El 7 de agosto
hemos celebrado a San Cayetano. En la Argentina, es
la oportunidad que tiene nuestro pueblo para pedir su intercesión
a Dios, por un tema central en la vida de cada persona y familia,
que es el trabajo. También en nuestra Diócesis,
en distintas comunidades hubo celebraciones. He tenido el gozo
de compartir una multitudinaria procesión y Misa en la
Vicaría San Cayetano, de Posadas. Debo decir que siempre
quedo impresionado por la religiosidad y a la vez por la claridad
del mensaje que nos da nuestra gente sobre la importancia que
tiene "el trabajo", en la vida de una sociedad. Estos
mensajes profundos son enviados desde el sentido común
y sensatez que tiene la sabiduría del pueblo.
Lamentablemente
algunos sectores de nuestra dirigencia desconocen o peor desprecian
la lectura de estos acontecimientos, que deberían ser
indicadores para evaluar, corregir y encaminar el rumbo de toda
proyección económica, social, cultural... Hace
varias décadas se ha instalado en muchos "estrategas
de escritorio", una visión donde el trabajo no es
"la clave" de crecimiento. La misma estructuración
de los ministerios no incluye el trabajo en el problema económico.
Paradójicamente se ha dado, que han convivido estadísticas
de crecimiento económico y a la vez de aumento de la
pobreza y exclusión social. Es importante recordar el
documento "Laborem exercens" del Papa Juan Pablo
II, en donde subraya la enseñanza que habitualmente
nos da la doctrina social de la Iglesia, sobre la prioridad
del trabajo, sobre el capital. En sí el capital es válido
e implica un crecimiento genuino, cuando está ligado
al trabajo. En los últimos
años todos sabemos que ha pasado todo lo contrario, en
nuestra Patria no se ha fomentado "la cultura del trabajo",
contradiciendo a generaciones de argentinos, que fueron los
constructores de tantas cosas buenas que tenemos en nuestra
Patria. No faltarán aquellos que mirando algún
aspecto de la realidad y situados en un sector de la misma,
señalen que el mundo de hoy es diferente. Es cierto,
es diferente porque estamos peor, o bien en una crisis más
profunda.
Sin el trabajo
como prioridad, se fue acentuando un mundo, y esto también
en nuestra Patria y Provincia, donde continúa el proceso
de concentración y exclusión. Si bien hemos pedido
en San Cayetano, por los que trabajan, nos preocupan especialmente
aquellos que no lo tienen o bien los que viven de changas, quienes
sobreviven en el mejor de los casos con planes asistenciales,
necesarios para sobrevivir, pero que no ayudan a incluir a los
pobres en un sistema que los promueva en su dignidad como personas
y familias.
A esta altura
de la reflexión, algunos podrán sentir la pregunta:
¿por dónde pasa la esperanza sobre todo para los
cristianos? Para los cristianos, la esperanza no es una ilusión
terrenal, fundamentada en promesas inconsistentes que después
nos llevan necesariamente a la frustración. Desde ya
la esperanza entendemos que es un don sobrenatural y se fundamenta
en la resurrección de Jesucristo (Col.
1,27). Sabemos que en definitiva la vida triunfa
sobre la muerte.La esperanza sobrenatural nos ayuda a entender
que movidos por la gracia, el presente y el futuro, dependen
de la capacidad de compromiso que debemos tener cada uno para
cambiar y mejorar la historia que nos toca vivir. Hoy el mejor
aporte que podemos hacer es colocar nuestros dones al servicio
del bien común, el participar, en no buscar salvarme
solo, sino comprometernos en las salidas comunitarias y en globalizar
la solidaridad.
El pasado 7 de
agosto, hemos pedido y manifestado en San Cayetano, nuestra
preocupación sobre la falta de trabajo en el hogar de
muchos argentinos y misioneros. Queremos tener esperanza; nuestra
esperanza se fundamenta en Jesucristo, el que resucitó,
el único Mesías, el Salvador. Esto nos ayuda a
relativizar mesianismos, de personas y propuestas que tantas
veces las sufrimos como pasajeras y frustrantes. Pero también
esta certeza de la fe, nos ayuda a entender la necesidad de
nuestro protagonismo y compromiso para proyectar un futuro con
esperanza.
¡Un saludo
cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan
Rubén Martínez