Desde este tiempo cuaresmal en el que queremos convertirnos a Jesucristo, el que murió y resucitó, estamos llamados a ser testigos de la esperanza. El Evangelio (Jn. 11,1-45), nos ayuda a encontrar el fundamento de la misma, ya que nos plantea la centralidad de “la Resurrección” en nuestra vida cristiana: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?” (Jn. 11,20).
Es cierto que a veces hacemos un mal uso de la palabra esperanza. La empleamos en frases engañosas y evasivas o bien ligándola a un falso optimismo, a una ilusión o a una utopía idealista o bien al “tener buena onda”; “fulano es el que nos va a salvar”, ... “tengamos buena onda y todo se arreglará”, “vengan a mi grupo y dejarán de sufrir”. En general hay muchas frases que pueden ser alentadoras, pero habitualmente son muy inconsistentes, porque delegan la propia responsabilidad a un mañana incierto o a un tercero o son simplemente dichas para salir del paso. Lamentablemente este mal planteo de la esperanza nos va sumergiendo en nuevas y más profundas frustraciones.
La esperanza cristiana, teológica, está fundamentada en el misterio de “la Encarnación” y la “Pascua”, o sea en el hecho de que Dios quiso hacerse uno de nosotros y así se ligó a la historia humana. Por eso hablamos de una fe comprometida con la historia, con el drama humano, con la búsqueda de transformación, con la certeza de la dinámica de la Pascua, de la muerte y la Vida, que nos encamina a la eternidad.
Tenemos que tener los ojos abiertos para discernir y desechar a aquellos que postulan falsas promesas o bien una especie de esperanza humana fácil, sin ninguna exigencia y responsabilidad en la construcción y en la tarea de transformar nuestra sociedad. Sería hipócrita pretender que salgamos de las dificultades que tenemos los argentinos y misioneros y no asumir el propio compromiso responsable y constructor de un mañana mejor.
La esperanza cristiana nos debe potenciar a defender nuestros derechos, pero sobre todo a asumir nuestros deberes ciudadanos. Esta tarea se inicia en la participación de base, nuestro pueblo, barrio, escuela o capilla. Quizá podríamos decir que si existen los malos dirigentes es por nuestra omisión o falta de responsabilidad y participación habitual, o bien el mal uso del voto.
Quiero señalar un acontecimiento que requerirá la participación y será un signo de esperanza. Me refiero a la preparación que vamos realizando de nuestro Sínodo diocesano a celebrarse en el 2007, cuando cumplamos los 50 años de la creación de nuestra Diócesis. En este camino que hemos iniciado, este año pondremos la escucha en el pueblo de Dios, tanto en las comunidades cristianas, como también en otras expresiones extra eclesiales para oír cuales son las expectativas, preocupaciones y desafíos que la Iglesia debe tener especialmente en cuenta en la evangelización en los próximos años.
Entre otros signos de esperanza también debemos subrayar la organización de base que se va generando con emprendimientos, que aunque pequeños, ayudan a salir del pozo y generan la autoestima de los que quedaron al margen del endiosamiento del mercado acentuado en los 90. Algunas iniciativas del Estado, nuestras Cáritas y otras organizaciones van acompañando estos emprendimientos que son como “nuevos sistemas solidarios”. También quiero señalar la generosidad que se va expresando en la colecta cuaresmal del 1%, en orden a ayudar pequeños proyectos de reparación de viviendas pobres, de letrinas, techos, habitaciones.
Al enunciar estos ejemplos de compromiso y solidaridad no tengo dudas en decir que nuestra esperanza no la podemos centrar en la bondad del FMI., sobre esto ya hemos tenido suficiente experiencia los argentinos, ni en personalidades carismáticas o fórmulas mágicas, sino en Jesucristo, nuestra esperanza y este don de la esperanza sabemos que es el motor necesario para convertirnos y movilizarnos hacia el amor solidario, ético y comprometido con un futuro que tenemos que construir nosotros.
¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!
Mons. Juan Rubén Martínez