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Un
yanki en la corte del rey Arturo
Mark Twain
Prefacio
Las despiadadas leyes y costumbres que se mencionan en este relato
son históricas, y los episodios que se utilizan para ilustrarlas
también son históricos. Esto no quiere decir que tales
leyes y costumbres existieran en Inglaterra en el siglo vi, no;
sólo quiero decir que, dado que existieron en la civilización
inglesa y en otras civilizaciones de épocas mucho más
recientes, se puede concluir sin temor a incurrir en una calumnia
que también estaban vigentes en el siglo vi. Hay buenas razones
para inferir que, cuando en esos remo tos tiempos no existía
alguna de estas leyes o costumbres, su lugar era ocupado, y de manera
muy eficiente, por una mucho peor.
La cuestión de la existencia o no existencia del derecho
divino de los reyes no tiene respuesta en este libro.
Resultó ser demasiado dificil. Que el primer gobernante de
una nación debe ser una persona de carácter excelso
y habilidad extraordinaria es manifiesto e indiscutible, que sólo
la Deidad podría elegir a ese primer gobernante certera e
infalible mente es también manifiesto e indiscutible, por
lo tanto, resulta inevitable deducir que, como se pretende, es la
Deidad quien hace la elección. Quiero decir, hasta que el
autor de este libro encontró los Pompadour y Lady Castlemaine
y algunos otros gobernantes de este tipo. Era tan difícil
incorporarlos dentro de este argumento, que juzgué preferible
abordar otros aspectos en este libro (que debe aparecer este otoño)
y luego entrenarme debidamente y resolver los del derecho divino
en otro libro. Es algo que debe ser resuelto, por supuesto, y de
todas maneras no tenía nada especial que hacer el próximo
invierno.
MARK TWAIN
Una breve introducción
Fue en el castillo de Warwick donde me topé con el extraño
personaje de quien voy a hablar. Me llamó la atención
por tres razones: su ingenua simpleza, su asombrosa fami liaridad
con las armaduras antiguas y el sosiego que ofrecía su compañía
-pues era él quien llevaba toda la conversación-.
Como suele ocurrir con las personas modestas, nos quedamos a la
cola del grupo que visitaba el lugar, y desde el primer momento
me interesaron las cosas que decía. Mientras hablaba, suave,
agradable, fluidamente, parecía alejarse imperceptiblemente
de nuestro mundo y nuestro tiempo y adentrarse en una era remota
y un país olvidado, y de tal manera me fue hechizando con
sus palabras que creí encontrarme entre los espectros y las
sombras y el polvo y el moho de una gris antigüedad, ¡enfrascado
en conversación con una de sus reliquias! Exactamente como
hablaría yo de mis mejores amigos y de mis peores enemigos,
o de los más conocidos entre mis vecinos, me hablaba él
de sir Bedivere, sir Bors de Ganis, sir Lanzarote del Lago, sir
Galahad y todos los otros caballeros famosos de la Mesa Redonda,
¡y qué viejo, qué indescriptiblemente viejo
y aja do y seco y descolorido parecía a medida que seguía
hablando! De repente, se volvió hacia mí para decirme
con la naturalidad con que uno habla del tiempo o de cualquier otro
asunto trivial:
-Ya habrá oído hablar de la transmigración
de las almas, ¿pero sabe algo acerca de la transposición
de épocas y cuerpos?
Contesté que no había oído hablar de ello.
Prestaba tan poca atención como si en realidad estuviésemos
hablando del tiempo, y no se dio cuenta de si le había respondido
o no. Sobrevino un instante de silencio, inmediatamente interrumpido
por la voz monótona del cicerone del castillo: -Coraza antigua,
del siglo vi, época del rey Arturo y la Mesa Redonda; se
dice que perteneció al caballero Sagramor el Deseoso; obsérvese
el agujero circular que atraviesa la cota de malla en la parte izquierda
del pecho; resulta inexplicable; se presume que puede haber sido
causada por una bala después de la aparición de las
armas
de fuego, quizá intencionadamente por soldados de Cromwell.
Mi acompañante sonrió, pero no con una sonrisa moderna,
sino con una que debió pasar de moda hace muchos, muchos
siglos, y murmuró, aparentemente dirigiéndose a sí
mismo:
«A fe que vi cómo ocurrió.»
Luego, tras una pausa, añadió:
-Fui yo quien lo hizo.
Cuando logré recuperarme de la electrizante sorpresa que
me produjo el comentario, él había desaparecido.
