“(Pasado
el sábado) El primer día de la semana de madrugada,
cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena
fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro
discípulo al que Jesús amaba y le dijo: “Se han
llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo han
puesto” (Jn. 20,1-2). Se armó
la confusión, todos corrieron; el sepulcro estaba vacío,
las vendas tiradas en el piso, junto al sudario que había
cubierto su cabeza. Todavía no habían comprendido
que según las Escrituras, Él debía resucitar
de entre los muertos. Los Apóstoles por miedo e inseguridad
estaban encerrados en un lugar de Jerusalén. El Señor
resucitado se hizo presente en medio de ellos y les dio la paz.
A estos pobres hombres el Señor había elegido
para ser sus Apóstoles y los instituyó sacerdotes
en la última cena: “Luego tomó el pan, dio gracias,
lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
“Esto es mi cuerpo, que se entregará por ustedes. Hagan
esto en memoria mía...” (Lc. 22,19).
En la última cena que celebramos el jueves santo, ya
el Señor, estaba anticipando sacramentalmente la Pascua.
En cada Misa que celebramos renovamos el misterio Pascual. Es
importante recordar este misterio central de la fe, en este
año en que celebraremos en Corrientes del 2 al 5 de septiembre,
el Congreso Eucarístico Nacional.
Necesitamos
repasar estos momentos cruciales de la historia, que por el
amor que Dios nos tiene, se hace historia de la Salvación
de la humanidad. Este domingo celebramos el triunfo de la Vida,
la resurrección de Cristo, sobre la muerte. ¡Es
la celebración de la Pascua y de la Esperanza! Quiero
que nos detengamos a reflexionar sobre esta certeza de la fe,
que tenemos los cristianos: Nuestra esperanza se fundamenta
en que Cristo Resucitó: ¿Esta esperanza cómo
repercute en nuestra actitud de vida en las cosas cotidianas?
Sabemos
que sostenernos en la esperanza no es fácil en un contexto
marcado por una crisis de época, o bien “de civilización”.
Este es el principal desafío señalado en “Navega
mar adentro”, documento emitido el año pasado por los
Obispos argentinos. También las consecuencias de esa
crisis se encuentran en búsquedas desviadas de Dios,
por ser una sociedad que fomenta el secularismo, o en propuestas
mágicas, supersticiosas; en “el escándalo de la
pobreza y la exclusión social”, expresado de tantas maneras
en nuestra provincia, en el flagelo de la desocupación,
desnutrición, los tantos que están al margen de
los sistemas de salud, de la tierra; “la crisis del matrimonio
y la familia”, acentuado por la multiplicación de proyectos
de “leyecitas” que solo buscan regular, ordenar, sonificar o
“cortar” las pobrezas humanas y económicas, en vez de
buscar caminos que dignifiquen a las personas y a la sociedad;
y “la necesidad de una mayor comunión”, porque nuestra
realidad parece no superar “el ojo por ojo y el diente por diente”.
Es
cierto que a veces parece que los argentinos no aprendemos la
lección y siempre nos renovamos en falsas esperanzas
que después vuelven a frustrarnos. Nos olvidamos que
el único Mesías es Jesucristo y éste nos
habla de la cruz. Tenemos la tendencia a salir a buscar a otros
mesías, a personajes salvadores, padrinos económicos
o políticos o bien algún subsidio salvador. Quizá
encontremos temporalmente algún falso mesías,
pero si esto ocurre debemos saber que siempre terminaremos esclavizados.
La
esperanza cristiana reclama un fuerte compromiso personal y
social y nos lleva a ser protagonistas y responsables para que
las cosas anden mejor. Cada uno desde su propia realidad y problema
debe participar. La frase ¡para qué meterse si
esto no va a cambiar! es contraria a la esperanza cristiana.
Tampoco
fue fácil para los Apóstoles y discípulos
de Jesús. Padecieron y mucho. Durante este tiempo Pascual
leeremos textos de los Hechos de los Apóstoles en la
Biblia; de la Iglesia en sus primeros pasos. La experiencia
en Jesucristo resucitado, “Yo estaré siempre con ustedes
hasta el fin del mundo” (Mt.28,20),
llevó a estos discípulos de los primeros tiempos
y a tantos santos y mártires de ayer y de hoy a ser testigos
de la esperanza.
Como
Obispo y Pastor les envío un saludo cercano y Pascual
y manos a la obra...
Mons.
Juan Rubén Martínez