Los terceros domingos
de noviembre son especialmente significativos para nuestra Diócesis.
Celebramos la memoria de tantos hombres y mujeres que evangelizaron
en estas tierras, como los mártires Roque González
de Santa Cruz, Alonso Rodríguez y Juan del Castillo, o
bien el P. Antonio Ruiz de Montoya, que junto a miles de indígenas
vivieron una experiencia inédita en las comunidades fundadas
y que en nuestra Diócesis fueron once. En este domingo
celebramos a Jesucristo, Rey del Universo y nosotros sabemos que
el ejemplo de estos misioneros nos ayudan a comprender mejor en
nuestros días que si anunciamos bien a Cristo, ninguna
cultura queda anulada, sino que “inculturar el Evangelio”,
siempre plenifica a los pueblos y las personas en su dignidad.
En Loreto alimentamos nuestro ánimo en la memoria, para
fortalecernos ante los desafíos del presente y caminar
en este inicio del siglo XXI en la esperanza.
Como todos sabemos,
la primera fundación de San Ignacio Miní y Loreto
fue en el Guayrá. En el 1er. tomo de “Historia de
la Iglesia Católica” en Misiones, escrito por la
historiadora Alba Celina Etorena de Freaza nos narra parte de
una carta del P. Diego de Torres el 15 de febrero de 1612, informando
sobre los trabajos para fundar San Ignacio Miní y Loreto:
...”Los dos misioneros subieron río arriba, a quienes
salieron al encuentro muchos indígenas de diversas naciones
en sus canoas, que cada uno apetecía y pedía que
los Padres fuesen a su tierra; más ellos tomaron un muy
buen acuerdo y fue ir a buscar por el río las mejores y
espaciosas tierras y, hallándolas cuáles las buscaban,
hicieron alto y tomaron asiento en Pirapó, de donde enviaron
a llamar a los indios circunvecinos, que se viniesen a poblar
allí; porque hasta el Pirapó se puede ir con canoa
y balsa muy seguramente y sin riesgo, y de allí hacia arriba,
lo hay más grande por los arrecifes y saltos del río.
Varios caciques desde el primer momento se apalabraron y dieron
su nombre para hacer dos pueblos, uno en el mismo Pirapó,
de tres mil indígenas que contando con las mujeres e hijos,
son diez y ocho mil almas, y luego río arriba como ocho
leguas se había de poblar otro pueblo de otros dos mil
indígenas, que serán de doce mil almas y es tanta
la gente de la circunvecina que piden sacerdotes, que me envió
a pedir el P. Joseh (Cataldino) para otras tantas reducciones,
otros seis padres. Yo he enviado dos...”. Los padres Jesuitas
habían conseguido directamente del Rey de España
el favor (decreto) que ningún español, ni gobernante,
comerciante, militar o civil se metiesen con las reducciones seguramente
porque sabían que muchos de ellos pretendían aprovecharse
o someter a las comunidades indígenas para sus intereses
y explotaciones comerciales.
La narración
histórica citada sigue diciendo: “Lamentablemente
estos trece pueblos debieron trasmigrar al sur por el ataque de
los bandeirantes de San Pablo dirigidos por Reposo Tavares que
“contaba con la complicidad del nuevo gobernador del Paraguay”
Luis de Céspedes casado con una portuguesa. El P. Ruiz
de Montoya logró salvar de la destrucción 12.000
indios que fueron conducidos en el llamado “Éxodo
guayreño”. A pie, en jungadas y precarias embarcaciones
cruzaron las Cataratas del Guayrá, por el río Paraná,
en jornadas memorables ocurridas en 1631. En la Provincia de Misiones
refundaron en 1632 los pueblos de San Ignacio Miní y Loreto,
junto al Yabebirí”.
Este fin de semana
vamos hacia Loreto varios siglos después. Desde distintos
lugares de nuestra Provincia, caminando, en bicicletas u otras
movilidades. Hoy como ayer, queremos ir armando “nuestro
centro de espiritualidad y peregrinación de la Diócesis”.
En Loreto queremos renovar nuestro compromiso de evangelizar en
este siglo en que nos iniciamos.
Hoy como ayer debemos
tener conciencia de optar por los más pobres, como San
Roque González o bien el P. Antonio Ruiz de Montoya que
privilegiaron a sus hermanos indígenas cuando empezaban
a padecer las injusticias de muchos europeos que se instalaban
en nuestro continente. Hoy como ayer, sin un compromiso serio
que busque incluir a los más pobres en la evangelización
de esta cultura marginamos al mismo Cristo, el Señor de
la Historia. Por todo esto, en este tercer domingo de noviembre
y en cada peregrinación que hagamos durante el año
a Loreto, celebramos la esperanza.
¡Un saludo
cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan
Rubén Martínez