Pasé toda la velada sentado junto a la chimenea de mi habitación
en la Hospedería Warwick, inmerso en un sueño de tiempos
lejanos, mientras la lluvia golpeaba los cristales y el viento ululaba
entre los aleros y las cornisas. De vez en cuando me sumergía
en el mágico y anciano libro de sir Thomas Malory, participaba
del rico banquete de prodigios y aventuras, respiraba la fragancia
de sus nombres obsoletos yvolvía a soñar. Pasada ya
la
medianoche, y mientras conciliaba el sueño, leí un
relato más, éste que sigue a continuación y
que rezaba así:
DE CÓMO SIR LANZAROTE DIO MUERTE A DOS GIGANTES Y LIBERÓ
UN CASTILLO
En esto se abalanzaron sobre él dos enormes gigantes, armados
por completo, salvo las cabezas, y empuñando horribles mazas.
Enderezó sir Lanzarote su escudo y desvió el golpe
de uno de ellos, y con la espada le partió la cabeza por
la mitad. Cuando el otro gigante vio esto, echó a correr
desatinado por miedo a golpes tan terribles, y sir Lanzarote lo
persiguió y con toda su fuerza le descargó un golpe
en el hombro que le entró hasta el ombligo.
Al cabo sir Lanzarote entró en el salón y allí
salieron a su encuentro cinco docenas de damas y doncellas, y todas
se arrodillaron ante él y dieron gracias a Dios y al caballero
por su liberación. «Porque, señor -dijéronle-,
las más
de nosotras hemos sido sus prisioneras estos siete años,
haciendo toda clase de labores de seda por nuestra comida y todas
provenimos de muy noble cuna. Y en buen hora nacisteis, caballero
pues habéis realizado la mayor hazaña que jamás
haya realizado caballero alguno en el mundo, de lo cual somos testigos,
y todas os rogamos que nos digáis vuestro nombre, de manera
que podamos decir a nuestros ami gos quién nos liberó
de la prisión.» «Gentiles doncellas -dijo-, mi
nombre es Lanzarote del Lago.» Y entonces tomó licencia
de ellas y las
encomendó a Dios. Montó sobre su caballo y recorrió
muchos países extraños y salvajes, y atravesó
ríos y valles
y muchas veces recibió pésimo albergue, hasta que
por fin la fortuna le llevó una noche a una hermosa mansión
y en su interior encontró a una anciana señora que
de muy buen grado le hospedó y fueron bien servidos él
y su caballo.
Y cuando fue la hora, su huéspeda le condujo a un cuidado
camaranchón, encima de la puerta, donde estaba dispuesta
su cama. Allí sir Lanzarote se despojó de su armadura,
colocó los arreos a su vera, se acostó en el lecho
y luego se durmió. Poco después llegó uno que
venía a caballo y empezó a dar golpes en la puerta
con gran apremio. Cuando sir Lanzarote lo oyó, se levantó
y miró por la ventana, y a la luz de la luna vio que tres
caballeros venían en pos del hombre solo, y los tres al tiempo
se arrojaban sobre él con sus espadas y él se volvió
para defenderse como buen caballero. «¡Voto a Dios -dijo
sir Lanzarote-, que he de ayudar a este caballero, pues
sería una vergüenza para mí ver cómo tres
caballeros atacan a uno solo, y si fuese muerto, sería yo
partícipe de su muerte!» Sin más, tomó
sus arreos y, deslizándose por la ventana con una sábana,
se plantó ante ellos y exclamó:
«Enfrentaos a mí, caballeros, y abandonad vuestra lucha
con este caballero.» Y entonces los tres se apartaron de sir
Kay, se volvieron hacia sir Lanzarote y sobrevino un gran cambio,
porque los tres se apearon y arremetieron contra sir Lanzarote,
asediándole desde todos los costados. En esto sir Kay pidió
licencia para ayudar a sir Lanzarote. «No, señor -contestó
él-, no deseo ayuda vuestra ninguna, y puesto que soy yo
quien os la ha ofrecido
a vos, dejadme a solas con ellos.» Para complacer al caballero,
sir Kay se resignó a obrar de tal manera, y se apartó
de la contienda. Y pronto, con sólo seis golpes, sir Lanzarote
los había derribado a todos.
Y entonces los tres imploraron: «Señor caballero, nos
rendimos a vuestra merced como hombre de fuerza sin igual.»
«En cuanto a eso -dijo sir Lanzarote-, no acepto vuestra rendición,
pero salvaré vuestras vidas con la
condición de que os rindáis a sir Kay el senescal,
y no de otro modo.» «Noble caballero -dijeron-, eso
que nos pedís detestaríamos hacerlo, pues hemos seguido
a sir Kay hasta aquí, y lo hubiéramos derrotado de
no haber sido por vuestra merced; y así no es razón
que nos rindamos a él.» «Bueno, en cuanto a eso
-dijo sir Lanzarote-,
pensadlo bien, pues estaréis eligiendo si queréis
morir o queréis vivir, ya que si pretendéis rendiros
ha de ser a sir Kay.» «Noble caballero -dijeron entonces
ellos-, para salvar nuestras vidas haremos lo que ordenáis.»
