El texto del Evangelio
de este domingo (Lc. 18,1-8), nos
presenta a Jesús enseñando con una parábola
que es necesario orar siempre sin desanimarse. Nos dice que
si un hombre injusto es capaz de escuchar a quien insiste para
no seguir siendo molestado, con cuanta más razón
Dios escuchará a sus elegidos que claman a él
día y noche.
Si bien es importante
tener conciencia que uno de los desafíos que tenemos
en este inicio de siglo es el secularismo que concibe la vida
humana, personal y social, al margen de Dios y que lleva a una
creciente indiferencia religiosa, también hay que señalar
que en nuestra realidad, sobre todo en Misiones, hay una fuerte
dimensión religiosa y búsqueda de Dios.
Desde ya debemos
considerar de gran valor que nuestra gente tenga una fuerte
búsqueda de espiritualidad. Pero es cierto que la religiosidad
si no asume un camino “de maduración en la fe”,
puede quedar anclada en meras devociones, acciones rituales
vaciadas de compromisos con la vida y hasta el riesgo de generar
desequilibrios afectivos y sicológicos. En este sentido
en el documento del Episcopado argentino “Navega mar
adentro”, señala en un texto algo que debemos
estar especialmente atentos. Hace referencia a los desvíos
religiosos provocados por algunas sectas, pero también
a posturas parecidas que pueden darse en nuestras comunidades
y hasta en sacerdotes y predicadores que no ayudan a “madurar
la fe” de nuestro pueblo. Al respecto “Navega mar
adentro” nos dice: “El hambre de Dios que tiene
nuestro pueblo se ve tentado por una oferta masiva de algunas
sectas que presentan la religión como un mero artículo
de consumo, y con acciones proselitistas ganan adeptos al proponer
una fe individualista, carente de compromisos sociales, estables
y solidarios, proclamando una mágica intervención
de lo alto que hace prosperar y “sana” (30).
Considero conveniente
recordar que la fe para los cristianos está ligada al
misterio de la Encarnación y de la Pascua. Esto lo he
subrayado en el último encuentro que hemos realizado
de la Pastoral de la salud en Villa Cabello en la predicación
de la Misa. Es preocupante ver como hay cristianos que vinculan
las enfermedades físicas al pecado y al Demonio, acentuado
por reuniones litúrgicas en donde Dios obra sanaciones
y la salud. Es cierto que Dios puede obrar milagros, pero estos
hechos son extraordinarios y tiene poco que ver con estos encuentros
de sanación rituales, ordinarias y masivos. Muchas veces
la superstición cultural también lleva a considerar
“posesiones del demonio y necesidad de exorcismos donde
en realidad hay problemas de enfermedades físicas o sicológicas.
En todos los casos no respetan la justa autonomía de
las realidades naturales que nos señala el Concilio Vaticano
II, en la constitución “Gaudium el Spes”.
La misma nos dice: “Si por justa autonomía de la
realidad terrena se quiere decir que las cosas creadas y la
sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre
ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente
legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo
que la reclaman imperiosamente los hombres de nuestro tiempo.
Es que además responde a la voluntad del Creador. Pues,
por la propia naturaleza de la creación, todas las cosas
están dotadas de consistencia, verdad y bondad propias
y “de un orden regulado”, que el hombre debe respetar
con el reconocimiento de la metodología particular de
cada ciencia o arte... Son, a este respecto, de deplorar ciertas
actividades que, por no comprender bien el sentido de la legítima
autonomía de la ciencia, se han dado algunas veces entre
los propios cristianos, actitudes que seguidas de agrias polémicas,
indujeron a muchos a establecer una oposición entre la
ciencia y la fe” (36).
Considero que debemos
meditar seriamente este texto y enseñanza del Concilio,
ya que en la acción evangelizadora de la Iglesia, no
podemos asumir recursos efectistas o bien proselitistas para
sumar gente. El anuncio evangelizador para que sea salvífico
requerirá siempre, no eludir la Pascua o sea el valor
del sufrimiento y de la cruz para encaminarnos a la vida nueva
de los hijos de Dios. En mi vida sacerdotal me ha tocado acompañar
a muchos enfermos que estaban en estado de gracia y siguieron
estando enfermos y nunca he dudado y ellos tampoco, que su sufrimiento
tenía un sentido redentor. En todo caso siempre debe
quedar claro que nuestra oración por los enfermos y la
sanación espiritual que realizamos respetan la autonomía
del orden natural y que los milagros que Dios puede obrar son
hechos extraordinarios y poco tienen que ver con la fe de la
Iglesia estas sanaciones mediáticas y masivas.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan
Rubén Martínez