pisadas de su compañero que regresaba.
Esta sensación tenía algo de placentera; y de alarmante,
también. E irremediablemente, se le ocurrió una
idea que le hizo temblar: «¿Qué podría...
qué podría hacer yo si... si sucediera algo y no
regresara?»...
Disfrutaron de una cena bien merecida, comieron pescado a placer,
y tomaron un té fuerte, capaz de matar a un hombre que
no hubiera hecho treinta millas a «marcha forzada».
Y al terminar, estuvieron un rato fumando, charlando y riendo
junto al fuego. Después, estiraron las piernas cansadas
y discutieron el programa del día siguiente. Défago
se encontraba de un humor excelente, aunque decepcionado por no
haber encontrado ningún rastro todavía. Pero
estaba oscureciendo y no había podido alejarse demasiado.
El Brûlé era mal sitio también. Las ropas
y las manos le olían a carbón.
Simpson, al mirarle, volvió a sentir con renovada intensidad
que la situación seguía siendo la misma: los dos
juntos en la soledad agreste.
-Défago -dijo-, estos bosques son... cómo decirlo,
un poco demasiado grandes para sentirse uno a gusto... tranquilo,
quiero decir... ¿no? Con estas palabras tan sólo
daba expresión a su sentir del momento. Apenas si estaba
preparado para la seriedad, para la solemnidad, incluso, con que
el guía acogió sus palabras.
-Está usted en lo cierto, jefe -exclamó, clavándole
en el rostro sus ojos escrutadores-, Es la pura verdad. No tienen
límite
ninguna clase de límite.
Luego añadió, bajando la voz como si hablara consigo
mismo:
-Son muchos los que han descubierto eso, y han sucumbido.
Pero la gravedad que había en su actitud no agradó
en absoluto a Simpson. Sus palabras y su expresión resultaban
demasiado sugerentes en un escenario y un crepúsculo como
aquellos. Lamentó haber tocado ese tema. De pronto le vino
a la memoria lo que había contado su tío sobre una
fiebre extraña que afectaba a los hombres en la soledad
de la selva. Se sentían irresistiblemente atraídos
por las regiones despobladas, y caminaban, fascinados, hacia su
muerte. Y se le ocurrió que su compañero tenía
ciertos síntomas afines a ese extraño tipo de afección.
Desvió la conversación hacia otros derroteros. Habló
de Hank y del
doctor, así como de la natural rivalidad entre los dos
grupos por ser los primeros en avistar un alce.
-Si ellos fuesen en dirección oeste -observó Défago
con desgana-, ahora estarían a cien kilómetros de
nosotros; y en mitad de camino, quedaría el viejo Punk,
hinchándose de pescado y café.
Se rieron de imaginárselo. Pero al mencionar de pasada,
por segunda vez, aquellos cien kilómetros, Simpson se percató
de las inmensas proporciones del territorio donde estaban cazando.
Cien kilómetros eran solamente un paseo; y doscientos,
tal vez poco más. A su memoria acudían continuamente
relatos sobre cazadores que se habían extraviado. La pasión
y el misterio de unos hombres perdidos y errabundos, seducidos
por la belleza de las grandes selvas, cruzaban por su mente de
una forma demasiado vívida para resultar completamente
placentera. Se preguntaba si sería el talante de su compañero
lo que provocaba con tanta persistencia estas ideas inquietantes.
-Cantemos una canción, Défago, si no está
usted demasiado cansado- rogó-. una de esas viejas canciones
de viajeros que cantaba la otra noche.
Le alargó le petaca al guía. Después, se
puso a llenar su pipa mientras el canadiense, de buena gana, elevaba
su templada voz por el lago en uno de aquellos cantos dolorosos,
ante los cuales los madereros y los tramperos detenían
sus tareas. Tenía un acento suplicante, algo que evocaba
el ambiente de los viejos tiempos de los colonizadores, cuando
los indios y la rigurosa naturaleza estaban aliados, cuando las
luchas eran frecuentes, y el Viejo Mundo
estaba más lejano que hoy. Su voz sonora se extendió
placentera por el agua;
pero el bosque que había a sus espaldas parecía
tragársela, de forma que no producía ecos ni resonancias.
