Décimo Noveno Domingo del año - 08.08.04

 

El 7 de agosto hemos celebrado a San Cayetano. En la Argentina, es la oportunidad que tiene nuestro pueblo para pedir su intercesión a Dios, por un tema central en la vida de cada persona y familia, que es el trabajo. También en nuestra Diócesis, en distintas comunidades hubo celebraciones. He tenido el gozo de compartir una multitudinaria procesión y Misa en la Vicaría San Cayetano, de Posadas. Debo decir que siempre quedo impresionado por la religiosidad y a la vez por la claridad del mensaje que nos da nuestra gente sobre la importancia que tiene "el trabajo", en la vida de una sociedad. Estos mensajes profundos son enviados desde el sentido común y sensatez que tiene la sabiduría del pueblo.

Lamentablemente algunos sectores de nuestra dirigencia desconocen o peor desprecian la lectura de estos acontecimientos, que deberían ser indicadores para evaluar, corregir y encaminar el rumbo de toda proyección económica, social, cultural... Hace varias décadas se ha instalado en muchos "estrategas de escritorio", una visión donde el trabajo no es "la clave" de crecimiento. La misma estructuración de los ministerios no incluye el trabajo en el problema económico. Paradójicamente se ha dado, que han convivido estadísticas de crecimiento económico y a la vez de aumento de la pobreza y exclusión social. Es importante recordar el documento "Laborem exercens" del Papa Juan Pablo II, en donde subraya la enseñanza que habitualmente nos da la doctrina social de la Iglesia, sobre la prioridad del trabajo, sobre el capital. En sí el capital es válido e implica un crecimiento genuino, cuando está ligado al trabajo. En los últimos años todos sabemos que ha pasado todo lo contrario, en nuestra Patria no se ha fomentado "la cultura del trabajo", contradiciendo a generaciones de argentinos, que fueron los constructores de tantas cosas buenas que tenemos en nuestra Patria. No faltarán aquellos que mirando algún aspecto de la realidad y situados en un sector de la misma, señalen que el mundo de hoy es diferente. Es cierto, es diferente porque estamos peor, o bien en una crisis más profunda.

Sin el trabajo como prioridad, se fue acentuando un mundo, y esto también en nuestra Patria y Provincia, donde continúa el proceso de concentración y exclusión. Si bien hemos pedido en San Cayetano, por los que trabajan, nos preocupan especialmente aquellos que no lo tienen o bien los que viven de changas, quienes sobreviven en el mejor de los casos con planes asistenciales, necesarios para sobrevivir, pero que no ayudan a incluir a los pobres en un sistema que los promueva en su dignidad como personas y familias.

A esta altura de la reflexión, algunos podrán sentir la pregunta: ¿por dónde pasa la esperanza sobre todo para los cristianos? Para los cristianos, la esperanza no es una ilusión terrenal, fundamentada en promesas inconsistentes que después nos llevan necesariamente a la frustración. Desde ya la esperanza entendemos que es un don sobrenatural y se fundamenta en la resurrección de Jesucristo (Col. 1,27). Sabemos que en definitiva la vida triunfa sobre la muerte.La esperanza sobrenatural nos ayuda a entender que movidos por la gracia, el presente y el futuro, dependen de la capacidad de compromiso que debemos tener cada uno para cambiar y mejorar la historia que nos toca vivir. Hoy el mejor aporte que podemos hacer es colocar nuestros dones al servicio del bien común, el participar, en no buscar salvarme solo, sino comprometernos en las salidas comunitarias y en globalizar la solidaridad.

El pasado 7 de agosto, hemos pedido y manifestado en San Cayetano, nuestra preocupación sobre la falta de trabajo en el hogar de muchos argentinos y misioneros. Queremos tener esperanza; nuestra esperanza se fundamenta en Jesucristo, el que resucitó, el único Mesías, el Salvador. Esto nos ayuda a relativizar mesianismos, de personas y propuestas que tantas veces las sufrimos como pasajeras y frustrantes. Pero también esta certeza de la fe, nos ayuda a entender la necesidad de nuestro protagonismo y compromiso para proyectar un futuro con esperanza.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez

Cartas del Obispo
Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya
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