«En ese caso -dijo sir Lanzarote-, os llegaréis a la
corte del rey Arturo el próximo Domin go de Pentecostés,
y allí os
rendiréis a la reina Ginebra y os pondréis a su gracia
y merced, y le diréis que sir Kay os ha enviado para que
seáis sus prisioneros.» Por la mañana, sir Lanzarote
se levantó temprano, dejó a sir Kay durmiendo, se
llevó el escudo y la armadura de sir Kay, luego fue al establo
y tomó el caballo de sir Kay, se despidió de la huéspeda
y partió. Poco después despertó sir, Kay, no
encontró a sir Lanzarote y se dio cuenta de que se había
llevado su arma dura y caballo. «A fe -dijo-, que muchos caballeros
en la corte del rey Arturo recibirán afrenta y daño,
pues con él los caballeros se mostrarán atrevidos,
creyendo que soy yo, y se estarán llamando a engaño,
mientras que yo seguro estoy de cabalgar en paz gracias a su escudo
y armadura.» Y entonces poco después partió
sir Kay dando gracias a la huéspeda.
En el momento en que cerraba el libro llamaron a la puerta y entró
el forastero. Le ofrecí una pipa y un asiento y le invité
a que se pusiera cómodo. También le ofrecí
un reconfortable whisky escocés caliente; luego otro, y otro
más -esperando cada vez que se animara a contar su historia-.
Después de un cuarto intento de persuasión comenzó
la historia, de una manera bastante sencilla y natural.
LA HISTORIA DEL FORASTERO
Soy norteamericano. Nací y crecí en Hartford, en el
Estado de Connecticut o sea, justamente al otro lado del río.
De ma nera que soy el más yanqui de los yanquis , y un hombre
práctico, sí, y supongo que desprovisto casi
por completo de sensibilidad o, en otras palabras, desprovisto de
poesía. Mi padre era herrero; mi tío, médico
de caballos, y en un principio yo era un poco lo uno y un poco lo
otro.
Luego entré en la gran fábrica de armas y aprendí
mi verdadero oficio, todo lo que había que aprender, aprendí
a fabricarlo todo: fusiles, revólveres, cañones, calderas,
motores, cualquier tipo de maquinarias para ahorrar mano de obra.
¡Diantres! Era capaz de fabricar lo que me pidiesen, cualquier
cosa en el mundo, lo que fuese, y si no existía una manera
veloz y novedosa de fabricarla, yo era capaz de inventarla con la
misma facilidad con que
se hace flotar un tronco. Llegué a ser superintendente en
jefe, con unos dos mil hombres a mi cargo.
Pues bien, un hombre así se ve envuelto en muchas peleas,
sobra decirlo. Cuando tienes un par de miles de hombres duros a
tu cargo, abunda ese tipo de diversión. Por lo menos, eso
me ocurría a mí. Finalmente, encontré un temible
contrincante y recibí una buena soba. Ocurrió durante
un malentendido con un individuo a quien llamábamos Hércules,
que se zanjó con barras de hierro. Me derribó de un
golpe tan contundente en la cabeza que me dejó viendo las
estrellas y pareció desencajar todas las articulaciones del
cráneo y dejarlas en completo desorden. Después se
oscureció el mundo entero y ya no sentí nada más
ni supe nada más, al menos durante cierto tiempo.
Cuando volví en mí estaba sentado en un prado a la
sombra de un roble, con un amplio paisaje a mi entera disposición...,
o casi. No del todo, porque había un individuo a caballo
que me contemplaba desde lo alto de su posición, un individuo
recién salido de un libro de cuentos. iba cubierto de arriba
abajo por una armadura antigua y llevaba en la cabeza un casco que
parecía un barrilete para clavos, y tenía un escudo,
una espada y una formidable lanza; su caballo también iba
cubierto con una armadura y ostentaba un cuerno de acero que se
proyectaba desde su frente, y magníficos jaeces de seda,
rojos y verdes, que colgaban de los lados como las colchas de una
cama y casi tocaban el suelo.
-Gentil señor, ¿queréis justar conmigo? -preguntó
el individuo.
-¿Que si quiero qué?
-Batiros en singular batalla por unas tierras, una dama, o...
-¿De qué me hablas? -dije-. Vuelve a tu circo o te
denuncio.
Y entonces al hombre no se le ocurre nada mejor que retroceder unos
doscientos o trescientos pasos y arremeter contra mí a toda
velocidad de su caballo, con el barrilete para clavos inclinado
casi a la altura de la nuca de su caballo, y su larga lanza apuntada
hacia adelante. Me di cuenta de que la cosa iba en serio, de modo
que cuando llegó ya estaba yo en lo alto del árbol.
