Queridos
hermanos y hermanas:
Durante
los últimos años hemos buscado acentuar una de las
prioridades de nuestra Diócesis: El comprometernos con
la pastoral orgánica, como fruto de una mayor espiritualidad
y eclesiología de comunión.
En
este tiempo cuaresmal en que nos queremos preparar para celebrar
la Pascua y al encontrarnos con la proximidad del Congreso Eucarístico
Nacional, vemos la oportunidad para ahondar el camino de profundización
de “la Eucaristía-comunión” como una necesidad para
cumplir el mandato del Señor: “En esto reconocerán
que ustedes son mis discípulos: en el amor que tengan los
unos a los otros” (Jn. 13,35).
La
prioridad por la pastoral orgánica es la primera orientación
que tenemos a seguir en la acción evangelizadora de nuestra
Diócesis. Sabemos que lograr este objetivo es prácticamente
imposible si previamente no se da un camino de conversión
y una búsqueda de vivir la santidad. La conversión
y la búsqueda de santidad para profundizar en la comunión,
expresado en cada eucaristía que celebramos, deben estar
en el centro de nuestra espiritualidad para vivir este tiempo
cuaresmal e introducirnos en la preparación de nuestro
año jubilar en el 2007, al cumplir los 50 años de
vida de nuestra Diócesis.
Creo
conveniente repasar algunos textos que reflexionen sobre la necesidad
de priorizar la santidad en este inicio de milenio. Estos textos
pertenecen al Papa Juan Pablo II, en la Carta “Novo Millennio
Ineunte”: “En primer lugar no dudo en decir que la perspectiva
en la que debe situarse el camino pastoral es el de la santidad...”
(30). “Recordar esta verdad elemental, poniéndola como
fundamento de la programación pastoral que nos atañe
al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer
momento, algo poco práctico: ¿Acaso se puede “programar”
la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra
en la lógica de un plan pastoral? En realidad poner la
programación pastoral bajo el signo de la santidad es una
opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción
de que, si el bautismo es una verdadera entrada en la santidad
de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación
de su Espíritu, será un contrasentido contentarse
con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista
y una religiosidad superficial... la vida entera de la comunidad
eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección...”
(31).
Esta
cuaresma y estos años de preparación hacia nuestro
año jubilar del 2007 deben llevarnos a la conversión
y a profundizar en la comunión, para asumir los desafíos
pastorales que requieren la evangelización en nuestro tiempo.
Aquí quiero subrayar que debemos tener una real conciencia
que “la conversión” es una propuesta exigente. Requiere
situarnos en la verdad descarnada de nuestros límites,
fragilidades y pecados. Requiere la pequeñez y humildad
de disponernos de corazón para sumarnos a la peregrinación
de los hijos pródigos, que vuelven a la casa del Padre,
a la “comunión” con Dios.
Los
invito como Obispo y Pastor a que asumamos este camino de “comunión”
en esta cuaresma de 2004, desde la conversión, la reconciliación
y desde una mayor vida eucarística, culminación
y alimento de nuestra vida cristiana.
1.
La Eucaristía y la Comunión implican la conversión
Hace
poco tiempo hemos tenido el regalo del Papa Juan Pablo II que
nos ha hecho con la carta-encíclica “Ecclesia de Eucharistia”.
El capítulo IV de la misma está dedicado íntegramente
a “la eucaristía y comunión eclesial”. Considero
importante para nuestra reflexión que reparemos en un texto
de dicho capítulo: “En 1985, la Asamblea extraordinaria
del Sínodo de los Obispos reconoció en “la eclesiología
de comunión” la idea central y fundamental de los documentos
del Concilio Vaticano II. La Iglesia mientras peregrina aquí
en la tierra, está llamada a mantener y promover tanto
la comunión con Dios trinitario como la comunión
entre los fieles. Para ello cuenta con la Palabra de Dios y los
Sacramentos, sobre todo la Eucaristía, de la cual “vive
y se desarrolla sin cesar”, y en la cual, al mismo tiempo, se
expresa a sí misma. No es casualidad que el término
“comunión” se haya convertido en uno de los nombres específicos
de este sublime Sacramento” (34). (continuará)
¡Un
saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons.
Juan Rubén Martínez