La Eucaristía y la Comunión implican la conversión (continuación) - 07.03.04

 

Al iniciar este tema con una enseñanza de nuestro Papa y con el mismo hecho de la significación de la eucaristía en nuestra vida, desearía que en este tiempo cuaresmal podamos cotejar nuestra realidad personal y comunitaria a la luz de la Palabra de Dios y del magisterio que profesamos. En primer lugar debemos ser sinceros y confesar que no es fácil vivir la comunión. No creo necesario hacer un catálogo de los conflictos de nuestra realidad, basta que cada uno evalúe las situaciones de división tanto en la sociedad, como en nuestras mismas comunidades eclesiales y familiares.

Una de las causas principales que dificultan vivir la comunión con Dios y con los hermanos es el pecado de “soberbia”, que impide colocarlo a Dios como el Señor de nuestras vidas, comunidades, instituciones y en las mismas estructuras culturales y sociales. La soberbia nos provoca la tentación de querer ser como “dioses”. Es interesante la enseñanza del Génesis sobre el pecado original y como la serpiente tienta a la mujer a comer del fruto del árbol que Dios le había prohibido: “¡De ninguna manera morirán! Lo que pasa es que Dios sabe que en el momento en que coman se les abrirán los ojos y serán como Dios...” (Gen. 3,4). La ausencia de Dios en nuestras vidas nos lleva a crearnos idolatrías porque absolutizamos algunas opiniones o bien nos aferramos a estructuras materiales o de poder. Esto nos pasa por la inseguridad que es una de las primeras consecuencias que padece el soberbio al darse cuenta que no puede ser como Dios y se siente con miedo y desnudo: “Adán contestó (a Dios): “te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo, por eso me escondí” (Gen. 3,9). Cuando perdemos la amistad con Dios, nos sumergimos en la inseguridad y tendemos a absolutizar el dinero, el poder y nuestras obras. Todas estas construcciones cuando se hacen al margen de Dios, solo son temporales, pasajeras, “hechos sobre arena”. En definitiva cuando nos marginamos de Dios y no estamos en comunión con Él, dejamos de ser hijos, hermanos y nos sentimos huérfanos, porque estamos lejos de la casa del Padre.

Nuestra sociedad está sobrecargada de conflictos, de luchas por el poder y de injusticias, pero también muchas veces nuestras mismas comunidades cristianas y familias se mimetizan y viven el escándalo de la división, que siempre tienen su causa en el egoísmo, en los celos, en la envidia, pero sobre todo en la soberbia que es la madre de todos los pecados. En este contexto es indispensable entender que debemos decidirnos a trabajar por la “comunión” con Dios y los hermanos, sabiendo que este es un servicio a la humanidad y que la eucaristía crea comunión y educa a la comunión. San Pablo escribía a los fieles de Corinto manifestando el gran contraste de sus divisiones en las asambleas eucarísticas con lo que estaban celebrando, la Cena del Señor. Consecuentemente, el Apóstol les invitaba a reflexionar sobre la verdadera realidad Eucarística con el fin de hacerlos volver al espíritu de comunión fraterna (1 Cor. 11,17-34).


2. La comunión y nuestra realidad Diocesana

Cuando llegué a la Diócesis hace 3 años me he encontrado con algunas prioridades pastorales que venían caminando. La primera era la acentuación de la unidad pastoral o bien la pastoral orgánica. En nuestra primera semana del clero en abril de 2001, asumí dicho tema y dedicamos esos días a profundizarlo y discernir los pasos que seguiríamos dando. Desde casi todos los organismos e instancias de participación y comunión diocesana hemos asumido el tema de la comunión y la pastoral orgánica, durante estos tres años. Considero que deberemos seguir ahondando el tema de la comunión en nuestra Diócesis por las características de nuestra realidad. (continuará)

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez

 

Cartas del Obispo
Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya
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