Me informó que yo pasaba a ser propiedad suya, cautivo de
su lanza. Aducía argumentos convincentes, y además
se encontraba en una posición ventajosa, así que decidí
darle la razón. Llegamos al acuerdo de que yo iría
con él, y por su parte él se comprometía a
no hacerme daño. Bajé del árbol y nos pusimos
en marcha, caminando yo al lado de su caballo. Avanzábamos
a un paso cómodo, atravesando claros del bosque, valles y
arroyos que yo no recordaba haber visto antes, lo cual me sorprendía
mucho y, sin embargo, no se veía ningún circo ni carteles
que lo anunciaran. Así que abandoné la idea del circo
y llegué a la conclusión de que el individuo pertenecía
a un manicomio. Como tampoco había indicios de manicomio
en las cercanías comencé a pensar que me encontraba
en un verdadero aprieto. Le pregunté a qué distancia
estábamos de Hartford. Contestó que nunca había
oído hablar de tal sitio; una mentira, pensé, pero
no le di más vueltas. Al cabo de una hora de camino apareció
a lo lejos una ciudad adormecida a orillas de un río sinuoso,
y a sus espaldas, sobre una colina, una enorme y oscura fortaleza,
con torres y torreones, una escena que hasta ahora sólo había
visto en las ilustraciones.
-¿Bridgeport? -pregunté.
-Camelot-respondió.
Mi forastero pare cía estar un tanto adormilado. En un momento
se sorprendió cabeceando, y entonces, sonriendo con una de
esas sonrisas suyas, patéticas, obsoletas, dijo:
-Me temo que no podré continuar con la historia, pero venga
conmigo; lo tengo todo escrito y si quiere puede leerlo. Cuando
llegamos a su habitación me dijo:
-Al principio llevaba un diario; después, poco a poco, con
el paso de los años, el diario se fue convirtiendo en un
libro. ¡Cuánto tiempo ha pasado!... Comience a leer
aquí; ya le he contado lo que antecede.
Estaba a punto de quedarse dormido. Salí de su habitación,
y mientras me alejaba alcancé a escuchar que me decía:
-Os deseo buen abrigo, gentil señor.
Me senté junto al fuego y examiné mi tesoro. La primera
parte, que de hecho era la de mayor extensión, estaba escrita
en un pergamino amarillo por el paso del tiempo. Escruté
una hoja en particular y me di cuenta de que se trataba de un palimpsesto.
Bajo la oscura y opaca escritura del historiador yanqui aparecían
rasgos de una caligrafía aún más antigua y
desvaída... Eran palabras y frases latinas, evidentemente
fragmentos de leyendas monacales. Busqué el sitio que el
forastero había señalado y comencé a leer lo
que sigue:
Historia de la tierra perdida
1. Camelot
« Camelot, Camelot -me dije-. No recuerdo haberlo oído
antes; el nombre del manicomio,
probablemente.»
Era un paisaje veraniego grato y tranquilo, hermoso como un sueño
y solitario como un domingo. El aire estaba cargado del aroma de
las flores, el zumbido de insectos y el gorjeo de las aves, y no
se veían seres humanos, ni vagones, ni a roto ni actividad
alguna. El camino era un sendero sinuoso, con huellas de cascos
y pezuñas, y de vez en cuando rastros de ruedas a uno u otro
lado de la hierba, ruedas que aparentemente tenían llantas
tan anchas como una mano.
Al rato se acercó una niña muy bella, de unos diez
años con una catarata de cabello dorado que descendía
por su espalda. Sobre la cabeza llevaba una guirnalda de encendidas
amapolas rojas, y nada más. Era el más hermoso atuendo
que ja más había visto, aunque fuese tan exiguo. Caminaba
indolentemente, sin preocupaciones, su paz interior reflejada en
la inocencia del rostro. El tipo del circo no le prestó la
menor atención, ni siquiera pareció verla. Y ella...
ella no se sorprendió en absoluto de su extravagante aspecto;
con estuviese acostumbrada a ver apariciones semejantes todos los
días. Pasaba de largo tan
indiferentemente, como si se hubiese cruzado con un par de vacas;
pero me vio, ¡y entonces sí que se produjo un cambio!
Alzó las manos como si se hubiera quedado petrificada, y
con la boca abierta de par en par y los ojos fijos y medrosos era
la mismísima estampa del asombro mezclado con el miedo. Se
quedó mirándome con una especie de fascinación
estupefacta, hasta que doblamos el recodo del bosque y nos perdió
de vista. Que se hubiera sobresaltado al verme, y no cuando había
visto al otro, era demasiado para mí; no le encontraba ni
pies ni cabeza al asunto. Y que me considerara a mí un espectáculo,
pasando completamente por alto sus propios méritos al respecto,
era otro enigma, y también una demostración de magnanimi
dad inesperada en alguien tan joven. Había allí motivos
de reflexión. Seguí caminando como si estuviera en
mitad de un sueño.
