El Evangelio de
este domingo (Lc. 12,13-21), nos
propone que reflexionemos sobre la avaricia. Jesús
hace una advertencia: "Cuídense de toda avaricia,
porque aún en medio de la abundancia, la vida de un hombre
no está asegurada por su riqueza". En seguida nos
va a proponer la parábola del rico insensato. En el pensamiento
bíblico, la riqueza, lo material y corporal no es algo
malo en sí mismo como en otras visiones filosóficas
o religiosas. Pero en todos sus textos encontramos una clara
advertencia del peligro que pueden ocasionar la riqueza y el
poder, cuando estos caen ante el pecado de avaricia.
El pecado de avaricia
designa la sed de poseer cada vez más, sin ocuparse de
los otros, incluso a sus expensas. Esto ofende a Dios y constituye
una verdadera idolatría: "Por lo tanto, hagan morir
en sus miembros todo lo que es terrenal: ...y también
la avaricia, que es una forma de idolatría" (1Col.
3,5).
El Profeta Amós,
denunciaba a quienes extorsionaban a los pobres: "Falseando
las balanzas, especulando o haciendo dinero de todo" (Am.8,5).
Isaías lo hacía con aquellos que acaparaban las
propiedades (Is.5,5). El texto
del Eclesiastés de este domingo cuestiona: "Por
qué un hombre que ha trabajado con sabiduría y
eficacia tiene que dejar su parte a otro que no hizo ningún
esfuerzo" y concluye diciendo: "Esto también
es vanidad" (Eclesiastés 2,21-23).
En el Nuevo Testamento, Jesús nos enseña que quienes
son "amigos del dinero (con avaricia), ponen su corazón
en los bienes creados, tomando estos bienes por señores
y despreciando al único verdadero Señor, que es
Dios" (Mt.6,24).
Estos textos bíblicos
tienen mucha actualidad, como todos los temas importantes que
tienen que ver con el corazón humano. Esta avaricia
también puede ser extensiva no solo al tener, sino al
poder. Seguramente la avaricia, es una de las causas principales
de la concentración de riquezas y poder en manos de unos
pocos, y la creciente marginalidad de muchos hermanos nuestros,
incluso del enrarecimiento de la participación ciudadana
en nuestra democracia.
Es interesante
recordar el texto del Papa Juan Pablo II en la Exhortación
Apostólica "Ecclesia in América" en
donde reflexiona sobre el flagelo que provocó el sistema
neoliberal acentuado en la década del 90 y del cual aún
no hemos logrado salir, reemplazando con la priorización
del trabajo, la multiplicación de formas de asistencialismo:
"Cada vez más, en muchos países americanos
impera un sistema conocido como "neoliberalismo",
este sistema haciendo referencia a una concepción economicista
del hombre, considera las ganancias y las leyes del mercado
como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad
y del respeto de la persona y de los pueblos... De hecho, los
pobres son cada vez más numerosos, víctimas de
determinadas políticas y de estructuras frecuentemente
injustas" (Ecc.Am. 56).
Si bien es cierto
que la avaricia se expresa fuertemente en el problema económico,
debemos señalar que en nuestra realidad provincial y
nacional, la avaricia del poder está provocando
graves daños a nuestra aún endeble democracia.
Nadie duda que el mantenerse en el poder y conquistarlo es parte
del sistema democrático, pero la avaricia es la sed de
concentrar poder, sin ocuparse de la finalidad para lo que se
busca alcanzarlo, que es sobretodo el servicio al bien común.
Es alarmante ver que hasta se usa y prestan al juego de la avaricia
del poder punteros políticos religiosos o pastores, que
sin responsabilidad ética dictaminan a sus seguidores
a quien tienen que votar o seguir sin respetar la libertad de
conciencia en temas optativos que nada tienen que ver con la
fe, para conseguir algún beneficio o rédito para
hacer proselitismo religioso y económico.
Hace algún
tiempo los obispos argentinos hemos pedido actitudes inéditas,
que implicaban magnanimidad y grandeza sobre todo en la dirigencia
de nuestro país. Todo el recorrido que se haga desde
la avaricia política y económica, hacia la solidaridad,
traerán frutos de comunión, diálogo, equidad
y paz que serán fundamentales para despejar el camino
de los problemas graves que nos aquejan.
Quizás en
nuestros días nos vamos cargando de tantas cosas innecesarias
y no percibimos la enseñanza del Señor, de hacernos
pequeños y comprender donde está el verdadero
tesoro. El Evangelio de este domingo termina diciendo: "Insensato,
hoy vas a morir, ¿y para quién será lo
que has amontonado?" (Lc.12,20).
Al final seremos pesados por el amor.
¡Les
envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons.Juan
Rubén Martínez