Con la celebración del domingo de Ramos entramos decididamente en la Semana Santa. Jesucristo, el Señor entra en Jerusalén. Es ahí donde vivirá la intensidad de sus últimas horas. En este domingo leeremos los textos de la pasión según San Mateo. Jesús montado sobre un pobre burro, es el rey humilde que contradice el poder romano y religioso de los judíos de la época que no entendieron la presencia de Dios. Con la lectura de estos textos nos prepararemos para celebrar el jueves, la cena del Señor, la institución de la Eucaristía y del sacerdocio ministerial. La celebración del “vía crucis” el Viernes Santo. El sábado por la noche la Misa empezará en la oscuridad y el cirio será la luz de Cristo, la esperanza y la Vida que ilumina las tinieblas. Los aleluyas expresarán el triunfo de la Vida, sobre la muerte, porque Cristo, resucitó. La liturgia Pascual nos invitará a que nosotros también subamos a Jerusalén para vivir nuestra Pascua.
Muchos al escuchar hablar de Semana Santa o Pascua, lo asocian solamente a vacaciones o a diversión. Como algunos contemporáneos de Jesús, no captan, ni entienden el sentido profundo y la posibilidad que Dios quiere regalarnos de vivir la conversión y la Pascua. Hoy corremos el riesgo que el secularismo nos lleve a vaciar de contenido de aquello que celebramos. El secularismo, es una forma de ateísmo práctico. No está mal que en estos días algunos quieran tomarse un descanso de la rutina diaria, pero esto debe convivir con nuestro compromiso cristiano de participar y vivir la Pascua y las celebraciones, para renovar la fe.
Esta Semana Santa es un tiempo en donde podremos encontrarnos con Jesucristo, en toda su intimidad, realidad y plenitud. Si Él es el Camino, la Verdad y la Vida, podremos reconocer en la Cruz, y en nuestras cruces, las opciones válidas para encaminarnos a “la vida nueva” de los hijos y amigos de Dios. El Papa nos dice al respecto: “No se sorprendan después si en su camino se encuentran con la cruz. ¿Acaso Jesús no les ha dicho a sus discípulos que el grano de trigo tiene que caer en tierra y morir para dar mucho fruto? (Jn. 12,23-26). ... Después de la resurrección de Cristo, la muerte no tendrá más la última palabra. El amor es más fuerte que la muerte. Si Jesús ha aceptado la muerte en cruz, haciendo de ella el manantial de vida y el signo del amor, no es ni por debilidad ni por gusto al sufrimiento. Es para obtener la salvación y hacernos partícipes de su vida divina”.
Como cristianos sabemos que la conversión tiene una dimensión personal y social. También necesitamos insertar la Pascua, el morir y vivir en nuestra Patria y Provincia. Si bien la democracia nos exige una participación ciudadana habitual, este año tendremos la posibilidad de mejorar “la calidad de nuestras instituciones” con el poder que nos da el voto. En esa instancia no tenemos que obedecer a nadie, solo seguir lo que creamos en conciencia. En este sentido quiero recordar el texto que escribimos los obispos argentinos en medio de la crisis profunda que vivimos hace algún tiempo atrás y que requiere aún algunas reformas que están pendientes si realmente queremos madurar nuestro sistema democrático. En el texto “Para que renazca el país” decíamos: “El misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo que nos disponemos a celebrar nos dice que hemos de morir a todo lo que haya de malo en nosotros para resurgir a la Vida nueva. Nada más mortal que el pecado en todas sus formas, personal y social. Cada cristiano debe morir a su pecado para poder ser hombre nuevo. La Argentina debe morir a las concepciones sociales corruptas de la vida política, económica, social y cultural, para que pueda nacer un país regido por la verdad, la justicia, el amor y la solidaridad” (9).
Queridos amigos, a todas las personas de buena voluntad, a los cristianos y especialmente a nuestros jóvenes, al finalizar esta reflexión no dudo en pedirles que nos dispongamos a compartir con Jesús, el Señor, estos días, a vivir la Pascua, para renovarnos en la fe y podamos ser fermento de transformación social e instrumento de esperanza.
¡Les envío un saludo cercano y hasta el próximo domingo pascual!
Mons. Juan Rubén Martínez