A medida que nos acercábamos a la ciudad comenzaban a aparecer
señales de vida. De vez en cuando pasábamos al lado
de alguna choza miserable, con techo de paja, rodeada por un pequeño
terreno y pequeños huertos en estado de abandono. También
había gente; hombres musculosos con cabellos largos, ásperos,
desordenados, que les caían sobre el rostro dándoles
un aspecto de animales. Tanto ellos como las mujeres vestían,
por regla general, toscas túnicas de estopa que les llegaban
bastante más abajo de las rodillas, y una especie de burdas
sandalias; muchos llevaban un collar de hierro. Los niños
y niñas se paseaban desnudos, pero nadie parecía enterarse.
Toda la gente me observaba sin quitarme los ojos de encima, hablaba
de mí, corría para llamar a otros familiares y se
quedaban mirándome boquiabiertos; pero nadie parecía
reparar en el otro, excepto pasa saludarle humildemente, a lo cual
él ni siquiera se dignaba responder.
En la ciudad había un número considerable de casas
de piedra, sin ventanas, dispersas entre la maraña de chozas;
las calles no eran más que vericuetos torcidos y sin pavimentar;
cuadrillas de perros y de niños desnudos retozaban al aire
libre, vivaz, ruidosamente; los cerdos se paseaban y hozaban sus
anchas, y una cerda se tendió en una charca maloliente en
medio de la vía principal para amamantar a sus crías.
De repente, se oyó en la distancia un sonido de música
militar; luego, la música se oyó más cerca,
un poco más cerca aún hasta que surgió en el
horizonte un espléndido cortejo, magnífico, con tantos
yelmos mpenachados y brillantes cotas de malla y flameantes banderas
y ricos farsetos y lujosas gualdrapas sobre los caballos y doradas
puntas de lanza, y entre el lodo y los puercos, los niños,
mocosos y desnudos, los dichosos perros y las chozas miserables
continuó su gallarda marcha, y tras sus huellas seguimos
nosotros. Los seguimos por infinidad de callejuelas tortuosas, ascendiendo,
siempre ascendiendo, hasta que finalmente ganamos la aireada cumbre
donde se levantaba el imponente castillo. Se produjo un intercambio
de toques de clarín, luego, una conversación junto
a las murallas, donde hombres de armas con coraza y morrión,
la alabarda al hombro, marchaban de un lado a otro a la sombra de
banderas ondeantes que lucían la burda imagen de un dragón;
entonces se abrieron de par en par las enormes puertas, se bajó
el puente levadizo y la cabeza de la cabalgata avanzó majestuosamente
y cruzó los imponentes arcos, y nosotros, a la zaga, pronto
nos encontramos también en un gran patio enlosado, con torres
y torreones que desde las cuatro esquinas se levantaban hacia el
cielo, y a nuestro alrededor había un tumulto de gentes que
desmontaban, se saludaban ceremoniosamente y se apresuraban de un
lado a otro, y un alegre despliegue de colores mezclados y cambiantes,
y por todas partes, un agradable ajetreo y barullo y confusión.
2. La corte del rey Arturo
En cuanto tuve una oportunidad, me aparté un poco, conseguí
la atención de un anciano de aspecto muy normal y le pregunté
en un tono insinuante, confidencial:
-Amigo, hazme un favor: ¿Podrías decirme si perteneces
a este sanatorio o si estás aquí de visita, o algo
así?
Me contempló con aire de estupidez y dijo: -Por vida mía,
gentil señor, pareceríame...
-Suficiente -le interrumpí-. Ya veo que eres uno de los pacientes.
Me alejé pensativo, pero al mismo tiempo tratando de dis
cernir a algún paseante que estuviera en sus cabales y que
pudiera aclararme lo que ocurría. Cuando juzgué que
había . encontrado a uno, le llevé a un lado y le
dije al oído:
-¿Sería posible ver al director del manicomio un minuto,
tan sólo un minuto?
-No puedo holgar en plática, señor.
-¿Qué?
-Detenerme, si os place más la palabra.
Me explicó en seguida que era un ayudante de cocina y no
podía detenerse a charlar, aunque quisiera hacerlo en otra
ocasión, porque le encantaría saber dónde había
conseguido la ropa que llevaba. Al alejarse señaló
a alguien que estaba lo suficientemente desocupado para satisfacer
mi propósito y que además me estaría buscando,
sin duda. Se trataba de un joven delgado y airoso, vestido con unos
pantalones de color salmón, muy apretados, que le daban el
aspecto de una zanahoria de dos piernas; el resto de su atuendo
era de seda azul con lazos y volantes; tenía unos largos
rizos rubios y usaba un sombrerito de satén rosa, coronado
por una pluma e inclinado presuntuosamente sobre una oreja. Su apariencia
indicaba que era afable; su porte, que estaba satisfecho de sí
mismo. Resultaba tan atractivo que merecería ser enmarcado.
Llegó a mi lado, me miró con una curiosidad traviesa
y descarada, dijo que había venido a buscarme y me informó
que era un paje.
-¡Largo de aquí si no eres más que un pijo!
-le dije.
