Décimo Octavo Domingo del año - 01.08.04

 

El Evangelio de este domingo (Lc. 12,13-21), nos propone que reflexionemos sobre la avaricia. Jesús hace una advertencia: "Cuídense de toda avaricia, porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por su riqueza". En seguida nos va a proponer la parábola del rico insensato. En el pensamiento bíblico, la riqueza, lo material y corporal no es algo malo en sí mismo como en otras visiones filosóficas o religiosas. Pero en todos sus textos encontramos una clara advertencia del peligro que pueden ocasionar la riqueza y el poder, cuando estos caen ante el pecado de avaricia.

El pecado de avaricia designa la sed de poseer cada vez más, sin ocuparse de los otros, incluso a sus expensas. Esto ofende a Dios y constituye una verdadera idolatría: "Por lo tanto, hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: ...y también la avaricia, que es una forma de idolatría" (1Col. 3,5).

El Profeta Amós, denunciaba a quienes extorsionaban a los pobres: "Falseando las balanzas, especulando o haciendo dinero de todo" (Am.8,5). Isaías lo hacía con aquellos que acaparaban las propiedades (Is.5,5). El texto del Eclesiastés de este domingo cuestiona: "Por qué un hombre que ha trabajado con sabiduría y eficacia tiene que dejar su parte a otro que no hizo ningún esfuerzo" y concluye diciendo: "Esto también es vanidad" (Eclesiastés 2,21-23). En el Nuevo Testamento, Jesús nos enseña que quienes son "amigos del dinero (con avaricia), ponen su corazón en los bienes creados, tomando estos bienes por señores y despreciando al único verdadero Señor, que es Dios" (Mt.6,24).

Estos textos bíblicos tienen mucha actualidad, como todos los temas importantes que tienen que ver con el corazón humano. Esta avaricia también puede ser extensiva no solo al tener, sino al poder. Seguramente la avaricia, es una de las causas principales de la concentración de riquezas y poder en manos de unos pocos, y la creciente marginalidad de muchos hermanos nuestros, incluso del enrarecimiento de la participación ciudadana en nuestra democracia.

Es interesante recordar el texto del Papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica "Ecclesia in América" en donde reflexiona sobre el flagelo que provocó el sistema neoliberal acentuado en la década del 90 y del cual aún no hemos logrado salir, reemplazando con la priorización del trabajo, la multiplicación de formas de asistencialismo: "Cada vez más, en muchos países americanos impera un sistema conocido como "neoliberalismo", este sistema haciendo referencia a una concepción economicista del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del respeto de la persona y de los pueblos... De hecho, los pobres son cada vez más numerosos, víctimas de determinadas políticas y de estructuras frecuentemente injustas" (Ecc.Am. 56).

Si bien es cierto que la avaricia se expresa fuertemente en el problema económico, debemos señalar que en nuestra realidad provincial y nacional, la avaricia del poder está provocando graves daños a nuestra aún endeble democracia. Nadie duda que el mantenerse en el poder y conquistarlo es parte del sistema democrático, pero la avaricia es la sed de concentrar poder, sin ocuparse de la finalidad para lo que se busca alcanzarlo, que es sobretodo el servicio al bien común. Es alarmante ver que hasta se usa y prestan al juego de la avaricia del poder punteros políticos religiosos o pastores, que sin responsabilidad ética dictaminan a sus seguidores a quien tienen que votar o seguir sin respetar la libertad de conciencia en temas optativos que nada tienen que ver con la fe, para conseguir algún beneficio o rédito para hacer proselitismo religioso y económico.

Hace algún tiempo los obispos argentinos hemos pedido actitudes inéditas, que implicaban magnanimidad y grandeza sobre todo en la dirigencia de nuestro país. Todo el recorrido que se haga desde la avaricia política y económica, hacia la solidaridad, traerán frutos de comunión, diálogo, equidad y paz que serán fundamentales para despejar el camino de los problemas graves que nos aquejan.

Quizás en nuestros días nos vamos cargando de tantas cosas innecesarias y no percibimos la enseñanza del Señor, de hacernos pequeños y comprender donde está el verdadero tesoro. El Evangelio de este domingo termina diciendo: "Insensato, hoy vas a morir, ¿y para quién será lo que has amontonado?" (Lc.12,20). Al final seremos pesados por el amor.

¡Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons.Juan Rubén Martínez

 

Cartas del Obispo
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