Cuando estaba a mitad de la tercera estrofa, Simpson notó
algo raro, algo que removió en su pensamiento un torrente
de reminiscencias lejanas. Se había producido un cambio
en la voz de Défago. Antes incluso de saber lo que era,
se sintió intranquilo, y al levantar los ojos, vio que,
aunque seguía cantando, miraba nervioso a su alrededor
como si oyera o viera algo. Su voz se debilitó, se hizo
inaudible, y luego calló del todo. En ese mismo instante,
con un
movimiento asombrosamente alerta, dio un salto y se puso de pie...
olfateando el aire. Como un perro «toma» un rastro
con el olfato, así sorbió él el aire por
las ventanas nasales, en cortas y profundas aspiraciones, volviéndose
rápidamente en todos los sentidos, hasta que «apuntó»
la nariz a la orilla del lago, hacia el este, y se quedó
parado. Fue algo inquietante, y al mismo tiempo singularmente
dramático. El corazón de Simpson latía con
angustia viéndole actuar.
-¡Hombre, por Dios! ¡El salto que me ha hecho dar!
-exclamó, levantándose y poniéndose a su
lado para escudriñar aquel océano de oscuridad-.
¿Qué es? ¿Acaso tiene miedo?
Antes de terminar la pregunta se dio cuenta de que era ociosa.
Cualquier persona con un par de ojos en la cara habría
visto al canadiense ponerse pálido de terror. Ni siquiera
el color moreno de su piel y el resplandor de las llamas lo pudieron
ocultar.
El estudiante temblaba, le flaqueaban las rodillas.
-¿Qué es? -repitió alarmado- ¿Siente
el olor de algún alce? ¿O... o pasa algo? - acabó,
bajando la voz instintivamente.
La selva se estrechaba en torno a ellos como una muralla circular.
Los troncos de los árboles más cercanos brillaban
como bronce a la luz de la hoguera. Más allá, las
tinieblas. Y en la lejanía, un silencio de muerte. Justo
detrás de ellos, una ráfaga de viento levantó
una solitaria hoja de árbol y luego la dejó caer
sin mover las demás. Parecía como si se hubieran
combinado un millón de causas invisibles para producir
este efecto tan simple. Junto a ellos había palpitado otra
vida... y había desaparecido.
Défago se volvió bruscamente. El color lívido
de su rostro se había convertido en un gris repugnante.
-Yo no he dicho que he oído... o he olido nada -dijo despacioso
y enfático, con voz singularmente alterada-. Sólo
quería echar una mirada alrededor... por así decir.
Se precipita usted preguntando; por eso se equivoca.
Y añadió, de pronto, en un claro esfuerzo por dar
a su voz un tono natural:
-¿Tiene cerillas, jefe?
Y procedió a encender la pipa que había llenado
a medias, antes de empezar a cantar.
Sin más hablar, se sentaron otra vez junto al fuego. Défago
cambió de sitio, de forma que ahora estaba de cara a la
dirección del viento. La maniobra era elocuente por sí
misma: Défago había cambiado de posición
con el fin de oír y oler todo lo que hubiera que oír
y oler. Y, puesto que se había colocado de espaldas a los
árboles, era evidente que no provenía del bosque
lo que había alarmado repentinamente su fina sensibilidad.
-Se me han quitado las ganas de cantar -.explicó espontáneamente-.
Esa clase de canciones me traen recuerdos penosos. No debía
haber empezado. Me hace pensar, ¿sabe? Se notaba que el
hombre luchaba todavía con alguna emoción que le
agitaba profundamente. Quería justificarse ante los ojos
del otro. Pero el pretexto, que por otra parte tenía algo
de verdad, era falso; y él sabía perfectamente que
Simpson no se había quedado convencido. Nada podría
explicar el terror lívido que había reflejado su
semblante mientras estuvo olfateando el aire, y nada -ni el fuego,
ni ninguna charla sobre cualquier tema corriente- podría
devolverles
la naturalidad anterior. La sombra de desconocido horror que cruzó,
fugaz, por el semblante del guía, se había comunicado
de manera indefinible a su compañero. Los visibles esfuerzos
del guía por disimular la verdad no hicieron sino empeorar
las cosas. Además, para mayor intranquilidad del joven,
se sentía incapaz de hacer preguntas y en completa ignorancia
de lo que pasaba.
Los indios, los animales salvajes, el incendio... todas estas
cosas no tenían nada que ver, lo sabía. Su imaginación
se debatía febrilmente, pero en vano
Sin embargo, no se sabe cómo, cuando ya llevaba largo rato
fumando y charlando ante el fuego reavivado, la sombra que tan
repentinamente invadiera el pacífico campamento comenzó
a disiparse, quizá por los esfuerzos de Défago o
por haber retornado a su actitud normal y sosegada; puede también
que el mismo Simpson hubiera exagerado la realidad, o tal vez
la densa atmósfera de la naturaleza salvaje había
conseguido purificarles. Fuera cual fuese la causa, la sensación
de horror inmediato pareció desvanecerse tan misteriosamente
como había venido, ya que nada ocurrió. Simpson
comenzó a pensar que se había
dejado llevar por un terror irracional propio de un chiquillo.