Era un comentario bastante severo, pero yo estaba irritado. Sin
embargo, no se molestó, ni siquiera pareció darse
cuenta de que le había insultado. Mientras caminábamos
comenzó a hablar y a reír de una manera alegre, despreocupada,
juvenil, trabando amistad conmigo desde un principio y haciendo
todo tipo de preguntas acerca de mí mismo y de mi atuendo,
pero sin esperar jamás una respuesta; continuaba hablando
sin parar, como si no se diera cuenta de que acababa de hacer una
pregunta y debía recibir una respues ta, hasta que se le
ocurrió comentar que había nacido a principios del
513.
Sentí un estremecimiento que me recorrió todo el cuerpo.
Me detuve y dije, con voz muy débil:
-Quizá no he oído bien: dilo de nuevo, y dilo lentamente.
¿En qué año?
-En el 513.
-¡En el 513! ¡No lo aparentas! Vamos, muchacho, soy
forastero y no tengo amigos aquí; deberías ser sincero
y honrado conmigo. ¿Estás en tu sano juicio?
Me respondió afirmativamente.
-¿Y todas estas personas, están en su sano juicio?
También contestó afirmativamente.
-¿Y esto no es un manicomio? Quiero decir, ¿no se
trata de un sitio donde curan a las personas que están locas?
Contestó que no.
-En ese caso -dije-, o estoy loco o ha ocurrido algo igualmente
horrible; ahora, dime, honesta y verdaderamente: ¿dónde
estoy?
-En la corte del rey Arturo.
Esperé un momento para permitir que la idea se abriera paso
en mi entendimiento, y luego pregunté:
-Y, según tú, ¿en qué año estamos?
-En el 528. Diecinueve de junio.
Sentí cómo se me encogía el corazón
y murmuré:
-Nunca más volveré a ver a mis amigos, nunca, nunca
jamás. No nacerán hasta dentro de trece siglos.
Parecía creer lo que me decía el muchacho, sin saber
muy bien por qué. Algo dentro de mí lo creía
- mi conciencia, podríamos decir-, pero mi razón no
lo creía. Mi razón, naturalmente, se rebeló
de inmediato. No se me ocurría qué hacer para calmarla,
porque sabía que de nada servirían las aseveraciones
de otros hombres, mi razón respondería que se trataba
de lunáticos y rechazaría cualquier testimonio contrario.
Pero súbitamente encontré la solución, por
un golpe de suerte. Sabía que el único eclipse total
de sol en la primera mitad del siglo
vi había tenido lugar el 21 de junio del año 528 y
había comenzado a las doce y tres minutos del mediodía.
También sabía que durante el año que para mí
era el presente -es decir, 1879 - no estaba previsto ningún
eclipse total de sol. De modo que si lograba contener otras cuarenta
y ocho horas la ansiedad y la curiosidad que me roían el
corazón sabría con seguridad si el muchacho me decía
la verdad o no. Siendo como soy un nativo de Connecticut y un hombre
práctico aparté por completo de mi mente esa preocupación
hasta que llegara el día y la hora señalados, de forma
que pudiese dedicar toda mi atención a las circunstancias
presentes, y continuar preparado y alerta para sacar el mayor provecho
posible de tal situación. Cada cosa a su tiempo, es mi lema,
y perseverar siempre hasta el final; si estábamos todavía
en el siglo xix y yo estaba rodeado de locos y sin posibilidad de
escapar, en poco tiempo me haría el jefe del manicomio y
si realmente estábamos en el siglo vi pues, bueno, mi resolución
no era menos drástica: sería jefe de todo el país
antes de que pasaran tres meses, pues había llegado a la
conclusión de que era el hombre mejor educado del reino,
con una diferencia de más de mil trescientos años.
No soy dado a perder el tiempo una vez que he tomado una decisión
y hay trabajo que hacer, así
que le dije al paje:
-Oye, Clarence, muchacho (si por casualidad ése es tu nombre),
si no te importa, me gustaría que me aclarases algunas cosas.
¿Cómo se llama esa aparición que me trajo aquí?
-¿Mi amo y el vuestro? Es el buen caballero y gran señor
sir Kay el Senescal, hermano de leche de nuestro señor el
rey.
-Muy bien, sigue, cuéntamelo todo.
Su historia fue muy extensa, pero la parte que tenía un interés
más inmediato para mí era la siguiente. Dijo que yo
era prisionero de sir Kay, y siguiendo las costumbres establecidas,
sería arrojado a una mazmorra y abandonado a mi suerte hasta
que mis amigos pagaran el rescate, a no ser que por azar me pudriese
antes de que ellos llegaran. Consideré que la primera alternativa
tenía mayores ventajas, pero no me detuve a darle más
vueltas al asunto, en ese momento el tiempo era demasiado precioso.
