El
Evangelio de este domingo nos vuelve a relatar otro encuentro
del “Señor Resucitado” con sus discípulos, en este
caso junto al mar de Tiberíades: “El discípulo que
Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! (Jn.
21,7).
Estos
encuentros fueron indispensables para la tarea evangelizadora
de la Iglesia. En definitiva la predicación de la Iglesia
se fundamenta en este anuncio pascual: “El Dios de nuestros padres
ha resucitado a Jesús, al que ustedes hicieron morir...
Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu
Santo que Dios ha enviado a los que le obedecen” (Hch.
5,31-32). Esta certeza los llevó a no dudar en responder
ante el Sanedrín que pretendía silenciar su predicación:
“Pedro junto a los Apóstoles respondió: hay que
obedecer a Dios antes que a los hombres” (Hch.
5,29). Aún cuando este anuncio los llevaba a padecer
castigos o persecución. Sin embargo el texto bíblico
señala el crecimiento de la Iglesia. El Señor había
garantizado la presencia del Espíritu Santo hasta el final
de los tiempos. La certeza de nuestra esperanza se fundamenta
en que Cristo resucitó y en el envío del Espíritu
Santo a su Iglesia como principal agente de la evangelización.
Nuestra
realidad no es menos compleja que la que vivieron los Apóstoles
en los primeros tiempos de la Iglesia. La crisis de valores y
la justicia largamente esperada se va profundizando en nuestros
ambientes. En general la falta de “magnanimidad”, lleva al exceso
de luchas por espacios de poder o bien posicionamientos sociales,
económicos, políticos, dificultando construir una
sociedad cuyo horizonte fundamental se centra en “el bien común”.
En este contexto es indispensable para poder producir una real
transformación social la presencia de “testigos creíbles”,
de cristianos convencidos como Pedro y los Apóstoles que
hay que “obedecer a Dios antes que a los hombres”, aunque este
sea el mandato de la obediencia debida al jefe, al dueño,
al político, la ley injusta y aunque esto nos lleve a perder
beneficios y favores. Solo una sociedad puede mejorar cuando hay
hombres y mujeres convencidos y con ideales. Cristianos “pascuales”,
hombres y mujeres que tengan recta conciencia.
Hace
algún tiempo los Obispos argentinos reflexionábamos
sobre algunos temas que siguen teniendo vigencia y que pueden
servirnos para evangelizarnos en este tiempo Pascual: “Es una
constatación dolorosa que las personas, las familias, las
instituciones y la sociedad en general, no encuentren nuevos cauces
para sostenerse y creer. En nuestro país la pérdida
de valores que fundan la identidad como pueblo nos sitúa
ante el riesgo de la descomposición del tejido social.
Como ejemplo, podemos mencionar que nos cuesta mantener la cultura
del trabajo y proyectarla con coherencia hacia el futuro. Por
el contrario, los argentinos nos dejamos tentar por el éxito
fácil y rápido, lo que fomenta acciones corruptas
en todos los niveles, particularmente en los dirigentes. Aunque
hay excepciones, sobre todo entre los más humildes, lo
común es que no nos integramos con entusiasmo a emprendimientos
comunitarios que suponen trabajar en equipo, formular proyectos
en común y superar individualismos. En nuestras propias
comunidades parroquiales a veces vivimos esta dificultad. No es
extraño, entonces, que no se advierta convicción
y compromiso en el ejercicio de los deberes ciudadanos, y cada
vez es más raro hallar entre nosotros hombres y mujeres
con pasión por el bien común” (N.M.A. 25).
Nuestro
tiempo nos presenta sus propios problemas y desafíos. En
todo caso necesita que nuestro aporte se ligue a una espiritualidad
cristiana más Pascual y profética, comprometida
en el deseo de santidad y sobre todo con una búsqueda de
mayor coherencia.
¡Un
saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons.
Juan Rubén Martínez