En parte, lo atribuyó a la exaltación que este escenario
inmenso y salvaje comunicaba a su sangre; en parte, al encanto
de la soledad, y en parte, también, al tremendo cansancio.
En cuanto a la palidez del rostro del guía, era, naturalmente,
muchísimo más difícil de explicar, aunque
podía deberse, en cierto modo, a un efecto del resplandor
del fuego, o a su propia imaginación... Consideró
que era mejor ponerlo en duda. Simpson era escocés.
Cuando desaparece una emoción fuera de lo común,
la razón encuentra siempre una docena de argumentos para
explicarla a posteriori. Encendió una última pipa,
y trató de reír. Sería un buen relato para
cuando estuviese en Escocia, de regreso. No se daba cuenta de
que aquella risa era señal de que el terror acechaba aún
en lo más recóndito de su alma; de que, en realidad,
era uno de los síntomas más característicos
con que un hombre seriamente
alarmado trata de persuadirse de que no lo está.
En cambio, Défago oyó aquella risa y lo miró
con sorpresa. Los dos hombres permanecieron un rato, el uno junto
al otro, dándole con el pie a los rescoldos, antes de marcharse
a dormir. Eran las diez, hora bastante avanzada para que los cazadores
estén despiertos aún.
-¿En qué piensa usted? -preguntó Défago
en tono corriente, aunque con gravedad.
-En este momento estaba pensando en... en los bosques de juguete
que tenemos allí -balbuceó Simpson, sobresaltado
por la pregunta, pero expresando lo que realmente dominaba su
pensamiento- y los comparaba con todo esto -añadió,
haciendo un gesto amplio con la mano para indicar la vasta espesura.
Hubo una pausa. Ninguno de los dos parecía querer decir
nada.
-De todos modos, yo que usted no me reiría -exclamó
Défago, mirando las sombras por encima del hombro de Simpson-.
Hay lugares ahí dentro que nadie ha visto jamás...
Nadie sabe lo que se oculta ahí.
El tono del guía sugería algo inmenso y terrible.
-¿Tan grande es?
Défago asintió. La expresión de su rostro
era sombría. También él se sentía
intranquilo. El joven comprendió que en un territorio de
aquellas dimensiones muy bien podía haber profundidades
de bosque jamás conocidas ni holladas en toda la historia
de la tierra. El pensamiento no era precisamente tranquilizador.
En voz alta, y tratando de manifestar alegría, dijo que
ya era hora de irse a dormir. Pero el guía remoloneaba,
trasteaba en el fuego, ordenaba las piedras innecesariamente,
y seguía haciendo una porción de cosas que, en realidad,
no hacían falta alguna. Evidentemente, había algo
que tenía ganas de decir, aunque le resultaba muy difícil
«empezar».
-Oiga, Simpson -exclamó de pronto, cuando las últimas
chispas se perdieron, por fin, en el aire-, ¿no nota usted...
no nota nada en el olor... nada de particular, quiero decir?
Simpson se dio cuenta de que la pregunta, normal y corriente en
apariencia, encerraba una sombra de amenaza. Sintió un
escalofrío.
-Nada, aparte el olor a leña quemada -contestó con
firmeza, dándole con el pie a los escoldos. Incluso el
ruido de su propio pie le asustó.
-Y en toda la tarde, ¿no ha notado ningún... ningún
olor? -insistió el guía, mirándole por encima
del resplandor-. ¿Nada extraordinario y distinto de cualquier
otro olor que haya olido antes?
-No; desde luego que no -replicó agresivamente, casi con
mal humor.
El rostro de Défago se aclaró.
-¡Eso está bien! -exclamó con evidente alivio-.
Me gusta oír eso.
-¿Y usted? -preguntó Simpson con viveza, y en el
mismo instante, se arrepintió de haberlo hecho.
El canadiense se le acercó en la oscuridad. Sacudió
la cabeza.
-Creo que no -dijo, sin demasiada convicción-. Debe de
haber sido la canción esa. Suelen cantarla en los campamentos
de madereros y en sitios abandonados de la mano de Dios, como
éste, cuando están asustados porque oyen al Wendigo
andar por ahí cerca.
