Domingo de Pascua - 11.04.04

 

“(Pasado el sábado) El primer día de la semana de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba y le dijo: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos donde lo han puesto” (Jn. 20,1-2). Se armó la confusión, todos corrieron; el sepulcro estaba vacío, las vendas tiradas en el piso, junto al sudario que había cubierto su cabeza. Todavía no habían comprendido que según las Escrituras, Él debía resucitar de entre los muertos. Los Apóstoles por miedo e inseguridad estaban encerrados en un lugar de Jerusalén. El Señor resucitado se hizo presente en medio de ellos y les dio la paz. A estos pobres hombres el Señor había elegido para ser sus Apóstoles y los instituyó sacerdotes en la última cena: “Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entregará por ustedes. Hagan esto en memoria mía...” (Lc. 22,19). En la última cena que celebramos el jueves santo, ya el Señor, estaba anticipando sacramentalmente la Pascua. En cada Misa que celebramos renovamos el misterio Pascual. Es importante recordar este misterio central de la fe, en este año en que celebraremos en Corrientes del 2 al 5 de septiembre, el Congreso Eucarístico Nacional.

Necesitamos repasar estos momentos cruciales de la historia, que por el amor que Dios nos tiene, se hace historia de la Salvación de la humanidad. Este domingo celebramos el triunfo de la Vida, la resurrección de Cristo, sobre la muerte. ¡Es la celebración de la Pascua y de la Esperanza! Quiero que nos detengamos a reflexionar sobre esta certeza de la fe, que tenemos los cristianos: Nuestra esperanza se fundamenta en que Cristo Resucitó: ¿Esta esperanza cómo repercute en nuestra actitud de vida en las cosas cotidianas?

Sabemos que sostenernos en la esperanza no es fácil en un contexto marcado por una crisis de época, o bien “de civilización”. Este es el principal desafío señalado en “Navega mar adentro”, documento emitido el año pasado por los Obispos argentinos. También las consecuencias de esa crisis se encuentran en búsquedas desviadas de Dios, por ser una sociedad que fomenta el secularismo, o en propuestas mágicas, supersticiosas; en “el escándalo de la pobreza y la exclusión social”, expresado de tantas maneras en nuestra provincia, en el flagelo de la desocupación, desnutrición, los tantos que están al margen de los sistemas de salud, de la tierra; “la crisis del matrimonio y la familia”, acentuado por la multiplicación de proyectos de “leyecitas” que solo buscan regular, ordenar, sonificar o “cortar” las pobrezas humanas y económicas, en vez de buscar caminos que dignifiquen a las personas y a la sociedad; y “la necesidad de una mayor comunión”, porque nuestra realidad parece no superar “el ojo por ojo y el diente por diente”.

Es cierto que a veces parece que los argentinos no aprendemos la lección y siempre nos renovamos en falsas esperanzas que después vuelven a frustrarnos. Nos olvidamos que el único Mesías es Jesucristo y éste nos habla de la cruz. Tenemos la tendencia a salir a buscar a otros mesías, a personajes salvadores, padrinos económicos o políticos o bien algún subsidio salvador. Quizá encontremos temporalmente algún falso mesías, pero si esto ocurre debemos saber que siempre terminaremos esclavizados.

La esperanza cristiana reclama un fuerte compromiso personal y social y nos lleva a ser protagonistas y responsables para que las cosas anden mejor. Cada uno desde su propia realidad y problema debe participar. La frase ¡para qué meterse si esto no va a cambiar! es contraria a la esperanza cristiana.

Tampoco fue fácil para los Apóstoles y discípulos de Jesús. Padecieron y mucho. Durante este tiempo Pascual leeremos textos de los Hechos de los Apóstoles en la Biblia; de la Iglesia en sus primeros pasos. La experiencia en Jesucristo resucitado, “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt.28,20), llevó a estos discípulos de los primeros tiempos y a tantos santos y mártires de ayer y de hoy a ser testigos de la esperanza.

Como Obispo y Pastor les envío un saludo cercano y Pascual y manos a la obra...

Mons. Juan Rubén Martínez

 

Cartas del Obispo
Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya
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