También me dijo Clarence que la cena en el gran salón
estaría al terminar, y que tan pronto como se iniciaran los
tratos sociales y las tandas de bebida sir Kay me haría conducir
allí para exhibirme ante el rey Arturo y sus ilustres caballeros
de la Mesa Redonda, y ufanarse de la proeza realizada al capturarme,
y que probablemente exageraría un poco, pero que faltaría
yo a los buenos modales si tratase de rectificar, y además
no sería una actitud demasiado prudente, y que, una vez finalizada
mi exhibición, entonces, ¡hala!, a las mazmorras, pero
que él, Clarence, hallaría la manera de venir a visitarme
de vez en cuando , me daría ánimos y me ayudaría
a enviar un mensaje a mis amigos.
¡Un mensaje a mis amigos! Le di las gracias, era lo menos
que podía hacer ante aquel ofrecimiento, y en ese momento
llegó un lacayo para decir que requerían mi presencia;
Clarence me hizo pasar, me condujo hasta un lado y se sentó
junto a mí.
Pues bien, era un espectáculo bastante curioso e interesante.
El sitio era inmenso y un tanto desnudo; sí, lleno de llamativos
contrastes. Era alto, muy alto, tan alto que las banderas que pendían
de las vigas parecían flotar allá arriba en una especie
de penumbra, había sendas galerías a ambos extremos
del salón, muy altas y protegidas por balaustradas de piedra,
una de ellas estaba ocupada por músicos, y la otra, por mujeres,
con atuendos de colores chillones. El suelo, cubierto de grandes
losas de piedra de color blanco o negro, estaba bastante gastado
por los años y el uso y necesitaba una buena reparación.
Ornamentos no había ninguno en el sentido estricto de la
palabra, aunque de las paredes colgaban varios tapices enormes que
probablemente pasarían por ser trabajos de arte, se trataba
de escenas de guerra, con caballos similares a los que hacen los
niños recortando un papel o los que modelan con mazapán,
y sobre ellos se veían hombres armados, con armaduras de
anillas, y como las anillas estaban representadas por agujeros redondos,
parecía que los escudos hubiesen sido ejecutados con un molde
para galletas. Había una chimenea tan grande que se podría
acampar en su interior, con lienzos y dintel de piedra tallada y
esculpida que le daban un aire de puerta de catedral. A lo largo
de las paredes se encontraban hombres revestidos de peto y morrión,
con alabardas como única arma, y tan rígidos como
si fuesen estatuas; y eso es justamente lo que parecían:
estatuas.
En medio de aquella plaza pública, bajo techo, había
una mesa de roble, a la que llamaban la Mesa Redonda. Era tan grande
como una pista de circo, y alrededor de ella se sentaba un gran
número de hombres vestidos con colores tan abigarr ados que
el mirarlos hacía daño a la vista. Tenían siempre
puestos los yelmos con plumas y sólo los levantaban una pizca
cuando alguno de ellos se dirigía estrictamente al rey.
Casi todos bebían, utilizando como recipiente enormes cuernos
de buey, pero un par de ellos seguían masticando pan o royendo
huesos de res. Había en el recinto una gran cantidad de perros,
un promedio de dos por cada hombre, agazapados a la espera, hasta
que alguien les lanzaba un hueso, y entonces se abalanzaban sobre
él, separados en brigadas y divisiones, y se producía
una refriega que convertía al grupo en un caos tumultuoso
de cuerpos, cabezas que arremetían y colas batientes, y la
tormenta de aullidos y ladridos silenciaba todas las conversaciones,
pero eso no tenía importancia; de todos modos era mayor el
interés por
las peleas de perros que por la conversación; a veces incluso
los hombres se ponían de pie para observar mejor y hacer
apuestas, y las damas y músicos se empinaban por encima de
las balaustradas con el mismo objeto y todos prorrumpían
de vez en cuando en exclamaciones de deleite. Al final, el perro
victorioso se tendía cómodamente con el hueso entre
las garras, y con gruñidos de placer empezaba a roerlo y
engrasar el suelo, igual que otros cincuenta perros que en ese momento
hacían lo mismo, y el resto de la corte resumía las
actividades y diversiones interrumpidas.
Por regla general, la manera de hablar y el comportamiento de esta
gente era cortés y afable, y noté que eran oyentes
serios y atentos cuando alguien estaba contando algo -quiero decir
durante los intervalos sin peleas de perros-. También era
evidente que se trataba de un grupo de personas pueriles, inocentes,
que relataban las mentiras más desmesuradas con una gentil
y cautivadora ingenuidad, y estaban deseosos y dispuestos a escuchar
las mentiras de otros, e incluso creerlas. Resultaba difícil
asociarlos con la ejecución de actos crueles y terribles
y, sin embargo, sus relatos referían sufrimientos y hechos
sangrientos con un placer tan cándido que casi me olvidaba
de estremecerme.
