Primer Domingo de Adviento - 28.11.04

 

Estamos iniciando el tiempo del adviento o sea de preparación para celebrar la Navidad. Desde ya que todos sentimos el cansancio del fin de un año que se nos presentó en muchos aspectos difícil y exigente. En este contexto la liturgia del adviento nos invita a animarnos en la esperanza.

El Evangelio de este domingo (Mt. 24,37-44), nos exhorta a la vigilancia y a la fidelidad: “Estén prevenidos, porque ustedes no saben que día vendrá su Señor. Entiéndalo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada” (42,44).

La liturgia del adviento subraya el sentido pleno de la esperanza cristiana, la esperanza “escatológica”, la del final de los tiempos, pero de ninguna manera esta perspectiva que nos hace reclamar: “Ven Señor Jesús”, nos deja en la pasividad. Esto sería una esperanza alienante y la esperanza cristiana por el contrario nos exige comprometernos con el presente y evangelizar nuestra cultura y nuestro tiempo.

Aunque no claudicamos en la esperanza y creemos que las cosas pueden mejorar, si mejoramos nosotros y nos convertimos a Dios y a algunos valores indispensables como la verdad y la justicia, no podemos dejar de tener los pies en la tierra y ser claro con los problemas que deberemos enfrentar. La deuda social y la pobreza creciente, siguen siendo un flagelo en nuestro país y provincia.

En esta reflexión quiero compartir un comentario que me hizo una señora que ignoro quien es y si bien no creo que haya sido hecho con maldad, expresa el racismo y la actitud que tiene un segmento importante de nuestra sociedad. Estando en Loreto, momento lleno de gozo de la peregrinación, una fiesta de la fe, nos acompañó un grupo de unos 300 indígenas que participaron de la peregrinación. Una señora se acercó y me dijo: “Monseñor qué puede hacer para que estas mujeres (las indígenas), tengan menos hijos, porque que vamos a hacer con tantos indígenas después”. El comentario es revelador y expresa el pensamiento de muchos en nuestra sociedad.

Literalmente podremos hacer el paralelo con los muchos funcionarios, organizaciones... anteproyectos propuestos por algunos de nuestros diputados... quienes afirman habitualmente “que podemos hacer para que las madres pobres tengan menos hijos, porque que vamos a hacer con tantos pobres después”. Desde ya que en el primer caso la fecundidad de las madres indígenas les ha permitido sobrevivir y perdurar en la historia, quizá simplemente “vivir”. Con respecto a las “madres pobres”, habrá que responder que la pobreza no se soluciona con “ligadura de trompas” u otros instrumentos contra la ecología humana, sino con mayor equidad y justicia social. En esto se pondrá en juego el bien común y la esperanza.

Mirando la información emitida por el área de estudios sociales de Cáritas Nacional, me impresionaban los datos sacados de INDEC (Instituto Nacional de Estadística y Censos). Entre mucha otra información, señalaba que en el primer semestre de 2004 la población que está por debajo de la línea de pobreza es de 16,3 millones de personas o sea el 44,3% de la población y que en referencia al tema de la salud, casi 20 millones de argentinos, el 55% de la población, carece de obras sociales y tienen como única alternativa el hospital público. En ausencia de datos directos sobre la desnutrición, el indicador oficial indirecto es la cantidad de personas u hogares que se encuentran bajo la línea de indigencia. Es decir, hay alrededor de 6,3 millones de personas que potencialmente padecen de desnutrición o enfermedades vinculadas con ella. La organización mundial de la salud en un reciente informe de su programa de nutrición explica que el retraso en el crecimiento de los niños afectados por la indigencia se produce en los primeros tres años de vida y permanece la vida entera.

Esta es nuestra realidad en la Argentina y las provincias del NEA que están siempre encabezando la mayoría de estos datos. La pobreza y la falta de equidad, el egoísmo y la falta del sentido del bien común están en la raíz de nuestros males. En este domingo de adviento la Palabra de Dios nos exhorta a que estemos prevenidos, porque el Señor vendrá a la hora menos pensada. Evidentemente nuestra sociedad necesita convertirse al bien común y a la justicia. La esperanza cristiana nos impulsa a sentirnos responsables para revertir este flagelo de la pobreza.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez

Cartas del Obispo
Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya
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