En
el texto del Evangelio de este domingo (Lc.
18, 9-14), el Señor nos presenta la parábola
del fariseo y el publicano. San Lucas hace una apreciación
sobre quienes eran los fariseos: “Algunos que se tenían
por justos y despreciaban a los demás” (Lc.
18,9).
Leyendo
la Palabra de Dios notamos que los fariseos eran gente que tenían
un gran celo por la ley (Mt. 23,15)
y solicitud por la perfección y la pureza (Mt.
5,20), pero se ataban a las tradiciones rigoristas y
humanas que los hacían cometer excesos, despreciaban
a los ignorantes en nombre de su propia justicia (Lc.
18,11), impedían el contacto con los pecadores
y publicanos, limitando así su horizonte relacionado
al amor de Dios y a los hermanos, caracú y clave de comprensión
de la Palabra de Dios. Creo que es conveniente que leamos detenidamente
la parábola de este domingo, porque en ella encontramos
elementos profundos y necesarios en la espiritualidad y religiosidad
del cristiano.
El
fariseísmo tiene grandes similitudes con lo que hoy llamamos
“fundamentalismos” o bien “integrismos”.
En general su error consiste en absolutizar su postura y condenar
al que piensa distinto.
En
nuestro tiempo hay diversas formas de fundamentalismos, algunos
de ellos lo son aunque en la apariencia se presentan como los
adalides de la libertad y el pluralismo. Hace algunos días
me impresionó el escándalo mediático que
se armó a partir de algunas declaraciones hechas en España
por Valeria Maza, quien opinó que no le parecía
natural que dos personas del mismo sexo realicen adopciones
de hijos. Inmediatamente provocó la reacción de
conocidos periodistas, organizaciones y poderosos medios comunicacionales,
condenándola de fachista, discriminadora y otros varios
adjetivos. Lo notable es que en nombre de la “no discriminación”,
se usa como metodología “la condena”, la
reacción corporativa de algunos medios, la rotulación
de conservadores, tradicionalistas, retrógrados... ¿Esta
metodología usada por cierto poder comunicacional y económico
es democrática y pluralista o todo por el contrario se
identifica con aquello que critica? Lo llamativo es que a pesar
de la influencia mediática y agresiva, la mayor parte
de nuestra gente sigue opinando como Valeria Maza, considerando
que no es natural que dos personas del mismo sexo realicen adopciones.
Estas actitudes autoritarias en nombre del pluralismo, también
es una forma de fundamentalismo.
También
hay grupos fundamentalistas o integristas en el mundo cristiano.
Hay grupos religiosos que tienden a considerar endemoniados
a aquellos que no piensan como ellos. Utilizan el temor y la
condena para realizar proselitismo. Realizan como dice la gente
“lavado de cerebro”. Sin problemas tratan de manejar
la conciencia de la gente. Estos grupos atentan contra la dignidad
humana y crecen a veces apoyados por intereses circunstanciales,
políticos, electorales... sin prever que los fundamentalismos
siempre dañan personas y complican el futuro.
Estas
tentaciones fundamentalistas están presentes en diversos
grupos religiosos y lamentablemente también en grupos
que están en la misma Iglesia. Cuantas veces en nombre
de la pureza doctrinal o de una mala entendida opinión
por los pobres, hay cristianos “que se tienen por justos
y desprecian a los demás” (Lc.
18,9).
Al
finalizar esta reflexión quiero que pongamos la mirada
en la actitud del publicano de la parábola que “manteniéndose
a distancia, no se animaba siquiera a levantar los ojos al cielo,
sino que se golpeaba el pecho, diciendo ¡Dios mío,
ten piedad de mí, que soy un pecador” (Lc.
18,13).
Necesitamos
ser constructores de la paz y de una sociedad más creíble.
En este domingo la Palabra de Dios nos señala el valor
de la humildad como el camino para poder lograrlo. Los fundamentalismos
por su idealismo y soberbia siempre son generadores de violencia
y en el corazón ambicioso, la humildad es una palabra
en el destierro. Sin embargo, los que sepan comprender el valor
de la humildad y la pongan en práctica serán los
constructores de una sociedad mejor.
¡Un
saludo cercano de su obispo y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez