Vigésimo Noveno Domingo del año - 17.10.04

 

El texto del Evangelio de este domingo (Lc. 18,1-8), nos presenta a Jesús enseñando con una parábola que es necesario orar siempre sin desanimarse. Nos dice que si un hombre injusto es capaz de escuchar a quien insiste para no seguir siendo molestado, con cuanta más razón Dios escuchará a sus elegidos que claman a él día y noche.

Si bien es importante tener conciencia que uno de los desafíos que tenemos en este inicio de siglo es el secularismo que concibe la vida humana, personal y social, al margen de Dios y que lleva a una creciente indiferencia religiosa, también hay que señalar que en nuestra realidad, sobre todo en Misiones, hay una fuerte dimensión religiosa y búsqueda de Dios.

Desde ya debemos considerar de gran valor que nuestra gente tenga una fuerte búsqueda de espiritualidad. Pero es cierto que la religiosidad si no asume un camino “de maduración en la fe”, puede quedar anclada en meras devociones, acciones rituales vaciadas de compromisos con la vida y hasta el riesgo de generar desequilibrios afectivos y sicológicos. En este sentido en el documento del Episcopado argentino “Navega mar adentro”, señala en un texto algo que debemos estar especialmente atentos. Hace referencia a los desvíos religiosos provocados por algunas sectas, pero también a posturas parecidas que pueden darse en nuestras comunidades y hasta en sacerdotes y predicadores que no ayudan a “madurar la fe” de nuestro pueblo. Al respecto “Navega mar adentro” nos dice: “El hambre de Dios que tiene nuestro pueblo se ve tentado por una oferta masiva de algunas sectas que presentan la religión como un mero artículo de consumo, y con acciones proselitistas ganan adeptos al proponer una fe individualista, carente de compromisos sociales, estables y solidarios, proclamando una mágica intervención de lo alto que hace prosperar y “sana” (30).

Considero conveniente recordar que la fe para los cristianos está ligada al misterio de la Encarnación y de la Pascua. Esto lo he subrayado en el último encuentro que hemos realizado de la Pastoral de la salud en Villa Cabello en la predicación de la Misa. Es preocupante ver como hay cristianos que vinculan las enfermedades físicas al pecado y al Demonio, acentuado por reuniones litúrgicas en donde Dios obra sanaciones y la salud. Es cierto que Dios puede obrar milagros, pero estos hechos son extraordinarios y tiene poco que ver con estos encuentros de sanación rituales, ordinarias y masivos. Muchas veces la superstición cultural también lleva a considerar “posesiones del demonio y necesidad de exorcismos donde en realidad hay problemas de enfermedades físicas o sicológicas. En todos los casos no respetan la justa autonomía de las realidades naturales que nos señala el Concilio Vaticano II, en la constitución “Gaudium el Spes”. La misma nos dice: “Si por justa autonomía de la realidad terrena se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la reclaman imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues, por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias y “de un orden regulado”, que el hombre debe respetar con el reconocimiento de la metodología particular de cada ciencia o arte... Son, a este respecto, de deplorar ciertas actividades que, por no comprender bien el sentido de la legítima autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre los propios cristianos, actitudes que seguidas de agrias polémicas, indujeron a muchos a establecer una oposición entre la ciencia y la fe” (36).

Considero que debemos meditar seriamente este texto y enseñanza del Concilio, ya que en la acción evangelizadora de la Iglesia, no podemos asumir recursos efectistas o bien proselitistas para sumar gente. El anuncio evangelizador para que sea salvífico requerirá siempre, no eludir la Pascua o sea el valor del sufrimiento y de la cruz para encaminarnos a la vida nueva de los hijos de Dios. En mi vida sacerdotal me ha tocado acompañar a muchos enfermos que estaban en estado de gracia y siguieron estando enfermos y nunca he dudado y ellos tampoco, que su sufrimiento tenía un sentido redentor. En todo caso siempre debe quedar claro que nuestra oración por los enfermos y la sanación espiritual que realizamos respetan la autonomía del orden natural y que los milagros que Dios puede obrar son hechos extraordinarios y poco tienen que ver con la fe de la Iglesia estas sanaciones mediáticas y masivas.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez

 

Cartas del Obispo
Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya
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