Carta cuaresmal del Obispo de Posadas – 27.02.05 (última parte)
El Discipulado – maduración en la fe
(continuación)

 

La eucaristía en donde actualizamos el misterio pascual, “la Misa” que celebramos no es algo distante. En el ofertorio llevamos junto al pan y el vino, nuestras propias vidas, nuestros gozos y dolores. Por eso el sacerdote realiza esta oración sobre las ofrendas: “Oremos hermanos, para que llevando al altar los gozos y las fatigas de cada día, nos dispongamos a ofrecer el sacrificio agradable a Dios, Padre todopoderoso. Y el pueblo responde: el Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de su nombre, para nuestro bien y el de toda su Santa Iglesia”.

En estos comentarios pastorales sobre el discipulado cristiano como camino de conversión a Jesucristo, quiero subrayar la importancia de tener en cuenta esta dimensión pascual de nuestra fe sobre todo porque nuestro tiempo que se presenta consumista y “light” rechaza como un “tabú”, el sufrimiento humano, e ilusoriamente trata de eludirlo llevando muchas veces a la gente al abismo y a la depresión, a “la soledad vacía”, a la que lleva una vida sin compromisos o bien a la pérdida del sentido de la vida.

En este camino de maduración de la fe transitamos por la necesidad de ir pasando de una fe acentuadamente sensible a una fe más personal y pascual o bien “eucarística”. Desde ya que la misma eucaristía requiere la profundización de la donación en el Amor, en la Comunión y por lo tanto en la dimensión eclesial.

En esta carta solo quiero que estas líneas sirvan para realizar un examen de conciencia cuaresmal y nos lleve a preguntar como estamos viviendo nuestra fe en Jesucristo, el Señor. El discipulado cristiano no es un camino individualista de perfección. El amor a Dios y a los hermanos, a los enemigos y a los más pobres son la medida para evaluar si estamos en el camino del discipulado de Jesucristo o vamos por otro camino. En relación al amor a los hermanos que reclama cada eucaristía quiero recordar nuevamente el signo de conversión de nuestra colecta cuaresmal del 1%, que este año se realizará el fin de semana del 5 y 6 de marzo. La comunión de nuestros bienes solo tendrá valor si nuestro gesto se sitúa en una búsqueda de cambiar nuestro corazón, para amar a nuestros hermanos, y en este caso aquellos que son más pobres, y esto como una actitud que busque formar parte de nuestro estilo de vida.

No podemos dejar de señalar que en este camino de la fe personal y eucarística, la fe no es la que Cristo nos enseñó, si ésta no es eclesial y si no amamos a la Iglesia como el Apóstol nos enseñó sobre el desposorio de Cristo y la Iglesia. “Maridos, amen a su esposa, como Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla...” (Ef. 5,25). “Este es un gran misterio (el matrimonio): y yo digo que se refiere a Cristo y a la Iglesia (Ef. 5,32). Por lo tanto la conversión es personal pero también tiene una necesaria dimensión social y comunitaria. Nuestros pecados y vicios personales no solo desdibujan nuestra dignidad humana, sino que también dañan a nuestras familias, comunidades, a la Iglesia y a la misma sociedad.

Finalmente quiero pedir que tengamos en cuenta en nuestro examen de conciencia sobre el discipulado y conversión a Jesucristo, que la vida de la fe, debe necesariamente ser testimonial, profética y misionera. Todos los bautizados estamos llamados a anunciar a Cristo, con nuestras vidas, palabras y criterios. Llamados a globalizar la solidaridad, enraizada en la eucaristía, donde actualizamos el amor pascual.

Al finalizar esta carta quiero volver sobre la necesidad de acentuar en estos años de preparación a nuestro Sínodo de 2007, año jubilar de nuestra Diócesis, la necesidad que todos como pueblo de Dios, obispo, sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas, consagrados y los laicos, busquemos la conversión a la Persona de Jesucristo, el Señor, para que podamos ser una Iglesia más testimonial y profética y juntos podamos encontrar respuestas adecuadas a los desafíos que nos presenta este inicio de siglo.

Les envío un saludo cercano y mi bendición, como hermano, padre y Pastor.

Mons. Juan Rubén Martínez

Cartas del Obispo
Instituto Superior Antonio Ruiz de Montoya
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