Trigésimo Tercer Domingo del Año - 14.11.04

 

La Palabra de Dios de este domingo, tanto en el Evangelio (Lc. 21,5-19), como en la primera lectura de Malaquías (3,19-20), hacen referencia a temas que en los textos bíblicos hablan del “Día de Yahvé, el último día”, la segunda venida de Jesucristo (la Parusía) o bien como escuchamos habitualmente “el fin del mundo”. Es importante que profundicemos en cómo entendemos los cristianos este tema, ya que no es lo mismo si al final del camino no hay nada, ni nadie que nos espere o si en la meta de la existencia hay una Presencia y un abrazo. “Peregrinar la vida, engendrar y educar hijos, construir historia, apostar al amor y forjar futuro, no tienen los mismos motivos si el vacío lo ha de devorar todo o si al final nos espera Alguien” (Jesucristo Señor de la Historia 15).

Debemos reconocer que sometidos a tantas situaciones difíciles de la vida diaria, problemas económicos, sociales, culturales, o bien los más inmediatos que hay que resolver, parece “no aterrizado” reflexionar sobre “la vida eterna” y los mismos cristianos podemos desestimar la importancia de si nuestra vida continuará o no cuando muramos, o bien la importancia de la resurrección. Sin embargo hay que señalar definitivamente que de estos “contenidos de la fe”, depende la manera de asumir el compromiso histórico en nuestra vida. Lamentablemente la mayoría que dice creer en la vida eterna, no tiene en cuenta las consecuencias que esto implica en la vida práctica. Es algo semejante a nuestro secularismo latinoamericano. Creemos en Dios pero de hecho obramos con una especie de ateismo práctico, como que nuestra fe no se traduce en valores que sustenten nuestro accionar. Podríamos decir que por no considerar que “al final nos espera Alguien”, nos sumergimos en una práctica con profundas rupturas entre la fe y la vida, la fe y nuestros criterios y la fe y la cultura que construimos.

También nos encontramos con lo contrario. Algunos cristianos y otras creencias, acentúan la vida eterna, el fin del mundo de tal manera que los alienan y no los lleva a comprometerse con la historia, ni los mueve a transformar con la vida, los criterios y valores de nuestro tiempo. A veces encontramos a algunos cargados de devociones, novenarios y otros ritos conviviendo con una profunda omisión del Evangelio, de la reconciliación y el perdón, del poner la otra mejilla, del reconocer en el pobre, el preso y el hambriento al mismo Jesús.

Por todo esto es fundamental que los cristianos renovemos nuestra fe y comprensión sobre el sentido de la historia y la causa de nuestra esperanza, que es Jesucristo, el Señor. “La situación cultural actual, crecientemente plural, nos invita a redescubrir la originalidad del mensaje Judeo-cristiano sobre la historia: un camino personal y comunitario, con origen, sentido y plenitud final en Dios” (Jesucristo Señor de la Historia 15).

Cuando profundizamos nuestra comprensión sobre el sentido, el por que y para que de nuestra vida, nos damos cuenta que el tiempo que Dios nos regala está cargado de sentido, porque todos tenemos una vocación o sea un llamado y una misión: “los cristianos encontramos en nuestra fe un nuevo motivo para trabajar en la edificación de un mundo más humano” (J.S.H. 16).

No quiero terminar esta reflexión sin recordar que el próximo domingo 21 nos encontraremos en Loreto, centro de espiritualidad y peregrinación, para celebrar en la Misa de las 10 horas a nuestros Mártires de las Misiones. Como Diócesis peregrinaremos desde todos los rincones y nos encontraremos en el camino de la Historia vivida, de nuestro presente exigente, pero lleno de Vida que nos ubica en este inicio de siglo. Celebraremos la Comunión en Cristo, la preparación al Sínodo para nuestro año jubilar. Como peregrinos de esta historia que caminamos en nuestra Diócesis de Posadas, nos queremos comprometer en la construcción de una sociedad mejor, porque tenemos la certeza que al final “nos espera Alguien”.

¡Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez


Cartas del Obispo
Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya
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