La Palabra de Dios
de este domingo, tanto en el Evangelio (Lc.
21,5-19), como en la primera lectura de Malaquías
(3,19-20), hacen referencia
a temas que en los textos bíblicos hablan del “Día
de Yahvé, el último día”, la segunda
venida de Jesucristo (la Parusía) o bien como escuchamos
habitualmente “el fin del mundo”. Es importante que
profundicemos en cómo entendemos los cristianos este tema,
ya que no es lo mismo si al final del camino no hay nada, ni nadie
que nos espere o si en la meta de la existencia hay una Presencia
y un abrazo. “Peregrinar la vida, engendrar y educar hijos,
construir historia, apostar al amor y forjar futuro, no tienen
los mismos motivos si el vacío lo ha de devorar todo o
si al final nos espera Alguien” (Jesucristo Señor
de la Historia 15).
Debemos reconocer
que sometidos a tantas situaciones difíciles de la vida
diaria, problemas económicos, sociales, culturales, o bien
los más inmediatos que hay que resolver, parece “no
aterrizado” reflexionar sobre “la vida eterna”
y los mismos cristianos podemos desestimar la importancia de si
nuestra vida continuará o no cuando muramos, o bien la
importancia de la resurrección. Sin embargo hay que señalar
definitivamente que de estos “contenidos de la fe”,
depende la manera de asumir el compromiso histórico en
nuestra vida. Lamentablemente la mayoría que dice creer
en la vida eterna, no tiene en cuenta las consecuencias que esto
implica en la vida práctica. Es algo semejante a nuestro
secularismo latinoamericano. Creemos en Dios pero de hecho obramos
con una especie de ateismo práctico, como que nuestra fe
no se traduce en valores que sustenten nuestro accionar. Podríamos
decir que por no considerar que “al final nos espera Alguien”,
nos sumergimos en una práctica con profundas rupturas entre
la fe y la vida, la fe y nuestros criterios y la fe y la cultura
que construimos.
También nos
encontramos con lo contrario. Algunos cristianos y otras creencias,
acentúan la vida eterna, el fin del mundo de tal manera
que los alienan y no los lleva a comprometerse con la historia,
ni los mueve a transformar con la vida, los criterios y valores
de nuestro tiempo. A veces encontramos a algunos cargados de devociones,
novenarios y otros ritos conviviendo con una profunda omisión
del Evangelio, de la reconciliación y el perdón,
del poner la otra mejilla, del reconocer en el pobre, el preso
y el hambriento al mismo Jesús.
Por todo esto es
fundamental que los cristianos renovemos nuestra fe y comprensión
sobre el sentido de la historia y la causa de nuestra esperanza,
que es Jesucristo, el Señor. “La situación
cultural actual, crecientemente plural, nos invita a redescubrir
la originalidad del mensaje Judeo-cristiano sobre la historia:
un camino personal y comunitario, con origen, sentido y plenitud
final en Dios” (Jesucristo Señor de la Historia 15).
Cuando profundizamos
nuestra comprensión sobre el sentido, el por que y para
que de nuestra vida, nos damos cuenta que el tiempo que Dios nos
regala está cargado de sentido, porque todos tenemos una
vocación o sea un llamado y una misión: “los
cristianos encontramos en nuestra fe un nuevo motivo para trabajar
en la edificación de un mundo más humano”
(J.S.H. 16).
No quiero terminar
esta reflexión sin recordar que el próximo domingo
21 nos encontraremos en Loreto, centro de espiritualidad
y peregrinación, para celebrar en la Misa de las 10 horas
a nuestros Mártires de las Misiones. Como Diócesis
peregrinaremos desde todos los rincones y nos encontraremos en
el camino de la Historia vivida, de nuestro presente exigente,
pero lleno de Vida que nos ubica en este inicio de siglo. Celebraremos
la Comunión en Cristo, la preparación al Sínodo
para nuestro año jubilar. Como peregrinos de esta historia
que caminamos en nuestra Diócesis de Posadas, nos queremos
comprometer en la construcción de una sociedad mejor, porque
tenemos la certeza que al final “nos espera Alguien”.
¡Les envío
un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan
Rubén Martínez