En
este tiempo en que nos estamos preparando de una manera más
intensa para celebrar la Pascua, es necesario reflexionar
sobre el perdón y la reconciliación, como imprescindibles
para llevar a cabo una real renovación personal y social.
Si
repasamos nuestra historia personal, familiar y sobre todo social,
encontraremos situaciones y zonas de enfrentamientos, diferencias
que parecen insalvables o rencores profundos, que están
muchas veces enraizados en el pecado nuestro o de los demás.
Estas zonas oscuras necesitan la luz de la reconciliación
y reclaman el perdón que nos exige nuestra condición
de cristianos.
De
pronto el Señor, nuestro Maestro nos dice cosas exigentes
como: “que amemos a nuestros enemigos y hagamos el bien a los
que nos odian” (Lc. 6,27),
que en general las escuchamos como “oyentes olvidadizos” porque
nos falta fe para considerarlas practicables y en realidad es
donde somos puestos a prueba en nuestra condición de
“cristianos”. Lamentablemente lo habitual es “el ojo por ojo
y diente por diente” y así nos transformamos en generadores
del espiral de violencia social en el que muchas veces estamos
sumergidos. Esta realidad la vivimos en tantas situaciones de
nuestra Provincia, en nuestras mismas comunidades, movimientos
y a veces en nuestras propias familias. En general cuando nos
sentimos ofendidos y heridos estamos tentados a ceder a los
mecanismos sicológicos de la auto compensación
y de la revancha. Sin embargo podemos afirmar con certeza que
el único camino que nos lleva a la paz, tanto personal,
como social, es el perdón. Aceptar y ofrecer el perdón
hace posible una nueva cualidad de relaciones entre los hombres,
interrumpe el espiral de odio y de venganza. Amar a quien nos
ha ofendido, desarma al adversario y puede incluso transformar
un campo de batalla en un lugar de solidaria cooperación.
Reconciliarnos
reconociendo nuestra propia culpa puede ser difícil,
pero reconciliarnos y perdonar cuando la culpa es del otro,
requiere asumir un camino de conversión y el seguimiento
del mandato de Jesús. Como cristianos es conveniente
recordar la advertencia del Señor: “Por lo tanto, si
al presentar tu ofrenda en el altar, te acuerdas de que tu hermano
tiene alguna queja contra ti deja tu ofrenda ante el altar,
ve a reconciliarte con tu hermano y solo entonces vuelve a presentar
tu ofrenda” (Mt. 5,23-24).
Quiero
que profundicemos la lectura del Evangelio de este quinto domingo
de Cuaresma (Juan 8, 1-11).
Creo que la reflexión sobre el perdón nos permitirá
entender la actitud de Jesús con los escribas y los fariseos
que querían ponerlo a prueba, a fin de poder acusarlo:
“Dijeron a Jesús: Maestro, esta mujer ha sido sorprendida
en flagrante adulterio. Moisés y la ley, nos ordenó
apedrear a esta clase de mujeres. Y tú ¿qué
dices? Decían esto para ponerlo a prueba, a fin de poder
acusarlo... (Jesús) les dijo: El que no tenga pecado,
que arroje la primera piedra” (Jn.
8,5-7). Es elocuente el diálogo de Jesús
con la mujer: “Mujer, ¿dónde están tus
acusadores? ¿Alguien te ha condenado? Ella le respondió:
Nadie, Señor. Yo tampoco te condeno, le dijo Jesús.
Vete, no peques más en adelante” (Jn.
8,10-11).
¡Cuánta
aplicabilidad tienen estas enseñanzas para nuestra sociedad
enrarecida por el odio y la violencia con una historia marcada
por tantos desencuentros y enfrentamientos. Con muchas condenas
y pocos exámenes de conciencia veraces!.
¡Cuánta
necesidad tenemos de aceptar y ofrecer el perdón!,
de poner en práctica esta enseñanza cristiana
que nos reclama que caminemos desde la mezquindad y la revancha,
hacia una sociedad más solidaria y generosa. Creo conveniente
advertir algo básico y por lo tanto fundamental. Solo
tendremos paz en el corazón y en la sociedad, si nos
hacemos amigos del perdón y la reconciliación,
aún cuando poner en práctica esta enseñanza
cristiana, nos cueste.
¡Un
saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons.
Juan Rubén Martínez