El
lunes 21 de Junio viviremos un acontecimiento singular en nuestra
Diócesis. Celebraremos la Asamblea Diocesana en
Oberá, donde estarán presentes nuestros sacerdotes,
diáconos, consagrados, seminaristas y el laicado representando
a las Parroquias, escuelas, comisiones, asociaciones, movimientos...
de las comunidades y sectores de toda la Diócesis. En dicha
Asamblea, iniciaremos la fase preparatoria de nuestro Sínodo
Diocesano, que celebraremos con motivo de los 50 años
de la creación de nuestra Diócesis en nuestro año
jubilar del 2007.
No
dudo en señalar que el mejor aporte que podemos ofrecer
los cristianos a nuestro tiempo tan enrarecido por tantos odios,
es buscar crecer en la “comunión”. La fragmentación
del postmodernismo, la profunda crisis de la civilización,
el individualismo mercantil y la indiferencia secularista, son
algunas de las causas que generan ambientes complejos, en donde
nos mimetizamos todos y sobre todo nuestra dirigencia, sin que
nos cuestionemos, ni evaluemos el por qué de tantos absurdos
e insensatez social. Hace algunos meses señalaba que “en
primer lugar debemos ser sinceros y confesar que no es fácil
vivir la comunión”. No creo necesario hacer un catálogo
de los conflictos de nuestra realidad, basta que cada uno evalúe
las situaciones de división tanto en la sociedad, como
en nuestras mismas comunidades eclesiales y familiares. Una de
las causas principales que dificultan vivir la comunión
con Dios y con los hermanos es el pecado de “soberbia”, que impide
colocarlo a Dios como el Señor de nuestras vidas, comunidades,
instituciones y en las mismas estructuras culturales y sociales.
La soberbia nos provoca la tentación de querer ser como
“dioses”... nuestra sociedad está sobre cargada de conflictos,
de luchas por el poder y de injusticias, pero también nuestras
comunidades cristianas y familias se mimetizan y viven el escándalo
de la división, que siempre tiene su causa en el egoísmo,
en los celos, en la envidia, pero sobre todo en la soberbia que
es la madre de todos los pecados. Es cierto que no faltan los
cristianos, que rápidamente se dicen católicos y
que sus actitudes y comportamientos contradicen la fe que profesan.
Debo confesar que estoy asombrado como por cuestiones ligadas
a los afectos, enojos, celos... se generan odios, venganzas, calumnias...
que son totalmente incompatibles con la condición de cristianos
y sin problema siguen llamándose católicos y algunos
continúan recibiendo la eucaristía sin recordar
la enseñanza del Señor que primero debemos buscar
reconciliarnos con nuestros hermanos y después recibir
su cuerpo.
Como
Diócesis, vamos profundizando esta exigencia de la comunión,
reclamada en cada Misa-eucaristía que celebramos. La pastoral
orgánica desde una eclesiología de comunión
es la primera orientación que tenemos a seguir en la acción
evangelizadora que nos hemos propuesto. Sabemos que este objetivo
es prácticamente imposible si previamente no se da un camino
de conversión y una búsqueda de vivir la santidad.
Al
querer profundizar este camino de comunión y participación,
de Asamblea, de evaluación de nuestras vidas, desafíos
y misión, en camino a celebrar el jubileo y Sínodo
de 2007, nos sentimos interpelados por el Evangelio de este domingo
(Lc. 9,18-24). Tendríamos que renovar como Pedro
nuestra confesión de fe en Jesucristo: “Tú eres
el Mesías de Dios”. Pero también las exigencias
que tenemos si queremos ser realmente sus discípulos: “El
que quiera venir detrás de mí, que renuncie a si
mismo, que cargue con su cruz de cada día y me siga. Porque
el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda
su vida por mí, la salvará” (Lc.
9,23-24).
La
propuesta de Jesús, no elude el sufrimiento, se distancia
del sensacionalismo mediático, de la religiosidad-show,
de la superstición y el consumismo religioso. Para convertirnos
a la comunión con Dios y los hermanos, tendremos que morir
a querer ser como “dioses”. Este es el camino que iniciaremos
en esta Asamblea, hacia el jubileo y Sínodo de 2007.
Finalizo
esta carta pidiendo por nuestra Patria en el día de la
Bandera y por los papás en su día , por los que
que viven y por los que ya están con nuestro Padre Dios.
¡Un
saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons.
Juan Rubén Martínez