Quinto Domingo de Cuaresma - 28.03.04

 

En este tiempo en que nos estamos preparando de una manera más intensa para celebrar la Pascua, es necesario reflexionar sobre el perdón y la reconciliación, como imprescindibles para llevar a cabo una real renovación personal y social.

Si repasamos nuestra historia personal, familiar y sobre todo social, encontraremos situaciones y zonas de enfrentamientos, diferencias que parecen insalvables o rencores profundos, que están muchas veces enraizados en el pecado nuestro o de los demás. Estas zonas oscuras necesitan la luz de la reconciliación y reclaman el perdón que nos exige nuestra condición de cristianos.

De pronto el Señor, nuestro Maestro nos dice cosas exigentes como: “que amemos a nuestros enemigos y hagamos el bien a los que nos odian” (Lc. 6,27), que en general las escuchamos como “oyentes olvidadizos” porque nos falta fe para considerarlas practicables y en realidad es donde somos puestos a prueba en nuestra condición de “cristianos”. Lamentablemente lo habitual es “el ojo por ojo y diente por diente” y así nos transformamos en generadores del espiral de violencia social en el que muchas veces estamos sumergidos. Esta realidad la vivimos en tantas situaciones de nuestra Provincia, en nuestras mismas comunidades, movimientos y a veces en nuestras propias familias. En general cuando nos sentimos ofendidos y heridos estamos tentados a ceder a los mecanismos sicológicos de la auto compensación y de la revancha. Sin embargo podemos afirmar con certeza que el único camino que nos lleva a la paz, tanto personal, como social, es el perdón. Aceptar y ofrecer el perdón hace posible una nueva cualidad de relaciones entre los hombres, interrumpe el espiral de odio y de venganza. Amar a quien nos ha ofendido, desarma al adversario y puede incluso transformar un campo de batalla en un lugar de solidaria cooperación.

Reconciliarnos reconociendo nuestra propia culpa puede ser difícil, pero reconciliarnos y perdonar cuando la culpa es del otro, requiere asumir un camino de conversión y el seguimiento del mandato de Jesús. Como cristianos es conveniente recordar la advertencia del Señor: “Por lo tanto, si al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano tiene alguna queja contra ti deja tu ofrenda ante el altar, ve a reconciliarte con tu hermano y solo entonces vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt. 5,23-24).

Quiero que profundicemos la lectura del Evangelio de este quinto domingo de Cuaresma (Juan 8, 1-11). Creo que la reflexión sobre el perdón nos permitirá entender la actitud de Jesús con los escribas y los fariseos que querían ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo: “Dijeron a Jesús: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés y la ley, nos ordenó apedrear a esta clase de mujeres. Y tú ¿qué dices? Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo... (Jesús) les dijo: El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra” (Jn. 8,5-7). Es elocuente el diálogo de Jesús con la mujer: “Mujer, ¿dónde están tus acusadores? ¿Alguien te ha condenado? Ella le respondió: Nadie, Señor. Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús. Vete, no peques más en adelante” (Jn. 8,10-11).

¡Cuánta aplicabilidad tienen estas enseñanzas para nuestra sociedad enrarecida por el odio y la violencia con una historia marcada por tantos desencuentros y enfrentamientos. Con muchas condenas y pocos exámenes de conciencia veraces!.

¡Cuánta necesidad tenemos de aceptar y ofrecer el perdón!, de poner en práctica esta enseñanza cristiana que nos reclama que caminemos desde la mezquindad y la revancha, hacia una sociedad más solidaria y generosa. Creo conveniente advertir algo básico y por lo tanto fundamental. Solo tendremos paz en el corazón y en la sociedad, si nos hacemos amigos del perdón y la reconciliación, aún cuando poner en práctica esta enseñanza cristiana, nos cueste.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez

 

 

Cartas del Obispo
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