-¿Y qué es el Wendigo, si se puede saber? -preguntó
Simpson, contrariado por
la imposibilidad de reprimir otro escalofrío. Sabía
que se encontraba muy cerca
del terror de aquel hombre, y de su causa. No obstante, una imperiosa
curiosidad venció su buen sentido y su temor.
Défago se volvió rápidamente y le miró
como si estuviera a punto de gritar. Sus ojos refulgían,
tenía la boca completamente abierta. No obstante, lo único
que dijo -o más bien que susurró, porque su voz
sonó muy baja-, fue:
-No es nada... nada. Algo que dicen esos tipos piojosos cuando
se han soplado una botella de más... Una especie de animal
que vive por allá -sacudió la cabeza hacia el norte-,
veloz como un relámpago, y no muy agradable de ver, según
se cree... ¡Eso es todo!
-Una superstición de los bosques -comenzó Simpson,
mientras se dirigía a la tienda apresuradamente con el
fin de sacudirse la mano del guía, que se le aferraba al
brazo- ¡Vamos, vamos de prisa, por Dios, y tráigame
esa lámpara!
¡Deberíamos estar durmiendo ya, si tenemos que levantarnos
mañana al amanecer! ...
El guía iba pisándole los talones.
-Ya voy, ya voy -dijo.
Después de una pequeña dilación, apareció
con la lámpara y la colgó en una clavo del palo
plantado delante de la tienda. Las sombras de un centenar de árboles
se movieron inquietas y rápidas al cambiar la luz de posición.
Tropezó con la cuerda al entrar, y la tienda entera tembló
como agitada por una súbita ráfaga de viento.
Los dos hombres se echaron, sin desvestirse, en sus techos de
ramas de bálsamo. En el interior se estaba caliente y cómodo.
Afuera, en cambio, un mundo formado por múltiples árboles
se espesaba a su alrededor, fundiendo sus sombras milenarias y
ahogando la pequeña tienda que se alzaba como una concha
blanca y diminuta frente al océano tremendo de la selva.
Entre las dos figuras solitarias de su interior se condensaba
también, otra sombra que no era de la noche. Era la Sombra
que proyectaba el extraño Temor, aún no conjurado
del todo, que se había introducido en el espíritu
de Défago a mitad de su canción. Y Simpson, que
vigilaba la oscuridad a través de la pequeña abertura
de la tienda, dispuesto ya a sumergirse en el fragante abismo
del sueño, sintió aquella quietud profunda y única
del bosque primitivo, en la que nada se movía... y en la
cual la noche adquiría una corporeidad y un espesor que
se filtraba en el espíritu y lo invadía de tinieblas...
Después, el sueño se apoderó de él.
III
Así le pareció a él al menos. Sin embargo,
lo cierto era que el pulso del agua, junto a la tienda, seguía
marcando sin cesar el paso del tiempo, cuando se dio cuenta de
que estaba con los ojos abiertos y de que otro sonido acababa
de irrumpir, con solapado disimulo, en el rítmico murmullo
de las olas.
Y mucho antes de comprender de qué se trataba, se agitaron
en su interior vagos sentimientos de dolor y de alarma. Escuchó
atento, aunque en vano al principio, porque los latidos de su
pulso golpeaban como sonoros tambores en sus sienes. ¿De
dónde provenía? ¿Del lago, del bosque?
Luego, de repente, con el corazón en un puño, se
dio cuenta de que sonaba muy cerca de él, dentro de la
tienda; y cuando se volvió para oír mejor, lo localizó
de manera inequívoca a medio metro de donde él estaba.
Era un sonido quejumbroso: Défago, en su lecho de ramas,
sollozaba en la oscuridad como si fuera a partírsele el
corazón y se taponaba la boca con la manta para sofocar
el
llanto.
Su primer sentimiento, antes de pararse a pensar, fue una punzante
y dolorosa
ternura. Aquel sonido íntimo, humano, oído en medio
de aquella desolación, le
movía a piedad. Era tan incongruente, tan enternecedoramente
incongruente...
¡y tan inútil! ¿De qué servían
las lágrimas en aquella inmensidad cruel y
salvaje? Imaginó a una criatura llorando en medio del Atlántico...
Después,
naturalmente, al recobrar mayor conciencia y recordar lo que había
sucedido
antes de acostarse, sintió que el terror comenzaba a dominarle
y que se le
helaba la sangre.
