Trigésimo Primer Domingo del año - 31.10.04

 

En algunas oportunidades escuchamos expresiones como: “Este hombre es imposible que cambie”. Seguramente si profundizamos en el fundamento de semejante afirmación podremos captar algunas de sus razones; su historia personal y familiar, un pasado turbulento, la dureza de corazón, ... Sin embargo, tenemos que responder categóricamente, que cerrar la posibilidad de cambio o conversión a una persona es un error y por supuesto no es cristiano. Todo hombre o mujer, por más que hayan cometido el peor de los delitos o tengan los peores pecados, pueden convertirse a Dios y cambiar sus actitudes con sus hermanos y esto hasta el último minuto de su vida.

El Evangelio de este domingo nos presenta la conversión de Zaqueo (Lc. 19, 1-10). San Lucas nos vuelve a presentar a un publicano de nombre Zaqueo. Seguramente un hombre poco escrupuloso en los negocios y el texto nos dice que tenía muchas riquezas y que era el jefe de los publicanos. Zaqueo deseó la conversión y Jesús miró su corazón: “Señor, ahora mismo voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más” (Lc.19,8). El Señor no tuvo reparo en alojarse en su casa, anunciándole que le había llegado la salvación.

Al comentar este relato de la conversión de Zaqueo, no dudo en aplicar este texto a nuestra sociedad y época. No podemos salir de los males que nos aquejan si no entendemos la centralidad de la profunda falta de conciencia moral que padecemos en nuestra Patria y Provincia. Creo conveniente citar un texto del Papa Juan Pablo II, en Ecclesia in America, que nos habla sobre el flagelo de la corrupción en el continente y que refleja que en los próximos años deberemos insistir en una profunda catequesis social, debido a la falta de conciencia moral, en orden a mejorar nuestra condición de ciudadanos y democracia. El Papa nos dice: “La corrupción, frecuentemente presente entre las causas de la agobiante deuda externa, es un problema grave que debe ser considerado atentamente. La corrupción “sin guardar límites afecta a las personas, a las estructuras públicas y privadas de poder y a las clases dirigentes. Se trata de una situación que favorece la impunidad y el enriquecimiento ilícito, la falta de confianza con respecto las instituciones políticas, sobre todo en la administración de la justicia y en la inversión pública, no siempre clara, igual y eficaz para todos”. A este propósito, deseo recordar cuando escribí en el Mensaje para la jornada mundial de la paz de 1998 que la lacra de la corrupción ha de ser denunciada y combatida con valentía por quienes detentan la autoridad y con la colaboración generosa de todos los ciudadanos, sostenidos por una fuerte conciencia moral” (23).

Este texto se identifica con nuestra realidad y nos exhorta a corregir este flagelo social. Como cristianos debemos insistir en la necesidad de cambiar y convertir los egoísmos que nos van extinguiendo, por actitudes solidarias que oxigenen nuestro tiempo y nos permitan irrumpir con gestos de diálogo, escucha, perdón y de justicia, sobre todo con los que por su debilidad sufren más.

Quizá sirva hacernos estas preguntas: ¿Es utópico creer que saldremos de la crisis reclamando un cambio de corazón, sobre todo de la dirigencia?; ¿Es utópico creer que podremos salir de la crisis, sin la necesidad de cambiar tantas formas de corrupción social que están generalizadas en nuestra Patria y Provincia?

Podemos afirmar claramente que sin sentido ético nuestra crisis de la que aún no hemos salido se profundizará y que nuestros esfuerzos y sueños tendrán pies de barro. Apostarle a la reflexión y a la búsqueda de caminos de conversión personal y social, es apostarle a la esperanza.

El jefe de los publicanos, Zaqueo percibió que la salvación llegaba convirtiéndose a Dios y tratando de reparar el daño que hizo, sobre todo percibió la mirada misericordiosa de Jesucristo, quien le dijo que “el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido” (Lc. 19,10).

Quizá los argentinos también percibamos la necesidad de convertir nuestros corazones y de corregir nuestras estructuras, para que funcionen en orden al bien común y logremos una justicia creíble. Si esto pasa, seguramente nosotros también podremos escuchar con gozo la frase del Señor: “Hoy nos ha llegado la salvación”.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez

Cartas del Obispo
Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya
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