Al
iniciar este tema con una enseñanza de nuestro Papa y con
el mismo hecho de la significación de la eucaristía
en nuestra vida, desearía que en este tiempo cuaresmal
podamos cotejar nuestra realidad personal y comunitaria a la luz
de la Palabra de Dios y del magisterio que profesamos. En primer
lugar debemos ser sinceros y confesar que no es fácil vivir
la comunión. No creo necesario hacer un catálogo
de los conflictos de nuestra realidad, basta que cada uno evalúe
las situaciones de división tanto en la sociedad, como
en nuestras mismas comunidades eclesiales y familiares.
Una de las causas principales que dificultan vivir la comunión
con Dios y con los hermanos es el pecado de “soberbia”, que impide
colocarlo a Dios como el Señor de nuestras vidas, comunidades,
instituciones y en las mismas estructuras culturales y sociales.
La soberbia nos provoca la tentación de querer ser como
“dioses”. Es interesante la enseñanza del Génesis
sobre el pecado original y como la serpiente tienta a la mujer
a comer del fruto del árbol que Dios le había prohibido:
“¡De ninguna manera morirán! Lo que pasa es que
Dios sabe que en el momento en que coman se les abrirán
los ojos y serán como Dios...” (Gen.
3,4). La ausencia de Dios en nuestras vidas nos lleva
a crearnos idolatrías porque absolutizamos algunas opiniones
o bien nos aferramos a estructuras materiales o de poder. Esto
nos pasa por la inseguridad que es una de las primeras consecuencias
que padece el soberbio al darse cuenta que no puede ser como Dios
y se siente con miedo y desnudo: “Adán contestó
(a Dios): “te oí andar por el jardín y tuve miedo,
porque estoy desnudo, por eso me escondí” (Gen.
3,9). Cuando perdemos la amistad con Dios, nos sumergimos
en la inseguridad y tendemos a absolutizar el dinero, el poder
y nuestras obras. Todas estas construcciones cuando se hacen al
margen de Dios, solo son temporales, pasajeras, “hechos sobre
arena”. En definitiva cuando nos marginamos de Dios y no estamos
en comunión con Él, dejamos de ser hijos, hermanos
y nos sentimos huérfanos, porque estamos lejos de la casa
del Padre.
Nuestra
sociedad está sobrecargada de conflictos, de luchas por
el poder y de injusticias, pero también muchas veces nuestras
mismas comunidades cristianas y familias se mimetizan y viven
el escándalo de la división, que siempre tienen
su causa en el egoísmo, en los celos, en la envidia, pero
sobre todo en la soberbia que es la madre de todos los pecados.
En este contexto es indispensable entender que debemos decidirnos
a trabajar por la “comunión” con Dios y los hermanos, sabiendo
que este es un servicio a la humanidad y que la eucaristía
crea comunión y educa a la comunión. San Pablo escribía
a los fieles de Corinto manifestando el gran contraste de sus
divisiones en las asambleas eucarísticas con lo que estaban
celebrando, la Cena del Señor. Consecuentemente, el Apóstol
les invitaba a reflexionar sobre la verdadera realidad Eucarística
con el fin de hacerlos volver al espíritu de comunión
fraterna (1 Cor. 11,17-34).
2. La comunión y nuestra realidad Diocesana
Cuando
llegué a la Diócesis hace 3 años me he encontrado
con algunas prioridades pastorales que venían caminando.
La primera era la acentuación de la unidad pastoral o bien
la pastoral orgánica. En nuestra primera semana del clero
en abril de 2001, asumí dicho tema y dedicamos esos días
a profundizarlo y discernir los pasos que seguiríamos dando.
Desde casi todos los organismos e instancias de participación
y comunión diocesana hemos asumido el tema de la comunión
y la pastoral orgánica, durante estos tres años.
Considero que deberemos seguir ahondando el tema de la comunión
en nuestra Diócesis por las características de nuestra
realidad. (continuará)
¡Un
saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons.
Juan Rubén Martínez