En este domingo
el Evangelio de San Lucas (11,1-13),
sigue proponiéndonos el tema de la oración.
Uno de los discípulos le pide a Jesús, su maestro:
"Señor, enséñanos a orar". En
realidad ellos querían aprender aquello que hacía
su Maestro: "Un día Jesús estaba orando en
cierto lugar". Muchos textos bíblicos y sobre todo
San Lucas nos hablan de la oración de Jesús. El
Señor subía a la montaña para orar: "Después,
subió a la montaña para orar a solas. Y al atardecer,
todavía estaba allí, solo"
(Mt. 14,23), incluso cuando todo el mundo le busca: "Por
la mañana, antes que amaneciese, Jesús se levantó,
salió y fue a un lugar desierto: allí estuvo orando.
Simón, salió a buscarlo con sus compañeros,
y cuando lo encontraron, le dijeron: "todos te andan buscando"
(Mc.1,35-37). En general su oración estaba ligada
a su misión. San Lucas nos presenta a Jesús en
oración antes de cada acontecimiento importante, como
en este domingo que Jesús estaba en oración, antes
de enseñar a rezar el Padre Nuestro a sus discípulos.
Todos los bautizados
estamos llamados a ser hombres y mujeres de oración.
Pero cada uno tenemos que ligar nuestra espiritualidad, devoción
y oración a la vocación y misión que tenemos.
En nuestra Diócesis,
en Posadas, tenemos la gracia de tener el Monasterio contemplativo
de las hermanas de la Sagrada Familia. Ellas tienen una vocación
y misión ligadas íntimamente a la oración
personal y litúrgico comunitaria. Los consagrados y sacerdotes
tenemos que vivir la comunión con Dios, para ser instrumentos
de la comunión con los hermanos, ser pastores y para
esto es necesario orar como Jesús, el buen Pastor. Pero
en esta reflexión quiero referirme especialmente a la
oración de los laicos, que son la mayoría del
Pueblo de Dios. Su oración no puede ser igual a la de
los monjes o a la de los sacerdotes. Quiero que compartamos
un texto de San Francisco de Sales en su gran libro "Introducción
a la vida devota", que aunque fue escrito a principios
del siglo XVII, tiene mucha actualidad: "La devoción
se ha de practicar de un modo acomodado a las fuerzas, negocios
y ocupaciones particulares de cada uno. Dime, si sería
lógico que los obispos quisiéramos vivir entregados
a la soledad, al modo de los monjes; que los casados no se preocupen
de aumentar su peculio más que los religiosos capuchinos;
que un obrero se pasara el día en la Iglesia, como un
religioso; o que un religioso, por el contrario, estuviera continuamente
absorbido, a la manera de un obispo, por todas las circunstancias
que atañen a las necesidades del prójimo. Una
tal devoción ¿no sería algo ridículo,
desordenado e inadmisible?. Y, con todo, esta equivocación
absurda es de lo más frecuente... La devoción
-la oración- mientras sea auténtica nada
destruye, sino que todo lo perfecciona y completa". La
verdadera oración no complica, sino que nos permite hacer
bien las ocupaciones propias de nuestra vocación y misión.
Esto puede ayudarnos
a reflexionar sobre la necesidad de oración en los laicos,
que por su propia vocación están ligados a tantas
situaciones que muchas veces parecen contraponerse a las cosas
de Dios. Es erróneo pensar que la espiritualidad y la
oración están ligadas solamente a los momentos
en que estamos en el templo. Si creemos esto corremos el riesgo
de estar generando una ruptura entre la fe y la vida cotidiana.
Quizás tengamos
que aprender a orar las situaciones como lo hace tanta gente
con sencillez y espontaneidad. Con una jaculatoria o bien tocando
una imagen, invocando a nuestro Padre Dios, como en el "Padre
Nuestro" o bien elevando una petición, como los
pobres que piden, porque se saben necesitados.
Si bien, es necesario
que los laicos tengan algún rato de oración personal,
o bien, de adoración eucarística, retiro espiritual
o participación en los momentos comunitarios y litúrgicos,
es indispensable que oren las situaciones que les toca vivir
a diario. Siempre nos encontramos con alegrías, tristezas,
desengaños, sufrimientos propios o ajenos, todo esto
podemos elevarlo a Dios como agradecimiento, alabanza o petición.
Por eso en el Evangelio de este domingo el Señor nos
propone la parábola "del amigo insistente",
en el contexto del tema de la oración. Nos promete que
quien pide con insistencia: "Le dará todo lo necesario"
(Lc.11,8).
Es cierto que no
es fácil reflexionar sobre la oración, en un tiempo
que se olvida de Dios. Quizá por eso mismo tenemos que
recordar que el hombre o la mujer que oran no solo alimentan
su vida espiritual, sino que sobre todo se humanizan.
¡Hasta
el próximo domingo y les envío un saludo cercano!
Mons. Juan
Rubén Martínez