-Défago -susurró con nerviosismo, haciendo esfuerzos
por hablar bajo-, ¿qué
sucede? ¿Se siente usted mal?
No obtuvo respuesta, pero cesaron inmediatamente los sollozos.
Alargó la
mano y lo tocó. Su cuerpo no se movía.
-¿Está despierto? -se le había ocurrido que
podía estar llorando en sueños-.
¿Tiene usted frío?
Había observado que tenía los pies destapados y
que le salían hacia afuera de la
tienda. Extendió el doblez de su manta y se los tapó.
El guía se había escurrido
de su lecho, y parecía haber arrastrado las ramas con él.
Le daba apuro tirar de
su cuerpo hacia adentro, otra vez, por miedo a despertarle.
Hizo una o dos preguntas más en voz baja, pero, aunque
esperó varios minutos,
no obtuvo contestación alguna ni apreció ningún
movimiento. Después, oyó su
respiración regular y sosegada. Le puso la mano en el pecho
y lo sintió subir y
bajar pausadamente.
-Dígame si le ocurre algo -murmuró- o si puedo hacer
alguna cosa por usted.
Despiérteme inmediatamente si llegara a sentirse... mal.
No sabía qué decir. Se dejó caer, sin dejar
de pensar ni de preguntarse qué
significaría todo aquello. Défago había estado
llorando entre sueños, por
supuesto. Algo le afligía. Fuera como fuese, jamás
en la vida se le olvidarían
aquellos sollozos lastimeros, ni la sensación de que toda
la impresionante
soledad de los bosques los escuchaba.
Estuvo meditando durante mucho tiempo sobre los últimos
sucesos, entre los
cuales, era éste, en verdad, el más misterioso;
y aunque su razón encontraba
argumentos satisfactorios con que desechar cualquier eventualidad
desagradable, le quedó, no obstante, una sensación
muy arraigada...extraña a
más no poder.
IV
Pero el sueño, a la larga, siempre acaba por imponerse
a cualquier emoción.
Pronto se desvanecieron sus pensamientos. Se encontraba arropado,
cómodo, y demasiado fatigado. La noche era agradable y
reparadora, y en ella se diluía toda sombra de recuerdo
y alarma. Media hora más tarde, había perdido conciencia
de todo cuanto le rodeaba.
Y sin embargo, esta vez fue el sueño su gran enemigo, al
embotarle la sensación de inminencia y anular el estado
de alarma de sus nervios.
Así como en algunas de esas pesadillas que se presentan
con terrible apariencia de realidad, basta a veces la inconsistencia
de un simple detalle para poner de manifiesto la incoherencia
y falsedad del todo, del mismo modo los acontecimientos que ahora
se desarrollan, aun sucediendo en realidad, sugerían la
existencia de un detalle que podía ser la clave de la explicación
y que había sido pasado por alto en la confusión
del momento.Todo aquello sólo debía ser cierto en
parte; y lo demás, pura fantasía. En las profundidades
de una mente
dormida, algo permanece despierto, preparado para emitir el juicio:
«Todo estono es completamente real; cuando despiertes lo
comprenderás.»
Y así, en cierto modo, le sucedía a Simpson. Los
acontecimientos no eran totalmente inexplicables o increíbles
por sí mismos, aunque formaban, para elhombre que los veía
y oía, una sucesión de hechos horribles, pero independientes,
porque el detalle mínimo que podía haber esclarecido
el enigma permanecía oculto o desfigurado.
Por lo que Simpson puede recordar, fue un movimiento violento,
como de algo que se arrastraba en el interior de la tienda, lo
que le despertó y le hizo darse cuenta de que su compañero
estaba sentado, muy tieso, junto a él. Estaba temblando.
Debían de haber pasado varias horas, porque el pálido
resplandor del alba recortaba su silueta contra la tela de la
tienda. Esta vez no lloraba; temblaba como una hoja, y su temblor
lo sentía él a través de la manta. Défago
se había arrebujado contra él, en busca de protección,
huyendo de algo que aparentemente se escondía junto a la
entrada de la tienda. Por esta razón, Simpson le preguntó
en voz alta -con el aturdimiento del despertar, no recuerda exactamente
qué-, y el guía no contestó. Una atmósfera
de auténtica pesadilla le envolvía, le embarazaba
hasta impedirle moverse. Durante unos instantes, como es natural,
no supo dónde se encontraba, si en uno de los anteriores
campamentos o en su cama de Aberdeen. Estaba confuso y aturdido.