No era yo el único prisionero presente. Había otros
veinte o más. ¡Pobres diablos! La mayor parte de ellos
eran tullidos o estaban mutilados de la manera más espantosa,
y el pelo, los rostros, las ropas, estaban salpicados por manchas
de sangre resecas y negruzcas. Padecían agudos dolores físicos,
claro, y sin duda estaban agotados, hambrientos y sedientos y no
habían recibido el alivio de un baño, ni nadie había
ejercido la caridad de ofrecerles un bálsamo para sus herid
as y, sin embargo, no se escuchaban sollozos ni lágrimas,
no se
notaba signo alguno de inquietud y ninguno de ellos parecía
tener la intención de quejarse. Entonces me invadió
un pensamiento: «En su tiempo, los muy bribones se habrán
comportado con otros de la misma manera, y ahora que les ha llegado
el turno no esperan mejor tratamiento, así que esa actitud
filosófica no es el resultado de la preparación mental,
la fortaleza intelectual o la razón, es igual al adiestramiento
de los animales; son como indios blancos».
3. Los caballeros de la mesa Redonda
La mayor parte de la conversación en la Mesa Redonda consistía
en monólogos, largos recuentos de las aventuras en las que
los prisioneros habían sido capturados y sus amigos y partidarios
habían sido despojados de corceles y armaduras. A mi entender,
estas feroces aventuras generalmente no eran incursiones emprendidas
para vengar injurias ni para resolver viejas disputas o repentinas
desavenencias; no, casi siempre se trataba de duelos entre extraños
-duelos entre personas que nunca habían sido presentadas
y entre las cuales no existía ningún motivo de agravio-.
Muchas veces había visto que dos muchachos, desconocidos
el uno para el otro, al encontrarse por casualidad se decían
a un tiempo: «Podría darte una paliza», y al
punto se enzarzaban en una pelea; pero hasta ahora había
imaginado que ese tipo de comportamiento era exclusivo de los niños
y era señal y coto del territorio infantil; pero ahí
estaban esos bobos grandullones, que se empeñaban en seguir
actuando así y hasta se jactaban de ello mucho después
de haber pasado la mayoría de edad. Y, sin embargo, había
algo abstracto y encantador en aquellas criaturas grandes de corazón
simple. Diríase que en aquella guardería, por decirlo
así, no se podrían reunirlos sesos suficientes para
cebar un anzuelo de pesca, pero pasado un momento la cuestión
dejaba de molestarte, porque te dabas cuenta de que en una sociedad
como aquella no es necesario tener sesos, y que de hecho la hubieran
echado a perder, dificultando su funcionamiento, privándola
de su simetría, y quizá haciendo imposible su existencia.
En casi todos los rostros se podía apreciar una agradable
virilidad, y en algunos de ellos una cierta bondad y dulzura que
se oponía a mis críticas despectivas y las frenaba.
La más noble benignidad y pureza reposaba en el semblante
de aquel a quien llamaban sir Galahad, así como en el del
rey, y había majestad y grandeza en el marco gigantesco y
el porte altivo de sir Lanzarote del Lago.
Se produjo en ese momento un incidente que centró el interés
general eri el tal sir Lanzarote. A una señal de quien parecía
ser el maestro de ceremonias, seis u ocho de los prisioneros se
levantaron, avanzaron como un solo hombre, se arrodillaron en el
suelo y, elevando las manos hacia la galería de las damas,
imploraron la gracia de dirigir unas palabras a la reina. La dama,
que se encontraba más visiblemente situada entre aquel arreglo
floral de adornos y atavíos femeninos, inclinó la
cabeza para indicar su asentimiento, y en seguida el portavoz de
los prisioneros, en nombre propio y en el de sus compañeros,
se puso a merced de la reina para que les concediera perdón,
rescate, cautiverio o muerte, de acuerdo con lo que ella tuviese
a bien elegir y esto, explicó, lo hacía siguiendo
las órdenes de sir Kay el Senescal, de quien eran prisioneros,
al haber sido derrotados por su poder y su destreza en singular
combate.
La sorpresa y el asombro iluminaron los rostros de todos los circunstantes,
y la sonrisa satisfecha de la reina desapare ció al escuchar
el nombre de sir Kay y se fue convirtiendo en un gesto de decepción.
El paje me dijo al oído, con un tono de exagerada mofa:
-¡Que no me venga ningún mal mayor que éste!
¡Antes preferiría verme arrastrado por cuatro caballos!
¡Pasarán mil años y aun otros mil y las impías
invenciones de los hombres se verían en apuros para engendrar
al individuo capaz de proferir una mentira tan majestuosa!
Todos los ojos, con expresión severamente inquisitiva, es
taban clavados en sir Kay. Pero él supo estar a la altura
de las circunstancias. Se levantó y enseñó
su juego, por decirlo así, como un verdadero tahúr,
utilizando todos los trucos de que disponía. Dijo que expondría
el asunto ciñéndose estrictamente a los hechos; presentaría
su relato de manera simple y llana, sin añadir sus propios
comentarios.
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