En algunas oportunidades
escuchamos expresiones como: “Este hombre es imposible que
cambie”. Seguramente si profundizamos en el fundamento de
semejante afirmación podremos captar algunas de sus razones;
su historia personal y familiar, un pasado turbulento, la dureza
de corazón, ... Sin embargo, tenemos que responder categóricamente,
que cerrar la posibilidad de cambio o conversión a una
persona es un error y por supuesto no es cristiano. Todo hombre
o mujer, por más que hayan cometido el peor de los delitos
o tengan los peores pecados, pueden convertirse a Dios y cambiar
sus actitudes con sus hermanos y esto hasta el último minuto
de su vida.
El Evangelio de este
domingo nos presenta la conversión de Zaqueo (Lc.
19, 1-10). San Lucas nos vuelve a presentar a un publicano
de nombre Zaqueo. Seguramente un hombre poco escrupuloso en los
negocios y el texto nos dice que tenía muchas riquezas
y que era el jefe de los publicanos. Zaqueo deseó la conversión
y Jesús miró su corazón: “Señor,
ahora mismo voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si
he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más”
(Lc.19,8). El Señor no tuvo reparo en alojarse
en su casa, anunciándole que le había llegado la
salvación.
Al comentar este
relato de la conversión de Zaqueo, no dudo en aplicar este
texto a nuestra sociedad y época. No podemos salir de los
males que nos aquejan si no entendemos la centralidad de la profunda
falta de conciencia moral que padecemos en nuestra Patria y Provincia.
Creo conveniente citar un texto del Papa Juan Pablo II, en Ecclesia
in America, que nos habla sobre el flagelo de la corrupción
en el continente y que refleja que en los próximos años
deberemos insistir en una profunda catequesis social, debido a
la falta de conciencia moral, en orden a mejorar nuestra condición
de ciudadanos y democracia. El Papa nos dice: “La corrupción,
frecuentemente presente entre las causas de la agobiante deuda
externa, es un problema grave que debe ser considerado atentamente.
La corrupción “sin guardar límites afecta
a las personas, a las estructuras públicas y privadas de
poder y a las clases dirigentes. Se trata de una situación
que favorece la impunidad y el enriquecimiento ilícito,
la falta de confianza con respecto las instituciones políticas,
sobre todo en la administración de la justicia y en la
inversión pública, no siempre clara, igual y eficaz
para todos”. A este propósito, deseo recordar cuando
escribí en el Mensaje para la jornada mundial de la paz
de 1998 que la lacra de la corrupción ha de ser denunciada
y combatida con valentía por quienes detentan la autoridad
y con la colaboración generosa de todos los ciudadanos,
sostenidos por una fuerte conciencia moral” (23).
Este texto se identifica
con nuestra realidad y nos exhorta a corregir este flagelo social.
Como cristianos debemos insistir en la necesidad de cambiar y
convertir los egoísmos que nos van extinguiendo, por actitudes
solidarias que oxigenen nuestro tiempo y nos permitan irrumpir
con gestos de diálogo, escucha, perdón y de justicia,
sobre todo con los que por su debilidad sufren más.
Quizá sirva
hacernos estas preguntas: ¿Es utópico creer que
saldremos de la crisis reclamando un cambio de corazón,
sobre todo de la dirigencia?; ¿Es utópico creer
que podremos salir de la crisis, sin la necesidad de cambiar tantas
formas de corrupción social que están generalizadas
en nuestra Patria y Provincia?
Podemos afirmar claramente
que sin sentido ético nuestra crisis de la que aún
no hemos salido se profundizará y que nuestros esfuerzos
y sueños tendrán pies de barro. Apostarle a la reflexión
y a la búsqueda de caminos de conversión personal
y social, es apostarle a la esperanza.
El jefe de los publicanos,
Zaqueo percibió que la salvación llegaba convirtiéndose
a Dios y tratando de reparar el daño que hizo, sobre todo
percibió la mirada misericordiosa de Jesucristo, quien
le dijo que “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar
lo que estaba perdido” (Lc. 19,10).
Quizá los
argentinos también percibamos la necesidad de convertir
nuestros corazones y de corregir nuestras estructuras, para que
funcionen en orden al bien común y logremos una justicia
creíble. Si esto pasa, seguramente nosotros también
podremos escuchar con gozo la frase del Señor: “Hoy
nos ha llegado la salvación”.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan
Rubén Martínez